Un texto es una creación de la mente, como cualquier conocimiento, como cualquier ciencia

El título de este artículo corresponde a una frase del ensayo de Jorge Wagensberg “Yo, lo superfluo y el error”.

A continuación, el párrafo inicial del primer capítulo de dicho libro:

“Todo lo que no es la realidad misma es una ficción de la realidad. Cualquier representación mental de la realidad es una ficción. La literatura es una ficción de la realidad. Cualquier género literario, incluido el ensayo, es en rigor una ficción. La ciencia también es una ficción de la realidad, pero una ficción todo lo objetiva, inteligible y dialéctica que, en cada momento y lugar, sea posible”.

Título y párrafo son una excelente muestra del estilo y lucidez del autor. Jorge Wagensberg es Dr. en Física, Profesor de Teoría de los Procesos Irreversibles en la Universidad de Barcelona y eminente divulgador científico. Además de contar con numeroso libros, fue director del museo CosmoCaixa y actualmente dirige la colección Metatemas, de Editorial Tusquets, destinada a explorar diversos aspectos de la ciencia, entre ellos, su relación con la literatura.

Como científico que es, el abordaje de su obra se piensa fundamentalmente desde los requisitos que un hombre de ciencia debe enfrentar para acercarse al terreno literario. Al respecto, se focaliza en tres principios del método científico que deben romperse para alcanzar algo semejante a un género que él denomina literatura científica. A su criterio, los tres principios que deben quebrantarse son: el principio de objetivización, (que expulsa al Yo de la ciencia); el de inteligibilidad, (que erradica lo superfluo), y el dialéctico, (que condena el error en la ciencia).

La primera parte del libro está escrita en el formato clásico del ensayo. En cambio, la segunda explora, mediante relatos del autor, el espacio donde ciencia y literatura podrían solaparse.

A continuación, de la primera parte del libro, una lista seleccionada de otras diez frases  y reflexiones que vale la pena resaltar:

1. “Con la objetividad la ciencia gana universalidad, con la inteligibilidad la ciencia gana capacidad de anticipación respecto de la incertidumbre y con la dialéctica la ciencia gana capacidad de cambio: la ciencia cambia, la ciencia progresa. Sacrificando a su mente creadora, la ciencia gana entonces: universalidad, anticipación y progreso (…). El escritor también puede alcanzar tales beneficios, sin duda, pero digamos que no tiene por qué estar dispuesto a pulverizar su identidad para lograrlo.”

 

2. “Para reintroducir la mente creadora en lo creado habría que intentar un rescate del Yo que no arriesgue la universalidad. Para reintroducir la mente creadora en lo creado habría que intentar un elogio de lo superfluo que no pongo en peligro la capacidad de anticipación. Y para reintroducir la mente creadora en lo creado, habría que revisar la condena del error, no sea que descubramos alguna manera de indultarle que no comprometa el avance del conocimiento”.   

 

3. “El segundo principio, el principio de inteligibilidad, recomienda buscar la mínima expresión de lo máximo compartido. Eso es comprender: comprimir hasta la esencia. Y en este proceso lo primero que se retira es lo superfluo”.

4. “La comprensión es, de hecho, una medida de la compresión y la medida de comprensión una medida de la exclusión de lo superfluo. (…). Con independencia de su calidad literaria y de los temas en los contenidos, creo que podemos afirmar sin complejos que un cuento es más científico que una novela, que un poema es más científico que un cuento y que un aforismo es más científico que un poema”.

5. “Eso es lo que consigue todo buen conocimiento: trascender el espacio y el tiempo que mantiene confinada a la realidad que pretende comprender. Un buen proyecto también, creo, para la literatura”.

6. “Hay muchos escritores que hacen literatura científica sin darse cuenta de ello necesariamente”.

7. “El genio literario no es el que explota un suceso inverosímil e irrepetible sino el que interpreta y explota un fenómeno altamente frecuente de la realidad. La originalidad de ambos (del creador científico y del creador literario) no está, pues, tanto en la de de inventar o simular una realidad improbable o monstruosa sino en la representación y comprensión de una realidad relevante.

8. Con independencia de si es por selección natural o por selección cultural, un ente vivo aprende de un error sí y sólo si sobrevive a la ocurrencia de tal error. O bien: los depredadores aprenden más bien de sus errores, las presas más bien de sus aciertos.

