Buena compañía

Juan apenas puede dar crédito a sus ojos. Prueba una vez más el interruptor del equipo. ¿Pará qué? Es evidente que no funciona. Por un instante permanece mirando el vacío, incapaz de aceptar lo que sucede.

—¿Te ayudo con algo? —escucha que le dice su compañera, acercándose desde el extremo opuesto de la mesada de laboratorio.

Juan reprime la primera respuesta que le viene a la mente. ¿Acaso no es obvio que está por perder todo el experimento que le ha llevado meses? María José, sin mala intención, ha metido el dedo en la llaga. El lector de ELISA, un equipo típico de cualquier laboratorio, ha dejado de funcionar. Juan sabe que si pierde esos resultados no podrá completar, decentemente, un resumen para el próximo congreso.

—Ey, Juan, ¿qué te pasa? —insiste María José.

Juan vuelve a probar el lector, una, dos, tres veces. No hay caso. No funciona. Respira hondo y aclara:

—Ahora no podré leer la placa que largué.

—¿Y cómo se te hizo tan tarde?

María José. María José. Juan apela una vez más a su paciencia. La becaria nueva, después de todo, no tiene la culpa. Juan recuerda que empezó tarde porque tuvo que recibir al plomero por la mañana; también se retrasó porque pasó por el banco para cerrar una cuenta en rojo; y se le hizo aún más tarde porque alguien no repuso la solución de PBS-tween, imprescindible para realizar un ensayo de ELISA. Pero todo esto, María José no tiene por qué saberlo, en definitiva, apenas hace unos días ingresó al laboratorio.

—¿Me dejás probar a mí? —se ofrece entonces la nueva becaria.

Juan estudia el tono de voz de su compañera sin encontrar ningún atisbo de burla en el ofrecimiento. Porque claro, ¿para qué va a probar lo mismo que él ya probó varias veces? Como si el equipo pudiera distinguir, al tacto, la presencia de una mano más afable que la suya, que con buena gana había apretado el interruptor hasta casi sacarlo de su sitio.

Además, si fuera el caso, de que un equipo pudiera distinguir sus operarios, se trataría de uno más nuevo, cuando claramente el que ellos tienen ya es viejo y obsoleto. De tener arrugas y canas, tendría unas cuantas, pero, en cambio, cuenta con una amplia variedad de manchas que atestiguan su edad: ácido clorhídrico, TMB, óxido de plata y quién sabe qué más.

María José se adelanta y se ubica al frente del equipo. Busca a tientas el interruptor rodeándolo con las manos. Ni siquiera sabe usarlo, piensa Juan, pero la deja intentar. La mira y nota que lleva una bata de laboratorio impecable, o al menos lo aparenta en comparación de la suya, que cuando la cuelga en el perchero parece conservar la forma de su dueño. De la bata pasa al rodete en el cabello, otra precaución que las demás becarias, más antiguas, suelen dejar de lado muchas veces. Al final se queda mirando los guantes de látex, que a María José le quedan como bolsas en las manos. Se han terminado los de tamaño Small y entonces debe usar los Medium que le quedan enormes.

Nada de esto parece preocuparle a María José, que con inocencia pregunta desde dónde se prende el lector de ELISA.

—Desde abajo —indica Juan—. ¿No deberías estar en tu casa, a esta hora?

Juan conoce claramente sus ataques de mal humor. Ahora mismo preferiría estar solo. ¿Por qué debe estar respondiendo preguntas en lugar de tener todas las mesadas a su disposición? ¿En qué podría ayudarle esa compañera que recién comienza su doctorado?

—¿Acaso me estas echando? —pregunta María José, casi divertida.

Juan no termina de comprender si lo sorprende más la réplica sincera o el chillido que ha hecho el equipo al encenderse. Antes de que reaccione, su compañera ya ha soltado una exclamación de triunfo que casi lo aturde. Y lo ha logrado al primer intento.

—Seguro que moviste algo adentro —dice Juan, desconcertado. Sin embargo, ante la mirada maliciosa de su compañera que, evidentemente, no le cree nada, apela a otro argumento—: vos sos nueva, ya vas a ver que todo el tiempo pasan cosas inexplicables en un laboratorio.

—Sí, ya veo —acepta María José—. Lo importante es que podés seguir.

Juan mira la estufa, donde dejó incubando la placa de ELISA y le invade un retorcijón abdominal. En la puntada reconoce sus propios nervios. Apenas añada las gotas del reactivo TMB sobre los pocillos de la placa, sabrá el resultado de su experimento. Si encuentra diferencia en la producción de ciertas moléculas proinflamatorias irá por buen camino. Está repitiendo un ensayo y, de confirmarse la tendencia, podrá llevar un trabajo preliminar al congreso anual de su especialidad. En cambio, si no detecta diferencias, y todo da igual entre el grupo experimental y los controles, entonces quedará envuelto en un mar de dudas. Hasta podría significar que se ha equivocado, que su interpretación de lo que está pasando, posiblemente, sea errónea. El resultado lo espera, a esa altura, ya determinado.

—¡Dale! No te demores —lo despabila María José, al tiempo que camina hacia el perchero a dejar su guardapolvo.

Juan respira hondo otra vez, camina hasta la estufa, retira la placa y vuelve a la mesada. Comienza los últimos lavados con PBS-Tween, pero se detiene en cuanto nota que su compañera se ha puesto una campera y se dispone a salir.

—Esperá —dice—. No te vayas.

—Hace un minuto me pediste, amablemente, que me retire, ¿por qué cambiaste de opinión?

Juan atiende primero la placa de ELISA. La gira y vierte su contenido en una bacha de aluminio. Luego la seca sobre un papel absorbente, dándole unos golpes. Como no encuentra una forma de justificarse, es María José quien, otra vez, tiene que salir en su auxilio:

—Te traigo suerte. Es eso, ¿no?

Juan sonríe al tiempo que levanta la vista de la mesada. Suerte. Buena falta le haría. Debe aceptar que le agrada el sentido del humor de su compañera. Termina el último lavado, seca la placa, busca el reactivo TMB en la heladera y cambia de lugar. Cuando se acomoda constata que María José está acercándose sin la campera.

—Todo sea por la ciencia —dice ella—. ¿Y ahora, qué hacemos, cruzamos los dedos?

