Buena compañía

Juan apenas puede dar crédito a sus ojos. Prueba una vez más el interruptor del equipo. ¿Pará qué? Es evidente que no funciona. Por un instante permanece mirando el vacío, incapaz de aceptar lo que sucede.

—¿Te ayudo con algo? —escucha que le dice su compañera, acercándose desde el extremo opuesto de la mesada de laboratorio.

Juan reprime la primera respuesta que le viene a la mente. ¿Acaso no es obvio que está por perder todo el experimento que le ha llevado meses? María José, sin mala intención, ha metido el dedo en la llaga. El lector de ELISA, un equipo típico de cualquier laboratorio, ha dejado de funcionar. Juan sabe que si pierde esos resultados no podrá completar, decentemente, un resumen para el próximo congreso.

—Ey, Juan, ¿qué te pasa? —insiste María José.

Juan vuelve a probar el lector, una, dos, tres veces. No hay caso. No funciona. Respira hondo y aclara:

—Ahora no podré leer la placa que largué.

—¿Y cómo se te hizo tan tarde?

María José. María José. Juan apela una vez más a su paciencia. La becaria nueva, después de todo, no tiene la culpa. Juan recuerda que empezó tarde porque tuvo que recibir al plomero por la mañana; también se retrasó porque pasó por el banco para cerrar una cuenta en rojo; y se le hizo aún más tarde porque alguien no repuso la solución de PBS-tween, imprescindible para realizar un ensayo de ELISA. Pero todo esto, María José no tiene por qué saberlo, en definitiva, apenas hace unos días ingresó al laboratorio.

—¿Me dejás probar a mí? —se ofrece entonces la nueva becaria.

Juan estudia el tono de voz de su compañera sin encontrar ningún atisbo de burla en el ofrecimiento. Porque claro, ¿para qué va a probar lo mismo que él ya probó varias veces? Como si el equipo pudiera distinguir, al tacto, la presencia de una mano más afable que la suya, que con buena gana había apretado el interruptor hasta casi sacarlo de su sitio.

Además, si fuera el caso, de que un equipo pudiera distinguir sus operarios, se trataría de uno más nuevo, cuando claramente el que ellos tienen ya es viejo y obsoleto. De tener arrugas y canas, tendría unas cuantas, pero, en cambio, cuenta con una amplia variedad de manchas que atestiguan su edad: ácido clorhídrico, TMB, óxido de plata y quién sabe qué más.

María José se adelanta y se ubica al frente del equipo. Busca a tientas el interruptor rodeándolo con las manos. Ni siquiera sabe usarlo, piensa Juan, pero la deja intentar. La mira y nota que lleva una bata de laboratorio impecable, o al menos lo aparenta en comparación de la suya, que cuando la cuelga en el perchero parece conservar la forma de su dueño. De la bata pasa al rodete en el cabello, otra precaución que las demás becarias, más antiguas, suelen dejar de lado muchas veces. Al final se queda mirando los guantes de látex, que a María José le quedan como bolsas en las manos. Se han terminado los de tamaño Small y entonces debe usar los Medium que le quedan enormes.

Nada de esto parece preocuparle a María José, que con inocencia pregunta desde dónde se prende el lector de ELISA.

—Desde abajo —indica Juan—. ¿No deberías estar en tu casa, a esta hora?

Juan conoce claramente sus ataques de mal humor. Ahora mismo preferiría estar solo. ¿Por qué debe estar respondiendo preguntas en lugar de tener todas las mesadas a su disposición? ¿En qué podría ayudarle esa compañera que recién comienza su doctorado?

—¿Acaso me estas echando? —pregunta María José, casi divertida.

Juan no termina de comprender si lo sorprende más la réplica sincera o el chillido que ha hecho el equipo al encenderse. Antes de que reaccione, su compañera ya ha soltado una exclamación de triunfo que casi lo aturde. Y lo ha logrado al primer intento.

—Seguro que moviste algo adentro —dice Juan, desconcertado. Sin embargo, ante la mirada maliciosa de su compañera que, evidentemente, no le cree nada, apela a otro argumento—: vos sos nueva, ya vas a ver que todo el tiempo pasan cosas inexplicables en un laboratorio.

—Sí, ya veo —acepta María José—. Lo importante es que podés seguir.

