Novela completa online: entre el conocimiento y las pasiones

La ciencia es más que un simple conjunto

 de conocimientos: es una manera de pensar

Carl Sagan


 

Capítulo 1


 

 

En la galería externa de la quinta donde se había recluido, el Dr. Fuentes dormitaba tumbado de mala manera en una silla mecedora. Aún llevaba el pijama con el que había salido de la cama. Tenía el cabello alborotado, la barba desprolija, las ojeras como un flan. De su persona entera emanaba un aire de lánguida resignación.

Bruno llegó a la quinta caminando. La tranquera no estaba cerrada. Una vez en la galería, acomodó sin prisa una silla y tomó asiento. Comenzó refiriéndose al clima de la tarde, luego a los pájaros que silbaban en las cercanías; por último, resaltó el carácter del viento, que soplaba con ímpetu inusitado. Los comentarios de Bruno, sin embargo, no tuvieron ninguna trascendencia. El doctor estaba en otra parte. Evitaba tomar la resolución que tenía pendiente.

Bruno desplegó entonces un periódico que había llevado. Lo hizo crujir con fuerza, como anunciando el hallazgo de una noticia destacada. Leyó en voz alta:

—Internan de urgencia a una investigadora que fue hallada en el depósito de un instituto… —Bruno espió a Fuentes por el rabillo del ojo y luego continuó—. La mujer no estaba sola, a su lado había otro científico, un hombre mayor que la acompañaba.

Fuentes se mantuvo en silencio. Apenas pestañeó un par de veces, como si algo de polvillo se le hubiera metido en un ojo.

—Hay una cosa que se me escapa —insistió Bruno—, si ese hombre tuvo algo que ver, entonces, ¿por qué se quedó? ¿Por qué no salió del cuarto? ¿Por qué no explica lo que sucedió?

—Suficiente, Bruno —dijo el doctor—. Nos conocemos desde hace poco, pero sé que venís con buena intención. Por eso te recomiendo que mejor te ocupes de otras cosas, de tus tareas del instituto, por ejemplo. Debés tener mucho para estudiar.

—Es verdad. Al igual que usted.

—No. yo no.

—Sí. Usted también. Lo estamos esperando.

—No. En mi caso, yo ya lo he dado todo. Usted tiene el doctorado por delante, no debe dilapidar su tiempo. Debe concentrarse. Dudo que acaso entienda lo básico.

—¿A qué se refiere?

—Al cáncer, por supuesto. ¿Entiende, realmente, de qué se trata esa enfermedad?

Bruno miró al doctor como si le estuviera hablando de algo evidente.

—¿Ah sí?! —Fuentes se incorporó con algo de energía—. Entonces le pregunto: ¿con qué fin existe el cáncer? ¿Para qué? ¿Por qué? Vamos. Digame.

—En general —respondió Bruno—, el consenso afirma que el cáncer existe, en todo caso, como un sinsentido biológico. Eso asume la teoría más aceptada. ¿No es así?

Fuentes lo miró oscilando la cabeza en un gesto de negación:

—¿Acaso un sinsentido biológico puede explicar algo en biología?

—No lo sé, doctor, dígamelo usted.

—Por supuesto que no, no le diré nada. A eso me refiero. Ud. debe pensar. No hay prisa. Pero dedíquese. No deje de profundizar, de indagar, de buscar nuevas perspectivas, nuevas teorías. No deje de preguntarse por qué existe el cáncer, por qué la evolución seleccionaría un mecanismo así.

Algo agitado, Fuentes respiró hondo. Luego desvió la vista hacia las copas de los árboles. El viento soplaba con más fuerza. Un remolino de hojas cruzó el cielo como una bandada de palomas. Bruno miró el césped sin cortar. En buenas condiciones, la quinta debía de ser muy vistosa, pero ahora necesitaba un jardinero con urgencia. La pileta, incluso, parecía un estanque, un ecosistema silvestre, el agua había adquirido un color entre marrón y verdoso, con sapos aquí y allá, y hasta había una silla en el fondo sin que nadie se molestara en sacarla.

Bruno trató de retomar la conversación:

—Todavía no me ha dicho por qué no explica lo que sucedió con su colega, la Dra. Mahler.

—Ya no importa.

—Claro que sí. Debe volver al trabajo. Ya le he dicho que lo estamos esperando. En el instituto, todos preguntan por usted.

—Pues bien, puede decirles que no me esperen. Pienso renunciar —sentenció Fuentes.



 

Capítulo 2


 

A poco de su encuentro con el doctor, Bruno recibió una llamada de Eduardo, el hijo de Fuentes. Ambos ya se habían visto un par de veces en el instituto, en ocasiones en que Eduardo había pasado para conversar con los colegas de su padre, investigadores, becarios y hasta los técnicos de laboratorio.

Fuentes y su hijo, que era adoptivo, llevaban algunos años en veredas opuestas, apenas se hablaban cada tanto, con motivo de alguna ocasión familiar. Eduardo nunca quiso parecerse a su padre, lo que era una actitud cuando menos llamativa, ya que Fuentes había alcanzado un razonable prestigio, tanto a nivel nacional como internacional. Muchos de sus colegas lo consideraban, incluso, como un ejemplo a seguir. Pero Eduardo, sin embargo, nunca lo había visto de ese modo. En su padre convergían varios de los rasgos que él menospreciaba; su padre era metódico, detallista, mesurado. Eduardo, por el contrario, había sido un adolecente holgazán y revoltoso. Al terminar el bachillerato, con magras calificaciones, se negó a estudiar una carrera universitaria. Pasó un año sabático hasta que, por una casualidad, comprendió que poseía un don innato para los negocios. A partir de entonces, y en poco tiempo, amasó una fortuna impensada, inconcebible para cualquiera de su familia. El cambio solo sirvió para aumentar la brecha con su padre. El corte parecía definitivo. Por lo menos, hasta el incidente que había ocurrido poco tiempo atrás, cuando a Fuentes lo hallaron junto a la Dra. Mahler, en un depósito del instituto. Este episodio había repercutido fuerte en la familia. El doctor pidió licencia, tomó distancia de su esposa y se recluyó en una casa quinta. Eduardo, por su parte, comenzó a visitarlo más seguido. Su compromiso fue en aumento, a tal punto, que trató de averiguar por sus medios lo que había pasado realmente. En una oportunidad, Bruno le había anotado su número de teléfono, ofreciéndose a colaborar en lo que estuviera a su alcance. Eduardo había ignorado el gesto, hasta ese día, cuando había encontrado algo en la quinta de su padre, un artículo científico que le llamó la atención.

La reunión tuvo lugar por la tarde, en una librería que pertenecía al hijo de Fuentes. Eduardo llegó puntual, lo que no era su costumbre. Tomaron asiento en dos sillones apartados del bullicio general.

—Apenas vi a mi padre, todavía afectado por lo ocurrido, él me explicó que todo el incidente había tenido que ver con sus últimos intereses. Luego me lo negó rotundamente, pero yo sé que sus investigaciones tuvieron algo que ver. Y da la casualidad que hoy, finalmente, encuentro una publicación científica en su dormitorio, en la quinta. Te pido disculpas por llamarte de este modo, tan imprevisto, pero estoy prácticamente convencido de que este artículo esconde una relación con lo que pasó. ¿Tenés un segundo?

Sin aguardar por una respuesta, Eduardo le alcanzó el trabajo científico a Bruno:

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*(El punto final de control. El cáncer como un mecanismo evolutivo adaptativo)

Mientras Bruno lo estudiaba, Eduardo esbozó sus conjeturas:

—Mirá, siempre fui pésimo en biología. Jamás le presté atención a las enseñanzas de mi padre. Sin embargo, él de momento no se ocuparía con ningún artículo si no fuera verdaderamente crucial. Se ha marchado de casa, planea renunciar, no estaría tomando opciones tan drásticas si no hubiera algo sumamente serio detrás de esto. Por eso te llamé. Yo necesito que alguien me asista con el tema.

