Irrepetible, un dato para empezar

 

Las constelaciones eran pacientes y se sometían impertérritas a su análisis. Sin embargo, el infinito seguía escabulléndose de sus ecuaciones. Lo inconmensurable no podía ser plasmado en números.

¿Cuánto tiempo llevaba encerrado en su habitación? Nadie lo había interrumpido durante los últimos días, ¿o serían ya meses? No estaba seguro. Había declinado todas las invitaciones. Ya nadie le insistía para que abandonara, al menos por unas horas, el escritorio que había improvisado en su casa. Para sus actividades le bastaba con ese espacio reducido, donde apenas si lograba estirar las piernas. Allí, mientras su cuerpo permanecía en reposo, su mente vagaba por el espacio ilimitado de los números, que anotaba y corregía una y otra vez.

Exhausto y ya de madrugada, abandonó el escritorio y deambuló nerviosamente por la casa. Se detuvo asombrado ante su imagen en un espejo. La barba raleada, los cabellos en completo desorden. En la proyección que le devolvía el vidrio se notó más avejentado de lo que imaginaba. Salió al jardín a reflexionar bajo el rumor de la noche. Todo tomaba un cariz diferente al amparo de las constelaciones. Tantos días transcurridos en silencio. Ninguna compañía, ni un solo amigo con quien intercambiar ideas. Ni una sola mujer con la cual proyectar su vida.

De pronto, pensó en Matilde, le pareció distinguir su rostro angustiado observándolo desde algún lugar de su memoria. Esa tristeza sustancial, la consciencia de quién comprende que se ha embarcado en un emprendimiento poco menos que imposible. Matilde. La única mujer que lo había querido pese a sus obsesiones, a sus extravagancias, a sus manías. Y él la había perdido, lentamente, absorbido por las ecuaciones y los números, concentrado en ideas y proyectos, hipótesis y deducciones. Todo logro equivale a una pérdida —se justificaba—. Consumía su tiempo tan de prisa, que lo opuesto también era cierto, el tiempo lo consumía a él. Y, sin embargo, qué satisfacción lo embargaba cuando los números iban aproximándose a un resultado, cuando las ideas afloraban entre las grietas de su inconsciente, cuando las neuronas vibraban como electrificadas. Esos momentos eran magnéticos, demasiado poderosos. El ritmo cardíaco se le iba de las manos en cuanto vislumbraba un desenlace inminente.

Sin embargo, si se hubiera sosegado durante esos ataques; si hubiera sido medianamente racional en su dedicación, si hubiera aceptado la existencia de otros intereses y emociones, entonces, quizá Matilde estuviera aún con él, contemplando la bóveda infinita de esa noche tan plena de soledad como carente de certezas.

Su hermano lo visitó de imprevisto un día por la mañana. Llegaba jadeando, había oído que Matilde iba a quedarse una semana en la ciudad. Era una oportunidad única, una oportunidad que no podía desperdiciar. ¿Hasta cuando iba a continuar con esa actitud antisocial? ¿Hasta cuándo iba tratar de plasmar todo en números? Las relaciones personales se construían en un espacio ambiguo, no sobre fórmulas, ya debía saberlo.

Él lo sabía, por supuesto, pero no podía prescindir de la seguridad de los números. Sintió una puntada en el estómago. Sus nervios estaban demasiado tensos. ¿Qué contarle a su hermano? El dolor no cedía, intentó relajarse y despejar su mente, súbitamente atormentada. Trató de explicarle los avances que estaba logrando. Las repercusiones que podían tener. En poco tiempo se dio cuenta de que no tenía sentido. Era inútil, su hermano no quería entender, se encerraba en su escepticismo. En vez de concentrarse en sus explicaciones le advertía de su imagen descuidada, de su nueva manía de frotarse la espalda continuamente. Le instaba a recapacitar, a no dilapidar esa última oportunidad.

