Literatura de laboratorio, un buen nombre para un género que se afianza

La divulgación del conocimiento científico podría dividirse, arbitrariamente, en tres etapas. La primera englobaría desde el puntapié inicial de Galileo en el 1600, con su labor divulgativa1,2, hasta el siglo XIX. Este periodo fue realmente pobre en cuanto a cantidad de obras, a tal punto que la ciencia y los científicos parecían habitar en un espacio muy lejano al de la sociedad en general. Luego, durante gran parte del siglo XX, primó una segunda etapa que bien podría ser asociada al nombre de “las dos culturas”, en base a un célebre discurso de C.P. Snow, pronunciado en 1959, que resaltaba el distanciamiento que existía entre los literatos y los científicos3. Así, la ciencia no solo se mantenía alejada del público en general sino que, para colmo, los escritores aprovechaban la situación, y cuando incorporaban protagonistas científicos a sus obras, los estereotipaban como personajes o bien malévolos o bien excesivamente simpáticos y rayanos a la locura4.

Recién sobre el final del siglo XX comenzó a gestarse lo que bien podría constituir una tercera etapa de la divulgación científica. Mucho tuvo que ver en este cambio la aparición de excelentes obras de no ficción escritas por autores científicos. En este periodo salieron a la luz varios libros brillantes que fueron capaces de explicar grandes logros de la ciencia con terminología accesible a cualquier interesado. Algunos ejemplos fueron “El gen egoísta”, de Richard Dawking (1976);  “Los dragones del Edén”, de Carl Sagan (1978); “Breve historia del tiempo”, de Stephen Hawking (1988), y muchos otros. Estas obras sirvieron para demostrar que el conocimiento de la ciencia no es inalcanzable sino todo lo contrario, y que si bien la comunicación entre investigadores requiere de terminología prácticamente incomprensible para quien no es especialista en la materia, los conocimientos de cualquier área igualmente pueden ser explicados de manera simple cuando alguien se lo propone.

Paralelamente a las obras de no ficción, se produjo el despegue del género literario de la divulgación científica. Lógicamente, esta aproximación debió lidiar con la dificultad que surge a la hora de amalgamar una obra que reúna todos los requisitos de la narración de historias con la rigurosidad de la ciencia y la difusión de los conocimientos obtenidos con el método científico. (Este hecho deja de lado al género de la ciencia ficción, en donde se representan hechos y mundos alternativos basados en conocimientos que no han sido probados con el método científico, al menos en el momento de la redacción de la obra).

Los primeros autores que procuraron sentar las bases de la divulgación de la ciencia a través de la literatura se encontraron con la falta de un nombre apropiado para el género de sus libros. Carl Djerassi, por ejemplo, escribió cuatro novelas basadas en personajes científicos y postuló el nombre de “Ciencia en ficción”, para sus libros.

Recientemente, ha cobrado difusión el trabajo de Jennifer Rohn, una investigadora que ha escrito dos novelas y que ha propuesto el nombre de Literatura de laboratorio, (Lablit)5,, para su género narrativo. El término abarcaría obras cuya característica común es el uso de conocimiento científico para sustentar la trama y/o la presencia de un protagonista principal o secundario relacionado con la ciencia, siendo este un ser humano “normal” y no uno de los obsoletos estereotipos del científico 5,6,7. Con la aparición de estas obras literarias el hombre de ciencia parece recuperar, por fin, su verdadera identidad, lo que realmente es: una persona como cualquier otra, con su familia, su vida sentimental, sus problemas cotidianos o existenciales, e incluso, por qué no, con dificultades para llegar con su sueldo a fin de mes. Muy probablemente, el derrumbe del viejo estereotipo del científico antisocial también haya tenido que ver con la incorporación masiva de la mujer a la labor científica. Este hecho habría repercutido en múltiples planos, ya que la mujer de ciencia no solo es a la vez madre, esposa, ama de casa y demás perfiles, sino que también puede ser una mujer solidaria o ambiciosa, buena o mala madre, esposa fiel o infiel, etc, y lo mismo para el científico padre, esposo, y ahora también amo de casa, perfiles y características que dotan a los científicos de una profundidad psicológica real, que antes era menospreciada y ridiculizada en base al estereotipo.

En el sitio lablit.com se halla una lista de más de ciento cincuenta novelas que podrían ser incluidas en el género. Estas y otras obras en español, como las indicadas por Federico Kukso,2,7, han sido escritas por científicos interesados en la literatura o bien por escritores que se han acercado a la ciencia, aportando iniciativas para terminar con la guerra de las dos culturas4.

En entradas anteriores hemos aportado evidencia de que se aprende mejor con historias, por lo que en este blog estamos completamente de acuerdo con la necesidad tanto de un género narrativo para difundir la ciencia como de una nueva denominación. Dado que el término “divulgación científica” es correcto para obras de no ficción pero resulta poco atractivo, (e incluso añejo), para referirse al género literario; que ciencia en la ficción es demasiado parecido a ciencia ficción, y que literatura científica, utilizado por Jorge Wagensberg(8), tampoco se ha destacado; nos adherimos al nombre propuesto por Jennifer Rohn, con la esperanza de que llegue para quedarse y facilite el intercambio entre ciencia, literatura y todos sus interesados. Que vuelva, así, el científico a formar parte de la sociedad, que haya más ciencia en las historias, que se escriban y lean cada vez más obras de Lablit, literatura de laboratorio

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Para seguir leyendo:

  1. https://es.wikipedia.org/wiki/Galileo_Galilei#Obras_de_Galileo
  2. Federico Kukso. Novelas de laboratorio. Revista Ñ. Disponible en: https://www.clarin.com/rn/literatura/novelas-laboratorio-Kukso_0_BkmNX84pvQl.html
  3. https://es.wikipedia.org/wiki/Las_dos_culturas
  4. Roslynn Haynes. (2014). CIENCIA Y LITERATURA. ¿YA HA ACABADO LA GUERRA ENTRE LAS DOS CULTURAS. MÈTODE Science Studies Journal, 4.University of Valencia. DOI:10.7203/metode.82.356
  5. Jennifer Rohn. http://www.lablit.com/
  6. http://www.nytimes.com/2012/12/04/science/in-lab-lit-fiction-meets-science-of-the-real-world.html?mcubz=2
  7. Federico Kukso. Narrar la ciencia. Revista Ñ. Disponible en: https://www.clarin.com/ideas/titulo_0_ByXlCjYsPQl.html
  8. Jorge Wagensberg. Yo, lo superfluo y el error. Tusquet Editores. Colección metatemas.

