Novela completa online: para aprender y debatir qué es y por qué existe el cáncer

La ciencia es más que un simple conjunto

 de conocimientos: es una manera de pensar

Carl Sagan

 

Capítulo 1

Enero, 2015

El inusual episodio en que casi pierde la vida la Dra. Mahler proyectó siempre una influencia demasiado poderosa sobre todos aquellos que de uno u otro modo estuvimos relacionados con lo ocurrido. En mi situación particular, el interés se justificaba por haberme hallado a escasos metros del sitio donde se desplomó el cuerpo laxo de la doctora. Fui como un espectador, un caminante desvelado que, por casualidad, contemplara una escena inesperada a través de una ventana. Al principio traté de desentenderme del asunto, de todo lo que escuché aquella tarde: una discusión estrepitosa, y luego portazos, gritos, corridas y sirenas. Quise, pero no pude, no logré pasar la página. Terminé cediendo ante la presión del recuerdo, no tenía manera de extinguirlo; el único modo, tal vez, residía en conocer los verdaderos motivos que derivaron en el ataque a la Dra. Mahler. ¿Por qué? ¿Por qué esa obstinación? No existe una respuesta definitiva. Por un lado, me desconcertaba el carácter irreversible del hecho consumado; pero también estaba la relevancia de las ideas en juego, hasta qué punto habían influenciado sobre los investigadores. Como sea, una vez que intuí el trasfondo que había oculto, no pude más que indagar en el corazón de los hechos. Perseveré entonces hasta conocer todos los detalles, no solo sobre la doctora y sus colegas, sino también sobre el rol desempeñado por Bruno Gastaldi, un integrante del laboratorio que tuvo una participación destacada.

Bruno ingresó al instituto poco después de que se perpetrara el ataque a la doctora. Se granjeó la confianza de muchos de los investigadores; incluso, se contactó con la mujer y el hijo adoptivo de unos de los científicos más ligados al hecho, lo que resultó vital para sus averiguaciones. A Bruno, lo conocí poco tiempo atrás, en un hospital público, donde ahora mismo estoy postrado. Aquí tuvimos nuestro primer encuentro. Él tiene una salud inexpugnable y rara vez acude a un centro de salud. Sin embargo, en aquella oportunidad se proponía visitar a un enfermo severo, un sujeto maltrecho, que apenas y cada tanto farfullaba algunas frases inconexas, un paciente que parecía desgranar sus últimos latidos, pero que, sin embargo, conocía detalles muy valiosos sobre el pasado de la Dra. Mahler. Ese paciente desaliñado, que yacía inerte en la cama contigua a la mía, demostró su valía con muy pocas palabras. En cuanto Bruno le preguntó al enfermo acerca de la Dra. Mahler comprendí que los dos estaríamos ligados por un buen tiempo. El pasado de la doctora tenía para Bruno un significado que iba más allá de la sana curiosidad. Su manera de inmiscuirse en el caso dejaba entrever su propósito real. Bruno era un joven con prestancia, graduado en biología a los veinticuatro años con aceptables calificaciones. Después de trabajar con ahínco para costearse los estudios, ahora tenía, por fin, una carrera promisoria por delante: no necesitaba comprometerla adentrándose en un terreno brumoso, un espacio absolutamente desconocido para él. Debía reservarse un motivo de peso. Fue así, entonces, como empecé a seguir los pasos de Bruno desde un comienzo, desde su primera visita al Dr. Fuentes, a quien se responsabilizaba por el ataque a la Dra. Mahler.

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Capítulo 2

Octubre, 2014

En la galería externa de la clínica donde lo mantenían recluido, el Dr. Fuentes dormitaba tumbado de mala manera en una silla mecedora. Aún llevaba el pijama sudado con el que había salido de la cama. Tenía el cabello sucio, la barba desprolija, las ojeras como un flan. Todo en su persona emanaba un aire de lánguida resignación.

A su alrededor, un centenar de internados merodeaban en circuitos erráticos que repetían una y otra vez. Las reglas del establecimiento de salud, sumado a los tratamientos soporíferos, dividían a los huéspedes en dos grupos claramente definidos: los que todavía se esforzaban con algún signo de rebeldía y los vencidos por completo. El Dr. Fuentes, cabizbajo y adormecido, parecía cómodo en el último grupo.

Bruno salió a la galería aparentando determinación. Llegó con pasos enérgicos hasta donde se hallaba el Dr. Fuentes. Acomodó con ademanes seguros una silla y tomó asiento. Comenzó refiriéndose al clima de la tarde, luego a los pájaros que silbaban en las cercanías; por último, resaltó el carácter del viento, que soplaba con ímpetu inusitado. Los comentarios de Bruno, sin embargo, no tuvieron ninguna trascendencia. El doctor estaba en otra parte. Su único propósito, si acaso podía aventurarse alguno, consistía en dejar pasar las horas como si él no estuviera allí.

Bruno desplegó entonces un periódico que había llevado. Lo hizo crujir con fuerza, como anunciando el hallazgo de una noticia sobresaliente.

Leyó en voz alta:

—Internan de urgencia a una investigadora que fue agredida en el depósito de un instituto… —Bruno espió a Fuentes por el rabillo del ojo. Luego continuó—. “La mujer no estaba sola, a su lado había otro científico, un hombre mayor que se resistía a soltarla”.

Pese a que la nota lo incriminaba, Fuentes mantuvo su hermetismo. Apenas pestañeó un par de veces, como si algo de polvillo se le hubiera metido en un ojo.

—Hay una cosa que se me escapa —insistió Bruno—, si ese hombre tuvo algo que ver, entonces, ¿por qué se quedó? ¿Por qué no huyó? Y parece que la persona tenía un golpe en la cabeza, un golpe que le había abierto una vieja cicatriz.

Desde un rincón, un empleado de seguridad contemplaba la escena. Su jornada había comenzado temprano y le costaba tolerar a los pacientes.

Bruno no se distrajo. Continuó socavando el silencio de Fuentes:

—Como le contaba, doctor, la situación del hombre es comprometida. Aún tiene que explicar lo que pasó.

—¡Suficiente! —gritó el doctor—. Suficiente. Sé quién es Usted. Recién ingresa al instituto, ¿no es cierto? Debería ocuparse de otras cosas.

—¿A qué se refiere?

—Usted tiene que investigar sobre el cáncer, ¿pero entiende, realmente, de qué se trata esa enfermedad?

—Disculpe —lo interrumpió Bruno—, hablábamos de otra cosa.

—¡Usted hablaba de otra cosa! Yo le hice una pregunta simple, se la planteo de otro  modo: ¿por qué existe el cáncer? Dígamelo.

Ante el silencio de Bruno, Fuentes continuó:

—¿Sería como una revolución dentro del cuerpo?

—Quizá.

—¿Quizá? ¿Sí o no?

—Sí. Podría serlo.

—¡Ah! ¡Menos mal! —Fuentes se incorporó con energía—. En eso estamos de acuerdo. Sin embargo, ahora le pregunto: ¿con qué fin? ¿Para qué? ¿Por qué? ¡Vamos! ¡Dígame! Cuénteme lo que piensa. ¿Quiere pensarlo? Está bien. Tómese su tiempo. Supongo, además, que algo habrá estudiado al respecto. Siga por ese camino. No deje de profundizar, de indagar, de buscar nuevas perspectivas, nuevas teorías. Se lo recomiendo, se lo pido con énfasis: no deje de preguntarse también por qué existe el cáncer, ¿o acaso lo sabe? ¡Eh! ¿Acaso lo sabe?

Fuentes estaba afectado por un cuadro de amnesia temporal. Bruno estaba al tanto. Sabía que las personas en esa condición pueden reaccionar de manera abrupta ante la mención de lo ocurrido. Trató de incorporarse. Sin embargo, el doctor le apoyó una mano sobre el hombro y lo retuvo en su lugar:

—¿Para esto vino? ¿Ni siquiera va a responderme una simple pregunta? ¡Vamos! No es compleja. Usted es licenciado, el cáncer es una enfermedad conocida. ¿Sabe las estadísticas? Veo que asiente, ¡bien! ¡Bien por usted! Menos mal…

Exhausto, Fuentes respiró hondo. Luego volvió a sentarse. Desvió la vista hacia las copas de los árboles. El viento soplaba con más fuerza. Un remolino de hojas cruzó el cielo como una bandada de palomas.