Ella le dedica una sonrisa tan contagiosa que Juan debe hacer un esfuerzo por concentrarse. Con mano algo temblorosa va dejando caer las gotas de TMB. Los pocillos comienzan a volverse de un color azul tenue. Al aumentar la intensidad, Juan añade ácido sulfúrico a cada pocillo para detener la reacción y luego caminan hacia el dichoso lector de ELISA. Juan oprime un botón y el equipo abre una pequeña ranura donde cabe exactamente la placa. Una vez activado el programa, el equipo cumple con su cometido. Cuantifica. María José toma una hoja que sale de la impresora y la contemplan codo a codo. Se miran apenas un segundo, suficiente para que ambos comprendan lo que sucede. El resultado es indiscutible. Es lo que es, así es la ciencia, y Juan se alegra de no estar solo.

 

 

 

 

 

 

La literatura y la difusión del conocimiento

Que pueda comprenderse buena parte de los mecanismos que rigen el universo es, en cierta forma, desconcertante. Pero existiendo tal posibilidad, la de entender los procesos que nos mantienen funcionando entre plantas, bacterias, otros animales y hasta planetas en sus órbitas, resulta difícil no tratar de participar entre quienes, de un modo u otro, intentan descorrer, poco a poco, el velo de lo desconocido, en base a esa formidable herramienta que constituye la ciencia.

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La labor de informarse, conocer, razonar, atar cabos e imaginar lo que, hipotéticamente, podría estar aconteciendo del otro lado de la frontera de lo conocido es, de por sí, un privilegio, una actividad para no perderse, sobre todo, cuando aquello que tal vez se imaginó, en ese espacio intangible del pensamiento, de pronto comienza a tomar forma, de la nada, para volverse una pieza más del universo conocido y comprobable.

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Luego de la comprobación de una hipótesis, el reto consiste en comunicar los hallazgos y someterlos al juicio de la comunidad científica; y así,  la creatividad original deviene en rigurosidad, lo que implica el uso de un lenguaje impersonal, específico, inequívoco y técnico. Esta característica de la ciencia, pese a restringir por completo el modo en que deben transmitirse los conocimientos, aún posee un atractivo especial. Esto se debe al desafío que implica condensar con precisión todo el conocimiento preexistente, el nuevo, y el que, hipotéticamente, hasta podría obtenerse en el futuro. La escritura científica debe generar una especie de extracto crudo y concentrado donde nada puede faltar (y nada sobrar) en relación a lo que se pretende demostrar. Un artículo científico es, en cierto modo, un desafío de lógica, una prueba donde los datos deben ser ordenados del mejor modo posible para destacar su relevancia, sin el menor error, y es en estos puntos donde se esconde la verdadera creatividad de la escritura científica.

Pero esta condensación a extracto puro, aunque es sumamente práctica y valiosa a la hora de la transmitir conocimiento, termina reduciendo las experiencias de los investigadores a bits de información únicamente valiosos para otros científicos.

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A diferencia del formato de la ciencia, la literatura proporciona una libertad, prácticamente, ilimitada: es flexible, original, variada y llena de recursos. Abarca en su conjunto a todas las emociones y temáticas que nos conciernen dentro de la condición humana. Ofrece, además, una diversidad de géneros que se amoldan a casi cualquier propósito.

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Según Roland Barthes, desde la antiguedad, literatura solo tiene el fin de representar la realidad, lo cual establece un vínculo obligado con el conocimiento que se tenga de ella. Por lo tanto, pese a recurrir a un abordaje personal, muy diferente al método de la ciencia, no cabe duda de que la literatura también tiene un vínculo especial con el conocimiento; siendo otro privilegio de nuestra especie, leer y contarse historias.

Es en este marco, entonces, donde surge el interrogante, ¿por qué no partir desde la base sólida del conocimiento relacionado con la ciencia, y luego, a la hora de la comunicación, ampliar el abanico al gusto de cada quien, sin más restricciones que no faltar a la verdad, en cuanto a ciencia se refiere?

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A riesgo de desconocer los gajes del oficio y de sesgarse demasiado en los por qué, a más de un año del inicio de es este blog, el objetivo sigue siendo el mismo: tratar de alinear ciencia y literatura en la difusión del conocimiento, a veces con artículos, a veces con relatos.

Martín Mehsen

Elsa Velasco Benito, el dibujo como expresión personal de la ciencia. Un ejemplo con la inmunología.

En una entrada previa se ha resaltado que muy pocas veces salen a la luz las imágenes que los investigadores “ven” en sus cabezas a la hora de pensar en sus objetos de estudio. Esas formas de aproximarse al mundo para entenderlo y sacarle sus secretos, son sumamente personales, y rara vez se manifiestan de una manera artística. Por ende, las personas que no realizan ciencia, y que tal vez no se imaginan el plano celular, molecular o incluso cuántico, difícilmente pueden hallar una vía, un atajo para aproximarse a ese mundo invisible que a veces solo puede captarse a través del razonamiento y la imaginación.

Internet, sin embargo, es un amplificador enorme de pequeñas excepciones, y comenzando desde esta entrada, nos proponemos realizar un camino en la búsqueda de ejemplos donde sea posible adquirir conocimientos a través de la expresión artística de personas de ciencias.

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Y así llegamos a Elsa Velasco Benito, graduada en Ciencias Biomédicas y con un máster en comunicación científica, médica y ambiental de la Universidad de Pompeu Fabra-BSM. Periodista científica de Big Vang, Elsa se ocupa de realizar divulgación científica acompañándose de dibujos que ella misma elabora. Los dibujos son una ventana abierta para todo aquel que quiera asomarse al mundo de la biomedicina, y a la vez son un fiel reflejo de la mirada personal de la autora, así como de su manera de expresarla.