Bruno le pidió un segundo para examinar el artículo. Eduardo se reclinó en el sillón, armándose de paciencia. La situación la ameritaba. Fuentes no solo había sido hallado con su colega inconsciente en el depósito. Para complicar la situación, era el único dentro del laboratorio cuando llegó el servicio médico.

Por fin, Bruno comentó:

—El artículo parece interesante, pero el cáncer es un tema cotidiano de tu padre.

Un cliente se aproximó, con pasos desconfiados, al único sillón vacío entre Bruno y Eduardo. Los tres intercambiaron miradas. Finalmente, como si percibiera algo extraño en el aire, el hombre pasó de largo.

Al continuar, el hijo de Fuentes bajó un poco la voz:

—Mirá, un técnico del instituto me contó que aquella tarde escuchó una discusión sobre el cáncer en el cuarto donde los encontraron. Desde joven mi padre se reunía con sus colegas de trabajo y solían discutir sobre esa temática, desde distintas perspectivas; me refiero a puntos de vista que no se enseñan en la facultad. ¿Entendés? Este artículo bien podría estar relacionado con lo que le preocupa. De entenderlo, tal vez comprendamos lo que sucedió, o bien logremos incentivarlo.

Bruno recordó los singulares comentarios de Fuentes. ¿Por qué existe el cáncer? ¿Para qué? El título del artículo sugería que podía tener una relación con esas preguntas. En el conjunto, las especulaciones de Eduardo cobraban cierta lógica.

El hijo de Fuentes se incorporó, con cierta parsimonia:

—Mirá, Bruno, ahora mismo tengo una reunión, pero cuento con tu asistencia. Podría ser fundamental. Te agradezco que hayas venido. Lo que sea que se te ocurra, en relación al artículo, por favor, no dudes en llamarme.



 

Capítulo 3


 

Florencia, otra becaria del instituto fue quien puso al tanto a Bruno de que debía dictar un seminario sobre el cáncer. Ese era un requisito forzoso para los últimos en ingresar al instituto, ya que los obligaba a repasar sus conocimientos al inicio del doctorado.

Mientras Bruno descargaba un artículo científico de internet, para comenzar a preparar el seminario, Florencia le habló desde la puerta del cuarto de computadoras:

—La Dra. Mahler realizó, hace un tiempo largo, una serie de experimentos semejantes a los tuyos. Los datos deben estar en alguno de sus cuadernos. ¿Los buscamos?

Bruno asintió con un ademán moderado. Sabía que las pertenencias de la doctora estaban en el depósito, el cuarto donde la habían descubierto junto a Fuentes. Además iría con Florencia, la becaria que más información debía tener sobre lo ocurrido. Todos en el laboratorio sabían que ella era la predilecta del Dr. Fuentes. Últimamente, con ella y con nadie más compartía el doctor sus opiniones sobre política, sus lecturas recientes o los estrenos de la cartelera del cine, del que era un gran aficionado. A su vez, cuando Florencia tenía una inquietud, la consultaba primero con Fuentes, en lugar de recurrir a su propia directora. De todos los que se habían formado en el laboratorio, Florencia era la única que estaba al corriente de que Fuentes tenía un hijo adoptivo. Y sabía varias confidencias más, merced a su carácter extrovertido y a su empatía natural, que la convertía en el canal donde se desahogaban más de una vez no solo sus compañeros, sino también su propia jefa y hasta la Dra. Mahler. De hecho, y sin ir más lejos, fue durante una catarsis inesperada de la doctora cuando Florencia conoció varios de los secretos más pesados del laboratorio.

Bruno y Florencia transitaron de prisa por el pasillo. El laboratorio, emplazado en el segundo piso del instituto, consistía de una serie de cuartos que daban una vuelta completa, en la forma de un simple rectángulo con un pulmón de aire en el centro. La construcción edilicia con un patio al medio evocaba un colegio antiguo, y de hecho, lo había sido. Tiempo atrás, sobre esas mismas baldosas habían formado fila miles de chicos que, de estar vivos, rondarían ahora los cien años. El pasillo daba un giro completo que conectaba los cuatro costados. Los investigadores habían dispuesto sus oficinas en el flanco norte. En el corredor oeste se ubicaba el baño, la cocina y la sala de computadoras. Al sur estaban los laboratorios, propiamente dichos, y en el último tramo, en el pasillo este, se hallaba un cuarto con animales, otro para lavar materiales y el depósito, adonde ahora se dirigían Bruno y Florencia.

El acceso al cuarto había sido restringido. Florencia revolvió en los bolsillos de su guardapolvo hasta encontrar una vieja llave de bronce. Al abrir la puerta, un vaho cálido los golpeó en el rostro. La falta de ventilación era evidente. Florencia presionó el interruptor y una luz mortecina se expandió por el recinto. En el piso sobresalía una mancha desvaída. No había mucho margen para la especulación: saltaba a la vista que allí había caído la doctora antes o después de quedar inconsciente.

—¡Ey! —lo despabiló Florencia—. Fijate en esos cuadernos, los de ahí arriba.

Florencia señaló con el dedo índice la parte superior de una biblioteca de madera, ubicada enfrente de la puerta. Luego salió; había dejado la pava en el fuego, en la cocina.

Haciendo equilibrio sobre un viejo pupitre, Bruno comenzó a revisar las parvas de cuadernos y anotadores. Recién se detuvo al ver una notita adherida con un clip a un artículo científico:

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Le llamó la atención la hoja adherida con un clip. ¿Qué significaba? Antes de que Bruno lo analizara, alguien abrió la puerta. Debajo del dintel apareció la figura solemne de Matías Bahuer, un becario postdoctoral, de momento el más antiguo, y que todavía se hallaba bajo la dirección del Dr. Fuentes.

—Bajá de ahí, Bruno —dijo Matías, al tiempo que tomaba las hojas sueltas—. ¿Y esto? ¿Dónde lo encontraste?

—En el cuarto de computadoras.

—No te hagás el imbécil. Decime la verdad.

—Ya te dije. Esas hojas estaban en el suelo. ¿Acaso conocés la teoría? ¿El cáncer puede pensarse como una resistencia?

—Depende —Matías lo estudió con aire severo.

En un descuido, Bruno pasó raudamente la vista por la mancha que estaba en el suelo. El gesto ocurrió en apenas un segundo, pero Matías lo notó.

—Puedo imaginar lo que estás pensando. ¿Querés saber que pasó entre Fuentes y la doctora? ¿Acaso pensás que esto tuvo algo que ver?

Matías rompió las hojas en pedacitos, con una sonrisa algo maliciosa.

—No sé —dijo Bruno—. ¿Fue así?

—Lo que pasó quedará entre nosotros, los que conocimos a la doctora en plenitud. Vos entraste hace muy poco. Y en todo caso no te incumbe. ¿O viniste al cuarto solo para eso, para hurgar en el pasado?

Bruno y Matías quedaron a menos de un paso de distancia. Matías estaba convencido de que los ingresantes debían sentir el yugo de los predecesores. Solo así acatarían un orden de jerarquías.

—Decime —insistió Matías—, ¿viniste a indagar en lo que pasó?

Bruno tenía a su compañero tan cerca que lo empujó para sacárselo de encima.

Matías se rio de forma algo forzada.

—¿Y qué querés saber, cómo la golpeó el doctor, o, más bien, qué idea tuvo que ver?

—No le prestes atención, Bruno —dijo Florencia, que volvía de la cocina.

—¿Y vos qué hacés?

—Yo lo traje a Bruno —dijo Florencia—. Estamos buscando unos experimentos que realizó la Dra. Mahler.