Durante décadas de trabajo intenso, el Dr. Fuentes no había hecho otra cosa que especializarse en el estudio del cáncer, una enfermedad cuyos mecanismos moleculares lo habían atrapado desde joven. Con perseverancia, Fuentes había sorteado épocas muy desfavorables para la ciencia, periodos prolongados de inestabilidad económica. Solo en contadas ocasiones se había aventurado muy tibiamente en otros campos, en otras enfermedades no menos complejas. Sin embargo, aquellos escarceos nunca habían prosperado. El doctor siempre volvía a sus raíces, a su tema de cabecera. Pero, ¿qué lo había llevado a ese último interrogante? ¿Por qué existe el cáncer? ¿Qué significaba, en el fondo, esa pregunta? Bruno optó por insistir:

—Doctor, ¿por qué no se defiende?

—Nuestro cuerpo es como una cooperativa —replicó Fuentes—, ¿me está escuchando? Es una sociedad donde cada célula cumple un rol, lleva a cabo un papel que beneficia al conjunto. En cambio, las células cancerosas se comportan de un modo más bien egoísta: se olvidan de sus obligaciones y terminan perjudicando al resto del cuerpo. Entonces ¿por qué existe el cáncer? ¿Por qué la evolución lo permite? ¿Por qué la evolución seleccionó, precisamente, un mecanismo donde el cuerpo puede ser dañado por sus propias células?

En aquel instante, dos pacientes escaparon hacia el jardín. Un enfermero salió dando órdenes. Los fugitivos se tomaron del doctor. El enfermero, sin vacilar, cargó con todos a la rastra.

Bruno se incorporó y siguió al grupo.

—En general —dijo—, el consenso afirma que el cáncer existe, en todo caso, como un sinsentido biológico. Eso asume la teoría más aceptada. ¿No es así?

—¿Acaso un sinsentido biológico puede explicar algo en biología?

—No lo sé, doctor, dígamelo usted.

Fuentes osciló la cabeza de un lado a otro.

El empleado de seguridad, ya molesto, se interpuso entre Bruno y los pacientes:

—Basta por hoy —sentenció.

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Capítulo 3

Octubre, 2014

A poco de su encuentro con el doctor, Bruno recibió una llamada de Eduardo, el hijo de Fuentes. Ambos ya se habían visto un par de veces en el instituto, en ocasiones en que Eduardo había pasado para entrevistarse con los colegas de su padre.

Fuentes y su hijo, que era adoptivo, llevaban varios años en veredas opuestas, apenas se hablaban cada tanto, con motivo de alguna ocasión familiar. Eduardo le contaría después a Bruno que, incluso, él había crecido con la férrea voluntad de diferenciarse de su padre. Esta era una actitud cuando menos llamativa, ya que Fuentes había ganado un importante prestigio a nivel nacional e internacional. Muchos de sus colegas lo consideraban como un ejemplo a seguir. Pero Eduardo, sin embargo, nunca lo había visto de ese modo. En su padre convergían varios de los rasgos que él menospreciaba; su padre era metódico, detallista, mesurado. Eduardo, por el contrario, había sido un chico holgazán y revoltoso. Al terminar el bachillerato, con magras calificaciones, se negó a estudiar una carrera universitaria. Pasó un año sabático hasta que, por una casualidad, comprendió que poseía un don innato para los negocios. A partir de entonces, y en poco tiempo, amasó una fortuna impensada, inconcebible para cualquiera de su familia. El cambio solo sirvió para aumentar la brecha que lo separaba de su padre. El corte parecía definitivo. Por lo menos, hasta el enjundioso episodio ocurrido con la Dra. Mahler. Fue entonces cuando Eduardo tomó las riendas de la situación. Súbitamente comprometido, se entrevistó con cada uno de los colegas de su padre. En una oportunidad, Bruno le había anotado su número de teléfono, ofreciéndose a colaborar en lo que estuviera a su alcance. Eduardo había ignorado el gesto, hasta ese día, cuando encontró un paper en la clínica, un artículo científico que le llamó la atención.

El encuentro tuvo lugar por la tarde, en una librería que pertenecía al hijo de Fuentes. Eduardo llegó puntual, lo que no era su costumbre. Tomaron asiento en dos sillones apartados del bullicio general.

—Apenas vi a mi padre, todavía bajo el trauma de lo ocurrido, no dejaba de advertir sobre la existencia de un paper con datos importantes. Él ahora no se acuerda de sus comentarios, pero da la casualidad que hoy, finalmente, apareció un artículo científico en su dormitorio, en la clínica. Te pido disculpas por llamarte de este modo, tan imprevisto, pero estuve dando vueltas sobre esto sin llegar a ningún lado. Creo que podría tener una relación con lo que pasó. ¿Tenés un segundo?

Sin aguardar por una respuesta, Eduardo le alcanzó el trabajo científico a Bruno:

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Mientras Bruno lo estudiaba, Eduardo esbozó sus conjeturas:

—Mirá, siempre fui pésimo en biología. Jamás le presté atención a las enseñanzas de mi padre. Sin embargo, sé que este trabajo no debería estar en la clínica. Él no pudo llevarlo. Alguien tiene que habérselo dejado allí. Por eso te llamé.

Bruno le pidió un segundo para examinar el artículo. Eduardo se reclinó en el sillón, armándose de paciencia. La Dra. Mahler había sufrido una agresión inexplicable. Fuentes fue hallado junto al cuerpo. Además, como si no bastara para comprometerlo, el cuarto estaba cerrado con llave desde dentro y carecía de ventanas.

Por fin, Bruno comentó:

—Es interesante, pero el cáncer es un tema cotidiano de tu padre, ¿no podría haber pedido que le lleven el artículo?

Un cliente se aproximó, con pasos desconfiados, al único sillón vacío entre Bruno y Eduardo. Los tres intercambiaron miradas. Finalmente, como si percibiera algo extraño en el aire, el hombre pasó de largo.

Al continuar, el hijo de Fuentes bajó un poco la voz:

—Mirá, un técnico del instituto declaró que escuchó una discusión sobre el cáncer en el cuarto donde encontraron a la doctora. Desde joven mi padre se reunía con sus colegas de trabajo y solían discutir sobre esa temática, desde distintas perspectivas; me refiero a puntos de vista que no se enseñan en la facultad. Aunque ahora mi padre sufre de amnesia, apenas ocurrió el escándalo no dejaba de mencionar la existencia de una publicación científica con datos claves. Este paper bien podría ser lo que le preocupaba. Y otro dato no menor,  dudo de que él esté en condiciones de leer algo así. No creo que lo haya pedido. Más factible sería que otra persona se la haya dejado en la clínica, ¿por qué? ¿Para qué? Lo desconozco, pero en mi situación no puedo darme el lujo de ignorar nada.

Bruno recordó los singulares comentarios de Fuentes. En el conjunto, la especulación de Eduardo cobraba cierta lógica.

El cliente que merodeaba, finalmente, fue a sentarse justo enfrente de ellos. Se cruzó de brazos y los miró por encima de unas lentes de gran aumento.

El hijo de Fuentes se incorporó, con cierta parsimonia:

—Bruno, no quiero robarte más tiempo. Te agradezco que hayas venido. Si te parece que este artículo puede decirnos algo, por favor, no dudes en llamarme.

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Capítulo 4

Enero, 2015

“Mehsen, usted es el único que no tiene prisa para marcharse de este hospital”, me dijo hoy una enfermera. La primera vez que estuve internado me escapé como un fugitivo, a escondidas por la ventana. Con el tiempo terminé por acostumbrarme. Después de todo, este lugar cuenta con sus ventajas. Aquí tuve el primer contacto con Bruno. Y fue este el sitio que me proporcionó la calma que necesitaba para iniciar esta crónica. Estuve solo y con orden estricta de guardar reposo. Así las cosas, dispuse de horas interminables de absoluta tranquilidad. Aquí apenas se escucha un poco de bullicio, en el horario de las visitas, pero basta con cerrar la puerta que da al pabellón principal.