Su hermano se marchó dejándolo sumido en un desconcierto abismal. Debía tomar una decisión con urgencia. ¿Pero cuál? No estaba para encrucijadas, pensó. ¿Cómo pueden tomarse decisiones sin una mínima certeza, ¿y que podía comprender de su relación con Matilde? ¿Por qué razón ella lo había elegido? ¿Qué intricada suma de factores, en definitiva, lo habían puesto a él, justo a él, en ese sitio privilegiado en el tiempo y en el espacio? Él estaba habituado a lidiar con el infinito, pero siempre con números de por medio, con una base sobre la cual apoyarse. En cambio, con tantas variables desconocidas se sentía absolutamente desamparado. Pido muy poco, decía, solo una certeza, aunque fuera una sola, como un axioma, algo sobre lo que fuera posible asentarse y construir. Sin una mínima certeza a mano, se bloqueaba, como si de una fobia se tratara, y se veía obligado a postergar todo compromiso; o bien, se escondía, literalmente.

Los días pasaron sin que lograra concentrarse demasiado; en consecuencia, vivía de mal humor. Seré un viejo gruñón —se reprochaba—, pero no conseguía cambiar su estado de ánimo. Con cualquier ruido le parecía escuchar golpes en la puerta. Pensaba en Matilde y en el tiempo que restaba para su partida. Tal vez entonces conseguiría la paz que necesitaba para avanzar con sus ecuaciones. Había adquirido la manía de hablar solo. De a ratos arrojaba todo tipo de objetos contra la pared. Bajó las persianas y corrió las cortinas para darse fuerzas y resistir dentro de su casa. El aire estaba viciado y lo hacía toser. Le dolía la garganta, áspera y seca. Tenía los nervios crispados, sentía una comezón insistente en la espalda y no podía dejar de rascarse.

De pronto oyó golpes con claridad. El cuerpo dejó de responderle. El estómago se le endureció como una piedra. Por fin, con gran esfuerzo, se aproximó a una ventana. Desde allí podía ver quién llamaba, sin ser visto. Sólo debía espiar a través de las ranuras de las persianas. Los golpes se escucharon con insistencia por segunda vez. Juntó fuerzas y observó. Era Matilde. La vio de espaldas y se le hizo un nudo en la garganta. Si hubiera visto su expresión convulsionada, quizá hubiera actuado de otro modo. Pero desde su lugar apenas podía observar cómo se cubría el rostro con las manos. En su mente abría la puerta, Matilde se giraba, él avanzaba con determinación, con los brazos extendidos, pero, en la realidad, su cuerpo seguía inerte, petrificado.

Permaneció durante horas al lado de la ventana, sin atreverse a mirar. Terminó por quedarse dormido. Al despertar reparó en que aún continuaba en el mismo sitio. Espió furtivamente. Matilde ya no estaba. Un dolor punzante lo obligó a dirigirse a la cocina. Comió dos tiras de pan rancio y se lavó la cara. Con esfuerzo se dirigió al escritorio y retomó sus ecuaciones en donde las había dejado. Pero no, no había manera, estaba completamente desenfocado. Tomó un almohadón y se estiró en el suelo. Ya estaba acostumbrado a recostarse en cualquier parte. Se durmió profundamente. Soñó con Matilde, una vez más. Pero esta vez había algo diferente, ella le indicaba algo sobre una ecuación. ¿Cómo podía ser? Matilde carecía de formación académica. Y, sin embargo, él asentía, le daba la razón. Comenzó a transpirar, ¿qué le indicaba? Se despertó sobresaltado, bañado en sudor. Matilde le había mostrado algo real, algo concreto que podía inferirse de una ecuación enormemente intrincada y cuyos factores eran absolutamente desconocidos. ¡Claro!, se dijo, existen demasiadas variables, razonó, y todo el peso de la historia, se convenció por fin. Sin darle más vueltas, atemorizado de que fuera demasiado tarde, se abalanzó hacia la salida, quitó la llave, abrió la puerta y trató de correr, pero solo realizó dos pasos antes de trastabillar y caer al piso. Ya en el suelo descubrió que había caído sobre Matilde, que dormía  acurrucada en los escalones de la entrada. Ella nunca se había marchado. Había estado allí todo ese tiempo. La miró embelesado mientras despertaba, con una sonrisa serena, con una tranquilidad que revelaba cuánta seguridad había tenido para quedarse.

