Novela completa online: para aprender y debatir qué es y por qué existe el cáncer

La ciencia es más que un simple conjunto

 de conocimientos: es una manera de pensar

Carl Sagan

 

Capítulo 1

Enero, 2015

El inusual episodio en que casi pierde la vida la Dra. Mahler proyectó siempre una influencia demasiado poderosa sobre todos aquellos que de uno u otro modo estuvimos relacionados con lo ocurrido. En mi situación particular, el interés se justificaba por haberme hallado a escasos metros del sitio donde se desplomó el cuerpo laxo de la doctora. Fui como un espectador, un caminante desvelado que, por casualidad, contemplara una escena inesperada a través de una ventana. Al principio traté de desentenderme del asunto, de todo lo que escuché aquella tarde: una discusión estrepitosa, y luego portazos, gritos, corridas y sirenas. Quise, pero no pude, no logré pasar la página. Terminé cediendo ante la presión del recuerdo, no tenía manera de extinguirlo; el único modo, tal vez, residía en conocer los verdaderos motivos que derivaron en el ataque a la Dra. Mahler. ¿Por qué? ¿Por qué esa obstinación? No existe una respuesta definitiva. Por un lado, me desconcertaba el carácter irreversible del hecho consumado; pero también estaba la relevancia de las ideas en juego, hasta qué punto habían influenciado sobre los investigadores. Como sea, una vez que intuí el trasfondo que había oculto, no pude más que indagar en el corazón de los hechos. Perseveré entonces hasta conocer todos los detalles, no solo sobre la doctora y sus colegas, sino también sobre el rol desempeñado por Bruno Gastaldi, un integrante del laboratorio que tuvo una participación destacada.

Bruno ingresó al instituto poco después de que se perpetrara el ataque a la doctora. Se granjeó la confianza de muchos de los investigadores; incluso, se contactó con la mujer y el hijo adoptivo de unos de los científicos más ligados al hecho, lo que resultó vital para sus averiguaciones. A Bruno, lo conocí poco tiempo atrás, en un hospital público, donde ahora mismo estoy postrado. Aquí tuvimos nuestro primer encuentro. Él tiene una salud inexpugnable y rara vez acude a un centro de salud. Sin embargo, en aquella oportunidad se proponía visitar a un enfermo severo, un sujeto maltrecho, que apenas y cada tanto farfullaba algunas frases inconexas, un paciente que parecía desgranar sus últimos latidos, pero que, sin embargo, conocía detalles muy valiosos sobre el pasado de la Dra. Mahler. Ese paciente desaliñado, que yacía inerte en la cama contigua a la mía, demostró su valía con muy pocas palabras. En cuanto Bruno le preguntó al enfermo acerca de la Dra. Mahler comprendí que los dos estaríamos ligados por un buen tiempo. El pasado de la doctora tenía para Bruno un significado que iba más allá de la sana curiosidad. Su manera de inmiscuirse en el caso dejaba entrever su propósito real. Bruno era un joven con prestancia, graduado en biología a los veinticuatro años con aceptables calificaciones. Después de trabajar con ahínco para costearse los estudios, ahora tenía, por fin, una carrera promisoria por delante: no necesitaba comprometerla adentrándose en un terreno brumoso, un espacio absolutamente desconocido para él. Debía reservarse un motivo de peso. Fue así, entonces, como empecé a seguir los pasos de Bruno desde un comienzo, desde su primera visita al Dr. Fuentes, a quien se responsabilizaba por el ataque a la Dra. Mahler.

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Capítulo 2

Octubre, 2014

En la galería externa de la clínica donde lo mantenían recluido, el Dr. Fuentes dormitaba tumbado de mala manera en una silla mecedora. Aún llevaba el pijama sudado con el que había salido de la cama. Tenía el cabello sucio, la barba desprolija, las ojeras como un flan. Todo en su persona emanaba un aire de lánguida resignación.

A su alrededor, un centenar de internados merodeaban en circuitos erráticos que repetían una y otra vez. Las reglas del establecimiento de salud, sumado a los tratamientos soporíferos, dividían a los huéspedes en dos grupos claramente definidos: los que todavía se esforzaban con algún signo de rebeldía y los vencidos por completo. El Dr. Fuentes, cabizbajo y adormecido, parecía cómodo en el último grupo.

Bruno salió a la galería aparentando determinación. Llegó con pasos enérgicos hasta donde se hallaba el Dr. Fuentes. Acomodó con ademanes seguros una silla y tomó asiento. Comenzó refiriéndose al clima de la tarde, luego a los pájaros que silbaban en las cercanías; por último, resaltó el carácter del viento, que soplaba con ímpetu inusitado. Los comentarios de Bruno, sin embargo, no tuvieron ninguna trascendencia. El doctor estaba en otra parte. Su único propósito, si acaso podía aventurarse alguno, consistía en dejar pasar las horas como si él no estuviera allí.

Bruno desplegó entonces un periódico que había llevado. Lo hizo crujir con fuerza, como anunciando el hallazgo de una noticia sobresaliente.

Leyó en voz alta:

—Internan de urgencia a una investigadora que fue agredida en el depósito de un instituto… —Bruno espió a Fuentes por el rabillo del ojo. Luego continuó—. “La mujer no estaba sola, a su lado había otro científico, un hombre mayor que se resistía a soltarla”.

Pese a que la nota lo incriminaba, Fuentes mantuvo su hermetismo. Apenas pestañeó un par de veces, como si algo de polvillo se le hubiera metido en un ojo.

—Hay una cosa que se me escapa —insistió Bruno—, si ese hombre tuvo algo que ver, entonces, ¿por qué se quedó? ¿Por qué no huyó? Y parece que la persona tenía un golpe en la cabeza, un golpe que le había abierto una vieja cicatriz.

Desde un rincón, un empleado de seguridad contemplaba la escena. Su jornada había comenzado temprano y le costaba tolerar a los pacientes.

Bruno no se distrajo. Continuó socavando el silencio de Fuentes:

—Como le contaba, doctor, la situación del hombre es comprometida. Aún tiene que explicar lo que pasó.

—¡Suficiente! —gritó el doctor—. Suficiente. Sé quién es Usted. Recién ingresa al instituto, ¿no es cierto? Debería ocuparse de otras cosas.

—¿A qué se refiere?

—Usted tiene que investigar sobre el cáncer, ¿pero entiende, realmente, de qué se trata esa enfermedad?

—Disculpe —lo interrumpió Bruno—, hablábamos de otra cosa.

—¡Usted hablaba de otra cosa! Yo le hice una pregunta simple, se la planteo de otro  modo: ¿por qué existe el cáncer? Dígamelo.

Ante el silencio de Bruno, Fuentes continuó:

—¿Sería como una revolución dentro del cuerpo?

—Quizá.

—¿Quizá? ¿Sí o no?

—Sí. Podría serlo.

—¡Ah! ¡Menos mal! —Fuentes se incorporó con energía—. En eso estamos de acuerdo. Sin embargo, ahora le pregunto: ¿con qué fin? ¿Para qué? ¿Por qué? ¡Vamos! ¡Dígame! Cuénteme lo que piensa. ¿Quiere pensarlo? Está bien. Tómese su tiempo. Supongo, además, que algo habrá estudiado al respecto. Siga por ese camino. No deje de profundizar, de indagar, de buscar nuevas perspectivas, nuevas teorías. Se lo recomiendo, se lo pido con énfasis: no deje de preguntarse también por qué existe el cáncer, ¿o acaso lo sabe? ¡Eh! ¿Acaso lo sabe?

Fuentes estaba afectado por un cuadro de amnesia temporal. Bruno estaba al tanto. Sabía que las personas en esa condición pueden reaccionar de manera abrupta ante la mención de lo ocurrido. Trató de incorporarse. Sin embargo, el doctor le apoyó una mano sobre el hombro y lo retuvo en su lugar:

—¿Para esto vino? ¿Ni siquiera va a responderme una simple pregunta? ¡Vamos! No es compleja. Usted es licenciado, el cáncer es una enfermedad conocida. ¿Sabe las estadísticas? Veo que asiente, ¡bien! ¡Bien por usted! Menos mal…

Exhausto, Fuentes respiró hondo. Luego volvió a sentarse. Desvió la vista hacia las copas de los árboles. El viento soplaba con más fuerza. Un remolino de hojas cruzó el cielo como una bandada de palomas.

Durante décadas de trabajo intenso, el Dr. Fuentes no había hecho otra cosa que especializarse en el estudio del cáncer, una enfermedad cuyos mecanismos moleculares lo habían atrapado desde joven. Con perseverancia, Fuentes había sorteado épocas muy desfavorables para la ciencia, periodos prolongados de inestabilidad económica. Solo en contadas ocasiones se había aventurado muy tibiamente en otros campos, en otras enfermedades no menos complejas. Sin embargo, aquellos escarceos nunca habían prosperado. El doctor siempre volvía a sus raíces, a su tema de cabecera. Pero, ¿qué lo había llevado a ese último interrogante? ¿Por qué existe el cáncer? ¿Qué significaba, en el fondo, esa pregunta? Bruno optó por insistir:

—Doctor, ¿por qué no se defiende?

—Nuestro cuerpo es como una cooperativa —replicó Fuentes—, ¿me está escuchando? Es una sociedad donde cada célula cumple un rol, lleva a cabo un papel que beneficia al conjunto. En cambio, las células cancerosas se comportan de un modo más bien egoísta: se olvidan de sus obligaciones y terminan perjudicando al resto del cuerpo. Entonces ¿por qué existe el cáncer? ¿Por qué la evolución lo permite? ¿Por qué la evolución seleccionó, precisamente, un mecanismo donde el cuerpo puede ser dañado por sus propias células?

En aquel instante, dos pacientes escaparon hacia el jardín. Un enfermero salió dando órdenes. Los fugitivos se tomaron del doctor. El enfermero, sin vacilar, cargó con todos a la rastra.

Bruno se incorporó y siguió al grupo.

—En general —dijo—, el consenso afirma que el cáncer existe, en todo caso, como un sinsentido biológico. Eso asume la teoría más aceptada. ¿No es así?

—¿Acaso un sinsentido biológico puede explicar algo en biología?

—No lo sé, doctor, dígamelo usted.

Fuentes osciló la cabeza de un lado a otro.

El empleado de seguridad, ya molesto, se interpuso entre Bruno y los pacientes:

—Basta por hoy —sentenció.

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Capítulo 3

Octubre, 2014

A poco de su encuentro con el doctor, Bruno recibió una llamada de Eduardo, el hijo de Fuentes. Ambos ya se habían visto un par de veces en el instituto, en ocasiones en que Eduardo había pasado para entrevistarse con los colegas de su padre.

