Novela completa online: para aprender y debatir qué es y por qué existe el cáncer

La ciencia es más que un simple conjunto

 de conocimientos: es una manera de pensar

Carl Sagan

 

Capítulo 1

Enero, 2015

El inusual episodio en que casi pierde la vida la Dra. Mahler proyectó siempre una influencia demasiado poderosa sobre todos aquellos que de uno u otro modo estuvimos relacionados con lo ocurrido. En mi situación particular, el interés se justificaba por haberme hallado a escasos metros del sitio donde se desplomó el cuerpo laxo de la doctora. Fui como un espectador, un caminante desvelado que, por casualidad, contemplara una escena inesperada a través de una ventana. Al principio traté de desentenderme del asunto, de todo lo que escuché aquella tarde: una discusión estrepitosa, y luego portazos, gritos, corridas y sirenas. Quise, pero no pude, no logré pasar la página. Terminé cediendo ante la presión del recuerdo, no tenía manera de extinguirlo; el único modo, tal vez, residía en conocer los verdaderos motivos que derivaron en el ataque a la Dra. Mahler. ¿Por qué? ¿Por qué esa obstinación? No existe una respuesta definitiva. Por un lado, me desconcertaba el carácter irreversible del hecho consumado; pero también estaba la relevancia de las ideas en juego, hasta qué punto habían influenciado sobre los investigadores. Como sea, una vez que intuí el trasfondo que había oculto, no pude más que indagar en el corazón de los hechos. Perseveré entonces hasta conocer todos los detalles, no solo sobre la doctora y sus colegas, sino también sobre el rol desempeñado por Bruno Gastaldi, un integrante del laboratorio que tuvo una participación destacada.

Bruno ingresó al instituto poco después de que se perpetrara el ataque a la doctora. Se granjeó la confianza de muchos de los investigadores; incluso, se contactó con la mujer y el hijo adoptivo de unos de los científicos más ligados al hecho, lo que resultó vital para sus averiguaciones. A Bruno, lo conocí poco tiempo atrás, en un hospital público, donde ahora mismo estoy postrado. Aquí tuvimos nuestro primer encuentro. Él tiene una salud inexpugnable y rara vez acude a un centro de salud. Sin embargo, en aquella oportunidad se proponía visitar a un enfermo severo, un sujeto maltrecho, que apenas y cada tanto farfullaba algunas frases inconexas, un paciente que parecía desgranar sus últimos latidos, pero que, sin embargo, conocía detalles muy valiosos sobre el pasado de la Dra. Mahler. Ese paciente desaliñado, que yacía inerte en la cama contigua a la mía, demostró su valía con muy pocas palabras. En cuanto Bruno le preguntó al enfermo acerca de la Dra. Mahler comprendí que los dos estaríamos ligados por un buen tiempo. El pasado de la doctora tenía para Bruno un significado que iba más allá de la sana curiosidad. Su manera de inmiscuirse en el caso dejaba entrever su propósito real. Bruno era un joven con prestancia, graduado en biología a los veinticuatro años con aceptables calificaciones. Después de trabajar con ahínco para costearse los estudios, ahora tenía, por fin, una carrera promisoria por delante: no necesitaba comprometerla adentrándose en un terreno brumoso, un espacio absolutamente desconocido para él. Debía reservarse un motivo de peso. Fue así, entonces, como empecé a seguir los pasos de Bruno desde un comienzo, desde su primera visita al Dr. Fuentes, a quien se responsabilizaba por el ataque a la Dra. Mahler.

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Capítulo 2

Octubre, 2014

En la galería externa de la clínica donde lo mantenían recluido, el Dr. Fuentes dormitaba tumbado de mala manera en una silla mecedora. Aún llevaba el pijama sudado con el que había salido de la cama. Tenía el cabello sucio, la barba desprolija, las ojeras como un flan. Todo en su persona emanaba un aire de lánguida resignación.

