Irrepetible, un dato para empezar

 

Las constelaciones eran pacientes y se sometían impertérritas a su análisis. Sin embargo, el infinito seguía escabulléndose de sus ecuaciones. Lo inconmensurable no podía ser plasmado en números.

¿Cuánto tiempo llevaba encerrado en su habitación? Nadie lo había interrumpido durante los últimos días, ¿o serían ya meses? No estaba seguro. Había declinado todas las invitaciones. Ya nadie le insistía para que abandonara, al menos por unas horas, el escritorio que había improvisado en su casa. Para sus actividades le bastaba con ese espacio reducido, donde apenas si lograba estirar las piernas. Allí, mientras su cuerpo permanecía en reposo, su mente vagaba por el espacio ilimitado de los números, que anotaba y corregía una y otra vez.

Exhausto y ya de madrugada, abandonó el escritorio y deambuló nerviosamente por la casa. Se detuvo asombrado ante su imagen en un espejo. La barba raleada, los cabellos en completo desorden. En la proyección que le devolvía el vidrio se notó más avejentado de lo que imaginaba. Salió al jardín a reflexionar bajo el rumor de la noche. Todo tomaba un cariz diferente al amparo de las constelaciones. Tantos días transcurridos en silencio. Ninguna compañía, ni un solo amigo con quien intercambiar ideas. Ni una sola mujer con la cual proyectar su vida.

De pronto, pensó en Matilde, le pareció distinguir su rostro angustiado observándolo desde algún lugar de su memoria. Esa tristeza sustancial, la consciencia de quién comprende que se ha embarcado en un emprendimiento poco menos que imposible. Matilde. La única mujer que lo había querido pese a sus obsesiones, a sus extravagancias, a sus manías. Y él la había perdido, lentamente, absorbido por las ecuaciones y los números, concentrado en ideas y proyectos, hipótesis y deducciones. Todo logro equivale a una pérdida —se justificaba—. Consumía su tiempo tan de prisa, que lo opuesto también era cierto, el tiempo lo consumía a él. Y, sin embargo, qué satisfacción lo embargaba cuando los números iban aproximándose a un resultado, cuando las ideas afloraban entre las grietas de su inconsciente, cuando las neuronas vibraban como electrificadas. Esos momentos eran magnéticos, demasiado poderosos. El ritmo cardíaco se le iba de las manos en cuanto vislumbraba un desenlace inminente.

Sin embargo, si se hubiera sosegado durante esos ataques; si hubiera sido medianamente racional en su dedicación, si hubiera aceptado la existencia de otros intereses y emociones, entonces, quizá Matilde estuviera aún con él, contemplando la bóveda infinita de esa noche tan plena de soledad como carente de certezas.

Su hermano lo visitó de imprevisto un día por la mañana. Llegaba jadeando, había oído que Matilde iba a quedarse una semana en la ciudad. Era una oportunidad única, una oportunidad que no podía desperdiciar. ¿Hasta cuando iba a continuar con esa actitud antisocial? ¿Hasta cuándo iba tratar de plasmar todo en números? Las relaciones personales se construían en un espacio ambiguo, no sobre fórmulas, ya debía saberlo.

Él lo sabía, por supuesto, pero no podía prescindir de la seguridad de los números. Sintió una puntada en el estómago. Sus nervios estaban demasiado tensos. ¿Qué contarle a su hermano? El dolor no cedía, intentó relajarse y despejar su mente, súbitamente atormentada. Trató de explicarle los avances que estaba logrando. Las repercusiones que podían tener. En poco tiempo se dio cuenta de que no tenía sentido. Era inútil, su hermano no quería entender, se encerraba en su escepticismo. En vez de concentrarse en sus explicaciones le advertía de su imagen descuidada, de su nueva manía de frotarse la espalda continuamente. Le instaba a recapacitar, a no dilapidar esa última oportunidad.

Su hermano se marchó dejándolo sumido en un desconcierto abismal. Debía tomar una decisión con urgencia. ¿Pero cuál? No estaba para encrucijadas, pensó. ¿Cómo pueden tomarse decisiones sin una mínima certeza, ¿y que podía comprender de su relación con Matilde? ¿Por qué razón ella lo había elegido? ¿Qué intricada suma de factores, en definitiva, lo habían puesto a él, justo a él, en ese sitio privilegiado en el tiempo y en el espacio? Él estaba habituado a lidiar con el infinito, pero siempre con números de por medio, con una base sobre la cual apoyarse. En cambio, con tantas variables desconocidas se sentía absolutamente desamparado. Pido muy poco, decía, solo una certeza, aunque fuera una sola, como un axioma, algo sobre lo que fuera posible asentarse y construir. Sin una mínima certeza a mano, se bloqueaba, como si de una fobia se tratara, y se veía obligado a postergar todo compromiso; o bien, se escondía, literalmente.

