Buena compañía

Juan apenas puede dar crédito a sus ojos. Prueba una vez más el interruptor del equipo. ¿Pará qué? Es evidente que no funciona. Por un instante permanece mirando el vacío, incapaz de aceptar lo que sucede.

—¿Te ayudo con algo? —escucha que le dice su compañera, acercándose desde el extremo opuesto de la mesada de laboratorio.

Juan reprime la primera respuesta que le viene a la mente. ¿Acaso no es obvio que está por perder todo el experimento que le ha llevado meses? María José, sin mala intención, ha metido el dedo en la llaga. El lector de ELISA, un equipo típico de cualquier laboratorio, ha dejado de funcionar. Juan sabe que si pierde esos resultados no podrá completar, decentemente, un resumen para el próximo congreso.

—Ey, Juan, ¿qué te pasa? —insiste María José.

Juan vuelve a probar el lector, una, dos, tres veces. No hay caso. No funciona. Respira hondo y aclara:

—Ahora no podré leer la placa que largué.

—¿Y cómo se te hizo tan tarde?

María José. María José. Juan apela una vez más a su paciencia. La becaria nueva, después de todo, no tiene la culpa. Juan recuerda que empezó tarde porque tuvo que recibir al plomero por la mañana; también se retrasó porque pasó por el banco para cerrar una cuenta en rojo; y se le hizo aún más tarde porque alguien no repuso la solución de PBS-tween, imprescindible para realizar un ensayo de ELISA. Pero todo esto, María José no tiene por qué saberlo, en definitiva, apenas hace unos días ingresó al laboratorio.

—¿Me dejás probar a mí? —se ofrece entonces la nueva becaria.

Juan estudia el tono de voz de su compañera sin encontrar ningún atisbo de burla en el ofrecimiento. Porque claro, ¿para qué va a probar lo mismo que él ya probó varias veces? Como si el equipo pudiera distinguir, al tacto, la presencia de una mano más afable que la suya, que con buena gana había apretado el interruptor hasta casi sacarlo de su sitio.

Además, si fuera el caso, de que un equipo pudiera distinguir sus operarios, se trataría de uno más nuevo, cuando claramente el que ellos tienen ya es viejo y obsoleto. De tener arrugas y canas, tendría unas cuantas, pero, en cambio, cuenta con una amplia variedad de manchas que atestiguan su edad: ácido clorhídrico, TMB, óxido de plata y quién sabe qué más.

María José se adelanta y se ubica al frente del equipo. Busca a tientas el interruptor rodeándolo con las manos. Ni siquiera sabe usarlo, piensa Juan, pero la deja intentar. La mira y nota que lleva una bata de laboratorio impecable, o al menos lo aparenta en comparación de la suya, que cuando la cuelga en el perchero parece conservar la forma de su dueño. De la bata pasa al rodete en el cabello, otra precaución que las demás becarias, más antiguas, suelen dejar de lado muchas veces. Al final se queda mirando los guantes de látex, que a María José le quedan como bolsas en las manos. Se han terminado los de tamaño Small y entonces debe usar los Medium que le quedan enormes.

Nada de esto parece preocuparle a María José, que con inocencia pregunta desde dónde se prende el lector de ELISA.

—Desde abajo —indica Juan—. ¿No deberías estar en tu casa, a esta hora?

Juan conoce claramente sus ataques de mal humor. Ahora mismo preferiría estar solo. ¿Por qué debe estar respondiendo preguntas en lugar de tener todas las mesadas a su disposición? ¿En qué podría ayudarle esa compañera que recién comienza su doctorado?

—¿Acaso me estas echando? —pregunta María José, casi divertida.

Juan no termina de comprender si lo sorprende más la réplica sincera o el chillido que ha hecho el equipo al encenderse. Antes de que reaccione, su compañera ya ha soltado una exclamación de triunfo que casi lo aturde. Y lo ha logrado al primer intento.

—Seguro que moviste algo adentro —dice Juan, desconcertado. Sin embargo, ante la mirada maliciosa de su compañera que, evidentemente, no le cree nada, apela a otro argumento—: vos sos nueva, ya vas a ver que todo el tiempo pasan cosas inexplicables en un laboratorio.

—Sí, ya veo —acepta María José—. Lo importante es que podés seguir.

Juan mira la estufa, donde dejó incubando la placa de ELISA y le invade un retorcijón abdominal. En la puntada reconoce sus propios nervios. Apenas añada las gotas del reactivo TMB sobre los pocillos de la placa, sabrá el resultado de su experimento. Si encuentra diferencia en la producción de ciertas moléculas proinflamatorias irá por buen camino. Está repitiendo un ensayo y, de confirmarse la tendencia, podrá llevar un trabajo preliminar al congreso anual de su especialidad. En cambio, si no detecta diferencias, y todo da igual entre el grupo experimental y los controles, entonces quedará envuelto en un mar de dudas. Hasta podría significar que se ha equivocado, que su interpretación de lo que está pasando, posiblemente, sea errónea. El resultado lo espera, a esa altura, ya determinado.

—¡Dale! No te demores —lo despabila María José, al tiempo que camina hacia el perchero a dejar su guardapolvo.

Juan respira hondo otra vez, camina hasta la estufa, retira la placa y vuelve a la mesada. Comienza los últimos lavados con PBS-Tween, pero se detiene en cuanto nota que su compañera se ha puesto una campera y se dispone a salir.

—Esperá —dice—. No te vayas.

—Hace un minuto me pediste, amablemente, que me retire, ¿por qué cambiaste de opinión?

Juan atiende primero la placa de ELISA. La gira y vierte su contenido en una bacha de aluminio. Luego la seca sobre un papel absorbente, dándole unos golpes. Como no encuentra una forma de justificarse, es María José quien, otra vez, tiene que salir en su auxilio:

—Te traigo suerte. Es eso, ¿no?

Juan sonríe al tiempo que levanta la vista de la mesada. Suerte. Buena falta le haría. Debe aceptar que le agrada el sentido del humor de su compañera. Termina el último lavado, seca la placa, busca el reactivo TMB en la heladera y cambia de lugar. Cuando se acomoda constata que María José está acercándose sin la campera.

