Buena compañía

Juan apenas puede dar crédito a sus ojos. Prueba una vez más el interruptor del equipo. ¿Pará qué? Es evidente que no funciona. Por un instante permanece mirando el vacío, incapaz de aceptar lo que sucede.

—¿Te ayudo con algo? —escucha que le dice su compañera, acercándose desde el extremo opuesto de la mesada de laboratorio.

Juan reprime la primera respuesta que le viene a la mente. ¿Acaso no es obvio que está por perder todo el experimento que le ha llevado meses? María José, sin mala intención, ha metido el dedo en la llaga. El lector de ELISA, un equipo típico de cualquier laboratorio, ha dejado de funcionar. Juan sabe que si pierde esos resultados no podrá completar, decentemente, un resumen para el próximo congreso.

—Ey, Juan, ¿qué te pasa? —insiste María José.

Juan vuelve a probar el lector, una, dos, tres veces. No hay caso. No funciona. Respira hondo y aclara:

—Ahora no podré leer la placa que largué.

—¿Y cómo se te hizo tan tarde?

María José. María José. Juan apela una vez más a su paciencia. La becaria nueva, después de todo, no tiene la culpa. Juan recuerda que empezó tarde porque tuvo que recibir al plomero por la mañana; también se retrasó porque pasó por el banco para cerrar una cuenta en rojo; y se le hizo aún más tarde porque alguien no repuso la solución de PBS-tween, imprescindible para realizar un ensayo de ELISA. Pero todo esto, María José no tiene por qué saberlo, en definitiva, apenas hace unos días ingresó al laboratorio.

—¿Me dejás probar a mí? —se ofrece entonces la nueva becaria.

Juan estudia el tono de voz de su compañera sin encontrar ningún atisbo de burla en el ofrecimiento. Porque claro, ¿para qué va a probar lo mismo que él ya probó varias veces? Como si el equipo pudiera distinguir, al tacto, la presencia de una mano más afable que la suya, que con buena gana había apretado el interruptor hasta casi sacarlo de su sitio.

Además, si fuera el caso, de que un equipo pudiera distinguir sus operarios, se trataría de uno más nuevo, cuando claramente el que ellos tienen ya es viejo y obsoleto. De tener arrugas y canas, tendría unas cuantas, pero, en cambio, cuenta con una amplia variedad de manchas que atestiguan su edad: ácido clorhídrico, TMB, óxido de plata y quién sabe qué más.

María José se adelanta y se ubica al frente del equipo. Busca a tientas el interruptor rodeándolo con las manos. Ni siquiera sabe usarlo, piensa Juan, pero la deja intentar. La mira y nota que lleva una bata de laboratorio impecable, o al menos lo aparenta en comparación de la suya, que cuando la cuelga en el perchero parece conservar la forma de su dueño. De la bata pasa al rodete en el cabello, otra precaución que las demás becarias, más antiguas, suelen dejar de lado muchas veces. Al final se queda mirando los guantes de látex, que a María José le quedan como bolsas en las manos. Se han terminado los de tamaño Small y entonces debe usar los Medium que le quedan enormes.

Nada de esto parece preocuparle a María José, que con inocencia pregunta desde dónde se prende el lector de ELISA.

—Desde abajo —indica Juan—. ¿No deberías estar en tu casa, a esta hora?

Juan conoce claramente sus ataques de mal humor. Ahora mismo preferiría estar solo. ¿Por qué debe estar respondiendo preguntas en lugar de tener todas las mesadas a su disposición? ¿En qué podría ayudarle esa compañera que recién comienza su doctorado?

—¿Acaso me estas echando? —pregunta María José, casi divertida.

Juan no termina de comprender si lo sorprende más la réplica sincera o el chillido que ha hecho el equipo al encenderse. Antes de que reaccione, su compañera ya ha soltado una exclamación de triunfo que casi lo aturde. Y lo ha logrado al primer intento.

—Seguro que moviste algo adentro —dice Juan, desconcertado. Sin embargo, ante la mirada maliciosa de su compañera que, evidentemente, no le cree nada, apela a otro argumento—: vos sos nueva, ya vas a ver que todo el tiempo pasan cosas inexplicables en un laboratorio.