Los días pasaron sin que lograra concentrarse demasiado; en consecuencia, vivía de mal humor. Seré un viejo gruñón —se reprochaba—, pero no conseguía cambiar su estado de ánimo. Con cualquier ruido le parecía escuchar golpes en la puerta. Pensaba en Matilde y en el tiempo que restaba para su partida. Tal vez entonces conseguiría la paz que necesitaba para avanzar con sus ecuaciones. Había adquirido la manía de hablar solo. De a ratos arrojaba todo tipo de objetos contra la pared. Bajó las persianas y corrió las cortinas para darse fuerzas y resistir dentro de su casa. El aire estaba viciado y lo hacía toser. Le dolía la garganta, áspera y seca. Tenía los nervios crispados, sentía una comezón insistente en la espalda y no podía dejar de rascarse.

De pronto oyó golpes con claridad. El cuerpo dejó de responderle. El estómago se le endureció como una piedra. Por fin, con gran esfuerzo, se aproximó a una ventana. Desde allí podía ver quién llamaba, sin ser visto. Sólo debía espiar a través de las ranuras de las persianas. Los golpes se escucharon con insistencia por segunda vez. Juntó fuerzas y observó. Era Matilde. La vio de espaldas y se le hizo un nudo en la garganta. Si hubiera visto su expresión convulsionada, quizá hubiera actuado de otro modo. Pero desde su lugar apenas podía observar cómo se cubría el rostro con las manos. En su mente abría la puerta, Matilde se giraba, él avanzaba con determinación, con los brazos extendidos, pero, en la realidad, su cuerpo seguía inerte, petrificado.

Permaneció durante horas al lado de la ventana, sin atreverse a mirar. Terminó por quedarse dormido. Al despertar reparó en que aún continuaba en el mismo sitio. Espió furtivamente. Matilde ya no estaba. Un dolor punzante lo obligó a dirigirse a la cocina. Comió dos tiras de pan rancio y se lavó la cara. Con esfuerzo se dirigió al escritorio y retomó sus ecuaciones en donde las había dejado. Pero no, no había manera, estaba completamente desenfocado. Tomó un almohadón y se estiró en el suelo. Ya estaba acostumbrado a recostarse en cualquier parte. Se durmió profundamente. Soñó con Matilde, una vez más. Pero esta vez había algo diferente, ella le indicaba algo sobre una ecuación. ¿Cómo podía ser? Matilde carecía de formación académica. Y, sin embargo, él asentía, le daba la razón. Comenzó a transpirar, ¿qué le indicaba? Se despertó sobresaltado, bañado en sudor. Matilde le había mostrado algo real, algo concreto que podía inferirse de una ecuación enormemente intrincada y cuyos factores eran absolutamente desconocidos. ¡Claro!, se dijo, existen demasiadas variables, razonó, y todo el peso de la historia, se convenció por fin. Sin darle más vueltas, atemorizado de que fuera demasiado tarde, se abalanzó hacia la salida, quitó la llave, abrió la puerta y trató de correr, pero solo realizó dos pasos antes de trastabillar y caer al piso. Ya en el suelo descubrió que había caído sobre Matilde, que dormía  acurrucada en los escalones de la entrada. Ella nunca se había marchado. Había estado allí todo ese tiempo. La miró embelesado mientras despertaba, con una sonrisa serena, con una tranquilidad que revelaba cuánta seguridad había tenido para quedarse.

Él le devolvió la sonrisa tomando asiento a su lado. Permanecieron así, en silencio, sin necesidad de explicaciones, ella tenía la suya, sin ningún número de por medio; él, por fin, había encontrado una razón, una certeza, había comprendido que una ecuación podía decir mucho aún sin estar resuelta, y que incluso cuando sus factores fueran infinitos y desconocidos; así y todo podían transmitir un conocimiento, algo vital, como en su caso: que la combinación de los factores que lo habían puesto allí era irrepetible. Solo eso, un mínimo dato. Pero este dato para él operaba de otra forma, lo ubicaba en otro lugar, era una certeza prodigiosa, tan simple como un primer axioma, algo que representaba el punto apoyo que le faltaba para establecer vínculos, porque, al fin y al cabo, estaba perfectamente habituado a manejarse así, partiendo de datos mínimos hacia la búsqueda de conocimientos parciales, en el marco de un universo inconmensurable y desconocido.