—¿Acá? —Matías alzó las cejas.

—Cambiá el tono —se exasperó Bruno. No era la primera vez que tenían un cortocircuito.

—¿No te gusta mi tono? ¿Recién entrás y no te gusta mi tono? —Esta vez fue Matías quien empujó a Bruno—. ¡Salí de este cuarto!

Florencia se puso al medio.

—¿Qué hacés? —le recriminó Matías.

Bruno intentó acercarse, pero Florencia también lo contuvo:

—Vos también la cortás. Vamos todos a tomar un café.

 

 

Continuar capítulo 4

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Segunda parte, “Punto de inflexión”

Capítulo 4


 

 

El viernes Bruno no hizo otra cosa que ocuparse de los artículos que tenía pendientes: el que le había entregado el hijo de Fuentes y el que había hallado en el depósito. Se mantuvo apartado en el laboratorio, a tal punto que Matías empezó a sospechar que había dañado algún equipo del laboratorio. En ese caso, ya lo iba a escuchar. Se lo recriminaría a los gritos por los pasillos. No solía desperdiciar la oportunidad de lucirse a costa de los errores ajenos.

Luego de algunas maniobras de distracción, Bruno se escabulló y salió del instituto. Fue a una biblioteca cercana. Allí logró la concentración que pretendía. Luego llamó a Eduardo, el hijo de Fuentes, y acordó una cita para la tarde.

Eduardo lo recibió en la misma librería de la primera reunión. Al fondo había un bar donde algunos lectores hojeaban sus libros con un café de por medio. Un cliente permanecía absorto en un mural en blanco y negro que decoraba una de las paredes. “Jaque mate en seis” decía el título de la obra, de varios metros de longitud.

—Ese cliente se debate hace tres horas con el problema de ajedrez. Los problemas son como espejos, solía decir mi padre, hace muchos años, cuando todavía se tomaba un tiempo para jugar conmigo. Lo que, por supuesto, no era muy frecuente. A veces, realmente, me sentía un niño fantasma, como si fuera incapaz de verme. Por eso, cuando me decía lo de los espejos, creo que lo decía más por él que por mí, por sus problemas y por lo que vería en su propio espejo. Pero volvamos al asunto que nos atañe, ¿qué te pareció el artículo?

Bruno se explicó con la mayor claridad que pudo:

—Mirá, te soy sincero, nunca había leído algo así. En ese trabajo se postula que el cáncer podría ser un mecanismo modelado por la evolución para optimizar la supervivencia de las especies, es decir, para influir sobre la longevidad, de modo que sea la más apropiada.

—Yo no entiendo mucho, pero si a vos te lo parece, asumo que es interesante. Estamos buscando algo sobre lo que mi padre y la doctora pudieran haber discutido. Yo, por ejemplo, con toda naturalidad me opondría a ese concepto. No me agradaría verlo de ese modo, ¿no te parece?

—Es cierto. Desde un punto de vista humano, la primera opción sería rechazar que la naturaleza opere de ese modo. Pero hay algo más, ayer encontré otro artículo científico en el depósito, con una nota adherida. Tampoco es algo que haya visto antes.

—Entonces todo apunta en la misma dirección —opinó Eduardo—. Algo relacionado con el estudio del cáncer derivó en lo que sea que haya pasado y, en consecuencia, ahora mi padre pretende renunciar. Debe ser muy grave como para que él tire por la borda todo su trabajo y su prestigio. Solo debemos averiguar qué se traían entre manos y entonces tal vez podamos influir en su decisión. ¿A vos te convence?

Eduardo estaba por continuar cuando oyó un alboroto que provenía de la puerta de entrada. Un hombre avanzaba con determinación. El hijo de Fuentes saltó entonces del asiento y se ocultó detrás de los libros de psicología. Desde allí le hizo gestos a Bruno para que lo siga. Alcanzaron la cocina y se ubicaron detrás de una estantería con grandes bandejas de aluminio. Allí, entre tortas y medialunas, Eduardo retomó:

—¿Alcanzaste a verlo?

—Claro. Es mi director de tesis, el Dr. Martínez.

—Efectivamente. Y no sería bueno que te vea acá.

—Seguramente pensaba reunirse con usted —sugirió Bruno.

—Tendrá que ser en otro momento. Además, no me fío de él. No sé si estás al tanto de lo que se comenta en los pasillos del instituto. Muchos están convencidos de que la doctora tuvo un vínculo cercano con quien es ahora tu director.

Bruno carraspeó. También se comentaba algo más: el Dr. Martínez había firmado la planilla de salida del instituto apenas cinco minutos antes de que fueran descubiertos sus colegas en el depósito. Martínez normalmente solía retirarse bastante más tarde. Muchos se preguntaban por qué ese día se había marchado temprano.

—Sinceramente —dijo Eduardo—, debo agradecerte por tu buena predisposición. Es invaluable tener tu aporte, ya que estás en el lugar de los hechos. Si no te parece un exceso, sería vital que le prestés atención. Vos me entendés… por si notás algo que pueda sernos de utilidad.

En ese momento, una de las mozas se asomó por la puerta de la cocina. Le advirtió a Eduardo:

—Ya puede salir.

Eduardo permaneció un rato pensativo. Luego se dirigió a Bruno:

—¿Podemos hablar en confianza?

Bruno lo miró intrigado.

—Mirá, mi padre, la Dra Mahler y Martínez siempre tuvieron un vínculo muy estrecho. A tal punto, que si ha pasado algo grave, resulta difícil que Martínez haya estado completamente ajeno a lo sucedido. Mi padre tal vez, por su amistad, no quiere involucrarlo, pero puede que haya tenido algo que ver, algo que nos sea de ayuda para aclarar lo que pasó.

—Entiendo. Estaré atento.

—Sí, claro. ¿Pero no te interesaría saber un poco más sobre el vínculo que tuvo tu director con la Dra. Mahler? Sé que te estoy pidiendo un favor y estoy dispuesto a recompensarte por ello. Podrías tomarlo como un trabajo, como cualquier otro.

—No —repuso Bruno—. No es un trabajo. Si pensás ofrecerme dinero, no voy a aceptarlo.

Eduardo levantó las cejas.

—¿Pero estás de acuerdo?

—Sí. Contame.

—No. Yo no. Sería mucho más productivo que hables con mi madre. Ella conoce a Martínez desde sus comienzos en el instituto. Ya te he dicho que los tres fueron siempre muy unidos.

Bruno comprendía la postura de Eduardo. La existencia de un vínculo muy estrecho entre Martínez y la Dra. Mahler podía afectar la interpretación de los hechos. Acaso Fuentes lo estuviera cubriendo como a un hermano menor.

Y en algo Eduardo tenía razón: la figura de Martínez no era del todo transparente, los rumores lo vinculaban con la Dra. Mahler y ese día se había retirado inusualmente temprano. Varios lo miraban con desconfianza, como con dificultad para situarlo fuera de la escena.

Eduardo le tendió un papel a Bruno con la dirección de su madre y recalcó:

—Ahora que mi padre se ha recluido en la quinta, mi madre está sola todo el día. Podés pasar cuando quieras.



Capítulo 5


El lunes siguiente, al salir del laboratorio, Bruno visitó a Matilde, la esposa de Fuentes. Pese a que ambos tenían la misma edad, ella estaba mucho más avejentada. Se sostenía el cabello blanco en un rodete severo y usaba un vestido muy largo que solo dejaba a la vista un par de pantuflas de color crema. En sus movimientos no había prisa alguna. Se desplazaba con absoluta parsimonia, “tranquilidad oriental”, pensó Bruno, al recibir el té que ella le había ofrecido.

