Compañerismo

Juan apenas puede dar crédito a sus ojos. Prueba una vez más el interruptor del equipo. ¿Pará qué? Es evidente que no funciona. Por un instante permanece mirando el vacío, incapaz de aceptar lo que sucede.

—¿Te ayudo con algo? —escucha que le dice su compañera, acercándose desde el extremo opuesto de la mesada de laboratorio.

Juan reprime la primera respuesta que le viene a la mente. ¿Acaso no es obvio que está por perder todo el experimento que le ha llevado meses? María José, sin mala intención, ha metido el dedo en la llaga. El lector de ELISA, un equipo típico de cualquier laboratorio, ha dejado de funcionar. Juan sabe que si pierde ese ensayo no podrá confirmar un experimento clave.

—Ey, Juan, ¿qué te pasa? —insiste María José.

Juan vuelve a probar el lector, una, dos, tres veces. No hay caso. No funciona. Respira hondo y aclara:

—Ahora no podré leer la placa que largué.

—¿Y cómo se te hizo tan tarde?

María José. María José. Juan apela una vez más a su paciencia. La becaria nueva, después de todo, no tiene la culpa. Juan recuerda que empezó tarde porque tuvo que recibir al gasista por la mañana; también se retrasó porque pasó por el banco para cerrar una cuenta en rojo; y se le hizo aún más tarde porque alguien terminó la solución de PBS-tween, imprescindible para realizar un ensayo de ELISA. Pero todo esto, María José no tiene por qué saberlo, en definitiva, apenas hace unos días ingresó al laboratorio.

—¿Me dejás probar a mí? —se ofrece entonces la nueva becaria.

Juan estudia el tono de voz de su compañera sin encontrar ningún atisbo de burla en el ofrecimiento. Porque claro, ¿para qué va a probar lo mismo que él ya probó varias veces? Como si el equipo pudiera distinguir, al tacto, la presencia de una mano más afable que la suya, que con buena gana había apretado el interruptor hasta casi sacarlo de su sitio.

Además, si fuera el caso, de que un equipo pudiera distinguir sus operarios, se trataría de uno más nuevo, cuando claramente el que ellos tienen ya es viejo y obsoleto. De tener arrugas y canas, tendría unas cuantas, pero, en cambio, cuenta con una amplia variedad de manchas que atestiguan su edad: ácido clorhídrico, TMB, óxido de plata y quién sabe qué más.

María José se adelanta. Se ubica al frente del equipo. Busca a tientas el interruptor rodeándolo con las manos. Ni siquiera sabe usarlo, piensa Juan, pero la deja intentar. La mira y nota que lleva una bata de laboratorio impecable, o al menos lo aparenta en comparación de la suya, que cuando la cuelga en el perchero parece conservar la forma de su dueño. De la bata pasa al rodete en el cabello, otra precaución que las demás becarias, más antiguas, suelen dejar de lado muchas veces. Al final se queda mirando los guantes de látex, que a María José le quedan como bolsas en las manos. Se han terminado los de tamaño Small y entonces debe usar los Medium que le quedan enormes.

Nada de esto parece preocuparle a María José, que con inocencia pregunta desde dónde se prende el lector de ELISA.

—Desde abajo —indica Juan—. ¿No deberías estar en tu casa, a esta hora?

Juan conoce claramente sus ataques de mal humor. Ahora mismo preferiría estar solo. ¿Por qué debe estar respondiendo preguntas en lugar de tener todas las mesadas a su disposición? ¿En qué podría ayudarle esa compañera que recién comienza su doctorado?

—¿Acaso me estas echando? —pregunta María José, casi divertida.

Juan no termina de comprender si lo sorprende más la réplica sincera o el chillido que ha hecho el equipo al encenderse. Antes de que reaccione, su compañera ya ha soltado una exclamación de triunfo que casi lo aturde. Y lo ha logrado al primer intento.

—Seguro que moviste algo adentro —dice Juan, desconcertado. Sin embargo, ante la mirada maliciosa de su compañera que, evidentemente, no le cree nada, apela a otro argumento—: vos sos nueva, ya vas a ver que todo el tiempo pasan cosas inexplicables en un laboratorio.

—Sí, ya veo —acepta María José—. O tal vez fue suerte…

Suerte. Buena falta le haría. Juan mira la estufa, donde dejó incubando la placa de ELISA y le invade un retorcijón abdominal. En la puntada reconoce sus propios nervios. Apenas añada las gotas del reactivo TMB sobre los pocillos de la placa, sabrá el resultado de su experimento. Si encuentra diferencia en la producción de ciertas moléculas proinflamatorias irá por buen camino. Está repitiendo un ensayo que podría confirmarlo. En cambio, si no detecta diferencias, y todo da igual entre el grupo experimental y los controles, entonces quedará envuelto en un mar de dudas. Hasta podría significar que se ha equivocado, que su interpretación de lo que está pasando, posiblemente, sea errónea. El resultado lo espera, a esa altura, ya determinado.

—¡Dale! ¿Ahora que hacemos? ¿Cruzamos los dedos? —lo despabila María José, al tiempo que camina hacia el perchero a dejar su guardapolvo.

Juan respira hondo. Nota que le agrada el sentido del humor de su compañera. Pero debe continuar. Camina hasta la estufa, retira la placa y vuelve a la mesada. A poco de comenzar los últimos lavados con PBS-Tween, se detiene, acaba de notar que su compañera se ha puesto una campera y se dispone a salir.