Él le devolvió la sonrisa tomando asiento a su lado. Permanecieron así, en silencio, sin necesidad de explicaciones, ella tenía la suya, sin ningún número de por medio; él, por fin, había encontrado una razón, una certeza, había comprendido que una ecuación podía decir mucho aún sin estar resuelta, y que incluso cuando sus factores fueran infinitos y desconocidos; así y todo podían transmitir un conocimiento, algo vital, como en su caso: que la combinación de los factores que lo habían puesto allí era irrepetible. Solo eso, un mínimo dato. Pero este dato para él operaba de otra forma, lo ubicaba en otro lugar, era una certeza prodigiosa, tan simple como un primer axioma, algo que representaba el punto apoyo que le faltaba para establecer vínculos, porque, al fin y al cabo, estaba perfectamente habituado a manejarse así, partiendo de datos mínimos hacia la búsqueda de conocimientos parciales, en el marco de un universo inconmensurable y desconocido.

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Un texto es una creación de la mente, como cualquier conocimiento, como cualquier ciencia

El título de este artículo corresponde a una frase del ensayo de Jorge Wagensberg “Yo, lo superfluo y el error”.

A continuación, el párrafo inicial del primer capítulo de dicho libro:

“Todo lo que no es la realidad misma es una ficción de la realidad. Cualquier representación mental de la realidad es una ficción. La literatura es una ficción de la realidad. Cualquier género literario, incluido el ensayo, es en rigor una ficción. La ciencia también es una ficción de la realidad, pero una ficción todo lo objetiva, inteligible y dialéctica que, en cada momento y lugar, sea posible”.

Título y párrafo son una excelente muestra del estilo y lucidez del autor. Jorge Wagensberg es Dr. en Física, Profesor de Teoría de los Procesos Irreversibles en la Universidad de Barcelona y eminente divulgador científico. Además de contar con numeroso libros, fue director del museo CosmoCaixa y actualmente dirige la colección Metatemas, de Editorial Tusquets, destinada a explorar diversos aspectos de la ciencia, entre ellos, su relación con la literatura.

Como científico que es, el abordaje de su obra se piensa fundamentalmente desde los requisitos que un hombre de ciencia debe enfrentar para acercarse al terreno literario. Al respecto, se focaliza en tres principios del método científico que deben romperse para alcanzar algo semejante a un género que él denomina literatura científica. A su criterio, los tres principios que deben quebrantarse son: el principio de objetivización, (que expulsa al Yo de la ciencia); el de inteligibilidad, (que erradica lo superfluo), y el dialéctico, (que condena el error en la ciencia).

La primera parte del libro está escrita en el formato clásico del ensayo. En cambio, la segunda explora, mediante relatos del autor, el espacio donde ciencia y literatura podrían solaparse.

A continuación, de la primera parte del libro, una lista seleccionada de otras diez frases  y reflexiones que vale la pena resaltar:

1. “Con la objetividad la ciencia gana universalidad, con la inteligibilidad la ciencia gana capacidad de anticipación respecto de la incertidumbre y con la dialéctica la ciencia gana capacidad de cambio: la ciencia cambia, la ciencia progresa. Sacrificando a su mente creadora, la ciencia gana entonces: universalidad, anticipación y progreso (…). El escritor también puede alcanzar tales beneficios, sin duda, pero digamos que no tiene por qué estar dispuesto a pulverizar su identidad para lograrlo.”

 

2. “Para reintroducir la mente creadora en lo creado habría que intentar un rescate del Yo que no arriesgue la universalidad. Para reintroducir la mente creadora en lo creado habría que intentar un elogio de lo superfluo que no pongo en peligro la capacidad de anticipación. Y para reintroducir la mente creadora en lo creado, habría que revisar la condena del error, no sea que descubramos alguna manera de indultarle que no comprometa el avance del conocimiento”.   

 

3. “El segundo principio, el principio de inteligibilidad, recomienda buscar la mínima expresión de lo máximo compartido. Eso es comprender: comprimir hasta la esencia. Y en este proceso lo primero que se retira es lo superfluo”.