La casa de Fuentes y Matilde se mantenía ajena al paso del tiempo. Los muebles eran arcaicos, las fotos muy añejas, la gran mayoría, incluso, en blanco y negro. Desde que Fuentes se había recluido en la quinta, Matilde no se molestaba en levantar las persianas. La sala de estar permanecía en penumbras pese a que, afuera, brillaba un sol radiante.

Luego de algunas preguntas de cortesía, Bruno llevó la conversación hacia el tema que más le interesaba:

—¿Recuerda si la Dra. Mahler, en su juventud, tenía buena relación con el Dr. Martínez?

La esposa de Fuentes tomó un par de agujas y se puso a tejer. Los anteojos se le deslizaron cuesta abajo por la nariz.

—Lamentablemente, sí. Cuando conocí a mi esposo, ellos tres eran muy unidos. Pero han pasado ya muchos años.

—¿Cómo era la doctora, cuando usted la conoció?

Matilde dio algunas puntadas antes de responder.

—Era extraña —dijo al fin—. ¿A usted le importa lo que piensan los demás?

—En parte…

—Mire, a la doctora le preocupaba mucho, realmente, pero solo como fuente de inspiración, para hacer todo lo contrario. Ella iba contra la corriente. ¿Cuándo se tiene más visión del paisaje?, solía decir, ¿corriendo una maratón o corriendo solo? Ella se jactaba de tener la vista despejada. Por lo demás, desbordaba de energía, era envidiable, aunque a veces daba la impresión de que ni ella sabía manejarla.

—Y usted, ¿qué pensaba?

—No voy a ser hipócrita, joven, yo siempre me sentí miserable, relegada a un plano inferior. Mi marido trataba de incluirme en las veladas que organizaban, pero jamás lo consiguió. Entre los tres compartían muchísimas horas. Se entendían a la perfección. Siempre me sentí ajena a ese pequeño círculo que los unía. Jamás pertenecí, jamás formé parte del grupo. Y esa impresión aún perdura y me afecta.

—¿No tiene fotos de aquella época?

Matilde se incorporó. Fue hasta una vieja cómoda de madera. De un cajón extrajo un par de fotografías sueltas.

—Me deshice de casi todas —aclaró—. Solo quedan algunas en las que la doctora no salió favorecida.

Bruno había buscado fotos en internet, pero la gran mayoría de las que halló, sino todas, correspondían a los últimos años.

—Esta es la doctora —especificó Matilde, mientras señalaba a una joven de pelo castaño—. Allí era solo una estudiante de doctorado, una becaria más, todavía desconocida en el ámbito académico.

Bruno tomó la fotografía de tonalidades cercanas al sepia. La estudió sin prisa. La imagen que se había formado de la doctora no coincidía con la joven que tenía enfrente, de perfil, con una sonrisa franca y una mirada incisiva. Después de revisar el resto de las fotografías, en las que se veía a la doctora en diferentes situaciones, pero siempre en el centro de la escena, Bruno imaginó que, en aquella época, debía de haber sido una mujer llena de vitalidad, con una actitud avasallante, que terminaba haciendo que todo girara alrededor suyo.

Después de vaciar la taza de té, Bruno se acomodó en el sillón, dispuesto a escuchar la continuación del relato.

—Pero la doctora cambió —retomó Matilde—, con el tiempo, su carácter se volvió agrio. En las reuniones muchas veces los tres terminaban discutiendo. El mal humor surgía abruptamente en aquellos encuentros que se volvieron cada vez más esporádicos. A decir verdad, solo Martínez continuó viniendo a esta casa, todos los martes hasta que ocurrió lo que usted ya sabe. Él se mantuvo fiel a la amistad que los unía. En cambio, ella no. Ella cambió. Empezó a venir cada vez menos. Y después de su casamiento, tomó cada vez más distancia de nosotros. Incluso, dejó el instituto y se fue a la universidad, durante muchos años. Cuando volvió al laboratorio era una persona absolutamente desconocida, malhumorada, violenta, cínica. Puede que su marido haya tenido algo que ver, no lo sé, pero él siempre tuvo una actitud miserable hacia nosotros, siempre nos trató con sorna, nunca nos quiso. Basta decir que una sola vez pisó esta casa y jamás volvió, nunca.

Las campanadas de un reloj de péndulo anunciaron en ese momento las ocho de la noche. Ya se habían extinguido los escasos rayos de luz que antes se filtraban por las rendijas de las persianas. Matilde se puso de pie. Cruzó el comedor para encender un velador. Acomodó los portarretratos. Realizó un movimiento impreciso y uno cayó al piso. El vidrio se hizo añicos.

Bruno se incorporó y le ayudó a juntar los fragmentos. En la foto vio a Eduardo. No estaba de humor, tenía unos pantaloncitos cortos algo subidos sobre el abdomen.

Desde ese lugar se alcanzaba a ver una biblioteca ubicada en la pieza de Matilde. Bruno tuvo una corazonada.

—Veo que son buenos lectores. ¿Qué es lo que más lee su marido?

—Lee de todo, pero tiene cierta predilección por la poesía y las novelas policiales.

—¿Novelas policiales?

—Sí. En realidad —recordó Matilde, con un destello en los ojos—, todos tuvieron un momento de fanatismo: Mi marido, Martínez y la doctora, los tres. Es más, entre ellos solían desafiarse con un ejercicio que, visto ahora, a la distancia, hasta parece bastante desgraciado.

—¿Por qué lo dice?

—Por lo que pasó. Yo nunca participé, pero consistía en leer varias novelas policiales a la vez, una cada uno, y luego, apenas alguien intuía quien era el culpable, lo dejaba registrado en un papel. Luego vencía el que primero daba con la verdad. Ellos apreciaban el costado lógico y racional de ese enfrentamiento. Se apasionaban, como con todo lo que hacían. Y hasta puedo decirle que yo envidiaba esa manera que tenían de hacer las cosas. Era la juventud, supongo, esa sensación de tenerlo todo, inteligencia, pasión y la vida por delante.

—¿Se reunían aquí?

—Así es —Matilde hablaba ahora con un dejo de amargura—. Si se refiere al juego, era una tradición que mantenían, sobre todo, en las noches frías de invierno. Y si se avecinaba un temporal, entonces era todavía mejor. Se congregaban aquí, justamente, ahí donde está usted ahora. Permanecían hasta el amanecer, compenetrados, leyendo con la mayor rapidez posible. ¿Quiere que le cuente quien ganaba?

—Claro.

—Siempre vencía la doctora o mi marido. Martínez, lo recuerdo muy claro, jamás resultó victorioso.

—¿Ni una sola vez?

—Ni una sola. Por eso lo recuerdo. Pensé que, abatido, abandonaría las reuniones, pero no, perseveraba, con un empeño absolutamente inútil. ¿Usted participaría de algo que nunca gana?

—Supongo que sí. ¿Por qué no?

—Estupideces. Cada uno tiene sus límites.

—Y usted, ¿nunca quiso participar?

—No. ¿Para qué? Ya se lo dije. Siempre me sentí ajena a todo lo que los unía; siempre odié las noches frías de invierno.

Matilde fue hasta su cuarto y volvió con otra fotografía en blanco y negro. En esta podía verse a los tres jóvenes en el sillón. Había café y chocolates sobre una mesa ratona. Una joven doctora Mahler tenía un libro entre sus manos. Todo señalaba que se disponían a comenzar uno de esos desafíos. El frío se apreciaba en la ropa: los tres vestían gruesos pulóveres de lana. Fuentes usaba un gorrito. A Martínez el cabello le caía sobre el rostro cubriéndole un ojo. Bruno se sorprendió de la expresión distendida y cómplice de Fuentes y Martínez, a quienes había conocido de grandes, ya doctores, ya afectados por el episodio reciente. Desde el papel, en cambio, lo miraban dos jóvenes ociosos, indiferentes al futuro, en un momento de serena felicidad que la cámara había sabido captar.