—Sí, ya veo —acepta María José—. Lo importante es que podés seguir.

Juan mira la estufa, donde dejó incubando la placa de ELISA y le invade un retorcijón abdominal. En la puntada reconoce sus propios nervios. Apenas añada las gotas del reactivo TMB sobre los pocillos de la placa, sabrá el resultado de su experimento. Si encuentra diferencia en la producción de ciertas moléculas proinflamatorias irá por buen camino. Está repitiendo un ensayo y, de confirmarse la tendencia, podrá llevar un trabajo preliminar al congreso anual de su especialidad. En cambio, si no detecta diferencias, y todo da igual entre el grupo experimental y los controles, entonces quedará envuelto en un mar de dudas. Hasta podría significar que se ha equivocado, que su interpretación de lo que está pasando, posiblemente, sea errónea. El resultado lo espera, a esa altura, ya determinado.

—¡Dale! No te demores —lo despabila María José, al tiempo que camina hacia el perchero a dejar su guardapolvo.

Juan respira hondo otra vez, camina hasta la estufa, retira la placa y vuelve a la mesada. Comienza los últimos lavados con PBS-Tween, pero se detiene en cuanto nota que su compañera se ha puesto una campera y se dispone a salir.

—Esperá —dice—. No te vayas.

—Hace un minuto me pediste, amablemente, que me retire, ¿por qué cambiaste de opinión?

Juan atiende primero la placa de ELISA. La gira y vierte su contenido en una bacha de aluminio. Luego la seca sobre un papel absorbente, dándole unos golpes. Como no encuentra una forma de justificarse, es María José quien, otra vez, tiene que salir en su auxilio:

—Te traigo suerte. Es eso, ¿no?

Juan sonríe al tiempo que levanta la vista de la mesada. Suerte. Buena falta le haría. Debe aceptar que le agrada el sentido del humor de su compañera. Termina el último lavado, seca la placa, busca el reactivo TMB en la heladera y cambia de lugar. Cuando se acomoda constata que María José está acercándose sin la campera.

—Todo sea por la ciencia —dice ella—. ¿Y ahora, qué hacemos, cruzamos los dedos?

Ella le dedica una sonrisa tan contagiosa que Juan debe hacer un esfuerzo por concentrarse. Con mano algo temblorosa va dejando caer las gotas de TMB. Los pocillos comienzan a volverse de un color azul tenue. Al aumentar la intensidad, Juan añade ácido sulfúrico a cada pocillo para detener la reacción y luego caminan hacia el dichoso lector de ELISA. Juan oprime un botón y el equipo abre una pequeña ranura donde cabe exactamente la placa. Una vez activado el programa, el equipo cumple con su cometido. Cuantifica. María José toma una hoja que sale de la impresora y la contemplan codo a codo. Se miran apenas un segundo, suficiente para que ambos comprendan lo que sucede. El resultado es indiscutible. Es lo que es, así es la ciencia, y Juan se alegra de no estar solo.

 

 

 

 

 

 

Literatura de laboratorio, un buen nombre para un género que se afianza

La divulgación del conocimiento científico podría dividirse, arbitrariamente, en tres etapas. La primera englobaría desde el puntapié inicial de Galileo en el 1600, con su labor divulgativa1,2, hasta el siglo XIX. Este periodo fue realmente pobre en cuanto a cantidad de obras, a tal punto que la ciencia y los científicos parecían habitar en un espacio muy lejano al de la sociedad en general. Luego, durante gran parte del siglo XX, primó una segunda etapa que bien podría ser asociada al nombre de “las dos culturas”, en base a un célebre discurso de C.P. Snow, pronunciado en 1959, que resaltaba el distanciamiento que existía entre los literatos y los científicos3. Así, la ciencia no solo se mantenía alejada del público en general sino que, para colmo, los escritores aprovechaban la situación, y cuando incorporaban protagonistas científicos a sus obras, los estereotipaban como personajes o bien malévolos o bien excesivamente simpáticos y rayanos a la locura4.