Entre sus temas de interés, aquí nos ocuparemos de la inmunología, un área que permite aproximaciones muy diversas; desde la evolución, las matemáticas, la salud, la microbiología, la estadística, la química, la literatura y muchas más, dependiendo del interés de quien ha decidido profundizar en ella. Aunque la cantidad de parámetros posibles puede desalentar a más de uno, la realidad es que la inmunología es un espacio lleno de secretos a descubrir, y que bien vale el esfuerzo, porque, después de todo, la diferencia no solo está en los conocimientos, sino también en quien los cuenta:

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Como se mencionaba al inicio, los investigadores necesitan “ver” sus objetos de estudio. Sin embargo, esta capacidad tampoco es la única ya que, en general, no se quedan solamente con las imágenes, sino que van más allá, generando un tipo de conexión más profundo, y que muchas veces deriva en la “humanización” de aquello que se analiza, un recurso tan particular como imprescindible, y que demuestra la soltura con que debe manejarse un investigador en un terreno al que, a veces, solo puede accederse desde el pensamiento:

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La inmunología representa la evolución en su estado más puro; millones de células mueren defendiendo el cuerpo a cada instante y lo mismo puede decirse de los microbios, que luchan con un objetivo igual de importante: no extinguirse para siempre de este planeta tan especial. Lo encarnizado de las acciones no quita, sin embargo, su belleza sutil, la que se vislumbra al comprender los mecanismos moleculares que rigen en esas batallas, donde, por lo general, solo uno de los contendientes logrará salir victorioso, es decir, con vida.

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Como la cumbre de una montaña nevada, la inmunología puede parecer inaccesible. Pero quien se aventure realmente hasta la cima, alcanzará una perspectiva despejada y única. Y para quien prefiera iniciar el ascenso, pero solo para detenerse en algún mirador, o algún amable refugio de montaña, tal vez pueda cruzarse con alguien que venga de bajada, y que le pueda contar, con sus propias palabras, o con su forma de expresión más personal, cómo vio las cosas desde arriba.

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Para seguir leyendo:

https://biomedvinetas.wordpress.com/

 

La otra travesía de las hormonas: de la ciencia a la literatura. La obra de Paz Monserrat Revillo.

Se ha mencionado que una de las dificultades para entrelazar literatura y ciencia consiste en que la primera se ocupa de las emociones, utilizando un prisma subjetivo, en tanto que la ciencia aborda, fundamentalmente, temas impersonales desde una óptica lo más objetiva posible. Paz Monserrat Revillo sortea esta supuesta incompatibilidad a través de un libro construido sobre cimientos sólidos, conocimientos científicos sobre las hormonas, dispuestos como una fila de bloques de mármol sobre cada uno de los cuales se asienta un relato. Se trata de historias que laten con un corazón inequívocamente biológico, pero que luego crecen y toman vida propia, expandiéndose con libertad en el espacio ilimitado de la imaginación de la autora, cuya obra se presenta con un estilo fresco y amigable y que cuenta con toda la riqueza y los privilegios de la buena literatura.

Un exceso de hormonas de crecimiento desemboca en los avatares de Charles Byrne, un gigante tímido que solo pretendía que sus huesos, desmesurados, se ocultaran en el mar. Una horda de convictos aislados en Australia genera la brava misión de cuatrocientas huérfanas enviadas a poblar esas tierras remotas.  Una solicitud de Simón Bolivar para estudiar los cultivos de América permite descubrir la importancia del yodo para el buen funcionamiento de la tiroides. Son estas y muchas otras las historias que revalorizan el cruce entre literatura y ciencia, un terreno donde Paz  —bióloga, madre, escritora y docente— se desenvuelve con soltura, con la naturalidad de quien ha estudiado ciencias pero también ha aprendido a desenfocarse para volverse cómplice de las palabras.

Los cuentos referidos a la infancia merecen una mención especial: suelen ofrecerse en algunos destinos especiales botellitas selladas, souvenirs conteniendo, por ejemplo, aire de Katmandú o Machu Picchu. Los cuentos de esta colección son como esas botellitas, con la diferencia de que funcionan realmente: el aire de la infancia emerge de entre las líneas envolviendo al lector en la óptica única de quien contempla el mundo como un lugar novedoso donde todo puede suceder y todo está por descubrirse.  A continuación, uno de estos relatos:

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Paisaje de infancia con exhibicionista de fondo

 

Feromonas:

Hormonas que transmiten mensajes entre

diferentes individuos de una misma especie,

 como los que intervienen en la atracción sexual.

 

 

          Para llegar al colegio había que atravesar el parque. Después de comer, en lugar de hacerlo a través del largo paseo jalonado por plátanos con enormes barrigas nudosas, subíamos por la zona del estanque. El parque era un universo en miniatura, un ecosistema a nuestra medida, tan completo y complejo como un acuario, un pesebre o una caja de música. Era el escenario principal en el que se desarrolló nuestra particular metamorfosis, desde la vitalidad común de niñas vestidas de uniforme al desajuste de la adolescencia que nos sobrevino de manera diferenciada y con resultados difíciles de prever de antemano. El exhibicionista era parte de ese ecosistema cuando todavía llevábamos el uniforme de cuadritos marrones.

El estanque quedaba apartado del tránsito de paseantes, era un espacio  incrustado en un circuito de setos que en su momento habían sido minuciosamente recortados para formar un bordado en el paisaje, pero que en esa época estaban invadidos por árboles y matorrales silvestres que crecían a su antojo. Un estimulante desorden dentro del orden. Allí -en los bancos que quedaban en las curvas del laberinto de setos- era donde iban las parejas a partir de las siete. Algunas tardes las espiábamos, pero cuando realmente  tomábamos posesión de la zona era en la media hora anterior a volver al colegio tras la comida.

Para nosotras, aquel estanque era “el lago”. Inclinado hacia él había un pino anciano por el que tratábamos de trepar una y otra vez. El tronco tenía una textura contundente, con sus piezas de madera a modo de escamas que se nos enganchaban en los calcetines marrones y en el dobladillo de los uniformes. Con ínfulas modernistas, el contorno del lago, la glorieta de acceso y sus cuatro surtidores, semejaban algo orgánico; algo así como fango derramado por la mano de un gigante. En sus aguas oscuras nadaban peces de un color naranja irisado, que salían a la superficie con ojos desorbitados cuando les echábamos pan.

Algunos eran diferentes, de colores metálicos y desmesuradamente grandes, como si estuvieran hinchados y fueran a explotar. A veces lo hacían, y luego flotaban de lado ante nuestras miradas desconsoladas. Creo recordar un par de entierros preciosos y muy sentidos. O quizás lo haya imaginado y ahora lo incorporo al paisaje de mis recuerdos con demasiada naturalidad. En realidad, sólo tengo constancia de haber enterrado al periquito azul por aquel tiempo. Afortunadamente nunca lo sabré con certeza.