Después de una larga siesta, encendí la computadora, dispuesto a retomar en donde había quedado. Sin embargo, en aquel momento decidí no continuar por Fuentes ni por su hijo, como tenía planeado, sino por Florencia, una compañera de Bruno del laboratorio. Acababa de reparar que ella era, después de todo, la única que conocía a cada uno de los que estuvimos involucrados en el caso. Era la conexión subyacente. Estaba justo en el centro de la escena. Todos en el laboratorio sabían que Florencia era la predilecta del Dr. Fuentes. Últimamente, con ella y con nadie más compartía el doctor sus opiniones sobre política, sus lecturas recientes o los estrenos de la cartelera del cine, del que era un gran aficionado. A su vez, cuando Florencia tenía una inquietud, la consultaba primero con Fuentes, en lugar de recurrir a su propia directora. De todos los que se habían formado en el laboratorio, Florencia era la única que estaba al corriente de que Fuentes tenía un hijo adoptivo. Y sabía varias confidencias más, merced a su carácter extrovertido y a su empatía natural, que la convertía en el canal donde se desahogaban más de una vez no solo sus compañeros, sino también su propia jefa y hasta la Dra. Mahler. De hecho, y sin ir más lejos, fue durante una catarsis inesperada de la doctora cuando Florencia conoció varios de los secretos del laboratorio, sin dudas, los más oscuros del instituto. Pero Florencia no solo tenía un trato único con todos los involucrados en el singular episodio, sino que además me conocía a mí, por haber compartido un pasado en común. Nos cruzamos en la universidad, donde nos tocó ser compañeros de comisión de química orgánica. Luego yo abandoné los estudios y no volví a verla hasta varios años más tarde, cuando conseguí un empleo en el instituto del cáncer, precisamente, dos pisos más arriba del laboratorio de Florencia. Solo estuve unos meses, pero coincidí con los días frenéticos, cuando tuvo lugar el ataque a la Dra. Mahler. Por eso, cuando me interesé en el caso, yo ya sabía que Florencia había trabajado a la par de la doctora, y conocerla desde antes era una gran ventaja para mí, porque ella tuvo un papel protagónico en los hechos.

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Capítulo 5

Octubre, 2014

Fue precisamente Florencia quien puso al tanto a Bruno de que debía dictar un seminario sobre el cáncer. Ese era un requisito forzoso para todos los ingresantes, sin excepción, ya que los obligaba a repasar sus conocimientos al inicio del doctorado.

Mientras Bruno descargaba un artículo científico de internet, en el cuarto de computadoras, Florencia le dijo desde la puerta:

—La Dra. Mahler realizó, hace un tiempo largo, una serie de experimentos semejantes a los tuyos. Los datos deben de estar en alguno de sus cuadernos. ¿Los buscamos?

Bruno asintió. Sabía que las pertenencias de la doctora estaban en el depósito, el cuarto donde la habían hallado junto a Fuentes.

Transitaron de prisa por el pasillo. El laboratorio, emplazado en el segundo piso del instituto, consistía de una serie de cuartos que daban una vuelta completa, en la forma de un simple rectángulo con un pulmón de aire en el centro. La construcción edilicia con un patio al medio evocaba un colegio antiguo, y de hecho, lo había sido. Tiempo atrás, sobre esas mismas baldosas habían formado fila miles de chicos que, de estar vivos, rondarían ahora los cien años. El pasillo daba un giro completo que conectaba los cuatro costados. Los investigadores habían dispuesto sus oficinas en el flanco norte. En el corredor oeste se ubicaba el baño, la cocina y la sala de computadoras. Al sur estaban los laboratorios, propiamente dichos, y en el último tramo, en el pasillo este, se hallaba un cuarto con animales, otro para lavar materiales y el depósito, adonde ahora se dirigían Bruno y Florencia.

El acceso al cuarto había sido restringido. Florencia revolvió en los bolsillos de su guardapolvo hasta encontrar una vetusta llave de bronce. Al abrir la puerta, un vaho cálido los golpeó en el rostro. La falta de ventilación era evidente. Florencia presionó el interruptor y una luz mortecina se expandió por el recinto. En el piso sobresalía una mancha desvaída. Ocupaba una superficie circular de medio metro de diámetro. No quedaba margen para la especulación: saltaba a la vista que allí se había desplomado el cuerpo de la doctora.

—¡Ey! —lo despabiló Florencia—. Fijate en esos cuadernos, los de ahí arriba.

Florencia señaló con el dedo índice la parte superior de una biblioteca de madera, ubicada enfrente de la puerta. Luego salió; había dejado la pava en el fuego, en la cocina.

Haciendo equilibrio sobre un viejo pupitre, Bruno comenzó a revisar las parvas de cuadernos y anotadores. Recién se detuvo al ver una notita adherida con un clip a un artículo científico:

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Antes de que Bruno analizara el papel, alguien empujó la puerta con violencia. Debajo del dintel apareció la figura solemne de Matías Bahuer, un becario postdoctoral que era dirigido por el Dr. Fuentes.

—Bajá de ahí, Bruno —Matías tomó las hojas sueltas—. ¿Y esto? ¿Dónde lo encontraste?

—En el cuarto de computadoras.

—No te hagás el imbécil. Decime la verdad.

—Ya te dije. Esas hojas estaban en el suelo. ¿Acaso conocés la teoría? ¿El cáncer puede pensarse como una resistencia?

—Depende —Matías lo estudió con aire severo.

En un descuido, Bruno pasó raudamente la vista por la mancha carmesí que estaba en el suelo. El gesto ocurrió en apenas un segundo, pero Matías lo notó.

—Puedo imaginar lo que estás pensando. ¿Querés saber qué le pasó a la doctora? ¿Acaso pensás que esto tuvo algo que ver?

Matías rompió las hojas en pedacitos, con una sonrisa algo maliciosa.

—No sé —dijo Bruno—. ¿Fue así?

—Una idea puede dañar igual que un veneno. Es cierto, pero lo que pasó quedará entre nosotros, los que conocimos a la doctora en plenitud. Ahora da igual. Y en todo caso no te incumbe. ¿O viniste al cuarto solo para eso, para hurgar en el pasado?

Bruno y Matías quedaron enfrentados, a menos de un metro de distancia. Matías estaba convencido de que los becarios nuevos debían sentir el yugo de los más antiguos. Solo así acatarían un orden de jerarquías.

—Decime —insistió Matías—, ¿viniste a indagar en lo que pasó?

Bruno tenía a su compañero tan cerca que lo empujó para sacárselo de encima.

Matías se rio de forma algo forzada.

—¿Y qué querés saber, si el Dr. Fuentes la atacó, o, más bien, qué idea tuvo que ver?

—No le prestes atención, Bruno —dijo Florencia, que volvía de la cocina.

—¿Y vos qué hacés?

—Yo lo traje a Bruno —dijo Florencia—. Estamos buscando unos experimentos que realizó la Dra. Mahler.

—¿Acá? —Matías alzó las cejas.

—Cambiá el tono —lo interpeló Bruno, perdiendo la paciencia. No era la primera vez que tenían un cortocircuito.

—¿No te gusta mi tono? ¿Recién entrás y no te gusta mi tono? —Esta vez fue Matías quien empujó a Bruno.

Florencia se puso al medio.

—¿Por qué lo defendés? —le recriminó Matías.

Bruno intentó acercarse, pero Florencia también lo contuvo:

—Vos también la cortás. Vamos todos a tomar un café.

Continuar capítulo 6

Segunda parte, “Punto de inflexión”

Capítulo 6

 

Febrero, 2015

Esta mañana, mientras desayunaba en mi cama hojeando un periódico, tuve una visita inesperada. Mi aspecto rayaba lo deplorable. Llevaba varios días sin afeitarme y en la cínica no tenía ni un peine. Traté de darle algo de forma al cabello empujándolo hacia un costado. Me cubrí hasta los hombros con las sábanas revueltas. Mientras tanto, mi antigua compañera, Florencia, se acomodó en el único asiento disponible, una sillita escuálida que debía estar allí desde la inauguración de la clínica. Echó una mirada alrededor y yo aproveché para cotejarla contra el paso del tiempo. Imposible no compararla con el recuerdo que guardaba de ella. Extrovertida, decidida, enérgica. Ahora se mostraba dubitativa y nerviosa. De inmediato noté que mi aspecto desprolijo le resultaba indiferente. Por el contrario, era ella quien parecía no encontrarse a gusto. Pedir ayuda no estaba en su repertorio. Yo debía representar una de sus últimas opciones. Florencia estaba al tanto de mi interés por Bruno y por eso pensó que tal vez supiera algo de su compañero, al que le había perdido el rastro.