—Todo sea por la ciencia —dice ella—. ¿Y ahora, qué hacemos, cruzamos los dedos?

Ella le dedica una sonrisa tan contagiosa que Juan debe hacer un esfuerzo por concentrarse. Con mano algo temblorosa va dejando caer las gotas de TMB. Los pocillos comienzan a volverse de un color azul tenue. Al aumentar la intensidad, Juan añade ácido sulfúrico a cada pocillo para detener la reacción y luego caminan hacia el dichoso lector de ELISA. Juan oprime un botón y el equipo abre una pequeña ranura donde cabe exactamente la placa. Una vez activado el programa, el equipo cumple con su cometido. Cuantifica. María José toma una hoja que sale de la impresora y la contemplan codo a codo. Se miran apenas un segundo, suficiente para que ambos comprendan lo que sucede. El resultado es indiscutible. Es lo que es, así es la ciencia, y Juan se alegra de no estar solo.

 

 

 

 

 

 

Pasiones

Trató de fijar una última imagen en la retina de sus ojos entrados en años. Ojos sabios, hubieran adjetivado sus colegas, que tanto se habían esmerado para subirle el ánimo a lo largo de la jornada. Pero el Dr. Figueredo lo tenía claro, con halagos o sin halagos, su tiempo como director, legalmente, había llegado a su fin. La imagen que tenía enfrente había alcanzado su fecha de vencimiento. Mesadas, equipos, material de vidrio, computadoras, alacenas con reactivos, instalaciones de agua y gas, todo formaba un conjunto que, prácticamente, había visto crecer desde cero. No más experimentos, pensó, mientras encendía la cabina de bioseguridad. Con el brindis de despedida, una de las becarias se había olvidado de agregar medio de cultivo a sus células. Alguien tenía que hacerlo por ella. El Dr. Figueredo era el último en retirarse, ¿cuál era la prisa? En adelante, no debería solicitar nuevos subsidios, rendir informes, asistir a congresos, ni formar recursos humanos. ¿Y dónde habían dejado el medio de cultivo? Siempre lo mismo, a alguien se le daba por ordenar y cambiaba de lugar los reactivos. El doctor buscó en la heladera comunitaria, nada; en la de sueros de los pacientes, nada; quizá simplemente se había terminado. Tendría que descongelar y alicuotar uno nuevo. De haberlo pedido, cualquiera de los más jóvenes se lo hubiera preparado, pero estaba solo, cada uno se había marchado deseándole lo mejor para la nueva etapa, llena de desafíos, le insistieron, tratando de insuflarle ánimos. Con parsimonia, el doctor roció con alcohol la botella del medio de cultivo, un recipiente de plástico con suero fetal bovino, y luego introdujo ambos en una estufa para que se descongelen más rápido. De un freezer extrajo un vial con antibiótico y lo dejó a temperatura ambiente. Luego se reclinó en su sillón giratorio. Miró la ciudad casi a oscuras a través de una de las ventanas del edificio. Anochecía. De forma difusa el cristal le devolvía su imagen. Su cabello y su barba lucían tan blancas como su bata de laboratorio. ¿Y ahora qué? ¿Mañana qué? “Por fin vas a hacer lo que siempre quisiste”, lo felicitó alguien, antes del abrazo final. “Te merecés un descanso”, le había dicho otro. Todas frases hechas, consejos de ocasión. Luego de décadas de amanecer entre matraces, probetas y vasos de precipitado, entre cabinas, estufas y termómetros, frezeers, computadoras y equipos de última generación, el día siguiente, por la mañana, ya no tendría la obligación de salir de su casa. Ni esa mañana ni la próxima, ni la que le seguía, ni la otra, ni la otra. Un sin fin de días hasta el sueño sin imágenes, como solía decirle. Ni si quiera me preparé para mi retiro, sabiendo la fecha, ¿qué puedo pretender de lo otro? Nunca se había tomado el tiempo de meditar al respecto. Al contrario, se jactaba de su interés por los mecanismos de la vida. Las hipótesis habían sido su alimento. Incluso, hasta había tenido la fortuna de demostrar unas cuantas. Al rememorar sus inicios se sentía bastante satisfecho. Pero no exageraba sus logros. En una perspectiva global, sus contribuciones eran mínimas, como las de casi todos, pero las valoraba por su vínculo personal, eran el resultado de su constancia. Y al pensar en estos términos volvía a sentirse joven. En cuanto a su labor, era perfectamente vital. Su presente era óptimo; su lucidez se mantenía intacta. Y, sin embargo, atravesaba su última tarde en el laboratorio.

El Dr. Figueredo se levantó del sillón, recogió el medio de cultivo, el suero, el antibiótico y se acomodó en la cabina de bioseguridad, donde preparó cinco alícuotas de cincuenta mililitros de medio de cultivo completo. Cuando estaba por descartar la última pipeta Pasteur que había empleado, algo lo distrajo. Volcó uno de los recipientes. El líquido anaranjado se desparramó sobre el piso de la cabina. Pero el doctor no reaccionó, acababa de captar un pensamiento inusual.  Se detuvo en un acto reflejo. Con el tiempo, había aprendido a reconocer esas singularidades, camufladas en la multitud de reflexiones anodinas que iban y venían por su cabeza. Ahora estaba completamente seguro, algo distinto andaba por ahí, en el paisaje etéreo de su mente. Necesitaba silencio, el medio de cultivo aguardaba desparramado. Por vericuetos indefinibles, el doctor avanzó con cautela, no fuera que perdiera el rastro de su presa. Con paciencia, como desenredando neuronas, fue acercándose a su blanco, hasta que al final tuvo su recompensa, allí estaba, precisamente, en un espacio atemporal y completamente lábil, un pensamiento suspendido al borde del abismo del inconsciente. Ahora sí, requería máxima prudencia. Debía dar un rodeo, buscar el costado más propicio y cerrar vías de escape. Actuaba con pericia, con una mecánica ya conocida, como cuando de pronto intuía una hipótesis, un sendero que salía del camino conocido. Buscaba indicios entre números, palabras, formas y entramados simbólicos. Por fin logró concentrarse por completo. ¿Qué haría en adelante?, se había preguntado, ¿qué sentido tenían esos días que le aguardaban luego del retiro? La imagen de la ciudad a oscuras demostró su relación subliminal. A través de esa ventana ahora visualizaba una larga noche. Y un vacío. Un vacío anónimo. Pero también discernía algo más. En el vidrio no se reflejaba su imagen, sino su esencia. Al fin y al cabo, sus años no lo definían, su trabajo, tampoco, su sueldo, menos. En realidad, su esencia podía reducirse a sus pasiones, porque tenía intereses diversos, pero lo que se dice pasiones, apenas un par, y esto era lo que intuía en el reflejo del cristal, dándole una identidad que lo separaba, de momento, de la oscuridad del otro lado del vidrio. En cuanto las perdiera o las resignara, muy posiblemente, cambiaría de lado.