 

9. “Picasso fue un pintor extraordinariamente científico, buscó, investigó, probó y ensayó hasta su último suspiro. Y lo mismo se puede decir de Goya, Dalí, Borges…”

10. “Y esta es la cuestión. Los principios del método científico están para depurar toda emoción personal del contenido de la ciencia. Sin embargo, y paradójicamente, cada uno de tales principios tiene asociado un gozo secreto, un premio personal para el Sujeto del conocimiento que no aparece en el Objeto de conocimiento. No se pueden reintroducir las emociones excluidas en el texto científico, pero sí en un texto literario que, de entrada, ya se ha ganado una buena dosis de buena comprensión. Y esa es la idea. Es jugar con ventaja, sí, pero es jugar con una buena ventaja, con una ventaja lícita. Es algo así como escribir literatura con ciencia, pero rescatando en el último momento todo lo ha habido que sacrificar para, justamente, hacer buena ciencia. Para hacer buena ciencia hay que renunciar a algo, a mucho; para hacer literatura también se renuncia a algo, quizás a no tanto. ¿Y si intentamos no renunciar a nada? Mejor dicho: ¿y si exploramos modo para no renunciar a nada? ¿Para qué? ¿Pues sólo para ver lo que la idea da de sí… Tal es el reto”.

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bibliografía

Jorge Wagensberg. (2009). Yo, lo superfluo y el error. Historias de vida o muerte sobre ciencia y literatura. Colección Metatemas. Editorial Tusquets.

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Literatura de laboratorio, un buen nombre para un género que se afianza

La divulgación del conocimiento científico podría dividirse, arbitrariamente, en tres etapas. La primera englobaría desde el puntapié inicial de Galileo en el 1600, con su labor divulgativa1,2, hasta el siglo XIX. Este periodo fue realmente pobre en cuanto a cantidad de obras, a tal punto que la ciencia y los científicos parecían habitar en un espacio muy lejano al de la sociedad en general. Luego, durante gran parte del siglo XX, primó una segunda etapa que bien podría ser asociada al nombre de “las dos culturas”, en base a un célebre discurso de C.P. Snow, pronunciado en 1959, que resaltaba el distanciamiento que existía entre los literatos y los científicos3. Así, la ciencia no solo se mantenía alejada del público en general sino que, para colmo, los escritores aprovechaban la situación, y cuando incorporaban protagonistas científicos a sus obras, los estereotipaban como personajes o bien malévolos o bien excesivamente simpáticos y rayanos a la locura4.

Recién sobre el final del siglo XX comenzó a gestarse lo que bien podría constituir una tercera etapa de la divulgación científica. Mucho tuvo que ver en este cambio la aparición de excelentes obras de no ficción escritas por autores científicos. En este periodo salieron a la luz varios libros brillantes que fueron capaces de explicar grandes logros de la ciencia con terminología accesible a cualquier interesado. Algunos ejemplos fueron “El gen egoísta”, de Richard Dawking (1976);  “Los dragones del Edén”, de Carl Sagan (1978); “Breve historia del tiempo”, de Stephen Hawking (1988), y muchos otros. Estas obras sirvieron para demostrar que el conocimiento de la ciencia no es inalcanzable sino todo lo contrario, y que si bien la comunicación entre investigadores requiere de terminología prácticamente incomprensible para quien no es especialista en la materia, los conocimientos de cualquier área igualmente pueden ser explicados de manera simple cuando alguien se lo propone.

Paralelamente a las obras de no ficción, se produjo el despegue del género literario de la divulgación científica. Lógicamente, esta aproximación debió lidiar con la dificultad que surge a la hora de amalgamar una obra que reúna todos los requisitos de la narración de historias con la rigurosidad de la ciencia y la difusión de los conocimientos obtenidos con el método científico. (Este hecho deja de lado al género de la ciencia ficción, en donde se representan hechos y mundos alternativos basados en conocimientos que no han sido probados con el método científico, al menos en el momento de la redacción de la obra).

Los primeros autores que procuraron sentar las bases de la divulgación de la ciencia a través de la literatura se encontraron con la falta de un nombre apropiado para el género de sus libros. Carl Djerassi, por ejemplo, escribió cuatro novelas basadas en personajes científicos y postuló el nombre de “Ciencia en ficción”, para sus libros.

Recientemente, ha cobrado difusión el trabajo de Jennifer Rohn, una investigadora que ha escrito dos novelas y que ha propuesto el nombre de Literatura de laboratorio, (Lablit)5,, para su género narrativo. El término abarcaría obras cuya característica común es el uso de conocimiento científico para sustentar la trama y/o la presencia de un protagonista principal o secundario relacionado con la ciencia, siendo este un ser humano “normal” y no uno de los obsoletos estereotipos del científico 5,6,7. Con la aparición de estas obras literarias el hombre de ciencia parece recuperar, por fin, su verdadera identidad, lo que realmente es: una persona como cualquier otra, con su familia, su vida sentimental, sus problemas cotidianos o existenciales, e incluso, por qué no, con dificultades para llegar con su sueldo a fin de mes. Muy probablemente, el derrumbe del viejo estereotipo del científico antisocial también haya tenido que ver con la incorporación masiva de la mujer a la labor científica. Este hecho habría repercutido en múltiples planos, ya que la mujer de ciencia no solo es a la vez madre, esposa, ama de casa y demás perfiles, sino que también puede ser una mujer solidaria o ambiciosa, buena o mala madre, esposa fiel o infiel, etc, y lo mismo para el científico padre, esposo, y ahora también amo de casa, perfiles y características que dotan a los científicos de una profundidad psicológica real, que antes era menospreciada y ridiculizada en base al estereotipo.