Juan mira la estufa, donde dejó incubando la placa de ELISA y le invade un retorcijón abdominal. En la puntada reconoce sus propios nervios. Apenas añada las gotas del reactivo TMB sobre los pocillos de la placa, sabrá el resultado de su experimento. Si encuentra diferencia en la producción de ciertas moléculas proinflamatorias irá por buen camino. Está repitiendo un ensayo y, de confirmarse la tendencia, podrá llevar un trabajo preliminar al congreso anual de su especialidad. En cambio, si no detecta diferencias, y todo da igual entre el grupo experimental y los controles, entonces quedará envuelto en un mar de dudas. Hasta podría significar que se ha equivocado, que su interpretación de lo que está pasando, posiblemente, sea errónea. El resultado lo espera, a esa altura, ya determinado.

—¡Dale! No te demores —lo despabila María José, al tiempo que camina hacia el perchero a dejar su guardapolvo.

Juan respira hondo otra vez, camina hasta la estufa, retira la placa y vuelve a la mesada. Comienza los últimos lavados con PBS-Tween, pero se detiene en cuanto nota que su compañera se ha puesto una campera y se dispone a salir.

—Esperá —dice—. No te vayas.

—Hace un minuto me pediste, amablemente, que me retire, ¿por qué cambiaste de opinión?

Juan atiende primero la placa de ELISA. La gira y vierte su contenido en una bacha de aluminio. Luego la seca sobre un papel absorbente, dándole unos golpes. Como no encuentra una forma de justificarse, es María José quien, otra vez, tiene que salir en su auxilio:

—Te traigo suerte. Es eso, ¿no?

Juan sonríe al tiempo que levanta la vista de la mesada. Suerte. Buena falta le haría. Debe aceptar que le agrada el sentido del humor de su compañera. Termina el último lavado, seca la placa, busca el reactivo TMB en la heladera y cambia de lugar. Cuando se acomoda constata que María José está acercándose sin la campera.

—Todo sea por la ciencia —dice ella—. ¿Y ahora, qué hacemos, cruzamos los dedos?

Ella le dedica una sonrisa tan contagiosa que Juan debe hacer un esfuerzo por concentrarse. Con mano algo temblorosa va dejando caer las gotas de TMB. Los pocillos comienzan a volverse de un color azul tenue. Al aumentar la intensidad, Juan añade ácido sulfúrico a cada pocillo para detener la reacción y luego caminan hacia el dichoso lector de ELISA. Juan oprime un botón y el equipo abre una pequeña ranura donde cabe exactamente la placa. Una vez activado el programa, el equipo cumple con su cometido. Cuantifica. María José toma una hoja que sale de la impresora y la contemplan codo a codo. Se miran apenas un segundo, suficiente para que ambos comprendan lo que sucede. El resultado es indiscutible. Es lo que es, así es la ciencia, y Juan se alegra de no estar solo.

 

 

 

 

 

 

