Irrepetible, un dato para empezar

 

Las constelaciones eran pacientes y se sometían impertérritas a su análisis. Sin embargo, el infinito seguía escabulléndose de sus ecuaciones. Lo inconmensurable no podía ser plasmado en números.

¿Cuánto tiempo llevaba encerrado en su habitación? Nadie lo había interrumpido durante los últimos días, ¿o serían ya meses? No estaba seguro. Había declinado todas las invitaciones. Ya nadie le insistía para que abandonara, al menos por unas horas, el escritorio que había improvisado en su casa. Para sus actividades le bastaba con ese espacio reducido, donde apenas si lograba estirar las piernas. Allí, mientras su cuerpo permanecía en reposo, su mente vagaba por el espacio ilimitado de los números, que anotaba y corregía una y otra vez.

Exhausto y ya de madrugada, abandonó el escritorio y deambuló nerviosamente por la casa. Se detuvo asombrado ante su imagen en un espejo. La barba raleada, los cabellos en completo desorden. En la proyección que le devolvía el vidrio se notó más avejentado de lo que imaginaba. Salió al jardín a reflexionar bajo el rumor de la noche. Todo tomaba un cariz diferente al amparo de las constelaciones. Tantos días transcurridos en silencio. Ninguna compañía, ni un solo amigo con quien intercambiar ideas. Ni una sola mujer con la cual proyectar su vida.

De pronto, pensó en Matilde, le pareció distinguir su rostro angustiado observándolo desde algún lugar de su memoria. Esa tristeza sustancial, la consciencia de quién comprende que se ha embarcado en un emprendimiento poco menos que imposible. Matilde. La única mujer que lo había querido pese a sus obsesiones, a sus extravagancias, a sus manías. Y él la había perdido, lentamente, absorbido por las ecuaciones y los números, concentrado en ideas y proyectos, hipótesis y deducciones. Todo logro equivale a una pérdida —se justificaba—. Consumía su tiempo tan de prisa, que lo opuesto también era cierto, el tiempo lo consumía a él. Y, sin embargo, qué satisfacción lo embargaba cuando los números iban aproximándose a un resultado, cuando las ideas afloraban entre las grietas de su inconsciente, cuando las neuronas vibraban como electrificadas. Esos momentos eran magnéticos, demasiado poderosos. El ritmo cardíaco se le iba de las manos en cuanto vislumbraba un desenlace inminente.

Sin embargo, si se hubiera sosegado durante esos ataques; si hubiera sido medianamente racional en su dedicación, si hubiera aceptado la existencia de otros intereses y emociones, entonces, quizá Matilde estuviera aún con él, contemplando la bóveda infinita de esa noche tan plena de soledad como carente de certezas.

Su hermano lo visitó de imprevisto un día por la mañana. Llegaba jadeando, había oído que Matilde iba a quedarse una semana en la ciudad. Era una oportunidad única, una oportunidad que no podía desperdiciar. ¿Hasta cuando iba a continuar con esa actitud antisocial? ¿Hasta cuándo iba tratar de plasmar todo en números? Las relaciones personales se construían en un espacio ambiguo, no sobre fórmulas, ya debía saberlo.

Él lo sabía, por supuesto, pero no podía prescindir de la seguridad de los números. Sintió una puntada en el estómago. Sus nervios estaban demasiado tensos. ¿Qué contarle a su hermano? El dolor no cedía, intentó relajarse y despejar su mente, súbitamente atormentada. Trató de explicarle los avances que estaba logrando. Las repercusiones que podían tener. En poco tiempo se dio cuenta de que no tenía sentido. Era inútil, su hermano no quería entender, se encerraba en su escepticismo. En vez de concentrarse en sus explicaciones le advertía de su imagen descuidada, de su nueva manía de frotarse la espalda continuamente. Le instaba a recapacitar, a no dilapidar esa última oportunidad.