Recién sobre el final del siglo XX comenzó a gestarse lo que bien podría constituir una tercera etapa de la divulgación científica. Mucho tuvo que ver en este cambio la aparición de excelentes obras de no ficción escritas por autores científicos. En este periodo salieron a la luz varios libros brillantes que fueron capaces de explicar grandes logros de la ciencia con terminología accesible a cualquier interesado. Algunos ejemplos fueron “El gen egoísta”, de Richard Dawking (1976);  “Los dragones del Edén”, de Carl Sagan (1978); “Breve historia del tiempo”, de Stephen Hawking (1988), y muchos otros. Estas obras sirvieron para demostrar que el conocimiento de la ciencia no es inalcanzable sino todo lo contrario, y que si bien la comunicación entre investigadores requiere de terminología prácticamente incomprensible para quien no es especialista en la materia, los conocimientos de cualquier área igualmente pueden ser explicados de manera simple cuando alguien se lo propone.

Paralelamente a las obras de no ficción, se produjo el despegue del género literario de la divulgación científica. Lógicamente, esta aproximación debió lidiar con la dificultad que surge a la hora de amalgamar una obra que reúna todos los requisitos de la narración de historias con la rigurosidad de la ciencia y la difusión de los conocimientos obtenidos con el método científico. (Este hecho deja de lado al género de la ciencia ficción, en donde se representan hechos y mundos alternativos basados en conocimientos que no han sido probados con el método científico, al menos en el momento de la redacción de la obra).

Los primeros autores que procuraron sentar las bases de la divulgación de la ciencia a través de la literatura se encontraron con la falta de un nombre apropiado para el género de sus libros. Carl Djerassi, por ejemplo, escribió cuatro novelas basadas en personajes científicos y postuló el nombre de “Ciencia en ficción”, para sus libros.

Recientemente, ha cobrado difusión el trabajo de Jennifer Rohn, una investigadora que ha escrito dos novelas y que ha propuesto el nombre de Literatura de laboratorio, (Lablit)5,, para su género narrativo. El término abarcaría obras cuya característica común es el uso de conocimiento científico para sustentar la trama y/o la presencia de un protagonista principal o secundario relacionado con la ciencia, siendo este un ser humano “normal” y no uno de los obsoletos estereotipos del científico 5,6,7. Con la aparición de estas obras literarias el hombre de ciencia parece recuperar, por fin, su verdadera identidad, lo que realmente es: una persona como cualquier otra, con su familia, su vida sentimental, sus problemas cotidianos o existenciales, e incluso, por qué no, con dificultades para llegar con su sueldo a fin de mes. Muy probablemente, el derrumbe del viejo estereotipo del científico antisocial también haya tenido que ver con la incorporación masiva de la mujer a la labor científica. Este hecho habría repercutido en múltiples planos, ya que la mujer de ciencia no solo es a la vez madre, esposa, ama de casa y demás perfiles, sino que también puede ser una mujer solidaria o ambiciosa, buena o mala madre, esposa fiel o infiel, etc, y lo mismo para el científico padre, esposo, y ahora también amo de casa, perfiles y características que dotan a los científicos de una profundidad psicológica real, que antes era menospreciada y ridiculizada en base al estereotipo.

En el sitio lablit.com se halla una lista de más de ciento cincuenta novelas que podrían ser incluidas en el género. Estas y otras obras en español, como las indicadas por Federico Kukso,2,7, han sido escritas por científicos interesados en la literatura o bien por escritores que se han acercado a la ciencia, aportando iniciativas para terminar con la guerra de las dos culturas4.

En entradas anteriores hemos aportado evidencia de que se aprende mejor con historias, por lo que en este blog estamos completamente de acuerdo con la necesidad tanto de un género narrativo para difundir la ciencia como de una nueva denominación. Dado que el término “divulgación científica” es correcto para obras de no ficción pero resulta poco atractivo, (e incluso añejo), para referirse al género literario; que ciencia en la ficción es demasiado parecido a ciencia ficción, y que literatura científica, utilizado por Jorge Wagensberg(8), tampoco se ha destacado; nos adherimos al nombre propuesto por Jennifer Rohn, con la esperanza de que llegue para quedarse y facilite el intercambio entre ciencia, literatura y todos sus interesados. Que vuelva, así, el científico a formar parte de la sociedad, que haya más ciencia en las historias, que se escriban y lean cada vez más obras de Lablit, literatura de laboratorio

