Compañerismo

Juan apenas puede dar crédito a sus ojos. Prueba una vez más el interruptor del equipo. ¿Pará qué? Es evidente que no funciona. Por un instante permanece mirando el vacío, incapaz de aceptar lo que sucede.

—¿Te ayudo con algo? —escucha que le dice su compañera, acercándose desde el extremo opuesto de la mesada de laboratorio.

Juan reprime la primera respuesta que le viene a la mente. ¿Acaso no es obvio que está por perder todo el experimento que le ha llevado meses? María José, sin mala intención, ha metido el dedo en la llaga. El lector de ELISA, un equipo típico de cualquier laboratorio, ha dejado de funcionar. Juan sabe que si pierde ese ensayo no podrá confirmar un experimento clave.

—Ey, Juan, ¿qué te pasa? —insiste María José.

Juan vuelve a probar el lector, una, dos, tres veces. No hay caso. No funciona. Respira hondo y aclara:

—Ahora no podré leer la placa que largué.

—¿Y cómo se te hizo tan tarde?

María José. María José. Juan apela una vez más a su paciencia. La becaria nueva, después de todo, no tiene la culpa. Juan recuerda que empezó tarde porque tuvo que recibir al gasista por la mañana; también se retrasó porque pasó por el banco para cerrar una cuenta en rojo; y se le hizo aún más tarde porque alguien terminó la solución de PBS-tween, imprescindible para realizar un ensayo de ELISA. Pero todo esto, María José no tiene por qué saberlo, en definitiva, apenas hace unos días ingresó al laboratorio.

—¿Me dejás probar a mí? —se ofrece entonces la nueva becaria.

Juan estudia el tono de voz de su compañera sin encontrar ningún atisbo de burla en el ofrecimiento. Porque claro, ¿para qué va a probar lo mismo que él ya probó varias veces? Como si el equipo pudiera distinguir, al tacto, la presencia de una mano más afable que la suya, que con buena gana había apretado el interruptor hasta casi sacarlo de su sitio.

Además, si fuera el caso, de que un equipo pudiera distinguir sus operarios, se trataría de uno más nuevo, cuando claramente el que ellos tienen ya es viejo y obsoleto. De tener arrugas y canas, tendría unas cuantas, pero, en cambio, cuenta con una amplia variedad de manchas que atestiguan su edad: ácido clorhídrico, TMB, óxido de plata y quién sabe qué más.

María José se adelanta. Se ubica al frente del equipo. Busca a tientas el interruptor rodeándolo con las manos. Ni siquiera sabe usarlo, piensa Juan, pero la deja intentar. La mira y nota que lleva una bata de laboratorio impecable, o al menos lo aparenta en comparación de la suya, que cuando la cuelga en el perchero parece conservar la forma de su dueño. De la bata pasa al rodete en el cabello, otra precaución que las demás becarias, más antiguas, suelen dejar de lado muchas veces. Al final se queda mirando los guantes de látex, que a María José le quedan como bolsas en las manos. Se han terminado los de tamaño Small y entonces debe usar los Medium que le quedan enormes.

Nada de esto parece preocuparle a María José, que con inocencia pregunta desde dónde se prende el lector de ELISA.

—Desde abajo —indica Juan—. ¿No deberías estar en tu casa, a esta hora?

Juan conoce claramente sus ataques de mal humor. Ahora mismo preferiría estar solo. ¿Por qué debe estar respondiendo preguntas en lugar de tener todas las mesadas a su disposición? ¿En qué podría ayudarle esa compañera que recién comienza su doctorado?

—¿Acaso me estas echando? —pregunta María José, casi divertida.

Juan no termina de comprender si lo sorprende más la réplica sincera o el chillido que ha hecho el equipo al encenderse. Antes de que reaccione, su compañera ya ha soltado una exclamación de triunfo que casi lo aturde. Y lo ha logrado al primer intento.

—Seguro que moviste algo adentro —dice Juan, desconcertado. Sin embargo, ante la mirada maliciosa de su compañera que, evidentemente, no le cree nada, apela a otro argumento—: vos sos nueva, ya vas a ver que todo el tiempo pasan cosas inexplicables en un laboratorio.

