Compañerismo

Juan apenas puede dar crédito a sus ojos. Prueba una vez más el interruptor del equipo. ¿Pará qué? Es evidente que no funciona. Por un instante permanece mirando el vacío, incapaz de aceptar lo que sucede.

—¿Te ayudo con algo? —escucha que le dice su compañera, acercándose desde el extremo opuesto de la mesada de laboratorio.

Juan reprime la primera respuesta que le viene a la mente. ¿Acaso no es obvio que está por perder todo el experimento que le ha llevado meses? María José, sin mala intención, ha metido el dedo en la llaga. El lector de ELISA, un equipo típico de cualquier laboratorio, ha dejado de funcionar. Juan sabe que si pierde ese ensayo no podrá confirmar un experimento clave.

—Ey, Juan, ¿qué te pasa? —insiste María José.

Juan vuelve a probar el lector, una, dos, tres veces. No hay caso. No funciona. Respira hondo y aclara:

—Ahora no podré leer la placa que largué.

—¿Y cómo se te hizo tan tarde?

María José. María José. Juan apela una vez más a su paciencia. La becaria nueva, después de todo, no tiene la culpa. Juan recuerda que empezó tarde porque tuvo que recibir al gasista por la mañana; también se retrasó porque pasó por el banco para cerrar una cuenta en rojo; y se le hizo aún más tarde porque alguien terminó la solución de PBS-tween, imprescindible para realizar un ensayo de ELISA. Pero todo esto, María José no tiene por qué saberlo, en definitiva, apenas hace unos días ingresó al laboratorio.

—¿Me dejás probar a mí? —se ofrece entonces la nueva becaria.

Juan estudia el tono de voz de su compañera sin encontrar ningún atisbo de burla en el ofrecimiento. Porque claro, ¿para qué va a probar lo mismo que él ya probó varias veces? Como si el equipo pudiera distinguir, al tacto, la presencia de una mano más afable que la suya, que con buena gana había apretado el interruptor hasta casi sacarlo de su sitio.

Además, si fuera el caso, de que un equipo pudiera distinguir sus operarios, se trataría de uno más nuevo, cuando claramente el que ellos tienen ya es viejo y obsoleto. De tener arrugas y canas, tendría unas cuantas, pero, en cambio, cuenta con una amplia variedad de manchas que atestiguan su edad: ácido clorhídrico, TMB, óxido de plata y quién sabe qué más.

María José se adelanta. Se ubica al frente del equipo. Busca a tientas el interruptor rodeándolo con las manos. Ni siquiera sabe usarlo, piensa Juan, pero la deja intentar. La mira y nota que lleva una bata de laboratorio impecable, o al menos lo aparenta en comparación de la suya, que cuando la cuelga en el perchero parece conservar la forma de su dueño. De la bata pasa al rodete en el cabello, otra precaución que las demás becarias, más antiguas, suelen dejar de lado muchas veces. Al final se queda mirando los guantes de látex, que a María José le quedan como bolsas en las manos. Se han terminado los de tamaño Small y entonces debe usar los Medium que le quedan enormes.

Nada de esto parece preocuparle a María José, que con inocencia pregunta desde dónde se prende el lector de ELISA.

—Desde abajo —indica Juan—. ¿No deberías estar en tu casa, a esta hora?

Juan conoce claramente sus ataques de mal humor. Ahora mismo preferiría estar solo. ¿Por qué debe estar respondiendo preguntas en lugar de tener todas las mesadas a su disposición? ¿En qué podría ayudarle esa compañera que recién comienza su doctorado?

—¿Acaso me estas echando? —pregunta María José, casi divertida.

Juan no termina de comprender si lo sorprende más la réplica sincera o el chillido que ha hecho el equipo al encenderse. Antes de que reaccione, su compañera ya ha soltado una exclamación de triunfo que casi lo aturde. Y lo ha logrado al primer intento.

—Seguro que moviste algo adentro —dice Juan, desconcertado. Sin embargo, ante la mirada maliciosa de su compañera que, evidentemente, no le cree nada, apela a otro argumento—: vos sos nueva, ya vas a ver que todo el tiempo pasan cosas inexplicables en un laboratorio.

—Sí, ya veo —acepta María José—. O tal vez fue suerte…

Suerte. Buena falta le haría. Juan mira la estufa, donde dejó incubando la placa de ELISA y le invade un retorcijón abdominal. En la puntada reconoce sus propios nervios. Apenas añada las gotas del reactivo TMB sobre los pocillos de la placa, sabrá el resultado de su experimento. Si encuentra diferencia en la producción de ciertas moléculas proinflamatorias irá por buen camino. Está repitiendo un ensayo que podría confirmarlo. En cambio, si no detecta diferencias, y todo da igual entre el grupo experimental y los controles, entonces quedará envuelto en un mar de dudas. Hasta podría significar que se ha equivocado, que su interpretación de lo que está pasando, posiblemente, sea errónea. El resultado lo espera, a esa altura, ya determinado.