4. “La comprensión es, de hecho, una medida de la compresión y la medida de comprensión una medida de la exclusión de lo superfluo. (…). Con independencia de su calidad literaria y de los temas en los contenidos, creo que podemos afirmar sin complejos que un cuento es más científico que una novela, que un poema es más científico que un cuento y que un aforismo es más científico que un poema”.

5. “Eso es lo que consigue todo buen conocimiento: trascender el espacio y el tiempo que mantiene confinada a la realidad que pretende comprender. Un buen proyecto también, creo, para la literatura”.

6. “Hay muchos escritores que hacen literatura científica sin darse cuenta de ello necesariamente”.

7. “El genio literario no es el que explota un suceso inverosímil e irrepetible sino el que interpreta y explota un fenómeno altamente frecuente de la realidad. La originalidad de ambos (del creador científico y del creador literario) no está, pues, tanto en la de de inventar o simular una realidad improbable o monstruosa sino en la representación y comprensión de una realidad relevante.

8. Con independencia de si es por selección natural o por selección cultural, un ente vivo aprende de un error sí y sólo si sobrevive a la ocurrencia de tal error. O bien: los depredadores aprenden más bien de sus errores, las presas más bien de sus aciertos.

 

9. “Picasso fue un pintor extraordinariamente científico, buscó, investigó, probó y ensayó hasta su último suspiro. Y lo mismo se puede decir de Goya, Dalí, Borges…”

10. “Y esta es la cuestión. Los principios del método científico están para depurar toda emoción personal del contenido de la ciencia. Sin embargo, y paradójicamente, cada uno de tales principios tiene asociado un gozo secreto, un premio personal para el Sujeto del conocimiento que no aparece en el Objeto de conocimiento. No se pueden reintroducir las emociones excluidas en el texto científico, pero sí en un texto literario que, de entrada, ya se ha ganado una buena dosis de buena comprensión. Y esa es la idea. Es jugar con ventaja, sí, pero es jugar con una buena ventaja, con una ventaja lícita. Es algo así como escribir literatura con ciencia, pero rescatando en el último momento todo lo ha habido que sacrificar para, justamente, hacer buena ciencia. Para hacer buena ciencia hay que renunciar a algo, a mucho; para hacer literatura también se renuncia a algo, quizás a no tanto. ¿Y si intentamos no renunciar a nada? Mejor dicho: ¿y si exploramos modo para no renunciar a nada? ¿Para qué? ¿Pues sólo para ver lo que la idea da de sí… Tal es el reto”.

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bibliografía

Jorge Wagensberg. (2009). Yo, lo superfluo y el error. Historias de vida o muerte sobre ciencia y literatura. Colección Metatemas. Editorial Tusquets.

Compañerismo

Juan apenas puede dar crédito a sus ojos. Prueba una vez más el interruptor del equipo. ¿Pará qué? Es evidente que no funciona. Por un instante permanece mirando el vacío, incapaz de aceptar lo que sucede.

—¿Te ayudo con algo? —escucha que le dice su compañera, acercándose desde el extremo opuesto de la mesada de laboratorio.

Juan reprime la primera respuesta que le viene a la mente. ¿Acaso no es obvio que está por perder todo el experimento que le ha llevado meses? María José, sin mala intención, ha metido el dedo en la llaga. El lector de ELISA, un equipo típico de cualquier laboratorio, ha dejado de funcionar. Juan sabe que si pierde ese ensayo no podrá confirmar un experimento clave.

—Ey, Juan, ¿qué te pasa? —insiste María José.

Juan vuelve a probar el lector, una, dos, tres veces. No hay caso. No funciona. Respira hondo y aclara:

—Ahora no podré leer la placa que largué.

—¿Y cómo se te hizo tan tarde?