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Para seguir leyendo:

  1. https://es.wikipedia.org/wiki/Galileo_Galilei#Obras_de_Galileo
  2. Federico Kukso. Novelas de laboratorio. Revista Ñ. Disponible en: https://www.clarin.com/rn/literatura/novelas-laboratorio-Kukso_0_BkmNX84pvQl.html
  3. https://es.wikipedia.org/wiki/Las_dos_culturas
  4. Roslynn Haynes. (2014). CIENCIA Y LITERATURA. ¿YA HA ACABADO LA GUERRA ENTRE LAS DOS CULTURAS. MÈTODE Science Studies Journal, 4.University of Valencia. DOI:10.7203/metode.82.356
  5. Jennifer Rohn. http://www.lablit.com/
  6. http://www.nytimes.com/2012/12/04/science/in-lab-lit-fiction-meets-science-of-the-real-world.html?mcubz=2
  7. Federico Kukso. Narrar la ciencia. Revista Ñ. Disponible en: https://www.clarin.com/ideas/titulo_0_ByXlCjYsPQl.html
  8. Jorge Wagensberg. Yo, lo superfluo y el error. Tusquet Editores. Colección metatemas.

La literatura y la difusión del conocimiento

Que pueda comprenderse buena parte de los mecanismos que rigen el universo es, en cierta forma, desconcertante. Pero existiendo tal posibilidad, la de entender los procesos que nos mantienen funcionando entre plantas, bacterias, otros animales y hasta planetas en sus órbitas, resulta difícil no tratar de participar entre quienes, de un modo u otro, intentan descorrer, poco a poco, el velo de lo desconocido, en base a esa formidable herramienta que constituye la ciencia.

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La labor de informarse, conocer, razonar, atar cabos e imaginar lo que, hipotéticamente, podría estar aconteciendo del otro lado de la frontera de lo conocido es, de por sí, un privilegio, una actividad para no perderse, sobre todo, cuando aquello que tal vez se imaginó, en ese espacio intangible del pensamiento, de pronto comienza a tomar forma, de la nada, para volverse una pieza más del universo conocido y comprobable.

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Luego de la comprobación de una hipótesis, el reto consiste en comunicar los hallazgos y someterlos al juicio de la comunidad científica; y así,  la creatividad original deviene en rigurosidad, lo que implica el uso de un lenguaje impersonal, específico, inequívoco y técnico. Esta característica de la ciencia, pese a restringir por completo el modo en que deben transmitirse los conocimientos, aún posee un atractivo especial. Esto se debe al desafío que implica condensar con precisión todo el conocimiento preexistente, el nuevo, y el que, hipotéticamente, hasta podría obtenerse en el futuro. La escritura científica debe generar una especie de extracto crudo y concentrado donde nada puede faltar (y nada sobrar) en relación a lo que se pretende demostrar. Un artículo científico es, en cierto modo, un desafío de lógica, una prueba donde los datos deben ser ordenados del mejor modo posible para destacar su relevancia, sin el menor error, y es en estos puntos donde se esconde la verdadera creatividad de la escritura científica.

Pero esta condensación a extracto puro, aunque es sumamente práctica y valiosa a la hora de la transmitir conocimiento, termina reduciendo las experiencias de los investigadores a bits de información únicamente valiosos para otros científicos.

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A diferencia del formato de la ciencia, la literatura proporciona una libertad, prácticamente, ilimitada: es flexible, original, variada y llena de recursos. Abarca en su conjunto a todas las emociones y temáticas que nos conciernen dentro de la condición humana. Ofrece, además, una diversidad de géneros que se amoldan a casi cualquier propósito.

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Según Roland Barthes, desde la antiguedad, literatura solo tiene el fin de representar la realidad, lo cual establece un vínculo obligado con el conocimiento que se tenga de ella. Por lo tanto, pese a recurrir a un abordaje personal, muy diferente al método de la ciencia, no cabe duda de que la literatura también tiene un vínculo especial con el conocimiento; siendo otro privilegio de nuestra especie, leer y contarse historias.