Bruno trató de focalizarse nuevamente:

—¿Le molestaría si veo los libros?

Caminaron hasta el dormitorio. Matilde encendió la luz. Había repisas a ambos lados de la cama matrimonial. Bruno las revisó con interés. Sin embargo, recién sobre una mesa de luz encontró lo que buscaba. Allí estaba, como brillando con luz propia, un fotocopia del artículo científico que le había mostrado Eduardo.

Bruno pidió permiso y pasó las hojas del artículo. Varias partes habían sido subrayadas. Quedaba claro que esa publicación era muy importante para Fuentes.

Bruno le preguntó a Matilde:

—¿Desde cuándo está este artículo en la mesa de luz?

—Desde hace mucho. No he tocado nada de sus pertenencias. No sé si sabe, pero mi esposo se ha marchado a nuestra quinta a reflexionar unos días.

Bruno decidió que era momento de retirarse. Caminaron hasta la puerta. Antes de despedirse, Matilde lo detuvo tomándolo de un brazo. Le realizó una última confidencia:

—Mire, si Eduardo confía en usted, yo también lo haré. Hay algo más que acaso le interese saber: aunque la doctora se casó siendo muy joven, ella jamás respetó su matrimonio. Sabe a lo que me refiero…

—¿Tuvo un amante?

—Uno no, varios. No me gusta hablar así, pero es la verdad. Entre ellos, Horacio Larrondo fue el más privilegiado. Creo que Larrondo fue su sostén cuando la doctora dejó de reunirse con nosotros. Si lo ubica, seguramente pueda darle más información que yo.



Capítulo 6


Antes de realizar una nueva visita a Fuentes, Bruno leyó minuciosamente el trabajo científico sobre la teoría biológica del cáncer. Si esos artículos tenían algo que ver con lo ocurrido, debía estar a la altura de poder comentarlos con Fuentes.

Bruno y el doctor tomaron asiento en un banco de madera, bajo la sombra de un pino. Estaban en un rincón de la quinta, al lado de unas hamacas y juegos que habían sido puestos allí de forma anticipada, como a la espera de unos nietos que todavía no habían llegado. Ambos se estudiaron durante un segundo. Para Bruno, el hombre a su lado era muy diferente del que había visto en las fotografías. Pese a la inactividad tenía el rostro cansado, o acaso la fatiga se debía justamente a ella, a la falta de ocupación, la falta de interés en una mente habituada a tener mucho en que pensar

—Doctor —dijo Bruno—, ¿cree que el cáncer podría derivar de un intento de resistencia, del último recurso de un tejido devastado?

—Ya veo —dijo Fuentes—. Leyó el artículo de los Dres. Ruggiero y Bustuoabad[i]. Veo que me ha hecho caso, que está profundizando. Muy bien. ¿Qué opina?

—Entiendo algunas cosas, pero no todo. Por ejemplo, cuando un órgano sufre una agresión química constante, tiene sentido suponer que algunas células se expandan para reemplazar a las dañadas. Según el trabajo, las células del cáncer derivarían, precisamente, de las únicas células capaces de dar la cara, de aquellas que realizarían un último y desesperado intento para salvar a un órgano devastado. Pero el artículo postula una teoría sobre el sentido biológico del cáncer, desde un punto de vista positivo. ¿Usted, está de acuerdo?

—Me reservo la opinión —dijo Fuentes—. Ya le he dicho que este tipo de cosas debe pensarlas por su cuenta, solo así progresará en su capacidad de ir más allá, solo así evitará conformarse con la mera acumulación de conocimientos.

—Lo haré. Pero dígame, al menos, si ustedes coincidían en sus posturas al respecto.

—Bueno, en cierto modo sí, todos teníamos la misma postura.

—¿Entonces estaban de acuerdo?

—No. Solo estábamos de acuerdo en discutirlo todo, en no dar nada por sentado. Y usted debería hacer lo mismo. Además, la realidad es que la Dra. Mahler se divertía generando debates. Estaba en su naturaleza. Y no era fácil discutir con ella. Se lo aseguro.

Fuentes de pronto estiró los brazos con fuerza, como si los hubiera tenido maniatados. Su gesto era promisorio. Parecía la reacción de una persona que sale de un letargo, que pretende despabilarse, como si debajo del manto de tristeza que lo envolvía, el doctor tal vez pudiera conservar, en lo profundo, un último acervo de su esencia, de lo que había sido como persona y como investigador, y desde donde pudiera resurgir acaso alguna vez.

—La realidad es que, exceptuando su producción científica, uno nunca estaba seguro de lo que realmente creía la Dra. Mahler. Mire —continuó Fuentes, algo más sereno—, que yo evite referirme, de momento, a lo que ocurrió aquella tarde, no significa que haya perdido la memoria. Sería muy injusto de mi parte si olvidara o menospreciara las virtudes de la doctora. Ella tiene un carácter espinoso, arduo, intratable, pero a la vez es una persona extraordinaria. Nunca tuvo grises. Con ella, uno jamás podía aburrirse.

—Eso me han dicho —dijo Bruno.

—¿Y no sabe dónde está? —Preguntó Fuentes—. Nadie quiere decírmelo.

Bruno no lo sabía. Nadie lo sabía, en realidad. Había quien decía que estaba encerrada en su casa, también quien afirmaba que se había marchado a vivir al extranjero, pero, en concreto, nadie lo sabía, todas las versiones no eran más que conjeturas.

Permanecieron un instante en silencio. Ahora solo se escuchaba un benteveo cantando en las cercanías.

—A ver —dijo Fuentes al cabo de un rato—. ¿Usted qué piensa, cree que el sistema inmune es perjudicial para el cuerpo?

—Por supuesto que no.

—¿Está seguro? Piénselo bien.

Bruno sabía que, en algunas ocasiones, el sistema inmune podía atacar a las células del propio cuerpo, en las enfermedades conocidas como autoinmunes, tales como el lupus, la esclerosis múltiple y muchas otras patologías.

—De acuerdo, a veces puede causar un daño.

—Entonces, ¿qué me dice?, ¿es beneficioso o perjudicial?

—Depende.

—Eso mismo. Es una espada de doble filo. Normalmente es un arma de defensa, pero bajo ciertas circunstancias puede volverse en contra de uno mismo. En otras palabras, el sistema inmune es beneficioso, pero también puede convertirse en algo nocivo. ¿No es así? ¿Está de acuerdo?

De a poco, Bruno comenzaba a comprender adónde se dirigía el doctor, quien concluyó:

—Con respecto a la hipótesis del sentido biológico del cáncer, yo entiendo que se refiere a lo siguiente: que la expansión de las células cancerosas podría originarse por una buena causa, el reemplazo de las células dañadas en un órgano devastado. Y que luego, el cáncer sería una consecuencia negativa de la pérdida de control de ese mecanismo bienintencionado, así como las enfermedades autoinmunes se producen por una pérdida de control de las células del sistema inmune. ¿Me sigue?

Bruno notó que la idea era muy diferente a la teoría más aceptada en el ámbito académico: la teoría de las mutaciones, la cual considera al cáncer como un sinsentido biológico, una especie de falla en el sistema, producida en las células por la acumulación al azar y a lo largo del tiempo de mutaciones en genes importantes en la regulación de su ciclo de vida.

—Ya lo ve —siguió el doctor—, ahora ya tiene algo de material para empezar a pensar por usted mismo. ¿Qué sabe sobre los mecanismos del cáncer? ¿Son compatibles con esta interpretación de los hechos? Tal vez esto represente para usted la punta de un ovillo, una base nueva para pensar cómo aproximarse a la enfermedad, cómo dar un paso en una dirección hacia donde nadie haya ido antes.