—¡Dale! ¿Ahora que hacemos? ¿Cruzamos los dedos? —lo despabila María José, al tiempo que camina hacia el perchero a dejar su guardapolvo.

Juan respira hondo. Nota que le agrada el sentido del humor de su compañera. Pero debe continuar. Camina hasta la estufa, retira la placa y vuelve a la mesada. A poco de comenzar los últimos lavados con PBS-Tween, se detiene, acaba de notar que su compañera se ha puesto una campera y se dispone a salir.

Juan mira la placa de ELISA y trata de concentrarse. La gira y vierte su contenido en una bacha de aluminio. Luego la seca sobre un papel absorbente, dándole unos golpes. Para finalizar, busca el reactivo TMB en la heladera y cambia de lugar. Cuando se acomoda constata que María José efectivamente se ha retirado. Considera que tal vez estuvo un poco brusco.

Con mano algo temblorosa, Juan va dejando caer las gotas de TMB. Los pocillos se vuelven al principio de un color azul tenue y, al cabo de unos minutos, van adquiriendo una tonalidad más oscura. Recién entonces Juan añade ácido sulfúrico para detener la reacción y luego camina hacia el dichoso lector de ELISA. Oprime un botón y el equipo abre una pequeña ranura donde cabe exactamente la placa. Una vez activado el programa, el equipo cumple con su cometido: cuantifica. De una impresora sale una hoja con números agrupados en filas y columnas. El resultado es indiscutible. Juan se contiene un instante. Está solo. Podría gritar, acaso tirar todo por el aire. La sensación lo desborda. Piensa dónde ir, con quien puede hablar. Es entonces cuando escucha ruido que viene desde la puerta. ¿Escuchó bien o es sólo su deseo? Aguza el oído. Sí, efectivamente oye pasos. Al girarse ve a María José que camina hacia él. Se detiene justo adelante. Ha vuelto. ¿cómo lo ha comprendido? Apenas se conocen, pero Juan no titubea, extiende los brazos, sabe que está en deuda. Una deuda importante. Ella lo mira de arriba abajo, la bata de laboratorio desprolija, los guantes que sobresalen de sus bolsillos, la expresión evidente del rostro que la observa. Cuando María José salió del laboratorio había solo dos escenarios posibles: que el experimento diera bien o que diera mal. Ahora ya no hay margen para la especulación. Ambos acortan el último paso que los separa. Se unen en un abrazo sincero, el resultado es evidente.

 

 

 

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Literatura de laboratorio, un buen nombre para un género que se afianza

La divulgación del conocimiento científico podría dividirse, arbitrariamente, en tres etapas. La primera englobaría desde el puntapié inicial de Galileo en el 1600, con su labor divulgativa1,2, hasta el siglo XIX. Este periodo fue realmente pobre en cuanto a cantidad de obras, a tal punto que la ciencia y los científicos parecían habitar en un espacio muy lejano al de la sociedad en general. Luego, durante gran parte del siglo XX, primó una segunda etapa que bien podría ser asociada al nombre de “las dos culturas”, en base a un célebre discurso de C.P. Snow, pronunciado en 1959, que resaltaba el distanciamiento que existía entre los literatos y los científicos3. Así, la ciencia no solo se mantenía alejada del público en general sino que, para colmo, los escritores aprovechaban la situación, y cuando incorporaban protagonistas científicos a sus obras, los estereotipaban como personajes o bien malévolos o bien excesivamente simpáticos y rayanos a la locura4.

Recién sobre el final del siglo XX comenzó a gestarse lo que bien podría constituir una tercera etapa de la divulgación científica. Mucho tuvo que ver en este cambio la aparición de excelentes obras de no ficción escritas por autores científicos. En este periodo salieron a la luz varios libros brillantes que fueron capaces de explicar grandes logros de la ciencia con terminología accesible a cualquier interesado. Algunos ejemplos fueron “El gen egoísta”, de Richard Dawking (1976);  “Los dragones del Edén”, de Carl Sagan (1978); “Breve historia del tiempo”, de Stephen Hawking (1988), y muchos otros. Estas obras sirvieron para demostrar que el conocimiento de la ciencia no es inalcanzable sino todo lo contrario, y que si bien la comunicación entre investigadores requiere de terminología prácticamente incomprensible para quien no es especialista en la materia, los conocimientos de cualquier área igualmente pueden ser explicados de manera simple cuando alguien se lo propone.