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La rubia de los tacos aguja

La tarde en que traté de impresionar a Claudia Lopetegui, con un discurso sobre lo simple y lo complejo, fue justo la ocasión que eligió Arnaldo Amuchástegui para revelarnos que había perdido la cabeza por ella, por nuestra compañera de la facultad. No podía haber sido un momento más desafortunado, sobre todo, en vista de lo que ocurriría después. En cuanto Arnaldo se fue, uno de los presentes vaticinó: cero de posibilidad, así de simple. Otro acotó: el conjunto vacío, refiriéndose al espacio donde Claudia tal vez pudiera darle una oportunidad. Alguien propuso entonces apostar, pero no, no hubo caso, todos íbamos por la variante del fracaso rotundo.

Claudia Lopetegui, la rubia de los tacos aguja, como solíamos llamarle, habitaba la mente de más de uno de mis compañeros de comisión. Esos tacos iban y venían, de oreja a oreja sin dejarnos pensar en otra cosa, excepto en quitarle los tacos, por supuesto, y todo lo que más pudiéramos. Pero salvo alguna excepción, como la tarde del discurso inoportuno, rara vez osábamos a acercarnos a ella, más bien la contemplábamos a la distancia, con sus aires de realeza, con su prestancia empalagosa, la de quien está perfectamente al corriente de lo que genera a su alrededor. Casi todos, secretamente, urdimos planes insensatos para abordarla. Casi todos, es cierto, pero nadie tuvo el valor, excepto Arnaldo Amuchástegui, el más callado de todos, que terminó siendo, en definitiva, el único inconsciente que se aventuró a la tarea de conquistarla.

Los espectadores nos pusimos entonces en alerta. Nada como la noticia de un cortejo desbalanceado para atraer el morbo y el regodeo de toda la comisión. Y así, entre las clases teóricas y de trabajos prácticos, entre pupitres desvencijados, columnas de hormigón y pizarras repletas de fórmulas, entre matraces, cristales y vasos de precipitado; entre burbujas, pipetas y emulsiones, fuimos siendo testigos de cada insinuación. A cada lance le seguía su correspondiente evasiva; a cada movimiento, su anunciado rechazo. La matemática es simple, las probabilidades no fallan, decíamos. Porque si hay algo de lo que estábamos convencidos, incluso sus propios amigos, era de que no tenía chance de lograr su cometido… Pero Arnaldo no se dejó desmoralizar, por más funestas que hubieran sido nuestras predicciones. Nuestro compañero, abruptamente envalentonado, no dejó estrategia por ensayar. Todo lo probó, haciendo oídos sordos a nuestros consejos, que lo encomiábamos a actuar con cierta racionalidad, medianamente acorde a la carrera que cursábamos. ¿A dónde iba a llegar sino al ridículo? ¿Cuándo iba a detenerse?

Había transcurrido ni mucho ni poco desde este vendaval de insinuaciones, cuando Claudia Lopetegui se apersonó en mi domicilio. Con la excusa de un trabajo práctico pendiente, se dio cita sin más aviso que sus tacos, que escuché con anticipación apenas pisó la esquina. La recibí desconcertado. No pidió permiso y pasó a mi dormitorio. No quería testigos, y menos alguno de los inquilinos de mirada maliciosa con quienes comparto el alquiler. Dejó su chaqueta roja y su cartera con flecos, también roja, sobre una pila de fotocopias de libros de estudio. Patee de prisa un calzoncillo debajo de la cama y me acomodé cubriendo las heridas abiertas de mi viejo acolchado, un cubrecama ajedrezado y desteñido. Claudia caminó hacia un rincón y me dio la espalda. A través de la ventana sin cortinas, su vista se perdió entre la maraña de cables y chucherías oxidadas en el techo del vecino.

¿Cómo me ves?, me preguntó. Como alguien que siempre se sale con la suya, pensé, sin decirlo. Todos sabíamos que Claudia no sólo era bonita, también era el mejor promedio de la comisión. Era un ser destinado a cumplir con sus metas, concluí en silencio, un silencio que gritaba que, ignominiosamente, esta vez algo se había interpuesto en su camino. Si no, ¿por qué su presencia en mí cuarto? Dicha incidencia solo podía justificarse si algo había interferido, precisamente, entre la realidad y la imagen que ella tenía de sí misma.

Sopesé un abanico de posibilidades, de las más factibles a las más incongruentes, considerándose que se trataba de una mujer enérgica, inteligente y extrovertida. Evalué todas las alternativas, todas, menos la que terminó siendo, la única que a priori no podía ser: había perdido la cabeza por Arnaldo Amuchástegui. ¿Cómo? Ella no lograba explicárselo. Yo menos.

—¿Y ahora qué? —Me preguntó, girándose de golpe—. No me atiende el teléfono y mirá cómo me pongo. ¿Quién puede estudiar en este estado?  Mi vida es un caos, me he convertido en un manojo de fibras que ya no son capaces de estudiar, de dormir, de reír, de convencerse de nada.