Pasiones

Trató de fijar una última imagen en la retina de sus ojos entrados en años. Ojos sabios, hubieran adjetivado sus colegas, que tanto se habían esmerado para subirle el ánimo a lo largo de la jornada. Pero el Dr. Figueredo lo tenía claro, con halagos o sin halagos, su tiempo como director, legalmente, había llegado a su fin. La imagen que tenía enfrente había alcanzado su fecha de vencimiento. Mesadas, equipos, material de vidrio, computadoras, alacenas con reactivos, instalaciones de agua y gas, todo formaba un conjunto que, prácticamente, había visto crecer desde cero. No más experimentos, pensó, mientras encendía la cabina de bioseguridad. Con el brindis de despedida, una de las becarias se había olvidado de agregar medio de cultivo a sus células. Alguien tenía que hacerlo por ella. El Dr. Figueredo era el último en retirarse, ¿cuál era la prisa? En adelante, no debería solicitar nuevos subsidios, rendir informes, asistir a congresos, ni formar recursos humanos. ¿Y dónde habían dejado el medio de cultivo? Siempre lo mismo, a alguien se le daba por ordenar y cambiaba de lugar los reactivos. El doctor buscó en la heladera comunitaria, nada; en la de sueros de los pacientes, nada; quizá simplemente se había terminado. Tendría que descongelar y alicuotar uno nuevo. De haberlo pedido, cualquiera de los más jóvenes se lo hubiera preparado, pero estaba solo, cada uno se había marchado deseándole lo mejor para la nueva etapa, llena de desafíos, le insistieron, tratando de insuflarle ánimos. Con parsimonia, el doctor roció con alcohol la botella del medio de cultivo, un recipiente de plástico con suero fetal bovino, y luego introdujo ambos en una estufa para que se descongelen más rápido. De un freezer extrajo un vial con antibiótico y lo dejó a temperatura ambiente. Luego se reclinó en su sillón giratorio. Miró la ciudad casi a oscuras a través de una de las ventanas del edificio. Anochecía. De forma difusa el cristal le devolvía su imagen. Su cabello y su barba lucían tan blancas como su bata de laboratorio. ¿Y ahora qué? ¿Mañana qué? “Por fin vas a hacer lo que siempre quisiste”, lo felicitó alguien, antes del abrazo final. “Te merecés un descanso”, le había dicho otro. Todas frases hechas, consejos de ocasión. Luego de décadas de amanecer entre matraces, probetas y vasos de precipitado, entre cabinas, estufas y termómetros, frezeers, computadoras y equipos de última generación, el día siguiente, por la mañana, ya no tendría la obligación de salir de su casa. Ni esa mañana ni la próxima, ni la que le seguía, ni la otra, ni la otra. Un sin fin de días hasta el sueño sin imágenes, como solía decirle. Ni si quiera me preparé para mi retiro, sabiendo la fecha, ¿qué puedo pretender de lo otro? Nunca se había tomado el tiempo de meditar al respecto. Al contrario, se jactaba de su interés por los mecanismos de la vida. Las hipótesis habían sido su alimento. Incluso, hasta había tenido la fortuna de demostrar unas cuantas. Al rememorar sus inicios se sentía bastante satisfecho. Pero no exageraba sus logros. En una perspectiva global, sus contribuciones eran mínimas, como las de casi todos, pero las valoraba por su vínculo personal, eran el resultado de su constancia. Y al pensar en estos términos volvía a sentirse joven. En cuanto a su labor, era perfectamente vital. Su presente era óptimo; su lucidez se mantenía intacta. Y, sin embargo, atravesaba su última tarde en el laboratorio.

El Dr. Figueredo se levantó del sillón, recogió el medio de cultivo, el suero, el antibiótico y se acomodó en la cabina de bioseguridad, donde preparó cinco alícuotas de cincuenta mililitros de medio de cultivo completo. Cuando estaba por descartar la última pipeta Pasteur que había empleado, algo lo distrajo. Volcó uno de los recipientes. El líquido anaranjado se desparramó sobre el piso de la cabina. Pero el doctor no reaccionó, acababa de captar un pensamiento inusual.  Se detuvo en un acto reflejo. Con el tiempo, había aprendido a reconocer esas singularidades, camufladas en la multitud de reflexiones anodinas que iban y venían por su cabeza. Ahora estaba completamente seguro, algo distinto andaba por ahí, en el paisaje etéreo de su mente. Necesitaba silencio, el medio de cultivo aguardaba desparramado. Por vericuetos indefinibles, el doctor avanzó con cautela, no fuera que perdiera el rastro de su presa. Con paciencia, como desenredando neuronas, fue acercándose a su blanco, hasta que al final tuvo su recompensa, allí estaba, precisamente, en un espacio atemporal y completamente lábil, un pensamiento suspendido al borde del abismo del inconsciente. Ahora sí, requería máxima prudencia. Debía dar un rodeo, buscar el costado más propicio y cerrar vías de escape. Actuaba con pericia, con una mecánica ya conocida, como cuando de pronto intuía una hipótesis, un sendero que salía del camino conocido. Buscaba indicios entre números, palabras, formas y entramados simbólicos. Por fin logró concentrarse por completo. ¿Qué haría en adelante?, se había preguntado, ¿qué sentido tenían esos días que le aguardaban luego del retiro? La imagen de la ciudad a oscuras demostró su relación subliminal. A través de esa ventana ahora visualizaba una larga noche. Y un vacío. Un vacío anónimo. Pero también discernía algo más. En el vidrio no se reflejaba su imagen, sino su esencia. Al fin y al cabo, sus años no lo definían, su trabajo, tampoco, su sueldo, menos. En realidad, su esencia podía reducirse a sus pasiones, porque tenía intereses diversos, pero lo que se dice pasiones, apenas un par, y esto era lo que intuía en el reflejo del cristal, dándole una identidad que lo separaba, de momento, de la oscuridad del otro lado del vidrio. En cuanto las perdiera o las resignara, muy posiblemente, cambiaría de lado.