A su alrededor, un centenar de internados merodeaban en circuitos erráticos que repetían una y otra vez. Las reglas del establecimiento de salud, sumado a los tratamientos soporíferos, dividían a los huéspedes en dos grupos claramente definidos: los que todavía se esforzaban con algún signo de rebeldía y los vencidos por completo. El Dr. Fuentes, cabizbajo y adormecido, parecía cómodo en el último grupo.

Bruno salió a la galería aparentando determinación. Llegó con pasos enérgicos hasta donde se hallaba el Dr. Fuentes. Acomodó con ademanes seguros una silla y tomó asiento. Comenzó refiriéndose al clima de la tarde, luego a los pájaros que silbaban en las cercanías; por último, resaltó el carácter del viento, que soplaba con ímpetu inusitado. Los comentarios de Bruno, sin embargo, no tuvieron ninguna trascendencia. El doctor estaba en otra parte. Su único propósito, si acaso podía aventurarse alguno, consistía en dejar pasar las horas como si él no estuviera allí.

Bruno desplegó entonces un periódico que había llevado. Lo hizo crujir con fuerza, como anunciando el hallazgo de una noticia sobresaliente.

Leyó en voz alta:

—Internan de urgencia a una investigadora que fue agredida en el depósito de un instituto… —Bruno espió a Fuentes por el rabillo del ojo. Luego continuó—. “La mujer no estaba sola, a su lado había otro científico, un hombre mayor que se resistía a soltarla”.

Pese a que la nota lo incriminaba, Fuentes mantuvo su hermetismo. Apenas pestañeó un par de veces, como si algo de polvillo se le hubiera metido en un ojo.

—Hay una cosa que se me escapa —insistió Bruno—, si ese hombre tuvo algo que ver, entonces, ¿por qué se quedó? ¿Por qué no huyó? Y parece que la persona tenía un golpe en la cabeza, un golpe que le había abierto una vieja cicatriz.

Desde un rincón, un empleado de seguridad contemplaba la escena. Su jornada había comenzado temprano y le costaba tolerar a los pacientes.

Bruno no se distrajo. Continuó socavando el silencio de Fuentes:

—Como le contaba, doctor, la situación del hombre es comprometida. Aún tiene que explicar lo que pasó.

—¡Suficiente! —gritó el doctor—. Suficiente. Sé quién es Usted. Recién ingresa al instituto, ¿no es cierto? Debería ocuparse de otras cosas.

—¿A qué se refiere?

—Usted tiene que investigar sobre el cáncer, ¿pero entiende, realmente, de qué se trata esa enfermedad?

—Disculpe —lo interrumpió Bruno—, hablábamos de otra cosa.

—¡Usted hablaba de otra cosa! Yo le hice una pregunta simple, se la planteo de otro  modo: ¿por qué existe el cáncer? Dígamelo.

Ante el silencio de Bruno, Fuentes continuó:

—¿Sería como una revolución dentro del cuerpo?

—Quizá.

—¿Quizá? ¿Sí o no?

—Sí. Podría serlo.

—¡Ah! ¡Menos mal! —Fuentes se incorporó con energía—. En eso estamos de acuerdo. Sin embargo, ahora le pregunto: ¿con qué fin? ¿Para qué? ¿Por qué? ¡Vamos! ¡Dígame! Cuénteme lo que piensa. ¿Quiere pensarlo? Está bien. Tómese su tiempo. Supongo, además, que algo habrá estudiado al respecto. Siga por ese camino. No deje de profundizar, de indagar, de buscar nuevas perspectivas, nuevas teorías. Se lo recomiendo, se lo pido con énfasis: no deje de preguntarse también por qué existe el cáncer, ¿o acaso lo sabe? ¡Eh! ¿Acaso lo sabe?