—Tranquila —atiné a opinar—. No tenés de qué preocuparte. Siendo así, realmente es muy simple, contás con el 100% de las probabilidades a tu favor. Solo tenés que decirle que sí.

—Tenés razón, —me dijo, respirando hondo—, Arnaldo y yo somos dos polos opuestos. Por eso la atracción. Tenemos que terminar juntos. La ecuación es simple, ¿no es cierto?

Sonó el teléfono y me escabullí hacia el baño. Era Arnaldo que quería un libro de análisis matemático. Estaba estudiando para el examen de la próxima semana. ¿Qué hacer? ¿Revelarle su éxito inesperado? ¿No decirle la novedad y dejarlo estudiar? Por un instante me sentí dueño de un poder supremo. Dueño del secreto más codiciado de nuestro pequeño rincón del universo.

Sin embargo, prioricé la amistad. Revelé mi secreto y luego volví, devastado, a terminar la conversación con Claudia Lopetegui, la rubia de los tacos aguja. Apenas me vio rompió en llanto, era evidente que el teléfono de Arnaldo funcionaba perfectamente: él, adrede, no había atendido su llamada. Ella ya se imaginaba lo que había pasado. Me miró de tal modo que me dejó sin argumentos. Era inútil buscar explicaciones estadísticas. Para colmo, no encontré ni un pañuelo de papel. Debí confirmarle en seco que Arnaldo Amuchástegui, vaya a saber con qué motivo, ahora solo tenía ojos para otra.

Compañerismo

Juan apenas puede dar crédito a sus ojos. Prueba una vez más el interruptor del equipo. ¿Pará qué? Es evidente que no funciona. Por un instante permanece mirando el vacío, incapaz de aceptar lo que sucede.

—¿Te ayudo con algo? —escucha que le dice su compañera, acercándose desde el extremo opuesto de la mesada de laboratorio.

Juan reprime la primera respuesta que le viene a la mente. ¿Acaso no es obvio que está por perder todo el experimento que le ha llevado meses? María José, sin mala intención, ha metido el dedo en la llaga. El lector de ELISA, un equipo típico de cualquier laboratorio, ha dejado de funcionar. Juan sabe que si pierde ese ensayo no podrá confirmar un experimento clave.

—Ey, Juan, ¿qué te pasa? —insiste María José.

Juan vuelve a probar el lector, una, dos, tres veces. No hay caso. No funciona. Respira hondo y aclara:

—Ahora no podré leer la placa que largué.

—¿Y cómo se te hizo tan tarde?

María José. María José. Juan apela una vez más a su paciencia. La becaria nueva, después de todo, no tiene la culpa. Juan recuerda que empezó tarde porque tuvo que recibir al gasista por la mañana; también se retrasó porque pasó por el banco para cerrar una cuenta en rojo; y se le hizo aún más tarde porque alguien terminó la solución de PBS-tween, imprescindible para realizar un ensayo de ELISA. Pero todo esto, María José no tiene por qué saberlo, en definitiva, apenas hace unos días ingresó al laboratorio.

—¿Me dejás probar a mí? —se ofrece entonces la nueva becaria.

Juan estudia el tono de voz de su compañera sin encontrar ningún atisbo de burla en el ofrecimiento. Porque claro, ¿para qué va a probar lo mismo que él ya probó varias veces? Como si el equipo pudiera distinguir, al tacto, la presencia de una mano más afable que la suya, que con buena gana había apretado el interruptor hasta casi sacarlo de su sitio.

Además, si fuera el caso, de que un equipo pudiera distinguir sus operarios, se trataría de uno más nuevo, cuando claramente el que ellos tienen ya es viejo y obsoleto. De tener arrugas y canas, tendría unas cuantas, pero, en cambio, cuenta con una amplia variedad de manchas que atestiguan su edad: ácido clorhídrico, TMB, óxido de plata y quién sabe qué más.

María José se adelanta. Se ubica al frente del equipo. Busca a tientas el interruptor rodeándolo con las manos. Ni siquiera sabe usarlo, piensa Juan, pero la deja intentar. La mira y nota que lleva una bata de laboratorio impecable, o al menos lo aparenta en comparación de la suya, que cuando la cuelga en el perchero parece conservar la forma de su dueño. De la bata pasa al rodete en el cabello, otra precaución que las demás becarias, más antiguas, suelen dejar de lado muchas veces. Al final se queda mirando los guantes de látex, que a María José le quedan como bolsas en las manos. Se han terminado los de tamaño Small y entonces debe usar los Medium que le quedan enormes.

Nada de esto parece preocuparle a María José, que con inocencia pregunta desde dónde se prende el lector de ELISA.