—Sí, ya veo —acepta María José—. O tal vez fue suerte…

Suerte. Buena falta le haría. Juan mira la estufa, donde dejó incubando la placa de ELISA y le invade un retorcijón abdominal. En la puntada reconoce sus propios nervios. Apenas añada las gotas del reactivo TMB sobre los pocillos de la placa, sabrá el resultado de su experimento. Si encuentra diferencia en la producción de ciertas moléculas proinflamatorias irá por buen camino. Está repitiendo un ensayo que podría confirmarlo. En cambio, si no detecta diferencias, y todo da igual entre el grupo experimental y los controles, entonces quedará envuelto en un mar de dudas. Hasta podría significar que se ha equivocado, que su interpretación de lo que está pasando, posiblemente, sea errónea. El resultado lo espera, a esa altura, ya determinado.

—¡Dale! ¿Ahora que hacemos? ¿Cruzamos los dedos? —lo despabila María José, al tiempo que camina hacia el perchero a dejar su guardapolvo.

Juan respira hondo. Nota que le agrada el sentido del humor de su compañera. Pero debe continuar. Camina hasta la estufa, retira la placa y vuelve a la mesada. A poco de comenzar los últimos lavados con PBS-Tween, se detiene, acaba de notar que su compañera se ha puesto una campera y se dispone a salir.

Juan mira la placa de ELISA y trata de concentrarse. La gira y vierte su contenido en una bacha de aluminio. Luego la seca sobre un papel absorbente, dándole unos golpes. Para finalizar, busca el reactivo TMB en la heladera y cambia de lugar. Cuando se acomoda constata que María José efectivamente se ha retirado. Considera que tal vez estuvo un poco brusco.

Con mano algo temblorosa, Juan va dejando caer las gotas de TMB. Los pocillos se vuelven al principio de un color azul tenue y, al cabo de unos minutos, van adquiriendo una tonalidad más oscura. Recién entonces Juan añade ácido sulfúrico para detener la reacción y luego camina hacia el dichoso lector de ELISA. Oprime un botón y el equipo abre una pequeña ranura donde cabe exactamente la placa. Una vez activado el programa, el equipo cumple con su cometido: cuantifica. De una impresora sale una hoja con números agrupados en filas y columnas. El resultado es indiscutible. Juan se contiene un instante. Está solo. Podría gritar, acaso tirar todo por el aire. La sensación lo desborda. Piensa dónde ir, con quien puede hablar. Es entonces cuando escucha ruido que viene desde la puerta. ¿Escuchó bien o es sólo su deseo? Aguza el oído. Sí, efectivamente oye pasos. Al girarse ve a María José que camina hacia él. Se detiene justo adelante. Ha vuelto. ¿cómo lo ha comprendido? Apenas se conocen, pero Juan no titubea, extiende los brazos, sabe que está en deuda. Una deuda importante. Ella lo mira de arriba abajo, la bata de laboratorio desprolija, los guantes que sobresalen de sus bolsillos, la expresión evidente del rostro que la observa. Cuando María José salió del laboratorio había solo dos escenarios posibles: que el experimento diera bien o que diera mal. Ahora ya no hay margen para la especulación. Ambos acortan el último paso que los separa. Se unen en un abrazo sincero, el resultado es evidente.

 

 

 

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Literatura de laboratorio, un buen nombre para un género que se afianza

La divulgación del conocimiento científico podría dividirse, arbitrariamente, en tres etapas. La primera englobaría desde el puntapié inicial de Galileo en el 1600, con su labor divulgativa1,2, hasta el siglo XIX. Este periodo fue realmente pobre en cuanto a cantidad de obras, a tal punto que la ciencia y los científicos parecían habitar en un espacio muy lejano al de la sociedad en general. Luego, durante gran parte del siglo XX, primó una segunda etapa que bien podría ser asociada al nombre de “las dos culturas”, en base a un célebre discurso de C.P. Snow, pronunciado en 1959, que resaltaba el distanciamiento que existía entre los literatos y los científicos3. Así, la ciencia no solo se mantenía alejada del público en general sino que, para colmo, los escritores aprovechaban la situación, y cuando incorporaban protagonistas científicos a sus obras, los estereotipaban como personajes o bien malévolos o bien excesivamente simpáticos y rayanos a la locura4.

Recién sobre el final del siglo XX comenzó a gestarse lo que bien podría constituir una tercera etapa de la divulgación científica. Mucho tuvo que ver en este cambio la aparición de excelentes obras de no ficción escritas por autores científicos. En este periodo salieron a la luz varios libros brillantes que fueron capaces de explicar grandes logros de la ciencia con terminología accesible a cualquier interesado. Algunos ejemplos fueron “El gen egoísta”, de Richard Dawking (1976);  “Los dragones del Edén”, de Carl Sagan (1978); “Breve historia del tiempo”, de Stephen Hawking (1988), y muchos otros. Estas obras sirvieron para demostrar que el conocimiento de la ciencia no es inalcanzable sino todo lo contrario, y que si bien la comunicación entre investigadores requiere de terminología prácticamente incomprensible para quien no es especialista en la materia, los conocimientos de cualquier área igualmente pueden ser explicados de manera simple cuando alguien se lo propone.