Paralelamente a las obras de no ficción, se produjo el despegue del género literario de la divulgación científica. Lógicamente, esta aproximación debió lidiar con la dificultad que surge a la hora de amalgamar una obra que reúna todos los requisitos de la narración de historias con la rigurosidad de la ciencia y la difusión de los conocimientos obtenidos con el método científico. (Este hecho deja de lado al género de la ciencia ficción, en donde se representan hechos y mundos alternativos basados en conocimientos que no han sido probados con el método científico, al menos en el momento de la redacción de la obra).

Los primeros autores que procuraron sentar las bases de la divulgación de la ciencia a través de la literatura se encontraron con la falta de un nombre apropiado para el género de sus libros. Carl Djerassi, por ejemplo, escribió cuatro novelas basadas en personajes científicos y postuló el nombre de “Ciencia en ficción”, para sus libros.

Recientemente, ha cobrado difusión el trabajo de Jennifer Rohn, una investigadora que ha escrito dos novelas y que ha propuesto el nombre de Literatura de laboratorio, (Lablit)5,, para su género narrativo. El término abarcaría obras cuya característica común es el uso de conocimiento científico para sustentar la trama y/o la presencia de un protagonista principal o secundario relacionado con la ciencia, siendo este un ser humano “normal” y no uno de los obsoletos estereotipos del científico 5,6,7. Con la aparición de estas obras literarias el hombre de ciencia parece recuperar, por fin, su verdadera identidad, lo que realmente es: una persona como cualquier otra, con su familia, su vida sentimental, sus problemas cotidianos o existenciales, e incluso, por qué no, con dificultades para llegar con su sueldo a fin de mes. Muy probablemente, el derrumbe del viejo estereotipo del científico antisocial también haya tenido que ver con la incorporación masiva de la mujer a la labor científica. Este hecho habría repercutido en múltiples planos, ya que la mujer de ciencia no solo es a la vez madre, esposa, ama de casa y demás perfiles, sino que también puede ser una mujer solidaria o ambiciosa, buena o mala madre, esposa fiel o infiel, etc, y lo mismo para el científico padre, esposo, y ahora también amo de casa, perfiles y características que dotan a los científicos de una profundidad psicológica real, que antes era menospreciada y ridiculizada en base al estereotipo.

En el sitio lablit.com se halla una lista de más de ciento cincuenta novelas que podrían ser incluidas en el género. Estas y otras obras en español, como las indicadas por Federico Kukso,2,7, han sido escritas por científicos interesados en la literatura o bien por escritores que se han acercado a la ciencia, aportando iniciativas para terminar con la guerra de las dos culturas4.

En entradas anteriores hemos aportado evidencia de que se aprende mejor con historias, por lo que en este blog estamos completamente de acuerdo con la necesidad tanto de un género narrativo para difundir la ciencia como de una nueva denominación. Dado que el término “divulgación científica” es correcto para obras de no ficción pero resulta poco atractivo, (e incluso añejo), para referirse al género literario; que ciencia en la ficción es demasiado parecido a ciencia ficción, y que literatura científica, utilizado por Jorge Wagensberg(8), tampoco se ha destacado; nos adherimos al nombre propuesto por Jennifer Rohn, con la esperanza de que llegue para quedarse y facilite el intercambio entre ciencia, literatura y todos sus interesados. Que vuelva, así, el científico a formar parte de la sociedad, que haya más ciencia en las historias, que se escriban y lean cada vez más obras de Lablit, literatura de laboratorio

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Para seguir leyendo:

  1. https://es.wikipedia.org/wiki/Galileo_Galilei#Obras_de_Galileo
  2. Federico Kukso. Novelas de laboratorio. Revista Ñ. Disponible en: https://www.clarin.com/rn/literatura/novelas-laboratorio-Kukso_0_BkmNX84pvQl.html
  3. https://es.wikipedia.org/wiki/Las_dos_culturas
  4. Roslynn Haynes. (2014). CIENCIA Y LITERATURA. ¿YA HA ACABADO LA GUERRA ENTRE LAS DOS CULTURAS. MÈTODE Science Studies Journal, 4.University of Valencia. DOI:10.7203/metode.82.356
  5. Jennifer Rohn. http://www.lablit.com/
  6. http://www.nytimes.com/2012/12/04/science/in-lab-lit-fiction-meets-science-of-the-real-world.html?mcubz=2
  7. Federico Kukso. Narrar la ciencia. Revista Ñ. Disponible en: https://www.clarin.com/ideas/titulo_0_ByXlCjYsPQl.html
  8. Jorge Wagensberg. Yo, lo superfluo y el error. Tusquet Editores. Colección metatemas.