Es en este marco, entonces, donde surge el interrogante, ¿por qué no partir desde la base sólida del conocimiento relacionado con la ciencia, y luego, a la hora de la comunicación, ampliar el abanico al gusto de cada quien, sin más restricciones que no faltar a la verdad, en cuanto a ciencia se refiere?

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A riesgo de desconocer los gajes del oficio y de sesgarse demasiado en los por qué, a más de un año del inicio de es este blog, el objetivo sigue siendo el mismo: tratar de alinear ciencia y literatura en la difusión del conocimiento, a veces con artículos, a veces con relatos.

Martín Mehsen

Poesía y Matemática

Letras y números. Números y letras. En una primera aproximación, parecería que el solapamiento de poesía y matemática no constituye un espacio de particular interés. El mismo Aldous Huxley, cuya notable familia incluía científicos y literatos, recalcaba en su ensayo Literatura y ciencia:

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No obstante, luego de introducirse un poco en la temática, acaso sea posible afirmar todo lo contrario, que en realidad la intersección de poemas y números constituye un espacio singular, prácticamente ilimitado, con múltiples aristas y caminos para dejarse llevar, enfoques que permitirían, incluso, atisbar hacia dentro y fuera de la esencia humana.

Si alguien se propusiera realizar una búsqueda retrospectiva, de un poema a otro, de un siglo al anterior y así hasta épocas remotas, tal vez daría con un himno dedicado al Dios Nanna, realizado por un autor anónimo y fechado en 1800 a.C., en la época de los Sumerios. En una traducción no profesional, un pequeño fragmento diría lo siguiente:

 

Las vacas son conducidas en manadas para él.

Sus varios tipos de vaca son 39600.

Sus vacas engordadas son 108.000.

…………….

Las vacas para la cena están en cuatro grupos de cinco cada uno.

Tales son los diversos tipos de vaca del padre Nanna.

…………………………

Ellos alaban al Señor,

 rezando mientras se mueven en los santuarios jipar.

Nisaba ha tomado su gran total;

 Nisaba ha tomado su cuenta,

y ella está escribiendo en la arcilla.

Las benditas vacas de Nanna,

 apreciadas por el joven Suen,

 sean alabadas! (2)

 

 ¿Qué posee este himno de particular? Para comprender su posible importancia debe tenerse en cuenta que Nisaba era una diosa con influencias muy amplias. Ella era la deidad de los granos, pero también de la escritura y de los cálculos matemáticos. Una combinación tan extraña que llevó, por lo menos, a una historiadora, a sugerir que una de las fuerzas detrás de la invención de las letras y de los números -y así de la literatura y de la ciencia- habría sido la necesidad de manejar y contabilizar los recursos de la época, como el ganado y los granos (2).

Más allá de la hipótesis, el himno, tal vez, hasta sugiere algo más. Porque la información contable no solo estaba escrita en forma poética, sino que se plasmaban en el medio de una breve historia, un relato que incluía creencias religiosas. Este no es un dato menor. “Estamos hechos de historias”, ha advertido Galeano, refiriéndose a nuestra constitución actual. Así, ese himno aportaría evidencia de que aquellos antepasados, que habitaron una tierra completamente diferente, primitiva y hostil, ya habrían sido atravesados por la misma necesidad de hilvanar sus propias historias, y que no solo eran capaces de hacerlo, sino que además integraban poesía y matemática con buena naturalidad.

¿Qué ocurrió después? La matemática, al igual que la ciencia en general, se distanció de las letras, y en esto sí habría que darle la derecha a Huxley:

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No obstante, a lo largo de los siglos siempre hubo ejemplos que demostraban que la convivencia era posible. Grandes autores continuaron creando sus obras en la frontera de la matemática y la literatura, como fueron los casos de Arquímedes (3), Neruda (4), Zymborska (5), Yehuda Amijai (6) y muchos otros.

poesia y matematica

 

Al parecer, los caminos divergentes de letras y números no eran definitivos. El punto de solapamiento se mantenía intacto, dentro de un núcleo común. ¿Qué podía haber en el interior?  ¿De dónde provenía la inspiración?