Su hermano se marchó dejándolo sumido en un desconcierto abismal. Debía tomar una decisión con urgencia. ¿Pero cuál? No estaba para encrucijadas, pensó. ¿Cómo pueden tomarse decisiones sin una mínima certeza, ¿y que podía comprender de su relación con Matilde? ¿Por qué razón ella lo había elegido? ¿Qué intricada suma de factores, en definitiva, lo habían puesto a él, justo a él, en ese sitio privilegiado en el tiempo y en el espacio? Él estaba habituado a lidiar con el infinito, pero siempre con números de por medio, con una base sobre la cual apoyarse. En cambio, con tantas variables desconocidas se sentía absolutamente desamparado. Pido muy poco, decía, solo una certeza, aunque fuera una sola, como un axioma, algo sobre lo que fuera posible asentarse y construir. Sin una mínima certeza a mano, se bloqueaba, como si de una fobia se tratara, y se veía obligado a postergar todo compromiso; o bien, se escondía, literalmente.

Los días pasaron sin que lograra concentrarse demasiado; en consecuencia, vivía de mal humor. Seré un viejo gruñón —se reprochaba—, pero no conseguía cambiar su estado de ánimo. Con cualquier ruido le parecía escuchar golpes en la puerta. Pensaba en Matilde y en el tiempo que restaba para su partida. Tal vez entonces conseguiría la paz que necesitaba para avanzar con sus ecuaciones. Había adquirido la manía de hablar solo. De a ratos arrojaba todo tipo de objetos contra la pared. Bajó las persianas y corrió las cortinas para darse fuerzas y resistir dentro de su casa. El aire estaba viciado y lo hacía toser. Le dolía la garganta, áspera y seca. Tenía los nervios crispados, sentía una comezón insistente en la espalda y no podía dejar de rascarse.

De pronto oyó golpes con claridad. El cuerpo dejó de responderle. El estómago se le endureció como una piedra. Por fin, con gran esfuerzo, se aproximó a una ventana. Desde allí podía ver quién llamaba, sin ser visto. Sólo debía espiar a través de las ranuras de las persianas. Los golpes se escucharon con insistencia por segunda vez. Juntó fuerzas y observó. Era Matilde. La vio de espaldas y se le hizo un nudo en la garganta. Si hubiera visto su expresión convulsionada, quizá hubiera actuado de otro modo. Pero desde su lugar apenas podía observar cómo se cubría el rostro con las manos. En su mente abría la puerta, Matilde se giraba, él avanzaba con determinación, con los brazos extendidos, pero, en la realidad, su cuerpo seguía inerte, petrificado.

Permaneció durante horas al lado de la ventana, sin atreverse a mirar. Terminó por quedarse dormido. Al despertar reparó en que aún continuaba en el mismo sitio. Espió furtivamente. Matilde ya no estaba. Un dolor punzante lo obligó a dirigirse a la cocina. Comió dos tiras de pan rancio y se lavó la cara. Con esfuerzo se dirigió al escritorio y retomó sus ecuaciones en donde las había dejado. Pero no, no había manera, estaba completamente desenfocado. Tomó un almohadón y se estiró en el suelo. Ya estaba acostumbrado a recostarse en cualquier parte. Se durmió profundamente. Soñó con Matilde, una vez más. Pero esta vez había algo diferente, ella le indicaba algo sobre una ecuación. ¿Cómo podía ser? Matilde carecía de formación académica. Y, sin embargo, él asentía, le daba la razón. Comenzó a transpirar, ¿qué le indicaba? Se despertó sobresaltado, bañado en sudor. Matilde le había mostrado algo real, algo concreto que podía inferirse de una ecuación enormemente intrincada y cuyos factores eran absolutamente desconocidos. ¡Claro!, se dijo, existen demasiadas variables, razonó, y todo el peso de la historia, se convenció por fin. Sin darle más vueltas, atemorizado de que fuera demasiado tarde, se abalanzó hacia la salida, quitó la llave, abrió la puerta y trató de correr, pero solo realizó dos pasos antes de trastabillar y caer al piso. Ya en el suelo descubrió que había caído sobre Matilde, que dormía  acurrucada en los escalones de la entrada. Ella nunca se había marchado. Había estado allí todo ese tiempo. La miró embelesado mientras despertaba, con una sonrisa serena, con una tranquilidad que revelaba cuánta seguridad había tenido para quedarse.