Bruno ignoraba si esta teoría se relacionaba con el incidente de la doctora, o con el artículo que le había mostrado Eduardo. Decidió arriesgarse:

—Le agradezco doctor, ¿pero acaso esta teoría puede explicar mejor por qué existe el cáncer?

Fuentes, esta vez, guardó silencio. Su ánimo cambió de repente. Tuvo un súbito ataque de tos, una tos ronca y seca, que lo forzó a doblarse sobre sus rodillas. Bruno no llegó a lamentarse. A unos metros vio a Florencia, que se aproximaba abriéndose camino con cierta dificultad por el césped sin cortar.

—¿Qué hacés acá? —Le dijo ella. No venía del laboratorio. Estaba más arreglada. En lugar del jean y la remera de la mañana traía una minifalda blanca y una blusa azul.

—Vengo cada tanto —se justificó Bruno—. ¿Y tú visita, a qué se debe?

—Yo estoy convencida de que él, directamente, no tuvo nada que ver con lo que le pasó a la doctora. ¿No es así doctor?

Una mueca ligera asomó en los labios de Fuentes. Aun así, no podía discernirse si se trataba de una sonrisa de bienvenida o más bien de una queja.

Florencia revolvió en el interior de su cartera. Le alcanzó al doctor una hoja con una poesía. Ella misma solía escribir en sus ratos libres y era habitual que le trajera algún verso. Trataba de despejarlo y parecía que el doctor valoraba el gesto.

Lejos de distenderse, esta vez, Fuentes se puso tenso. De pronto se incorporó y, sin dar explicaciones, se introdujo en las instalaciones de la quinta.

Bruno lo vio marcharse con incredulidad. No pudo evitar preguntarse por el cambio de ánimo del doctor. Pasados unos minutos, resultó evidente que ya no volvería. Florencia y Bruno intercambiaron miradas de interrogación.

—Recién llegás —dijo Bruno—. ¿Tomamos un café, o una cerveza?

[i] Ruggiero, R. A. y Bustuoabad, O.D. (2006). The biological sense of cancer: a hypothesis. Theoretical Biology and Medical Modelling, 3:43.

 



Capítulo 7


 

 

 

El bar al que fueron Bruno y Florencia no era gran cosa. Tenía el aspecto de un bodegón de barrio venido a menos. Una vez que los clientes se marchaban, nadie limpiaba las mesas. Sobre los manteles, con manchas de grasa, quedaban pocillos de café y pequeñas migas de pan. Ambos tomaron asiento junto a una ventana y llamaron al mozo, que se aproximó con dos cartas que dejó sobre la mesa. No tenía otros clientes y permaneció al lado de ellos, con el aspecto de un viejo mayordomo.

Pidieron una cerveza y cuando el mozo fue a ocuparse del pedido, Florencia le preguntó a quemarropa:

—¿A qué se debe tanto interés en Fuentes?

—Todos lo admiran, ¿qué tiene de extraño?

Florencia fue tajante:

—Mentís pésimo.

—Es cierto. Te doy la razón, pero justamente por eso podés confiar en mí.

—¿A vos no te parece raro que Martínez te haya dado una línea de investigación de la doctora, justo ahora?

—No. Explicame.

—Tus experimentos se basan en investigaciones que ella estaba retomando, precisamente, antes del incidente.

—¿Estoy continuando su trabajo?

—¡Claro! Por eso fuimos a ver sus cuadernos. Ella hizo algunos experimentos de joven, antes de irse a la universidad. Pero sé, de buena fuente, que al volver al instituto los había retomado con resultados muy interesantes. Sin embargo, fíjate lo que pasó: Fuentes y la doctora fueron descubiertos en el depósito de una manera muy extraña, él ahora está a punto de renunciar, la doctora desapareció por completo, y, en ese contexto, Martínez no pierde el tiempo y te asigna el tema de la doctora. ¿De verdad no te parece raro?

—¿Vos creés que él tuvo algo que ver?

—No sé. Solo digo que es muy llamativo. ¿Quién puede hacer lo que hizo? ¿Cómo puede ponerte a trabajar, casualmente, en la línea de investigación de la doctora? Algo no cierra.

El mozo volvió con una botella de cerveza helada. Bruno tomó uno de los vasos y lo inclinó con cuidado para servirlo, tratando de que no se formara demasiada espuma. Se lo pasó a Florencia y sirvió el suyo. Después se hamacó hacia atrás. Al volver dejó caer los brazos sobre la mesa. Su mano derecha quedó rozando la mano izquierda de su compañera. Ella no la retiró.

—Todo esto es nuevo para mí —dijo Bruno—. No sabía que vos pensaras que  Martínez podía tener alguna relación.

—No es que él tenga alguna relación, él más bien forma parte de lo que pasó. Él no está afuera, está dentro de esto. Está tan dentro que podría explicarlo todo si quisiera. ¿No vas a creerte eso de que se marchó antes? Acá hay dos cosas innegables: Martínez sabe más de lo que dice, y este episodio le vino muy bien. Él está en la cuerda floja. Mirá, para que te des una idea, cuando yo ingresé al instituto, Martínez era un hombre elegante. Todavía conservaba mucho pelo. En pocos años se quedó calvo. Subió no sé cuántos kilos. Necesita resultados, publicaciones, y esos experimentos de la doctora son lo único que podrían salvarlo. Él siempre estuvo muy por detrás de los logros de Fuentes y la doctora.

—Mirá, yo recién ingreso al instituto. Apenas los conozco.

Florencia lo estudio de arriba abajo. Luego, con paciencia, le realizó un breve resumen de la vida de los doctores. Al finalizar, se retiró y dejó a Bruno sumido en sus propias reflexiones. ¿Qué sabía entonces de los doctores, que fuera de interés?

Fuentes había tenido una infancia normal. Parecía que nada llamaba la atención hasta un percance ocurrido en su adolescencia, cuando rondaba los catorce años. A esa edad, sus padres lo cambiaron de colegio, de un día para el otro. Lo que había ocurrido era una incógnita. Sin embargo, la razón tenía que ver con un incidente en un baño, con una compañera de colegio. Seguramente fue un hecho muy grave, porque a partir de allí, el joven Fuentes se convirtió en un alumno insurrecto, con notas pésimas y amonestaciones constantes. Luego, durante la universidad, el comportamiento del joven Fuentes se asentó. Rápidamente se convirtió en un alumno destacado de la carrera de biología. Al finalizar sus estudios, consiguió una beca doctoral, y con el correr de los años fue ascendiendo, a buen paso, por los peldaños de la carrera de ciencia, hasta alcanzar el máximo escalón en las jerarquías posibles. La vida del Dr. Fuentes parecía haberse deslizado sobre una alfombra roja después de la universidad. Contrajo matrimonio y al poco tiempo adoptó un hijo. Tuvo una conducta intachable y ningún otro percance hasta el episodio ocurrido en el instituto, cuando lo hallaron dentro del depósito junto al cuerpo inconsciente de la Dra. Mahler.

Por su parte, Martínez era el primogénito de un médico de renombre. Su padre tenía muchas expectativas depositadas en él, en quien veía como su sucesor, el responsable de mantener el prestigio del apellido en la arena médica. Pero el joven Martínez había desilusionado a su padre al cambiarse a biología antes de empezar el segundo año de la carrera de Medicina. A diferencia de Fuentes y de la Dra. Mahler, la carrera universitaria le había costado un gran esfuerzo. Cuando sus compañeros interrumpían sus estudios y aprovechaban el tiempo libre, él debía mantenerse sobre los libros. El ascenso por los escalafones de la investigación también le había resultado arduo. Actualmente tenía un cargo modesto. Pero todo lo había conseguido con mucho esfuerzo. Martínez nunca se casó, nunca convivió, no estaba en pareja, no tenía hijos de alguna relación temporal, nada en su vida parecía digno de mención, de modo que eso era lo único que, en definitiva, podía considerarse llamativo.