María José. María José. Juan apela una vez más a su paciencia. La becaria nueva, después de todo, no tiene la culpa. Juan recuerda que empezó tarde porque tuvo que recibir al gasista por la mañana; también se retrasó porque pasó por el banco para cerrar una cuenta en rojo; y se le hizo aún más tarde porque alguien terminó la solución de PBS-tween, imprescindible para realizar un ensayo de ELISA. Pero todo esto, María José no tiene por qué saberlo, en definitiva, apenas hace unos días ingresó al laboratorio.

—¿Me dejás probar a mí? —se ofrece entonces la nueva becaria.

Juan estudia el tono de voz de su compañera sin encontrar ningún atisbo de burla en el ofrecimiento. Porque claro, ¿para qué va a probar lo mismo que él ya probó varias veces? Como si el equipo pudiera distinguir, al tacto, la presencia de una mano más afable que la suya, que con buena gana había apretado el interruptor hasta casi sacarlo de su sitio.

Además, si fuera el caso, de que un equipo pudiera distinguir sus operarios, se trataría de uno más nuevo, cuando claramente el que ellos tienen ya es viejo y obsoleto. De tener arrugas y canas, tendría unas cuantas, pero, en cambio, cuenta con una amplia variedad de manchas que atestiguan su edad: ácido clorhídrico, TMB, óxido de plata y quién sabe qué más.

María José se adelanta. Se ubica al frente del equipo. Busca a tientas el interruptor rodeándolo con las manos. Ni siquiera sabe usarlo, piensa Juan, pero la deja intentar. La mira y nota que lleva una bata de laboratorio impecable, o al menos lo aparenta en comparación de la suya, que cuando la cuelga en el perchero parece conservar la forma de su dueño. De la bata pasa al rodete en el cabello, otra precaución que las demás becarias, más antiguas, suelen dejar de lado muchas veces. Al final se queda mirando los guantes de látex, que a María José le quedan como bolsas en las manos. Se han terminado los de tamaño Small y entonces debe usar los Medium que le quedan enormes.

Nada de esto parece preocuparle a María José, que con inocencia pregunta desde dónde se prende el lector de ELISA.

—Desde abajo —indica Juan—. ¿No deberías estar en tu casa, a esta hora?

Juan conoce claramente sus ataques de mal humor. Ahora mismo preferiría estar solo. ¿Por qué debe estar respondiendo preguntas en lugar de tener todas las mesadas a su disposición? ¿En qué podría ayudarle esa compañera que recién comienza su doctorado?

—¿Acaso me estas echando? —pregunta María José, casi divertida.

Juan no termina de comprender si lo sorprende más la réplica sincera o el chillido que ha hecho el equipo al encenderse. Antes de que reaccione, su compañera ya ha soltado una exclamación de triunfo que casi lo aturde. Y lo ha logrado al primer intento.

—Seguro que moviste algo adentro —dice Juan, desconcertado. Sin embargo, ante la mirada maliciosa de su compañera que, evidentemente, no le cree nada, apela a otro argumento—: vos sos nueva, ya vas a ver que todo el tiempo pasan cosas inexplicables en un laboratorio.

—Sí, ya veo —acepta María José—. O tal vez fue suerte…

Suerte. Buena falta le haría. Juan mira la estufa, donde dejó incubando la placa de ELISA y le invade un retorcijón abdominal. En la puntada reconoce sus propios nervios. Apenas añada las gotas del reactivo TMB sobre los pocillos de la placa, sabrá el resultado de su experimento. Si encuentra diferencia en la producción de ciertas moléculas proinflamatorias irá por buen camino. Está repitiendo un ensayo que podría confirmarlo. En cambio, si no detecta diferencias, y todo da igual entre el grupo experimental y los controles, entonces quedará envuelto en un mar de dudas. Hasta podría significar que se ha equivocado, que su interpretación de lo que está pasando, posiblemente, sea errónea. El resultado lo espera, a esa altura, ya determinado.

—¡Dale! ¿Ahora que hacemos? ¿Cruzamos los dedos? —lo despabila María José, al tiempo que camina hacia el perchero a dejar su guardapolvo.