Novela completa online: para aprender y debatir qué es y por qué existe el cáncer

La ciencia es más que un simple conjunto

 de conocimientos: es una manera de pensar

Carl Sagan

 

Capítulo 1

Enero, 2015

El inusual episodio en que casi pierde la vida la Dra. Mahler proyectó siempre una influencia demasiado poderosa sobre todos aquellos que de uno u otro modo estuvimos relacionados con lo ocurrido. En mi situación particular, el interés se justificaba por haberme hallado a escasos metros del sitio donde se desplomó el cuerpo laxo de la doctora. Fui como un espectador, un caminante desvelado que, por casualidad, contemplara una escena inesperada a través de una ventana. Al principio traté de desentenderme del asunto, de todo lo que escuché aquella tarde: una discusión estrepitosa, y luego portazos, gritos, corridas y sirenas. Quise, pero no pude, no logré pasar la página. Terminé cediendo ante la presión del recuerdo, no tenía manera de extinguirlo; el único modo, tal vez, residía en conocer los verdaderos motivos que derivaron en el ataque a la Dra. Mahler. ¿Por qué? ¿Por qué esa obstinación? No existe una respuesta definitiva. Por un lado, me desconcertaba el carácter irreversible del hecho consumado; pero también estaba la relevancia de las ideas en juego, hasta qué punto habían influenciado sobre los investigadores. Como sea, una vez que intuí el trasfondo que había oculto, no pude más que indagar en el corazón de los hechos. Perseveré entonces hasta conocer todos los detalles, no solo sobre la doctora y sus colegas, sino también sobre el rol desempeñado por Bruno Gastaldi, un integrante del laboratorio que tuvo una participación destacada.

Bruno ingresó al instituto poco después de que se perpetrara el ataque a la doctora. Se granjeó la confianza de muchos de los investigadores; incluso, se contactó con la mujer y el hijo adoptivo de unos de los científicos más ligados al hecho, lo que resultó vital para sus averiguaciones. A Bruno, lo conocí poco tiempo atrás, en un hospital público, donde ahora mismo estoy postrado. Aquí tuvimos nuestro primer encuentro. Él tiene una salud inexpugnable y rara vez acude a un centro de salud. Sin embargo, en aquella oportunidad se proponía visitar a un enfermo severo, un sujeto maltrecho, que apenas y cada tanto farfullaba algunas frases inconexas, un paciente que parecía desgranar sus últimos latidos, pero que, sin embargo, conocía detalles muy valiosos sobre el pasado de la Dra. Mahler. Ese paciente desaliñado, que yacía inerte en la cama contigua a la mía, demostró su valía con muy pocas palabras. En cuanto Bruno le preguntó al enfermo acerca de la Dra. Mahler comprendí que los dos estaríamos ligados por un buen tiempo. El pasado de la doctora tenía para Bruno un significado que iba más allá de la sana curiosidad. Su manera de inmiscuirse en el caso dejaba entrever su propósito real. Bruno era un joven con prestancia, graduado en biología a los veinticuatro años con aceptables calificaciones. Después de trabajar con ahínco para costearse los estudios, ahora tenía, por fin, una carrera promisoria por delante: no necesitaba comprometerla adentrándose en un terreno brumoso, un espacio absolutamente desconocido para él. Debía reservarse un motivo de peso. Fue así, entonces, como empecé a seguir los pasos de Bruno desde un comienzo, desde su primera visita al Dr. Fuentes, a quien se responsabilizaba por el ataque a la Dra. Mahler.

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Capítulo 2

Octubre, 2014

En la galería externa de la clínica donde lo mantenían recluido, el Dr. Fuentes dormitaba tumbado de mala manera en una silla mecedora. Aún llevaba el pijama sudado con el que había salido de la cama. Tenía el cabello sucio, la barba desprolija, las ojeras como un flan. Todo en su persona emanaba un aire de lánguida resignación.

A su alrededor, un centenar de internados merodeaban en circuitos erráticos que repetían una y otra vez. Las reglas del establecimiento de salud, sumado a los tratamientos soporíferos, dividían a los huéspedes en dos grupos claramente definidos: los que todavía se esforzaban con algún signo de rebeldía y los vencidos por completo. El Dr. Fuentes, cabizbajo y adormecido, parecía cómodo en el último grupo.

Bruno salió a la galería aparentando determinación. Llegó con pasos enérgicos hasta donde se hallaba el Dr. Fuentes. Acomodó con ademanes seguros una silla y tomó asiento. Comenzó refiriéndose al clima de la tarde, luego a los pájaros que silbaban en las cercanías; por último, resaltó el carácter del viento, que soplaba con ímpetu inusitado. Los comentarios de Bruno, sin embargo, no tuvieron ninguna trascendencia. El doctor estaba en otra parte. Su único propósito, si acaso podía aventurarse alguno, consistía en dejar pasar las horas como si él no estuviera allí.

Bruno desplegó entonces un periódico que había llevado. Lo hizo crujir con fuerza, como anunciando el hallazgo de una noticia sobresaliente.

Leyó en voz alta:

—Internan de urgencia a una investigadora que fue agredida en el depósito de un instituto… —Bruno espió a Fuentes por el rabillo del ojo. Luego continuó—. “La mujer no estaba sola, a su lado había otro científico, un hombre mayor que se resistía a soltarla”.

Pese a que la nota lo incriminaba, Fuentes mantuvo su hermetismo. Apenas pestañeó un par de veces, como si algo de polvillo se le hubiera metido en un ojo.

—Hay una cosa que se me escapa —insistió Bruno—, si ese hombre tuvo algo que ver, entonces, ¿por qué se quedó? ¿Por qué no huyó? Y parece que la persona tenía un golpe en la cabeza, un golpe que le había abierto una vieja cicatriz.

Desde un rincón, un empleado de seguridad contemplaba la escena. Su jornada había comenzado temprano y le costaba tolerar a los pacientes.

Bruno no se distrajo. Continuó socavando el silencio de Fuentes:

—Como le contaba, doctor, la situación del hombre es comprometida. Aún tiene que explicar lo que pasó.

—¡Suficiente! —gritó el doctor—. Suficiente. Sé quién es Usted. Recién ingresa al instituto, ¿no es cierto? Debería ocuparse de otras cosas.

—¿A qué se refiere?

—Usted tiene que investigar sobre el cáncer, ¿pero entiende, realmente, de qué se trata esa enfermedad?

—Disculpe —lo interrumpió Bruno—, hablábamos de otra cosa.

—¡Usted hablaba de otra cosa! Yo le hice una pregunta simple, se la planteo de otro  modo: ¿por qué existe el cáncer? Dígamelo.

Ante el silencio de Bruno, Fuentes continuó:

—¿Sería como una revolución dentro del cuerpo?

—Quizá.

—¿Quizá? ¿Sí o no?

—Sí. Podría serlo.

—¡Ah! ¡Menos mal! —Fuentes se incorporó con energía—. En eso estamos de acuerdo. Sin embargo, ahora le pregunto: ¿con qué fin? ¿Para qué? ¿Por qué? ¡Vamos! ¡Dígame! Cuénteme lo que piensa. ¿Quiere pensarlo? Está bien. Tómese su tiempo. Supongo, además, que algo habrá estudiado al respecto. Siga por ese camino. No deje de profundizar, de indagar, de buscar nuevas perspectivas, nuevas teorías. Se lo recomiendo, se lo pido con énfasis: no deje de preguntarse también por qué existe el cáncer, ¿o acaso lo sabe? ¡Eh! ¿Acaso lo sabe?