Capítulo 8


Al día siguiente Bruno entró al laboratorio, buscó su guardapolvo y se puso a trabajar, sin dilaciones. Más tarde, a la hora del almuerzo, se reunió con Martínez. Debía ponerse al corriente con los últimos experimentos. A Bruno el aspecto descuidado de su director no se le pasó por alto. Tenía puesto un jean sucio como el de un mecánico y una camisa arrugada, demasiado corta. Cuando Martínez estiraba los brazos era inevitable que algunos pliegues de su abdomen quedaran a la vista. Y esto, a fin de cuentas, no era lo más extraño, sino una marca violácea que le bordeaba un ojo.

Al finalizar, Bruno fue por el pasillo hasta el cuarto experimental, donde guardaba sus ratones bajo estudio. El lugar no hubiera podido estar en mejores condiciones, el aire acondicionado mantenía una temperatura fresca y constante. Bruno tomó dos jaulas de una repisa y las llevó a uno de los laboratorios. Depositó las jaulas sobre la mesada. Luego buscó un calibre y dejó a su alcance todo lo que pudiera necesitar. Odiaba tener que levantarse para buscar algo en el medio de un experimento.

En eso estaba cuando Matías entró al cuarto de pésimo humor. Se dejó caer en un banquito de madera.

Mientras tanto, Bruno comenzó a chequear los primeros ratones. Se sorprendió: los animales bajo tratamiento mostraban una leve mejoría. Los ensayos parecían disminuir el tamaño tumoral, por lo menos, en su modelo de estudio. Si esto era cierto, y la Dra. Mahler lo había probado antes, Martínez no podía desconocerlo.

Inquieto, Matías se puso a caminar en círculos, como un cuervo con poca paciencia. Simulaba organizar el material de vidrio en las repisas, las drogas de un estante, las pipetas a un costado de la mesada. Pero su objeto de atención, en realidad, eran las manos de su compañero; Matías miraba el pulso de Bruno para ver si estaba nervioso.

—¿Quién golpeó a tu director? —dijo al fin.

—No sé —Bruno tenía la vista fija en los ratones.

—¿Qué?

—Que no sé. Tal vez se golpeó solo.

—¿Un accidente? ¿Eso decís? ¡Vamos!

Florencia pasó por el pasillo. Ambos se distrajeron por un segundo.

—Pobre —dijo Matías—. Mientras ella está a la deriva, su jefa se pasea por todos los congresos posibles.

Bruno procuró no distraerse. Continuó analizando si su tratamiento, efectivamente, reducía el tamaño de cierto tipo de tumores.

—Pero algo más la inquieta… —volvió a insistir Matías, que se había parado cerca de la puerta y cuidaba que Florencia no se acercara por el pasillo—. El incidente de la doctora la afectó demasiado. Y eso que entre ellas mantenían una relación más que difícil. Cuando se cruzaban había que ponerse a resguardo. La verdad, es una pena que no hayas conocido antes a la doctora. Ahora quién sabe si volverá, si es que se repone. Era un diamante en bruto, una joya que no se merecían estos linyeras de la ciencia. Es cierto que al final ya parecía desquiciada, como si la locura hubiera golpeado a su puerta, pero, por lo menos, tenía plena consciencia de su situación. Una tarde, en la que incluso pensé que alucinaba, me dijo: “¡Matías!, ¿sos imbécil o qué? Los conocimientos no van a venir a buscarte; empezá a moverte de una vez por todas. Recién habrás dado el primer paso cuando encuentres cuál es, en realidad, el conocimiento que te falta, el único capaz de movilizarte. Y no te creas que es algo fácil de encontrar, no, todo lo contrario, para cada uno de nosotros, a lo sumo hay un dilema real, suficientemente fuerte como para sacarnos del tedio de la rutina, es algo que se vuelve personal y que solo puede culminar en la forma de una tiránica obsesión. Por eso, si llegás a descubrir lo que realmente te motiva, por favor, no seas tan idiota como hasta ahora, no te guardes nada, sea cuál sea el costo que tengas que pagar, ¿entendés? ¿Entendés?” Ese día, pensé que los ojos iban a salírsele para afuera, pero ella siempre vivió así. Jamás hubiera concebido otro. Y aquí, en este sucucho perdido en el mundo, donde muy pocos se atreven a caminar, ella era la única que corría. Bueno, Fuentes sí era capaz de seguirle el paso —se corrigió Matías—, pero Martínez, en cambio, siempre fue una sombra al lado de ellos. Siempre los envidió. Por eso me pregunto: trabajando codo a codo con Fuentes y la doctora, ¿cómo aceptaba Martínez sus propias limitaciones?

Bruno levantó la vista con la expectativa de que su compañero respondiera a su propia pregunta.

—Lo que pasa es que Martínez niega la realidad —siguió Matías, que no dejaba de mirar hacia el pasillo—, eso es lo que pasa, ¿y querés saber por qué? Porque no la tolera. Es así de simple. Y entonces, lo único que hace es esconder la realidad bajo la alfombra del inconsciente. Se la pasa barre que te barre. O bien no aguantó más y tomó otras medidas. ¿Quién sabe?

Matías se quedó un rato pensativo, luego miró su reloj y se marchó.

A la siesta, Bruno se ocupó con otro experimento. Quería aprovechar que Florencia, por fin, le había hecho una copia de la llave del depósito.

Contrariando sus planes, Matías ingresó primero. ¿Qué hacía en el cuarto? Bruno no lo sabía. Sin embargo, como su compañero siempre permanecía un buen rato, inventó una excusa y salió del laboratorio.



Capítulo 9


—Pasá por acá, Bruno —le dijo Eduardo, mientras abría una puerta diminuta en el centro de una persiana metálica que cubría toda la fachada de un local comercial—. Esto supo ser un videoclub, pero ese negocio ya no tiene futuro. Compré el sitio a precio de regalo; las librerías andan muy bien y pienso poner aquí una nueva sucursal.

Caminaron hacia una pequeña mesa ubicada en la parte de atrás. Una bombita eléctrica, solitaria y desnuda, era lo único que iluminaba el lugar. Del antiguo negocio no había quedado prácticamente nada, los anaqueles estaban vacíos. Solo algunos afiches de clásicos del cine colgaban de las paredes, dejando entrever que allí había habido un videoclub.

Una vez sentados, Eduardo le dijo:

—Tomá asiento, quiero que veas algo.

Bruno ocupó una de las sillas. Eduardo caminó hacia una mesa de televisión que tenía una vieja cassettera VHS. Introdujo un cassette y volvió para ocupar su sitio al lado de Bruno.