En el sitio lablit.com se halla una lista de más de ciento cincuenta novelas que podrían ser incluidas en el género. Estas y otras obras en español, como las indicadas por Federico Kukso,2,7, han sido escritas por científicos interesados en la literatura o bien por escritores que se han acercado a la ciencia, aportando iniciativas para terminar con la guerra de las dos culturas4.

En entradas anteriores hemos aportado evidencia de que se aprende mejor con historias, por lo que en este blog estamos completamente de acuerdo con la necesidad tanto de un género narrativo para difundir la ciencia como de una nueva denominación. Dado que el término “divulgación científica” es correcto para obras de no ficción pero resulta poco atractivo, (e incluso añejo), para referirse al género literario; que ciencia en la ficción es demasiado parecido a ciencia ficción, y que literatura científica, utilizado por Jorge Wagensberg(8), tampoco se ha destacado; nos adherimos al nombre propuesto por Jennifer Rohn, con la esperanza de que llegue para quedarse y facilite el intercambio entre ciencia, literatura y todos sus interesados. Que vuelva, así, el científico a formar parte de la sociedad, que haya más ciencia en las historias, que se escriban y lean cada vez más obras de Lablit, literatura de laboratorio

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Para seguir leyendo:

  1. https://es.wikipedia.org/wiki/Galileo_Galilei#Obras_de_Galileo
  2. Federico Kukso. Novelas de laboratorio. Revista Ñ. Disponible en: https://www.clarin.com/rn/literatura/novelas-laboratorio-Kukso_0_BkmNX84pvQl.html
  3. https://es.wikipedia.org/wiki/Las_dos_culturas
  4. Roslynn Haynes. (2014). CIENCIA Y LITERATURA. ¿YA HA ACABADO LA GUERRA ENTRE LAS DOS CULTURAS. MÈTODE Science Studies Journal, 4.University of Valencia. DOI:10.7203/metode.82.356
  5. Jennifer Rohn. http://www.lablit.com/
  6. http://www.nytimes.com/2012/12/04/science/in-lab-lit-fiction-meets-science-of-the-real-world.html?mcubz=2
  7. Federico Kukso. Narrar la ciencia. Revista Ñ. Disponible en: https://www.clarin.com/ideas/titulo_0_ByXlCjYsPQl.html
  8. Jorge Wagensberg. Yo, lo superfluo y el error. Tusquet Editores. Colección metatemas.

La literatura y la difusión del conocimiento

Que pueda comprenderse buena parte de los mecanismos que rigen el universo es, en cierta forma, desconcertante. Pero existiendo tal posibilidad, la de entender los procesos que nos mantienen funcionando entre plantas, bacterias, otros animales y hasta planetas en sus órbitas, resulta difícil no tratar de participar entre quienes, de un modo u otro, intentan descorrer, poco a poco, el velo de lo desconocido, en base a esa formidable herramienta que constituye la ciencia.

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La labor de informarse, conocer, razonar, atar cabos e imaginar lo que, hipotéticamente, podría estar aconteciendo del otro lado de la frontera de lo conocido es, de por sí, un privilegio, una actividad para no perderse, sobre todo, cuando aquello que tal vez se imaginó, en ese espacio intangible del pensamiento, de pronto comienza a tomar forma, de la nada, para volverse una pieza más del universo conocido y comprobable.

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Luego de la comprobación de una hipótesis, el reto consiste en comunicar los hallazgos y someterlos al juicio de la comunidad científica; y así,  la creatividad original deviene en rigurosidad, lo que implica el uso de un lenguaje impersonal, específico, inequívoco y técnico. Esta característica de la ciencia, pese a restringir por completo el modo en que deben transmitirse los conocimientos, aún posee un atractivo especial. Esto se debe al desafío que implica condensar con precisión todo el conocimiento preexistente, el nuevo, y el que, hipotéticamente, hasta podría obtenerse en el futuro. La escritura científica debe generar una especie de extracto crudo y concentrado donde nada puede faltar (y nada sobrar) en relación a lo que se pretende demostrar. Un artículo científico es, en cierto modo, un desafío de lógica, una prueba donde los datos deben ser ordenados del mejor modo posible para destacar su relevancia, sin el menor error, y es en estos puntos donde se esconde la verdadera creatividad de la escritura científica.

Pero esta condensación a extracto puro, aunque es sumamente práctica y valiosa a la hora de la transmitir conocimiento, termina reduciendo las experiencias de los investigadores a bits de información únicamente valiosos para otros científicos.

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A diferencia del formato de la ciencia, la literatura proporciona una libertad, prácticamente, ilimitada: es flexible, original, variada y llena de recursos. Abarca en su conjunto a todas las emociones y temáticas que nos conciernen dentro de la condición humana. Ofrece, además, una diversidad de géneros que se amoldan a casi cualquier propósito.