Fuentes estaba afectado por un cuadro de amnesia temporal. Bruno estaba al tanto. Sabía que las personas en esa condición pueden reaccionar de manera abrupta ante la mención de lo ocurrido. Trató de incorporarse. Sin embargo, el doctor le apoyó una mano sobre el hombro y lo retuvo en su lugar:

—¿Para esto vino? ¿Ni siquiera va a responderme una simple pregunta? ¡Vamos! No es compleja. Usted es licenciado, el cáncer es una enfermedad conocida. ¿Sabe las estadísticas? Veo que asiente, ¡bien! ¡Bien por usted! Menos mal…

Exhausto, Fuentes respiró hondo. Luego volvió a sentarse. Desvió la vista hacia las copas de los árboles. El viento soplaba con más fuerza. Un remolino de hojas cruzó el cielo como una bandada de palomas.

Durante décadas de trabajo intenso, el Dr. Fuentes no había hecho otra cosa que especializarse en el estudio del cáncer, una enfermedad cuyos mecanismos moleculares lo habían atrapado desde joven. Con perseverancia, Fuentes había sorteado épocas muy desfavorables para la ciencia, periodos prolongados de inestabilidad económica. Solo en contadas ocasiones se había aventurado muy tibiamente en otros campos, en otras enfermedades no menos complejas. Sin embargo, aquellos escarceos nunca habían prosperado. El doctor siempre volvía a sus raíces, a su tema de cabecera. Pero, ¿qué lo había llevado a ese último interrogante? ¿Por qué existe el cáncer? ¿Qué significaba, en el fondo, esa pregunta? Bruno optó por insistir:

—Doctor, ¿por qué no se defiende?

—Nuestro cuerpo es como una cooperativa —replicó Fuentes—, ¿me está escuchando? Es una sociedad donde cada célula cumple un rol, lleva a cabo un papel que beneficia al conjunto. En cambio, las células cancerosas se comportan de un modo más bien egoísta: se olvidan de sus obligaciones y terminan perjudicando al resto del cuerpo. Entonces ¿por qué existe el cáncer? ¿Por qué la evolución lo permite? ¿Por qué la evolución seleccionó, precisamente, un mecanismo donde el cuerpo puede ser dañado por sus propias células?

En aquel instante, dos pacientes escaparon hacia el jardín. Un enfermero salió dando órdenes. Los fugitivos se tomaron del doctor. El enfermero, sin vacilar, cargó con todos a la rastra.

Bruno se incorporó y siguió al grupo.

—En general —dijo—, el consenso afirma que el cáncer existe, en todo caso, como un sinsentido biológico. Eso asume la teoría más aceptada. ¿No es así?

—¿Acaso un sinsentido biológico puede explicar algo en biología?

—No lo sé, doctor, dígamelo usted.

Fuentes osciló la cabeza de un lado a otro.

El empleado de seguridad, ya molesto, se interpuso entre Bruno y los pacientes:

—Basta por hoy —sentenció.

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Capítulo 3

Octubre, 2014

A poco de su encuentro con el doctor, Bruno recibió una llamada de Eduardo, el hijo de Fuentes. Ambos ya se habían visto un par de veces en el instituto, en ocasiones en que Eduardo había pasado para entrevistarse con los colegas de su padre.

Fuentes y su hijo, que era adoptivo, llevaban varios años en veredas opuestas, apenas se hablaban cada tanto, con motivo de alguna ocasión familiar. Eduardo le contaría después a Bruno que, incluso, él había crecido con la férrea voluntad de diferenciarse de su padre. Esta era una actitud cuando menos llamativa, ya que Fuentes había ganado un importante prestigio a nivel nacional e internacional. Muchos de sus colegas lo consideraban como un ejemplo a seguir. Pero Eduardo, sin embargo, nunca lo había visto de ese modo. En su padre convergían varios de los rasgos que él menospreciaba; su padre era metódico, detallista, mesurado. Eduardo, por el contrario, había sido un chico holgazán y revoltoso. Al terminar el bachillerato, con magras calificaciones, se negó a estudiar una carrera universitaria. Pasó un año sabático hasta que, por una casualidad, comprendió que poseía un don innato para los negocios. A partir de entonces, y en poco tiempo, amasó una fortuna impensada, inconcebible para cualquiera de su familia. El cambio solo sirvió para aumentar la brecha que lo separaba de su padre. El corte parecía definitivo. Por lo menos, hasta el enjundioso episodio ocurrido con la Dra. Mahler. Fue entonces cuando Eduardo tomó las riendas de la situación. Súbitamente comprometido, se entrevistó con cada uno de los colegas de su padre. En una oportunidad, Bruno le había anotado su número de teléfono, ofreciéndose a colaborar en lo que estuviera a su alcance. Eduardo había ignorado el gesto, hasta ese día, cuando encontró un paper en la clínica, un artículo científico que le llamó la atención.

El encuentro tuvo lugar por la tarde, en una librería que pertenecía al hijo de Fuentes. Eduardo llegó puntual, lo que no era su costumbre. Tomaron asiento en dos sillones apartados del bullicio general.

—Apenas vi a mi padre, todavía bajo el trauma de lo ocurrido, no dejaba de advertir sobre la existencia de un paper con datos importantes. Él ahora no se acuerda de sus comentarios, pero da la casualidad que hoy, finalmente, apareció un artículo científico en su dormitorio, en la clínica. Te pido disculpas por llamarte de este modo, tan imprevisto, pero estuve dando vueltas sobre esto sin llegar a ningún lado. Creo que podría tener una relación con lo que pasó. ¿Tenés un segundo?

Sin aguardar por una respuesta, Eduardo le alcanzó el trabajo científico a Bruno:

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Mientras Bruno lo estudiaba, Eduardo esbozó sus conjeturas:

—Mirá, siempre fui pésimo en biología. Jamás le presté atención a las enseñanzas de mi padre. Sin embargo, sé que este trabajo no debería estar en la clínica. Él no pudo llevarlo. Alguien tiene que habérselo dejado allí. Por eso te llamé.

Bruno le pidió un segundo para examinar el artículo. Eduardo se reclinó en el sillón, armándose de paciencia. La Dra. Mahler había sufrido una agresión inexplicable. Fuentes fue hallado junto al cuerpo. Además, como si no bastara para comprometerlo, el cuarto estaba cerrado con llave desde dentro y carecía de ventanas.

Por fin, Bruno comentó:

—Es interesante, pero el cáncer es un tema cotidiano de tu padre, ¿no podría haber pedido que le lleven el artículo?