Paralelamente a las obras de no ficción, se produjo el despegue del género literario de la divulgación científica. Lógicamente, esta aproximación debió lidiar con la dificultad que surge a la hora de amalgamar una obra que reúna todos los requisitos de la narración de historias con la rigurosidad de la ciencia y la difusión de los conocimientos obtenidos con el método científico. (Este hecho deja de lado al género de la ciencia ficción, en donde se representan hechos y mundos alternativos basados en conocimientos que no han sido probados con el método científico, al menos en el momento de la redacción de la obra).

Los primeros autores que procuraron sentar las bases de la divulgación de la ciencia a través de la literatura se encontraron con la falta de un nombre apropiado para el género de sus libros. Carl Djerassi, por ejemplo, escribió cuatro novelas basadas en personajes científicos y postuló el nombre de “Ciencia en ficción”, para sus libros.

Recientemente, ha cobrado difusión el trabajo de Jennifer Rohn, una investigadora que ha escrito dos novelas y que ha propuesto el nombre de Literatura de laboratorio, (Lablit)5,, para su género narrativo. El término abarcaría obras cuya característica común es el uso de conocimiento científico para sustentar la trama y/o la presencia de un protagonista principal o secundario relacionado con la ciencia, siendo este un ser humano “normal” y no uno de los obsoletos estereotipos del científico 5,6,7. Con la aparición de estas obras literarias el hombre de ciencia parece recuperar, por fin, su verdadera identidad, lo que realmente es: una persona como cualquier otra, con su familia, su vida sentimental, sus problemas cotidianos o existenciales, e incluso, por qué no, con dificultades para llegar con su sueldo a fin de mes. Muy probablemente, el derrumbe del viejo estereotipo del científico antisocial también haya tenido que ver con la incorporación masiva de la mujer a la labor científica. Este hecho habría repercutido en múltiples planos, ya que la mujer de ciencia no solo es a la vez madre, esposa, ama de casa y demás perfiles, sino que también puede ser una mujer solidaria o ambiciosa, buena o mala madre, esposa fiel o infiel, etc, y lo mismo para el científico padre, esposo, y ahora también amo de casa, perfiles y características que dotan a los científicos de una profundidad psicológica real, que antes era menospreciada y ridiculizada en base al estereotipo.

En el sitio lablit.com se halla una lista de más de ciento cincuenta novelas que podrían ser incluidas en el género. Estas y otras obras en español, como las indicadas por Federico Kukso,2,7, han sido escritas por científicos interesados en la literatura o bien por escritores que se han acercado a la ciencia, aportando iniciativas para terminar con la guerra de las dos culturas4.

En entradas anteriores hemos aportado evidencia de que se aprende mejor con historias, por lo que en este blog estamos completamente de acuerdo con la necesidad tanto de un género narrativo para difundir la ciencia como de una nueva denominación. Dado que el término “divulgación científica” es correcto para obras de no ficción pero resulta poco atractivo, (e incluso añejo), para referirse al género literario; que ciencia en la ficción es demasiado parecido a ciencia ficción, y que literatura científica, utilizado por Jorge Wagensberg(8), tampoco se ha destacado; nos adherimos al nombre propuesto por Jennifer Rohn, con la esperanza de que llegue para quedarse y facilite el intercambio entre ciencia, literatura y todos sus interesados. Que vuelva, así, el científico a formar parte de la sociedad, que haya más ciencia en las historias, que se escriban y lean cada vez más obras de Lablit, literatura de laboratorio

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Para seguir leyendo:

  1. https://es.wikipedia.org/wiki/Galileo_Galilei#Obras_de_Galileo
  2. Federico Kukso. Novelas de laboratorio. Revista Ñ. Disponible en: https://www.clarin.com/rn/literatura/novelas-laboratorio-Kukso_0_BkmNX84pvQl.html
  3. https://es.wikipedia.org/wiki/Las_dos_culturas
  4. Roslynn Haynes. (2014). CIENCIA Y LITERATURA. ¿YA HA ACABADO LA GUERRA ENTRE LAS DOS CULTURAS. MÈTODE Science Studies Journal, 4.University of Valencia. DOI:10.7203/metode.82.356
  5. Jennifer Rohn. http://www.lablit.com/
  6. http://www.nytimes.com/2012/12/04/science/in-lab-lit-fiction-meets-science-of-the-real-world.html?mcubz=2
  7. Federico Kukso. Narrar la ciencia. Revista Ñ. Disponible en: https://www.clarin.com/ideas/titulo_0_ByXlCjYsPQl.html
  8. Jorge Wagensberg. Yo, lo superfluo y el error. Tusquet Editores. Colección metatemas.