Juan mira la placa de ELISA y trata de concentrarse. La gira y vierte su contenido en una bacha de aluminio. Luego la seca sobre un papel absorbente, dándole unos golpes. Para finalizar, busca el reactivo TMB en la heladera y cambia de lugar. Cuando se acomoda constata que María José efectivamente se ha retirado. Considera que tal vez estuvo un poco brusco.

Con mano algo temblorosa, Juan va dejando caer las gotas de TMB. Los pocillos se vuelven al principio de un color azul tenue y, al cabo de unos minutos, van adquiriendo una tonalidad más oscura. Recién entonces Juan añade ácido sulfúrico para detener la reacción y luego camina hacia el dichoso lector de ELISA. Oprime un botón y el equipo abre una pequeña ranura donde cabe exactamente la placa. Una vez activado el programa, el equipo cumple con su cometido: cuantifica. De una impresora sale una hoja con números agrupados en filas y columnas. El resultado es indiscutible. Juan se contiene un instante. Está solo. Podría gritar, acaso tirar todo por el aire. La sensación lo desborda. Piensa dónde ir, con quien puede hablar. Es entonces cuando escucha ruido que viene desde la puerta. ¿Escuchó bien o es sólo su deseo? Aguza el oído. Sí, efectivamente oye pasos. Al girarse ve a María José que camina hacia él. Se detiene justo adelante. Ha vuelto. ¿cómo lo ha comprendido? Apenas se conocen, pero Juan no titubea, extiende los brazos, sabe que está en deuda. Una deuda importante. Ella lo mira de arriba abajo, la bata de laboratorio desprolija, los guantes que sobresalen de sus bolsillos, la expresión evidente del rostro que la observa. Cuando María José salió del laboratorio había solo dos escenarios posibles: que el experimento diera bien o que diera mal. Ahora ya no hay margen para la especulación. Ambos acortan el último paso que los separa. Se unen en un abrazo sincero, el resultado es evidente.

 

 

 

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La literatura y la difusión del conocimiento

Que pueda comprenderse buena parte de los mecanismos que rigen el universo es, en cierta forma, desconcertante. Pero existiendo tal posibilidad, la de entender los procesos que nos mantienen funcionando entre plantas, bacterias, otros animales y hasta planetas en sus órbitas, resulta difícil no tratar de participar entre quienes, de un modo u otro, intentan descorrer, poco a poco, el velo de lo desconocido, en base a esa formidable herramienta que constituye la ciencia.

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La labor de informarse, conocer, razonar, atar cabos e imaginar lo que, hipotéticamente, podría estar aconteciendo del otro lado de la frontera de lo conocido es, de por sí, un privilegio, una actividad para no perderse, sobre todo, cuando aquello que tal vez se imaginó, en ese espacio intangible del pensamiento, de pronto comienza a tomar forma, de la nada, para volverse una pieza más del universo conocido y comprobable.

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Luego de la comprobación de una hipótesis, el reto consiste en comunicar los hallazgos y someterlos al juicio de la comunidad científica; y así,  la creatividad original deviene en rigurosidad, lo que implica el uso de un lenguaje impersonal, específico, inequívoco y técnico. Esta característica de la ciencia, pese a restringir por completo el modo en que deben transmitirse los conocimientos, aún posee un atractivo especial. Esto se debe al desafío que implica condensar con precisión todo el conocimiento preexistente, el nuevo, y el que, hipotéticamente, hasta podría obtenerse en el futuro. La escritura científica debe generar una especie de extracto crudo y concentrado donde nada puede faltar (y nada sobrar) en relación a lo que se pretende demostrar. Un artículo científico es, en cierto modo, un desafío de lógica, una prueba donde los datos deben ser ordenados del mejor modo posible para destacar su relevancia, sin el menor error, y es en estos puntos donde se esconde la verdadera creatividad de la escritura científica.

Pero esta condensación a extracto puro, aunque es sumamente práctica y valiosa a la hora de la transmitir conocimiento, termina reduciendo las experiencias de los investigadores a bits de información únicamente valiosos para otros científicos.

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A diferencia del formato de la ciencia, la literatura proporciona una libertad, prácticamente, ilimitada: es flexible, original, variada y llena de recursos. Abarca en su conjunto a todas las emociones y temáticas que nos conciernen dentro de la condición humana. Ofrece, además, una diversidad de géneros que se amoldan a casi cualquier propósito.

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Según Roland Barthes, desde la antiguedad, literatura solo tiene el fin de representar la realidad, lo cual establece un vínculo obligado con el conocimiento que se tenga de ella. Por lo tanto, pese a recurrir a un abordaje personal, muy diferente al método de la ciencia, no cabe duda de que la literatura también tiene un vínculo especial con el conocimiento; siendo otro privilegio de nuestra especie, leer y contarse historias.

Es en este marco, entonces, donde surge el interrogante, ¿por qué no partir desde la base sólida del conocimiento relacionado con la ciencia, y luego, a la hora de la comunicación, ampliar el abanico al gusto de cada quien, sin más restricciones que no faltar a la verdad, en cuanto a ciencia se refiere?