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Según Roland Barthes, desde la antiguedad, literatura solo tiene el fin de representar la realidad, lo cual establece un vínculo obligado con el conocimiento que se tenga de ella. Por lo tanto, pese a recurrir a un abordaje personal, muy diferente al método de la ciencia, no cabe duda de que la literatura también tiene un vínculo especial con el conocimiento; siendo otro privilegio de nuestra especie, leer y contarse historias.

Es en este marco, entonces, donde surge el interrogante, ¿por qué no partir desde la base sólida del conocimiento relacionado con la ciencia, y luego, a la hora de la comunicación, ampliar el abanico al gusto de cada quien, sin más restricciones que no faltar a la verdad, en cuanto a ciencia se refiere?

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A riesgo de desconocer los gajes del oficio y de sesgarse demasiado en los por qué, a más de un año del inicio de es este blog, el objetivo sigue siendo el mismo: tratar de alinear ciencia y literatura en la difusión del conocimiento, a veces con artículos, a veces con relatos.

Martín Mehsen

Novela completa online: entre el conocimiento y las pasiones

La ciencia es más que un simple conjunto

 de conocimientos: es una manera de pensar

Carl Sagan


 

Capítulo 1


 

 

En la galería externa de la quinta donde se había recluido, el Dr. Fuentes dormitaba tumbado de mala manera en una silla mecedora. Aún llevaba el pijama con el que había salido de la cama. Tenía el cabello alborotado, la barba desprolija, las ojeras como un flan. De su persona entera emanaba un aire de lánguida resignación.

Bruno llegó a la quinta caminando. La tranquera no estaba cerrada. Una vez en la galería, acomodó sin prisa una silla y tomó asiento. Comenzó refiriéndose al clima de la tarde, luego a los pájaros que silbaban en las cercanías; por último, resaltó el carácter del viento, que soplaba con ímpetu inusitado. Los comentarios de Bruno, sin embargo, no tuvieron ninguna trascendencia. El doctor estaba en otra parte. Evitaba tomar la resolución que tenía pendiente.

Bruno desplegó entonces un periódico que había llevado. Lo hizo crujir con fuerza, como anunciando el hallazgo de una noticia destacada. Leyó en voz alta:

—Internan de urgencia a una investigadora que fue hallada en el depósito de un instituto… —Bruno espió a Fuentes por el rabillo del ojo y luego continuó—. La mujer no estaba sola, a su lado había otro científico, un hombre mayor que la acompañaba.

Fuentes se mantuvo en silencio. Apenas pestañeó un par de veces, como si algo de polvillo se le hubiera metido en un ojo.

—Hay una cosa que se me escapa —insistió Bruno—, si ese hombre tuvo algo que ver, entonces, ¿por qué se quedó? ¿Por qué no salió del cuarto? ¿Por qué no explica lo que sucedió?

—Suficiente, Bruno —dijo el doctor—. Nos conocemos desde hace poco, pero sé que venís con buena intención. Por eso te recomiendo que mejor te ocupes de otras cosas, de tus tareas del instituto, por ejemplo. Debés tener mucho para estudiar.

—Es verdad. Al igual que usted.

—No. yo no.

—Sí. Usted también. Lo estamos esperando.

—No. En mi caso, yo ya lo he dado todo. Usted tiene el doctorado por delante, no debe dilapidar su tiempo. Debe concentrarse. Dudo que acaso entienda lo básico.

—¿A qué se refiere?

—Al cáncer, por supuesto. ¿Entiende, realmente, de qué se trata esa enfermedad?

Bruno miró al doctor como si le estuviera hablando de algo evidente.

—¿Ah sí?! —Fuentes se incorporó con algo de energía—. Entonces le pregunto: ¿con qué fin existe el cáncer? ¿Para qué? ¿Por qué? Vamos. Digame.

—En general —respondió Bruno—, el consenso afirma que el cáncer existe, en todo caso, como un sinsentido biológico. Eso asume la teoría más aceptada. ¿No es así?

Fuentes lo miró oscilando la cabeza en un gesto de negación:

—¿Acaso un sinsentido biológico puede explicar algo en biología?

—No lo sé, doctor, dígamelo usted.

—Por supuesto que no, no le diré nada. A eso me refiero. Ud. debe pensar. No hay prisa. Pero dedíquese. No deje de profundizar, de indagar, de buscar nuevas perspectivas, nuevas teorías. No deje de preguntarse por qué existe el cáncer, por qué la evolución seleccionaría un mecanismo así.

Algo agitado, Fuentes respiró hondo. Luego desvió la vista hacia las copas de los árboles. El viento soplaba con más fuerza. Un remolino de hojas cruzó el cielo como una bandada de palomas. Bruno miró el césped sin cortar. En buenas condiciones, la quinta debía de ser muy vistosa, pero ahora necesitaba un jardinero con urgencia. La pileta, incluso, parecía un estanque, un ecosistema silvestre, el agua había adquirido un color entre marrón y verdoso, con sapos aquí y allá, y hasta había una silla en el fondo sin que nadie se molestara en sacarla.