Paradoja: la ciencia muestra que se aprende mejor con historias, pero ella misma rara vez se enseña con historias

Se ha denominado neuroeducación al campo que une neurociencias y educación en el afán de conocer y caracterizar el proceso de aprendizaje con el fin de optimizar la educación.

El avance de las neurociencias ha permitido obtener información sumamente valiosa acerca de las bases neurales del aprendizaje. En particular, se ha observado que las emociones tienen un rol vital en la educación, al menos, en dos sentidos; por un lado, modulando la memoria (2), un componente clave para el aprendizaje; por el otro, despertando la atención y la curiosidad, lo que permite focalizar el interés sobre un tema particular durante un tiempo prolongado (3,4,5). Las emociones son reacciones inconscientes que la naturaleza ha evolucionado para garantizar la supervivencia (6). Por lo tanto, que favorezcan el aprendizaje tiene perfecto sentido desde un punto de vista evolutivo. Así, surge entonces el interrogante, ¿cómo involucrar las emociones si podrían ser tan importantes para el aprensizaje? La respuesta, quizá, no debería sorprender: con historias.

historias ciencia literatura

Contarse historias es una actividad ancestral del ser humano. Todas las culturas orales conocidas utilizan esa técnica de forma sustancial. Es un proceso donde la imaginación permite que el oyente o lector se “transporte” hacia el contexto narrativo, involucrando zonas del cerebro relacionadas con las acciones que realizan los personajes. Y lo más importante, las historias pueden incluir una gran carga emocional, lo que precisamente se recomienda para estimular la memoria y el aprendizaje (7,8,9,10).

¿Pero, cómo ocurren estos eventos a nivel molecular?

La neurociencia avanza continuamente al respecto. Por lo pronto, existe evidencia de que los estímulos emocionales pueden provocar la liberación de norepinefrina hacia múltiples áreas cerebrales, incluyendo el hipocampo y la amígdala, dos estructuras cerebrales independientes que participan en la modulación de la memoria y que pueden actuar en conjunto, precisamente, a causa de estímulos emocionales (9,10). La noerpinefrina es capaz de influir luego sobre una proteína denominada GluR1 facilitando su incorporación en sinapsis involucradas en la formación de la memoria (10,11,12). Se han clasificado en tres a los estadios en que se procesa la memoria: codificación, consolidación y recuperación, siendo el papel de la emociones tan importante que afecta a las tres etapas (13).

Con las evidencias científicas sobre la mesa, resulta difícil oponerse a la necesidad de emplear el recurso de las emociones en el aprendizaje. Sin embargo, y de forma llamativa, la enseñanza de la ciencia misma y, en particular, la divulgación al público general, lejos están de apelar asiduamente al empleo de historias. Muchos son los motivos que están involucrados en esta paradoja, los cuales se han abordado en entradas anteriores. Resumidamente, tienen que ver con: a) que el lenguaje técnico, preciso y monótono de la ciencia resulta sumamente incompatible con el de una obra literaria, b) que la literatura, como forma de arte, requiere de cierta distorsión de la realidad, un hecho que se contrapone notoriamente con la ciencia, ya que los científicos no deben jamás distorsionar lo que observan, c) que el objeto de interés de la literatura es lo privado, lo que importan son las emociones y los puntos de vista subjetivos; en cambio, para la ciencia, el objeto de interés es público y debe ser abordado desde un punto de vista objetivo, y d) que la profundidad y la cantidad de información que puede incluirse en una trama literaria es limitada.

De esta lista, no exhaustiva, tal vez la restricción más importante tenga que ver justamente con las emociones. La ciencia debe prescindir de todo componente subjetivo a la hora del análisis y la comunicación entre pares. Esto es así y está muy bien. Pero a la hora de la comunicación al público general, ¿puede existir mayor libertad?

En este blog pensamos que sí. De hecho, en el camino hacia la generación de hipótesis lo más importante es la imaginación, la cual sería, en definitiva, un punto en común clave entre ambos tipos de actividades, científica y literaria. Además, una vez que los conocimientos han sido validados con rigurosidad científica, la divulgación se encuentra en libertad de apelar a todos los recursos narrativos disponibles, en tanto y en cuanto no se tergiverse el contenido científico.