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A riesgo de desconocer los gajes del oficio y de sesgarse demasiado en los por qué, a más de un año del inicio de es este blog, el objetivo sigue siendo el mismo: tratar de alinear ciencia y literatura en la difusión del conocimiento, a veces con artículos, a veces con relatos.

Martín Mehsen

Elsa Velasco Benito, el dibujo como expresión personal de la ciencia. Un ejemplo con la inmunología.

En una entrada previa se ha resaltado que muy pocas veces salen a la luz las imágenes que los investigadores “ven” en sus cabezas a la hora de pensar en sus objetos de estudio. Esas formas de aproximarse al mundo para entenderlo y sacarle sus secretos, son sumamente personales, y rara vez se manifiestan de una manera artística. Por ende, las personas que no realizan ciencia, y que tal vez no se imaginan el plano celular, molecular o incluso cuántico, difícilmente pueden hallar una vía, un atajo para aproximarse a ese mundo invisible que a veces solo puede captarse a través del razonamiento y la imaginación.

Internet, sin embargo, es un amplificador enorme de pequeñas excepciones, y comenzando desde esta entrada, nos proponemos realizar un camino en la búsqueda de ejemplos donde sea posible adquirir conocimientos a través de la expresión artística de personas de ciencias.

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Y así llegamos a Elsa Velasco Benito, graduada en Ciencias Biomédicas y con un máster en comunicación científica, médica y ambiental de la Universidad de Pompeu Fabra-BSM. Periodista científica de Big Vang, Elsa se ocupa de realizar divulgación científica acompañándose de dibujos que ella misma elabora. Los dibujos son una ventana abierta para todo aquel que quiera asomarse al mundo de la biomedicina, y a la vez son un fiel reflejo de la mirada personal de la autora, así como de su manera de expresarla.

Entre sus temas de interés, aquí nos ocuparemos de la inmunología, un área que permite aproximaciones muy diversas; desde la evolución, las matemáticas, la salud, la microbiología, la estadística, la química, la literatura y muchas más, dependiendo del interés de quien ha decidido profundizar en ella. Aunque la cantidad de parámetros posibles puede desalentar a más de uno, la realidad es que la inmunología es un espacio lleno de secretos a descubrir, y que bien vale el esfuerzo, porque, después de todo, la diferencia no solo está en los conocimientos, sino también en quien los cuenta:

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Como se mencionaba al inicio, los investigadores necesitan “ver” sus objetos de estudio. Sin embargo, esta capacidad tampoco es la única ya que, en general, no se quedan solamente con las imágenes, sino que van más allá, generando un tipo de conexión más profundo, y que muchas veces deriva en la “humanización” de aquello que se analiza, un recurso tan particular como imprescindible, y que demuestra la soltura con que debe manejarse un investigador en un terreno al que, a veces, solo puede accederse desde el pensamiento:

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La inmunología representa la evolución en su estado más puro; millones de células mueren defendiendo el cuerpo a cada instante y lo mismo puede decirse de los microbios, que luchan con un objetivo igual de importante: no extinguirse para siempre de este planeta tan especial. Lo encarnizado de las acciones no quita, sin embargo, su belleza sutil, la que se vislumbra al comprender los mecanismos moleculares que rigen en esas batallas, donde, por lo general, solo uno de los contendientes logrará salir victorioso, es decir, con vida.

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Como la cumbre de una montaña nevada, la inmunología puede parecer inaccesible. Pero quien se aventure realmente hasta la cima, alcanzará una perspectiva despejada y única. Y para quien prefiera iniciar el ascenso, pero solo para detenerse en algún mirador, o algún amable refugio de montaña, tal vez pueda cruzarse con alguien que venga de bajada, y que le pueda contar, con sus propias palabras, o con su forma de expresión más personal, cómo vio las cosas desde arriba.

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Para seguir leyendo:

https://biomedvinetas.wordpress.com/

 

La otra travesía de las hormonas: de la ciencia a la literatura. La obra de Paz Monserrat Revillo.

Se ha mencionado que una de las dificultades para entrelazar literatura y ciencia consiste en que la primera se ocupa de las emociones, utilizando un prisma subjetivo, en tanto que la ciencia aborda, fundamentalmente, temas impersonales desde una óptica lo más objetiva posible. Paz Monserrat Revillo sortea esta supuesta incompatibilidad a través de un libro construido sobre cimientos sólidos, conocimientos científicos sobre las hormonas, dispuestos como una fila de bloques de mármol sobre cada uno de los cuales se asienta un relato. Se trata de historias que laten con un corazón inequívocamente biológico, pero que luego crecen y toman vida propia, expandiéndose con libertad en el espacio ilimitado de la imaginación de la autora, cuya obra se presenta con un estilo fresco y amigable y que cuenta con toda la riqueza y los privilegios de la buena literatura.

Un exceso de hormonas de crecimiento desemboca en los avatares de Charles Byrne, un gigante tímido que solo pretendía que sus huesos, desmesurados, se ocultaran en el mar. Una horda de convictos aislados en Australia genera la brava misión de cuatrocientas huérfanas enviadas a poblar esas tierras remotas.  Una solicitud de Simón Bolivar para estudiar los cultivos de América permite descubrir la importancia del yodo para el buen funcionamiento de la tiroides. Son estas y muchas otras las historias que revalorizan el cruce entre literatura y ciencia, un terreno donde Paz  —bióloga, madre, escritora y docente— se desenvuelve con soltura, con la naturalidad de quien ha estudiado ciencias pero también ha aprendido a desenfocarse para volverse cómplice de las palabras.