Fuentes y su hijo, que era adoptivo, llevaban varios años en veredas opuestas, apenas se hablaban cada tanto, con motivo de alguna ocasión familiar. Eduardo le contaría después a Bruno que, incluso, él había crecido con la férrea voluntad de diferenciarse de su padre. Esta era una actitud cuando menos llamativa, ya que Fuentes había ganado un importante prestigio a nivel nacional e internacional. Muchos de sus colegas lo consideraban como un ejemplo a seguir. Pero Eduardo, sin embargo, nunca lo había visto de ese modo. En su padre convergían varios de los rasgos que él menospreciaba; su padre era metódico, detallista, mesurado. Eduardo, por el contrario, había sido un chico holgazán y revoltoso. Al terminar el bachillerato, con magras calificaciones, se negó a estudiar una carrera universitaria. Pasó un año sabático hasta que, por una casualidad, comprendió que poseía un don innato para los negocios. A partir de entonces, y en poco tiempo, amasó una fortuna impensada, inconcebible para cualquiera de su familia. El cambio solo sirvió para aumentar la brecha que lo separaba de su padre. El corte parecía definitivo. Por lo menos, hasta el enjundioso episodio ocurrido con la Dra. Mahler. Fue entonces cuando Eduardo tomó las riendas de la situación. Súbitamente comprometido, se entrevistó con cada uno de los colegas de su padre. En una oportunidad, Bruno le había anotado su número de teléfono, ofreciéndose a colaborar en lo que estuviera a su alcance. Eduardo había ignorado el gesto, hasta ese día, cuando encontró un paper en la clínica, un artículo científico que le llamó la atención.

El encuentro tuvo lugar por la tarde, en una librería que pertenecía al hijo de Fuentes. Eduardo llegó puntual, lo que no era su costumbre. Tomaron asiento en dos sillones apartados del bullicio general.

—Apenas vi a mi padre, todavía bajo el trauma de lo ocurrido, no dejaba de advertir sobre la existencia de un paper con datos importantes. Él ahora no se acuerda de sus comentarios, pero da la casualidad que hoy, finalmente, apareció un artículo científico en su dormitorio, en la clínica. Te pido disculpas por llamarte de este modo, tan imprevisto, pero estuve dando vueltas sobre esto sin llegar a ningún lado. Creo que podría tener una relación con lo que pasó. ¿Tenés un segundo?

Sin aguardar por una respuesta, Eduardo le alcanzó el trabajo científico a Bruno:

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Mientras Bruno lo estudiaba, Eduardo esbozó sus conjeturas:

—Mirá, siempre fui pésimo en biología. Jamás le presté atención a las enseñanzas de mi padre. Sin embargo, sé que este trabajo no debería estar en la clínica. Él no pudo llevarlo. Alguien tiene que habérselo dejado allí. Por eso te llamé.

Bruno le pidió un segundo para examinar el artículo. Eduardo se reclinó en el sillón, armándose de paciencia. La Dra. Mahler había sufrido una agresión inexplicable. Fuentes fue hallado junto al cuerpo. Además, como si no bastara para comprometerlo, el cuarto estaba cerrado con llave desde dentro y carecía de ventanas.

Por fin, Bruno comentó:

—Es interesante, pero el cáncer es un tema cotidiano de tu padre, ¿no podría haber pedido que le lleven el artículo?

Un cliente se aproximó, con pasos desconfiados, al único sillón vacío entre Bruno y Eduardo. Los tres intercambiaron miradas. Finalmente, como si percibiera algo extraño en el aire, el hombre pasó de largo.

Al continuar, el hijo de Fuentes bajó un poco la voz:

—Mirá, un técnico del instituto declaró que escuchó una discusión sobre el cáncer en el cuarto donde encontraron a la doctora. Desde joven mi padre se reunía con sus colegas de trabajo y solían discutir sobre esa temática, desde distintas perspectivas; me refiero a puntos de vista que no se enseñan en la facultad. Aunque ahora mi padre sufre de amnesia, apenas ocurrió el escándalo no dejaba de mencionar la existencia de una publicación científica con datos claves. Este paper bien podría ser lo que le preocupaba. Y otro dato no menor,  dudo de que él esté en condiciones de leer algo así. No creo que lo haya pedido. Más factible sería que otra persona se la haya dejado en la clínica, ¿por qué? ¿Para qué? Lo desconozco, pero en mi situación no puedo darme el lujo de ignorar nada.

Bruno recordó los singulares comentarios de Fuentes. En el conjunto, la especulación de Eduardo cobraba cierta lógica.

El cliente que merodeaba, finalmente, fue a sentarse justo enfrente de ellos. Se cruzó de brazos y los miró por encima de unas lentes de gran aumento.

El hijo de Fuentes se incorporó, con cierta parsimonia:

—Bruno, no quiero robarte más tiempo. Te agradezco que hayas venido. Si te parece que este artículo puede decirnos algo, por favor, no dudes en llamarme.

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Capítulo 4

Enero, 2015

“Mehsen, usted es el único que no tiene prisa para marcharse de este hospital”, me dijo hoy una enfermera. La primera vez que estuve internado me escapé como un fugitivo, a escondidas por la ventana. Con el tiempo terminé por acostumbrarme. Después de todo, este lugar cuenta con sus ventajas. Aquí tuve el primer contacto con Bruno. Y fue este el sitio que me proporcionó la calma que necesitaba para iniciar esta crónica. Estuve solo y con orden estricta de guardar reposo. Así las cosas, dispuse de horas interminables de absoluta tranquilidad. Aquí apenas se escucha un poco de bullicio, en el horario de las visitas, pero basta con cerrar la puerta que da al pabellón principal.

Después de una larga siesta, encendí la computadora, dispuesto a retomar en donde había quedado. Sin embargo, en aquel momento decidí no continuar por Fuentes ni por su hijo, como tenía planeado, sino por Florencia, una compañera de Bruno del laboratorio. Acababa de reparar que ella era, después de todo, la única que conocía a cada uno de los que estuvimos involucrados en el caso. Era la conexión subyacente. Estaba justo en el centro de la escena. Todos en el laboratorio sabían que Florencia era la predilecta del Dr. Fuentes. Últimamente, con ella y con nadie más compartía el doctor sus opiniones sobre política, sus lecturas recientes o los estrenos de la cartelera del cine, del que era un gran aficionado. A su vez, cuando Florencia tenía una inquietud, la consultaba primero con Fuentes, en lugar de recurrir a su propia directora. De todos los que se habían formado en el laboratorio, Florencia era la única que estaba al corriente de que Fuentes tenía un hijo adoptivo. Y sabía varias confidencias más, merced a su carácter extrovertido y a su empatía natural, que la convertía en el canal donde se desahogaban más de una vez no solo sus compañeros, sino también su propia jefa y hasta la Dra. Mahler. De hecho, y sin ir más lejos, fue durante una catarsis inesperada de la doctora cuando Florencia conoció varios de los secretos del laboratorio, sin dudas, los más oscuros del instituto. Pero Florencia no solo tenía un trato único con todos los involucrados en el singular episodio, sino que además me conocía a mí, por haber compartido un pasado en común. Nos cruzamos en la universidad, donde nos tocó ser compañeros de comisión de química orgánica. Luego yo abandoné los estudios y no volví a verla hasta varios años más tarde, cuando conseguí un empleo en el instituto del cáncer, precisamente, dos pisos más arriba del laboratorio de Florencia. Solo estuve unos meses, pero coincidí con los días frenéticos, cuando tuvo lugar el ataque a la Dra. Mahler. Por eso, cuando me interesé en el caso, yo ya sabía que Florencia había trabajado a la par de la doctora, y conocerla desde antes era una gran ventaja para mí, porque ella tuvo un papel protagónico en los hechos.

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Capítulo 5

Octubre, 2014

Fue precisamente Florencia quien puso al tanto a Bruno de que debía dictar un seminario sobre el cáncer. Ese era un requisito forzoso para todos los ingresantes, sin excepción, ya que los obligaba a repasar sus conocimientos al inicio del doctorado.

Mientras Bruno descargaba un artículo científico de internet, en el cuarto de computadoras, Florencia le dijo desde la puerta:

—La Dra. Mahler realizó, hace un tiempo largo, una serie de experimentos semejantes a los tuyos. Los datos deben de estar en alguno de sus cuadernos. ¿Los buscamos?

Bruno asintió. Sabía que las pertenencias de la doctora estaban en el depósito, el cuarto donde la habían hallado junto a Fuentes.

Transitaron de prisa por el pasillo. El laboratorio, emplazado en el segundo piso del instituto, consistía de una serie de cuartos que daban una vuelta completa, en la forma de un simple rectángulo con un pulmón de aire en el centro. La construcción edilicia con un patio al medio evocaba un colegio antiguo, y de hecho, lo había sido. Tiempo atrás, sobre esas mismas baldosas habían formado fila miles de chicos que, de estar vivos, rondarían ahora los cien años. El pasillo daba un giro completo que conectaba los cuatro costados. Los investigadores habían dispuesto sus oficinas en el flanco norte. En el corredor oeste se ubicaba el baño, la cocina y la sala de computadoras. Al sur estaban los laboratorios, propiamente dichos, y en el último tramo, en el pasillo este, se hallaba un cuarto con animales, otro para lavar materiales y el depósito, adonde ahora se dirigían Bruno y Florencia.

El acceso al cuarto había sido restringido. Florencia revolvió en los bolsillos de su guardapolvo hasta encontrar una vetusta llave de bronce. Al abrir la puerta, un vaho cálido los golpeó en el rostro. La falta de ventilación era evidente. Florencia presionó el interruptor y una luz mortecina se expandió por el recinto. En el piso sobresalía una mancha desvaída. Ocupaba una superficie circular de medio metro de diámetro. No quedaba margen para la especulación: saltaba a la vista que allí se había desplomado el cuerpo de la doctora.

—¡Ey! —lo despabiló Florencia—. Fijate en esos cuadernos, los de ahí arriba.

Florencia señaló con el dedo índice la parte superior de una biblioteca de madera, ubicada enfrente de la puerta. Luego salió; había dejado la pava en el fuego, en la cocina.

Haciendo equilibrio sobre un viejo pupitre, Bruno comenzó a revisar las parvas de cuadernos y anotadores. Recién se detuvo al ver una notita adherida con un clip a un artículo científico:

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Antes de que Bruno analizara el papel, alguien empujó la puerta con violencia. Debajo del dintel apareció la figura solemne de Matías Bahuer, un becario postdoctoral que era dirigido por el Dr. Fuentes.

—Bajá de ahí, Bruno —Matías tomó las hojas sueltas—. ¿Y esto? ¿Dónde lo encontraste?

—En el cuarto de computadoras.

—No te hagás el imbécil. Decime la verdad.

—Ya te dije. Esas hojas estaban en el suelo. ¿Acaso conocés la teoría? ¿El cáncer puede pensarse como una resistencia?