—Desde abajo —indica Juan—. ¿No deberías estar en tu casa, a esta hora?

Juan conoce claramente sus ataques de mal humor. Ahora mismo preferiría estar solo. ¿Por qué debe estar respondiendo preguntas en lugar de tener todas las mesadas a su disposición? ¿En qué podría ayudarle esa compañera que recién comienza su doctorado?

—¿Acaso me estas echando? —pregunta María José, casi divertida.

Juan no termina de comprender si lo sorprende más la réplica sincera o el chillido que ha hecho el equipo al encenderse. Antes de que reaccione, su compañera ya ha soltado una exclamación de triunfo que casi lo aturde. Y lo ha logrado al primer intento.

—Seguro que moviste algo adentro —dice Juan, desconcertado. Sin embargo, ante la mirada maliciosa de su compañera que, evidentemente, no le cree nada, apela a otro argumento—: vos sos nueva, ya vas a ver que todo el tiempo pasan cosas inexplicables en un laboratorio.

—Sí, ya veo —acepta María José—. O tal vez fue suerte…

Suerte. Buena falta le haría. Juan mira la estufa, donde dejó incubando la placa de ELISA y le invade un retorcijón abdominal. En la puntada reconoce sus propios nervios. Apenas añada las gotas del reactivo TMB sobre los pocillos de la placa, sabrá el resultado de su experimento. Si encuentra diferencia en la producción de ciertas moléculas proinflamatorias irá por buen camino. Está repitiendo un ensayo que podría confirmarlo. En cambio, si no detecta diferencias, y todo da igual entre el grupo experimental y los controles, entonces quedará envuelto en un mar de dudas. Hasta podría significar que se ha equivocado, que su interpretación de lo que está pasando, posiblemente, sea errónea. El resultado lo espera, a esa altura, ya determinado.

—¡Dale! ¿Ahora que hacemos? ¿Cruzamos los dedos? —lo despabila María José, al tiempo que camina hacia el perchero a dejar su guardapolvo.

Juan respira hondo. Nota que le agrada el sentido del humor de su compañera. Pero debe continuar. Camina hasta la estufa, retira la placa y vuelve a la mesada. A poco de comenzar los últimos lavados con PBS-Tween, se detiene, acaba de notar que su compañera se ha puesto una campera y se dispone a salir.

Juan mira la placa de ELISA y trata de concentrarse. La gira y vierte su contenido en una bacha de aluminio. Luego la seca sobre un papel absorbente, dándole unos golpes. Para finalizar, busca el reactivo TMB en la heladera y cambia de lugar. Cuando se acomoda constata que María José efectivamente se ha retirado. Considera que tal vez estuvo un poco brusco.

Con mano algo temblorosa, Juan va dejando caer las gotas de TMB. Los pocillos se vuelven al principio de un color azul tenue y, al cabo de unos minutos, van adquiriendo una tonalidad más oscura. Recién entonces Juan añade ácido sulfúrico para detener la reacción y luego camina hacia el dichoso lector de ELISA. Oprime un botón y el equipo abre una pequeña ranura donde cabe exactamente la placa. Una vez activado el programa, el equipo cumple con su cometido: cuantifica. De una impresora sale una hoja con números agrupados en filas y columnas. El resultado es indiscutible. Juan se contiene un instante. Está solo. Podría gritar, acaso tirar todo por el aire. La sensación lo desborda. Piensa dónde ir, con quien puede hablar. Es entonces cuando escucha ruido que viene desde la puerta. ¿Escuchó bien o es sólo su deseo? Aguza el oído. Sí, efectivamente oye pasos. Al girarse ve a María José que camina hacia él. Se detiene justo adelante. Ha vuelto. ¿cómo lo ha comprendido? Apenas se conocen, pero Juan no titubea, extiende los brazos, sabe que está en deuda. Una deuda importante. Ella lo mira de arriba abajo, la bata de laboratorio desprolija, los guantes que sobresalen de sus bolsillos, la expresión evidente del rostro que la observa. Cuando María José salió del laboratorio había solo dos escenarios posibles: que el experimento diera bien o que diera mal. Ahora ya no hay margen para la especulación. Ambos acortan el último paso que los separa. Se unen en un abrazo sincero, el resultado es evidente.