Juan respira hondo. Nota que le agrada el sentido del humor de su compañera. Pero debe continuar. Camina hasta la estufa, retira la placa y vuelve a la mesada. A poco de comenzar los últimos lavados con PBS-Tween, se detiene, acaba de notar que su compañera se ha puesto una campera y se dispone a salir.

Juan mira la placa de ELISA y trata de concentrarse. La gira y vierte su contenido en una bacha de aluminio. Luego la seca sobre un papel absorbente, dándole unos golpes. Para finalizar, busca el reactivo TMB en la heladera y cambia de lugar. Cuando se acomoda constata que María José efectivamente se ha retirado. Considera que tal vez estuvo un poco brusco.

Con mano algo temblorosa, Juan va dejando caer las gotas de TMB. Los pocillos se vuelven al principio de un color azul tenue y, al cabo de unos minutos, van adquiriendo una tonalidad más oscura. Recién entonces Juan añade ácido sulfúrico para detener la reacción y luego camina hacia el dichoso lector de ELISA. Oprime un botón y el equipo abre una pequeña ranura donde cabe exactamente la placa. Una vez activado el programa, el equipo cumple con su cometido: cuantifica. De una impresora sale una hoja con números agrupados en filas y columnas. El resultado es indiscutible. Juan se contiene un instante. Está solo. Podría gritar, acaso tirar todo por el aire. La sensación lo desborda. Piensa dónde ir, con quien puede hablar. Es entonces cuando escucha ruido que viene desde la puerta. ¿Escuchó bien o es sólo su deseo? Aguza el oído. Sí, efectivamente oye pasos. Al girarse ve a María José que camina hacia él. Se detiene justo adelante. Ha vuelto. ¿cómo lo ha comprendido? Apenas se conocen, pero Juan no titubea, extiende los brazos, sabe que está en deuda. Una deuda importante. Ella lo mira de arriba abajo, la bata de laboratorio desprolija, los guantes que sobresalen de sus bolsillos, la expresión evidente del rostro que la observa. Cuando María José salió del laboratorio había solo dos escenarios posibles: que el experimento diera bien o que diera mal. Ahora ya no hay margen para la especulación. Ambos acortan el último paso que los separa. Se unen en un abrazo sincero, el resultado es evidente.

 

 

 

Literatura de laboratorio, un buen nombre para un género que se afianza

La divulgación del conocimiento científico podría dividirse, arbitrariamente, en tres etapas. La primera englobaría desde el puntapié inicial de Galileo en el 1600, con su labor divulgativa1,2, hasta el siglo XIX. Este periodo fue realmente pobre en cuanto a cantidad de obras, a tal punto que la ciencia y los científicos parecían habitar en un espacio muy lejano al de la sociedad en general. Luego, durante gran parte del siglo XX, primó una segunda etapa que bien podría ser asociada al nombre de “las dos culturas”, en base a un célebre discurso de C.P. Snow, pronunciado en 1959, que resaltaba el distanciamiento que existía entre los literatos y los científicos3. Así, la ciencia no solo se mantenía alejada del público en general sino que, para colmo, los escritores aprovechaban la situación, y cuando incorporaban protagonistas científicos a sus obras, los estereotipaban como personajes o bien malévolos o bien excesivamente simpáticos y rayanos a la locura4.

Recién sobre el final del siglo XX comenzó a gestarse lo que bien podría constituir una tercera etapa de la divulgación científica. Mucho tuvo que ver en este cambio la aparición de excelentes obras de no ficción escritas por autores científicos. En este periodo salieron a la luz varios libros brillantes que fueron capaces de explicar grandes logros de la ciencia con terminología accesible a cualquier interesado. Algunos ejemplos fueron “El gen egoísta”, de Richard Dawking (1976);  “Los dragones del Edén”, de Carl Sagan (1978); “Breve historia del tiempo”, de Stephen Hawking (1988), y muchos otros. Estas obras sirvieron para demostrar que el conocimiento de la ciencia no es inalcanzable sino todo lo contrario, y que si bien la comunicación entre investigadores requiere de terminología prácticamente incomprensible para quien no es especialista en la materia, los conocimientos de cualquier área igualmente pueden ser explicados de manera simple cuando alguien se lo propone.