Un cliente se aproximó, con pasos desconfiados, al único sillón vacío entre Bruno y Eduardo. Los tres intercambiaron miradas. Finalmente, como si percibiera algo extraño en el aire, el hombre pasó de largo.

Al continuar, el hijo de Fuentes bajó un poco la voz:

—Mirá, un técnico del instituto declaró que escuchó una discusión sobre el cáncer en el cuarto donde encontraron a la doctora. Desde joven mi padre se reunía con sus colegas de trabajo y solían discutir sobre esa temática, desde distintas perspectivas; me refiero a puntos de vista que no se enseñan en la facultad. Aunque ahora mi padre sufre de amnesia, apenas ocurrió el escándalo no dejaba de mencionar la existencia de una publicación científica con datos claves. Este paper bien podría ser lo que le preocupaba. Y otro dato no menor,  dudo de que él esté en condiciones de leer algo así. No creo que lo haya pedido. Más factible sería que otra persona se la haya dejado en la clínica, ¿por qué? ¿Para qué? Lo desconozco, pero en mi situación no puedo darme el lujo de ignorar nada.

Bruno recordó los singulares comentarios de Fuentes. En el conjunto, la especulación de Eduardo cobraba cierta lógica.

El cliente que merodeaba, finalmente, fue a sentarse justo enfrente de ellos. Se cruzó de brazos y los miró por encima de unas lentes de gran aumento.

El hijo de Fuentes se incorporó, con cierta parsimonia:

—Bruno, no quiero robarte más tiempo. Te agradezco que hayas venido. Si te parece que este artículo puede decirnos algo, por favor, no dudes en llamarme.

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Capítulo 4

Enero, 2015

“Mehsen, usted es el único que no tiene prisa para marcharse de este hospital”, me dijo hoy una enfermera. La primera vez que estuve internado me escapé como un fugitivo, a escondidas por la ventana. Con el tiempo terminé por acostumbrarme. Después de todo, este lugar cuenta con sus ventajas. Aquí tuve el primer contacto con Bruno. Y fue este el sitio que me proporcionó la calma que necesitaba para iniciar esta crónica. Estuve solo y con orden estricta de guardar reposo. Así las cosas, dispuse de horas interminables de absoluta tranquilidad. Aquí apenas se escucha un poco de bullicio, en el horario de las visitas, pero basta con cerrar la puerta que da al pabellón principal.

Después de una larga siesta, encendí la computadora, dispuesto a retomar en donde había quedado. Sin embargo, en aquel momento decidí no continuar por Fuentes ni por su hijo, como tenía planeado, sino por Florencia, una compañera de Bruno del laboratorio. Acababa de reparar que ella era, después de todo, la única que conocía a cada uno de los que estuvimos involucrados en el caso. Era la conexión subyacente. Estaba justo en el centro de la escena. Todos en el laboratorio sabían que Florencia era la predilecta del Dr. Fuentes. Últimamente, con ella y con nadie más compartía el doctor sus opiniones sobre política, sus lecturas recientes o los estrenos de la cartelera del cine, del que era un gran aficionado. A su vez, cuando Florencia tenía una inquietud, la consultaba primero con Fuentes, en lugar de recurrir a su propia directora. De todos los que se habían formado en el laboratorio, Florencia era la única que estaba al corriente de que Fuentes tenía un hijo adoptivo. Y sabía varias confidencias más, merced a su carácter extrovertido y a su empatía natural, que la convertía en el canal donde se desahogaban más de una vez no solo sus compañeros, sino también su propia jefa y hasta la Dra. Mahler. De hecho, y sin ir más lejos, fue durante una catarsis inesperada de la doctora cuando Florencia conoció varios de los secretos del laboratorio, sin dudas, los más oscuros del instituto. Pero Florencia no solo tenía un trato único con todos los involucrados en el singular episodio, sino que además me conocía a mí, por haber compartido un pasado en común. Nos cruzamos en la universidad, donde nos tocó ser compañeros de comisión de química orgánica. Luego yo abandoné los estudios y no volví a verla hasta varios años más tarde, cuando conseguí un empleo en el instituto del cáncer, precisamente, dos pisos más arriba del laboratorio de Florencia. Solo estuve unos meses, pero coincidí con los días frenéticos, cuando tuvo lugar el ataque a la Dra. Mahler. Por eso, cuando me interesé en el caso, yo ya sabía que Florencia había trabajado a la par de la doctora, y conocerla desde antes era una gran ventaja para mí, porque ella tuvo un papel protagónico en los hechos.

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Capítulo 5

Octubre, 2014

Fue precisamente Florencia quien puso al tanto a Bruno de que debía dictar un seminario sobre el cáncer. Ese era un requisito forzoso para todos los ingresantes, sin excepción, ya que los obligaba a repasar sus conocimientos al inicio del doctorado.

Mientras Bruno descargaba un artículo científico de internet, en el cuarto de computadoras, Florencia le dijo desde la puerta:

—La Dra. Mahler realizó, hace un tiempo largo, una serie de experimentos semejantes a los tuyos. Los datos deben de estar en alguno de sus cuadernos. ¿Los buscamos?

Bruno asintió. Sabía que las pertenencias de la doctora estaban en el depósito, el cuarto donde la habían hallado junto a Fuentes.

Transitaron de prisa por el pasillo. El laboratorio, emplazado en el segundo piso del instituto, consistía de una serie de cuartos que daban una vuelta completa, en la forma de un simple rectángulo con un pulmón de aire en el centro. La construcción edilicia con un patio al medio evocaba un colegio antiguo, y de hecho, lo había sido. Tiempo atrás, sobre esas mismas baldosas habían formado fila miles de chicos que, de estar vivos, rondarían ahora los cien años. El pasillo daba un giro completo que conectaba los cuatro costados. Los investigadores habían dispuesto sus oficinas en el flanco norte. En el corredor oeste se ubicaba el baño, la cocina y la sala de computadoras. Al sur estaban los laboratorios, propiamente dichos, y en el último tramo, en el pasillo este, se hallaba un cuarto con animales, otro para lavar materiales y el depósito, adonde ahora se dirigían Bruno y Florencia.

El acceso al cuarto había sido restringido. Florencia revolvió en los bolsillos de su guardapolvo hasta encontrar una vetusta llave de bronce. Al abrir la puerta, un vaho cálido los golpeó en el rostro. La falta de ventilación era evidente. Florencia presionó el interruptor y una luz mortecina se expandió por el recinto. En el piso sobresalía una mancha desvaída. Ocupaba una superficie circular de medio metro de diámetro. No quedaba margen para la especulación: saltaba a la vista que allí se había desplomado el cuerpo de la doctora.

—¡Ey! —lo despabiló Florencia—. Fijate en esos cuadernos, los de ahí arriba.

Florencia señaló con el dedo índice la parte superior de una biblioteca de madera, ubicada enfrente de la puerta. Luego salió; había dejado la pava en el fuego, en la cocina.