—Depende —Matías lo estudió con aire severo.

En un descuido, Bruno pasó raudamente la vista por la mancha carmesí que estaba en el suelo. El gesto ocurrió en apenas un segundo, pero Matías lo notó.

—Puedo imaginar lo que estás pensando. ¿Querés saber qué le pasó a la doctora? ¿Acaso pensás que esto tuvo algo que ver?

Matías rompió las hojas en pedacitos, con una sonrisa algo maliciosa.

—No sé —dijo Bruno—. ¿Fue así?

—Una idea puede dañar igual que un veneno. Es cierto, pero lo que pasó quedará entre nosotros, los que conocimos a la doctora en plenitud. Ahora da igual. Y en todo caso no te incumbe. ¿O viniste al cuarto solo para eso, para hurgar en el pasado?

Bruno y Matías quedaron enfrentados, a menos de un metro de distancia. Matías estaba convencido de que los becarios nuevos debían sentir el yugo de los más antiguos. Solo así acatarían un orden de jerarquías.

—Decime —insistió Matías—, ¿viniste a indagar en lo que pasó?

Bruno tenía a su compañero tan cerca que lo empujó para sacárselo de encima.

Matías se rio de forma algo forzada.

—¿Y qué querés saber, si el Dr. Fuentes la atacó, o, más bien, qué idea tuvo que ver?

—No le prestes atención, Bruno —dijo Florencia, que volvía de la cocina.

—¿Y vos qué hacés?

—Yo lo traje a Bruno —dijo Florencia—. Estamos buscando unos experimentos que realizó la Dra. Mahler.

—¿Acá? —Matías alzó las cejas.

—Cambiá el tono —lo interpeló Bruno, perdiendo la paciencia. No era la primera vez que tenían un cortocircuito.

—¿No te gusta mi tono? ¿Recién entrás y no te gusta mi tono? —Esta vez fue Matías quien empujó a Bruno.

Florencia se puso al medio.

—¿Por qué lo defendés? —le recriminó Matías.

Bruno intentó acercarse, pero Florencia también lo contuvo:

—Vos también la cortás. Vamos todos a tomar un café.

Continuar capítulo 6

Segunda parte, “Punto de inflexión”

Capítulo 6

 

Febrero, 2015

Esta mañana, mientras desayunaba en mi cama hojeando un periódico, tuve una visita inesperada. Mi aspecto rayaba lo deplorable. Llevaba varios días sin afeitarme y en la cínica no tenía ni un peine. Traté de darle algo de forma al cabello empujándolo hacia un costado. Me cubrí hasta los hombros con las sábanas revueltas. Mientras tanto, mi antigua compañera, Florencia, se acomodó en el único asiento disponible, una sillita escuálida que debía estar allí desde la inauguración de la clínica. Echó una mirada alrededor y yo aproveché para cotejarla contra el paso del tiempo. Imposible no compararla con el recuerdo que guardaba de ella. Extrovertida, decidida, enérgica. Ahora se mostraba dubitativa y nerviosa. De inmediato noté que mi aspecto desprolijo le resultaba indiferente. Por el contrario, era ella quien parecía no encontrarse a gusto. Pedir ayuda no estaba en su repertorio. Yo debía representar una de sus últimas opciones. Florencia estaba al tanto de mi interés por Bruno y por eso pensó que tal vez supiera algo de su compañero, al que le había perdido el rastro.

Para mí, la situación representaba una oportunidad inmejorable. Me esforcé para retener a Florencia durante un tiempo; en particular, especulaba cuál podía ser su relación con Bruno. Ella mostraba un grado de preocupación mayor al que se experimenta ante las desdichas de un simple conocido, o un mero colega del trabajo. Le pregunté si había contactado a la madre, que era toda la familia que tenía Bruno. Por supuesto, ya lo había hecho. La madre tampoco sabía gran cosa, pero Bruno le había ordenado que no hiciera ningún tipo de denuncia. Y, pese a cumplir con esa condición, el tiempo había pasado sin mayores novedades. Me ofrecí a colaborar pero Florencia se mostró cautelosa. Al cabo de unos minutos, terminó por marcharse. Ambos nos quedamos aquella vez con las manos vacías.


Capítulo 7

Octubre, 2014

El viernes Bruno no hizo otra cosa que ocuparse del paper que le había entregado el hijo de Fuentes. Se mantuvo apartado en el laboratorio, a tal punto que Matías empezó a sospechar si no habría dañado algún equipo del laboratorio. En ese caso, ya lo iba a escuchar. Se lo recriminaría a los gritos por los pasillos. No solía desperdiciar la oportunidad de lucirse a costa de los errores ajenos.

Luego de algunas maniobras de distracción, Bruno se escabulló y salió del instituto. Fue a una biblioteca cercana. Allí logró la concentración que pretendía. Luego llamó a Eduardo, el hijo de Fuentes. Acordó una cita para la tarde.

Eduardo lo recibió en la librería de la primera cita. Al fondo había un bar donde algunos lectores hojeaban sus libros con un café de por medio. Un cliente permanecía absorto en un mural en blanco y negro que decoraba una de las paredes. “Jaque mate en seis” decía el título de la obra, de varios metros de longitud.

—Ese cliente se debate hace tres horas con el problema de ajedrez. Los problemas son como espejos, solía decir mi padre, hace muchos años, cuando todavía se tomaba un tiempo para jugar conmigo. Lo que, por supuesto, no era muy frecuente. A veces, realmente, me sentía un niño fantasma, como si fuera incapaz de verme. Por eso, cuando me decía lo de los espejos, creo que lo decía más por él que por mí, por los problemas que vería en su propio espejo. Pero volvamos al asunto que nos atañe, ¿qué te pareció el artículo?

—Mirá, nunca había leído algo así. En ese trabajo se postula que el cáncer podría ser un mecanismo modelado por la evolución para optimizar la supervivencia de las especies, es decir, para influir sobre la longevidad, de modo que sea la más apropiada.

—Ahá. Por lo tanto, es un tema sobre el que podría discutirse. Yo, por ejemplo, con toda naturalidad me opondría a ese concepto. No me agradaría verlo de ese modo.

—Es cierto. Desde un punto de vista humano lo lógico es oponerse a que la naturaleza opere de ese modo. Además, puede que no estés equivocado en tu intuición. Hace poco visité a tu padre y, pese a encontrarse muy distante, de un momento a otro reaccionó preguntándome por qué existe el cáncer, por qué la evolución lo permite. Esos comentarios parecen estar relacionados con este artículo.

Eduardo estaba por opinar cuando oyó un alboroto que provenía de la puerta de entrada. Un grupo de periodistas avanzaba con micrófonos en mano y cámaras al hombro. El hijo de Fuentes saltó entonces del asiento y se ocultó detrás de los libros de psicología. Desde allí le hizo gestos a Bruno para que lo siga. Eduardo no tenía simpatía por la prensa.

Mientras el cardumen de periodistas se abría paso entre los clientes, Bruno y Eduardo alcanzaron la cocina. Se ubicaron detrás de una estantería con grandes bandejas de aluminio. Allí, entre tortas y medialunas, Eduardo retomó:

—Entonces, por un lado contamos con un artículo que podría alimentar una discusión; y, por el otro, parece que alguien, con un interés desconocido, lo habría dejado en la clínica. ¿No es cierto?

—Es factible.

—¡Más que factible! Y además, estaríamos refiriéndonos a alguien que también trabaja en cáncer, seguramente, otro investigador del instituto.

Una llamada los interrumpió. Antes de que Bruno respondiera, Eduardo atendió su teléfono. De inmediato, buscando privacidad, se alejó unos pasos.

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Capítulo 8

Octubre, 2014

Eduardo volvió con expresión consternada. Venía tan absorto que tropezó con la moza. Se disculpó y siguió su camino.

—Con razón vinieron los de la prensa —dijo el hijo de Fuentes—. Hay noticias: atropellaron a un agente de seguridad de la clínica, donde está mi padre.

—¿El hombre está bien?

—¡Bien muerto! Falleció en la ambulancia, en el trayecto al hospital. Fue embestido sobre la vereda y el coche se dio a la fuga. El panorama actual es incierto: primero mi padre queda envuelto en un escándalo y ahora muere un guardia en su clínica.

Eduardo sopesó si la muerte del custodio podía tener un vínculo con la situación de su padre. Ante su desconocimiento, prefirió focalizarse sobre lo que había ocurrido en el instituto. Ese era un ámbito relativamente acotado. Y para Eduardo, allí había un viejo colega de su padre que no podía pasar por alto: el Dr. Martínez, quien era, precisamente, el director de beca de Bruno.

—Mirá —dijo Eduardo—, puede que hayas oído los rumores, pero muchos están convencidos de que la doctora tuvo un vínculo cercano con quien es ahora tu director.

Bruno carraspeó. En los pasillos del instituto también se comentaba algo más: el Dr. Martínez tenía una excusa algo débil. Había firmado la planilla de salida del instituto apenas cinco minutos antes de que fueran descubiertos sus colegas en el depósito. Martínez normalmente solía retirarse bastante más tarde. Muchos se preguntaban por qué ese día se había marchado temprano.

—Sinceramente —dijo Eduardo—, debo agradecerte por tu buena predisposición. Es invaluable tener un contacto como vos en el lugar de los hechos. Si no te parece un exceso, sería vital que prestés atención a lo que hace tu director. Vos me entendés… por si notás algo raro en su comportamiento.

En ese momento, una de las mozas se asomó por la puerta de la cocina. Le advirtió a Eduardo:

—Los periodistas están buscándote por todos lados. En cualquier momento vienen para acá.

Eduardo permaneció un rato pensativo. Luego se dirigió a Bruno:

—¿Podemos hablar en confianza?

Bruno lo miró intrigado.

—¿Te interesaría saber un poco más sobre el vínculo que tuvieron Martínez y la Dra. Mahler? Eso te proporcionaría un marco amplio para entender lo que puedas observar en el instituto. Sé que te estoy pidiendo un favor y estoy dispuesto a recompensarte por ello. Sería un trabajo como cualquier otro.

—No —repuso Bruno—. No es un trabajo. Si pensás ofrecerme dinero, no voy a aceptarlo.

Eduardo levantó las cejas.

—¿Pero estás de acuerdo?

—Sí. Contame.

—No. Yo no. Sería mucho más productivo que hables con mi madre. Ella conoce a Martínez desde sus comienzos en el instituto. En aquel entonces yo era muy chico. Además, nunca tuve interés por las investigaciones de mi padre, y menos por sus colegas. Pese a que se reunían en mi casa, siempre me las arreglé para esquivarlos. Es como si desde mi infancia ya hubiera presentido que algo no andaba bien.

