La rubia de los tacos aguja

La tarde en que traté de impresionar a Claudia Lopetegui, con un discurso sobre lo simple y lo complejo, fue justo la ocasión que eligió Arnaldo Amuchástegui para revelarnos que había perdido la cabeza por ella, por nuestra compañera de la facultad. No podía haber sido un momento más desafortunado, sobre todo, en vista de lo que ocurriría después. En cuanto Arnaldo se fue, uno de los presentes vaticinó: cero de posibilidad, así de simple. Otro acotó: el conjunto vacío, refiriéndose al espacio donde Claudia tal vez pudiera darle una oportunidad. Alguien propuso entonces apostar, pero no, no hubo caso, todos íbamos por la variante del fracaso rotundo.

Claudia Lopetegui, la rubia de los tacos aguja, como solíamos llamarle, habitaba la mente de más de uno de mis compañeros de comisión. Esos tacos iban y venían, de oreja a oreja sin dejarnos pensar en otra cosa, excepto en quitarle los tacos, por supuesto, y todo lo que más pudiéramos. Pero salvo alguna excepción, como la tarde del discurso inoportuno, rara vez osábamos a acercarnos a ella, más bien la contemplábamos a la distancia, con sus aires de realeza, con su prestancia empalagosa, la de quien está perfectamente al corriente de lo que genera a su alrededor. Casi todos, secretamente, urdimos planes insensatos para abordarla. Casi todos, es cierto, pero nadie tuvo el valor, excepto Arnaldo Amuchástegui, el más callado de todos, que terminó siendo, en definitiva, el único inconsciente que se aventuró a la tarea de conquistarla.

Los espectadores nos pusimos entonces en alerta. Nada como la noticia de un cortejo desbalanceado para atraer el morbo y el regodeo de toda la comisión. Y así, entre las clases teóricas y de trabajos prácticos, entre pupitres desvencijados, columnas de hormigón y pizarras repletas de fórmulas, entre matraces, cristales y vasos de precipitado; entre burbujas, pipetas y emulsiones, fuimos siendo testigos de cada insinuación. A cada lance le seguía su correspondiente evasiva; a cada movimiento, su anunciado rechazo. La matemática es simple, las probabilidades no fallan, decíamos. Porque si hay algo de lo que estábamos convencidos, incluso sus propios amigos, era de que no tenía chance de lograr su cometido… Pero Arnaldo no se dejó desmoralizar, por más funestas que hubieran sido nuestras predicciones. Nuestro compañero, abruptamente envalentonado, no dejó estrategia por ensayar. Todo lo probó, haciendo oídos sordos a nuestros consejos, que lo encomiábamos a actuar con cierta racionalidad, medianamente acorde a la carrera que cursábamos. ¿A dónde iba a llegar sino al ridículo? ¿Cuándo iba a detenerse?

Había transcurrido ni mucho ni poco desde este vendaval de insinuaciones, cuando Claudia Lopetegui se apersonó en mi domicilio. Con la excusa de un trabajo práctico pendiente, se dio cita sin más aviso que sus tacos, que escuché con anticipación apenas pisó la esquina. La recibí desconcertado. No pidió permiso y pasó a mi dormitorio. No quería testigos, y menos alguno de los inquilinos de mirada maliciosa con quienes comparto el alquiler. Dejó su chaqueta roja y su cartera con flecos, también roja, sobre una pila de fotocopias de libros de estudio. Patee de prisa un calzoncillo debajo de la cama y me acomodé cubriendo las heridas abiertas de mi viejo acolchado, un cubrecama ajedrezado y desteñido. Claudia caminó hacia un rincón y me dio la espalda. A través de la ventana sin cortinas, su vista se perdió entre la maraña de cables y chucherías oxidadas en el techo del vecino.

¿Cómo me ves?, me preguntó. Como alguien que siempre se sale con la suya, pensé, sin decirlo. Todos sabíamos que Claudia no sólo era bonita, también era el mejor promedio de la comisión. Era un ser destinado a cumplir con sus metas, concluí en silencio, un silencio que gritaba que, ignominiosamente, esta vez algo se había interpuesto en su camino. Si no, ¿por qué su presencia en mí cuarto? Dicha incidencia solo podía justificarse si algo había interferido, precisamente, entre la realidad y la imagen que ella tenía de sí misma.

Sopesé un abanico de posibilidades, de las más factibles a las más incongruentes, considerándose que se trataba de una mujer enérgica, inteligente y extrovertida. Evalué todas las alternativas, todas, menos la que terminó siendo, la única que a priori no podía ser: había perdido la cabeza por Arnaldo Amuchástegui. ¿Cómo? Ella no lograba explicárselo. Yo menos.

—¿Y ahora qué? —Me preguntó, girándose de golpe—. No me atiende el teléfono y mirá cómo me pongo. ¿Quién puede estudiar en este estado?  Mi vida es un caos, me he convertido en un manojo de fibras que ya no son capaces de estudiar, de dormir, de reír, de convencerse de nada.

—Tranquila —atiné a opinar—. No tenés de qué preocuparte. Siendo así, realmente es muy simple, contás con el 100% de las probabilidades a tu favor. Solo tenés que decirle que sí.

—Tenés razón, —me dijo, respirando hondo—, Arnaldo y yo somos dos polos opuestos. Por eso la atracción. Tenemos que terminar juntos. La ecuación es simple, ¿no es cierto?

Sonó el teléfono y me escabullí hacia el baño. Era Arnaldo que quería un libro de análisis matemático. Estaba estudiando para el examen de la próxima semana. ¿Qué hacer? ¿Revelarle su éxito inesperado? ¿No decirle la novedad y dejarlo estudiar? Por un instante me sentí dueño de un poder supremo. Dueño del secreto más codiciado de nuestro pequeño rincón del universo.

Sin embargo, prioricé la amistad. Revelé mi secreto y luego volví, devastado, a terminar la conversación con Claudia Lopetegui, la rubia de los tacos aguja. Apenas me vio rompió en llanto, era evidente que el teléfono de Arnaldo funcionaba perfectamente: él, adrede, no había atendido su llamada. Ella ya se imaginaba lo que había pasado. Me miró de tal modo que me dejó sin argumentos. Era inútil buscar explicaciones estadísticas. Para colmo, no encontré ni un pañuelo de papel. Debí confirmarle en seco que Arnaldo Amuchástegui, vaya a saber con qué motivo, ahora solo tenía ojos para otra.

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