El Dr. Figueredo había transcurrido, largamente, más de la mitad de su vida. Ahora, llegado el momento, le agradecían por sus servicios y lo invitaban a retirarse. Debía dejar su lugar en la oficina, sus archivos, sus discos rígidos, sus cuadernos, y hasta sus últimos proyectos. Todo. Es cierto. Todo, menos él último acervo que se lo llevaría consigo.

Recién entonces el Dr. Figueredo se apresuró a limpiar la cabina de bioseguridad. Luego abrió la estufa de cultivo y tomó un recipiente de forma rectangular, semejante a una petaca pero de plástico y con la boca algo levantada. Retiró la tapa en el interior de la cabina y le agregó cinco mililitros de medio de cultivo. Con ese simple adicional, las células tenían garantizada su sobrevida, por lo menos, hasta el lunes.

Luego de echar una última mirada, el doctor se puso el abrigo y apagó las luces. Ya no le importaba abandonar el laboratorio. Lo había necesitado para demostrar algunas de sus hipótesis. Pero la comprobación solo le daba una satisfacción pasajera. En realidad, lo que lo mantenía vital, lo que definía su naturaleza, no dependía de las demostraciones, sino de las preguntas. La certeza de su razonamiento se correspondía perfectamente con el repentino aumento de su ritmo cardíaco, otra energía comenzaba a embargarlo, una energía que conocía muy bien. El Dr. Figueredo, recientemente jubilado, salió a la calle con determinación. Ni siquiera reparó en el viento frío que lo golpeó en el rostro. Ahora tenía prisa por volver a su hogar, encender la computadora y aprovechar esa hora flotante que le quedaba antes de la cena. El doctor sabía, perfectamente, que debía atender a sus dos pasiones casi por igual. Para la primera le bastaba con razonar, para la segunda, en cambio, lo único que precisaba era una hoja en blanco.

Literatura de laboratorio, un buen nombre para un género que se afianza

La divulgación del conocimiento científico podría dividirse, arbitrariamente, en tres etapas. La primera englobaría desde el puntapié inicial de Galileo en el 1600, con su labor divulgativa1,2, hasta el siglo XIX. Este periodo fue realmente pobre en cuanto a cantidad de obras, a tal punto que la ciencia y los científicos parecían habitar en un espacio muy lejano al de la sociedad en general. Luego, durante gran parte del siglo XX, primó una segunda etapa que bien podría ser asociada al nombre de “las dos culturas”, en base a un célebre discurso de C.P. Snow, pronunciado en 1959, que resaltaba el distanciamiento que existía entre los literatos y los científicos3. Así, la ciencia no solo se mantenía alejada del público en general sino que, para colmo, los escritores aprovechaban la situación, y cuando incorporaban protagonistas científicos a sus obras, los estereotipaban como personajes o bien malévolos o bien excesivamente simpáticos y rayanos a la locura4.

Recién sobre el final del siglo XX comenzó a gestarse lo que bien podría constituir una tercera etapa de la divulgación científica. Mucho tuvo que ver en este cambio la aparición de excelentes obras de no ficción escritas por autores científicos. En este periodo salieron a la luz varios libros brillantes que fueron capaces de explicar grandes logros de la ciencia con terminología accesible a cualquier interesado. Algunos ejemplos fueron “El gen egoísta”, de Richard Dawking (1976);  “Los dragones del Edén”, de Carl Sagan (1978); “Breve historia del tiempo”, de Stephen Hawking (1988), y muchos otros. Estas obras sirvieron para demostrar que el conocimiento de la ciencia no es inalcanzable sino todo lo contrario, y que si bien la comunicación entre investigadores requiere de terminología prácticamente incomprensible para quien no es especialista en la materia, los conocimientos de cualquier área igualmente pueden ser explicados de manera simple cuando alguien se lo propone.

Paralelamente a las obras de no ficción, se produjo el despegue del género literario de la divulgación científica. Lógicamente, esta aproximación debió lidiar con la dificultad que surge a la hora de amalgamar una obra que reúna todos los requisitos de la narración de historias con la rigurosidad de la ciencia y la difusión de los conocimientos obtenidos con el método científico. (Este hecho deja de lado al género de la ciencia ficción, en donde se representan hechos y mundos alternativos basados en conocimientos que no han sido probados con el método científico, al menos en el momento de la redacción de la obra).

Los primeros autores que procuraron sentar las bases de la divulgación de la ciencia a través de la literatura se encontraron con la falta de un nombre apropiado para el género de sus libros. Carl Djerassi, por ejemplo, escribió cuatro novelas basadas en personajes científicos y postuló el nombre de “Ciencia en ficción”, para sus libros.