Paralelamente a las obras de no ficción, se produjo el despegue del género literario de la divulgación científica. Lógicamente, esta aproximación debió lidiar con la dificultad que surge a la hora de amalgamar una obra que reúna todos los requisitos de la narración de historias con la rigurosidad de la ciencia y la difusión de los conocimientos obtenidos con el método científico. (Este hecho deja de lado al género de la ciencia ficción, en donde se representan hechos y mundos alternativos basados en conocimientos que no han sido probados con el método científico, al menos en el momento de la redacción de la obra).

Los primeros autores que procuraron sentar las bases de la divulgación de la ciencia a través de la literatura se encontraron con la falta de un nombre apropiado para el género de sus libros. Carl Djerassi, por ejemplo, escribió cuatro novelas basadas en personajes científicos y postuló el nombre de “Ciencia en ficción”, para sus libros.

Recientemente, ha cobrado difusión el trabajo de Jennifer Rohn, una investigadora que ha escrito dos novelas y que ha propuesto el nombre de Literatura de laboratorio, (Lablit)5,, para su género narrativo. El término abarcaría obras cuya característica común es el uso de conocimiento científico para sustentar la trama y/o la presencia de un protagonista principal o secundario relacionado con la ciencia, siendo este un ser humano “normal” y no uno de los obsoletos estereotipos del científico 5,6,7. Con la aparición de estas obras literarias el hombre de ciencia parece recuperar, por fin, su verdadera identidad, lo que realmente es: una persona como cualquier otra, con su familia, su vida sentimental, sus problemas cotidianos o existenciales, e incluso, por qué no, con dificultades para llegar con su sueldo a fin de mes. Muy probablemente, el derrumbe del viejo estereotipo del científico antisocial también haya tenido que ver con la incorporación masiva de la mujer a la labor científica. Este hecho habría repercutido en múltiples planos, ya que la mujer de ciencia no solo es a la vez madre, esposa, ama de casa y demás perfiles, sino que también puede ser una mujer solidaria o ambiciosa, buena o mala madre, esposa fiel o infiel, etc, y lo mismo para el científico padre, esposo, y ahora también amo de casa, perfiles y características que dotan a los científicos de una profundidad psicológica real, que antes era menospreciada y ridiculizada en base al estereotipo.

En el sitio lablit.com se halla una lista de más de ciento cincuenta novelas que podrían ser incluidas en el género. Estas y otras obras en español, como las indicadas por Federico Kukso,2,7, han sido escritas por científicos interesados en la literatura o bien por escritores que se han acercado a la ciencia, aportando iniciativas para terminar con la guerra de las dos culturas4.

En entradas anteriores hemos aportado evidencia de que se aprende mejor con historias, por lo que en este blog estamos completamente de acuerdo con la necesidad tanto de un género narrativo para difundir la ciencia como de una nueva denominación. Dado que el término “divulgación científica” es correcto para obras de no ficción pero resulta poco atractivo, (e incluso añejo), para referirse al género literario; que ciencia en la ficción es demasiado parecido a ciencia ficción, y que literatura científica, utilizado por Jorge Wagensberg(8), tampoco se ha destacado; nos adherimos al nombre propuesto por Jennifer Rohn, con la esperanza de que llegue para quedarse y facilite el intercambio entre ciencia, literatura y todos sus interesados. Que vuelva, así, el científico a formar parte de la sociedad, que haya más ciencia en las historias, que se escriban y lean cada vez más obras de Lablit, literatura de laboratorio

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Para seguir leyendo:

  1. https://es.wikipedia.org/wiki/Galileo_Galilei#Obras_de_Galileo
  2. Federico Kukso. Novelas de laboratorio. Revista Ñ. Disponible en: https://www.clarin.com/rn/literatura/novelas-laboratorio-Kukso_0_BkmNX84pvQl.html
  3. https://es.wikipedia.org/wiki/Las_dos_culturas
  4. Roslynn Haynes. (2014). CIENCIA Y LITERATURA. ¿YA HA ACABADO LA GUERRA ENTRE LAS DOS CULTURAS. MÈTODE Science Studies Journal, 4.University of Valencia. DOI:10.7203/metode.82.356
  5. Jennifer Rohn. http://www.lablit.com/
  6. http://www.nytimes.com/2012/12/04/science/in-lab-lit-fiction-meets-science-of-the-real-world.html?mcubz=2
  7. Federico Kukso. Narrar la ciencia. Revista Ñ. Disponible en: https://www.clarin.com/ideas/titulo_0_ByXlCjYsPQl.html
  8. Jorge Wagensberg. Yo, lo superfluo y el error. Tusquet Editores. Colección metatemas.

La literatura y la difusión del conocimiento

Que pueda comprenderse buena parte de los mecanismos que rigen el universo es, en cierta forma, desconcertante. Pero existiendo tal posibilidad, la de entender los procesos que nos mantienen funcionando entre plantas, bacterias, otros animales y hasta planetas en sus órbitas, resulta difícil no tratar de participar entre quienes, de un modo u otro, intentan descorrer, poco a poco, el velo de lo desconocido, en base a esa formidable herramienta que constituye la ciencia.

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La labor de informarse, conocer, razonar, atar cabos e imaginar lo que, hipotéticamente, podría estar aconteciendo del otro lado de la frontera de lo conocido es, de por sí, un privilegio, una actividad para no perderse, sobre todo, cuando aquello que tal vez se imaginó, en ese espacio intangible del pensamiento, de pronto comienza a tomar forma, de la nada, para volverse una pieza más del universo conocido y comprobable.

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Luego de la comprobación de una hipótesis, el reto consiste en comunicar los hallazgos y someterlos al juicio de la comunidad científica; y así,  la creatividad original deviene en rigurosidad, lo que implica el uso de un lenguaje impersonal, específico, inequívoco y técnico. Esta característica de la ciencia, pese a restringir por completo el modo en que deben transmitirse los conocimientos, aún posee un atractivo especial. Esto se debe al desafío que implica condensar con precisión todo el conocimiento preexistente, el nuevo, y el que, hipotéticamente, hasta podría obtenerse en el futuro. La escritura científica debe generar una especie de extracto crudo y concentrado donde nada puede faltar (y nada sobrar) en relación a lo que se pretende demostrar. Un artículo científico es, en cierto modo, un desafío de lógica, una prueba donde los datos deben ser ordenados del mejor modo posible para destacar su relevancia, sin el menor error, y es en estos puntos donde se esconde la verdadera creatividad de la escritura científica.

Pero esta condensación a extracto puro, aunque es sumamente práctica y valiosa a la hora de la transmitir conocimiento, termina reduciendo las experiencias de los investigadores a bits de información únicamente valiosos para otros científicos.

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A diferencia del formato de la ciencia, la literatura proporciona una libertad, prácticamente, ilimitada: es flexible, original, variada y llena de recursos. Abarca en su conjunto a todas las emociones y temáticas que nos conciernen dentro de la condición humana. Ofrece, además, una diversidad de géneros que se amoldan a casi cualquier propósito.

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Según Roland Barthes, desde la antiguedad, literatura solo tiene el fin de representar la realidad, lo cual establece un vínculo obligado con el conocimiento que se tenga de ella. Por lo tanto, pese a recurrir a un abordaje personal, muy diferente al método de la ciencia, no cabe duda de que la literatura también tiene un vínculo especial con el conocimiento; siendo otro privilegio de nuestra especie, leer y contarse historias.

Es en este marco, entonces, donde surge el interrogante, ¿por qué no partir desde la base sólida del conocimiento relacionado con la ciencia, y luego, a la hora de la comunicación, ampliar el abanico al gusto de cada quien, sin más restricciones que no faltar a la verdad, en cuanto a ciencia se refiere?

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A riesgo de desconocer los gajes del oficio y de sesgarse demasiado en los por qué, a más de un año del inicio de es este blog, el objetivo sigue siendo el mismo: tratar de alinear ciencia y literatura en la difusión del conocimiento, a veces con artículos, a veces con relatos.

Martín Mehsen