Razón y emoción han sido consideradas fuerzas opuestas durante muchísimo tiempo. Ahora las ciencia revela que, en realidad, están íntimamente ligadas, al punto de demostrar que las emociones son inseparables del aprendizaje. En este marco, cabe preguntarse si no debería aumentar el empleo de historias en la enseñanza, y, por qué no, en la divulgación de la ciencia al público en general.

El tiempo dirá.

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Para seguir leyendo

1.Kieran, E. (1989). Memory, Imagination, and Learning: Connected by the Story. Phi Delta Kappan, v70 n6 p455-59.

2) Erk, S., Kiefer, M., Grothe, J., Wunderlich, A. P., Spitzer, M., Walter, H. (2003). Emotional context modulates subsequent memory effect. Neuroimage;18(2):439-47.

3) Carol A. Lyons. (1999). Emotions, Cognition, and Becoming a Reader: A Message to Teachers of Struggling Learners. Literacy Teaching and Learning, Volume 4, Number 1, page 67

4) Fundación CADAH. Disponible en:

http://www.fundacioncadah.org/web/articulo/la-importancia-de-las-emociones-en-el-aprendizaje-y-su-relacion-con-el-tdah.html

5) Daisy Yuhas. Curiosity Prepares the Brain for Better Learning Neuroimaging reveals how the brain’s reward and memory pathways prime inquiring minds for knowledge.  Scientific american.

Disponible en: https://www.scientificamerican.com/article/curiosity-prepares-the-brain-for-better-learning/

6) Jesús C. Guillén. Las emociones. Disponible en:

https://escuelaconcerebro.wordpress.com/2012/12/27/neuroeducacion-estrategias-basadas-en-el-funcionamiento-del-cerebro/

7. Schultz, W. 2015. NEURONAL REWARD AND DECISION SIGNALS: FROM THEORIES TO DATA. Physiol Rev 95: 853–951.

8. Paul J. Zak. How Stories Change the Brain. Disponible en:

http://greatergood.berkeley.edu/article/item/how_stories_change_brain

9. Phelps, E. A. Human emotion and memory: interactions of the amígdala and hippocampal complex. Current Opinion in Neurobiology 2004, 14:198–202.

10. Medina J. The biology of memory extinction. Psychiatr Times. 2005;22(2):23-25.

11. Slipczuk, L., Bekinschtein, P. Katche,1C., Cammarota,M., Izquierdo, I., and H. Medina, J. H. (2009) BDNF Activates mTOR to Regulate GluR1 Expression Required for Memory Formation. PLoS ONE. 2009; 4(6): e6007.

12. Aanderson, D.J., Good, M.A., Seeburg, P.H., Sprengel, R., Rawlins, J.N., Bannerman, D.M. The role of the GluR-A (GluR1) AMPA receptor subunit in learning and memory. Prog Brain Res. 2008;169:159-78.

13. Brosch T., Scherer, K. R., Grandjean, D., Sander, D. (2013). The impact of emotion on perception, attention, memory, and decision-making. Swiss Med Wkly. 2013;143:w13786

5 motivos para conocer el universo de Ernesto Sábato

Ernesto Sábato nació en 1911 en Rojas y se convirtió, con los años, en una figura fundamental de la Argentina del siglo XX. Su espíritu universal y su carácter comprometido lo llevó a interesarse en áreas tan diversas como la ciencia, la política y el arte, pero no desde una perspectiva acotada a su crecimiento individual, como ocurre muchas veces, sino como distintas formas de aproximarse a un fin mucho más elevado, su verdadera obsesión, que siempre giraba alrededor de la comprensión del sentido de la existencia, la condición humana y la injusticia asociada a las enormes desigualdades sociales.

En este artículo se presentan, resumidamente, 5 abordajes que muestran cómo Sábato era capaz de confluir en las temáticas que los desvelaban partiendo, incluso, desde enfoques muy dispares.

1- La comprensión de la ciencia y su rol para la humanidad

Sábato se recibió de Dr. En Ciencias Físicas en 1937 y recibió una beca para trabajar en radiaciones atómicas en el prestigioso laboratorio Curie de París. Luego fue transferido, en 1939, al Instituto Tecnológico de Massachusetts y poco tiempo después regresó a la Argentina. Como puede apreciarse, el inicio de su labor científica coincidió con la segunda guerra mundial, hecho que afectó severamente su concepción de la ciencia. En sus palabras:

La especialización, en buena medida consecuencia del desarrollo técnico de una civilización escisora, es más que una virtud un infortunio para el hombre, aunque haya servido para aumentar nuestro poderío físico. ¿Pues quién ha dicho que es el poder físico la meta más alta del hombre?”