Haciendo equilibrio sobre un viejo pupitre, Bruno comenzó a revisar las parvas de cuadernos y anotadores. Recién se detuvo al ver una notita adherida con un clip a un artículo científico:

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Antes de que Bruno analizara el papel, alguien empujó la puerta con violencia. Debajo del dintel apareció la figura solemne de Matías Bahuer, un becario postdoctoral que era dirigido por el Dr. Fuentes.

—Bajá de ahí, Bruno —Matías tomó las hojas sueltas—. ¿Y esto? ¿Dónde lo encontraste?

—En el cuarto de computadoras.

—No te hagás el imbécil. Decime la verdad.

—Ya te dije. Esas hojas estaban en el suelo. ¿Acaso conocés la teoría? ¿El cáncer puede pensarse como una resistencia?

—Depende —Matías lo estudió con aire severo.

En un descuido, Bruno pasó raudamente la vista por la mancha carmesí que estaba en el suelo. El gesto ocurrió en apenas un segundo, pero Matías lo notó.

—Puedo imaginar lo que estás pensando. ¿Querés saber qué le pasó a la doctora? ¿Acaso pensás que esto tuvo algo que ver?

Matías rompió las hojas en pedacitos, con una sonrisa algo maliciosa.

—No sé —dijo Bruno—. ¿Fue así?

—Una idea puede dañar igual que un veneno. Es cierto, pero lo que pasó quedará entre nosotros, los que conocimos a la doctora en plenitud. Ahora da igual. Y en todo caso no te incumbe. ¿O viniste al cuarto solo para eso, para hurgar en el pasado?

Bruno y Matías quedaron enfrentados, a menos de un metro de distancia. Matías estaba convencido de que los becarios nuevos debían sentir el yugo de los más antiguos. Solo así acatarían un orden de jerarquías.

—Decime —insistió Matías—, ¿viniste a indagar en lo que pasó?

Bruno tenía a su compañero tan cerca que lo empujó para sacárselo de encima.

Matías se rio de forma algo forzada.

—¿Y qué querés saber, si el Dr. Fuentes la atacó, o, más bien, qué idea tuvo que ver?

—No le prestes atención, Bruno —dijo Florencia, que volvía de la cocina.

—¿Y vos qué hacés?

—Yo lo traje a Bruno —dijo Florencia—. Estamos buscando unos experimentos que realizó la Dra. Mahler.

—¿Acá? —Matías alzó las cejas.

—Cambiá el tono —lo interpeló Bruno, perdiendo la paciencia. No era la primera vez que tenían un cortocircuito.

—¿No te gusta mi tono? ¿Recién entrás y no te gusta mi tono? —Esta vez fue Matías quien empujó a Bruno.

Florencia se puso al medio.

—¿Por qué lo defendés? —le recriminó Matías.

Bruno intentó acercarse, pero Florencia también lo contuvo:

—Vos también la cortás. Vamos todos a tomar un café.

Continuar capítulo 6

Paradoja: la ciencia muestra que se aprende mejor con historias, pero ella misma rara vez se enseña con historias

Se ha denominado neuroeducación al campo que une neurociencias y educación en el afán de conocer y caracterizar el proceso de aprendizaje con el fin de optimizar la educación.

El avance de las neurociencias ha permitido obtener información sumamente valiosa acerca de las bases neurales del aprendizaje. En particular, se ha observado que las emociones tienen un rol vital en la educación, al menos, en dos sentidos; por un lado, modulando la memoria (2), un componente clave para el aprendizaje; por el otro, despertando la atención y la curiosidad, lo que permite focalizar el interés sobre un tema particular durante un tiempo prolongado (3,4,5). Las emociones son reacciones inconscientes que la naturaleza ha evolucionado para garantizar la supervivencia (6). Por lo tanto, que favorezcan el aprendizaje tiene perfecto sentido desde un punto de vista evolutivo. Así, surge entonces el interrogante, ¿cómo involucrar las emociones si podrían ser tan importantes para el aprensizaje? La respuesta, quizá, no debería sorprender: con historias.

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Contarse historias es una actividad ancestral del ser humano. Todas las culturas orales conocidas utilizan esa técnica de forma sustancial. Es un proceso donde la imaginación permite que el oyente o lector se “transporte” hacia el contexto narrativo, involucrando zonas del cerebro relacionadas con las acciones que realizan los personajes. Y lo más importante, las historias pueden incluir una gran carga emocional, lo que precisamente se recomienda para estimular la memoria y el aprendizaje (7,8,9,10).

¿Pero, cómo ocurren estos eventos a nivel molecular?

La neurociencia avanza continuamente al respecto. Por lo pronto, existe evidencia de que los estímulos emocionales pueden provocar la liberación de norepinefrina hacia múltiples áreas cerebrales, incluyendo el hipocampo y la amígdala, dos estructuras cerebrales independientes que participan en la modulación de la memoria y que pueden actuar en conjunto, precisamente, a causa de estímulos emocionales (9,10). La noerpinefrina es capaz de influir luego sobre una proteína denominada GluR1 facilitando su incorporación en sinapsis involucradas en la formación de la memoria (10,11,12). Se han clasificado en tres a los estadios en que se procesa la memoria: codificación, consolidación y recuperación, siendo el papel de la emociones tan importante que afecta a las tres etapas (13).

Con las evidencias científicas sobre la mesa, resulta difícil oponerse a la necesidad de emplear el recurso de las emociones en el aprendizaje. Sin embargo, y de forma llamativa, la enseñanza de la ciencia misma y, en particular, la divulgación al público general, lejos están de apelar asiduamente al empleo de historias. Muchos son los motivos que están involucrados en esta paradoja, los cuales se han abordado en entradas anteriores. Resumidamente, tienen que ver con: a) que el lenguaje técnico, preciso y monótono de la ciencia resulta sumamente incompatible con el de una obra literaria, b) que la literatura, como forma de arte, requiere de cierta distorsión de la realidad, un hecho que se contrapone notoriamente con la ciencia, ya que los científicos no deben jamás distorsionar lo que observan, c) que el objeto de interés de la literatura es lo privado, lo que importan son las emociones y los puntos de vista subjetivos; en cambio, para la ciencia, el objeto de interés es público y debe ser abordado desde un punto de vista objetivo, y d) que la profundidad y la cantidad de información que puede incluirse en una trama literaria es limitada.

De esta lista, no exhaustiva, tal vez la restricción más importante tenga que ver justamente con las emociones. La ciencia debe prescindir de todo componente subjetivo a la hora del análisis y la comunicación entre pares. Esto es así y está muy bien. Pero a la hora de la comunicación al público general, ¿puede existir mayor libertad?