También tenía el parque una especie de guardián enviado por el ayuntamiento para controlar la zona. Un señor pequeñito e inofensivo -disfrazado con un uniforme municipal de color verde- que nos perseguía cuando hacíamos alguna trastada con una especie de porra de juguete y nos amenazaba diciendo que conocía a nuestros padres. Le llamábamos el Marshall. No debía de hacer su labor con demasiado esmero pues Dinototo, nuestro exhibicionista particular, se camufló durante al menos dos años dentro de sus dominios sin que consiguiera atraparlo ni desenmascararlo. A veces me pregunto de dónde sacamos ese nombre tan cursi, Di-no-to-to. Probablemente sería una contracción de dinosaurio-tonto, o el nombre de algún personaje de aquellos dibujos animados tan simplones de la época.

Era un individuo bastante joven, apocado, de mirada velada y cara de no tener muchas luces. Casi siempre permanecía escondido entre los matorrales. Su timidez nos situaba a una distancia equidistante entre la ternura, la excitación y la superioridad, lo que propiciaba que nos sintiéramos lo bastante envalentonadas como para gritarle burlas e improperios, como si fuéramos un enjambre de abejas a punto de atacar, cuando se exhibía.

Jamás lo contamos a nadie, simplemente nunca nos pareció algo que debiéramos mencionar a padres o profesores. Dinototo formaba parte del parque, era un lobo entrañable e introvertido y no veíamos nada anómalo en el hecho de prestarnos a hacer de caperucitas a diario. Sabernos observadas cuando, en primavera, nos arremangábamos las faldas para entrar en el lago o al subir a los árboles, nos hacía protagonistas, heroínas valientes que sabían cómo tratar a un hombre perturbado y patético cuando se nos mostraba en uno de sus arrebatos de exhibición transitorios.

Las visiones solían ser fugaces, incompletas. Cuando ocurría, el tiempo se aceleraba sepultado en una catarsis de risas, gritos y carreras que nos dejaban sin aliento y con un calor magmático que fluía desde nuestro interior y se condensaba en el tejido rasposo del uniforme. Solamente una vez lo tuvimos muy cerca. Era casi verano. Se colocó al final del tramo de cipreses que había antes de cruzar la carretera que daba al colegio y se nos apareció, sin previo aviso, mostrándonos su erección rutilante y grotesca.

Reaccionamos como si hubiésemos recibido una descarga eléctrica. Cruzamos la carretera sin mirar, chillando cual posesas, riendo unas sonoras carcajadas de histeria colectiva. Al entrar en el colegio, la madre portera nos llamó al orden, pero seguimos intercambiando impresiones a voces por los largos pasillos hasta llegar a la clase. A mí me había dejado desconcertada la tersura de pez a punto de explotar que tenía esa prolongación extraña de su cuerpo; el color rosáceo, su calidad de juguete de plástico, como de pierna de muñeca pepona o de lechón recién asado. Todavía recuerdo mi sorpresa ante semejante descubrimiento. Pero aquello fue el final. Creo que por entonces ya se terminaba el curso y no lo volvimos a ver. Quizás alguien lo denunció, o se marchó a oficiar su ritual a otra zona.

De vez en cuando vuelvo a la ciudad donde pasé mi infancia. Ayer, paseando por las calles comerciales del centro, lo vi. Casi cuarenta años después, me crucé con Dinototo. Los surtidores empezaron verter agua en mi memoria. Acababa de reunirme con una de mis amigas del colegio para tomar un té. Habíamos hablado de decepciones y rupturas, de padres ancianos, de la extrañeza ante el paso del tiempo, de hijos mucho mayores que aquellas niñas de doce años que se habían desvanecido como la niebla. Habíamos celebrado nuestra amistad mientras sujetábamos con firmeza nuestras tazas humeantes.Nos separamos y regresé de vuelta por entre las tiendas de la calle peatonal.

Y entonces lo vi. Lo vi y lo reconocí inmediatamente. En un instante el estanque se llenó de peces rojos. Lo miré a la cara y, tras confirmar que tenía la misma mirada turbia, el mismo rostro de reptil -ahora más difuso, como desdibujado por el tiempo- noté el latigazo de un enorme pez metálico dando su última bocanada. No pude evitar que mis ojos se desviaran hacia su entrepierna con una insólita mezcla de lástima y de nostalgia. El pez quedó flotando de lado mientras regresaba a casa de mis padres con la cabeza llena de agua.


De Paz Monserrat Revillo, Hormonautas, Editorial Nazarí, España.

http://editorialnazari.com/es/18-esp/catalogo/856-hormonautas.html

Más relatos en el blog de la autora: http://pazmonserratrevillo.blogspot.com.ar/

Quinta parte, Punto de inflexión

Capítulo 28

 

Octubre, 2014

Cuando Bruno llegó a su departamento, a la madrugada del sábado 22, los murciélagos del árbol de la entrada ya llevaban varias horas revoloteando. Bruno pasó directo a su dormitorio. Se arrojó a la cama sin siquiera desatarse los cordones de las zapatillas. Estaba exhausto. Aun así, no logró conciliar el sueño. Se levantó de mala gana. Cerró las puertas de los dormitorios para no escuchar el envidiable ronquido de sus compañeros. Por fin se acomodó en el estrecho living, con un café recién hecho, dispuesto a continuar con los preparativos del seminario.

Leyó con esfuerzo los apuntes que tenía sobre la relación entre la dieta y el cáncer. Después de subrayar el material, sacó la netbook y tipeó las recomendaciones alimentarias para prevenir la enfermedad, del Instituto Nacional del Cáncer de EEUU: 1) Mantener un peso correcto; 2) Variar la dieta; 3) Consumir diariamente frutas y verduras; 4) Consumir alimentos ricos en fibras, como cereales y legumbres; 5) Reducir el consumo de grasas; 6) Limitar el consumo de alcohol y, 7) Reducir el consumo de sal y alimentos conservados con nitritos[1].