Fuentes estaba afectado por un cuadro de amnesia temporal. Bruno estaba al tanto. Sabía que las personas en esa condición pueden reaccionar de manera abrupta ante la mención de lo ocurrido. Trató de incorporarse. Sin embargo, el doctor le apoyó una mano sobre el hombro y lo retuvo en su lugar:

—¿Para esto vino? ¿Ni siquiera va a responderme una simple pregunta? ¡Vamos! No es compleja. Usted es licenciado, el cáncer es una enfermedad conocida. ¿Sabe las estadísticas? Veo que asiente, ¡bien! ¡Bien por usted! Menos mal…

Exhausto, Fuentes respiró hondo. Luego volvió a sentarse. Desvió la vista hacia las copas de los árboles. El viento soplaba con más fuerza. Un remolino de hojas cruzó el cielo como una bandada de palomas.

Durante décadas de trabajo intenso, el Dr. Fuentes no había hecho otra cosa que especializarse en el estudio del cáncer, una enfermedad cuyos mecanismos moleculares lo habían atrapado desde joven. Con perseverancia, Fuentes había sorteado épocas muy desfavorables para la ciencia, periodos prolongados de inestabilidad económica. Solo en contadas ocasiones se había aventurado muy tibiamente en otros campos, en otras enfermedades no menos complejas. Sin embargo, aquellos escarceos nunca habían prosperado. El doctor siempre volvía a sus raíces, a su tema de cabecera. Pero, ¿qué lo había llevado a ese último interrogante? ¿Por qué existe el cáncer? ¿Qué significaba, en el fondo, esa pregunta? Bruno optó por insistir:

—Doctor, ¿por qué no se defiende?

—Nuestro cuerpo es como una cooperativa —replicó Fuentes—, ¿me está escuchando? Es una sociedad donde cada célula cumple un rol, lleva a cabo un papel que beneficia al conjunto. En cambio, las células cancerosas se comportan de un modo más bien egoísta: se olvidan de sus obligaciones y terminan perjudicando al resto del cuerpo. Entonces ¿por qué existe el cáncer? ¿Por qué la evolución lo permite? ¿Por qué la evolución seleccionó, precisamente, un mecanismo donde el cuerpo puede ser dañado por sus propias células?

En aquel instante, dos pacientes escaparon hacia el jardín. Un enfermero salió dando órdenes. Los fugitivos se tomaron del doctor. El enfermero, sin vacilar, cargó con todos a la rastra.

Bruno se incorporó y siguió al grupo.

—En general —dijo—, el consenso afirma que el cáncer existe, en todo caso, como un sinsentido biológico. Eso asume la teoría más aceptada. ¿No es así?

—¿Acaso un sinsentido biológico puede explicar algo en biología?

—No lo sé, doctor, dígamelo usted.

Fuentes osciló la cabeza de un lado a otro.

El empleado de seguridad, ya molesto, se interpuso entre Bruno y los pacientes:

—Basta por hoy —sentenció.

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Capítulo 3

Octubre, 2014

A poco de su encuentro con el doctor, Bruno recibió una llamada de Eduardo, el hijo de Fuentes. Ambos ya se habían visto un par de veces en el instituto, en ocasiones en que Eduardo había pasado para entrevistarse con los colegas de su padre.

Fuentes y su hijo, que era adoptivo, llevaban varios años en veredas opuestas, apenas se hablaban cada tanto, con motivo de alguna ocasión familiar. Eduardo le contaría después a Bruno que, incluso, él había crecido con la férrea voluntad de diferenciarse de su padre. Esta era una actitud cuando menos llamativa, ya que Fuentes había ganado un importante prestigio a nivel nacional e internacional. Muchos de sus colegas lo consideraban como un ejemplo a seguir. Pero Eduardo, sin embargo, nunca lo había visto de ese modo. En su padre convergían varios de los rasgos que él menospreciaba; su padre era metódico, detallista, mesurado. Eduardo, por el contrario, había sido un chico holgazán y revoltoso. Al terminar el bachillerato, con magras calificaciones, se negó a estudiar una carrera universitaria. Pasó un año sabático hasta que, por una casualidad, comprendió que poseía un don innato para los negocios. A partir de entonces, y en poco tiempo, amasó una fortuna impensada, inconcebible para cualquiera de su familia. El cambio solo sirvió para aumentar la brecha que lo separaba de su padre. El corte parecía definitivo. Por lo menos, hasta el enjundioso episodio ocurrido con la Dra. Mahler. Fue entonces cuando Eduardo tomó las riendas de la situación. Súbitamente comprometido, se entrevistó con cada uno de los colegas de su padre. En una oportunidad, Bruno le había anotado su número de teléfono, ofreciéndose a colaborar en lo que estuviera a su alcance. Eduardo había ignorado el gesto, hasta ese día, cuando encontró un paper en la clínica, un artículo científico que le llamó la atención.