En este blog pensamos que sí. De hecho, en el camino hacia la generación de hipótesis lo más importante es la imaginación, la cual sería, en definitiva, un punto en común clave entre ambos tipos de actividades, científica y literaria. Además, una vez que los conocimientos han sido validados con rigurosidad científica, la divulgación se encuentra en libertad de apelar a todos los recursos narrativos disponibles, en tanto y en cuanto no se tergiverse el contenido científico.

Razón y emoción han sido consideradas fuerzas opuestas durante muchísimo tiempo. Ahora las ciencia revela que, en realidad, están íntimamente ligadas, al punto de demostrar que las emociones son inseparables del aprendizaje. En este marco, cabe preguntarse si no debería aumentar el empleo de historias en la enseñanza, y, por qué no, en la divulgación de la ciencia al público en general.

El tiempo dirá.

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Para seguir leyendo

1.Kieran, E. (1989). Memory, Imagination, and Learning: Connected by the Story. Phi Delta Kappan, v70 n6 p455-59.

2) Erk, S., Kiefer, M., Grothe, J., Wunderlich, A. P., Spitzer, M., Walter, H. (2003). Emotional context modulates subsequent memory effect. Neuroimage;18(2):439-47.

3) Carol A. Lyons. (1999). Emotions, Cognition, and Becoming a Reader: A Message to Teachers of Struggling Learners. Literacy Teaching and Learning, Volume 4, Number 1, page 67

4) Fundación CADAH. Disponible en:

http://www.fundacioncadah.org/web/articulo/la-importancia-de-las-emociones-en-el-aprendizaje-y-su-relacion-con-el-tdah.html

5) Daisy Yuhas. Curiosity Prepares the Brain for Better Learning Neuroimaging reveals how the brain’s reward and memory pathways prime inquiring minds for knowledge.  Scientific american.

Disponible en: https://www.scientificamerican.com/article/curiosity-prepares-the-brain-for-better-learning/

6) Jesús C. Guillén. Las emociones. Disponible en:

https://escuelaconcerebro.wordpress.com/2012/12/27/neuroeducacion-estrategias-basadas-en-el-funcionamiento-del-cerebro/

7. Schultz, W. 2015. NEURONAL REWARD AND DECISION SIGNALS: FROM THEORIES TO DATA. Physiol Rev 95: 853–951.

8. Paul J. Zak. How Stories Change the Brain. Disponible en:

http://greatergood.berkeley.edu/article/item/how_stories_change_brain

9. Phelps, E. A. Human emotion and memory: interactions of the amígdala and hippocampal complex. Current Opinion in Neurobiology 2004, 14:198–202.

10. Medina J. The biology of memory extinction. Psychiatr Times. 2005;22(2):23-25.

11. Slipczuk, L., Bekinschtein, P. Katche,1C., Cammarota,M., Izquierdo, I., and H. Medina, J. H. (2009) BDNF Activates mTOR to Regulate GluR1 Expression Required for Memory Formation. PLoS ONE. 2009; 4(6): e6007.

12. Aanderson, D.J., Good, M.A., Seeburg, P.H., Sprengel, R., Rawlins, J.N., Bannerman, D.M. The role of the GluR-A (GluR1) AMPA receptor subunit in learning and memory. Prog Brain Res. 2008;169:159-78.

13. Brosch T., Scherer, K. R., Grandjean, D., Sander, D. (2013). The impact of emotion on perception, attention, memory, and decision-making. Swiss Med Wkly. 2013;143:w13786

5 motivos para conocer el universo de Ernesto Sábato

Ernesto Sábato nació en 1911 en Rojas y se convirtió, con los años, en una figura fundamental de la Argentina del siglo XX. Su espíritu universal y su carácter comprometido lo llevó a interesarse en áreas tan diversas como la ciencia, la política y el arte, pero no desde una perspectiva acotada a su crecimiento individual, como ocurre muchas veces, sino como distintas formas de aproximarse a un fin mucho más elevado, su verdadera obsesión, que siempre giraba alrededor de la comprensión del sentido de la existencia, la condición humana y la injusticia asociada a las enormes desigualdades sociales.

En este artículo se presentan, resumidamente, 5 abordajes que muestran cómo Sábato era capaz de confluir en las temáticas que los desvelaban partiendo, incluso, desde enfoques muy dispares.

1- La comprensión de la ciencia y su rol para la humanidad

Sábato se recibió de Dr. En Ciencias Físicas en 1937 y recibió una beca para trabajar en radiaciones atómicas en el prestigioso laboratorio Curie de París. Luego fue transferido, en 1939, al Instituto Tecnológico de Massachusetts y poco tiempo después regresó a la Argentina. Como puede apreciarse, el inicio de su labor científica coincidió con la segunda guerra mundial, hecho que afectó severamente su concepción de la ciencia. En sus palabras:

La especialización, en buena medida consecuencia del desarrollo técnico de una civilización escisora, es más que una virtud un infortunio para el hombre, aunque haya servido para aumentar nuestro poderío físico. ¿Pues quién ha dicho que es el poder físico la meta más alta del hombre?”

Ernesto Sábato, Apologías y Rechazos

Ciencia y máquina fueron alejándose hacia un olimpo matemático, dejando solo y desamparado al hombre que les había dado existencia. Triángulos y acero, logaritmos y electricidad, sinusoides y energía atómica, unidos a las formas más misteriosas del poder financiero o estatal, constituyeron finalmente la Gran Maquinaria, de la que los hombres en los países más avanzados acabaron por ser oscuras e impotentes piezas. El hombre-masa, ese extraño ser todavía con aspecto humano, con ojos y llanto, pero ya caído en el universo de las cosas”.

Ernesto Sábato, Apologías y Rechazos

Pese a que Sábato temía lo que pudiera hacerse con la ciencia en una sociedad despojada de valores morales, también valoraba enormemente ciertas cualidades que se desprenden de la actividad científica:

La ciencia estricta es una escuela de modestia, de valor intelectual y de tolerancia: muestra que el pensamiento es un proceso, que no hay gran hombre que no se haya equivocado en cierta proporción, que no hay dogma que implacablemente no se haya desmoronado ante el embate de los hechos nuevos. Por eso es necesario enseñar la ciencia a todo el mundo; y no solamente la ciencia, sino la historia de la ciencia

Ernesto Sábato, Uno y el universo.

 

2- Su interés por la política y el compromiso social

Pese a reconocerse como un joven tímido, Ernesto Sábato no dejó que esta característica restringiera su voluntad ni sus pasiones. Fue Secretario General de la Federación Juvenil Comunista, valoraba el anarquismo ideal y criticó de forma manifiesta al peronismo. Su relación con las dictaduras argentinas fue compleja: si bien no se opuso a algunos levantamientos, ejerció un papel crítico como presidente de la CONADEP, (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas), que tuvo la tarea de investigar el destino de miles de argentinos que desaparecieron y sufrieron torturas como consecuencia del terrorismo de estado que realizó el último gobierno de facto, el más sangriento de la historia argentina.