Él le devolvió la sonrisa tomando asiento a su lado. Permanecieron así, en silencio, sin necesidad de explicaciones, ella tenía la suya, sin ningún número de por medio; él, por fin, había encontrado una razón, una certeza, había comprendido que una ecuación podía decir mucho aún sin estar resuelta, y que incluso cuando sus factores fueran infinitos y desconocidos; así y todo podían transmitir un conocimiento, algo vital, como en su caso: que la combinación de los factores que lo habían puesto allí era irrepetible. Solo eso, un mínimo dato. Pero este dato para él operaba de otra forma, lo ubicaba en otro lugar, era una certeza prodigiosa, tan simple como un primer axioma, algo que representaba el punto apoyo que le faltaba para establecer vínculos, porque, al fin y al cabo, estaba perfectamente habituado a manejarse así, partiendo de datos mínimos hacia la búsqueda de conocimientos parciales, en el marco de un universo inconmensurable y desconocido.

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La rubia de los tacos aguja

La tarde en que traté de impresionar a Claudia Lopetegui, con un discurso sobre lo simple y lo complejo, fue justo la ocasión que eligió Arnaldo Amuchástegui para revelarnos que había perdido la cabeza por ella, por nuestra compañera de la facultad. No podía haber sido un momento más desafortunado, sobre todo, en vista de lo que ocurriría después. En cuanto Arnaldo se fue, uno de los presentes vaticinó: cero de posibilidad, así de simple. Otro acotó: el conjunto vacío, refiriéndose al espacio donde Claudia tal vez pudiera darle una oportunidad. Alguien propuso entonces apostar, pero no, no hubo caso, todos íbamos por la variante del fracaso rotundo.

Claudia Lopetegui, la rubia de los tacos aguja, como solíamos llamarle, habitaba la mente de más de uno de mis compañeros de comisión. Esos tacos iban y venían, de oreja a oreja sin dejarnos pensar en otra cosa, excepto en quitarle los tacos, por supuesto, y todo lo que más pudiéramos. Pero salvo alguna excepción, como la tarde del discurso inoportuno, rara vez osábamos a acercarnos a ella, más bien la contemplábamos a la distancia, con sus aires de realeza, con su prestancia empalagosa, la de quien está perfectamente al corriente de lo que genera a su alrededor. Casi todos, secretamente, urdimos planes insensatos para abordarla. Casi todos, es cierto, pero nadie tuvo el valor, excepto Arnaldo Amuchástegui, el más callado de todos, que terminó siendo, en definitiva, el único inconsciente que se aventuró a la tarea de conquistarla.

Los espectadores nos pusimos entonces en alerta. Nada como la noticia de un cortejo desbalanceado para atraer el morbo y el regodeo de toda la comisión. Y así, entre las clases teóricas y de trabajos prácticos, entre pupitres desvencijados, columnas de hormigón y pizarras repletas de fórmulas, entre matraces, cristales y vasos de precipitado; entre burbujas, pipetas y emulsiones, fuimos siendo testigos de cada insinuación. A cada lance le seguía su correspondiente evasiva; a cada movimiento, su anunciado rechazo. La matemática es simple, las probabilidades no fallan, decíamos. Porque si hay algo de lo que estábamos convencidos, incluso sus propios amigos, era de que no tenía chance de lograr su cometido… Pero Arnaldo no se dejó desmoralizar, por más funestas que hubieran sido nuestras predicciones. Nuestro compañero, abruptamente envalentonado, no dejó estrategia por ensayar. Todo lo probó, haciendo oídos sordos a nuestros consejos, que lo encomiábamos a actuar con cierta racionalidad, medianamente acorde a la carrera que cursábamos. ¿A dónde iba a llegar sino al ridículo? ¿Cuándo iba a detenerse?