Para mí, la situación representaba una oportunidad inmejorable. Me esforcé para retener a Florencia durante un tiempo; en particular, especulaba cuál podía ser su relación con Bruno. Ella mostraba un grado de preocupación mayor al que se experimenta ante las desdichas de un simple conocido, o un mero colega del trabajo. Le pregunté si había contactado a la madre, que era toda la familia que tenía Bruno. Por supuesto, ya lo había hecho. La madre tampoco sabía gran cosa, pero Bruno le había ordenado que no hiciera ningún tipo de denuncia. Y, pese a cumplir con esa condición, el tiempo había pasado sin mayores novedades. Me ofrecí a colaborar pero Florencia se mostró cautelosa. Al cabo de unos minutos, terminó por marcharse. Ambos nos quedamos aquella vez con las manos vacías.


Capítulo 7

Octubre, 2014

El viernes Bruno no hizo otra cosa que ocuparse del paper que le había entregado el hijo de Fuentes. Se mantuvo apartado en el laboratorio, a tal punto que Matías empezó a sospechar si no habría dañado algún equipo del laboratorio. En ese caso, ya lo iba a escuchar. Se lo recriminaría a los gritos por los pasillos. No solía desperdiciar la oportunidad de lucirse a costa de los errores ajenos.

Luego de algunas maniobras de distracción, Bruno se escabulló y salió del instituto. Fue a una biblioteca cercana. Allí logró la concentración que pretendía. Luego llamó a Eduardo, el hijo de Fuentes. Acordó una cita para la tarde.

Eduardo lo recibió en la librería de la primera cita. Al fondo había un bar donde algunos lectores hojeaban sus libros con un café de por medio. Un cliente permanecía absorto en un mural en blanco y negro que decoraba una de las paredes. “Jaque mate en seis” decía el título de la obra, de varios metros de longitud.

—Ese cliente se debate hace tres horas con el problema de ajedrez. Los problemas son como espejos, solía decir mi padre, hace muchos años, cuando todavía se tomaba un tiempo para jugar conmigo. Lo que, por supuesto, no era muy frecuente. A veces, realmente, me sentía un niño fantasma, como si fuera incapaz de verme. Por eso, cuando me decía lo de los espejos, creo que lo decía más por él que por mí, por los problemas que vería en su propio espejo. Pero volvamos al asunto que nos atañe, ¿qué te pareció el artículo?

—Mirá, nunca había leído algo así. En ese trabajo se postula que el cáncer podría ser un mecanismo modelado por la evolución para optimizar la supervivencia de las especies, es decir, para influir sobre la longevidad, de modo que sea la más apropiada.

—Ahá. Por lo tanto, es un tema sobre el que podría discutirse. Yo, por ejemplo, con toda naturalidad me opondría a ese concepto. No me agradaría verlo de ese modo.

—Es cierto. Desde un punto de vista humano lo lógico es oponerse a que la naturaleza opere de ese modo. Además, puede que no estés equivocado en tu intuición. Hace poco visité a tu padre y, pese a encontrarse muy distante, de un momento a otro reaccionó preguntándome por qué existe el cáncer, por qué la evolución lo permite. Esos comentarios parecen estar relacionados con este artículo.

Eduardo estaba por opinar cuando oyó un alboroto que provenía de la puerta de entrada. Un grupo de periodistas avanzaba con micrófonos en mano y cámaras al hombro. El hijo de Fuentes saltó entonces del asiento y se ocultó detrás de los libros de psicología. Desde allí le hizo gestos a Bruno para que lo siga. Eduardo no tenía simpatía por la prensa.

Mientras el cardumen de periodistas se abría paso entre los clientes, Bruno y Eduardo alcanzaron la cocina. Se ubicaron detrás de una estantería con grandes bandejas de aluminio. Allí, entre tortas y medialunas, Eduardo retomó:

—Entonces, por un lado contamos con un artículo que podría alimentar una discusión; y, por el otro, parece que alguien, con un interés desconocido, lo habría dejado en la clínica. ¿No es cierto?

—Es factible.

—¡Más que factible! Y además, estaríamos refiriéndonos a alguien que también trabaja en cáncer, seguramente, otro investigador del instituto.

Una llamada los interrumpió. Antes de que Bruno respondiera, Eduardo atendió su teléfono. De inmediato, buscando privacidad, se alejó unos pasos.

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Capítulo 8

Octubre, 2014

Eduardo volvió con expresión consternada. Venía tan absorto que tropezó con la moza. Se disculpó y siguió su camino.

—Con razón vinieron los de la prensa —dijo el hijo de Fuentes—. Hay noticias: atropellaron a un agente de seguridad de la clínica, donde está mi padre.

—¿El hombre está bien?

—¡Bien muerto! Falleció en la ambulancia, en el trayecto al hospital. Fue embestido sobre la vereda y el coche se dio a la fuga. El panorama actual es incierto: primero mi padre queda envuelto en un escándalo y ahora muere un guardia en su clínica.

Eduardo sopesó si la muerte del custodio podía tener un vínculo con la situación de su padre. Ante su desconocimiento, prefirió focalizarse sobre lo que había ocurrido en el instituto. Ese era un ámbito relativamente acotado. Y para Eduardo, allí había un viejo colega de su padre que no podía pasar por alto: el Dr. Martínez, quien era, precisamente, el director de beca de Bruno.

—Mirá —dijo Eduardo—, puede que hayas oído los rumores, pero muchos están convencidos de que la doctora tuvo un vínculo cercano con quien es ahora tu director.

Bruno carraspeó. En los pasillos del instituto también se comentaba algo más: el Dr. Martínez tenía una excusa algo débil. Había firmado la planilla de salida del instituto apenas cinco minutos antes de que fueran descubiertos sus colegas en el depósito. Martínez normalmente solía retirarse bastante más tarde. Muchos se preguntaban por qué ese día se había marchado temprano.

—Sinceramente —dijo Eduardo—, debo agradecerte por tu buena predisposición. Es invaluable tener un contacto como vos en el lugar de los hechos. Si no te parece un exceso, sería vital que prestés atención a lo que hace tu director. Vos me entendés… por si notás algo raro en su comportamiento.

En ese momento, una de las mozas se asomó por la puerta de la cocina. Le advirtió a Eduardo:

—Los periodistas están buscándote por todos lados. En cualquier momento vienen para acá.

Eduardo permaneció un rato pensativo. Luego se dirigió a Bruno:

—¿Podemos hablar en confianza?

Bruno lo miró intrigado.

—¿Te interesaría saber un poco más sobre el vínculo que tuvieron Martínez y la Dra. Mahler? Eso te proporcionaría un marco amplio para entender lo que puedas observar en el instituto. Sé que te estoy pidiendo un favor y estoy dispuesto a recompensarte por ello. Sería un trabajo como cualquier otro.

—No —repuso Bruno—. No es un trabajo. Si pensás ofrecerme dinero, no voy a aceptarlo.

Eduardo levantó las cejas.

—¿Pero estás de acuerdo?

—Sí. Contame.

—No. Yo no. Sería mucho más productivo que hables con mi madre. Ella conoce a Martínez desde sus comienzos en el instituto. En aquel entonces yo era muy chico. Además, nunca tuve interés por las investigaciones de mi padre, y menos por sus colegas. Pese a que se reunían en mi casa, siempre me las arreglé para esquivarlos. Es como si desde mi infancia ya hubiera presentido que algo no andaba bien.

Bruno comprendía la postura de Eduardo. Un vínculo estrecho entre Martínez y la doctora podía ser un punto de partida, un puntapié inicial para insertar a su director en el mapa de los hechos, un indicio que, más adelante, a lo mejor repercutiera hasta en la situación del Dr. Fuentes.

Y en algo Eduardo tenía razón: la figura de Martínez no era del todo transparente, a su alrededor se respiraba desconfianza. La tarde de la agresión, él se había retirado inusualmente temprano. Además, por los pasillos del instituto corrían turbios rumores que los vinculaban. Todo sumaba para ponerlo a Martínez entre los posibles involucrados.

—¡Vienen para acá! —advirtió la moza.

—Vos no salgas, Bruno —le dijo el hijo de Fuentes. Le tendió un papel con la dirección de su madre y recalcó:

—Acordate de lo que te digo. Esto nos va a llevar a alguna parte.

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Capítulo 9

Octubre, 2014

El lunes 17, al salir del laboratorio, Bruno visitó a Matilde, la esposa de Fuentes. Pese a que ambos tenían la misma edad, ella estaba mucho más avejentada. Se sostenía el cabello blanco en un rodete severo y usaba un vestido muy largo que solo dejaba a la vista un par de pantuflas de color crema. En sus movimientos no había prisa alguna. Se desplazaba con absoluta parsimonia, “tranquilidad oriental”, pensó Bruno, al recibir el té que ella le había ofrecido.