Sin excluir otras posibilidades, cabría plantearse si el inconsciente no desempeña un rol clave como fuerza y musa de ambas expresiones. Es prácticamente innegable que lo subliminal posee un papel preponderante en cualquier rama del arte. Y algunos matemáticos, como G. H. Hardy, se han manifestado a favor de la importancia del inconsciente en sus actividades:

poesia y matematica

 

Aparentemente, fue un momento de iluminación y alegría lo que llevó al matemático Frederic Soddy, premio Nobel de química, a concebir el siguiente poema sobre un teorema de Descartes (8):

El beso preciso

Pueden besarse los labios, dos a dos,

sin mucho calcular, sin trigonometría;

mas ¡ay! no sucede igual en geometría,

pues si cuatro círculos tangentes quieren ser

y besar cada uno a los otros tres,

para lograrlo habrán de estar los cuatro

o tres dentro de uno, o alguno

por otros tres a coro rodeado.

De estar uno entre tres, el caso es evidente

pues son todos besados desde afuera.

Y el caso tres en uno no es quimera,

al ser éste uno por tres veces besado internamente.

Cuatro círculos llegaron a besarse,

cuanto menores tanto más curvados,

y es su curvatura tan sólo la inversa

de la distancia desde el centro.

Aunque este enigma a Euclides asombrara,

ninguna regla empírica es necesaria:

al ser las rectas de nula curvatura

y ser las curvas cóncavas tomadas negativas,

la suma de cuadrados de las cuatro curvaturas

es igual a un medio del cuadrado de su suma.

Espiar de las esferas

los enredos amorosos

pudiérale al inquisidor

requerir cálculos tediosos,

pues siendo las esferas más corridas,

a más de un par de pares

una quinta entra en la movida.

Empero, siendo signos y ceros como antes

para besar cada una a las otras cuatro,

el cuadrado de la suma de las cinco curvaturas

ha de ser triple de la suma de sus cuadrados.

 

 

Para dar todavía más vuelo a este poema, el fotógrafo Mounir Fatmi construyó una serie fotográfica de uno de los clásicos del cine, Casablanca, trazando círculos y líneas que aspiran a los del poema, pero aplicadas al esperado beso de Humphrey Bogart con Ingrid Bergman.

 

poesía matemática

Retomando el papel del inconsciente, y a favor de su papel en ambas disciplinas, resulta de interés notar que durante el siglo XX, cuando los artistas en general se volvieron más interesados en lo subliminal y lo onírico, matemática y poesía tuvieron un periodo sumamente fructífero, de exploraciones desinhibidas y hasta surrealistas, sin ningún tipo de prejuicios. Una recopilación de una divulgadora muy activa de la actualidad, Marta Macho Stadler, muestra un gran número de aquellos abordajes (9).

Pero si el papel del inconsciente mencionado por Hardy es importante, no menos atractivo resulta la referencia al término iluminación. Es, en este marco, donde el punto de solapamiento entre poesía y matemática podría alcanzar su máxima expresión.

ciencia matematica y poesia

Así, en una apreciación aventurada, poesía y matemáticas podrían tomar la forma de puentes hacia lo desconocido, súbitas y efímeras conexiones de entendimiento con el universo solo parcialmente definido, destellos guiados por el inconsciente que duran lo que una chispa, pero que acaso permiten expresar en la forma de ecuaciones o versos, y aunque sea parcial y raudamente, aquello que nos acompaña en todo momento y que, no obstante, suele escaparse a nuestros sentidos.

(…) Cada vez que escribo un poema tengo la sensación de estar construyendo ecuaciones a partir de unos resultados que me ha ofrecido la realidad

Daniel Bonilla (7)

La unión de poesía y matemática tal vez se mantenga siempre como un espacio bastante desapercibido. Sin embargo, la fusión de ambas aproximaciones quizá esconda un potencial hasta ahora subestimado. La suma de muchas neuronas individuales resulta en un producto con propiedades únicas y diferentes de las células constituyentes. Del mismo modo, la unión de inspiración poética más inspiración matemática bien podría resultar en un producto muy superior a la suma de las partes.

Qué es el hombre

se pregunta Pascal:

Una potencia de exponente cero.

Nada

si se compara con el todo

Todo

si se compara con la nada:

Nacimiento más muerte:

Ruido multiplicado por silencio:

Medio aritmético entre el todo y la nada.