Recientemente, ha cobrado difusión el trabajo de Jennifer Rohn, una investigadora que ha escrito dos novelas y que ha propuesto el nombre de Literatura de laboratorio, (Lablit)5,, para su género narrativo. El término abarcaría obras cuya característica común es el uso de conocimiento científico para sustentar la trama y/o la presencia de un protagonista principal o secundario relacionado con la ciencia, siendo este un ser humano “normal” y no uno de los obsoletos estereotipos del científico 5,6,7. Con la aparición de estas obras literarias el hombre de ciencia parece recuperar, por fin, su verdadera identidad, lo que realmente es: una persona como cualquier otra, con su familia, su vida sentimental, sus problemas cotidianos o existenciales, e incluso, por qué no, con dificultades para llegar con su sueldo a fin de mes. Muy probablemente, el derrumbe del viejo estereotipo del científico antisocial también haya tenido que ver con la incorporación masiva de la mujer a la labor científica. Este hecho habría repercutido en múltiples planos, ya que la mujer de ciencia no solo es a la vez madre, esposa, ama de casa y demás perfiles, sino que también puede ser una mujer solidaria o ambiciosa, buena o mala madre, esposa fiel o infiel, etc, y lo mismo para el científico padre, esposo, y ahora también amo de casa, perfiles y características que dotan a los científicos de una profundidad psicológica real, que antes era menospreciada y ridiculizada en base al estereotipo.

En el sitio lablit.com se halla una lista de más de ciento cincuenta novelas que podrían ser incluidas en el género. Estas y otras obras en español, como las indicadas por Federico Kukso,2,7, han sido escritas por científicos interesados en la literatura o bien por escritores que se han acercado a la ciencia, aportando iniciativas para terminar con la guerra de las dos culturas4.

En entradas anteriores hemos aportado evidencia de que se aprende mejor con historias, por lo que en este blog estamos completamente de acuerdo con la necesidad tanto de un género narrativo para difundir la ciencia como de una nueva denominación. Dado que el término “divulgación científica” es correcto para obras de no ficción pero resulta poco atractivo, (e incluso añejo), para referirse al género literario; que ciencia en la ficción es demasiado parecido a ciencia ficción, y que literatura científica, utilizado por Jorge Wagensberg(8), tampoco se ha destacado; nos adherimos al nombre propuesto por Jennifer Rohn, con la esperanza de que llegue para quedarse y facilite el intercambio entre ciencia, literatura y todos sus interesados. Que vuelva, así, el científico a formar parte de la sociedad, que haya más ciencia en las historias, que se escriban y lean cada vez más obras de Lablit, literatura de laboratorio

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Para seguir leyendo:

  1. https://es.wikipedia.org/wiki/Galileo_Galilei#Obras_de_Galileo
  2. Federico Kukso. Novelas de laboratorio. Revista Ñ. Disponible en: https://www.clarin.com/rn/literatura/novelas-laboratorio-Kukso_0_BkmNX84pvQl.html
  3. https://es.wikipedia.org/wiki/Las_dos_culturas
  4. Roslynn Haynes. (2014). CIENCIA Y LITERATURA. ¿YA HA ACABADO LA GUERRA ENTRE LAS DOS CULTURAS. MÈTODE Science Studies Journal, 4.University of Valencia. DOI:10.7203/metode.82.356
  5. Jennifer Rohn. http://www.lablit.com/
  6. http://www.nytimes.com/2012/12/04/science/in-lab-lit-fiction-meets-science-of-the-real-world.html?mcubz=2
  7. Federico Kukso. Narrar la ciencia. Revista Ñ. Disponible en: https://www.clarin.com/ideas/titulo_0_ByXlCjYsPQl.html
  8. Jorge Wagensberg. Yo, lo superfluo y el error. Tusquet Editores. Colección metatemas.

La literatura y la difusión del conocimiento

Que pueda comprenderse buena parte de los mecanismos que rigen el universo es, en cierta forma, desconcertante. Pero existiendo tal posibilidad, la de entender los procesos que nos mantienen funcionando entre plantas, bacterias, otros animales y hasta planetas en sus órbitas, resulta difícil no tratar de participar entre quienes, de un modo u otro, intentan descorrer, poco a poco, el velo de lo desconocido, en base a esa formidable herramienta que constituye la ciencia.

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La labor de informarse, conocer, razonar, atar cabos e imaginar lo que, hipotéticamente, podría estar aconteciendo del otro lado de la frontera de lo conocido es, de por sí, un privilegio, una actividad para no perderse, sobre todo, cuando aquello que tal vez se imaginó, en ese espacio intangible del pensamiento, de pronto comienza a tomar forma, de la nada, para volverse una pieza más del universo conocido y comprobable.

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Luego de la comprobación de una hipótesis, el reto consiste en comunicar los hallazgos y someterlos al juicio de la comunidad científica; y así,  la creatividad original deviene en rigurosidad, lo que implica el uso de un lenguaje impersonal, específico, inequívoco y técnico. Esta característica de la ciencia, pese a restringir por completo el modo en que deben transmitirse los conocimientos, aún posee un atractivo especial. Esto se debe al desafío que implica condensar con precisión todo el conocimiento preexistente, el nuevo, y el que, hipotéticamente, hasta podría obtenerse en el futuro. La escritura científica debe generar una especie de extracto crudo y concentrado donde nada puede faltar (y nada sobrar) en relación a lo que se pretende demostrar. Un artículo científico es, en cierto modo, un desafío de lógica, una prueba donde los datos deben ser ordenados del mejor modo posible para destacar su relevancia, sin el menor error, y es en estos puntos donde se esconde la verdadera creatividad de la escritura científica.

Pero esta condensación a extracto puro, aunque es sumamente práctica y valiosa a la hora de la transmitir conocimiento, termina reduciendo las experiencias de los investigadores a bits de información únicamente valiosos para otros científicos.

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A diferencia del formato de la ciencia, la literatura proporciona una libertad, prácticamente, ilimitada: es flexible, original, variada y llena de recursos. Abarca en su conjunto a todas las emociones y temáticas que nos conciernen dentro de la condición humana. Ofrece, además, una diversidad de géneros que se amoldan a casi cualquier propósito.

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Según Roland Barthes, desde la antiguedad, literatura solo tiene el fin de representar la realidad, lo cual establece un vínculo obligado con el conocimiento que se tenga de ella. Por lo tanto, pese a recurrir a un abordaje personal, muy diferente al método de la ciencia, no cabe duda de que la literatura también tiene un vínculo especial con el conocimiento; siendo otro privilegio de nuestra especie, leer y contarse historias.