La casa de Fuentes y Matilde se mantenía ajena al paso del tiempo. Los muebles eran arcaicos, las fotos muy añejas, la gran mayoría, incluso, en blanco y negro. Era deprimente la falta de luz: no había ninguna persiana levantada.

Luego de algunas preguntas de cortesía, Bruno llevó la conversación hacia el tema que más le interesaba:

—¿Recuerda si la Dra. Mahler, en su juventud, tenía buena relación con el Dr. Martínez?

La esposa de Fuentes tomó un par de agujas y se puso a tejer. Los anteojos se le deslizaron cuesta abajo por la nariz.

—Lamentablemente, sí. Cuando conocí a mi esposo, ellos tres eran muy unidos. Pero han pasado ya muchos años.

—¿Cómo era la doctora, cuando usted la conoció?

Matilde dio algunas puntadas antes de responder.

—Era extraña —dijo al fin—. ¿A usted le importa lo que piensan los demás?

—En parte…

—Mire, a la doctora le preocupaba mucho, realmente, pero solo como fuente de inspiración, para hacer todo lo contrario. Ella iba contra la corriente. ¿Cuándo se tiene más visión del paisaje?, solía decir, ¿cuándo se corre una maratón o cuando se corre solo? Ella se jactaba de tener la vista despejada. Por lo demás, desbordaba de energía, era envidiable, aunque a veces daba la impresión de que ni ella sabía manejarla.

—Y usted, ¿qué pensaba?

—No voy a ser hipócrita, joven, yo siempre me sentí miserable, relegada a un plano inferior. Mi marido trataba de incluirme en las veladas que ellos organizaban, pero jamás lo consiguió. Entre los tres compartían muchísimas horas. Se entendían a la perfección. Siempre me sentí ajena a ese pequeño círculo que los unía. Jamás pertenecí, jamás formé parte del grupo. Y esa impresión aún perdura y me afecta.

—¿No tiene fotos de aquella época?

Matilde se incorporó. Fue hasta una vieja cómoda de madera. De un cajón extrajo un par de fotografías sueltas.

—Me deshice de casi todas —aclaró—. Solo quedan algunas en las que la doctora no salió favorecida.

Bruno había buscado fotos en internet, pero la gran mayoría de las que halló, sino todas, correspondían a los últimos años.

—Esta es la doctora —especificó Matilde, mientras señalaba a una joven de pelo castaño—. Allí era solo una estudiante de doctorado, una becaria más, todavía desconocida en el ámbito académico.

Bruno tomó la fotografía de tonalidades cercanas al sepia. La estudió sin prisa. La imagen que se había formado de la doctora no coincidía con la joven que tenía enfrente, de perfil, con una sonrisa franca y una mirada incisiva. Después de revisar el resto de las fotografías, en las que se veía a la doctora en diferentes situaciones, pero siempre en el centro de la escena, Bruno imaginó que debía de haber sido una mujer llena de vitalidad, con una actitud avasallante, que terminaba haciendo que todo girara alrededor suyo.

Después de vaciar la taza de té, Bruno se acomodó en el sillón, dispuesto a escuchar la continuación del relato.

—Pero la doctora cambió —retomó Matilde—, con el tiempo, su carácter se volvió agrio. En las reuniones muchas veces los tres terminaban discutiendo. El mal humor surgía abruptamente en aquellos encuentros que se volvieron cada vez más esporádicos. A decir verdad, solo Martínez continuó viniendo a esta casa, todos los martes hasta que ocurrió lo que usted ya sabe. Él se mantuvo fiel a la amistad que los unía. En cambio, ella no. Ella cambió. Empezó a venir cada vez menos. Y después de su casamiento, tomó cada vez más distancia de nosotros. Incluso, dejó el instituto y se fue a la universidad, durante muchos años. Cuando volvió al laboratorio era una persona absolutamente desconocida, malhumorada, violenta, cínica. Puede que su marido haya tenido algo que ver, no lo sé, pero él siempre tuvo una actitud miserable hacia nosotros, siempre nos trató con sorna, nunca nos quiso. Basta decir que una sola vez pisó esta casa y jamás volvió, nunca, y menos después de su ascenso meteórico. Supongo que habrá escuchado hablar sobre él, ¿no es cierto?

Bruno asintió. El marido de la doctora, el Dr. Lacroze, era un político de la primera plana nacional. Su rostro displicente y pulcro aparecía a menudo en los afiches que empapelaban la ciudad, sobre todo, ese año, que había estado en campaña de manera ininterrumpida. Sus opositores lo denostaban, pero sus partidarios lo defendían con fervor. En consecuencia, el Dr. Lacroze se mantenía en el candelero. Por un instante, su nombre estuvo ligado al escándalo, porque el día de la agresión a su mujer él había estado en el instituto. Sin embargo, Lacroze había declarado que a la hora de los hechos se hallaba saludando a un viejo amigo, el director del instituto, y éste había respaldado su versión de los hechos.

Las campanadas de un reloj de péndulo anunciaron en ese momento las ocho de la noche. Ya se habían extinguido los escasos rayos de luz que antes se filtraban por las rendijas de las persianas. Matilde se puso de pie. Cruzó el comedor para encender un velador. Acomodó los portarretratos. Realizó un movimiento brusco y uno cayó al piso. El vidrio se hizo añicos.

Bruno se incorporó y le ayudó a juntar los fragmentos. En la foto vio a Eduardo. No estaba de humor, tenía un pantalón corto excesivamente subido sobre el abdomen.

Desde ese lugar se alcanzaba a ver una biblioteca ubicada en la pieza de Matilde. Bruno tuvo una corazonada.

—Veo que son buenos lectores. ¿Qué es lo que más lee su marido?

—Lee de todo, pero tiene cierta predilección por la poesía y las novelas policiales.

—¿Novelas policiales?

—Sí. En realidad —recordó Matilde, con un destello en los ojos—, todos tuvieron un momento de fanatismo: Mi marido, Martínez y la doctora, los tres. Es más, entre ellos solían desafiarse con un ejercicio que, visto ahora a la distancia, parece muy desgraciado.

—¿Por qué lo dice?

—Por lo que pasó. Yo nunca entendí el ejercicio, pero ellos apreciaban el costado lógico y racional del enfrentamiento que tiene lugar entre un investigador y quien trata de engañarlo.

Bruno levantó las cejas.

—Así es —Matilde hablaba ahora con un dejo de amargura—. Era una tradición que mantenían durante los inviernos, sobre todo, en las noches heladas. Y si se avecinaba un temporal, para ellos era todavía mejor. Se congregaban aquí, justamente, ahí donde está usted ahora. Permanecían hasta el amanecer, compenetrados, escudriñándose con desconfianza, como si realmente tuvieran que resolver o desviar una investigación. Prestaban atención a las posturas, los gestos, las inflexiones de voz, llegando al punto de tenderse en el suelo para representar a una víctima. ¿Quiere que le cuente quien vencía?

—Claro.

—Siempre ganaba la doctora o mi marido. Martínez, lo recuerdo muy claro, jamás resultó victorioso.

—¿Ni una sola vez?

—Ni una sola. Por eso lo recuerdo. Pensé que, abatido, abandonaría las reuniones, pero no, perseveraba, con un empeño absolutamente inútil. ¿Usted participaría de algo que nunca gana?

—Supongo que sí. ¿Por qué no?

—Estupideces. Cada uno tiene sus límites.

—Y usted, ¿no participaba?

—No. ¿Para qué? Ya se lo dije. Siempre me sentí ajena a todo lo que los unía; siempre odié las noches frías de invierno. Y, además, estaban las miradas.

—¿Las miradas?

—Claro. Los tres se conocían muy bien, sus expresiones eran como un lenguaje para ellos, y yo apenas podía intuir los significados. No quería someterme a semejante humillación, hubiera sido como reconocer mi incapacidad para estar a su altura.

Matilde fue hasta su cuarto y volvió con otra fotografía en blanco y negro. En esta podía verse a los tres jóvenes en el sillón. Había café y chocolates sobre una mesa ratona. Una joven doctora Mahler estaba tendida en el piso. Todo señalaba que se disponían a comenzar uno de esos desafíos. El frío se apreciaba en la ropa: los tres vestían gruesos pulóveres de lana. Fuentes usaba un gorrito que ocultaba la cicatriz de su frente. A Martínez el cabello largo le caía sobre el rostro cubriéndole un ojo. Bruno se sorprendió de la expresión distendida y cómplice de Fuentes y Martínez, a quienes había conocido de grandes, ya doctores, ya agobiados por el drama. Desde el papel, en cambio, lo miraban dos jóvenes ociosos, indiferentes al futuro, en un momento de serenidad que la cámara había sabido captar.