El Dr. Figueredo había transcurrido, largamente, más de la mitad de su vida. Ahora, llegado el momento, le agradecían por sus servicios y lo invitaban a retirarse. Debía dejar su lugar en la oficina, sus archivos, sus discos rígidos, sus cuadernos, y hasta sus últimos proyectos. Todo. Es cierto. Todo, menos él último acervo que se lo llevaría consigo.

Recién entonces el Dr. Figueredo se apresuró a limpiar la cabina de bioseguridad. Luego abrió la estufa de cultivo y tomó un recipiente de forma rectangular, semejante a una petaca pero de plástico y con la boca algo levantada. Retiró la tapa en el interior de la cabina y le agregó cinco mililitros de medio de cultivo. Con ese simple adicional, las células tenían garantizada su sobrevida, por lo menos, hasta el lunes.

Luego de echar una última mirada, el doctor se puso el abrigo y apagó las luces. Ya no le importaba abandonar el laboratorio. Lo había necesitado para demostrar algunas de sus hipótesis. Pero la comprobación solo le daba una satisfacción pasajera. En realidad, lo que lo mantenía vital, lo que definía su naturaleza, no dependía de las demostraciones, sino de las preguntas. La certeza de su razonamiento se correspondía perfectamente con el repentino aumento de su ritmo cardíaco, otra energía comenzaba a embargarlo, una energía que conocía muy bien. El Dr. Figueredo, recientemente jubilado, salió a la calle con determinación. Ni siquiera reparó en el viento frío que lo golpeó en el rostro. Ahora tenía prisa por volver a su hogar, encender la computadora y aprovechar esa hora flotante que le quedaba antes de la cena. El doctor sabía, perfectamente, que debía atender a sus dos pasiones casi por igual. Para la primera le bastaba con razonar, para la segunda, en cambio, lo único que precisaba era una hoja en blanco.

Cuando te escapas de misa para leer las cartas de Bertrand Russell

Aquel domingo por la mañana, el sol se había dignado, por fin, a dar la cara nuevamente. Luego de varios días de chaparrones intensos, el agua anegada comenzaba a descender. Los vecinos del barrio contemplaban el cambio con recelo, necesitaban con urgencia volver a transitar con sus vehículos por las calles. Pero para para mí este era un detalle menor, lo único que me importaba era el terreno baldío de la esquina, nuestro campito, que debía volver a convertirse en el estadio donde se gestaban las proezas y leyendas del barrio. De continuar así, esa mañana fresca y soleada seguramente daría lugar a un nuevo partido. Pero, antes, todos teníamos otra actividad, había misa de catequesis a las ocho y media.

Y ahora estaba allí, en la iglesia, con mi mejor ropa, un pantalón de vestir con doble botamanga y una camisa heredada de mi hermano mayor. Estaba de pie, con las manos entrelazadas detrás de la espalda, ubicado estratégicamente a escasos metros de la salida. Miraba con ojos inocentes las acciones típicas de la misa. Bajo la enorme bóveda de la capilla, los adultos, muchos casados y con hijos, que afuera hacían cosas, a mi juicio, de lo más normales, allí de pronto se comportaban de otra manera. Se ponían de rodillas, murmuraban entre labios, hacían reverencias y repetían de memoria las expresiones del hombre ubicado en el altar, un cura nuevo y muy joven, que apenas pasaría la treintena. Los vecinos de al lado de casa hablaban maravillas del padre, es una gran persona -decían unos-, es un orador brillante, -opinaban otros- y en conjunto debían de tener razón porque la iglesia se llenaba a la hora de la misa, incluso, parecía gestarse una conexión invisible entre los asistentes, una conexión que, sin embargo, no llegaba a contagiarme.

Aunque había recibido varias advertencias de parte de los catequistas, en cuanto vi que se formaba una fila para recibir la ostia, aproveché mi ubicación y gané la salida. El aire fresco de la mañana me dio en la cara y respiré hondo, mientras saltaba los charcos de barro que todavía se resistían a desaparecer de las baldosas rotas.

Llegando al campito revisé un escondite que solía utilizar cada tanto. Verifiqué el estado de un libro que había tomado de la biblioteca de mis padres. La encuadernación comenzaba a ceder y requería un manejo cauteloso. Sentado en el confortable muñón de un árbol repasé el título: “Bertrand Russell responde, selección de su correspondencia”. Se trataba de un pequeño libro, muy simple, donde el gran matemático, escritor y filósofo contestaba a las inquietudes de gente de todo el mundo, con tanta sencillez, que hasta un chico de diez años podía comprender buena parte de su razonamiento.