Es en este marco, entonces, donde surge el interrogante, ¿por qué no partir desde la base sólida del conocimiento relacionado con la ciencia, y luego, a la hora de la comunicación, ampliar el abanico al gusto de cada quien, sin más restricciones que no faltar a la verdad, en cuanto a ciencia se refiere?

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A riesgo de desconocer los gajes del oficio y de sesgarse demasiado en los por qué, a más de un año del inicio de es este blog, el objetivo sigue siendo el mismo: tratar de alinear ciencia y literatura en la difusión del conocimiento, a veces con artículos, a veces con relatos.

Martín Mehsen

Novela completa online: para aprender y debatir qué es y por qué existe el cáncer

La ciencia es más que un simple conjunto

 de conocimientos: es una manera de pensar

Carl Sagan

 

Capítulo 1

Enero, 2015

El inusual episodio en que casi pierde la vida la Dra. Mahler proyectó siempre una influencia demasiado poderosa sobre todos aquellos que de uno u otro modo estuvimos relacionados con lo ocurrido. En mi situación particular, el interés se justificaba por haberme hallado a escasos metros del sitio donde se desplomó el cuerpo laxo de la doctora. Fui como un espectador, un caminante desvelado que, por casualidad, contemplara una escena inesperada a través de una ventana. Al principio traté de desentenderme del asunto, de todo lo que escuché aquella tarde: una discusión estrepitosa, y luego portazos, gritos, corridas y sirenas. Quise, pero no pude, no logré pasar la página. Terminé cediendo ante la presión del recuerdo, no tenía manera de extinguirlo; el único modo, tal vez, residía en conocer los verdaderos motivos que derivaron en el ataque a la Dra. Mahler. ¿Por qué? ¿Por qué esa obstinación? No existe una respuesta definitiva. Por un lado, me desconcertaba el carácter irreversible del hecho consumado; pero también estaba la relevancia de las ideas en juego, hasta qué punto habían influenciado sobre los investigadores. Como sea, una vez que intuí el trasfondo que había oculto, no pude más que indagar en el corazón de los hechos. Perseveré entonces hasta conocer todos los detalles, no solo sobre la doctora y sus colegas, sino también sobre el rol desempeñado por Bruno Gastaldi, un integrante del laboratorio que tuvo una participación destacada.

Bruno ingresó al instituto poco después de que se perpetrara el ataque a la doctora. Se granjeó la confianza de muchos de los investigadores; incluso, se contactó con la mujer y el hijo adoptivo de unos de los científicos más ligados al hecho, lo que resultó vital para sus averiguaciones. A Bruno, lo conocí poco tiempo atrás, en un hospital público, donde ahora mismo estoy postrado. Aquí tuvimos nuestro primer encuentro. Él tiene una salud inexpugnable y rara vez acude a un centro de salud. Sin embargo, en aquella oportunidad se proponía visitar a un enfermo severo, un sujeto maltrecho, que apenas y cada tanto farfullaba algunas frases inconexas, un paciente que parecía desgranar sus últimos latidos, pero que, sin embargo, conocía detalles muy valiosos sobre el pasado de la Dra. Mahler. Ese paciente desaliñado, que yacía inerte en la cama contigua a la mía, demostró su valía con muy pocas palabras. En cuanto Bruno le preguntó al enfermo acerca de la Dra. Mahler comprendí que los dos estaríamos ligados por un buen tiempo. El pasado de la doctora tenía para Bruno un significado que iba más allá de la sana curiosidad. Su manera de inmiscuirse en el caso dejaba entrever su propósito real. Bruno era un joven con prestancia, graduado en biología a los veinticuatro años con aceptables calificaciones. Después de trabajar con ahínco para costearse los estudios, ahora tenía, por fin, una carrera promisoria por delante: no necesitaba comprometerla adentrándose en un terreno brumoso, un espacio absolutamente desconocido para él. Debía reservarse un motivo de peso. Fue así, entonces, como empecé a seguir los pasos de Bruno desde un comienzo, desde su primera visita al Dr. Fuentes, a quien se responsabilizaba por el ataque a la Dra. Mahler.

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Capítulo 2

Octubre, 2014

En la galería externa de la clínica donde lo mantenían recluido, el Dr. Fuentes dormitaba tumbado de mala manera en una silla mecedora. Aún llevaba el pijama sudado con el que había salido de la cama. Tenía el cabello sucio, la barba desprolija, las ojeras como un flan. Todo en su persona emanaba un aire de lánguida resignación.

A su alrededor, un centenar de internados merodeaban en circuitos erráticos que repetían una y otra vez. Las reglas del establecimiento de salud, sumado a los tratamientos soporíferos, dividían a los huéspedes en dos grupos claramente definidos: los que todavía se esforzaban con algún signo de rebeldía y los vencidos por completo. El Dr. Fuentes, cabizbajo y adormecido, parecía cómodo en el último grupo.

Bruno salió a la galería aparentando determinación. Llegó con pasos enérgicos hasta donde se hallaba el Dr. Fuentes. Acomodó con ademanes seguros una silla y tomó asiento. Comenzó refiriéndose al clima de la tarde, luego a los pájaros que silbaban en las cercanías; por último, resaltó el carácter del viento, que soplaba con ímpetu inusitado. Los comentarios de Bruno, sin embargo, no tuvieron ninguna trascendencia. El doctor estaba en otra parte. Su único propósito, si acaso podía aventurarse alguno, consistía en dejar pasar las horas como si él no estuviera allí.

Bruno desplegó entonces un periódico que había llevado. Lo hizo crujir con fuerza, como anunciando el hallazgo de una noticia sobresaliente.

Leyó en voz alta:

—Internan de urgencia a una investigadora que fue agredida en el depósito de un instituto… —Bruno espió a Fuentes por el rabillo del ojo. Luego continuó—. “La mujer no estaba sola, a su lado había otro científico, un hombre mayor que se resistía a soltarla”.

Pese a que la nota lo incriminaba, Fuentes mantuvo su hermetismo. Apenas pestañeó un par de veces, como si algo de polvillo se le hubiera metido en un ojo.

—Hay una cosa que se me escapa —insistió Bruno—, si ese hombre tuvo algo que ver, entonces, ¿por qué se quedó? ¿Por qué no huyó? Y parece que la persona tenía un golpe en la cabeza, un golpe que le había abierto una vieja cicatriz.