Ernesto Sábato, Apologías y Rechazos

Ciencia y máquina fueron alejándose hacia un olimpo matemático, dejando solo y desamparado al hombre que les había dado existencia. Triángulos y acero, logaritmos y electricidad, sinusoides y energía atómica, unidos a las formas más misteriosas del poder financiero o estatal, constituyeron finalmente la Gran Maquinaria, de la que los hombres en los países más avanzados acabaron por ser oscuras e impotentes piezas. El hombre-masa, ese extraño ser todavía con aspecto humano, con ojos y llanto, pero ya caído en el universo de las cosas”.

Ernesto Sábato, Apologías y Rechazos

Pese a que Sábato temía lo que pudiera hacerse con la ciencia en una sociedad despojada de valores morales, también valoraba enormemente ciertas cualidades que se desprenden de la actividad científica:

La ciencia estricta es una escuela de modestia, de valor intelectual y de tolerancia: muestra que el pensamiento es un proceso, que no hay gran hombre que no se haya equivocado en cierta proporción, que no hay dogma que implacablemente no se haya desmoronado ante el embate de los hechos nuevos. Por eso es necesario enseñar la ciencia a todo el mundo; y no solamente la ciencia, sino la historia de la ciencia

Ernesto Sábato, Uno y el universo.

 

2- Su interés por la política y el compromiso social

Pese a reconocerse como un joven tímido, Ernesto Sábato no dejó que esta característica restringiera su voluntad ni sus pasiones. Fue Secretario General de la Federación Juvenil Comunista, valoraba el anarquismo ideal y criticó de forma manifiesta al peronismo. Su relación con las dictaduras argentinas fue compleja: si bien no se opuso a algunos levantamientos, ejerció un papel crítico como presidente de la CONADEP, (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas), que tuvo la tarea de investigar el destino de miles de argentinos que desaparecieron y sufrieron torturas como consecuencia del terrorismo de estado que realizó el último gobierno de facto, el más sangriento de la historia argentina.

Todas las naciones civilizadas, incluyendo la nuestra propia, estatuyeron en sus constituciones garantías que jamás pueden suspenderse, ni aun en los más catastróficos estados de emergencia: el derecho a la vida, el derecho a la integridad personal, el derecho a proceso; el derecho a no sufrir condiciones inhumanas de detención, negación de la justicia o ejecución sumaria. De la enorme documentación recogida por nosotros se infiere que los derechos humanos fueron violados en forma orgánica y estatal por la represión de las Fuerzas Armadas. Y no violados de manera esporádica sino sistemática, de manera siempre la misma, con similares secuestros e idénticos tormentos en toda la extensión del territorio”

Prólogo “Nunca Más”

Disponible en: http://www.dhnet.org.br/direitos/mercosul/a_pdf/nunca_mas_argentino.pdf

En este triste examen de fines y medios llegamos a la conclusión de que hay algo seguro de lo que no podemos dudar: los medios no pueden ser perversos, y es trágicamente ilusorio perseguir grandes fines con medios innobles”.

Ernesto Sábato, Apologías y rechazos.

3- El valor de la educación

Ernesto Sábato consideraba la educación como un requisito prácticamente insalvable para lograr un futuro más promisorio. Valoraba el rol de los maestros, reconociendo la enorme importancia que tuvieron para él. Además, Sábato destacaba el valor de los libros no solo en cuanto a su contenido educativo, sino también como puente hacia los grandes misterios de la existencia.

 

No sé qué profesores tenía Galileo en el momento en que se le ocurrió subir a la torre para tirar abajo dos piedras y a la vez la teoría de Aristóteles; si eran malos, se habrán irritado por aquel crimen; si eran maestros de verdad, se habrán alegrado de aquella sagrada rebelión”.

Ernesto Sábato, Apologías y rechazos.

 

Yo también he leído de chico, y fueron los libros quienes me ayudaron a comprender y a querer la grandeza de la vida. Quienes sembraron en mi alma lo que luego los años pudieron expandir. Leía cuanto llegaba a aquellas bibliotecas de barrio, donde primero a través de libros de aventuras, y luego, porque un libro lleva, inexorablemente, a otro libro, a través de los más grandes de todos los tiempos, esos que nos entregan los abismos del corazón humano, y la belleza y el sentido de la existencia”.