Lejos del sermón del cura, pasé un rato leyendo en compañía de la naturaleza. Luego cerré el libro y permanecí observando las pequeñas tareas que ocurrían a mi alrededor, una fila de hormigas laboriosas atravesaba el terreno, una araña diminuta tendía su delicada red, un picaflor suspendido en el aire cumplía, solicito, su tarea, sin reparar en la importancia que revestía para las flores el trabajo que estaba llevando a cabo. Dejé la vista en el cielo azul y recordé algunas palabras persuasivas del padre, luego fue el turno de las explicaciones lógicas de Russell. Ambas influencias se sopesaron aquel domingo soleado. Antes de que llegaran los otros chicos del barrio, una postura se impuso de manera contundente. En adelante, jamás cambié de opinión, y eso que nunca conocí a alguien que, al igual que yo, haya repetido un año de catequesis por escaparse de misa.

Por la senda de Murakami, el ejercicio y la creatividad

Murakami tensa el nudo de los cordones de sus zapatillas y acaricia el césped, todavía húmedo por el rocío. Son apenas las ocho de la mañana cuando salta al camino. Pese a la entrada en calor, sus músculos todavía están rígidos, aletargados. Murakami no se inquieta por la situación. Conoce bien su cuerpo, lo suficiente como para saber que todo marcha de acuerdo a lo esperado. Corrió diez kilómetros el día anterior y correrá diez kilómetros al día siguiente. Lleva una rutina semejante desde hace más de veinte años, cuando dejó el club de jazz que administraba para dedicarse de lleno a escribir. “¿Qué se requiere para ser un novelista?”, le preguntaron alguna vez. Murakami lo tiene claro, en primer lugar, talento; luego concentración y resistencia. Los dos últimos requisitos los ha pulido con la ayuda del ejercicio constante.

Mientras tanto, en otra parte del mundo, un hombre analiza sus resultados en un ordenador. Mira su reloj: son más de las diez de la noche. Aún lleva la bata blanca con la que estuvo realizando experimentos en la mesada de su laboratorio. Podría estar en su hogar, despejándose, mirando la televisión, pero no logró poner fin a la jornada. No es la primera vez que le sucede. Suele ocurrirle cuando avizora que los resultados van tomando forma: aquello que imaginó, primero, como una hipótesis, de pronto se vuelve algo tangible bajo un velo liviano, un objeto casi asequible, al alcance de la mano. Su representación mental comienza a asemejarse a la realidad, como los trazos de un pintor que bosquejara el paisaje que tiene delante. El hombre de la bata blanca se detiene un momento para revisar algunos artículos y notas que tiene desparramados sobre el escritorio. Revisa primero un trabajo del 2003, allí ya se describía que el ejercicio físico podía aumentar los niveles de dopamina, un neurotransmisor con funciones clave en el cerebro. Luego repasa una publicación del 2008, un resumen general sobre el ejercicio y el neurotransmisor que más le interesa. Mientras calienta en el microondas una porción de pizza que le quedó del mediodía, revisa varias publicaciones más. Todas sugieren que el ejercicio produce efectos en circuitos modulados por la dopamina.

Murakami ha transitado los primeros siete kilómetros con la mente en blanco, como suele proponerse al inicio de la marcha. Sin embargo, súbitamente lo asalta una idea. El entrenamiento queda relegado a un segundo plano. No consigue quitarse de la cabeza el último pensamiento y a duras penas recorre los 3 kilómetros que le faltan. Ahora está ansioso por dejar fluir sus palabras, permitir que se desgranen sobre las páginas. Sabe que escribe con un estilo semejante al que emplea como corredor, sin forzar el paso, dejando que sus atmósferas se construyan de a poco. Lo hace con una cadencia premeditada, la de aquel que sabe exactamente hacia dónde se dirige, sea que escriba sobre felinos que reflexionan, miríadas de corbatas en un placard, o clubes de blues donde se encuentra gente muy singular, a la deriva de sus propias vidas. Cuando Murakami comenzó a correr lo consideró como una prueba de templanza, de capacidad de superarse a sí mismo, de resistencia, requisitos fundamentales a la hora de convertirse en novelista. Desde entonces han pasado más de dos décadas, años de una rutina estricta pero saludable, y ha conseguido su objetivo con creces, es un autor prolífico y sumamente reconocido.