Desde un rincón, un empleado de seguridad contemplaba la escena. Su jornada había comenzado temprano y le costaba tolerar a los pacientes.

Bruno no se distrajo. Continuó socavando el silencio de Fuentes:

—Como le contaba, doctor, la situación del hombre es comprometida. Aún tiene que explicar lo que pasó.

—¡Suficiente! —gritó el doctor—. Suficiente. Sé quién es Usted. Recién ingresa al instituto, ¿no es cierto? Debería ocuparse de otras cosas.

—¿A qué se refiere?

—Usted tiene que investigar sobre el cáncer, ¿pero entiende, realmente, de qué se trata esa enfermedad?

—Disculpe —lo interrumpió Bruno—, hablábamos de otra cosa.

—¡Usted hablaba de otra cosa! Yo le hice una pregunta simple, se la planteo de otro  modo: ¿por qué existe el cáncer? Dígamelo.

Ante el silencio de Bruno, Fuentes continuó:

—¿Sería como una revolución dentro del cuerpo?

—Quizá.

—¿Quizá? ¿Sí o no?

—Sí. Podría serlo.

—¡Ah! ¡Menos mal! —Fuentes se incorporó con energía—. En eso estamos de acuerdo. Sin embargo, ahora le pregunto: ¿con qué fin? ¿Para qué? ¿Por qué? ¡Vamos! ¡Dígame! Cuénteme lo que piensa. ¿Quiere pensarlo? Está bien. Tómese su tiempo. Supongo, además, que algo habrá estudiado al respecto. Siga por ese camino. No deje de profundizar, de indagar, de buscar nuevas perspectivas, nuevas teorías. Se lo recomiendo, se lo pido con énfasis: no deje de preguntarse también por qué existe el cáncer, ¿o acaso lo sabe? ¡Eh! ¿Acaso lo sabe?

Fuentes estaba afectado por un cuadro de amnesia temporal. Bruno estaba al tanto. Sabía que las personas en esa condición pueden reaccionar de manera abrupta ante la mención de lo ocurrido. Trató de incorporarse. Sin embargo, el doctor le apoyó una mano sobre el hombro y lo retuvo en su lugar:

—¿Para esto vino? ¿Ni siquiera va a responderme una simple pregunta? ¡Vamos! No es compleja. Usted es licenciado, el cáncer es una enfermedad conocida. ¿Sabe las estadísticas? Veo que asiente, ¡bien! ¡Bien por usted! Menos mal…

Exhausto, Fuentes respiró hondo. Luego volvió a sentarse. Desvió la vista hacia las copas de los árboles. El viento soplaba con más fuerza. Un remolino de hojas cruzó el cielo como una bandada de palomas.

Durante décadas de trabajo intenso, el Dr. Fuentes no había hecho otra cosa que especializarse en el estudio del cáncer, una enfermedad cuyos mecanismos moleculares lo habían atrapado desde joven. Con perseverancia, Fuentes había sorteado épocas muy desfavorables para la ciencia, periodos prolongados de inestabilidad económica. Solo en contadas ocasiones se había aventurado muy tibiamente en otros campos, en otras enfermedades no menos complejas. Sin embargo, aquellos escarceos nunca habían prosperado. El doctor siempre volvía a sus raíces, a su tema de cabecera. Pero, ¿qué lo había llevado a ese último interrogante? ¿Por qué existe el cáncer? ¿Qué significaba, en el fondo, esa pregunta? Bruno optó por insistir:

—Doctor, ¿por qué no se defiende?

—Nuestro cuerpo es como una cooperativa —replicó Fuentes—, ¿me está escuchando? Es una sociedad donde cada célula cumple un rol, lleva a cabo un papel que beneficia al conjunto. En cambio, las células cancerosas se comportan de un modo más bien egoísta: se olvidan de sus obligaciones y terminan perjudicando al resto del cuerpo. Entonces ¿por qué existe el cáncer? ¿Por qué la evolución lo permite? ¿Por qué la evolución seleccionó, precisamente, un mecanismo donde el cuerpo puede ser dañado por sus propias células?

En aquel instante, dos pacientes escaparon hacia el jardín. Un enfermero salió dando órdenes. Los fugitivos se tomaron del doctor. El enfermero, sin vacilar, cargó con todos a la rastra.

Bruno se incorporó y siguió al grupo.

—En general —dijo—, el consenso afirma que el cáncer existe, en todo caso, como un sinsentido biológico. Eso asume la teoría más aceptada. ¿No es así?

—¿Acaso un sinsentido biológico puede explicar algo en biología?

—No lo sé, doctor, dígamelo usted.

Fuentes osciló la cabeza de un lado a otro.

El empleado de seguridad, ya molesto, se interpuso entre Bruno y los pacientes:

—Basta por hoy —sentenció.

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Capítulo 3

Octubre, 2014

A poco de su encuentro con el doctor, Bruno recibió una llamada de Eduardo, el hijo de Fuentes. Ambos ya se habían visto un par de veces en el instituto, en ocasiones en que Eduardo había pasado para entrevistarse con los colegas de su padre.

Fuentes y su hijo, que era adoptivo, llevaban varios años en veredas opuestas, apenas se hablaban cada tanto, con motivo de alguna ocasión familiar. Eduardo le contaría después a Bruno que, incluso, él había crecido con la férrea voluntad de diferenciarse de su padre. Esta era una actitud cuando menos llamativa, ya que Fuentes había ganado un importante prestigio a nivel nacional e internacional. Muchos de sus colegas lo consideraban como un ejemplo a seguir. Pero Eduardo, sin embargo, nunca lo había visto de ese modo. En su padre convergían varios de los rasgos que él menospreciaba; su padre era metódico, detallista, mesurado. Eduardo, por el contrario, había sido un chico holgazán y revoltoso. Al terminar el bachillerato, con magras calificaciones, se negó a estudiar una carrera universitaria. Pasó un año sabático hasta que, por una casualidad, comprendió que poseía un don innato para los negocios. A partir de entonces, y en poco tiempo, amasó una fortuna impensada, inconcebible para cualquiera de su familia. El cambio solo sirvió para aumentar la brecha que lo separaba de su padre. El corte parecía definitivo. Por lo menos, hasta el enjundioso episodio ocurrido con la Dra. Mahler. Fue entonces cuando Eduardo tomó las riendas de la situación. Súbitamente comprometido, se entrevistó con cada uno de los colegas de su padre. En una oportunidad, Bruno le había anotado su número de teléfono, ofreciéndose a colaborar en lo que estuviera a su alcance. Eduardo había ignorado el gesto, hasta ese día, cuando encontró un paper en la clínica, un artículo científico que le llamó la atención.