Bruno trató de retomar la conversación:

—Todavía no me ha dicho por qué no explica lo que sucedió con su colega, la Dra. Mahler.

—Ya no importa.

—Claro que sí. Debe volver al trabajo. Ya le he dicho que lo estamos esperando. En el instituto, todos preguntan por usted.

—Pues bien, puede decirles que no me esperen. Pienso renunciar —sentenció Fuentes.



 

Capítulo 2


 

A poco de su encuentro con el doctor, Bruno recibió una llamada de Eduardo, el hijo de Fuentes. Ambos ya se habían visto un par de veces en el instituto, en ocasiones en que Eduardo había pasado para conversar con los colegas de su padre, investigadores, becarios y hasta los técnicos de laboratorio.

Fuentes y su hijo, que era adoptivo, llevaban algunos años en veredas opuestas, apenas se hablaban cada tanto, con motivo de alguna ocasión familiar. Eduardo nunca quiso parecerse a su padre, lo que era una actitud cuando menos llamativa, ya que Fuentes había alcanzado un razonable prestigio, tanto a nivel nacional como internacional. Muchos de sus colegas lo consideraban, incluso, como un ejemplo a seguir. Pero Eduardo, sin embargo, nunca lo había visto de ese modo. En su padre convergían varios de los rasgos que él menospreciaba; su padre era metódico, detallista, mesurado. Eduardo, por el contrario, había sido un adolecente holgazán y revoltoso. Al terminar el bachillerato, con magras calificaciones, se negó a estudiar una carrera universitaria. Pasó un año sabático hasta que, por una casualidad, comprendió que poseía un don innato para los negocios. A partir de entonces, y en poco tiempo, amasó una fortuna impensada, inconcebible para cualquiera de su familia. El cambio solo sirvió para aumentar la brecha con su padre. El corte parecía definitivo. Por lo menos, hasta el incidente que había ocurrido poco tiempo atrás, cuando a Fuentes lo hallaron junto a la Dra. Mahler, en un depósito del instituto. Este episodio había repercutido fuerte en la familia. El doctor pidió licencia, tomó distancia de su esposa y se recluyó en una casa quinta. Eduardo, por su parte, comenzó a visitarlo más seguido. Su compromiso fue en aumento, a tal punto, que trató de averiguar por sus medios lo que había pasado realmente. En una oportunidad, Bruno le había anotado su número de teléfono, ofreciéndose a colaborar en lo que estuviera a su alcance. Eduardo había ignorado el gesto, hasta ese día, cuando había encontrado algo en la quinta de su padre, un artículo científico que le llamó la atención.

La reunión tuvo lugar por la tarde, en una librería que pertenecía al hijo de Fuentes. Eduardo llegó puntual, lo que no era su costumbre. Tomaron asiento en dos sillones apartados del bullicio general.

—Apenas vi a mi padre, todavía afectado por lo ocurrido, él me explicó que todo el incidente había tenido que ver con sus últimos intereses. Luego me lo negó rotundamente, pero yo sé que sus investigaciones tuvieron algo que ver. Y da la casualidad que hoy, finalmente, encuentro una publicación científica en su dormitorio, en la quinta. Te pido disculpas por llamarte de este modo, tan imprevisto, pero estoy prácticamente convencido de que este artículo esconde una relación con lo que pasó. ¿Tenés un segundo?

Sin aguardar por una respuesta, Eduardo le alcanzó el trabajo científico a Bruno:

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*(El punto final de control. El cáncer como un mecanismo evolutivo adaptativo)

Mientras Bruno lo estudiaba, Eduardo esbozó sus conjeturas:

—Mirá, siempre fui pésimo en biología. Jamás le presté atención a las enseñanzas de mi padre. Sin embargo, él de momento no se ocuparía con ningún artículo si no fuera verdaderamente crucial. Se ha marchado de casa, planea renunciar, no estaría tomando opciones tan drásticas si no hubiera algo sumamente serio detrás de esto. Por eso te llamé. Yo necesito que alguien me asista con el tema.

Bruno le pidió un segundo para examinar el artículo. Eduardo se reclinó en el sillón, armándose de paciencia. La situación la ameritaba. Fuentes no solo había sido hallado con su colega inconsciente en el depósito. Para complicar la situación, era el único dentro del laboratorio cuando llegó el servicio médico.

Por fin, Bruno comentó:

—El artículo parece interesante, pero el cáncer es un tema cotidiano de tu padre.

Un cliente se aproximó, con pasos desconfiados, al único sillón vacío entre Bruno y Eduardo. Los tres intercambiaron miradas. Finalmente, como si percibiera algo extraño en el aire, el hombre pasó de largo.