El encuentro tuvo lugar por la tarde, en una librería que pertenecía al hijo de Fuentes. Eduardo llegó puntual, lo que no era su costumbre. Tomaron asiento en dos sillones apartados del bullicio general.

—Apenas vi a mi padre, todavía bajo el trauma de lo ocurrido, no dejaba de advertir sobre la existencia de un paper con datos importantes. Él ahora no se acuerda de sus comentarios, pero da la casualidad que hoy, finalmente, apareció un artículo científico en su dormitorio, en la clínica. Te pido disculpas por llamarte de este modo, tan imprevisto, pero estuve dando vueltas sobre esto sin llegar a ningún lado. Creo que podría tener una relación con lo que pasó. ¿Tenés un segundo?

Sin aguardar por una respuesta, Eduardo le alcanzó el trabajo científico a Bruno:

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Mientras Bruno lo estudiaba, Eduardo esbozó sus conjeturas:

—Mirá, siempre fui pésimo en biología. Jamás le presté atención a las enseñanzas de mi padre. Sin embargo, sé que este trabajo no debería estar en la clínica. Él no pudo llevarlo. Alguien tiene que habérselo dejado allí. Por eso te llamé.

Bruno le pidió un segundo para examinar el artículo. Eduardo se reclinó en el sillón, armándose de paciencia. La Dra. Mahler había sufrido una agresión inexplicable. Fuentes fue hallado junto al cuerpo. Además, como si no bastara para comprometerlo, el cuarto estaba cerrado con llave desde dentro y carecía de ventanas.

Por fin, Bruno comentó:

—Es interesante, pero el cáncer es un tema cotidiano de tu padre, ¿no podría haber pedido que le lleven el artículo?

Un cliente se aproximó, con pasos desconfiados, al único sillón vacío entre Bruno y Eduardo. Los tres intercambiaron miradas. Finalmente, como si percibiera algo extraño en el aire, el hombre pasó de largo.

Al continuar, el hijo de Fuentes bajó un poco la voz:

—Mirá, un técnico del instituto declaró que escuchó una discusión sobre el cáncer en el cuarto donde encontraron a la doctora. Desde joven mi padre se reunía con sus colegas de trabajo y solían discutir sobre esa temática, desde distintas perspectivas; me refiero a puntos de vista que no se enseñan en la facultad. Aunque ahora mi padre sufre de amnesia, apenas ocurrió el escándalo no dejaba de mencionar la existencia de una publicación científica con datos claves. Este paper bien podría ser lo que le preocupaba. Y otro dato no menor,  dudo de que él esté en condiciones de leer algo así. No creo que lo haya pedido. Más factible sería que otra persona se la haya dejado en la clínica, ¿por qué? ¿Para qué? Lo desconozco, pero en mi situación no puedo darme el lujo de ignorar nada.

Bruno recordó los singulares comentarios de Fuentes. En el conjunto, la especulación de Eduardo cobraba cierta lógica.

El cliente que merodeaba, finalmente, fue a sentarse justo enfrente de ellos. Se cruzó de brazos y los miró por encima de unas lentes de gran aumento.

El hijo de Fuentes se incorporó, con cierta parsimonia:

—Bruno, no quiero robarte más tiempo. Te agradezco que hayas venido. Si te parece que este artículo puede decirnos algo, por favor, no dudes en llamarme.