El encuentro tuvo lugar por la tarde, en una librería que pertenecía al hijo de Fuentes. Eduardo llegó puntual, lo que no era su costumbre. Tomaron asiento en dos sillones apartados del bullicio general.

—Apenas vi a mi padre, todavía bajo el trauma de lo ocurrido, no dejaba de advertir sobre la existencia de un paper con datos importantes. Él ahora no se acuerda de sus comentarios, pero da la casualidad que hoy, finalmente, apareció un artículo científico en su dormitorio, en la clínica. Te pido disculpas por llamarte de este modo, tan imprevisto, pero estuve dando vueltas sobre esto sin llegar a ningún lado. Creo que podría tener una relación con lo que pasó. ¿Tenés un segundo?

Sin aguardar por una respuesta, Eduardo le alcanzó el trabajo científico a Bruno:

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Mientras Bruno lo estudiaba, Eduardo esbozó sus conjeturas:

—Mirá, siempre fui pésimo en biología. Jamás le presté atención a las enseñanzas de mi padre. Sin embargo, sé que este trabajo no debería estar en la clínica. Él no pudo llevarlo. Alguien tiene que habérselo dejado allí. Por eso te llamé.

Bruno le pidió un segundo para examinar el artículo. Eduardo se reclinó en el sillón, armándose de paciencia. La Dra. Mahler había sufrido una agresión inexplicable. Fuentes fue hallado junto al cuerpo. Además, como si no bastara para comprometerlo, el cuarto estaba cerrado con llave desde dentro y carecía de ventanas.

Por fin, Bruno comentó:

—Es interesante, pero el cáncer es un tema cotidiano de tu padre, ¿no podría haber pedido que le lleven el artículo?

Un cliente se aproximó, con pasos desconfiados, al único sillón vacío entre Bruno y Eduardo. Los tres intercambiaron miradas. Finalmente, como si percibiera algo extraño en el aire, el hombre pasó de largo.

Al continuar, el hijo de Fuentes bajó un poco la voz:

—Mirá, un técnico del instituto declaró que escuchó una discusión sobre el cáncer en el cuarto donde encontraron a la doctora. Desde joven mi padre se reunía con sus colegas de trabajo y solían discutir sobre esa temática, desde distintas perspectivas; me refiero a puntos de vista que no se enseñan en la facultad. Aunque ahora mi padre sufre de amnesia, apenas ocurrió el escándalo no dejaba de mencionar la existencia de una publicación científica con datos claves. Este paper bien podría ser lo que le preocupaba. Y otro dato no menor,  dudo de que él esté en condiciones de leer algo así. No creo que lo haya pedido. Más factible sería que otra persona se la haya dejado en la clínica, ¿por qué? ¿Para qué? Lo desconozco, pero en mi situación no puedo darme el lujo de ignorar nada.

Bruno recordó los singulares comentarios de Fuentes. En el conjunto, la especulación de Eduardo cobraba cierta lógica.

El cliente que merodeaba, finalmente, fue a sentarse justo enfrente de ellos. Se cruzó de brazos y los miró por encima de unas lentes de gran aumento.

El hijo de Fuentes se incorporó, con cierta parsimonia:

—Bruno, no quiero robarte más tiempo. Te agradezco que hayas venido. Si te parece que este artículo puede decirnos algo, por favor, no dudes en llamarme.

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Capítulo 4

Enero, 2015

“Mehsen, usted es el único que no tiene prisa para marcharse de este hospital”, me dijo hoy una enfermera. La primera vez que estuve internado me escapé como un fugitivo, a escondidas por la ventana. Con el tiempo terminé por acostumbrarme. Después de todo, este lugar cuenta con sus ventajas. Aquí tuve el primer contacto con Bruno. Y fue este el sitio que me proporcionó la calma que necesitaba para iniciar esta crónica. Estuve solo y con orden estricta de guardar reposo. Así las cosas, dispuse de horas interminables de absoluta tranquilidad. Aquí apenas se escucha un poco de bullicio, en el horario de las visitas, pero basta con cerrar la puerta que da al pabellón principal.

Después de una larga siesta, encendí la computadora, dispuesto a retomar en donde había quedado. Sin embargo, en aquel momento decidí no continuar por Fuentes ni por su hijo, como tenía planeado, sino por Florencia, una compañera de Bruno del laboratorio. Acababa de reparar que ella era, después de todo, la única que conocía a cada uno de los que estuvimos involucrados en el caso. Era la conexión subyacente. Estaba justo en el centro de la escena. Todos en el laboratorio sabían que Florencia era la predilecta del Dr. Fuentes. Últimamente, con ella y con nadie más compartía el doctor sus opiniones sobre política, sus lecturas recientes o los estrenos de la cartelera del cine, del que era un gran aficionado. A su vez, cuando Florencia tenía una inquietud, la consultaba primero con Fuentes, en lugar de recurrir a su propia directora. De todos los que se habían formado en el laboratorio, Florencia era la única que estaba al corriente de que Fuentes tenía un hijo adoptivo. Y sabía varias confidencias más, merced a su carácter extrovertido y a su empatía natural, que la convertía en el canal donde se desahogaban más de una vez no solo sus compañeros, sino también su propia jefa y hasta la Dra. Mahler. De hecho, y sin ir más lejos, fue durante una catarsis inesperada de la doctora cuando Florencia conoció varios de los secretos del laboratorio, sin dudas, los más oscuros del instituto. Pero Florencia no solo tenía un trato único con todos los involucrados en el singular episodio, sino que además me conocía a mí, por haber compartido un pasado en común. Nos cruzamos en la universidad, donde nos tocó ser compañeros de comisión de química orgánica. Luego yo abandoné los estudios y no volví a verla hasta varios años más tarde, cuando conseguí un empleo en el instituto del cáncer, precisamente, dos pisos más arriba del laboratorio de Florencia. Solo estuve unos meses, pero coincidí con los días frenéticos, cuando tuvo lugar el ataque a la Dra. Mahler. Por eso, cuando me interesé en el caso, yo ya sabía que Florencia había trabajado a la par de la doctora, y conocerla desde antes era una gran ventaja para mí, porque ella tuvo un papel protagónico en los hechos.