Cuando Bruno terminó lo asaltaron los recuerdos de esa anoche. No logró reprimir una escena ocurrida apenas media hora atrás: mientras se vestía algo nervioso, con la prisa de quien desconoce si puede aparecer alguien de imprevisto, el celular de Florencia había anunciado la llegada de un mensaje. Como su compañera estaba en la cocina, Bruno había aprovechado para revisar quién le escribía. El remitente en la pantalla decía: Lacroze. ¡Lacroze! ¿Por qué le escribía Lacroze? Bruno escuchó pasos que se aproximaban. Arrojó el celular sobre la mesa de luz. Un segundo más tarde, Florencia entró al dormitorio en ropa interior y con una botella de vino espumante. Era la segunda. Tras servir para ambos, se había recostado en la cama con la copa entre las manos.

—¿Ya te vas? —le había dicho.

Con la mente de vuelta en su departamento, Bruno fijó la vista en la pantalla de la computadora. Permaneció unos instantes recorriendo detalles impertinentes; la marca, el modelo, las pequeñas manchas de suciedad en las letras del teclado. Se preguntó cuál podía ser la relación entre Florencia y el Dr. Lacroze. Además consideró que si entre ellos se comunicaban, entonces, Matías también podía estar cumpliendo algún rol. A priori, sonaba inconcebible, pero él mismo había ingresado al laboratorio con una finalidad oculta; que alguien más tuviera un propósito velado no sería más extraño que lo que él estaba llevando a cabo.

Bruno fue al baño para echarse agua en el rostro y en la nuca. Permaneció unos instantes con la cabeza inclinada, con las manos apoyadas en el lavabo. Podía escuchar las gotas de agua fría golpeando periódicamente en la cerámica. Se incorporó y se lavó los dientes. Miró la hora: las tres y cuarto de la mañana.

Restregándose los ojos y la cara, volvió a la mesa. Vio el paquete de cigarrillos de uno de sus compañeros. No lo pensó dos veces. Sacó uno y salió al balcón. Lo encendió mirando en dirección a la calle. Los murciélagos seguían allí. ¿Cuánto tiempo había estado sin fumar? Casi un año, y ahora se llenaba los pulmones de humo. Recordó lo sucedido con Larrondo. También muerto. Otro más. Su deceso coincidía con la aparición de Lacroze en el hospital. ¿Podía Florencia tener un trato con él? Eduardo le había advertido que tuviera cuidado con su compañera; él no le había hecho caso.

Bruno finalizó el cigarrillo. Volvió a sentarse. Leyó otros apuntes y resumió algo más de información. En un intento por despejarse, tomó el cuaderno de la Dra. Mahler. No había vuelto a mirarlo después de su última visita al depósito. Desconcertado, se detuvo a mitad del cuaderno: allí había una foto de la Dra. Mahler, donde mostraba con orgullo un vientre que sobresalía notoriamente sobre el borde del pantalón. De inmediato Bruno asoció la foto al embarazo perdido por la doctora, tal como Larrondo le había mencionado. Era la única posibilidad. Su versión tenía que ser cierta. Ella no tuvo hijos. Esa fue su única oportunidad, y la había perdido. ¿Quién hubiera sido el padre? ¿Un investigador del instituto? Por supuesto. Ese había sido su secreto. Todo cerraba. Todo. Allí residía la clave de lo ocurrido. Por fin lo sabía. No había más que dos posibilidades: Fuentes o Martínez. El padre hubiera sido uno de sus entrañables compañeros de juventud, de aquellas frías veladas de invierno. Los dos estaban obnubilados con aquella estudiante joven de gran personalidad. Aun así, existía una diferencia: uno había avanzado un poco más, sobrepasando sin escrúpulos los límites de la amistad.

Exhausto, Bruno apagó la netbook. Volvió a su cuarto. Puso la alarma de su despertador y luego se acostó, con nulas expectativas de conciliar el sueño.


Capítulo 29

Febrero, 2015

Ayer conseguí una reliquia: un cassette VHS. Paula me dejó escapar por un rato del hospital. Al llegar a mi casa me felicité por no haber tirado mi vieja videocasetera. La probé. Todavía funcionaba.

En el comienzo de la cinta se veía a tres jóvenes sentados alrededor de una mesa, sumamente concentrados en algún tipo de ejercicio. Eran dos hombres y una mujer. Más atrás, en un sillón, otra mujer hojeaba una revista con desgano. La escena transcurría sin sobresaltos, hasta que una de las mujeres se incorporaba y tomaba el control de la cámara. Primero se enfocaba ella misma, en primer plano. Comenzaba a narrar con voz de locutora: “Señores, señoras, esta no es una velada cualquiera. ¡No, no, señores! ¡Esta noche se define el mejor!” En ese instante comprendí quiénes eran. La joven que hablaba era Lucía Mahler. No tenía parecido alguno con la persona que yo había visto alguna vez por los pasillos del instituto. En aquel momento rondaría los veinticinco años. Ahora se hacía a un lado para enfocar a uno de los contendientes: “Tenemos aquí al niño prodigio Martínez, misterioso, enigmático, de pocas palabras… Todavía no ha vencido, pero, ¡quién sabe! ¿Es un tapado? Podría serlo…Piénselo bien, piénselo bien señor cuando haga su apuesta, ¿acaso puede depararnos una gran sorpresa esta noche?” Martínez realizó un saludo con cierta timidez. Luego la cámara se ocupó de Fuentes. Se lo notaba más confiado: “Y aquí está él: el fenómeno, el único, el temible, el inclasificable niño Fuentes, sí, sí, sí, señores, un demonio de pantalones cortos, un diablillo con un currículum extraordinario, ¿Qué digo extraordinario? ¡Maravilloso! ¿Será esta su noche épica? ¿Será esta la velada de su consagración? En breve lo sabremos, señores, señoras, ya falta muy poco… ¡no se mueva del televisor!” Aquí Lucía se tentaba y la cámara comenzaba a sacudirse con temblores. Cuando Lucía por fin se recomponía, volvía a mirar a la pantalla, con una expresión fingidamente seria, “¡Ay, ay, ay! ¿Por qué los quiero tanto? ¿Por qué los quiero tanto a estos dos sujetos? Nadie lo sabe, es inexplicable, pero no importa, ¡Eso no impedirá que los derrote esta noche! ¡Y el público está conmigo! ¡Escuchen, escuchen el aliento de la hinchada!” Lucía apoyaba la cámara antes de ponerse a agitar los brazos, como arengando a una platea de espectadores timoratos. “Dale, Lucía, ¡vení de una vez!”, se escuchaba que le decía Fuentes. Ella entonces le guiñaba un ojo a la cámara y la apagaba. Ahí terminaba el video.