Todas las naciones civilizadas, incluyendo la nuestra propia, estatuyeron en sus constituciones garantías que jamás pueden suspenderse, ni aun en los más catastróficos estados de emergencia: el derecho a la vida, el derecho a la integridad personal, el derecho a proceso; el derecho a no sufrir condiciones inhumanas de detención, negación de la justicia o ejecución sumaria. De la enorme documentación recogida por nosotros se infiere que los derechos humanos fueron violados en forma orgánica y estatal por la represión de las Fuerzas Armadas. Y no violados de manera esporádica sino sistemática, de manera siempre la misma, con similares secuestros e idénticos tormentos en toda la extensión del territorio”

Prólogo “Nunca Más”

Disponible en: http://www.dhnet.org.br/direitos/mercosul/a_pdf/nunca_mas_argentino.pdf

En este triste examen de fines y medios llegamos a la conclusión de que hay algo seguro de lo que no podemos dudar: los medios no pueden ser perversos, y es trágicamente ilusorio perseguir grandes fines con medios innobles”.

Ernesto Sábato, Apologías y rechazos.

3- El valor de la educación

Ernesto Sábato consideraba la educación como un requisito prácticamente insalvable para lograr un futuro más promisorio. Valoraba el rol de los maestros, reconociendo la enorme importancia que tuvieron para él. Además, Sábato destacaba el valor de los libros no solo en cuanto a su contenido educativo, sino también como puente hacia los grandes misterios de la existencia.

 

No sé qué profesores tenía Galileo en el momento en que se le ocurrió subir a la torre para tirar abajo dos piedras y a la vez la teoría de Aristóteles; si eran malos, se habrán irritado por aquel crimen; si eran maestros de verdad, se habrán alegrado de aquella sagrada rebelión”.

Ernesto Sábato, Apologías y rechazos.

 

Yo también he leído de chico, y fueron los libros quienes me ayudaron a comprender y a querer la grandeza de la vida. Quienes sembraron en mi alma lo que luego los años pudieron expandir. Leía cuanto llegaba a aquellas bibliotecas de barrio, donde primero a través de libros de aventuras, y luego, porque un libro lleva, inexorablemente, a otro libro, a través de los más grandes de todos los tiempos, esos que nos entregan los abismos del corazón humano, y la belleza y el sentido de la existencia”.

Ernesto Sábato, (1)”

4- Su vínculo con la literatura

En medio de la segunda guerra mundial y sintiéndose vacío en cuanto a su labor científica, Ernesto Sábato decidió abandonar la ciencia para volcarse de lleno a la literatura.

Recluido en el pueblo de Pantanillo, en la provincia de Córdoba, en un rancho sin agua ni luz, comienza un periodo en donde se vuelca a las letras como forma de expresión y catarsis.

 “A veces creo que nada tiene sentido. En un planeta minúsculo, que corre hacia la nada desde millones de años, nacemos en medio de dolores, crecemos, luchamos, nos enfermamos, sufrimos, hacemos sufrir, gritamos, morimos, mueren, y otros están naciendo para volver a empezar la comedia inútil. ¿Sería eso, verdaderamente? ¿Toda nuestra vida sería una serie de gritos anónimos en un desierto de astros indiferentes?”

Ernesto Sábato, El Túnel.

Después me ponía a cavilar sobre el sentido general de la existencia, y a pensar sobre nuestras propias inundaciones y terremotos. Así fui elaborando una serie de teorías, pues la idea de que estuviéramos gobernados por un Dios omnipotente, omnisciente y bondadoso me parecía tan contradictoria que ni siquiera creía que se pudiese tomar en serio. Al llegar a la época de la banda de asaltantes había elaborado ya las siguientes posibilidades:

1.° Dios no existe.

2.° Dios existe y es un canalla.

3.° Dios existe, pero a veces duerme: sus pesadillas son nuestra existencia.

4.° Dios existe, pero tiene accesos de locura: esos accesos son nuestra existencia.

5.° Dios no es omnipresente, no puede estar en todas partes. A veces está ausente ¿en otros mundos? ¿En otras cosas?

6.° Dios es un pobre diablo, con un problema demasiado complicado para sus fuerzas. Lucha con la materia como un artista con su obra. Algunas veces, en algún momento logra ser Goya, pero generalmente es un desastre.

7.° Dios fue derrotado antes de la Historia por el Príncipe de las Tinieblas. Y derrotado, convertido en presunto diablo, es doblemente desprestigiado, puesto que se le atribuye este universo calamitoso. Yo no he inventado todas estas posibilidades, aunque por aquel entonces así lo creía; más tarde, verifiqué que algunas habían constituido tenaces convicciones de los hombres, sobre todo la hipótesis del Demonio triunfante”.

Ernesto Sábato, Sobre héroes y tumbas.

Su obra literaria, compuesta por tres novelas, “El túnel”, “Sobre héroes y tumbas” y “Abaddón, el exterminador”, sumado a sus numerosos ensayos, le valieron el premio Cervantes en 1984, siendo el segundo argentino en obtener dicho reconocimiento, después de Jorge Luis Borges.

5- Su visión del mundo y sus pasiones

Dice Sábato refiriéndose a las biografías:

De una manera o de otra, todo cuadro es un autorretrato y toda obra literaria una autobiografía. Pero hay una forma especialmente peligrosa de escribir autobiografías: escribir biografías ajenas; porque podemos atribuir al héroe retratado las pasiones y la inteligencia del autor” (Uno y el universo).

Pues bien, esto es precisamente lo que sucede en las biografías elaboradas por él, a partir de las cuales es posible inferir claramente sus propias pasiones.

A continuación, un ejemplo tomado de su biografía de Hemingway:

Su obra es un recurso insoslayable para comprender el mundo en el que vivió, y la fe inquebrantable en los hombres que, aunque solitariamente, tienen valor para resistir y seguir luchando. Siempre he admirado la pasión de este hombre que presenció un tiempo trágico y desolador, de matanzas inútiles, pero con la grandeza para valorar la comunión entre los camaradas derrotados, ese absoluto por el que vale la pena la vida”.

Este párrafo escrito por Sábato sobre la vida de Hemingway, bien podría aplicarse a él mismo.

Sábato vivió 99 años instando a resistir y a seguir luchando por un mundo mejor. Como pocos, supo abordar los dilemas de la condición humana con profundidad y desde diferentes perspectivas. Su fuerza jamás flaqueó, la mantuvo durante un siglo, en el que su reconocido pesimismo no lo volvía frágil, sino que, por el contrario, le permitía intuir un sentido de la vida y de la grandeza humana en todo pequeño gesto solidario o de resistencia, así como en la apreciación de la belleza que el ser humano es capaz de crear en el marco de un mundo tan bárbaro y ambiguo.


Para seguir leyendo:

1) Discurso pronunciado por el autor durante la presentación del Plan Nacional de Lectura (Buenos Aires, Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología, 18 de mayo de 2004). Texto difundido por Prensa y Comunicación del Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología.