Bruno trató de focalizarse nuevamente:

—¿Le molestaría si veo los libros?

Caminaron hasta el dormitorio. Matilde encendió la luz. Había repisas a ambos lados de la cama matrimonial. Bruno las revisó con interés. Sin embargo, recién sobre una mesa de luz encontró lo que buscaba. Allí estaba, como brillando con luz propia, un fotocopia del paper que le había mostrado Eduardo.

Bruno pidió permiso y pasó las hojas del artículo. Varias partes habían sido subrayadas. Quedaba claro que ese paper era muy importante para Fuentes.

Bruno le preguntó a Matilde:

—¿Desde cuándo está este artículo en la mesa de luz?

—Desde hace mucho. No he tocado nada.

—¿Antes de la agresión a la doctora?

—Sí, por supuesto. ¿Por qué lo pregunta?

—Por nada. Por nada… —Bruno se quedó pensativo. Decidió que era momento de retirarse—. Le agradezco mucho por su ayuda.

Caminaron hasta la puerta. Antes de despedirse, Matilde lo detuvo. Le realizó una última confidencia:

—Mire, hay algo que acaso le interese saber: aunque la doctora se casó siendo muy joven, ella jamás respetó su matrimonio. Usted sabe a lo que me refiero…

—¿Tuvo un amante?

—Uno no, varios. No me gusta hablar así, pero es la verdad. Entre ellos, Horacio Larrondo fue el más privilegiado. Hace un tiempo que no sé nada de él, pero, si lo ubica, seguramente pueda darle más información que yo.

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Capítulo 10

Febrero, 2015

“¿Qué escribís, Mehsen?”, me preguntó hoy Paula, una de las enfermeras del hospital. Es la única que suele quedarse unos minutos conversando de trivialidades cuando no está a las corridas. Nunca tiene prisa por marcharse, de lo que deduje que nadie la espera. Ante su pregunta, le expliqué brevemente mi interés en el caso de la Dra. Mahler. Luego quise saber si ella estaba al tanto del tema. “Claro, Mehsen. Salió en todos lados. Terminamos hablando de Fuentes y de Martínez, y cuando Paula se marchó, me quedé pensando en lo que sabía sobre ambos.

Fuentes había tenido una infancia normal. Nada llamaba la atención hasta un percance ocurrido en su adolescencia, cuando rondaba los catorce años. A esa edad, sus padres lo cambiaron de colegio, de un día para el otro. Lo que había ocurrido era una incógnita. En su familia era un tema prohibido. Sin embargo, supe que la razón fue un incidente turbio en un baño, con una compañera de colegio. Seguramente fue un hecho muy grave, porque a partir de allí, el joven Fuentes se convirtió en un alumno insurrecto, con notas pésimas y amonestaciones constantes. Esto era algo para tener en cuenta.

Luego, durante la universidad, el comportamiento del joven Fuentes se asentó. Rápidamente se convirtió en un alumno destacado de la carrera de biología. Al finalizar sus estudios, consiguió una beca doctoral, y con el correr de los años fue ascendiendo, a buen paso, los peldaños de la carrera de ciencia, hasta alcanzar el máximo escalón en las jerarquías posibles. La vida del Dr. Fuentes parecía haberse deslizado sobre una alfombra roja después de la universidad. Contrajo matrimonio y al poco tiempo adoptó un hijo. Tuvo una conducta intachable y ningún otro percance hasta el episodio ocurrido en el instituto, cuando lo hallaron dentro del depósito junto al cuerpo gravemente herido de la Dra. Mahler. ¿Hasta qué punto podía haber una relación con lo ocurrido en su adolescencia, en el baño del colegio? Había una semejanza, sin dudas, en ambos casos estuvo encerrado con mujeres, en lugares públicos, aunque, por supuesto, esto aún no significaba nada. Había que ahondar en ese punto.

Por su parte, Martínez era el primogénito de un médico de renombre. Su padre tenía muchas expectativas depositadas en él, en quien veía como su sucesor, el responsable de mantener el prestigio del apellido en la arena médica. Pero el joven Martínez había desilusionado a su padre al cambiarse a biología antes de empezar el segundo año de la carrera de Medicina. A diferencia de Fuentes y de la Dra. Mahler, la carrera universitaria le había costado un gran esfuerzo. Cuando sus compañeros interrumpían sus estudios y aprovechaban el tiempo libre, él debía mantenerse sobre los libros. El ascenso por los escalafones de la investigación también le había resultado arduo. Actualmente tenía un cargo modesto. Pero todo lo había conseguido con mucho esfuerzo. Martínez nunca se casó, nunca convivió, no estaba en pareja, no tenía hijos de alguna relación temporal, nada en su vida parecía digno de mención, de modo que eso era lo único que, en definitiva, podía considerarse llamativo.

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Capítulo 11

Octubre, 2014 

Antes de realizar su segunda visita a Fuentes, Bruno leyó minuciosamente el trabajo científico sobre la teoría biológica del cáncer. En esa ocasión planeaba aproximarse a los hechos de forma tangencial; le preguntaría a Fuentes su opinión al respecto. Luego podía consultarle acerca del paper que le había mostrado Eduardo. Que Fuentes lo tuviera en su casa era un fuerte indicio de su interés por el tema.

El doctor caminaba por uno de los senderos del parque, seguido por un nuevo custodio. Los testigos habían declarado que el anterior había sido embestido de forma intencional. Sin embargo, el conductor del vehículo no había sido identificado. Restaba mucho por esclarecer. Los medios de comunicación eran prudentes al respecto. Solo uno aventuraba que el hecho podía estar conectado con el Dr. Fuentes.

Con la venia del nuevo custodio, Bruno y el doctor tomaron asiento en un banco de madera, bajo la sombra de un pino. Estaban a mitad del parque, alejados del bullicio de la clínica. Ambos se estudiaron durante un segundo. Para Bruno, el hombre a su lado era muy diferente del que había visto en las fotografías. Tenía el rostro asolado por la desdicha, los labios rígidos en un gesto amargo, los párpados a media asta, como vencidos. Parecía que llevara meses sin dormir. El cambio que había sufrido era drástico.

—Doctor —dijo Bruno—, ¿cree que el cáncer podría derivar de un intento de resistencia, del último recurso de un tejido devastado?

—Ya veo —dijo Fuentes—. Leyó el artículo de los Dres. Ruggiero y Bustuoabad[1]. ¿Qué opina?

—Entiendo algunas cosas, pero no todo. Por ejemplo, cuando un órgano sufre una agresión química constante, tiene sentido suponer que algunas células se expandan para reemplazar a las dañadas. Según el trabajo, las células del cáncer derivarían, precisamente, de las únicas capaces de dar la cara, de aquellas que realizan un último y desesperado intento para salvar a un órgano devastado. Pero el artículo postula una teoría sobre el sentido biológico del cáncer, desde un punto de vista positivo. ¿Usted, está de acuerdo?

—Tengo mi opinión —repuso Fuentes—, desde luego. Sin embargo, sería contraproducente para usted. Debe pensarlo por su cuenta.

—Lo haré. Solo dígame si ustedes coincidían en sus posturas al respecto.

—Bueno, en cierto modo sí, todos teníamos la misma postura.

—¿Estaban de acuerdo?

—No. Solo estábamos de acuerdo en discutirlo todo, en no dar nada por sentado. Y usted, joven, debería hacer lo mismo. Además, la realidad es que la Dra. Mahler se divertía generando debates. Estaba en su naturaleza. Y no era fácil discutir con ella. Se lo aseguro.

Fuentes de pronto estiró los brazos con fuerza, como si los hubiera tenido maniatados. Su gesto era promisorio. Parecía la reacción de una persona que sale de un letargo, que pretende despabilarse, como si debajo del manto de tristeza que lo envolvía, el doctor tal vez pudiera conservar, en lo profundo, un último acervo de su esencia, de lo que había sido como persona y como investigador, y desde donde pudiera resurgir acaso alguna vez.