Al continuar, el hijo de Fuentes bajó un poco la voz:

—Mirá, un técnico del instituto me contó que aquella tarde escuchó una discusión sobre el cáncer en el cuarto donde los encontraron. Desde joven mi padre se reunía con sus colegas de trabajo y solían discutir sobre esa temática, desde distintas perspectivas; me refiero a puntos de vista que no se enseñan en la facultad. ¿Entendés? Este artículo bien podría estar relacionado con lo que le preocupa. De entenderlo, tal vez comprendamos lo que sucedió, o bien logremos incentivarlo.

Bruno recordó los singulares comentarios de Fuentes. ¿Por qué existe el cáncer? ¿Para qué? El título del artículo sugería que podía tener una relación con esas preguntas. En el conjunto, las especulaciones de Eduardo cobraban cierta lógica.

El hijo de Fuentes se incorporó, con cierta parsimonia:

—Mirá, Bruno, ahora mismo tengo una reunión, pero cuento con tu asistencia. Podría ser fundamental. Te agradezco que hayas venido. Lo que sea que se te ocurra, en relación al artículo, por favor, no dudes en llamarme.



 

Capítulo 3


 

Florencia, otra becaria del instituto fue quien puso al tanto a Bruno de que debía dictar un seminario sobre el cáncer. Ese era un requisito forzoso para los últimos en ingresar al instituto, ya que los obligaba a repasar sus conocimientos al inicio del doctorado.

Mientras Bruno descargaba un artículo científico de internet, para comenzar a preparar el seminario, Florencia le habló desde la puerta del cuarto de computadoras:

—La Dra. Mahler realizó, hace un tiempo largo, una serie de experimentos semejantes a los tuyos. Los datos deben estar en alguno de sus cuadernos. ¿Los buscamos?

Bruno asintió con un ademán moderado. Sabía que las pertenencias de la doctora estaban en el depósito, el cuarto donde la habían descubierto junto a Fuentes. Además iría con Florencia, la becaria que más información debía tener sobre lo ocurrido. Todos en el laboratorio sabían que ella era la predilecta del Dr. Fuentes. Últimamente, con ella y con nadie más compartía el doctor sus opiniones sobre política, sus lecturas recientes o los estrenos de la cartelera del cine, del que era un gran aficionado. A su vez, cuando Florencia tenía una inquietud, la consultaba primero con Fuentes, en lugar de recurrir a su propia directora. De todos los que se habían formado en el laboratorio, Florencia era la única que estaba al corriente de que Fuentes tenía un hijo adoptivo. Y sabía varias confidencias más, merced a su carácter extrovertido y a su empatía natural, que la convertía en el canal donde se desahogaban más de una vez no solo sus compañeros, sino también su propia jefa y hasta la Dra. Mahler. De hecho, y sin ir más lejos, fue durante una catarsis inesperada de la doctora cuando Florencia conoció varios de los secretos más pesados del laboratorio.

Bruno y Florencia transitaron de prisa por el pasillo. El laboratorio, emplazado en el segundo piso del instituto, consistía de una serie de cuartos que daban una vuelta completa, en la forma de un simple rectángulo con un pulmón de aire en el centro. La construcción edilicia con un patio al medio evocaba un colegio antiguo, y de hecho, lo había sido. Tiempo atrás, sobre esas mismas baldosas habían formado fila miles de chicos que, de estar vivos, rondarían ahora los cien años. El pasillo daba un giro completo que conectaba los cuatro costados. Los investigadores habían dispuesto sus oficinas en el flanco norte. En el corredor oeste se ubicaba el baño, la cocina y la sala de computadoras. Al sur estaban los laboratorios, propiamente dichos, y en el último tramo, en el pasillo este, se hallaba un cuarto con animales, otro para lavar materiales y el depósito, adonde ahora se dirigían Bruno y Florencia.

El acceso al cuarto había sido restringido. Florencia revolvió en los bolsillos de su guardapolvo hasta encontrar una vieja llave de bronce. Al abrir la puerta, un vaho cálido los golpeó en el rostro. La falta de ventilación era evidente. Florencia presionó el interruptor y una luz mortecina se expandió por el recinto. En el piso sobresalía una mancha desvaída. No había mucho margen para la especulación: saltaba a la vista que allí había caído la doctora antes o después de quedar inconsciente.

—¡Ey! —lo despabiló Florencia—. Fijate en esos cuadernos, los de ahí arriba.

Florencia señaló con el dedo índice la parte superior de una biblioteca de madera, ubicada enfrente de la puerta. Luego salió; había dejado la pava en el fuego, en la cocina.

Haciendo equilibrio sobre un viejo pupitre, Bruno comenzó a revisar las parvas de cuadernos y anotadores. Recién se detuvo al ver una notita adherida con un clip a un artículo científico:

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Le llamó la atención la hoja adherida con un clip. ¿Qué significaba? Antes de que Bruno lo analizara, alguien abrió la puerta. Debajo del dintel apareció la figura solemne de Matías Bahuer, un becario postdoctoral, de momento el más antiguo, y que todavía se hallaba bajo la dirección del Dr. Fuentes.