Disponible en: http://www.imaginaria.com.ar/12/9/sabato.htm

Prólogo “Nunca Más”. Disponible en: http://www.dhnet.org.br/direitos/mercosul/a_pdf/nunca_mas_argentino.pdf

Ernesto Sábato, Uno y el universo, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1980.

Ernesto Sábato, Apologías y rechazos, Editorial Seix Barral, Biblioteca breve, España, 1980.

Ernesto Sábato, Sobre héroes y tumbas, Editorial Seix Barral Biblioteca breve, España, 1981.

Ernesto Sábato, El túnel, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1977

Ernesto Sábato, Cuentos que me apasionaron 2, Planeta, Buenos Aires, 2002.

Foto de portada de:

http://www.desarrollosocial.gob.ar/efemerides/aniversario-del-nacimiento-de-ernesto-sabato/

 

Divulgación científica difusa y hasta inadvertida, ¿o hay otro modo de entrelazar ciencia y literatura?

El oficio -en el arte-, consiste en que no se lo advierta.

Ernesto Sábato

 

La ciencia es más que un conjunto de conocimientos,

es una manera de pensar,

Carl Sagan

 

 

Según la definición de Wikipedia, “La divulgación científica es el conjunto de actividades que interpretan y hacen accesible el conocimiento científico, es decir, todas aquellas labores que llevan el conocimiento científico a las personas interesadas en entender o informarse sobre ese tipo de conocimiento”. Quienes dedican tiempo a esta tarea lo hacen porque consideran que el conocimiento es fundamental para una sociedad y que, por ende, mientras más individuos se interesen por la ciencia, más conocimiento adquirirá esa sociedad.

Aunque existen diferentes medios para acercar información científica a los potenciales interesados, este blog se centra, fundamentalmente, en el medio escrito. Existe una variedad de recursos, todos valiosos, que van desde portales de noticias en internet, pasando por libros de divulgación, hasta obras de neta ficción literaria.

Las revistas y portales de noticias constituyen un medio de inapreciable valor en cuanto a su magnitud y constancia. Este formato emplea el recurso de lo novedoso para captar a sus lectores, a quienes logran retener con un lenguaje simple y comprensible. Existe un público importante para este tipo de divulgación, el cual normalmente ya se halla interesado en la ciencia. El mismo tipo de lector es el destinatario de los ensayos de divulgación científica. En estos casos, no es el formato de noticia lo que ayuda a mantener la atención del interesado sino otro recurso, como, por ejemplo, el uso del humor. En otras ocasiones, en cambio, lo que retiene al lector es el excelente manejo del lenguaje. “Se lee como una novela”, suele decirse de estos libros, donde los autores se acercan a la literatura en base a un eximio manejo del lenguaje.

Sin embargo, si bien el entramado armónico de frases y la musicalidad de las palabras le imprimen un tono literario a muchos ensayos de divulgación, ese buen manejo termina marcando el límite del recurso. Los ensayos jamás se adentran en el mar de posibilidades de las obras de ficción, de la literatura, donde la imaginación reina y, por ende, la rigurosidad científica parece correr peligro de naufragar en todo momento.

En una entrada previa se han resaltado tres dificultades que pueden hallarse al intentar entrelazar ciencia y literatura. Aquí se agrega una más, porque a la hora de narrar ciencia en términos literarios suele ocurrir que la información deba vertirse a cuentagotas y de una manera difusa, un hecho imprescindible para mantener el tono literario. Este requisito se opone no solo al lenguaje científico, escueto y técnico, sino también a la divulgación tradicional, llevada a cabo en el formato de noticias y de ensayos, donde la información se comunica de manera precisa y ordenada.

Así y todo, han ocurrido no pocas excepciones: Carl Djerazzi, por ejemplo, escribió cuatro novelas intentando sentar las bases de un género literario al que denominó “ciencia en ficción”. Se trata de libros que abordan temas científicos y donde el fin de divulgación de los textos es evidente. En la obra “El quinteto de Cambridge”, el autor anuncia de antemano que va a recurrir a la ficción para ejemplificar un supuesto encuentro entre varios científicos notables. En estos casos, sin embargo, el lector sabe qué se halla ante una obra de divulgación y el público lector seguramente sea muy similar al de los ensayos y las noticias sobre ciencia.

Por el contrario, existen otros libros con un gran potencial, cuya pertenencia al género de divulgación científica es indefinido. Oliver Sacks, por ejemplo, documentó las patologías de sus pacientes en la forma de relatos, con descripciones profundas desde el punto de vista científico, y a la vez con una calidad narrativa propia de la mejor literatura. En El nombre de la rosa, Umberto Eco incluyó miradas científicas a lo largo de la trama. Irving Stone, en “El origen”, la biografía novelada de Darwin, permite adentrarse en los razonamientos del científico que cambió radicalmente la visión de la historia evolutiva del Hombre. En Hormonautas, Paz Monserrat Revillo desgrana historias de un modo que permite al lector apreciar la mirada científica de la autora. Guillermo Martínez, en Crímenes imperceptibles incluye explicaciones sobre series matemáticas como contenido fundamental para sostener una trama policial. ¿Es válido considerar a estas obras como parte de la divulgación científica?

Para responder tal interrogante, resulta de interés traer a colación una conocida frase de Carl Sagan, quien resaltó: “la ciencia es más que un simple conjunto de conocimientos, es una manera de pensar”. De este modo, al valorarse el pensamiento científico, y no solo los conocimientos enumerados, resulta difícil negar que Sacks, por ejemplo, no haya realizado un aporte a la divulgación al narrar sus historias clínicas en la forma difusa de un relato, pero ateniéndose a la observación rigurosa que exige la ciencia. Y lo mismo debería ser válido para muchos textos con estas características, donde quizá no se vuelque una cantidad enorme de información, pero se incluyen conocimientos obtenidos a través del método científico, y, sobre todo, la manera en que debe abordarse la realidad desde la ciencia. De modo que, para quienes estén de acuerdo con esta visión, y me incluyo en dicho grupo, estos textos deberían incluirse dentro de la divulgación científica, incluso si no fue el objetivo primordial del autor. Para que ciencia y literatura coexistan son necesarias ambas partes y cualquiera de ellas puede tener más preponderancia, a veces una, a veces la otra; lo relevante es que se derribe el muro que las separa, ya que la literatura constituye un terreno enorme donde un público previamente no interesado puede descubrir un interés por la ciencia; y esto es lo que realmente debe importar para realizar divulgación: el afán de vivir en una sociedad que aprecie, valore y se sienta incluido dentro la ciencia. Y aunque prácticamente no se note que se trata de divulgación científica, tal vez sea mejor así, que los conocimientos y la perspectiva de la ciencia se incorporen de manera difusa a la literatura, ya que, adaptando la definición de Sábato, la divulgación científica -en el terreno del arte-, tal vez sea mejor que no se la advierta.