El hombre de la bata blanca ahora está apagando las luces del laboratorio. Es medianoche y se encuentra exhausto. En la última hora leyó varios artículos que conoce muy bien. Estos mencionan que la dopamina podría jugar un papel importante sobre la creatividad. Planeaba comenzar a redactar un trabajo propio, sin embargo, la ansiedad terminó por embargarlo, al punto de nublarle la capacidad de raciocinio. En el fondo, lo tenía claro: si el ejercicio influía sobre la dopamina, y esta, sobre la creatividad; entonces, el ejercicio físico bien podía potenciar las actividades creativas. La evidencia comenzaba a volverse más sólida. Él quería aportar en esa dirección. Antes de marcharse, realizó un apunte en una servilleta y luego se la guardó en un bolsillo.

Murakami ahora escribía, línea tras línea, hoja tras hoja, kilómetros de tinta. El hombre de la bata blanca, en cambio, ya se había quedado dormido. Soñaba con un sendero despejado, un camino de montaña, se ajustaba el nudo de sus zapatillas, luego, tras dar un par de saltos para calentar los músculos, comenzaba a trotar. Se dejaba llevar por el camino, como una cinta que corría bajo sus pies. Cruzaba un pequeño felino, luego tres corbatas de colores, una pila de libros, una trompeta, una gorra de béisbol, y, sobre el final, su propia servilleta de papel, la que había redactado en el laboratorio. La recogió sin detenerse. Solo cuando hubo terminado la marcha, se recostó sobre un árbol y leyó lo que había escrito:

ejercicio dopamina creatividad


Para seguir leyendo:

-Murakami, H. What I talk when I talk about running. 2008, Knopf, EE.UU.

-Sutoo D, Akiyama K. (2003). Regulation of brain function by exercise. Neurobiol Dis. 13(1):1-14.
Foley, T.E. y Fleshner, M. (2008) Neuroplasticity of dopamine circuits after exercise: implications for central fatigue. macromolecular Med. 10(2):67-80. doi: 10.1007/s12017-008-8032-3.

-Hoffmann, P., Elam, M., Thorén, P. Hjorth S. (1994). Effects of long-lasting voluntary running on the cerebral levels of dopamine, serotonin and their metabolites in the spontaneously hypertensive rat. Life Sci; 54(13):855-61.

-Zabelina, D. L., y col. (2016). Dopamine and the Creative Mind: Individual Differences in Creativity Are Predicted by Interactions between Dopamine Genes DAT and COMT. Plos ONE. DOI:10.1371/journal.pone.0146768.

-Orjan de Manzano, O. y col. (2010). Thinking Outside a Less Intact Box: Thalamic Dopamine D2 Receptor Densities Are Negatively Related to Psychometric Creativity in Healthy Individuals. Volume 5; Issue 5, e10670.

-Zhang, S. y col (2014). Association of COMT and COMT-DRD2 interaction with creative potential. Front Hum Neurosci. Front Hum Neurosci; 14;8:216. doi: 10.3389/fnhum.2014.00216. eCollection 2014.

-Gondola, J.C. y col. (1985). Effects of a systematic program of exercise on selected measures of creativity. Percept Mot Skills; 60(1):53-4.

-Steinberg, H. y col. (1997). Exercise enhances creativity independently of mood. Br J Sports Med ;31(3):240-5.

-Colzato, L. y col. (2013). The impact of physical exercise on convergent and divergent thinking. Front Hum Neurosci; 2;7:824. doi: 10.3389/fnhum.2013.00824. eCollection 2013.

-Nota a Colzato, L. en thelegraph. Disponible en:
http://www.telegraph.co.uk/news/science/science-news/10491702/Lacking-inspiration-Exercise-found-to-boost-creativity.html

etiquetas: Murakami, ciencia, dopamina, literatura, cerebro, divulgación científica

 

La otra travesía de las hormonas: de la ciencia a la literatura. La obra de Paz Monserrat Revillo.

Se ha mencionado que una de las dificultades para entrelazar literatura y ciencia consiste en que la primera se ocupa de las emociones, utilizando un prisma subjetivo, en tanto que la ciencia aborda, fundamentalmente, temas impersonales desde una óptica lo más objetiva posible. Paz Monserrat Revillo sortea esta supuesta incompatibilidad a través de un libro construido sobre cimientos sólidos, conocimientos científicos sobre las hormonas, dispuestos como una fila de bloques de mármol sobre cada uno de los cuales se asienta un relato. Se trata de historias que laten con un corazón inequívocamente biológico, pero que luego crecen y toman vida propia, expandiéndose con libertad en el espacio ilimitado de la imaginación de la autora, cuya obra se presenta con un estilo fresco y amigable y que cuenta con toda la riqueza y los privilegios de la buena literatura.