Pensamientos. Nicanor Parra


Para seguir leyendo:

1. Aldous Huxley. Literatura y ciencia, Editorial sudamericana, Argentina.

2- Mark G. Hall. (1986). A Hymn to the Moon-God, Nanna. Journal of Cuneiform Studies. Vol. 38, No. 2. pp. 152-166

3. https://es.wikipedia.org/wiki/Problema_del_ganado

4. http://www.sectormatematica.cl/poemas/poema_10.html

5. https://decienciayliteratura.com/tag/wislawa-szymborska/

6. Traducción de http://www.elcultural.com/blogs/rima-interna/2013/04/ultimos-poemas-de-yehuda-amijai/

7. https://revistasuma.es/IMG/pdf/22/091-095.pdf

8. Tomado de: https://ztfnews.wordpress.com/2014/07/28/el-beso-preciso-del-quimico-frederick-soddy/

9. http://www.ehu.eus/~mtwmastm/Cosmopoetica_28marzo.pdf

10. http://www.jornada.unam.mx/2012/11/04/sem-fabrizio.html

Paradoja: la ciencia muestra que se aprende mejor con historias, pero ella misma rara vez se enseña con historias

Se ha denominado neuroeducación al campo que une neurociencias y educación en el afán de conocer y caracterizar el proceso de aprendizaje con el fin de optimizar la educación.

El avance de las neurociencias ha permitido obtener información sumamente valiosa acerca de las bases neurales del aprendizaje. En particular, se ha observado que las emociones tienen un rol vital en la educación, al menos, en dos sentidos; por un lado, modulando la memoria (2), un componente clave para el aprendizaje; por el otro, despertando la atención y la curiosidad, lo que permite focalizar el interés sobre un tema particular durante un tiempo prolongado (3,4,5). Las emociones son reacciones inconscientes que la naturaleza ha evolucionado para garantizar la supervivencia (6). Por lo tanto, que favorezcan el aprendizaje tiene perfecto sentido desde un punto de vista evolutivo. Así, surge entonces el interrogante, ¿cómo involucrar las emociones si podrían ser tan importantes para el aprensizaje? La respuesta, quizá, no debería sorprender: con historias.

historias ciencia literatura

Contarse historias es una actividad ancestral del ser humano. Todas las culturas orales conocidas utilizan esa técnica de forma sustancial. Es un proceso donde la imaginación permite que el oyente o lector se “transporte” hacia el contexto narrativo, involucrando zonas del cerebro relacionadas con las acciones que realizan los personajes. Y lo más importante, las historias pueden incluir una gran carga emocional, lo que precisamente se recomienda para estimular la memoria y el aprendizaje (7,8,9,10).

¿Pero, cómo ocurren estos eventos a nivel molecular?

La neurociencia avanza continuamente al respecto. Por lo pronto, existe evidencia de que los estímulos emocionales pueden provocar la liberación de norepinefrina hacia múltiples áreas cerebrales, incluyendo el hipocampo y la amígdala, dos estructuras cerebrales independientes que participan en la modulación de la memoria y que pueden actuar en conjunto, precisamente, a causa de estímulos emocionales (9,10). La noerpinefrina es capaz de influir luego sobre una proteína denominada GluR1 facilitando su incorporación en sinapsis involucradas en la formación de la memoria (10,11,12). Se han clasificado en tres a los estadios en que se procesa la memoria: codificación, consolidación y recuperación, siendo el papel de la emociones tan importante que afecta a las tres etapas (13).

Con las evidencias científicas sobre la mesa, resulta difícil oponerse a la necesidad de emplear el recurso de las emociones en el aprendizaje. Sin embargo, y de forma llamativa, la enseñanza de la ciencia misma y, en particular, la divulgación al público general, lejos están de apelar asiduamente al empleo de historias. Muchos son los motivos que están involucrados en esta paradoja, los cuales se han abordado en entradas anteriores. Resumidamente, tienen que ver con: a) que el lenguaje técnico, preciso y monótono de la ciencia resulta sumamente incompatible con el de una obra literaria, b) que la literatura, como forma de arte, requiere de cierta distorsión de la realidad, un hecho que se contrapone notoriamente con la ciencia, ya que los científicos no deben jamás distorsionar lo que observan, c) que el objeto de interés de la literatura es lo privado, lo que importan son las emociones y los puntos de vista subjetivos; en cambio, para la ciencia, el objeto de interés es público y debe ser abordado desde un punto de vista objetivo, y d) que la profundidad y la cantidad de información que puede incluirse en una trama literaria es limitada.