Ernesto Sábato, (1)”

4- Su vínculo con la literatura

En medio de la segunda guerra mundial y sintiéndose vacío en cuanto a su labor científica, Ernesto Sábato decidió abandonar la ciencia para volcarse de lleno a la literatura.

Recluido en el pueblo de Pantanillo, en la provincia de Córdoba, en un rancho sin agua ni luz, comienza un periodo en donde se vuelca a las letras como forma de expresión y catarsis.

 “A veces creo que nada tiene sentido. En un planeta minúsculo, que corre hacia la nada desde millones de años, nacemos en medio de dolores, crecemos, luchamos, nos enfermamos, sufrimos, hacemos sufrir, gritamos, morimos, mueren, y otros están naciendo para volver a empezar la comedia inútil. ¿Sería eso, verdaderamente? ¿Toda nuestra vida sería una serie de gritos anónimos en un desierto de astros indiferentes?”

Ernesto Sábato, El Túnel.

Después me ponía a cavilar sobre el sentido general de la existencia, y a pensar sobre nuestras propias inundaciones y terremotos. Así fui elaborando una serie de teorías, pues la idea de que estuviéramos gobernados por un Dios omnipotente, omnisciente y bondadoso me parecía tan contradictoria que ni siquiera creía que se pudiese tomar en serio. Al llegar a la época de la banda de asaltantes había elaborado ya las siguientes posibilidades:

1.° Dios no existe.

2.° Dios existe y es un canalla.

3.° Dios existe, pero a veces duerme: sus pesadillas son nuestra existencia.

4.° Dios existe, pero tiene accesos de locura: esos accesos son nuestra existencia.

5.° Dios no es omnipresente, no puede estar en todas partes. A veces está ausente ¿en otros mundos? ¿En otras cosas?

6.° Dios es un pobre diablo, con un problema demasiado complicado para sus fuerzas. Lucha con la materia como un artista con su obra. Algunas veces, en algún momento logra ser Goya, pero generalmente es un desastre.

7.° Dios fue derrotado antes de la Historia por el Príncipe de las Tinieblas. Y derrotado, convertido en presunto diablo, es doblemente desprestigiado, puesto que se le atribuye este universo calamitoso. Yo no he inventado todas estas posibilidades, aunque por aquel entonces así lo creía; más tarde, verifiqué que algunas habían constituido tenaces convicciones de los hombres, sobre todo la hipótesis del Demonio triunfante”.

Ernesto Sábato, Sobre héroes y tumbas.

Su obra literaria, compuesta por tres novelas, “El túnel”, “Sobre héroes y tumbas” y “Abaddón, el exterminador”, sumado a sus numerosos ensayos, le valieron el premio Cervantes en 1984, siendo el segundo argentino en obtener dicho reconocimiento, después de Jorge Luis Borges.

5- Su visión del mundo y sus pasiones

Dice Sábato refiriéndose a las biografías:

De una manera o de otra, todo cuadro es un autorretrato y toda obra literaria una autobiografía. Pero hay una forma especialmente peligrosa de escribir autobiografías: escribir biografías ajenas; porque podemos atribuir al héroe retratado las pasiones y la inteligencia del autor” (Uno y el universo).

Pues bien, esto es precisamente lo que sucede en las biografías elaboradas por él, a partir de las cuales es posible inferir claramente sus propias pasiones.

A continuación, un ejemplo tomado de su biografía de Hemingway:

Su obra es un recurso insoslayable para comprender el mundo en el que vivió, y la fe inquebrantable en los hombres que, aunque solitariamente, tienen valor para resistir y seguir luchando. Siempre he admirado la pasión de este hombre que presenció un tiempo trágico y desolador, de matanzas inútiles, pero con la grandeza para valorar la comunión entre los camaradas derrotados, ese absoluto por el que vale la pena la vida”.

Este párrafo escrito por Sábato sobre la vida de Hemingway, bien podría aplicarse a él mismo.

Sábato vivió 99 años instando a resistir y a seguir luchando por un mundo mejor. Como pocos, supo abordar los dilemas de la condición humana con profundidad y desde diferentes perspectivas. Su fuerza jamás flaqueó, la mantuvo durante un siglo, en el que su reconocido pesimismo no lo volvía frágil, sino que, por el contrario, le permitía intuir un sentido de la vida y de la grandeza humana en todo pequeño gesto solidario o de resistencia, así como en la apreciación de la belleza que el ser humano es capaz de crear en el marco de un mundo tan bárbaro y ambiguo.