—Bajá de ahí, Bruno —dijo Matías, al tiempo que tomaba las hojas sueltas—. ¿Y esto? ¿Dónde lo encontraste?

—En el cuarto de computadoras.

—No te hagás el imbécil. Decime la verdad.

—Ya te dije. Esas hojas estaban en el suelo. ¿Acaso conocés la teoría? ¿El cáncer puede pensarse como una resistencia?

—Depende —Matías lo estudió con aire severo.

En un descuido, Bruno pasó raudamente la vista por la mancha que estaba en el suelo. El gesto ocurrió en apenas un segundo, pero Matías lo notó.

—Puedo imaginar lo que estás pensando. ¿Querés saber que pasó entre Fuentes y la doctora? ¿Acaso pensás que esto tuvo algo que ver?

Matías rompió las hojas en pedacitos, con una sonrisa algo maliciosa.

—No sé —dijo Bruno—. ¿Fue así?

—Lo que pasó quedará entre nosotros, los que conocimos a la doctora en plenitud. Vos entraste hace muy poco. Y en todo caso no te incumbe. ¿O viniste al cuarto solo para eso, para hurgar en el pasado?

Bruno y Matías quedaron a menos de un paso de distancia. Matías estaba convencido de que los ingresantes debían sentir el yugo de los predecesores. Solo así acatarían un orden de jerarquías.

—Decime —insistió Matías—, ¿viniste a indagar en lo que pasó?

Bruno tenía a su compañero tan cerca que lo empujó para sacárselo de encima.

Matías se rio de forma algo forzada.

—¿Y qué querés saber, cómo la golpeó el doctor, o, más bien, qué idea tuvo que ver?

—No le prestes atención, Bruno —dijo Florencia, que volvía de la cocina.

—¿Y vos qué hacés?

—Yo lo traje a Bruno —dijo Florencia—. Estamos buscando unos experimentos que realizó la Dra. Mahler.

—¿Acá? —Matías alzó las cejas.

—Cambiá el tono —se exasperó Bruno. No era la primera vez que tenían un cortocircuito.

—¿No te gusta mi tono? ¿Recién entrás y no te gusta mi tono? —Esta vez fue Matías quien empujó a Bruno—. ¡Salí de este cuarto!

Florencia se puso al medio.

—¿Qué hacés? —le recriminó Matías.

Bruno intentó acercarse, pero Florencia también lo contuvo:

—Vos también la cortás. Vamos todos a tomar un café.

 

 

Continuar capítulo 4

Paradoja: la ciencia muestra que se aprende mejor con historias, pero ella misma rara vez se enseña con historias

Se ha denominado neuroeducación al campo que une neurociencias y educación en el afán de conocer y caracterizar el proceso de aprendizaje con el fin de optimizar la educación.

El avance de las neurociencias ha permitido obtener información sumamente valiosa acerca de las bases neurales del aprendizaje. En particular, se ha observado que las emociones tienen un rol vital en la educación, al menos, en dos sentidos; por un lado, modulando la memoria (2), un componente clave para el aprendizaje; por el otro, despertando la atención y la curiosidad, lo que permite focalizar el interés sobre un tema particular durante un tiempo prolongado (3,4,5). Las emociones son reacciones inconscientes que la naturaleza ha evolucionado para garantizar la supervivencia (6). Por lo tanto, que favorezcan el aprendizaje tiene perfecto sentido desde un punto de vista evolutivo. Así, surge entonces el interrogante, ¿cómo involucrar las emociones si podrían ser tan importantes para el aprensizaje? La respuesta, quizá, no debería sorprender: con historias.

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Contarse historias es una actividad ancestral del ser humano. Todas las culturas orales conocidas utilizan esa técnica de forma sustancial. Es un proceso donde la imaginación permite que el oyente o lector se “transporte” hacia el contexto narrativo, involucrando zonas del cerebro relacionadas con las acciones que realizan los personajes. Y lo más importante, las historias pueden incluir una gran carga emocional, lo que precisamente se recomienda para estimular la memoria y el aprendizaje (7,8,9,10).

¿Pero, cómo ocurren estos eventos a nivel molecular?

La neurociencia avanza continuamente al respecto. Por lo pronto, existe evidencia de que los estímulos emocionales pueden provocar la liberación de norepinefrina hacia múltiples áreas cerebrales, incluyendo el hipocampo y la amígdala, dos estructuras cerebrales independientes que participan en la modulación de la memoria y que pueden actuar en conjunto, precisamente, a causa de estímulos emocionales (9,10). La noerpinefrina es capaz de influir luego sobre una proteína denominada GluR1 facilitando su incorporación en sinapsis involucradas en la formación de la memoria (10,11,12). Se han clasificado en tres a los estadios en que se procesa la memoria: codificación, consolidación y recuperación, siendo el papel de la emociones tan importante que afecta a las tres etapas (13).