De esta lista, no exhaustiva, tal vez la restricción más importante tenga que ver justamente con las emociones. La ciencia debe prescindir de todo componente subjetivo a la hora del análisis y la comunicación entre pares. Esto es así y está muy bien. Pero a la hora de la comunicación al público general, ¿puede existir mayor libertad?

En este blog pensamos que sí. De hecho, en el camino hacia la generación de hipótesis lo más importante es la imaginación, la cual sería, en definitiva, un punto en común clave entre ambos tipos de actividades, científica y literaria. Además, una vez que los conocimientos han sido validados con rigurosidad científica, la divulgación se encuentra en libertad de apelar a todos los recursos narrativos disponibles, en tanto y en cuanto no se tergiverse el contenido científico.

Razón y emoción han sido consideradas fuerzas opuestas durante muchísimo tiempo. Ahora las ciencia revela que, en realidad, están íntimamente ligadas, al punto de demostrar que las emociones son inseparables del aprendizaje. En este marco, cabe preguntarse si no debería aumentar el empleo de historias en la enseñanza, y, por qué no, en la divulgación de la ciencia al público en general.

El tiempo dirá.

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Para seguir leyendo

1.Kieran, E. (1989). Memory, Imagination, and Learning: Connected by the Story. Phi Delta Kappan, v70 n6 p455-59.

2) Erk, S., Kiefer, M., Grothe, J., Wunderlich, A. P., Spitzer, M., Walter, H. (2003). Emotional context modulates subsequent memory effect. Neuroimage;18(2):439-47.

3) Carol A. Lyons. (1999). Emotions, Cognition, and Becoming a Reader: A Message to Teachers of Struggling Learners. Literacy Teaching and Learning, Volume 4, Number 1, page 67

4) Fundación CADAH. Disponible en:

http://www.fundacioncadah.org/web/articulo/la-importancia-de-las-emociones-en-el-aprendizaje-y-su-relacion-con-el-tdah.html

5) Daisy Yuhas. Curiosity Prepares the Brain for Better Learning Neuroimaging reveals how the brain’s reward and memory pathways prime inquiring minds for knowledge.  Scientific american.

Disponible en: https://www.scientificamerican.com/article/curiosity-prepares-the-brain-for-better-learning/

6) Jesús C. Guillén. Las emociones. Disponible en:

https://escuelaconcerebro.wordpress.com/2012/12/27/neuroeducacion-estrategias-basadas-en-el-funcionamiento-del-cerebro/

7. Schultz, W. 2015. NEURONAL REWARD AND DECISION SIGNALS: FROM THEORIES TO DATA. Physiol Rev 95: 853–951.

8. Paul J. Zak. How Stories Change the Brain. Disponible en:

http://greatergood.berkeley.edu/article/item/how_stories_change_brain

9. Phelps, E. A. Human emotion and memory: interactions of the amígdala and hippocampal complex. Current Opinion in Neurobiology 2004, 14:198–202.

10. Medina J. The biology of memory extinction. Psychiatr Times. 2005;22(2):23-25.

11. Slipczuk, L., Bekinschtein, P. Katche,1C., Cammarota,M., Izquierdo, I., and H. Medina, J. H. (2009) BDNF Activates mTOR to Regulate GluR1 Expression Required for Memory Formation. PLoS ONE. 2009; 4(6): e6007.

12. Aanderson, D.J., Good, M.A., Seeburg, P.H., Sprengel, R., Rawlins, J.N., Bannerman, D.M. The role of the GluR-A (GluR1) AMPA receptor subunit in learning and memory. Prog Brain Res. 2008;169:159-78.

13. Brosch T., Scherer, K. R., Grandjean, D., Sander, D. (2013). The impact of emotion on perception, attention, memory, and decision-making. Swiss Med Wkly. 2013;143:w13786