 

 

 

Pasiones

Trató de fijar una última imagen en la retina de sus ojos entrados en años. Ojos sabios, hubieran adjetivado sus colegas, que tanto se habían esmerado para subirle el ánimo a lo largo de la jornada. Pero el Dr. Figueredo lo tenía claro, con halagos o sin halagos, su tiempo como director, legalmente, había llegado a su fin. La imagen que tenía enfrente había alcanzado su fecha de vencimiento. Mesadas, equipos, material de vidrio, computadoras, alacenas con reactivos, instalaciones de agua y gas, todo formaba un conjunto que, prácticamente, había visto crecer desde cero. No más experimentos, pensó, mientras encendía la cabina de bioseguridad. Con el brindis de despedida, una de las becarias se había olvidado de agregar medio de cultivo a sus células. Alguien tenía que hacerlo por ella. El Dr. Figueredo era el último en retirarse, ¿cuál era la prisa? En adelante, no debería solicitar nuevos subsidios, rendir informes, asistir a congresos, ni formar recursos humanos. ¿Y dónde habían dejado el medio de cultivo? Siempre lo mismo, a alguien se le daba por ordenar y cambiaba de lugar los reactivos. El doctor buscó en la heladera comunitaria, nada; en la de sueros de los pacientes, nada; quizá simplemente se había terminado. Tendría que descongelar y alicuotar uno nuevo. De haberlo pedido, cualquiera de los más jóvenes se lo hubiera preparado, pero estaba solo, cada uno se había marchado deseándole lo mejor para la nueva etapa, llena de desafíos, le insistieron, tratando de insuflarle ánimos. Con parsimonia, el doctor roció con alcohol la botella del medio de cultivo, un recipiente de plástico con suero fetal bovino, y luego introdujo ambos en una estufa para que se descongelen más rápido. De un freezer extrajo un vial con antibiótico y lo dejó a temperatura ambiente. Luego se reclinó en su sillón giratorio. Miró la ciudad casi a oscuras a través de una de las ventanas del edificio. Anochecía. De forma difusa el cristal le devolvía su imagen. Su cabello y su barba lucían tan blancas como su bata de laboratorio. ¿Y ahora qué? ¿Mañana qué? “Por fin vas a hacer lo que siempre quisiste”, lo felicitó alguien, antes del abrazo final. “Te merecés un descanso”, le había dicho otro. Todas frases hechas, consejos de ocasión. Luego de décadas de amanecer entre matraces, probetas y vasos de precipitado, entre cabinas, estufas y termómetros, frezeers, computadoras y equipos de última generación, el día siguiente, por la mañana, ya no tendría la obligación de salir de su casa. Ni esa mañana ni la próxima, ni la que le seguía, ni la otra, ni la otra. Un sin fin de días hasta el sueño sin imágenes, como solía decirle. Ni si quiera me preparé para mi retiro, sabiendo la fecha, ¿qué puedo pretender de lo otro? Nunca se había tomado el tiempo de meditar al respecto. Al contrario, se jactaba de su interés por los mecanismos de la vida. Las hipótesis habían sido su alimento. Incluso, hasta había tenido la fortuna de demostrar unas cuantas. Al rememorar sus inicios se sentía bastante satisfecho. Pero no exageraba sus logros. En una perspectiva global, sus contribuciones eran mínimas, como las de casi todos, pero las valoraba por su vínculo personal, eran el resultado de su constancia. Y al pensar en estos términos volvía a sentirse joven. En cuanto a su labor, era perfectamente vital. Su presente era óptimo; su lucidez se mantenía intacta. Y, sin embargo, atravesaba su última tarde en el laboratorio.

El Dr. Figueredo se levantó del sillón, recogió el medio de cultivo, el suero, el antibiótico y se acomodó en la cabina de bioseguridad, donde preparó cinco alícuotas de cincuenta mililitros de medio de cultivo completo. Cuando estaba por descartar la última pipeta Pasteur que había empleado, algo lo distrajo. Volcó uno de los recipientes. El líquido anaranjado se desparramó sobre el piso de la cabina. Pero el doctor no reaccionó, acababa de captar un pensamiento inusual.  Se detuvo en un acto reflejo. Con el tiempo, había aprendido a reconocer esas singularidades, camufladas en la multitud de reflexiones anodinas que iban y venían por su cabeza. Ahora estaba completamente seguro, algo distinto andaba por ahí, en el paisaje etéreo de su mente. Necesitaba silencio, el medio de cultivo aguardaba desparramado. Por vericuetos indefinibles, el doctor avanzó con cautela, no fuera que perdiera el rastro de su presa. Con paciencia, como desenredando neuronas, fue acercándose a su blanco, hasta que al final tuvo su recompensa, allí estaba, precisamente, en un espacio atemporal y completamente lábil, un pensamiento suspendido al borde del abismo del inconsciente. Ahora sí, requería máxima prudencia. Debía dar un rodeo, buscar el costado más propicio y cerrar vías de escape. Actuaba con pericia, con una mecánica ya conocida, como cuando de pronto intuía una hipótesis, un sendero que salía del camino conocido. Buscaba indicios entre números, palabras, formas y entramados simbólicos. Por fin logró concentrarse por completo. ¿Qué haría en adelante?, se había preguntado, ¿qué sentido tenían esos días que le aguardaban luego del retiro? La imagen de la ciudad a oscuras demostró su relación subliminal. A través de esa ventana ahora visualizaba una larga noche. Y un vacío. Un vacío anónimo. Pero también discernía algo más. En el vidrio no se reflejaba su imagen, sino su esencia. Al fin y al cabo, sus años no lo definían, su trabajo, tampoco, su sueldo, menos. En realidad, su esencia podía reducirse a sus pasiones, porque tenía intereses diversos, pero lo que se dice pasiones, apenas un par, y esto era lo que intuía en el reflejo del cristal, dándole una identidad que lo separaba, de momento, de la oscuridad del otro lado del vidrio. En cuanto las perdiera o las resignara, muy posiblemente, cambiaría de lado.