Bruno comprendía la postura de Eduardo. Un vínculo estrecho entre Martínez y la doctora podía ser un punto de partida, un puntapié inicial para insertar a su director en el mapa de los hechos, un indicio que, más adelante, a lo mejor repercutiera hasta en la situación del Dr. Fuentes.

Y en algo Eduardo tenía razón: la figura de Martínez no era del todo transparente, a su alrededor se respiraba desconfianza. La tarde de la agresión, él se había retirado inusualmente temprano. Además, por los pasillos del instituto corrían turbios rumores que los vinculaban. Todo sumaba para ponerlo a Martínez entre los posibles involucrados.

—¡Vienen para acá! —advirtió la moza.

—Vos no salgas, Bruno —le dijo el hijo de Fuentes. Le tendió un papel con la dirección de su madre y recalcó:

—Acordate de lo que te digo. Esto nos va a llevar a alguna parte.

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Capítulo 9

Octubre, 2014

El lunes 17, al salir del laboratorio, Bruno visitó a Matilde, la esposa de Fuentes. Pese a que ambos tenían la misma edad, ella estaba mucho más avejentada. Se sostenía el cabello blanco en un rodete severo y usaba un vestido muy largo que solo dejaba a la vista un par de pantuflas de color crema. En sus movimientos no había prisa alguna. Se desplazaba con absoluta parsimonia, “tranquilidad oriental”, pensó Bruno, al recibir el té que ella le había ofrecido.

La casa de Fuentes y Matilde se mantenía ajena al paso del tiempo. Los muebles eran arcaicos, las fotos muy añejas, la gran mayoría, incluso, en blanco y negro. Era deprimente la falta de luz: no había ninguna persiana levantada.

Luego de algunas preguntas de cortesía, Bruno llevó la conversación hacia el tema que más le interesaba:

—¿Recuerda si la Dra. Mahler, en su juventud, tenía buena relación con el Dr. Martínez?

La esposa de Fuentes tomó un par de agujas y se puso a tejer. Los anteojos se le deslizaron cuesta abajo por la nariz.

—Lamentablemente, sí. Cuando conocí a mi esposo, ellos tres eran muy unidos. Pero han pasado ya muchos años.

—¿Cómo era la doctora, cuando usted la conoció?

Matilde dio algunas puntadas antes de responder.

—Era extraña —dijo al fin—. ¿A usted le importa lo que piensan los demás?

—En parte…

—Mire, a la doctora le preocupaba mucho, realmente, pero solo como fuente de inspiración, para hacer todo lo contrario. Ella iba contra la corriente. ¿Cuándo se tiene más visión del paisaje?, solía decir, ¿cuándo se corre una maratón o cuando se corre solo? Ella se jactaba de tener la vista despejada. Por lo demás, desbordaba de energía, era envidiable, aunque a veces daba la impresión de que ni ella sabía manejarla.

—Y usted, ¿qué pensaba?

—No voy a ser hipócrita, joven, yo siempre me sentí miserable, relegada a un plano inferior. Mi marido trataba de incluirme en las veladas que ellos organizaban, pero jamás lo consiguió. Entre los tres compartían muchísimas horas. Se entendían a la perfección. Siempre me sentí ajena a ese pequeño círculo que los unía. Jamás pertenecí, jamás formé parte del grupo. Y esa impresión aún perdura y me afecta.

—¿No tiene fotos de aquella época?

Matilde se incorporó. Fue hasta una vieja cómoda de madera. De un cajón extrajo un par de fotografías sueltas.

—Me deshice de casi todas —aclaró—. Solo quedan algunas en las que la doctora no salió favorecida.

Bruno había buscado fotos en internet, pero la gran mayoría de las que halló, sino todas, correspondían a los últimos años.

—Esta es la doctora —especificó Matilde, mientras señalaba a una joven de pelo castaño—. Allí era solo una estudiante de doctorado, una becaria más, todavía desconocida en el ámbito académico.

Bruno tomó la fotografía de tonalidades cercanas al sepia. La estudió sin prisa. La imagen que se había formado de la doctora no coincidía con la joven que tenía enfrente, de perfil, con una sonrisa franca y una mirada incisiva. Después de revisar el resto de las fotografías, en las que se veía a la doctora en diferentes situaciones, pero siempre en el centro de la escena, Bruno imaginó que debía de haber sido una mujer llena de vitalidad, con una actitud avasallante, que terminaba haciendo que todo girara alrededor suyo.

Después de vaciar la taza de té, Bruno se acomodó en el sillón, dispuesto a escuchar la continuación del relato.

—Pero la doctora cambió —retomó Matilde—, con el tiempo, su carácter se volvió agrio. En las reuniones muchas veces los tres terminaban discutiendo. El mal humor surgía abruptamente en aquellos encuentros que se volvieron cada vez más esporádicos. A decir verdad, solo Martínez continuó viniendo a esta casa, todos los martes hasta que ocurrió lo que usted ya sabe. Él se mantuvo fiel a la amistad que los unía. En cambio, ella no. Ella cambió. Empezó a venir cada vez menos. Y después de su casamiento, tomó cada vez más distancia de nosotros. Incluso, dejó el instituto y se fue a la universidad, durante muchos años. Cuando volvió al laboratorio era una persona absolutamente desconocida, malhumorada, violenta, cínica. Puede que su marido haya tenido algo que ver, no lo sé, pero él siempre tuvo una actitud miserable hacia nosotros, siempre nos trató con sorna, nunca nos quiso. Basta decir que una sola vez pisó esta casa y jamás volvió, nunca, y menos después de su ascenso meteórico. Supongo que habrá escuchado hablar sobre él, ¿no es cierto?

Bruno asintió. El marido de la doctora, el Dr. Lacroze, era un político de la primera plana nacional. Su rostro displicente y pulcro aparecía a menudo en los afiches que empapelaban la ciudad, sobre todo, ese año, que había estado en campaña de manera ininterrumpida. Sus opositores lo denostaban, pero sus partidarios lo defendían con fervor. En consecuencia, el Dr. Lacroze se mantenía en el candelero. Por un instante, su nombre estuvo ligado al escándalo, porque el día de la agresión a su mujer él había estado en el instituto. Sin embargo, Lacroze había declarado que a la hora de los hechos se hallaba saludando a un viejo amigo, el director del instituto, y éste había respaldado su versión de los hechos.

Las campanadas de un reloj de péndulo anunciaron en ese momento las ocho de la noche. Ya se habían extinguido los escasos rayos de luz que antes se filtraban por las rendijas de las persianas. Matilde se puso de pie. Cruzó el comedor para encender un velador. Acomodó los portarretratos. Realizó un movimiento brusco y uno cayó al piso. El vidrio se hizo añicos.

Bruno se incorporó y le ayudó a juntar los fragmentos. En la foto vio a Eduardo. No estaba de humor, tenía un pantalón corto excesivamente subido sobre el abdomen.

Desde ese lugar se alcanzaba a ver una biblioteca ubicada en la pieza de Matilde. Bruno tuvo una corazonada.

—Veo que son buenos lectores. ¿Qué es lo que más lee su marido?

—Lee de todo, pero tiene cierta predilección por la poesía y las novelas policiales.

—¿Novelas policiales?

—Sí. En realidad —recordó Matilde, con un destello en los ojos—, todos tuvieron un momento de fanatismo: Mi marido, Martínez y la doctora, los tres. Es más, entre ellos solían desafiarse con un ejercicio que, visto ahora a la distancia, parece muy desgraciado.

—¿Por qué lo dice?

—Por lo que pasó. Yo nunca entendí el ejercicio, pero ellos apreciaban el costado lógico y racional del enfrentamiento que tiene lugar entre un investigador y quien trata de engañarlo.

Bruno levantó las cejas.

—Así es —Matilde hablaba ahora con un dejo de amargura—. Era una tradición que mantenían durante los inviernos, sobre todo, en las noches heladas. Y si se avecinaba un temporal, para ellos era todavía mejor. Se congregaban aquí, justamente, ahí donde está usted ahora. Permanecían hasta el amanecer, compenetrados, escudriñándose con desconfianza, como si realmente tuvieran que resolver o desviar una investigación. Prestaban atención a las posturas, los gestos, las inflexiones de voz, llegando al punto de tenderse en el suelo para representar a una víctima. ¿Quiere que le cuente quien vencía?

—Claro.

—Siempre ganaba la doctora o mi marido. Martínez, lo recuerdo muy claro, jamás resultó victorioso.

—¿Ni una sola vez?

—Ni una sola. Por eso lo recuerdo. Pensé que, abatido, abandonaría las reuniones, pero no, perseveraba, con un empeño absolutamente inútil. ¿Usted participaría de algo que nunca gana?

—Supongo que sí. ¿Por qué no?

—Estupideces. Cada uno tiene sus límites.

—Y usted, ¿no participaba?

—No. ¿Para qué? Ya se lo dije. Siempre me sentí ajena a todo lo que los unía; siempre odié las noches frías de invierno. Y, además, estaban las miradas.

—¿Las miradas?

—Claro. Los tres se conocían muy bien, sus expresiones eran como un lenguaje para ellos, y yo apenas podía intuir los significados. No quería someterme a semejante humillación, hubiera sido como reconocer mi incapacidad para estar a su altura.

Matilde fue hasta su cuarto y volvió con otra fotografía en blanco y negro. En esta podía verse a los tres jóvenes en el sillón. Había café y chocolates sobre una mesa ratona. Una joven doctora Mahler estaba tendida en el piso. Todo señalaba que se disponían a comenzar uno de esos desafíos. El frío se apreciaba en la ropa: los tres vestían gruesos pulóveres de lana. Fuentes usaba un gorrito que ocultaba la cicatriz de su frente. A Martínez el cabello largo le caía sobre el rostro cubriéndole un ojo. Bruno se sorprendió de la expresión distendida y cómplice de Fuentes y Martínez, a quienes había conocido de grandes, ya doctores, ya agobiados por el drama. Desde el papel, en cambio, lo miraban dos jóvenes ociosos, indiferentes al futuro, en un momento de serenidad que la cámara había sabido captar.

Bruno trató de focalizarse nuevamente:

—¿Le molestaría si veo los libros?

Caminaron hasta el dormitorio. Matilde encendió la luz. Había repisas a ambos lados de la cama matrimonial. Bruno las revisó con interés. Sin embargo, recién sobre una mesa de luz encontró lo que buscaba. Allí estaba, como brillando con luz propia, un fotocopia del paper que le había mostrado Eduardo.

Bruno pidió permiso y pasó las hojas del artículo. Varias partes habían sido subrayadas. Quedaba claro que ese paper era muy importante para Fuentes.

Bruno le preguntó a Matilde:

—¿Desde cuándo está este artículo en la mesa de luz?

—Desde hace mucho. No he tocado nada.

—¿Antes de la agresión a la doctora?