Volví a ver ese cassette varias veces. Siempre descubría algún detalle nuevo: la cicatriz de Fuentes, el pelo de Martínez, el pantalón de tiro alto de Matilde. Comprendí porqué ella siempre se había sentido incómoda en presencia de la Dra. Mahler. Ella los apabullaba, tanto a Martínez como a Fuentes.

Con una sensación similar a la nostalgia, apagué entonces el televisor, cerré el departamento y volví al hospital.


Capítulo 30

Febrero, 2015

Cuando Florencia apoyó su rostro en mi hombro, presentí una extraña energía, difícil de explicar. Tal vez influyó la cercanía de la operación que me aguardaba, esa puerta oscura, esos minutos u horas que debía atravesar inconsciente, como si fuera un túnel debajo del agua, para llegar de nuevo a la superficie, del otro lado, a la luz de un día soleado común y cualquiera. Pero los riesgos existían y ese túnel, ese momento en que el bisturí andaría zigzagueando sobre mí, podía durar más de la cuenta. Incluso, tal vez surgieran problemas repentinos, imponderables, porque lejos estaban las operaciones de la certeza de las matemáticas. La medicina guardaba siempre un margen de incertidumbre, al punto de nublar la salida a la superficie, o llevarla demasiado lejos, hasta un sitio inalcanzable, en un futuro que, entonces, ya no tendría lugar.

Acaso por esa impresión que ya comenzaba a embargarme, el aire cálido que exhalaba Florencia sobre mi hombro tuviera otra dimensión. Era un contacto normal, sin ningún tipo de connotación previa, sin ninguna intencionalidad premeditada. Por primera vez, en todas las veces que había visto a Florencia, era la única vez en que ella dejaba escabullir algunas lágrimas delante de mí. Por pudor, supongo, se había acercado hasta cubrirse el rostro contra mi hombro, llevándome a abrazarla con tal de contener sus temblores.

Desestimé la importancia de ese roce, considerándolo un contacto casual, como el de cualquier otra persona. Carecía de sentido que la habitación se desvaneciera en una suerte de vacío, un espacio inútil, inexistente. Lo único aparentemente real eran las lágrimas derramadas en el sitio. Las imágenes del pasado se volvieron contradictorias, el recuerdo de mi compañera riendo, dando órdenes, resolviendo problemas, desde una distancia y una altura inalcanzable para cualquiera. ¿Cuál era el engaño de los sentidos? Resultaba inútil razonar en ese par de segundos en los que el cerebro de pronto parecía perder sus puntos de referencia, dejarse ir, quedarse suspendido, como flotando en agua tibia, incapaz de asirse de experiencias previas, algún patrón de conducta para reorientarse, para guiarse ante la falta de respuestas, mediante algún instructivo, un protocolo neutro capaz de activarse y reordenar el desconcierto neuronal.

Florencia acababa de contarme sobre aquel encuentro con Bruno en su departamento, de cómo ella se había dejado llevar por las acciones. Había cedido a sus impulsos, con una naturalidad inusitada para ella, como si hubiera conocido a Bruno desde hacía años. E incluso en ese caso, ahora reconocía que difícilmente hubiera actuado como lo hizo, acercándose sin reparos, sin resistencia, sin pensárselo dos veces. Según ella, Bruno había actuado de igual modo, acaso impulsado por una fuerza semejante, pero de esto no podía estar segura; al fin y al cabo, ella misma había estado nublada en aquel instante. Y aunque Bruno se había marchado de prisa, sin dar explicaciones, al ver el celular en el piso ella había comprendido el motivo de su partida. Aquel encuentro se había instalado en su memoria y la ausencia de Bruno lo había vuelto una especie de llaga, una cicatriz abierta, un dolor que no lograba sacarse de encima.

De pronto Florencia tomó un pañuelo descartable de mi mesa de luz y se sonó la nariz con fuerza.

—Disculpá la escena —me dijo—. Soy injusta de traer mis problemas acá cuando a vos te falta tan poco para la operación.

—Es solo un trámite —argumenté—, lo que no te perdono es que me hayas contado todo esto.

Florencia se volvió, seria. Sin embargo, sonrió cuando vio que le guiñaba un ojo.

—¿Qué te pensás? ¿Me tomás por uno más de tus aduladores?

Por fin se rio. Ambos parecimos volver a pisar sobre terreno conocido, lo que era un alivio para ella, y una sensación bastante más amarga para mí.


Capítulo 31

Octubre, 2014

El sábado, Bruno se despertó algo más renovado. Las pocas horas de sueño habían surtido un gran efecto. Pasó toda la mañana poniendo a punto algunas cosas para su seminario. También realizó nuevas búsquedas en internet relacionadas con la psicooncología. Se sorprendió muchísimo con varios de los artículos que leyó. En la universidad, la psicooncología ni siquiera se mencionaba. Y, de pronto, descubría puntos de vista que postulaban que el paciente no solo puede elegir enfermarse de cáncer, como Martínez le había señalado en una de sus reuniones, sino que hasta podía influir en el tipo de cáncer que iba a desarrollar[2].

Llevado de un artículo a otro, y de un sitio de internet al siguiente, se quedó un buen rato leyendo artículos de neuroinmunoendocrinología. Esa especialidad estaba arrojando luz sobre interconexiones en el cuerpo que antes eran absolutamente desconocidas. Ahora había nexos que permitirían explicar, por ejemplo, como una depresión emotiva era capaz de afectar al sistema inmune, y cómo una disminución de las defensas podía favorecer, a su vez, el desarrollo de tumores[3].

Hacia la tarde Bruno se dirigió a tomar el subte. Fue de una cabecera a la otra, hasta convencerse de que nadie lo seguía. Estaba resuelto a visitar a Fuentes. Planeó su estrategia para cuando lo enfrentara. Al llegar a la clínica, encontró al doctor de pie, sobre el borde de la galería. Fuentes se miraba las palmas de las manos con expresión de incredulidad, como si recién las descubriera.

Iniciaron una lenta caminata por uno de los senderos del jardín. El doctor rengueaba con cierta dificultad. Bruno comenzó:

—Digame doctor, ¿usted, fumaría si tuviera un tumor en la boca? Y con una enfermedad tan grave, y pudiendo recurrir a los mejores especialistas, ¿dejaría que un médico de dudosa reputación lo atendiera en la cocina de su casa?