—La realidad es que, exceptuando su producción científica, uno nunca estaba seguro de lo que realmente creía la Dra. Mahler. Mire —continuó Fuentes, algo más sereno—, que yo sea incapaz de recordar lo que pasó aquella tarde, que tenga una laguna de horas, a causa de mi amnesia, no significa que haya perdido la memoria por completo. Sería muy injusto de mi parte si olvidara o menospreciara las virtudes de la doctora. Ella tiene un carácter espinoso, arduo, intratable, pero a la vez es una persona extraordinaria. Es espontánea, original, impredecible. No tiene grises. Con ella uno jamás puede aburrirse.

Ambos se habían calmado. Ahora solo se escuchaba un benteveo cantando en las cercanías.

—A ver —dijo Fuentes—. ¿Usted qué piensa, cree que el sistema inmune es perjudicial para el cuerpo?

—Por supuesto que no.

—¿Está seguro? Piénselo bien.

Bruno sabía que, en algunas ocasiones, el sistema inmune puede atacar a las células del cuerpo, en las enfermedades conocidas como autoinmunes, tales como el lupus, la esclerosis múltiple y muchas otras patologías.

—De acuerdo, a veces puede causar un daño.

—Entonces, ¿qué me dice?, ¿es beneficioso o perjudicial?

—Depende.

—Eso mismo. Es una espada de doble filo. Normalmente es un arma de defensa, pero bajo ciertas circunstancias puede volverse en contra de uno mismo. En otras palabras, el sistema inmune es beneficioso, pero también puede convertirse en algo nocivo. ¿No es así? ¿Está de acuerdo?

De a poco, Bruno comenzaba a comprender adónde se dirigía el doctor, quien concluyó:

—La hipótesis del sentido biológico del cáncer se refiere a que la expansión de las células cancerosas podría haberse originado por una buena causa, el reemplazo de las células dañadas en un órgano devastado. En ese marco, el cáncer sería una consecuencia negativa de la pérdida de control de un intento bienintencionado, así como las enfermedades autoinmunes se producen por una pérdida de control de las células del sistema inmune. ¿Me sigue?

Según la interpretación de Fuentes, sobre esa teoría, el cáncer sería una consecuencia negativa de un intento desesperado de reparación. La idea era muy diferente a la teoría más aceptada en el ámbito académico: la teoría de las mutaciones, la cual considera al cáncer como un sinsentido biológico, una especie de falla en el sistema, producida en las células por la acumulación al azar y a lo largo del tiempo de mutaciones en genes importantes en la regulación de su ciclo de vida.

Bruno acababa de conocer una teoría diferente a la clásica, pero ignoraba si estaba relacionada con el ataque a la doctora, o con el artículo que le había mostrado Eduardo. Decidió arriesgarse:

—¿Acaso esta teoría puede explicar mejor por qué existe el cáncer?

El doctor, esta vez, guardó silencio. Su ánimo cambió de repente. Tuvo un súbito ataque de tos, una tos ronca y seca, que lo forzó a doblarse contra sus rodillas. Bruno no llegó a lamentarse. A unos metros vio a Florencia, que se aproximaba por el sendero de arena.

—¿Qué hacés acá? —Le espetó ella. No venía del laboratorio. Estaba más arreglada. En lugar del jean y la remera de la mañana traía una minifalda blanca y una blusa azul.

—Quería conocerlo —se justificó Bruno—. ¿Y tú visita, a qué se debe?

—Yo estoy convencida de que él no atacó a la doctora. Tenemos que ayudarlo.

Una mueca ligera asomó en los labios del doctor. Aun así, no podía discernirse si se trataba de una sonrisa de bienvenida o más bien de una queja.

Florencia revolvió en el interior de su cartera. Le alcanzó al doctor una hoja con una poesía. Ella misma solía escribir en sus ratos libres y era habitual que le trajera algún verso. Trataba de despejarlo y parecía que el doctor valoraba el gesto.

Lejos de distenderse, Fuentes se puso tenso. Perdió toda compostura. De pronto miró a su alrededor como quien intuye que lo están persiguiendo. Luego echó a correr con el agente de seguridad detrás de él.

Bruno se quedó pensando en el cambio de ánimo del doctor. Pasados unos minutos, resultó evidente que ya no volvería. Florencia y Bruno intercambiaron miradas de interrogación.

—Recién llegás —dijo Bruno—. ¿Tomamos un café en el bar de enfrente?

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Capítulo 12

 Febrero, 2015

  —¿Por qué dejaste la facultad? —me preguntó Florencia en una nueva visita.

Era una tarde desteñida. Llovía a cántaros lo que no había llovido en meses. Unas gotas gruesas y porfiadas se daban de bruces contra la ventana del hospital. Luego de un comienzo neutro, la conversación había entrado en un clima confidente, acaso por la influencia de la misma lluvia, cuyo rumor parecía habernos envuelto en un espacio común, con una cercanía que, de otro modo, jamás hubiera sido posible.

—No era para mí — argumenté.

—¡Vamos!, eras un chico diez, ¿cómo que no era lo tuyo?

—Pensé que no me recordabas —me sorprendí.

—Claro que sí. Me acuerdo muy bien.

No supe que decir. Naturalmente, nadie podía olvidarse de Florencia. Pero yo pasaba desapercibido. Me sentaba al fondo de los auditorios, como un intruso, un polizón en el barco de la ciencia. Era normal que yo fuera el último en incorporarse a los grupos de trabajos prácticos, allí donde faltaba alguien para tapar un agujero. Que Florencia se acordara de mí era una novedad. Sin embargo, no estaba de ánimo para referirme a aquellas épocas. Traté de cambiar el eje de la conversación:

—Sé que estás saliendo con Bruno —arriesgué.

—Vos dejaste la carrera por algún motivo —me replicó—. ¿Ya estabas enfermo?

—No. ¿Por qué lo decís?

—Porque estabas distante. Nos escrutabas desde lejos, como si nos estuvieras psicoanalizando. ¿Eso hacías?

Me reí. Sin embargo, no estaba tan errada. Era ella, sobre todo, la que me llamaba la atención, lógicamente, por ser la más extrovertida.

—¿Y cuánto tiempo saliste con Bruno? —insistí.

Mi antigua compañera me dirigió una mirada severa. Por fin se incorporó, dándome la espalda. Durante un minuto miró cómo rodaban las gotas sobre el cristal. Debía reconocer que Florencia se mantenía en forma. La espalda, pequeña, hacía una curva generosa y luego se perdía dentro de un jean que le quedaba perfecto.

—¿Problemas económicos? —Escuché que decía sin volverse—, No. No tenías. ¿Otra carrera universitaria? Por lo que me contaste, no te interesaba. ¿Trabajar? La verdad que tampoco. Si me dijiste la verdad, entonces, ¿por qué? ¿Por qué dejaste la facultad?

—¿Me estás psicoanalizando?

—No puedo con las incógnitas —Florencia se giró—. Por eso me quedé con el camino de la ciencia. Ahora solo me queda una opción: que te pasó algo inesperado, ¿me equivoco?

—Lo tuyo es el psicoanálisis, definitivamente.

—¿Entonces fue eso?

—No.

Una expresión desconfiada asomó en el rostro de Florencia. Miró el reloj. Las agujas indicaban que llevábamos casi una hora conversando. No era mucho, pero durante el tiempo de cursado jamás habíamos mantenido un diálogo de ese tipo. Ahora, la imagen de aquellas clases surgía nítida en mi recuerdo. Me daba cuenta de que ella no había cambiado gran cosa. Excepto por un motivo: Bruno. Esta preocupación la seguía a todas partes. Antes andaba ligera y alegre. Se desenvolvía a sus anchas, como si la facultad, las calles, los bares, fueran todos sus espacios naturales. Parecía cómoda en cualquier parte, con todo bajo control. Ya no. Su mente se había nublado y sus pensamientos parecían volver siempre al mismo punto: su compañero. Ella no iba a reconocerlo. Pero saltaba a la vista, y no hacía falta ser psicólogo.

Sus visitas se habían originado por ese interés, y si bien algunos puntos comunes la hacían retornar, era evidente que volvía solo porque Bruno estaba desaparecido. Tenía claro que esa ausencia era lo que la traía al hospital, y que, apenas hubiera novedades, fueran las que fueran, entonces ella continuaría con su rutina. Estas visitas tenían fecha de vencimiento, eran un intervalo, algo temporario mientras persistiera la incertidumbre. Venía porque yo conocía a Bruno y eso nos acercaba. Eso era todo.

Ahora ambos mirábamos hacia afuera. La intensidad de la lluvia había menguado. Apenas algunas gotas chocaban con desgano contra el cristal. Esta era su oportunidad de marcharse antes de que la lluvia se largara de nuevo.