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Capítulo 4

Enero, 2015

“Mehsen, usted es el único que no tiene prisa para marcharse de este hospital”, me dijo hoy una enfermera. La primera vez que estuve internado me escapé como un fugitivo, a escondidas por la ventana. Con el tiempo terminé por acostumbrarme. Después de todo, este lugar cuenta con sus ventajas. Aquí tuve el primer contacto con Bruno. Y fue este el sitio que me proporcionó la calma que necesitaba para iniciar esta crónica. Estuve solo y con orden estricta de guardar reposo. Así las cosas, dispuse de horas interminables de absoluta tranquilidad. Aquí apenas se escucha un poco de bullicio, en el horario de las visitas, pero basta con cerrar la puerta que da al pabellón principal.

Después de una larga siesta, encendí la computadora, dispuesto a retomar en donde había quedado. Sin embargo, en aquel momento decidí no continuar por Fuentes ni por su hijo, como tenía planeado, sino por Florencia, una compañera de Bruno del laboratorio. Acababa de reparar que ella era, después de todo, la única que conocía a cada uno de los que estuvimos involucrados en el caso. Era la conexión subyacente. Estaba justo en el centro de la escena. Todos en el laboratorio sabían que Florencia era la predilecta del Dr. Fuentes. Últimamente, con ella y con nadie más compartía el doctor sus opiniones sobre política, sus lecturas recientes o los estrenos de la cartelera del cine, del que era un gran aficionado. A su vez, cuando Florencia tenía una inquietud, la consultaba primero con Fuentes, en lugar de recurrir a su propia directora. De todos los que se habían formado en el laboratorio, Florencia era la única que estaba al corriente de que Fuentes tenía un hijo adoptivo. Y sabía varias confidencias más, merced a su carácter extrovertido y a su empatía natural, que la convertía en el canal donde se desahogaban más de una vez no solo sus compañeros, sino también su propia jefa y hasta la Dra. Mahler. De hecho, y sin ir más lejos, fue durante una catarsis inesperada de la doctora cuando Florencia conoció varios de los secretos del laboratorio, sin dudas, los más oscuros del instituto. Pero Florencia no solo tenía un trato único con todos los involucrados en el singular episodio, sino que además me conocía a mí, por haber compartido un pasado en común. Nos cruzamos en la universidad, donde nos tocó ser compañeros de comisión de química orgánica. Luego yo abandoné los estudios y no volví a verla hasta varios años más tarde, cuando conseguí un empleo en el instituto del cáncer, precisamente, dos pisos más arriba del laboratorio de Florencia. Solo estuve unos meses, pero coincidí con los días frenéticos, cuando tuvo lugar el ataque a la Dra. Mahler. Por eso, cuando me interesé en el caso, yo ya sabía que Florencia había trabajado a la par de la doctora, y conocerla desde antes era una gran ventaja para mí, porque ella tuvo un papel protagónico en los hechos.

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Capítulo 5

Octubre, 2014

Fue precisamente Florencia quien puso al tanto a Bruno de que debía dictar un seminario sobre el cáncer. Ese era un requisito forzoso para todos los ingresantes, sin excepción, ya que los obligaba a repasar sus conocimientos al inicio del doctorado.

Mientras Bruno descargaba un artículo científico de internet, en el cuarto de computadoras, Florencia le dijo desde la puerta:

—La Dra. Mahler realizó, hace un tiempo largo, una serie de experimentos semejantes a los tuyos. Los datos deben de estar en alguno de sus cuadernos. ¿Los buscamos?

Bruno asintió. Sabía que las pertenencias de la doctora estaban en el depósito, el cuarto donde la habían hallado junto a Fuentes.

Transitaron de prisa por el pasillo. El laboratorio, emplazado en el segundo piso del instituto, consistía de una serie de cuartos que daban una vuelta completa, en la forma de un simple rectángulo con un pulmón de aire en el centro. La construcción edilicia con un patio al medio evocaba un colegio antiguo, y de hecho, lo había sido. Tiempo atrás, sobre esas mismas baldosas habían formado fila miles de chicos que, de estar vivos, rondarían ahora los cien años. El pasillo daba un giro completo que conectaba los cuatro costados. Los investigadores habían dispuesto sus oficinas en el flanco norte. En el corredor oeste se ubicaba el baño, la cocina y la sala de computadoras. Al sur estaban los laboratorios, propiamente dichos, y en el último tramo, en el pasillo este, se hallaba un cuarto con animales, otro para lavar materiales y el depósito, adonde ahora se dirigían Bruno y Florencia.