En el comienzo de la cinta se veía a tres jóvenes sentados alrededor de una mesa. Más atrás, en un sillón, otra mujer hojeaba una revista con desgano. La escena transcurría sin sobresaltos, hasta que una de las mujeres se incorporaba y tomaba el control de la cámara. Primero se enfocaba ella misma, en primer plano. Comenzaba a narrar con voz de locutora: “Señores, señoras, esta no es una velada cualquiera. ¡No, no, señores! ¡Esta noche se define el mejor!” En ese instante comprendí quiénes eran. La que hablaba era la estudiante de doctorado, Lucía Mahler. Su imagen se correspondía perfectamente con las fotos que Bruno había visto en la casa de Matilde. En aquel momento rondaría los veinticinco años. Luego se hacía a un lado para enfocar a uno de los contendientes: “Tenemos aquí al niño prodigio Martínez, misterioso, enigmático, de pocas palabras… Todavía no ha vencido, pero, ¡quién sabe! ¿Es un tapado? Podría serlo…Piénselo bien, piénselo bien señor cuando haga su apuesta, ¿acaso puede depararnos una gran sorpresa esta noche?” Martínez realizaba un saludo con cierta timidez. Luego la cámara se ocupaba de Fuentes. Se lo notaba más confiado: “Y aquí está él: el fenómeno, el único, el temible, el inclasificable niño Fuentes, sí, sí, sí, señores, un demonio de pantalones cortos, un diablillo con un currículum extraordinario, ¿Qué digo extraordinario? ¡Maravilloso! ¿Será esta su noche épica? ¿Será esta la velada de su consagración? En breve lo sabremos, señores, señoras, ya falta muy poco… ¡no se mueva del televisor!” Aquí Lucía Mahler se tentaba y la cámara comenzaba a sacudirse con sus temblores. Cuando Lucía por fin se recomponía, volvía a mirar a la pantalla, con una expresión fingidamente seria, “¡Ay, ay, ay! ¿Por qué los quiero tanto? ¿Por qué los quiero tanto a estos dos sujetos? Nadie lo sabe, es inexplicable, pero no importa, ¡Eso no impedirá que los derrote esta noche! ¡Y el público está conmigo! ¡Escuchen, escuchen el aliento de la hinchada!” Lucía apoyaba la cámara y agitaba los brazos, como arengando a una platea de espectadores timoratos. “Dale, Lucía, ¡vení de una vez!”, se escuchaba que le decía Fuentes. Ella entonces le guiñaba un ojo a la cámara y la apagaba. Ahí terminaba el video.

Eduardo, con un aire cargado de nostalgia, se levantó y apagó la televisión. Luego volvió a la silla.

—Una sola vez había visto este video —dijo—, aquí encontré una de estas cassetteras, tan caídas en el olvido como el propio videoclub.

Bruno se había quedado un poco sin palabras.

—Nada mejor que verlos para que te los imagines —siguió el hijo de Fuentes—. ¿Cómo se convirtieron en lo que son hoy en día? Ahora anda cada uno por su lado, Martínez en el instituto, mi padre en la quinta y la doctora vaya a saber dónde está.

—¿Nadie lo sabe?

—Solo su esposo, supongo. Pero continuemos con lo que nos atañe —dijo Eduardo, mientras agitaba en el aire un artículo científico—. Mirá, esta copia de la misma publicación estaba encima del escritorio en la oficina de la Dra. Mahler, en el instituto.

—¡Pero ese cuarto está bajo llave! —advirtió Bruno.

—Así es. Solo tu director, el Dr. Martínez, tiene una copia de la llave de la oficina. Yo conseguí entrar con una excusa. Lo interesante es que esta copia tiene una inscripción por demás llamativa:

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Bruno alzo las cejas. Antes de que pudiera opinar, Eduardo aclaró:

—Afortunadamente, tengo una librería. “La muerte y sus ventajas” es un libro escrito por Marcelino Cereijido y Fanny Blanck-Cereijido. No es un dato menor que Martínez sea el único que tiene la llave de su oficina. ¿No te parece?

—Es cierto, pero yo también una copia en la casa de tus padres.

—¿Cómo puede ser? —Eduardo soltó un chasquido de disgusto.

El Dr. Fuentes conocía sobradamente el trabajo en cuestión. Así, las implicancias del artículo científico, en lugar de aclararse, parecían volverse cada vez más confusas.

Eduardo abrió una puerta lateral que daba a una pequeña cocina. Sirvió dos pocillos de café, volvió y depositó uno a cada lado de la mesa.

—Traté de conseguir el libro “La muerte y sus ventajas” —retomó—, pero está en falta.  ¿Sabés de qué se trata?

—No. No lo conozco. Sin embargo, el título parece ir en la misma línea del artículo que me mostraste primero, el que menciona que el cáncer podría incidir regulando la longevidad de las especies. Es lo único que podría decirte por ahora.

—Tenemos que conseguir ese libro. Estoy convencido de que la discusión que escuchó el técnico de laboratorio tuvo que ver con esto. Mi padre sigue evitando el tema. Solo nos queda comprenderlo por nuestra cuenta y luego tratar de persuadirlo, antes de que sea demasiado tarde.

—Hoy Martínez apareció con un ojo morado —acotó Bruno.

—Interesante. ¿Qué puede haberle pasado?

Bruno se encogió de hombros. Eduardo entonces se incorporó. Caminaron juntos hasta la puerta.

—Una última cosa —dijo Bruno mirando su reloj—. Según tu madre, la doctora nunca fue una esposa leal. Uno de sus amantes habría sido un hombre llamado Horacio Larrondo, quizá nos sirva hablar con él.

—Está bien —Eduardo le tendió la mano—. Veré qué puedo hacer.



Capítulo 10


 

Bruno volvió tarde al laboratorio después del encuentro con Eduardo. Estaba ansioso por entrar al depósito. Florencia, por fin, le había hecho una copia de la llave. Con pasos sigilosos Bruno se aproximó a la puerta. Extrañamente, no estaba cerrada. Cuando ingresó el torso hasta la mitad se llevó una sorpresa. El Dr. Martínez se hallaba en el interior. Llevaba el guardapolvo desprendido y se había sentado en el viejo pupitre, en dirección a la mancha desvaída que señalaba el sitio donde había caído la doctora. No se movía, absorto en sus pensamientos. Por último osciló la cabeza con aire perplejo, como negando lo que había ocurrido.

Bruno vaciló bajo el marco de la puerta. Solo entonces su director pareció despabilarse. Se incorporó y salió con aire extraviado.

Tras cerrar la puerta, Bruno actuó con celeridad. El pupitre le sirvió de sostén. Los cuadernos fueron pasando rápidamente por sus manos, uno detrás de otro, como si fuera un bibliotecario avezado. Recién se detuvo cuando encontró una hoja suelta intercalada a la mitad de un viejo cuaderno. Cuando estaba por revisarla, Florencia ingresó al cuarto. Ella fue directamente hacia él.

—¿Encontraste algo?

—Todavía no.

—¿Qué tenés ahí? ¿Puedo ver? —Florencia tomó el cuaderno. Antes de revisarlo, se quedó un instante estudiando la reacción de Bruno.

Fue solo eso, un segundo, pero bastó para que se esfumara esa distancia prudencial que, habitualmente, se mantiene entre dos personas que no tienen un vínculo familiar o íntimo. Para Bruno, varios detalles surgieron en su máximo esplendor, detalles que parecían aflorar desde un plano antes invisible, un plano normalmente velado, pero que sin embargo estaba ahí, latente, en un nivel accesible únicamente desde la corta distancia. Había allí unas diminutas pecas de Florencia que desde lejos no se notaban; también podía apreciarse la sutil curvatura de sus pestañas, y hasta se veía el fondo de los hoyuelos que se le marcaban cuando reía. Bruno pasó la vista por todo eso y se detuvo, por fin, en los ojos claros de Florencia, dos mandalas mínimos pero exuberantes, que le devolvían la mirada como un espejo.

Bruno nunca supo, realmente, cuánto tiempo estuvo detenido en ese instante de contemplación, cuánto demoraron en zanjar la estrecha distancia que los separaba. Sin embargo, un momento más tarde, todo ocurrió en simultáneo: Bruno retrocedió un paso, Florencia se sentó en el pupitre, y Martínez abrió la puerta.

Antes de que el director de Bruno le explicara lo que necesitaba, Florencia se lo dijo. Martínez le pidió entonces que lo acompañe y abandonaron juntos el cuarto.

Por su parte, Bruno no quiso quedarse solo. También salió, pero, esta vez, aprovechó a llevarse el cuaderno.

 

Continuar  capítulo 11


[1] Ruggiero, R. A. y Bustuoabad, O.D. (2006). The biological sense of cancer: a hypothesis. Theoretical Biology and Medical Modelling, 3:43.