Los cuentos referidos a la infancia merecen una mención especial: suelen ofrecerse en algunos destinos especiales botellitas selladas, souvenirs conteniendo, por ejemplo, aire de Katmandú o Machu Picchu. Los cuentos de esta colección son como esas botellitas, con la diferencia de que funcionan realmente: el aire de la infancia emerge de entre las líneas envolviendo al lector en la óptica única de quien contempla el mundo como un lugar novedoso donde todo puede suceder y todo está por descubrirse.  A continuación, uno de estos relatos:

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Paisaje de infancia con exhibicionista de fondo

 

Feromonas:

Hormonas que transmiten mensajes entre

diferentes individuos de una misma especie,

 como los que intervienen en la atracción sexual.

 

 

          Para llegar al colegio había que atravesar el parque. Después de comer, en lugar de hacerlo a través del largo paseo jalonado por plátanos con enormes barrigas nudosas, subíamos por la zona del estanque. El parque era un universo en miniatura, un ecosistema a nuestra medida, tan completo y complejo como un acuario, un pesebre o una caja de música. Era el escenario principal en el que se desarrolló nuestra particular metamorfosis, desde la vitalidad común de niñas vestidas de uniforme al desajuste de la adolescencia que nos sobrevino de manera diferenciada y con resultados difíciles de prever de antemano. El exhibicionista era parte de ese ecosistema cuando todavía llevábamos el uniforme de cuadritos marrones.

El estanque quedaba apartado del tránsito de paseantes, era un espacio  incrustado en un circuito de setos que en su momento habían sido minuciosamente recortados para formar un bordado en el paisaje, pero que en esa época estaban invadidos por árboles y matorrales silvestres que crecían a su antojo. Un estimulante desorden dentro del orden. Allí -en los bancos que quedaban en las curvas del laberinto de setos- era donde iban las parejas a partir de las siete. Algunas tardes las espiábamos, pero cuando realmente  tomábamos posesión de la zona era en la media hora anterior a volver al colegio tras la comida.

Para nosotras, aquel estanque era “el lago”. Inclinado hacia él había un pino anciano por el que tratábamos de trepar una y otra vez. El tronco tenía una textura contundente, con sus piezas de madera a modo de escamas que se nos enganchaban en los calcetines marrones y en el dobladillo de los uniformes. Con ínfulas modernistas, el contorno del lago, la glorieta de acceso y sus cuatro surtidores, semejaban algo orgánico; algo así como fango derramado por la mano de un gigante. En sus aguas oscuras nadaban peces de un color naranja irisado, que salían a la superficie con ojos desorbitados cuando les echábamos pan.

Algunos eran diferentes, de colores metálicos y desmesuradamente grandes, como si estuvieran hinchados y fueran a explotar. A veces lo hacían, y luego flotaban de lado ante nuestras miradas desconsoladas. Creo recordar un par de entierros preciosos y muy sentidos. O quizás lo haya imaginado y ahora lo incorporo al paisaje de mis recuerdos con demasiada naturalidad. En realidad, sólo tengo constancia de haber enterrado al periquito azul por aquel tiempo. Afortunadamente nunca lo sabré con certeza.

También tenía el parque una especie de guardián enviado por el ayuntamiento para controlar la zona. Un señor pequeñito e inofensivo -disfrazado con un uniforme municipal de color verde- que nos perseguía cuando hacíamos alguna trastada con una especie de porra de juguete y nos amenazaba diciendo que conocía a nuestros padres. Le llamábamos el Marshall. No debía de hacer su labor con demasiado esmero pues Dinototo, nuestro exhibicionista particular, se camufló durante al menos dos años dentro de sus dominios sin que consiguiera atraparlo ni desenmascararlo. A veces me pregunto de dónde sacamos ese nombre tan cursi, Di-no-to-to. Probablemente sería una contracción de dinosaurio-tonto, o el nombre de algún personaje de aquellos dibujos animados tan simplones de la época.

Era un individuo bastante joven, apocado, de mirada velada y cara de no tener muchas luces. Casi siempre permanecía escondido entre los matorrales. Su timidez nos situaba a una distancia equidistante entre la ternura, la excitación y la superioridad, lo que propiciaba que nos sintiéramos lo bastante envalentonadas como para gritarle burlas e improperios, como si fuéramos un enjambre de abejas a punto de atacar, cuando se exhibía.

Jamás lo contamos a nadie, simplemente nunca nos pareció algo que debiéramos mencionar a padres o profesores. Dinototo formaba parte del parque, era un lobo entrañable e introvertido y no veíamos nada anómalo en el hecho de prestarnos a hacer de caperucitas a diario. Sabernos observadas cuando, en primavera, nos arremangábamos las faldas para entrar en el lago o al subir a los árboles, nos hacía protagonistas, heroínas valientes que sabían cómo tratar a un hombre perturbado y patético cuando se nos mostraba en uno de sus arrebatos de exhibición transitorios.