El acceso al cuarto había sido restringido. Florencia revolvió en los bolsillos de su guardapolvo hasta encontrar una vetusta llave de bronce. Al abrir la puerta, un vaho cálido los golpeó en el rostro. La falta de ventilación era evidente. Florencia presionó el interruptor y una luz mortecina se expandió por el recinto. En el piso sobresalía una mancha desvaída. Ocupaba una superficie circular de medio metro de diámetro. No quedaba margen para la especulación: saltaba a la vista que allí se había desplomado el cuerpo de la doctora.

—¡Ey! —lo despabiló Florencia—. Fijate en esos cuadernos, los de ahí arriba.

Florencia señaló con el dedo índice la parte superior de una biblioteca de madera, ubicada enfrente de la puerta. Luego salió; había dejado la pava en el fuego, en la cocina.

Haciendo equilibrio sobre un viejo pupitre, Bruno comenzó a revisar las parvas de cuadernos y anotadores. Recién se detuvo al ver una notita adherida con un clip a un artículo científico:

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Antes de que Bruno analizara el papel, alguien empujó la puerta con violencia. Debajo del dintel apareció la figura solemne de Matías Bahuer, un becario postdoctoral que era dirigido por el Dr. Fuentes.

—Bajá de ahí, Bruno —Matías tomó las hojas sueltas—. ¿Y esto? ¿Dónde lo encontraste?

—En el cuarto de computadoras.

—No te hagás el imbécil. Decime la verdad.

—Ya te dije. Esas hojas estaban en el suelo. ¿Acaso conocés la teoría? ¿El cáncer puede pensarse como una resistencia?

—Depende —Matías lo estudió con aire severo.

En un descuido, Bruno pasó raudamente la vista por la mancha carmesí que estaba en el suelo. El gesto ocurrió en apenas un segundo, pero Matías lo notó.

—Puedo imaginar lo que estás pensando. ¿Querés saber qué le pasó a la doctora? ¿Acaso pensás que esto tuvo algo que ver?

Matías rompió las hojas en pedacitos, con una sonrisa algo maliciosa.

—No sé —dijo Bruno—. ¿Fue así?

—Una idea puede dañar igual que un veneno. Es cierto, pero lo que pasó quedará entre nosotros, los que conocimos a la doctora en plenitud. Ahora da igual. Y en todo caso no te incumbe. ¿O viniste al cuarto solo para eso, para hurgar en el pasado?

Bruno y Matías quedaron enfrentados, a menos de un metro de distancia. Matías estaba convencido de que los becarios nuevos debían sentir el yugo de los más antiguos. Solo así acatarían un orden de jerarquías.

—Decime —insistió Matías—, ¿viniste a indagar en lo que pasó?

Bruno tenía a su compañero tan cerca que lo empujó para sacárselo de encima.

Matías se rio de forma algo forzada.

—¿Y qué querés saber, si el Dr. Fuentes la atacó, o, más bien, qué idea tuvo que ver?

—No le prestes atención, Bruno —dijo Florencia, que volvía de la cocina.

—¿Y vos qué hacés?

—Yo lo traje a Bruno —dijo Florencia—. Estamos buscando unos experimentos que realizó la Dra. Mahler.

—¿Acá? —Matías alzó las cejas.

—Cambiá el tono —lo interpeló Bruno, perdiendo la paciencia. No era la primera vez que tenían un cortocircuito.

—¿No te gusta mi tono? ¿Recién entrás y no te gusta mi tono? —Esta vez fue Matías quien empujó a Bruno.

Florencia se puso al medio.

—¿Por qué lo defendés? —le recriminó Matías.

Bruno intentó acercarse, pero Florencia también lo contuvo:

—Vos también la cortás. Vamos todos a tomar un café.

Continuar capítulo 6