Un exceso de hormonas de crecimiento desemboca en los avatares de Charles Byrne, un gigante tímido que solo pretendía que sus huesos, desmesurados, se ocultaran en el mar. Una horda de convictos aislados en Australia genera la brava misión de cuatrocientas huérfanas enviadas a poblar esas tierras remotas.  Una solicitud de Simón Bolivar para estudiar los cultivos de América permite descubrir la importancia del yodo para el buen funcionamiento de la tiroides. Son estas y muchas otras las historias que revalorizan el cruce entre literatura y ciencia, un terreno donde Paz  —bióloga, madre, escritora y docente— se desenvuelve con soltura, con la naturalidad de quien ha estudiado ciencias pero también ha aprendido a desenfocarse para volverse cómplice de las palabras.

Los cuentos referidos a la infancia merecen una mención especial: suelen ofrecerse en algunos destinos especiales botellitas selladas, souvenirs conteniendo, por ejemplo, aire de Katmandú o Machu Picchu. Los cuentos de esta colección son como esas botellitas, con la diferencia de que funcionan realmente: el aire de la infancia emerge de entre las líneas envolviendo al lector en la óptica única de quien contempla el mundo como un lugar novedoso donde todo puede suceder y todo está por descubrirse.  A continuación, uno de estos relatos:

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Paisaje de infancia con exhibicionista de fondo

 

Feromonas:

Hormonas que transmiten mensajes entre

diferentes individuos de una misma especie,

 como los que intervienen en la atracción sexual.

 

 

          Para llegar al colegio había que atravesar el parque. Después de comer, en lugar de hacerlo a través del largo paseo jalonado por plátanos con enormes barrigas nudosas, subíamos por la zona del estanque. El parque era un universo en miniatura, un ecosistema a nuestra medida, tan completo y complejo como un acuario, un pesebre o una caja de música. Era el escenario principal en el que se desarrolló nuestra particular metamorfosis, desde la vitalidad común de niñas vestidas de uniforme al desajuste de la adolescencia que nos sobrevino de manera diferenciada y con resultados difíciles de prever de antemano. El exhibicionista era parte de ese ecosistema cuando todavía llevábamos el uniforme de cuadritos marrones.

El estanque quedaba apartado del tránsito de paseantes, era un espacio  incrustado en un circuito de setos que en su momento habían sido minuciosamente recortados para formar un bordado en el paisaje, pero que en esa época estaban invadidos por árboles y matorrales silvestres que crecían a su antojo. Un estimulante desorden dentro del orden. Allí -en los bancos que quedaban en las curvas del laberinto de setos- era donde iban las parejas a partir de las siete. Algunas tardes las espiábamos, pero cuando realmente  tomábamos posesión de la zona era en la media hora anterior a volver al colegio tras la comida.

Para nosotras, aquel estanque era “el lago”. Inclinado hacia él había un pino anciano por el que tratábamos de trepar una y otra vez. El tronco tenía una textura contundente, con sus piezas de madera a modo de escamas que se nos enganchaban en los calcetines marrones y en el dobladillo de los uniformes. Con ínfulas modernistas, el contorno del lago, la glorieta de acceso y sus cuatro surtidores, semejaban algo orgánico; algo así como fango derramado por la mano de un gigante. En sus aguas oscuras nadaban peces de un color naranja irisado, que salían a la superficie con ojos desorbitados cuando les echábamos pan.

Algunos eran diferentes, de colores metálicos y desmesuradamente grandes, como si estuvieran hinchados y fueran a explotar. A veces lo hacían, y luego flotaban de lado ante nuestras miradas desconsoladas. Creo recordar un par de entierros preciosos y muy sentidos. O quizás lo haya imaginado y ahora lo incorporo al paisaje de mis recuerdos con demasiada naturalidad. En realidad, sólo tengo constancia de haber enterrado al periquito azul por aquel tiempo. Afortunadamente nunca lo sabré con certeza.