—Sí, por supuesto. ¿Por qué lo pregunta?

—Por nada. Por nada… —Bruno se quedó pensativo. Decidió que era momento de retirarse—. Le agradezco mucho por su ayuda.

Caminaron hasta la puerta. Antes de despedirse, Matilde lo detuvo. Le realizó una última confidencia:

—Mire, hay algo que acaso le interese saber: aunque la doctora se casó siendo muy joven, ella jamás respetó su matrimonio. Usted sabe a lo que me refiero…

—¿Tuvo un amante?

—Uno no, varios. No me gusta hablar así, pero es la verdad. Entre ellos, Horacio Larrondo fue el más privilegiado. Hace un tiempo que no sé nada de él, pero, si lo ubica, seguramente pueda darle más información que yo.

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Capítulo 10

Febrero, 2015

“¿Qué escribís, Mehsen?”, me preguntó hoy Paula, una de las enfermeras del hospital. Es la única que suele quedarse unos minutos conversando de trivialidades cuando no está a las corridas. Nunca tiene prisa por marcharse, de lo que deduje que nadie la espera. Ante su pregunta, le expliqué brevemente mi interés en el caso de la Dra. Mahler. Luego quise saber si ella estaba al tanto del tema. “Claro, Mehsen. Salió en todos lados. Terminamos hablando de Fuentes y de Martínez, y cuando Paula se marchó, me quedé pensando en lo que sabía sobre ambos.

Fuentes había tenido una infancia normal. Nada llamaba la atención hasta un percance ocurrido en su adolescencia, cuando rondaba los catorce años. A esa edad, sus padres lo cambiaron de colegio, de un día para el otro. Lo que había ocurrido era una incógnita. En su familia era un tema prohibido. Sin embargo, supe que la razón fue un incidente turbio en un baño, con una compañera de colegio. Seguramente fue un hecho muy grave, porque a partir de allí, el joven Fuentes se convirtió en un alumno insurrecto, con notas pésimas y amonestaciones constantes. Esto era algo para tener en cuenta.

Luego, durante la universidad, el comportamiento del joven Fuentes se asentó. Rápidamente se convirtió en un alumno destacado de la carrera de biología. Al finalizar sus estudios, consiguió una beca doctoral, y con el correr de los años fue ascendiendo, a buen paso, los peldaños de la carrera de ciencia, hasta alcanzar el máximo escalón en las jerarquías posibles. La vida del Dr. Fuentes parecía haberse deslizado sobre una alfombra roja después de la universidad. Contrajo matrimonio y al poco tiempo adoptó un hijo. Tuvo una conducta intachable y ningún otro percance hasta el episodio ocurrido en el instituto, cuando lo hallaron dentro del depósito junto al cuerpo gravemente herido de la Dra. Mahler. ¿Hasta qué punto podía haber una relación con lo ocurrido en su adolescencia, en el baño del colegio? Había una semejanza, sin dudas, en ambos casos estuvo encerrado con mujeres, en lugares públicos, aunque, por supuesto, esto aún no significaba nada. Había que ahondar en ese punto.

Por su parte, Martínez era el primogénito de un médico de renombre. Su padre tenía muchas expectativas depositadas en él, en quien veía como su sucesor, el responsable de mantener el prestigio del apellido en la arena médica. Pero el joven Martínez había desilusionado a su padre al cambiarse a biología antes de empezar el segundo año de la carrera de Medicina. A diferencia de Fuentes y de la Dra. Mahler, la carrera universitaria le había costado un gran esfuerzo. Cuando sus compañeros interrumpían sus estudios y aprovechaban el tiempo libre, él debía mantenerse sobre los libros. El ascenso por los escalafones de la investigación también le había resultado arduo. Actualmente tenía un cargo modesto. Pero todo lo había conseguido con mucho esfuerzo. Martínez nunca se casó, nunca convivió, no estaba en pareja, no tenía hijos de alguna relación temporal, nada en su vida parecía digno de mención, de modo que eso era lo único que, en definitiva, podía considerarse llamativo.

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Capítulo 11

Octubre, 2014 

Antes de realizar su segunda visita a Fuentes, Bruno leyó minuciosamente el trabajo científico sobre la teoría biológica del cáncer. En esa ocasión planeaba aproximarse a los hechos de forma tangencial; le preguntaría a Fuentes su opinión al respecto. Luego podía consultarle acerca del paper que le había mostrado Eduardo. Que Fuentes lo tuviera en su casa era un fuerte indicio de su interés por el tema.

El doctor caminaba por uno de los senderos del parque, seguido por un nuevo custodio. Los testigos habían declarado que el anterior había sido embestido de forma intencional. Sin embargo, el conductor del vehículo no había sido identificado. Restaba mucho por esclarecer. Los medios de comunicación eran prudentes al respecto. Solo uno aventuraba que el hecho podía estar conectado con el Dr. Fuentes.

Con la venia del nuevo custodio, Bruno y el doctor tomaron asiento en un banco de madera, bajo la sombra de un pino. Estaban a mitad del parque, alejados del bullicio de la clínica. Ambos se estudiaron durante un segundo. Para Bruno, el hombre a su lado era muy diferente del que había visto en las fotografías. Tenía el rostro asolado por la desdicha, los labios rígidos en un gesto amargo, los párpados a media asta, como vencidos. Parecía que llevara meses sin dormir. El cambio que había sufrido era drástico.

—Doctor —dijo Bruno—, ¿cree que el cáncer podría derivar de un intento de resistencia, del último recurso de un tejido devastado?

—Ya veo —dijo Fuentes—. Leyó el artículo de los Dres. Ruggiero y Bustuoabad[1]. ¿Qué opina?

—Entiendo algunas cosas, pero no todo. Por ejemplo, cuando un órgano sufre una agresión química constante, tiene sentido suponer que algunas células se expandan para reemplazar a las dañadas. Según el trabajo, las células del cáncer derivarían, precisamente, de las únicas capaces de dar la cara, de aquellas que realizan un último y desesperado intento para salvar a un órgano devastado. Pero el artículo postula una teoría sobre el sentido biológico del cáncer, desde un punto de vista positivo. ¿Usted, está de acuerdo?

—Tengo mi opinión —repuso Fuentes—, desde luego. Sin embargo, sería contraproducente para usted. Debe pensarlo por su cuenta.

—Lo haré. Solo dígame si ustedes coincidían en sus posturas al respecto.

—Bueno, en cierto modo sí, todos teníamos la misma postura.

—¿Estaban de acuerdo?

—No. Solo estábamos de acuerdo en discutirlo todo, en no dar nada por sentado. Y usted, joven, debería hacer lo mismo. Además, la realidad es que la Dra. Mahler se divertía generando debates. Estaba en su naturaleza. Y no era fácil discutir con ella. Se lo aseguro.

Fuentes de pronto estiró los brazos con fuerza, como si los hubiera tenido maniatados. Su gesto era promisorio. Parecía la reacción de una persona que sale de un letargo, que pretende despabilarse, como si debajo del manto de tristeza que lo envolvía, el doctor tal vez pudiera conservar, en lo profundo, un último acervo de su esencia, de lo que había sido como persona y como investigador, y desde donde pudiera resurgir acaso alguna vez.

—La realidad es que, exceptuando su producción científica, uno nunca estaba seguro de lo que realmente creía la Dra. Mahler. Mire —continuó Fuentes, algo más sereno—, que yo sea incapaz de recordar lo que pasó aquella tarde, que tenga una laguna de horas, a causa de mi amnesia, no significa que haya perdido la memoria por completo. Sería muy injusto de mi parte si olvidara o menospreciara las virtudes de la doctora. Ella tiene un carácter espinoso, arduo, intratable, pero a la vez es una persona extraordinaria. Es espontánea, original, impredecible. No tiene grises. Con ella uno jamás puede aburrirse.

Ambos se habían calmado. Ahora solo se escuchaba un benteveo cantando en las cercanías.

—A ver —dijo Fuentes—. ¿Usted qué piensa, cree que el sistema inmune es perjudicial para el cuerpo?

—Por supuesto que no.

—¿Está seguro? Piénselo bien.

Bruno sabía que, en algunas ocasiones, el sistema inmune puede atacar a las células del cuerpo, en las enfermedades conocidas como autoinmunes, tales como el lupus, la esclerosis múltiple y muchas otras patologías.

—De acuerdo, a veces puede causar un daño.

—Entonces, ¿qué me dice?, ¿es beneficioso o perjudicial?

—Depende.

—Eso mismo. Es una espada de doble filo. Normalmente es un arma de defensa, pero bajo ciertas circunstancias puede volverse en contra de uno mismo. En otras palabras, el sistema inmune es beneficioso, pero también puede convertirse en algo nocivo. ¿No es así? ¿Está de acuerdo?

De a poco, Bruno comenzaba a comprender adónde se dirigía el doctor, quien concluyó:

—La hipótesis del sentido biológico del cáncer se refiere a que la expansión de las células cancerosas podría haberse originado por una buena causa, el reemplazo de las células dañadas en un órgano devastado. En ese marco, el cáncer sería una consecuencia negativa de la pérdida de control de un intento bienintencionado, así como las enfermedades autoinmunes se producen por una pérdida de control de las células del sistema inmune. ¿Me sigue?

Según la interpretación de Fuentes, sobre esa teoría, el cáncer sería una consecuencia negativa de un intento desesperado de reparación. La idea era muy diferente a la teoría más aceptada en el ámbito académico: la teoría de las mutaciones, la cual considera al cáncer como un sinsentido biológico, una especie de falla en el sistema, producida en las células por la acumulación al azar y a lo largo del tiempo de mutaciones en genes importantes en la regulación de su ciclo de vida.

Bruno acababa de conocer una teoría diferente a la clásica, pero ignoraba si estaba relacionada con el ataque a la doctora, o con el artículo que le había mostrado Eduardo. Decidió arriesgarse:

—¿Acaso esta teoría puede explicar mejor por qué existe el cáncer?

El doctor, esta vez, guardó silencio. Su ánimo cambió de repente. Tuvo un súbito ataque de tos, una tos ronca y seca, que lo forzó a doblarse contra sus rodillas. Bruno no llegó a lamentarse. A unos metros vio a Florencia, que se aproximaba por el sendero de arena.

—¿Qué hacés acá? —Le espetó ella. No venía del laboratorio. Estaba más arreglada. En lugar del jean y la remera de la mañana traía una minifalda blanca y una blusa azul.

—Quería conocerlo —se justificó Bruno—. ¿Y tú visita, a qué se debe?

—Yo estoy convencida de que él no atacó a la doctora. Tenemos que ayudarlo.

Una mueca ligera asomó en los labios del doctor. Aun así, no podía discernirse si se trataba de una sonrisa de bienvenida o más bien de una queja.