Había transcurrido ni mucho ni poco desde este vendaval de insinuaciones, cuando Claudia Lopetegui se apersonó en mi domicilio. Con la excusa de un trabajo práctico pendiente, se dio cita sin más aviso que sus tacos, que escuché con anticipación apenas pisó la esquina. La recibí desconcertado. No pidió permiso y pasó a mi dormitorio. No quería testigos, y menos alguno de los inquilinos de mirada maliciosa con quienes comparto el alquiler. Dejó su chaqueta roja y su cartera con flecos, también roja, sobre una pila de fotocopias de libros de estudio. Patee de prisa un calzoncillo debajo de la cama y me acomodé cubriendo las heridas abiertas de mi viejo acolchado, un cubrecama ajedrezado y desteñido. Claudia caminó hacia un rincón y me dio la espalda. A través de la ventana sin cortinas, su vista se perdió entre la maraña de cables y chucherías oxidadas en el techo del vecino.

¿Cómo me ves?, me preguntó. Como alguien que siempre se sale con la suya, pensé, sin decirlo. Todos sabíamos que Claudia no sólo era bonita, también era el mejor promedio de la comisión. Era un ser destinado a cumplir con sus metas, concluí en silencio, un silencio que gritaba que, ignominiosamente, esta vez algo se había interpuesto en su camino. Si no, ¿por qué su presencia en mí cuarto? Dicha incidencia solo podía justificarse si algo había interferido, precisamente, entre la realidad y la imagen que ella tenía de sí misma.

Sopesé un abanico de posibilidades, de las más factibles a las más incongruentes, considerándose que se trataba de una mujer enérgica, inteligente y extrovertida. Evalué todas las alternativas, todas, menos la que terminó siendo, la única que a priori no podía ser: había perdido la cabeza por Arnaldo Amuchástegui. ¿Cómo? Ella no lograba explicárselo. Yo menos.

—¿Y ahora qué? —Me preguntó, girándose de golpe—. No me atiende el teléfono y mirá cómo me pongo. ¿Quién puede estudiar en este estado?  Mi vida es un caos, me he convertido en un manojo de fibras que ya no son capaces de estudiar, de dormir, de reír, de convencerse de nada.

—Tranquila —atiné a opinar—. No tenés de qué preocuparte. Siendo así, realmente es muy simple, contás con el 100% de las probabilidades a tu favor. Solo tenés que decirle que sí.

—Tenés razón, —me dijo, respirando hondo—, Arnaldo y yo somos dos polos opuestos. Por eso la atracción. Tenemos que terminar juntos. La ecuación es simple, ¿no es cierto?

Sonó el teléfono y me escabullí hacia el baño. Era Arnaldo que quería un libro de análisis matemático. Estaba estudiando para el examen de la próxima semana. ¿Qué hacer? ¿Revelarle su éxito inesperado? ¿No decirle la novedad y dejarlo estudiar? Por un instante me sentí dueño de un poder supremo. Dueño del secreto más codiciado de nuestro pequeño rincón del universo.

Sin embargo, prioricé la amistad. Revelé mi secreto y luego volví, devastado, a terminar la conversación con Claudia Lopetegui, la rubia de los tacos aguja. Apenas me vio rompió en llanto, era evidente que el teléfono de Arnaldo funcionaba perfectamente: él, adrede, no había atendido su llamada. Ella ya se imaginaba lo que había pasado. Me miró de tal modo que me dejó sin argumentos. Era inútil buscar explicaciones estadísticas. Para colmo, no encontré ni un pañuelo de papel. Debí confirmarle en seco que Arnaldo Amuchástegui, vaya a saber con qué motivo, ahora solo tenía ojos para otra.