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Capítulo 5

Octubre, 2014

Fue precisamente Florencia quien puso al tanto a Bruno de que debía dictar un seminario sobre el cáncer. Ese era un requisito forzoso para todos los ingresantes, sin excepción, ya que los obligaba a repasar sus conocimientos al inicio del doctorado.

Mientras Bruno descargaba un artículo científico de internet, en el cuarto de computadoras, Florencia le dijo desde la puerta:

—La Dra. Mahler realizó, hace un tiempo largo, una serie de experimentos semejantes a los tuyos. Los datos deben de estar en alguno de sus cuadernos. ¿Los buscamos?

Bruno asintió. Sabía que las pertenencias de la doctora estaban en el depósito, el cuarto donde la habían hallado junto a Fuentes.

Transitaron de prisa por el pasillo. El laboratorio, emplazado en el segundo piso del instituto, consistía de una serie de cuartos que daban una vuelta completa, en la forma de un simple rectángulo con un pulmón de aire en el centro. La construcción edilicia con un patio al medio evocaba un colegio antiguo, y de hecho, lo había sido. Tiempo atrás, sobre esas mismas baldosas habían formado fila miles de chicos que, de estar vivos, rondarían ahora los cien años. El pasillo daba un giro completo que conectaba los cuatro costados. Los investigadores habían dispuesto sus oficinas en el flanco norte. En el corredor oeste se ubicaba el baño, la cocina y la sala de computadoras. Al sur estaban los laboratorios, propiamente dichos, y en el último tramo, en el pasillo este, se hallaba un cuarto con animales, otro para lavar materiales y el depósito, adonde ahora se dirigían Bruno y Florencia.

El acceso al cuarto había sido restringido. Florencia revolvió en los bolsillos de su guardapolvo hasta encontrar una vetusta llave de bronce. Al abrir la puerta, un vaho cálido los golpeó en el rostro. La falta de ventilación era evidente. Florencia presionó el interruptor y una luz mortecina se expandió por el recinto. En el piso sobresalía una mancha desvaída. Ocupaba una superficie circular de medio metro de diámetro. No quedaba margen para la especulación: saltaba a la vista que allí se había desplomado el cuerpo de la doctora.

—¡Ey! —lo despabiló Florencia—. Fijate en esos cuadernos, los de ahí arriba.

Florencia señaló con el dedo índice la parte superior de una biblioteca de madera, ubicada enfrente de la puerta. Luego salió; había dejado la pava en el fuego, en la cocina.

Haciendo equilibrio sobre un viejo pupitre, Bruno comenzó a revisar las parvas de cuadernos y anotadores. Recién se detuvo al ver una notita adherida con un clip a un artículo científico:

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Antes de que Bruno analizara el papel, alguien empujó la puerta con violencia. Debajo del dintel apareció la figura solemne de Matías Bahuer, un becario postdoctoral que era dirigido por el Dr. Fuentes.

—Bajá de ahí, Bruno —Matías tomó las hojas sueltas—. ¿Y esto? ¿Dónde lo encontraste?

—En el cuarto de computadoras.

—No te hagás el imbécil. Decime la verdad.

—Ya te dije. Esas hojas estaban en el suelo. ¿Acaso conocés la teoría? ¿El cáncer puede pensarse como una resistencia?

—Depende —Matías lo estudió con aire severo.

En un descuido, Bruno pasó raudamente la vista por la mancha carmesí que estaba en el suelo. El gesto ocurrió en apenas un segundo, pero Matías lo notó.

—Puedo imaginar lo que estás pensando. ¿Querés saber qué le pasó a la doctora? ¿Acaso pensás que esto tuvo algo que ver?

Matías rompió las hojas en pedacitos, con una sonrisa algo maliciosa.

—No sé —dijo Bruno—. ¿Fue así?

—Una idea puede dañar igual que un veneno. Es cierto, pero lo que pasó quedará entre nosotros, los que conocimos a la doctora en plenitud. Ahora da igual. Y en todo caso no te incumbe. ¿O viniste al cuarto solo para eso, para hurgar en el pasado?

Bruno y Matías quedaron enfrentados, a menos de un metro de distancia. Matías estaba convencido de que los becarios nuevos debían sentir el yugo de los más antiguos. Solo así acatarían un orden de jerarquías.

—Decime —insistió Matías—, ¿viniste a indagar en lo que pasó?

Bruno tenía a su compañero tan cerca que lo empujó para sacárselo de encima.

Matías se rio de forma algo forzada.

—¿Y qué querés saber, si el Dr. Fuentes la atacó, o, más bien, qué idea tuvo que ver?

—No le prestes atención, Bruno —dijo Florencia, que volvía de la cocina.

—¿Y vos qué hacés?

—Yo lo traje a Bruno —dijo Florencia—. Estamos buscando unos experimentos que realizó la Dra. Mahler.

—¿Acá? —Matías alzó las cejas.

—Cambiá el tono —lo interpeló Bruno, perdiendo la paciencia. No era la primera vez que tenían un cortocircuito.

—¿No te gusta mi tono? ¿Recién entrás y no te gusta mi tono? —Esta vez fue Matías quien empujó a Bruno.

Florencia se puso al medio.

—¿Por qué lo defendés? —le recriminó Matías.

Bruno intentó acercarse, pero Florencia también lo contuvo:

—Vos también la cortás. Vamos todos a tomar un café.

Continuar capítulo 6