Florencia revolvió en el interior de su cartera. Le alcanzó al doctor una hoja con una poesía. Ella misma solía escribir en sus ratos libres y era habitual que le trajera algún verso. Trataba de despejarlo y parecía que el doctor valoraba el gesto.

Lejos de distenderse, Fuentes se puso tenso. Perdió toda compostura. De pronto miró a su alrededor como quien intuye que lo están persiguiendo. Luego echó a correr con el agente de seguridad detrás de él.

Bruno se quedó pensando en el cambio de ánimo del doctor. Pasados unos minutos, resultó evidente que ya no volvería. Florencia y Bruno intercambiaron miradas de interrogación.

—Recién llegás —dijo Bruno—. ¿Tomamos un café en el bar de enfrente?

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Capítulo 12

 Febrero, 2015

  —¿Por qué dejaste la facultad? —me preguntó Florencia en una nueva visita.

Era una tarde desteñida. Llovía a cántaros lo que no había llovido en meses. Unas gotas gruesas y porfiadas se daban de bruces contra la ventana del hospital. Luego de un comienzo neutro, la conversación había entrado en un clima confidente, acaso por la influencia de la misma lluvia, cuyo rumor parecía habernos envuelto en un espacio común, con una cercanía que, de otro modo, jamás hubiera sido posible.

—No era para mí — argumenté.

—¡Vamos!, eras un chico diez, ¿cómo que no era lo tuyo?

—Pensé que no me recordabas —me sorprendí.

—Claro que sí. Me acuerdo muy bien.

No supe que decir. Naturalmente, nadie podía olvidarse de Florencia. Pero yo pasaba desapercibido. Me sentaba al fondo de los auditorios, como un intruso, un polizón en el barco de la ciencia. Era normal que yo fuera el último en incorporarse a los grupos de trabajos prácticos, allí donde faltaba alguien para tapar un agujero. Que Florencia se acordara de mí era una novedad. Sin embargo, no estaba de ánimo para referirme a aquellas épocas. Traté de cambiar el eje de la conversación:

—Sé que estás saliendo con Bruno —arriesgué.

—Vos dejaste la carrera por algún motivo —me replicó—. ¿Ya estabas enfermo?

—No. ¿Por qué lo decís?

—Porque estabas distante. Nos escrutabas desde lejos, como si nos estuvieras psicoanalizando. ¿Eso hacías?

Me reí. Sin embargo, no estaba tan errada. Era ella, sobre todo, la que me llamaba la atención, lógicamente, por ser la más extrovertida.

—¿Y cuánto tiempo saliste con Bruno? —insistí.

Mi antigua compañera me dirigió una mirada severa. Por fin se incorporó, dándome la espalda. Durante un minuto miró cómo rodaban las gotas sobre el cristal. Debía reconocer que Florencia se mantenía en forma. La espalda, pequeña, hacía una curva generosa y luego se perdía dentro de un jean que le quedaba perfecto.

—¿Problemas económicos? —Escuché que decía sin volverse—, No. No tenías. ¿Otra carrera universitaria? Por lo que me contaste, no te interesaba. ¿Trabajar? La verdad que tampoco. Si me dijiste la verdad, entonces, ¿por qué? ¿Por qué dejaste la facultad?

—¿Me estás psicoanalizando?

—No puedo con las incógnitas —Florencia se giró—. Por eso me quedé con el camino de la ciencia. Ahora solo me queda una opción: que te pasó algo inesperado, ¿me equivoco?

—Lo tuyo es el psicoanálisis, definitivamente.

—¿Entonces fue eso?

—No.

Una expresión desconfiada asomó en el rostro de Florencia. Miró el reloj. Las agujas indicaban que llevábamos casi una hora conversando. No era mucho, pero durante el tiempo de cursado jamás habíamos mantenido un diálogo de ese tipo. Ahora, la imagen de aquellas clases surgía nítida en mi recuerdo. Me daba cuenta de que ella no había cambiado gran cosa. Excepto por un motivo: Bruno. Esta preocupación la seguía a todas partes. Antes andaba ligera y alegre. Se desenvolvía a sus anchas, como si la facultad, las calles, los bares, fueran todos sus espacios naturales. Parecía cómoda en cualquier parte, con todo bajo control. Ya no. Su mente se había nublado y sus pensamientos parecían volver siempre al mismo punto: su compañero. Ella no iba a reconocerlo. Pero saltaba a la vista, y no hacía falta ser psicólogo.

Sus visitas se habían originado por ese interés, y si bien algunos puntos comunes la hacían retornar, era evidente que volvía solo porque Bruno estaba desaparecido. Tenía claro que esa ausencia era lo que la traía al hospital, y que, apenas hubiera novedades, fueran las que fueran, entonces ella continuaría con su rutina. Estas visitas tenían fecha de vencimiento, eran un intervalo, algo temporario mientras persistiera la incertidumbre. Venía porque yo conocía a Bruno y eso nos acercaba. Eso era todo.

Ahora ambos mirábamos hacia afuera. La intensidad de la lluvia había menguado. Apenas algunas gotas chocaban con desgano contra el cristal. Esta era su oportunidad de marcharse antes de que la lluvia se largara de nuevo.

Florencia se acercó y me saludó con la promesa de volver a verme.

 —Voy a pasar antes de tu operación —detalló, al tiempo que cerraba la puerta.

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Capítulo 13

 

Octubre, 2014

El bar al que fueron Bruno y Florencia, después del encuentro con Fuentes, no era gran cosa. Tenía el aspecto de un bodegón de barrio venido a menos. Una vez que los clientes se marchaban, nadie limpiaba las mesas. Sobre los manteles, con manchas de grasa, quedaban pocillos de café y pequeñas migas de pan. Ambos tomaron asiento junto a una ventana y llamaron al mozo, que se aproximó con dos cartas que dejó sobre la mesa. No tenía otros clientes y permaneció al lado de ellos, con el aspecto de un viejo mayordomo.

Pidieron una cerveza y cuando el mozo fue a ocuparse del pedido, Florencia le preguntó a quemarropa:

—¿A qué se debe tu súbito interés en Fuentes?

—Quería conocerlo. Todos lo admiran, ¿qué tiene de extraño?

Florencia fue tajante:

—Mentís pésimo.

—Y justamente por eso podés confiar en mí.

—¿A vos no te parece raro que Martínez te haya tomado como becario justo ahora?

—No. Explicame.

—Tus experimentos se basan en investigaciones que estaba retomando la doctora, precisamente, antes del ataque.

—¿Estoy continuando su trabajo?

—¡Claro! Por eso fuimos a ver sus cuadernos. Ella hizo algunos experimentos de joven, antes de irse a la universidad. Pero sé, de buena fuente, que al volver al instituto los había retomado con resultados muy interesantes. Sin embargo, fíjate lo que pasó: la doctora fue atacada, a Fuentes lo responsabilizan por el hecho, y, en ese contexto, Martínez no pierde el tiempo y toma un becario. ¿No te parece extraño?

—¿Vos creés que él la atacó?

—No sé. Solo digo que es muy llamativo. ¿Quién puede tomar un becario justo después de lo que pasó? Peor aún: ¿Quién lo pondría a trabajar, casualmente, en la línea de investigación de la persona que fue agredida? Es una locura.

El mozo volvió con una botella de cerveza helada. Bruno tomó uno de los vasos y lo inclinó con cuidado para servirlo, tratando de que no se formara demasiada espuma. Se lo pasó a Florencia y sirvió el suyo. Después se hamacó hacia atrás. Al volver dejó caer los brazos sobre la mesa. Su mano derecha quedó rozando la mano izquierda de Florencia. Ella no la retiró.

—Todo esto es nuevo para mí —dijo Bruno—. No sabía que vos sospecharas de Martínez, de que él tenga alguna relación con los hechos.

—No es que él tenga alguna relación, él más bien forma parte de lo que pasó. Él no está afuera, está dentro de esto. Está tan dentro que podría explicarlo todo si quisiera. ¿No vas a creerte eso de que se marchó antes? Acá hay dos cosas innegables: Martínez sabe más de lo que dice, y este episodio le vino muy bien. Él está en la cuerda floja. Se nota que su vida ha perdido el rumbo. Mirá, para que te des una idea, cuando yo ingresé al instituto, Martínez era un hombre elegante. Todavía conservaba mucho pelo. En pocos años se quedó calvo. Subió no sé cuántos kilos. Necesita resultados, publicaciones, y esos experimentos de la doctora son lo único que podría salvarlo.

En ese momento el mozo subió el volumen del televisor. Ambos miraron hacia la pantalla, donde el presentador de un flash informativo comentaba las últimas noticias sobre la agresión a la Dra. Mahler. Ahora que se acercaban las elecciones, todo lo que tuviera que ver con Lacroze iba directo a los medios. Luego transmitieron una entrevista que tuvo lugar en la vía pública. En el sonido ambiente se distinguía con nitidez el repudio de los transeúntes. A mitad de la nota, una silbatina generalizada provocaba la reacción de uno de los guardaespaldas. Este hecho terminó de enfurecer a los vecinos, que armados simplemente con las compras del día, lograron acertar algunos tomates y huevos en el traje impecable de Lacroze.

Luego siguió otra nota que se refería a la muerte del custodio de la clínica donde estaba Fuentes. Se confirmaba que poseía conexiones con varios políticos, incluyendo al mismísimo Dr. Lacroze. No obstante, el motivo de su muerte continuaba en el terreno de las especulaciones. Los periodistas se mostraban desorientados.

—¿Vos le pasás información a Lacroze? —Le soltó Florencia.

—¿Qué decís? Ni lo conozco.

—Sí, claro —dijo Florencia— ¡Pero tené cuidado! El custodio de la clínica tampoco y fijate como terminó. Lacroze está en todas partes. Es como un pulpo. Uno puede ver un tentáculo a la vez, pero no sabe dónde están los otros brazos. Para colmo, Lacroze odia a tu director. Siempre estuvo convencido de que Martínez y su esposa tuvieron algo. Martínez tenía debilidad por ella, se le notaba a simple vista, todos lo sabían; y la Dra Mahler, para colmo, era sumamente liberal. Es cuestión de sumar dos más dos, ¿no te parece?

—Así como lo decís, no suena extraño.

—¿Verdad que no?

Bruno la miró intrigado.

—¡Dale! Aunque lo que te dije es cierto, también podría ser falso. Decime la verdad, a vos te mandó Lacroze para que averigües si Martínez tuvo algo que ver con la agresión. ¿Me equivoco?

—Sí —negó Bruno—. Te equivocás.

—¿Por qué?

—Solo quiero hacer el doctorado, ¿está mal?

—No. Está perfecto. Solo que no te creo. Voy al baño.

Cuando Florencia se marchó, Bruno se sumió en una profunda reflexión. No comprendía la posición de su compañera, cuál era su juego. El comienzo de su beca había transcurrido en calma. Ahora, de pronto, los acontecimientos cobraban otro ritmo.