Para seguir leyendo:

1) Discurso pronunciado por el autor durante la presentación del Plan Nacional de Lectura (Buenos Aires, Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología, 18 de mayo de 2004). Texto difundido por Prensa y Comunicación del Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología.

Disponible en: http://www.imaginaria.com.ar/12/9/sabato.htm

Prólogo “Nunca Más”. Disponible en: http://www.dhnet.org.br/direitos/mercosul/a_pdf/nunca_mas_argentino.pdf

Ernesto Sábato, Uno y el universo, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1980.

Ernesto Sábato, Apologías y rechazos, Editorial Seix Barral, Biblioteca breve, España, 1980.

Ernesto Sábato, Sobre héroes y tumbas, Editorial Seix Barral Biblioteca breve, España, 1981.

Ernesto Sábato, El túnel, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1977

Ernesto Sábato, Cuentos que me apasionaron 2, Planeta, Buenos Aires, 2002.

Foto de portada de:

http://www.desarrollosocial.gob.ar/efemerides/aniversario-del-nacimiento-de-ernesto-sabato/

 

Elsa Velasco Benito, el dibujo como expresión personal de la ciencia. Un ejemplo con la inmunología.

En una entrada previa se ha resaltado que muy pocas veces salen a la luz las imágenes que los investigadores “ven” en sus cabezas a la hora de pensar en sus objetos de estudio. Esas formas de aproximarse al mundo para entenderlo y sacarle sus secretos, son sumamente personales, y rara vez se manifiestan de una manera artística. Por ende, las personas que no realizan ciencia, y que tal vez no se imaginan el plano celular, molecular o incluso cuántico, difícilmente pueden hallar una vía, un atajo para aproximarse a ese mundo invisible que a veces solo puede captarse a través del razonamiento y la imaginación.

Internet, sin embargo, es un amplificador enorme de pequeñas excepciones, y comenzando desde esta entrada, nos proponemos realizar un camino en la búsqueda de ejemplos donde sea posible adquirir conocimientos a través de la expresión artística de personas de ciencias.

ciencia divulgación inmunología

Y así llegamos a Elsa Velasco Benito, graduada en Ciencias Biomédicas y con un máster en comunicación científica, médica y ambiental de la Universidad de Pompeu Fabra-BSM. Periodista científica de Big Vang, Elsa se ocupa de realizar divulgación científica acompañándose de dibujos que ella misma elabora. Los dibujos son una ventana abierta para todo aquel que quiera asomarse al mundo de la biomedicina, y a la vez son un fiel reflejo de la mirada personal de la autora, así como de su manera de expresarla.

Entre sus temas de interés, aquí nos ocuparemos de la inmunología, un área que permite aproximaciones muy diversas; desde la evolución, las matemáticas, la salud, la microbiología, la estadística, la química, la literatura y muchas más, dependiendo del interés de quien ha decidido profundizar en ella. Aunque la cantidad de parámetros posibles puede desalentar a más de uno, la realidad es que la inmunología es un espacio lleno de secretos a descubrir, y que bien vale el esfuerzo, porque, después de todo, la diferencia no solo está en los conocimientos, sino también en quien los cuenta:

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Como se mencionaba al inicio, los investigadores necesitan “ver” sus objetos de estudio. Sin embargo, esta capacidad tampoco es la única ya que, en general, no se quedan solamente con las imágenes, sino que van más allá, generando un tipo de conexión más profundo, y que muchas veces deriva en la “humanización” de aquello que se analiza, un recurso tan particular como imprescindible, y que demuestra la soltura con que debe manejarse un investigador en un terreno al que, a veces, solo puede accederse desde el pensamiento:

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La inmunología representa la evolución en su estado más puro; millones de células mueren defendiendo el cuerpo a cada instante y lo mismo puede decirse de los microbios, que luchan con un objetivo igual de importante: no extinguirse para siempre de este planeta tan especial. Lo encarnizado de las acciones no quita, sin embargo, su belleza sutil, la que se vislumbra al comprender los mecanismos moleculares que rigen en esas batallas, donde, por lo general, solo uno de los contendientes logrará salir victorioso, es decir, con vida.

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Como la cumbre de una montaña nevada, la inmunología puede parecer inaccesible. Pero quien se aventure realmente hasta la cima, alcanzará una perspectiva despejada y única. Y para quien prefiera iniciar el ascenso, pero solo para detenerse en algún mirador, o algún amable refugio de montaña, tal vez pueda cruzarse con alguien que venga de bajada, y que le pueda contar, con sus propias palabras, o con su forma de expresión más personal, cómo vio las cosas desde arriba.

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