Las visiones solían ser fugaces, incompletas. Cuando ocurría, el tiempo se aceleraba sepultado en una catarsis de risas, gritos y carreras que nos dejaban sin aliento y con un calor magmático que fluía desde nuestro interior y se condensaba en el tejido rasposo del uniforme. Solamente una vez lo tuvimos muy cerca. Era casi verano. Se colocó al final del tramo de cipreses que había antes de cruzar la carretera que daba al colegio y se nos apareció, sin previo aviso, mostrándonos su erección rutilante y grotesca.

Reaccionamos como si hubiésemos recibido una descarga eléctrica. Cruzamos la carretera sin mirar, chillando cual posesas, riendo unas sonoras carcajadas de histeria colectiva. Al entrar en el colegio, la madre portera nos llamó al orden, pero seguimos intercambiando impresiones a voces por los largos pasillos hasta llegar a la clase. A mí me había dejado desconcertada la tersura de pez a punto de explotar que tenía esa prolongación extraña de su cuerpo; el color rosáceo, su calidad de juguete de plástico, como de pierna de muñeca pepona o de lechón recién asado. Todavía recuerdo mi sorpresa ante semejante descubrimiento. Pero aquello fue el final. Creo que por entonces ya se terminaba el curso y no lo volvimos a ver. Quizás alguien lo denunció, o se marchó a oficiar su ritual a otra zona.

De vez en cuando vuelvo a la ciudad donde pasé mi infancia. Ayer, paseando por las calles comerciales del centro, lo vi. Casi cuarenta años después, me crucé con Dinototo. Los surtidores empezaron verter agua en mi memoria. Acababa de reunirme con una de mis amigas del colegio para tomar un té. Habíamos hablado de decepciones y rupturas, de padres ancianos, de la extrañeza ante el paso del tiempo, de hijos mucho mayores que aquellas niñas de doce años que se habían desvanecido como la niebla. Habíamos celebrado nuestra amistad mientras sujetábamos con firmeza nuestras tazas humeantes.Nos separamos y regresé de vuelta por entre las tiendas de la calle peatonal.

Y entonces lo vi. Lo vi y lo reconocí inmediatamente. En un instante el estanque se llenó de peces rojos. Lo miré a la cara y, tras confirmar que tenía la misma mirada turbia, el mismo rostro de reptil -ahora más difuso, como desdibujado por el tiempo- noté el latigazo de un enorme pez metálico dando su última bocanada. No pude evitar que mis ojos se desviaran hacia su entrepierna con una insólita mezcla de lástima y de nostalgia. El pez quedó flotando de lado mientras regresaba a casa de mis padres con la cabeza llena de agua.


De Paz Monserrat Revillo, Hormonautas, Editorial Nazarí, España.

http://editorialnazari.com/es/18-esp/catalogo/856-hormonautas.html

Más relatos en el blog de la autora: http://pazmonserratrevillo.blogspot.com.ar/

Quinta parte, Punto de inflexión

Capítulo 18

 

 

Cuando Bruno llegó a su departamento, a la madrugada del sábado, los murciélagos del árbol de la entrada ya llevaban varias horas revoloteando. Bruno pasó directo a su dormitorio. Se arrojó a la cama sin siquiera desatarse los cordones de las zapatillas. Estaba exhausto. Aun así, no logró conciliar el sueño. Se levantó de mala gana. Cerró las puertas de los dormitorios para no escuchar el envidiable ronquido de sus compañeros. Por fin se acomodó en el estrecho living, con un café bien cargado, dispuesto a continuar con los preparativos del seminario.

Leyó con esfuerzo los apuntes que tenía sobre la relación entre la dieta y el cáncer. Después de subrayar el material, sacó la netbook y trató de tipear las recomendaciones alimentarias para prevenir la enfermedad, del Instituto Nacional del Cáncer de EEUU: empezó con las primeras: 1) Mantener un peso correcto; 2) Variar la dieta; 3) Consumir diariamente frutas y verduras…

Se detuvo en ese punto. Dejó por un momento que se filtraran los recuerdos de esa noche:

Estaba tendido en la cama con Florencia y ella trataba de hacerle cosquillas en los pies. Bruno, sin embargo, de pronto se ponía serio:

—¿Vos tuviste algo que ver con lo que pasó?

—Por supuesto que no —decía ella.

—¿Y cómo sabés tantos detalles?

—Porque estuve muy cerca de los hechos. Hasta sé algunas cosas que todavía no se conocen.

—¿Qué cosas?

Luego de acomodarse en la cama, Florencia le había contado:

—El día previo escuché a la doctora conversando con Martínez en el depósito. Al percibir un tono de voz elevado, me acerqué. Pude escuchar gran parte de lo que decían, sobre todo, la doctora, que hablaba con gritos estridentes. Ella lo exhortaba a Martínez a confesarle algo. ¿Acaso te guardaste un secreto durante todos estos años? ¡Decímelo ahora, no seas cobarde!, decía la doctora. Pero Martínez trataba de evitar el tema. Ella entonces le decía que estaba harta de su esposo, que su matrimonio era una farsa, que nadie hubiera sido capaz de sobrellevar ese martirio como ella. Escuché que Martínez trataba de tranquilizarla —seguía contando Florencia—, pero las palabras de tu director solo servían para enfurecer más a la doctora, que entonces le recriminó su apatía; ¿cómo había escondido sus sentimientos durante tantos años? Toda una vida salvaguardando las apariencias, ¡Qué estupidez! ¿Para qué? Cualquier imprudencia hubiera sido más digna, hasta un arrebato infantil, cualquier cosa, todo hubiera sido más dispensable, todo menos semejante resignación. Martínez de pronto se había quedado mudo. Y la doctora lo instaba a revelarse al menos una vez, quería que le demostrara quién era, de qué era capaz realmente. De todos modos, ella siempre lo había sabido. Desde que eran jóvenes. Era inútil que lo negara. Por fin podía tomar la iniciativa. Ese era el momento. No iba a tener otra oportunidad. ¿Qué estás esperando? ¡Dale imbécil! le gritaba la doctora. Entonces, hubo un instante de silencio. Puede que se besaran. O, más bien, creo que ella lo forzó. Pero eso duró apenas un segundo. Al rato la doctora soltó una carcajada falsa. Cada vez parecía más fuera de sí. Le decía a Martínez que era un completo inútil, que ni siquiera servía para cumplirle un favor. ¿Para qué se esforzaba tanto? ¿Qué pretendía descubrir? ¿No se daba cuenta de que estaba solo? Y ahora la tenía a ella, en un instante de fragilidad, y ni siquiera era capaz de tomar la iniciativa. ¡Salgamos! Había gritado la doctora, poniéndole fin a la charla.

—¿Y después? —había preguntado Bruno, en la casa de Florencia.

—Después ocurrió lo que ya sabés, al día siguiente.

—No. Pero contame vos.

—Yo estaba fuera del laboratorio cuando comenzaron a escucharse las sirenas que llegaban al instituto. Todo el mundo se asomó rápidamente al pulmón de aire que está en el centro del edificio. Allí, los rostros contagiaban, rápidamente, la sensación de siniestro. Pronto se supo que había pasado algo bastante grave. Eso terminó de enrarecer el aire. El pasillo era un hervidero de gente alborotada. Hasta que alguien gritó: ¡La Dra. Mahler está inconsciente! A esa altura, no quedaba nadie en el instituto que no estuviera frente a la puerta del laboratorio. Nos parecía irreal lo que estaba sucediendo. ¡Fuentes está con la Dra. Mahler! Exclamó una técnica, al borde de la histeria. Y así, de a poco, nos fuimos enterando de varios detalles, como que no quedaba nadie más dentro del laboratorio. Caminamos hacia dónde se ubica el depósito, de modo que solo una pared nos separara de Fuentes y de la doctora, que debía yacer en el suelo, del otro de dónde estábamos nosotros.

Con la cabeza de vuelta en lo que estaba escribiendo, Bruno intentó proseguir con la lista de los alimentos recomendados: 4) Consumir cereales y legumbres, que son alimentos ricos en fibras; 5) Reducir el consumo de grasas; 6) Limitar el consumo de alcohol y, 7) Reducir el consumo de sal y alimentos conservados con nitritos[i].

Bruno se detuvo otra vez, ¿no podría postergar el seminario? Una vez más volvió al recuerdo de esa noche, a una escena ocurrida hacía apenas media hora: mientras se vestía algo nervioso, con la prisa de quien desconoce si puede aparecer alguien de imprevisto, el celular de Florencia había anunciado la llegada de un mensaje. Como su compañera estaba en la cocina, Bruno había aprovechado para revisar quién le escribía. El remitente en la pantalla decía: Martínez. ¿Martínez? ¿A esa hora? Bruno en aquel momento había escuchado pasos que se aproximaban. Dejó el celular de prisa sobre la mesa de luz. Un segundo más tarde, Florencia entró al dormitorio en ropa interior y con una botella de vino espumante. Era la segunda. Tras servir para ambos, se había recostado en la cama con la copa entre las manos.

—¿Ya te vas? —le había dicho, al verlo vestido.

Bruno fijó la vista en la pantalla de la computadora. Permaneció unos instantes recorriendo detalles impertinentes; la marca, el modelo, las pequeñas manchas de suciedad en las letras del teclado. Se preguntó cuál podía ser la relación entre Florencia y el Dr. Martínez. Además, consideró que si entre ellos se comunicaban, entonces, Matías también podía estar cumpliendo algún rol. A priori, sonaba inconcebible, pero él mismo tenía su interés; que alguien más tuviera un propósito velado no sería más extraño que lo que él estaba llevando a cabo.

Bruno fue al baño para echarse agua en el rostro y en la nuca. Permaneció unos instantes con la cabeza inclinada, con las manos apoyadas en el lavabo. Podía escuchar las gotas de agua fría golpeando periódicamente en la cerámica. Se incorporó y se lavó los dientes. Miró la hora: las tres y cuarto de la mañana.

Restregándose los ojos y la cara, volvió a la mesa. Vio el paquete de cigarrillos de uno de sus compañeros. No lo pensó dos veces. Sacó uno y salió al balcón. Lo encendió mirando en dirección a la calle. Los murciélagos seguían allí. ¿Cuánto tiempo había estado sin fumar? Casi un año, y ahora se llenaba los pulmones a más no poder. Eduardo le había aconsejado que mantuviera distancia con su compañera; él no le había hecho caso.