—No. Naturalmente que no.

—¿Y si le dijera que una persona sumamente racional obró así, qué me diría?

—Entiendo —repuso el doctor—. Usted habla de Freud. Veo que se informó acerca de lo que piensa el Dr.  Schavelzon[4]. ¿A dónde quiere llegar?

—¿Pueden desarrollarse enfermedades de modo inconsciente? ¿Puede haberle ocurrido esto al mismo Freud?

Un destello se deslizó por los ojos de Fuentes. Sin embargo, el doctor no respondió. Desvió la vista hacia la clínica, en un gesto amargamente triste. A lo lejos, y vestidos todos con pijamas de tonos claros, los pacientes podían pasar por un grupo de sabios debatiendo en un pórtico de la antigua academia griega. De cerca, en cambio, el panorama cambiaba por completo. La ciencia tenía mucho por hacer en el terreno de las enfermedades neurodegenerativas.

Fuentes echó a andar rumbo a la galería. Bruno tuvo que apretar el paso para seguirlo. Tenía la impresión de estar muy próximo a revelar lo que había sucedido. Recién cuando tomaron asiento, Fuentes tomó la palabra:

—¿Sabe una cosa? Para Darwin, la evolución selecciona a la especie más apta; sobrevive aquella que tiene una ventaja adaptativa. En cambio, para Freud, los seres vivos no desean otra cosa que volver hacia atrás, hacia un estado inorgánico anterior[5]. ¿Comprende lo que esto significa?

—Sugiere que los estudios de ambos se cruzaron en algún punto.

—¡Significa algo más que eso! Significa que los individuos de la especie más adaptada de Darwin, en realidad, no serían otra cosa que los más fracasados para Freud.

—¿Los individuos más adaptados serían los más fracasados? Eso no puede ser.

—Sí, Bruno, podría ser —el doctor comenzaba a tutearlo, prueba del vínculo que habían establecido con las repetidas visitas—. Al final, tal vez nosotros solo somos eso: los que fracasamos en extinguirnos, los perdedores. Y como si esto fuera poco, a diferencia de las demás especies, nosotros podemos tener consciencia de nuestra flagrante derrota.

Bruno se preguntó si el doctor no estaría tomando demasiada medicación.

—Según Freud —continuó Fuentes—, la búsqueda del nirvana budista es una prueba contundente de su postura23. Quienes persiguen el nirvana lo hacen porque anhelan volver al Todo. En otras palabras, quieren desandar un camino de miles de millones de años de evolución, para volver hacia atrás, a la paz y el silencio del estado inorgánico primitivo —con un aire que a Bruno le pareció cargado de nostalgia, el doctor finalizó—: quizá haya llegado la hora de que yo desande mi propio camino.

—¿Qué dice, doctor? Ahora tiene que profundizar en sus últimos intereses. Usted mismo me lo preguntó: ¿por qué existe el cáncer?

—No. No me hagas caso —repuso Fuentes—. Son pavadas.

—¿Sabe una cosa? Pienso hablar al respecto en un seminario que debo dar en el instituto.

—De ninguna manera. ¡No se le ocurra! El cáncer es solo un accidente. Un sinsentido biológico y punto.

—Pero doctor, usted mismo me lo preguntó: ¿acaso puede existir un sinsentido biológico en biología?

—¡No! No insista. Me arrepiento de haber pensado lo que pensé.

Bruno aguardó a que el doctor se explayara sobre el tema. Sin embargo, como si hubiera necesitado de una buena respuesta, Fuentes se llamó a silencio. Volvió a mirarse las manos ajadas. Esta vez, sin embargo, las contempló con la fría expresión de quien solo verifica las secuelas que le han dejado los años. Luego se distrajo en la observación de algunos pacientes que deambulaban como perdidos por el jardín.

En un último intento, Bruno juntó valor y le preguntó a quemarropa:

—¿Sabe de quién era el hijo que perdió la doctora?

El grupo de pacientes que deambulaba por el jardín se les acercó. En cuanto estuvieron a un par de metros se pusieron a cantar a coro, de forma espontánea y absolutamente desafinada. Fuentes suspiró con desazón. Se tapó los oídos con ambas manos y cerró los ojos.


Capítulo 32

 Octubre, 2014

Fue una mañana de octubre cuando comencé a seguir a Bruno. No fue difícil. Sabía que trabajaba en el instituto del cáncer. Él mismo me lo había revelado en el hospital. Me aposté a unos metros de la puerta, en la entrada de un edificio. Al cabo de un rato lo vi marcharse a pie.

Caminaba detrás de él, a una distancia prudente, cuando sentí una mano sobre mi hombro. Enseguida escuché una voz que me decía: “¿Qué hacés? ¿Por qué seguís a Bruno?”.

Era la voz de Florencia. Al darme vuelta la vi. Tenía un jean ajustado y una musculosa de color azul. El viento le llevaba los cabellos hacia un costado, como en una propaganda. En aquel momento del año pasado no imaginaba que la volvería a ver, que ella misma me visitaría luego en el hospital.

Al instante ella me reconoció. No solo fuimos compañeros de facultad, también me había visto en los pasillos del instituto, en el breve lapso que trabajé como técnico de laboratorio. Apremiado, dije que pasaba por allí solo de forma casual. Sin embargo, por más que lo intenté, no conseguí que Florencia me creyera una sola palabra. No le costó acorralarme y tuve que cambiar de estrategia. Recurrí, entonces, a parte de la verdad, comentando que estaba enfermo, que tenía mucho tiempo libre y que, atraído por el ataque a la doctora, había decidido acercarme un poco más a la historia, siguiendo los movimientos de las personas del instituto. “¿Por qué entraste a nuestro laboratorio el día que atacaron a la doctora?, me preguntó.

Mientras planeaba mi respuesta, comprendí que estaba a punto de perder a Bruno. Comencé a caminar. Florencia me siguió sin dejar de interrogarme: “Te das cuenta de que estuviste a la hora en que la doctora fue atacada?” “Solo estuve un instante”, repliqué, acelerando aún más el paso. Veía a Bruno demasiado lejos. Además, si él doblaba en alguna esquina seguramente nos dejaría atrás.