El Dr. Figueredo había transcurrido, largamente, más de la mitad de su vida. Ahora, llegado el momento, le agradecían por sus servicios y lo invitaban a retirarse. Debía dejar su lugar en la oficina, sus archivos, sus discos rígidos, sus cuadernos, y hasta sus últimos proyectos. Todo. Es cierto. Todo, menos él último acervo que se lo llevaría consigo.

Recién entonces el Dr. Figueredo se apresuró a limpiar la cabina de bioseguridad. Luego abrió la estufa de cultivo y tomó un recipiente de forma rectangular, semejante a una petaca pero de plástico y con la boca algo levantada. Retiró la tapa en el interior de la cabina y le agregó cinco mililitros de medio de cultivo. Con ese simple adicional, las células tenían garantizada su sobrevida, por lo menos, hasta el lunes.

Luego de echar una última mirada, el doctor se puso el abrigo y apagó las luces. Ya no le importaba abandonar el laboratorio. Lo había necesitado para demostrar algunas de sus hipótesis. Pero la comprobación solo le daba una satisfacción pasajera. En realidad, lo que lo mantenía vital, lo que definía su naturaleza, no dependía de las demostraciones, sino de las preguntas. La certeza de su razonamiento se correspondía perfectamente con el repentino aumento de su ritmo cardíaco, otra energía comenzaba a embargarlo, una energía que conocía muy bien. El Dr. Figueredo, recientemente jubilado, salió a la calle con determinación. Ni siquiera reparó en el viento frío que lo golpeó en el rostro. Ahora tenía prisa por volver a su hogar, encender la computadora y aprovechar esa hora flotante que le quedaba antes de la cena. El doctor sabía, perfectamente, que debía atender a sus dos pasiones casi por igual. Para la primera le bastaba con razonar, para la segunda, en cambio, lo único que precisaba era una hoja en blanco.

Literatura de laboratorio, un buen nombre para un género que se afianza

La divulgación del conocimiento científico podría dividirse, arbitrariamente, en tres etapas. La primera englobaría desde el puntapié inicial de Galileo en el 1600, con su labor divulgativa1,2, hasta el siglo XIX. Este periodo fue realmente pobre en cuanto a cantidad de obras, a tal punto que la ciencia y los científicos parecían habitar en un espacio muy lejano al de la sociedad en general. Luego, durante gran parte del siglo XX, primó una segunda etapa que bien podría ser asociada al nombre de “las dos culturas”, en base a un célebre discurso de C.P. Snow, pronunciado en 1959, que resaltaba el distanciamiento que existía entre los literatos y los científicos3. Así, la ciencia no solo se mantenía alejada del público en general sino que, para colmo, los escritores aprovechaban la situación, y cuando incorporaban protagonistas científicos a sus obras, los estereotipaban como personajes o bien malévolos o bien excesivamente simpáticos y rayanos a la locura4.

Recién sobre el final del siglo XX comenzó a gestarse lo que bien podría constituir una tercera etapa de la divulgación científica. Mucho tuvo que ver en este cambio la aparición de excelentes obras de no ficción escritas por autores científicos. En este periodo salieron a la luz varios libros brillantes que fueron capaces de explicar grandes logros de la ciencia con terminología accesible a cualquier interesado. Algunos ejemplos fueron “El gen egoísta”, de Richard Dawking (1976);  “Los dragones del Edén”, de Carl Sagan (1978); “Breve historia del tiempo”, de Stephen Hawking (1988), y muchos otros. Estas obras sirvieron para demostrar que el conocimiento de la ciencia no es inalcanzable sino todo lo contrario, y que si bien la comunicación entre investigadores requiere de terminología prácticamente incomprensible para quien no es especialista en la materia, los conocimientos de cualquier área igualmente pueden ser explicados de manera simple cuando alguien se lo propone.