Bruno finalizó el cigarrillo. Volvió a sentarse. Leyó otros apuntes y resumió algo más de información. En un intento por despejarse, tomó el cuaderno de la Dra. Mahler. No había vuelto a mirarlo después de su última visita al depósito. Desconcertado, se detuvo a mitad del cuaderno: allí había una foto de la Dra. Mahler donde mostraba con orgullo un vientre que sobresalía notoriamente sobre el borde del pantalón. De inmediato Bruno asoció la foto al embarazo perdido por la doctora, tal como Larrondo le había mencionado. Era la única posibilidad. Su versión tenía que ser cierta. Ella no tuvo hijos. Esa fue su única oportunidad, y la había perdido. ¿Quién hubiera sido el padre? ¿Un investigador del instituto? Por supuesto. Ese había sido su secreto. Todo cerraba. Todo. Allí residía una clave de lo ocurrido. Por fin lo sabía. No había más que dos posibilidades: Fuentes o Martínez. El padre hubiera sido uno de sus entrañables compañeros de juventud, de aquellas frías veladas de invierno. Los dos estaban obnubilados con aquella estudiante joven de gran personalidad. Aun así, existía una diferencia: uno había avanzado un poco más, sobrepasando sin escrúpulos los límites de la amistad.

Exhausto, Bruno apagó la netbook. Volvió a su cuarto. Puso la alarma de su despertador y luego se acostó, con nulas expectativas de conciliar el sueño.

[i] Divisi, D., Di Tommaso, S., Salvemini, S., Garramone, M., Crisci, R. (2006). Diet and Cancer. Acta Biomed, 77; 118-123.

 



 

Capítulo 19


 

El sábado, Bruno se despertó algo más renovado. Las pocas horas de sueño habían surtido un gran efecto. Pasó toda la mañana poniendo a punto algunas cosas para su seminario. También realizó nuevas búsquedas en internet relacionadas con la psicooncología. Se sorprendió muchísimo con varios de los artículos que leyó. En la universidad, la psicooncología ni siquiera se mencionaba. Y, de pronto, descubría puntos de vista que postulaban que el paciente no solo puede elegir enfermarse de cáncer, como Martínez le había señalado en una de sus reuniones, sino que hasta podía influir en el tipo de cáncer que iba a desarrollar[2].

Llevado de un artículo a otro, y de un sitio de internet al siguiente, se quedó un buen rato leyendo artículos de neuroinmunoendocrinología. Esa especialidad estaba arrojando luz sobre interconexiones en el cuerpo que antes eran absolutamente desconocidas. Ahora había nexos que permitirían explicar, por ejemplo, como una depresión emotiva era capaz de afectar al sistema inmune, y cómo una disminución de las defensas podía favorecer, a su vez, el desarrollo de tumores[3].

Hacia la tarde Bruno se dirigió a tomar el un colectivo de línea. Estaba resuelto a visitar a Fuentes por lo menos una vez más. Al llegar a la quinta, encontró al doctor de pie, sobre el borde de la galería. Fuentes se miraba las palmas de las manos con expresión de incredulidad, como si recién las descubriera.

Iniciaron una lenta caminata hasta el rincón de las hamacas. El doctor rengueaba con cierta dificultad. Bruno comenzó:

—Digame doctor, ¿usted, fumaría si tuviera un tumor en la boca? Y con una enfermedad tan grave, y pudiendo recurrir a los mejores especialistas, ¿dejaría que un médico de dudosa reputación lo atendiera en la cocina de su casa?

—No. Naturalmente que no.

—¿Y si le dijera que una persona muy racional obró así, qué me diría?

—Que es muy posible —repuso el doctor—. De hecho, usted habla de Freud. Veo que se informó acerca de lo que piensa el Dr.  Schavelzon[4]. ¿A dónde quiere llegar?

—¿Pueden desarrollarse enfermedades de modo inconsciente? ¿Puede haberle ocurrido algo semejante al mismo Freud?

Un destello se deslizó por los ojos de Fuentes. Sin embargo, el doctor no respondió. Caminó hasta el banco de madera. Bruno tuvo que apretar el paso para seguirlo. Tenía la impresión de estar muy próximo a revelar lo que había sucedido. Recién cuando tomaron asiento, Fuentes tomó la palabra:

—¿Sabe una cosa? Para Darwin, la evolución selecciona a la especie más apta; sobrevive aquella que tiene una ventaja adaptativa. En cambio, para Freud, los seres vivos no desean otra cosa que volver hacia atrás, hacia un estado inorgánico anterior[5]. ¿Comprende lo que esto significa?

—Sugiere que los estudios de ambos se cruzaron en algún punto.

—¡Significa algo más que eso! Significa que los individuos de la especie más adaptada de Darwin, en realidad, no serían otra cosa que los más fracasados para Freud.

—¿Los individuos más adaptados serían los más fracasados? Eso no puede ser.

—Sí, Bruno, podría ser —el doctor comenzaba a tutearlo, prueba del vínculo que habían establecido en aquellas visitas—. Al final, tal vez nosotros solo somos eso: los que fracasamos en extinguirnos, los perdedores. Y como si esto fuera poco, a diferencia de las demás especies, nosotros podemos tener consciencia de nuestra flagrante derrota.

Bruno se preguntó si el doctor no estaría tomando alguna medicación.