Florencia volvió mientras Bruno servía los vasos. Sin embargo, ella permaneció de pie. Tomó su jarra y la vació de un trago. Luego llamó al mozo.

—Se me hizo tarde —explicó.

Mientras su compañera iba hacia la puerta, zigzagueando entre las mesas, Bruno notó que el mozo, en lugar de llevarle la cuenta, prefería acompañar con su vista la retirada de Florencia.

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Capítulo 14

Octubre, 2014

Bruno compró un periódico que tenía una foto de Lacroze junto con su esposa en la primera plana. Leyó la nota en la cocina de su departamento, mientras esperaba que saliera del baño uno de los compañeros con los que, para reducir gastos, compartía el alquiler. Un nuevo dato se había filtrado a la prensa. Alguien había encontrado sangre en el picaporte de la puerta del depósito. ¿La doctora había tratado de escapar? ¿Fuentes había cerrado la puerta para que no huyera? Todas las miradas recaían en él, lo señalaban como el autor de lo acontecido.

Para colmo, de algún modo, alguien había revelado el oscuro antecedente del doctor cuando todavía estaba en el colegio; aquella embarazosa situación en la que fue descubierto en el baño con una compañera. Un alumno de aquella época había realizado fuertes declaraciones. Afirmaba que Fuentes había sido un chico más bien raro y que su intención difícilmente hubiera sido otra que no fuera propasarse con la chica. Según refería el alumno, ese hecho lo había convertido en objeto de burla del colegio entero. Comenzaron a dejarlo en ridículo con frecuencia. Solían arrojarle sus pertenencias a la calle, o lo ataban a una columna cuando terminaba el recreo. En una oportunidad, sus padres tuvieron que llamar a la directora del colegio a la madrugada. Esa vez lo encontraron dormido en el centro del patio, atado al mástil, predispuesto a pasar la noche bajo las estrellas. También había recibido numerosas palizas, una de las cuales le había dejado la cicatriz que le surcaba la frente. En definitiva, el incidente había hecho que su paso por el colegio se volviera un calvario. Y ahora la prensa también se preguntaba: ¿Por qué Fuentes, ya desde chico, se encerraba con mujeres en lugares públicos? ¿Cuántas veces lo había hecho? ¿Tenía algún tipo de obsesión? Los últimos peritajes contribuían a formar un cúmulo de evidencias que dejaban al doctor en una situación cada vez más comprometida.

Hacia las nueve de la mañana Bruno salió rumbo al instituto. En la puerta había una furgoneta de un canal de televisión, con una gran antena parabólica en el techo. Un par de cables negros salían de la camioneta y se introducían como serpientes por la puerta del edificio. Bruno fichó su ingreso y esquivó a los periodistas, con el cuidado de quien camina entre pacientes con alguna enfermedad contagiosa.

Entró al laboratorio, buscó su guardapolvo y se puso a trabajar, sin dilaciones. Más tarde, a la hora del almuerzo, se reunió con Martínez. Necesitaba ponerse al corriente con los últimos experimentos. A Bruno el aspecto descuidado de su director no se le pasó por alto. Llevaba un jean sucio como el de un mecánico y una camisa arrugada, demasiado corta. Cuando Martínez estiraba los brazos era inevitable que algunos pliegues de su abdomen quedaran a la vista. Y esto, a fin de cuentas, no era lo más extraño, sino una marca violácea que le bordeaba un ojo.

Al finalizar, Bruno fue por el pasillo hasta el cuarto experimental, donde guardaba sus ratones bajo estudio. El cuarto no hubiera podido estar en mejores condiciones, el aire acondicionado mantenía una temperatura fresca y constante. Bruno tomó dos jaulas de una repisa y las llevó a uno de los laboratorios. Depositó las jaulas sobre la mesada. Luego buscó un calibre y dejó a su alcance todo lo que pudiera necesitar. Odiaba tener que levantarse para buscar algo en el medio de un experimento.

En eso estaba cuando Matías entró al cuarto de pésimo humor. Se dejó caer en un banquito de madera.

Mientras tanto Bruno comenzó a chequear los primeros ratones. Se sorprendió: los animales bajo tratamiento mostraban una leve mejoría. Los ensayos parecían disminuir el tamaño tumoral, por lo menos, en su modelo de estudio. Si esto era cierto, y la Dra. Mahler lo había probado antes, Martínez no podía desconocerlo.

Inquieto, Matías se puso a caminar en círculos, como un cuervo con poca paciencia. Simulaba organizar el material de vidrio en las repisas, las drogas de un estante, las pipetas a un costado de la mesada. Pero su objeto de atención, en realidad, eran las manos de su compañero; Matías miraba el pulso de Bruno para ver si estaba nervioso.

—¿Quién golpeó a tu director? —dijo al fin.

—No sé —Bruno tenía la vista fija en los ratones.

—¿Qué?

—Que no sé. Tal vez se golpeó solo.

—¿Un accidente? ¿Eso decís? ¡Vamos! Esa marca debajo del ojo seguro fue una advertencia, un llamado de atención.

Florencia pasó por el pasillo. Ambos se distrajeron por un segundo.

—Pobre —dijo Matías—. Mientras ella está a la deriva, su jefa se pasea por todos los congresos posibles.

Bruno procuró no distraerse. Continuó analizando si su tratamiento, efectivamente, reducía el tamaño de cierto tipo de tumores.

—Pero algo más la inquieta… —volvió a insistir Matías, que se había parado cerca de la puerta y cuidaba que Florencia no se acercara por el pasillo—. El ataque a la doctora la afectó demasiado. Y eso que entre ellas mantenían una relación explosiva. Cuando se cruzaban había que ponerse a resguardo. La verdad, es una pena que no hayas conocido antes a la doctora. Ahora quién sabe cómo volverá, si es que se repone. Era un diamante en bruto, una joya que no se merecían estos linyeras de la ciencia. Es cierto que ya parecía desquiciada, como si la locura hubiera golpeado a su puerta. Una tarde, en la que incluso pensé que alucinaba, me dijo: “¡Matías!, ¿sos imbécil o qué? Los conocimientos no van a venir a buscarte; empezá a moverte de una buena vez. Recién habrás dado el primer paso cuando encuentres cuál es, en realidad, aquel conocimiento que te falta, aquel capaz de movilizarte. Y no te creas que es algo fácil de encontrar, no, todo lo contrario, para cada uno de nosotros, a lo sumo hay un dilema real, suficientemente poderoso como para obligarnos a hacer ciencia, es algo irracional, intuitivo, ineludible, que se vuelve personal y que solo puede culminar en la forma de una terrible obsesión. Por eso, si llegás a descubrir lo que realmente te motiva, por favor, no seas tan idiota como hasta ahora, no te guardes nada, sea cuál sea el costo que tengas que pagar, ¿entendés? ¿Entendés?” Ese día pensé que los ojos iban a salírsele para afuera, pero ella siempre vivió así. Jamás hubiera concebido otro. Y aquí, en este sucucho perdido en el mundo, donde muy pocos se atreven a caminar, ella era la única que corría. Bueno, Fuentes sí era capaz de seguirle el paso —se corrigió Matías—, pero Martínez, en cambio, siempre fue una sombra al lado de ellos. Siempre los envidió. Por eso me pregunto: trabajando codo a codo con Fuentes y la doctora, ¿cómo aceptaba Martínez sus propias limitaciones?

Bruno levantó la vista con la expectativa de que su compañero respondiera a su propia pregunta.

—Lo que pasa es que Martínez niega la realidad —siguió Matías, que no dejaba de mirar hacia el pasillo—, eso es lo que pasa, ¿y querés saber por qué? Porque no la tolera. Es así de simple. Y entonces, lo único que hace es esconder la realidad bajo la alfombra del inconsciente. Se la pasa barre que te barre. O bien no aguantó más y por eso tomó otras medidas… Quién sabe…

Matías se quedó un rato pensativo, luego miró su reloj y se marchó.

A la siesta, Bruno se ocupó con otro experimento. Quería aprovechar que Florencia, por fin, le había hecho una copia de la llave del depósito.

Contrariando sus planes, Matías ingresó primero. ¿Qué hacía en el cuarto? Bruno no lo sabía. Sin embargo, como su compañero siempre permanecía un buen rato, inventó una excusa y salió del instituto.

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Capítulo 15

Febrero, 2015

Quizás por mi operación, inminente, o porque había recordado o comprendido algo de nuestra época de compañeros, Florencia se mostraba distinta en esta nueva visita.

—Hubiéramos sido buenos amigos —me dijo—. Lástima que antes casi no hablamos entre nosotros.

—¿Quién dijo que yo quería tu amistad?

—¿Qué?

—Solo bromeaba —aclaré—. Pero a mis compañeros no les interesaba tu amistad precisamente. Te lo puedo asegurar.

—¿Ah sí? Contáme.

—No te hagás la que no sabías.

—Contáme —repitió con interés. Evidentemente, una cosa era suponerlo, y otra escucharlo de boca ajena. Ambos sentíamos nostalgia de aquella época. Eso estaba claro, y ese nexo, débil en un principio, comenzaba a fortalecerse.

—Primero estaba el flaco Grandinetti, después José, y también Pedrito.

—¡Estás exagerando! —Florencia se echó hacia atrás en la silla de las visitas. Hizo un gesto vago con la mano, como si no terminara de convencerse.

—Y había más: López y Gorostiaga. ¡Si supieras lo que decía Gorostiaga!

Florencia se río.

—¿Ah sí? ¿Gorostiaga? ¿El sabelotodo?

—Ardía en el infierno, Gorostiaga. No te miento.

Se tentó. De pronto había logrado que se olvidara de Bruno por un instante. Verla así tenía un efecto hipnótico, y, como cualquiera en aquella situación, debí esforzarme para quitarle la vista de encima. Aguardé que terminara su ataque de risa mientras acomodaba las sábanas con exagerada preocupación.

—¿Y vos? —me dijo de pronto.

—¿Yo qué?

— Ya sabés.

—Yo te analizaba. Vos lo dijiste.

—Es verdad. Gracias —me dijo— hacía días que no me reía. Son muchos días sin novedades de Bruno.

Y entonces tuvo lugar un cambio en su ánimo. Volvió a ponerse taciturna. No obstante, aquel preámbulo la llevó a contarme por primera vez cómo había conocido a Bruno: el ingreso bajo la dirección de Martínez, en el peor momento del laboratorio; las disputas con Matías, el becario de Fuentes; y sus propias sospechas, al tiempo que lo iba conociendo. Al principio, con el recaudo apropiado, y luego, desde una distancia demasiado cercana, de límites difusos, de intereses contradictorios.