Pese a mi esfuerzo, Florencia me tomó de un brazo y me detuvo: “No fue solo un instante. Te vi varias veces, decime una cosa: ¿entraste al depósito?” “No. No entré”, dije yo. Estábamos llegando a una zona de muchos peatones y comenzaba a ponerme nervioso. En la multitud era casi un hecho que perdería de vista a Bruno. “Te vi entrando al depósito”, insistió Florencia. “No es así. Ya te dije que no ingresé. Abrí la puerta, pero solo para mirar qué pasaba adentro. Con la discusión que se escuchaba, cualquiera hubiera hecho lo mismo”. “Como sea, esa es tu verdad, y desde un principio estuviste omitiendo detalles”. “¿Y qué? ¿Acaso vos no hiciste lo mismo?”, repliqué. Florencia entonces se rio. Yo también me tenté, pero me duró poco; esos segundos habían hecho que terminara de perder de vista a Bruno.

Conversamos un rato de algunas anécdotas de la facultad. Luego, sin mala intención, ella me realizó las mismas preguntas que yo ya había escuchado infinidad de veces. Qué dónde estuve, qué había hecho todo ese tiempo, qué debí haber seguido en la facultad. “Estuve un poco aquí y otro allá” contesté, como siempre. La invité a tomar un café, pero no aceptó. Le propuse que nos juntáramos para conversar sobre lo que sabíamos acerca del ataque a la Dra. Mahler. Tampoco estuvo de acuerdo. Me saludó de buen modo antes de marcharse, pero no dejó de advertirme: “no quiero verte otra vez rondando por el instituto. Ni se te ocurra, Martín”.


Capítulo 33

Octubre, 2014

Aquella vez, al volver al hospital me dediqué a pensar sobre lo qué había ocurrido con Fuentes y la Dra. Mahler.

El doctor había comenzado sus estudios en el marco sólido de la teoría de las mutaciones, la postura con más consenso en la comunidad científica, la cual considera que el cáncer se desencadena a partir de una sola célula que acumula mutaciones en genes importantes en su ciclo de vida, de tal modo que pierde el control de sí misma y se divide hasta formar un tumor. Fuentes estaba al tanto de la existencia de otras teorías, como la teoría del sentido biológico del cáncer y la teoría de campo de organización de los tejidos, que daban mayor importancia al microambiente que rodea a las células tumorales. También había leído trabajos que se enfocaban en una visión más amplia de la enfermedad, en una explicación a nivel evolutivo como una forma de favorecer la supervivencia de una especie. Sin embargo, él no se había detenido en esos aspectos, por algún motivo, su interés había derivado en el terreno psicológico como forma de explicar, aunque más no sea preliminarmente, parte de los eventos que luego podrían influenciar conductas, el sistema inmune, y, en último término, alteraciones a nivel molecular. En este marco había decidido emprender un rumbo nuevo, considerando situaciones como la depresión o el sentimiento de soledad. ¿Por qué ese cambio? ¿Era el curso natural de sus intereses o quizá alguna causa de fuerza mayor lo había inclinado en esa dirección?

¿Y qué había de la doctora? Pese a que ella siempre se mostraba dispuesta a debatir, ponía distancia con todo lo relacionado con la psicolooncología, se resguardaba en su sarcasmo, desestimando los intereses de Fuentes como si fueran algo de escaso valor. ¿Por qué tomaba esa postura despojada de toda lógica, una postura que no se correspondía con su inteligencia? ¿Cómo habían influido esos factores en el desenlace dramático, la tarde que culminó con el ataque a la doctora? Yo había estado allí, intuyendo que estaba gestándose una situación de no retorno, había deambulado por el piso y hasta tuve el atrevimiento de abrir la puerta del depósito y presenciar la acalorada discusión entre Fuentes y la Dra. Mahler. Ellos ni se percataron de mi presencia, inmersos en el fragor de sus disputas. A Fuentes lo noté algo acobardado, acaso consciente de su incapacidad para controlar a la doctora, quien, con el guardapolvo desprendido, y el cabello alborotado, gesticulaba de manera frenética. En el instante que estuve allí, escuché que discutían sobre el cáncer y comprendí que no se trataba de un dato menor, sino que era el detonante de aquella situación. Por eso el doctor ahora renegaba de sus propios intereses, de todo cuanto le había preocupado. “Solo son pavadas”, había resumido ante Bruno.

Paula, que miraba la televisión en la silla de las visitas, se volvió y me comentó algo del programa que estaban emitiendo. Pero yo había llegado a un punto álgido en referencia al comportamiento de Fuentes y la doctora. Aunque el drama había culminado en la amnesia del doctor, bloqueando sus recuerdos sobre lo ocurrido, era evidente que él se sentía responsable por lo ocurrido, culpaba a sus pensamientos por el drama que atravesaban. Y, sin embargo, la clave no estaba allí, en lo que le sucedía a Fuentes sino a la doctora, esa era la parte que faltaba, la pieza crítica, porque si bien ella evitaba sistemáticamente discutir sobre ese aspecto, esa tarde lo había hecho, se había embarcado en una discusión furibunda sobre el tema, demostrando que ella también tenía su opinión al respecto. ¿Y qué pensaba? Eso era lo que restaba averiguar, porque allí se ocultaba, verdaderamente, la explicación de lo ocurrido. Llegué entonces a mi conclusión. Y puede que Bruno haya pensado algo similar, cuando tomó la decisión de visitar a Matilde, por segunda y última vez.

Continuar a última parte


[1] Divisi, D., Di Tommaso, S., Salvemini, S., Garramone, M., Crisci, R. (2006). Diet and Cancer. Acta Biomed, 77; 118-123.

[2] Chiozza, L. (2010). Cáncer: ¿por qué a mí, por qué ahora? 1a ed. -Buenos Aires: Libros del Zorzal.

[3] Sirera, R., Sánchez, P. T., Camps, C. (2006). Inmunología, estrés, depresión y cáncer. Psicooncología, 3(1), 35-48.

[4] Disponible en: http://www.elsigma.com/entrevistas/entrevista-a-jose-schavelzon/6928.

[5] Freud, S. (1920). Más allá del principio del placer. Los textos fundamentales del psicoanálisis (comps.: Anna Freud), Altaya S.A., Barcelona, 1997.