Con las evidencias científicas sobre la mesa, resulta difícil oponerse a la necesidad de emplear el recurso de las emociones en el aprendizaje. Sin embargo, y de forma llamativa, la enseñanza de la ciencia misma y, en particular, la divulgación al público general, lejos están de apelar asiduamente al empleo de historias. Muchos son los motivos que están involucrados en esta paradoja, los cuales se han abordado en entradas anteriores. Resumidamente, tienen que ver con: a) que el lenguaje técnico, preciso y monótono de la ciencia resulta sumamente incompatible con el de una obra literaria, b) que la literatura, como forma de arte, requiere de cierta distorsión de la realidad, un hecho que se contrapone notoriamente con la ciencia, ya que los científicos no deben jamás distorsionar lo que observan, c) que el objeto de interés de la literatura es lo privado, lo que importan son las emociones y los puntos de vista subjetivos; en cambio, para la ciencia, el objeto de interés es público y debe ser abordado desde un punto de vista objetivo, y d) que la profundidad y la cantidad de información que puede incluirse en una trama literaria es limitada.

De esta lista, no exhaustiva, tal vez la restricción más importante tenga que ver justamente con las emociones. La ciencia debe prescindir de todo componente subjetivo a la hora del análisis y la comunicación entre pares. Esto es así y está muy bien. Pero a la hora de la comunicación al público general, ¿puede existir mayor libertad?

En este blog pensamos que sí. De hecho, en el camino hacia la generación de hipótesis lo más importante es la imaginación, la cual sería, en definitiva, un punto en común clave entre ambos tipos de actividades, científica y literaria. Además, una vez que los conocimientos han sido validados con rigurosidad científica, la divulgación se encuentra en libertad de apelar a todos los recursos narrativos disponibles, en tanto y en cuanto no se tergiverse el contenido científico.

Razón y emoción han sido consideradas fuerzas opuestas durante muchísimo tiempo. Ahora las ciencia revela que, en realidad, están íntimamente ligadas, al punto de demostrar que las emociones son inseparables del aprendizaje. En este marco, cabe preguntarse si no debería aumentar el empleo de historias en la enseñanza, y, por qué no, en la divulgación de la ciencia al público en general.

El tiempo dirá.

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Para seguir leyendo

1.Kieran, E. (1989). Memory, Imagination, and Learning: Connected by the Story. Phi Delta Kappan, v70 n6 p455-59.

2) Erk, S., Kiefer, M., Grothe, J., Wunderlich, A. P., Spitzer, M., Walter, H. (2003). Emotional context modulates subsequent memory effect. Neuroimage;18(2):439-47.

3) Carol A. Lyons. (1999). Emotions, Cognition, and Becoming a Reader: A Message to Teachers of Struggling Learners. Literacy Teaching and Learning, Volume 4, Number 1, page 67

4) Fundación CADAH. Disponible en:

http://www.fundacioncadah.org/web/articulo/la-importancia-de-las-emociones-en-el-aprendizaje-y-su-relacion-con-el-tdah.html

5) Daisy Yuhas. Curiosity Prepares the Brain for Better Learning Neuroimaging reveals how the brain’s reward and memory pathways prime inquiring minds for knowledge.  Scientific american.

Disponible en: https://www.scientificamerican.com/article/curiosity-prepares-the-brain-for-better-learning/

6) Jesús C. Guillén. Las emociones. Disponible en:

https://escuelaconcerebro.wordpress.com/2012/12/27/neuroeducacion-estrategias-basadas-en-el-funcionamiento-del-cerebro/

7. Schultz, W. 2015. NEURONAL REWARD AND DECISION SIGNALS: FROM THEORIES TO DATA. Physiol Rev 95: 853–951.

8. Paul J. Zak. How Stories Change the Brain. Disponible en:

http://greatergood.berkeley.edu/article/item/how_stories_change_brain

9. Phelps, E. A. Human emotion and memory: interactions of the amígdala and hippocampal complex. Current Opinion in Neurobiology 2004, 14:198–202.

10. Medina J. The biology of memory extinction. Psychiatr Times. 2005;22(2):23-25.

11. Slipczuk, L., Bekinschtein, P. Katche,1C., Cammarota,M., Izquierdo, I., and H. Medina, J. H. (2009) BDNF Activates mTOR to Regulate GluR1 Expression Required for Memory Formation. PLoS ONE. 2009; 4(6): e6007.

12. Aanderson, D.J., Good, M.A., Seeburg, P.H., Sprengel, R., Rawlins, J.N., Bannerman, D.M. The role of the GluR-A (GluR1) AMPA receptor subunit in learning and memory. Prog Brain Res. 2008;169:159-78.

13. Brosch T., Scherer, K. R., Grandjean, D., Sander, D. (2013). The impact of emotion on perception, attention, memory, and decision-making. Swiss Med Wkly. 2013;143:w13786