Habían compartido numerosas horas en situaciones poco convencionales, bajo la influencia del drama acontecido, entre conversaciones de tinte científico, pero que de todas maneras permitían revelar pensamientos personales, que difícilmente podían haber cruzado con otro interlocutor, otra persona capaz de discutir con ellos temas tan poco frecuentes, tan propios del laboratorio, que podían unirlos en un espacio alejado para el resto de sus conocidos, incluso, compartiendo también el gusto por la ciencia.

Sobre aquellas conversaciones, a partir de las indagaciones sobre las ideas de Fuentes, el papel de Martínez y el ataque a la Dra. Mahler, había ido forjándose un vínculo, un lazo invisible, que Florencia, por fin, comenzó a revelarme aquella tarde.

Cuando terminó su relato, se dejó caer exhausta en la silla. Al cabo de unos minutos se incorporó y se marchó. Yo tomé nota cuidadosa de cada detalle. Acaso no volviera a tener otra oportunidad de prestarle mis oídos.

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Capítulo 16

Octubre, 2014

—Pasá por acá —le dijo Eduardo a Bruno, mientras abría una puerta diminuta en el centro de una persiana metálica que cubría toda la fachada de un local comercial—. Esto supo ser un videoclub, pero ese tipo de negocio ya no tiene futuro. Compré el sitio a precio de regalo; nuestras librerías andan muy bien y pienso poner aquí una nueva sucursal.

Caminaron hacia una pequeña mesa ubicada en la parte de atrás. Una bombita eléctrica, solitaria y desnuda, era lo único que iluminaba el lugar. Del antiguo negocio no había quedado prácticamente nada, los anaqueles estaban vacíos. Solo algunos afiches de clásicos del cine colgaban de las paredes, dejando entrever que allí había habido un videoclub.

Una vez sentados, Eduardo se anticipó:

—Mirá… —dijo, mientras agitaba en el aire un artículo científico—. Esta copia estaba encima del escritorio en la oficina de la Dra. Mahler, en el instituto.

—¡Pero ese cuarto está bajo llave! —advirtió Bruno.

—Así es. Solo Lacroze y tu director, el Dr. Martínez, tienen una copia de la llave de la oficina. Yo conseguí entrar con una excusa. Lo interesante es que esta copia tiene una inscripción por demás llamativa:

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Bruno alzo las cejas. Antes de que pudiera opinar, Eduardo continuó:

—Afortunadamente, tengo una librería. “La muerte y sus ventajas” es un libro escrito por Marcelino Cereijido y Fanny Blanck-Cereijido. Lo interesante de esto es que Lacroze y Martínez son los únicos que tienen la llave de su oficina y también suelen visitar la clínica donde está mi padre. ¿Cómo impedir su recuperación? Nada mejor que recordarle un tema perturbador. Por ese motivo le habrán llevado el artículo a la clínica. ¿No te parece?

—No. Mirá lo que encontré en la casa de tus padres.

Bruno le mostró la copia que había visto sobre la mesa de luz en el dormitorio de Matilde.

—¿Cómo puede ser? —Eduardo soltó un chasquido de disgusto.

El Dr. Fuentes conocía el trabajo en cuestión. Así, las implicancias del artículo, en lugar de aclararse, parecían volverse cada vez más confusas.

Eduardo abrió una puerta lateral que daba a una pequeña cocina. Sirvió dos pocillos de café, volvió y depositó uno a cada lado de la mesa.

—“La muerte y sus ventajas” —retomó—, traté de conseguir el libro pero está en falta.  ¿Sabés de qué se trata?

En ese momento se escucharon fuertes golpes en la persiana metálica del comercio. La violencia de los estampidos demostraba la impaciencia de la visita.

—No le prestés atención —dijo Eduardo.

Bruno dirigió una mirada cautelosa hacia la entrada y luego explicó:

—No conozco el libro. Sin embargo, como el artículo científico sugiere que, biológicamente hablando, el cáncer podría existir como un punto de control de la naturaleza para regular la longevidad, parecería que el libro marcha en la misma dirección, por lo menos eso sugiere su título: que para cualquier especie debería tener ventajas el control de la longevidad, biológicamente hablando.

—Entiendo. ¿Pero por qué el artículo apareció en tres lugares distintos? No creo que sea casualidad.

Los golpes en la persiana se escucharon con más fuerza. Daba la impresión de que estaban tratando de levantarla. Eduardo se incorporó. Fue a espiar por las rendijas hacia la calle.

—¡Pero mirá vos! —dijo—. Parece que tenemos visitas…

Bruno se acercó a mirar por su cuenta. De inmediato reconoció de quien se trataba. El rostro que solía ver en los carteles de propaganda política estaba ahora a pocos metros, solo que Lacroze no mostraba la sonrisa que reservaba para las cámaras. El gesto confidente y comprador había sido reemplazado por un rictus amargo e impaciente.

Lacroze aguardaba en el asiento delantero de un mercedes Benz negro, mientras dos de sus guardaespaldas trataban de forzar la entrada del negocio.

Como si lo tuviera sin cuidado, Eduardo le pidió a Bruno que lo acompañara hasta el fondo del negocio. Al llegar al final abrió una puerta que daba a un pequeño depósito, lleno de cajas de películas. Tras atravesar ese espacio, el hijo de Fuentes pasó a un patio de luz donde dejaba dos rottweilers, cada uno de unos 50 kilos. Enseguida los hizo pasar y los llevó hacia el salón principal. Los animales, no bien escucharon los forcejeos en la persiana, corrieron con furia hacia el lugar.

Bruno y Eduardo prefirieron quedarse en el patio de luz, lejos de los ladridos de los animales.

—¿Dónde está la doctora en este momento?

—Nadie lo sabe —dijo Eduardo—. Lacroze no responde preguntas al respecto, pero suponemos que está con él. Ella podría explicar lo que pasó si estuviera en condiciones, pero da la impresión que todos quedaron muy afectados.

—Hoy Martínez apareció con un ojo morado —acotó Bruno.

—Ya lo ves, algo se nos está escapando. Debemos tenerlo enfrente de las narices y no nos damos cuenta. Si entendiera un poco más del tema tal vez lo comprendería. De chico recuerdo que mi padre quería hablarme sobre estas cosas, pero yo lo ignoraba. Estoy convencido de que la discusión que escuchó el técnico de laboratorio tuvo que ver con esto. ¿Pero por qué? Resulta difícil creer que pueda llegarse al punto de la agresión física por una disputa de tipo intelectual. No, acá debe haber algo más.

En ese momento los animales se callaron. El silencio que provenía de la calle dejaba en claro que los guardaespaldas de Lacroze habían cambiado de opinión.

Los perros, babeantes, volvieron y se tendieron satisfechos junto a su dueño.

Bruno y Eduardo caminaron juntos hasta la puerta.

—Una última cosa —dijo Bruno—. Según tu madre, la doctora nunca fue una esposa leal. Uno de sus amantes habría sido un hombre llamado Horacio Larrondo, quizá nos sirva hablar con él.

—Está bien —Eduardo le tendió la mano—. Veré qué puedo hacer.

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Capítulo 17

Febrero, 2015

Ayer tuve que pedirle ayuda a Paula, la enfermera. Le dije que aproxime su rostro al mío, a milímetros de distancia. Necesitaba estudiar sus pupilas, bien de cerca. Ella no colaboró: cruzó los ojos, se puso bizca. Con mucha paciencia conseguí que se quedara quieta. Pero no le duró mucho: “bueno, Mehsen, basta. Tengo cosas que hacer”. “Solo un segundo”, reclamé. Pero no hubo caso. Dio media vuelta y terminó con el asunto.

Al otro día, sin embargo, Paula quiso saber por qué le había pedido ayuda. Entonces le di a leer este fragmento:

“Bruno volvió tarde al laboratorio después del encuentro con Eduardo. Estaba ansioso por entrar al depósito. Florencia, por fin, le había hecho una copia de la llave. Con pasos sigilosos Bruno se aproximó a la puerta. Extrañamente, no estaba cerrada con llave. Cuando ingresó el torso hasta la mitad se llevó una sorpresa. El Dr. Martínez estaba en el interior. Llevaba el guardapolvo desprendido y se había sentado en el viejo pupitre, en dirección a la mancha desvaída que señalaba el sitio donde había caído la doctora. No se movía, absorto en sus pensamientos. Por último osciló la cabeza con aire perplejo, como negando lo que había ocurrido.

Bruno vaciló bajo el marco de la puerta. Solo entonces su director pareció despabilarse. Se incorporó y salió con aire extraviado.

Tras cerrar la puerta, Bruno actuó con celeridad. El pupitre le sirvió de sostén. Los cuadernos fueron pasando rápidamente por sus manos, uno detrás de otro, como si fuera un bibliotecario avezado. Recién se detuvo cuando encontró una hoja suelta intercalada a la mitad de un viejo cuaderno. Cuando estaba por revisarla, Florencia ingresó al cuarto. Ella fue directamente hacia él.

—¿Encontraste algo?

—Todavía no.

—¿Qué tenés ahí? ¿Puedo ver? —Florencia tomó el cuaderno. Antes de revisarlo, se quedó un instante estudiando la reacción de Bruno.

Fue solo eso, un segundo, pero bastó para que se esfumara esa distancia prudencial que, habitualmente, se mantiene entre dos personas que no tienen un vínculo familiar o íntimo. Para Bruno, varios detalles surgieron en su máximo esplendor, detalles que parecían aflorar desde un plano antes invisible, un plano normalmente velado, pero que sin embargo estaba ahí, latente, en un nivel accesible únicamente desde la corta distancia. Había allí unas diminutas pecas de Florencia que desde lejos no se notaban; también podía apreciarse la sutil curvatura de sus pestañas, y hasta se veía el fondo de los hoyuelos que se le marcaban cuando reía. Bruno pasó la vista por todo eso y se detuvo, por fin, en los ojos claros de Florencia, dos mandalas mínimos pero exuberantes, que le devolvían la mirada como un espejo.

Bruno nunca supo, realmente, cuánto tiempo estuvo detenido en ese instante de contemplación, cuánto demoraron en zanjar la estrecha distancia que los separaba. Sin embargo, un momento más tarde, todo ocurrió en simultáneo: Bruno retrocedió un paso, Florencia se sentó en el pupitre, y Martínez abrió la puerta.

Antes de que el director de Bruno le explicara lo que necesitaba, Florencia se lo dijo. Martínez le pidió entonces que lo acompañe y abandonaron juntos el cuarto.

Por su parte, Bruno no quiso quedarse solo. También salió, pero, esta vez, aprovechó a llevarse el cuaderno”.

Continuar  capítulo 18


[1] Ruggiero, R. A. y Bustuoabad, O.D. (2006). The biological sense of cancer: a hypothesis. Theoretical Biology and Medical Modelling, 3:43.