También tenía el parque una especie de guardián enviado por el ayuntamiento para controlar la zona. Un señor pequeñito e inofensivo -disfrazado con un uniforme municipal de color verde- que nos perseguía cuando hacíamos alguna trastada con una especie de porra de juguete y nos amenazaba diciendo que conocía a nuestros padres. Le llamábamos el Marshall. No debía de hacer su labor con demasiado esmero pues Dinototo, nuestro exhibicionista particular, se camufló durante al menos dos años dentro de sus dominios sin que consiguiera atraparlo ni desenmascararlo. A veces me pregunto de dónde sacamos ese nombre tan cursi, Di-no-to-to. Probablemente sería una contracción de dinosaurio-tonto, o el nombre de algún personaje de aquellos dibujos animados tan simplones de la época.

Era un individuo bastante joven, apocado, de mirada velada y cara de no tener muchas luces. Casi siempre permanecía escondido entre los matorrales. Su timidez nos situaba a una distancia equidistante entre la ternura, la excitación y la superioridad, lo que propiciaba que nos sintiéramos lo bastante envalentonadas como para gritarle burlas e improperios, como si fuéramos un enjambre de abejas a punto de atacar, cuando se exhibía.

Jamás lo contamos a nadie, simplemente nunca nos pareció algo que debiéramos mencionar a padres o profesores. Dinototo formaba parte del parque, era un lobo entrañable e introvertido y no veíamos nada anómalo en el hecho de prestarnos a hacer de caperucitas a diario. Sabernos observadas cuando, en primavera, nos arremangábamos las faldas para entrar en el lago o al subir a los árboles, nos hacía protagonistas, heroínas valientes que sabían cómo tratar a un hombre perturbado y patético cuando se nos mostraba en uno de sus arrebatos de exhibición transitorios.

Las visiones solían ser fugaces, incompletas. Cuando ocurría, el tiempo se aceleraba sepultado en una catarsis de risas, gritos y carreras que nos dejaban sin aliento y con un calor magmático que fluía desde nuestro interior y se condensaba en el tejido rasposo del uniforme. Solamente una vez lo tuvimos muy cerca. Era casi verano. Se colocó al final del tramo de cipreses que había antes de cruzar la carretera que daba al colegio y se nos apareció, sin previo aviso, mostrándonos su erección rutilante y grotesca.

Reaccionamos como si hubiésemos recibido una descarga eléctrica. Cruzamos la carretera sin mirar, chillando cual posesas, riendo unas sonoras carcajadas de histeria colectiva. Al entrar en el colegio, la madre portera nos llamó al orden, pero seguimos intercambiando impresiones a voces por los largos pasillos hasta llegar a la clase. A mí me había dejado desconcertada la tersura de pez a punto de explotar que tenía esa prolongación extraña de su cuerpo; el color rosáceo, su calidad de juguete de plástico, como de pierna de muñeca pepona o de lechón recién asado. Todavía recuerdo mi sorpresa ante semejante descubrimiento. Pero aquello fue el final. Creo que por entonces ya se terminaba el curso y no lo volvimos a ver. Quizás alguien lo denunció, o se marchó a oficiar su ritual a otra zona.

De vez en cuando vuelvo a la ciudad donde pasé mi infancia. Ayer, paseando por las calles comerciales del centro, lo vi. Casi cuarenta años después, me crucé con Dinototo. Los surtidores empezaron verter agua en mi memoria. Acababa de reunirme con una de mis amigas del colegio para tomar un té. Habíamos hablado de decepciones y rupturas, de padres ancianos, de la extrañeza ante el paso del tiempo, de hijos mucho mayores que aquellas niñas de doce años que se habían desvanecido como la niebla. Habíamos celebrado nuestra amistad mientras sujetábamos con firmeza nuestras tazas humeantes.Nos separamos y regresé de vuelta por entre las tiendas de la calle peatonal.

Y entonces lo vi. Lo vi y lo reconocí inmediatamente. En un instante el estanque se llenó de peces rojos. Lo miré a la cara y, tras confirmar que tenía la misma mirada turbia, el mismo rostro de reptil -ahora más difuso, como desdibujado por el tiempo- noté el latigazo de un enorme pez metálico dando su última bocanada. No pude evitar que mis ojos se desviaran hacia su entrepierna con una insólita mezcla de lástima y de nostalgia. El pez quedó flotando de lado mientras regresaba a casa de mis padres con la cabeza llena de agua.


De Paz Monserrat Revillo, Hormonautas, Editorial Nazarí, España.

http://editorialnazari.com/es/18-esp/catalogo/856-hormonautas.html

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