—Según Freud —continuó Fuentes—, la búsqueda del nirvana budista es una prueba contundente de su postura23. Quienes persiguen el nirvana lo hacen porque anhelan volver al Todo. En otras palabras, quieren desandar un camino de miles de millones de años de evolución, para volver hacia atrás, a la paz y el silencio del estado inorgánico primitivo —con un aire que a Bruno le pareció cargado de nostalgia, el doctor finalizó—: quizá haya llegado la hora de que yo también desande mi propio camino.

—¿Qué dice, doctor? Ahora tiene que profundizar en sus últimos intereses. Usted mismo me lo preguntó: ¿por qué existe el cáncer?

—No. No me hagas caso —repuso Fuentes—. Son pavadas.

—¿Sabe una cosa? Pienso hablar al respecto en un seminario que debo dar en el instituto.

—De ninguna manera. ¡No se le ocurra! El cáncer es solo un accidente, un sinsentido biológico y punto.

—Pero doctor, usted mismo me lo preguntó: ¿puede existir un sinsentido biológico en biología?

—¡No! No insista. Me arrepiento de haber pensado lo que pensé.

Bruno aguardó a que el doctor se explayara sobre el tema. Sin embargo, como si hubiera necesitado de una buena respuesta, Fuentes se llamó a silencio.

—No renuncie —le pidió Bruno.

El doctor no respondió. Volvió a mirarse las manos ajadas. Esta vez, sin embargo, las contempló con la fría expresión de quien solo verifica las secuelas que le han dejado los años. Bruno juntó entonces valor y le preguntó a quemarropa:

—¿De quién era el hijo que perdió la doctora?

—El doctor ni siquiera lo miró. Se puso de pie y caminó hacia la galería.



Capítulo 20


 

Cuando Fuentes se marchó, Bruno se quedó meditando en el banco durante un rato más. ¿Qué sabía hasta el momento? El doctor había comenzado sus estudios en el marco sólido de la teoría de las mutaciones, la postura con más consenso en la comunidad científica, la cual considera que el cáncer se desencadena a partir de una célula puntual que acumula mutaciones en genes importantes en su ciclo de vida, de tal modo que pierde el control de sí misma y se divide hasta formar un tumor. Fuentes estaba al tanto de la existencia de otras teorías, como la teoría del sentido biológico del cáncer y la teoría de campo de organización de los tejidos, que daban mayor importancia al microambiente que rodea a las células tumorales. También había leído trabajos que se enfocaban en una visión más amplia de la enfermedad, en una explicación a nivel evolutivo como una forma de favorecer la supervivencia de una especie. Sin embargo, él no se había detenido en esos aspectos, por algún motivo, su interés había derivado en el terreno psicológico para explicar, aunque más no sea de modo preliminar, parte de los eventos que luego podrían influenciar conductas, el sistema inmune, y, en último término, alteraciones a nivel molecular. En este marco había decidido emprender un rumbo nuevo, considerando situaciones como la depresión o el sentimiento de soledad. ¿Por qué ese cambio? ¿Era el curso natural de sus intereses o quizá alguna causa de fuerza mayor lo había inclinado en esa dirección?

¿Y qué había de la doctora? Pese a que ella siempre se mostraba dispuesta a debatir, ponía distancia con todo lo relacionado con la psicolooncología, se resguardaba en su sarcasmo, desestimando los intereses de Fuentes como si fueran algo de escaso valor. ¿Por qué tomaba esa postura despojada de toda lógica, una postura que no se correspondía con su inteligencia? ¿Cómo habían influido esos factores en el incidente desafortunado? Habían discutido sobre el cáncer y este no era un dato menor, sino que era el detonante de aquella situación. Por eso el doctor ahora renegaba de sus propios intereses, de todo cuanto le había preocupado. “Solo son pavadas”, había resumido.

Bruno había llegado entonces a un punto álgido en referencia al comportamiento de Fuentes y la doctora. Aunque el doctor no quería hablar sobre lo ocurrido, era evidente que él se sentía responsable, culpaba a sus pensamientos por el drama que atravesaban. Y, sin embargo, la clave no estaba allí, en lo que le pasaba a Fuentes sino a la doctora, esa era la parte que faltaba, la pieza crítica, porque si bien ella evitaba sistemáticamente discutir sobre ese aspecto, esa tarde lo había hecho, se había embarcado en una discusión furibunda sobre el tema, demostrando que ella también tenía su opinión al respecto. ¿Y qué pensaba? Eso era lo que restaba averiguar, porque allí se ocultaba, verdaderamente, la explicación de lo ocurrido. Bruno llegó entonces a su conclusión. Y se apresuró a visitar a Matilde, por segunda y última vez.


Continuar a última parte

 

[1] Divisi, D., Di Tommaso, S., Salvemini, S., Garramone, M., Crisci, R. (2006). Diet and Cancer. Acta Biomed, 77; 118-123.

 

[2] Chiozza, L. (2010). Cáncer: ¿por qué a mí, por qué ahora? 1a ed. -Buenos Aires: Libros del Zorzal.

 

[3] Sirera, R., Sánchez, P. T., Camps, C. (2006). Inmunología, estrés, depresión y cáncer. Psicooncología, 3(1), 35-48.

 

[4] Disponible en: http://www.elsigma.com/entrevistas/entrevista-a-jose-schavelzon/6928.

 

[5] Freud, S. (1920). Más allá del principio del placer. Los textos fundamentales del psicoanálisis (comps.: Anna Freud), Altaya S.A., Barcelona, 1997.