Paralelamente a las obras de no ficción, se produjo el despegue del género literario de la divulgación científica. Lógicamente, esta aproximación debió lidiar con la dificultad que surge a la hora de amalgamar una obra que reúna todos los requisitos de la narración de historias con la rigurosidad de la ciencia y la difusión de los conocimientos obtenidos con el método científico. (Este hecho deja de lado al género de la ciencia ficción, en donde se representan hechos y mundos alternativos basados en conocimientos que no han sido probados con el método científico, al menos en el momento de la redacción de la obra).

Los primeros autores que procuraron sentar las bases de la divulgación de la ciencia a través de la literatura se encontraron con la falta de un nombre apropiado para el género de sus libros. Carl Djerassi, por ejemplo, escribió cuatro novelas basadas en personajes científicos y postuló el nombre de “Ciencia en ficción”, para sus libros.

Recientemente, ha cobrado difusión el trabajo de Jennifer Rohn, una investigadora que ha escrito dos novelas y que ha propuesto el nombre de Literatura de laboratorio, (Lablit)5,, para su género narrativo. El término abarcaría obras cuya característica común es el uso de conocimiento científico para sustentar la trama y/o la presencia de un protagonista principal o secundario relacionado con la ciencia, siendo este un ser humano “normal” y no uno de los obsoletos estereotipos del científico 5,6,7. Con la aparición de estas obras literarias el hombre de ciencia parece recuperar, por fin, su verdadera identidad, lo que realmente es: una persona como cualquier otra, con su familia, su vida sentimental, sus problemas cotidianos o existenciales, e incluso, por qué no, con dificultades para llegar con su sueldo a fin de mes. Muy probablemente, el derrumbe del viejo estereotipo del científico antisocial también haya tenido que ver con la incorporación masiva de la mujer a la labor científica. Este hecho habría repercutido en múltiples planos, ya que la mujer de ciencia no solo es a la vez madre, esposa, ama de casa y demás perfiles, sino que también puede ser una mujer solidaria o ambiciosa, buena o mala madre, esposa fiel o infiel, etc, y lo mismo para el científico padre, esposo, y ahora también amo de casa, perfiles y características que dotan a los científicos de una profundidad psicológica real, que antes era menospreciada y ridiculizada en base al estereotipo.

En el sitio lablit.com se halla una lista de más de ciento cincuenta novelas que podrían ser incluidas en el género. Estas y otras obras en español, como las indicadas por Federico Kukso,2,7, han sido escritas por científicos interesados en la literatura o bien por escritores que se han acercado a la ciencia, aportando iniciativas para terminar con la guerra de las dos culturas4.

En entradas anteriores hemos aportado evidencia de que se aprende mejor con historias, por lo que en este blog estamos completamente de acuerdo con la necesidad tanto de un género narrativo para difundir la ciencia como de una nueva denominación. Dado que el término “divulgación científica” es correcto para obras de no ficción pero resulta poco atractivo, (e incluso añejo), para referirse al género literario; que ciencia en la ficción es demasiado parecido a ciencia ficción, y que literatura científica, utilizado por Jorge Wagensberg(8), tampoco se ha destacado; nos adherimos al nombre propuesto por Jennifer Rohn, con la esperanza de que llegue para quedarse y facilite el intercambio entre ciencia, literatura y todos sus interesados. Que vuelva, así, el científico a formar parte de la sociedad, que haya más ciencia en las historias, que se escriban y lean cada vez más obras de Lablit, literatura de laboratorio

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Para seguir leyendo:

  1. https://es.wikipedia.org/wiki/Galileo_Galilei#Obras_de_Galileo
  2. Federico Kukso. Novelas de laboratorio. Revista Ñ. Disponible en: https://www.clarin.com/rn/literatura/novelas-laboratorio-Kukso_0_BkmNX84pvQl.html
  3. https://es.wikipedia.org/wiki/Las_dos_culturas
  4. Roslynn Haynes. (2014). CIENCIA Y LITERATURA. ¿YA HA ACABADO LA GUERRA ENTRE LAS DOS CULTURAS. MÈTODE Science Studies Journal, 4.University of Valencia. DOI:10.7203/metode.82.356
  5. Jennifer Rohn. http://www.lablit.com/
  6. http://www.nytimes.com/2012/12/04/science/in-lab-lit-fiction-meets-science-of-the-real-world.html?mcubz=2
  7. Federico Kukso. Narrar la ciencia. Revista Ñ. Disponible en: https://www.clarin.com/ideas/titulo_0_ByXlCjYsPQl.html
  8. Jorge Wagensberg. Yo, lo superfluo y el error. Tusquet Editores. Colección metatemas.