Florencia se acercó y me saludó con la promesa de volver a verme.

 —Voy a pasar antes de tu operación —detalló, al tiempo que cerraba la puerta.

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Capítulo 13

 

Octubre, 2014

El bar al que fueron Bruno y Florencia, después del encuentro con Fuentes, no era gran cosa. Tenía el aspecto de un bodegón de barrio venido a menos. Una vez que los clientes se marchaban, nadie limpiaba las mesas. Sobre los manteles, con manchas de grasa, quedaban pocillos de café y pequeñas migas de pan. Ambos tomaron asiento junto a una ventana y llamaron al mozo, que se aproximó con dos cartas que dejó sobre la mesa. No tenía otros clientes y permaneció al lado de ellos, con el aspecto de un viejo mayordomo.

Pidieron una cerveza y cuando el mozo fue a ocuparse del pedido, Florencia le preguntó a quemarropa:

—¿A qué se debe tu súbito interés en Fuentes?

—Quería conocerlo. Todos lo admiran, ¿qué tiene de extraño?

Florencia fue tajante:

—Mentís pésimo.

—Y justamente por eso podés confiar en mí.

—¿A vos no te parece raro que Martínez te haya tomado como becario justo ahora?

—No. Explicame.

—Tus experimentos se basan en investigaciones que estaba retomando la doctora, precisamente, antes del ataque.

—¿Estoy continuando su trabajo?

—¡Claro! Por eso fuimos a ver sus cuadernos. Ella hizo algunos experimentos de joven, antes de irse a la universidad. Pero sé, de buena fuente, que al volver al instituto los había retomado con resultados muy interesantes. Sin embargo, fíjate lo que pasó: la doctora fue atacada, a Fuentes lo responsabilizan por el hecho, y, en ese contexto, Martínez no pierde el tiempo y toma un becario. ¿No te parece extraño?

—¿Vos creés que él la atacó?

—No sé. Solo digo que es muy llamativo. ¿Quién puede tomar un becario justo después de lo que pasó? Peor aún: ¿Quién lo pondría a trabajar, casualmente, en la línea de investigación de la persona que fue agredida? Es una locura.

El mozo volvió con una botella de cerveza helada. Bruno tomó uno de los vasos y lo inclinó con cuidado para servirlo, tratando de que no se formara demasiada espuma. Se lo pasó a Florencia y sirvió el suyo. Después se hamacó hacia atrás. Al volver dejó caer los brazos sobre la mesa. Su mano derecha quedó rozando la mano izquierda de Florencia. Ella no la retiró.

—Todo esto es nuevo para mí —dijo Bruno—. No sabía que vos sospecharas de Martínez, de que él tenga alguna relación con los hechos.

—No es que él tenga alguna relación, él más bien forma parte de lo que pasó. Él no está afuera, está dentro de esto. Está tan dentro que podría explicarlo todo si quisiera. ¿No vas a creerte eso de que se marchó antes? Acá hay dos cosas innegables: Martínez sabe más de lo que dice, y este episodio le vino muy bien. Él está en la cuerda floja. Se nota que su vida ha perdido el rumbo. Mirá, para que te des una idea, cuando yo ingresé al instituto, Martínez era un hombre elegante. Todavía conservaba mucho pelo. En pocos años se quedó calvo. Subió no sé cuántos kilos. Necesita resultados, publicaciones, y esos experimentos de la doctora son lo único que podría salvarlo.

En ese momento el mozo subió el volumen del televisor. Ambos miraron hacia la pantalla, donde el presentador de un flash informativo comentaba las últimas noticias sobre la agresión a la Dra. Mahler. Ahora que se acercaban las elecciones, todo lo que tuviera que ver con Lacroze iba directo a los medios. Luego transmitieron una entrevista que tuvo lugar en la vía pública. En el sonido ambiente se distinguía con nitidez el repudio de los transeúntes. A mitad de la nota, una silbatina generalizada provocaba la reacción de uno de los guardaespaldas. Este hecho terminó de enfurecer a los vecinos, que armados simplemente con las compras del día, lograron acertar algunos tomates y huevos en el traje impecable de Lacroze.

Luego siguió otra nota que se refería a la muerte del custodio de la clínica donde estaba Fuentes. Se confirmaba que poseía conexiones con varios políticos, incluyendo al mismísimo Dr. Lacroze. No obstante, el motivo de su muerte continuaba en el terreno de las especulaciones. Los periodistas se mostraban desorientados.

—¿Vos le pasás información a Lacroze? —Le soltó Florencia.

—¿Qué decís? Ni lo conozco.

—Sí, claro —dijo Florencia— ¡Pero tené cuidado! El custodio de la clínica tampoco y fijate como terminó. Lacroze está en todas partes. Es como un pulpo. Uno puede ver un tentáculo a la vez, pero no sabe dónde están los otros brazos. Para colmo, Lacroze odia a tu director. Siempre estuvo convencido de que Martínez y su esposa tuvieron algo. Martínez tenía debilidad por ella, se le notaba a simple vista, todos lo sabían; y la Dra Mahler, para colmo, era sumamente liberal. Es cuestión de sumar dos más dos, ¿no te parece?

—Así como lo decís, no suena extraño.

—¿Verdad que no?

Bruno la miró intrigado.

—¡Dale! Aunque lo que te dije es cierto, también podría ser falso. Decime la verdad, a vos te mandó Lacroze para que averigües si Martínez tuvo algo que ver con la agresión. ¿Me equivoco?

—Sí —negó Bruno—. Te equivocás.

—¿Por qué?

—Solo quiero hacer el doctorado, ¿está mal?

—No. Está perfecto. Solo que no te creo. Voy al baño.

Cuando Florencia se marchó, Bruno se sumió en una profunda reflexión. No comprendía la posición de su compañera, cuál era su juego. El comienzo de su beca había transcurrido en calma. Ahora, de pronto, los acontecimientos cobraban otro ritmo.

Florencia volvió mientras Bruno servía los vasos. Sin embargo, ella permaneció de pie. Tomó su jarra y la vació de un trago. Luego llamó al mozo.

—Se me hizo tarde —explicó.

Mientras su compañera iba hacia la puerta, zigzagueando entre las mesas, Bruno notó que el mozo, en lugar de llevarle la cuenta, prefería acompañar con su vista la retirada de Florencia.

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Capítulo 14

Octubre, 2014

Bruno compró un periódico que tenía una foto de Lacroze junto con su esposa en la primera plana. Leyó la nota en la cocina de su departamento, mientras esperaba que saliera del baño uno de los compañeros con los que, para reducir gastos, compartía el alquiler. Un nuevo dato se había filtrado a la prensa. Alguien había encontrado sangre en el picaporte de la puerta del depósito. ¿La doctora había tratado de escapar? ¿Fuentes había cerrado la puerta para que no huyera? Todas las miradas recaían en él, lo señalaban como el autor de lo acontecido.

Para colmo, de algún modo, alguien había revelado el oscuro antecedente del doctor cuando todavía estaba en el colegio; aquella embarazosa situación en la que fue descubierto en el baño con una compañera. Un alumno de aquella época había realizado fuertes declaraciones. Afirmaba que Fuentes había sido un chico más bien raro y que su intención difícilmente hubiera sido otra que no fuera propasarse con la chica. Según refería el alumno, ese hecho lo había convertido en objeto de burla del colegio entero. Comenzaron a dejarlo en ridículo con frecuencia. Solían arrojarle sus pertenencias a la calle, o lo ataban a una columna cuando terminaba el recreo. En una oportunidad, sus padres tuvieron que llamar a la directora del colegio a la madrugada. Esa vez lo encontraron dormido en el centro del patio, atado al mástil, predispuesto a pasar la noche bajo las estrellas. También había recibido numerosas palizas, una de las cuales le había dejado la cicatriz que le surcaba la frente. En definitiva, el incidente había hecho que su paso por el colegio se volviera un calvario. Y ahora la prensa también se preguntaba: ¿Por qué Fuentes, ya desde chico, se encerraba con mujeres en lugares públicos? ¿Cuántas veces lo había hecho? ¿Tenía algún tipo de obsesión? Los últimos peritajes contribuían a formar un cúmulo de evidencias que dejaban al doctor en una situación cada vez más comprometida.

Hacia las nueve de la mañana Bruno salió rumbo al instituto. En la puerta había una furgoneta de un canal de televisión, con una gran antena parabólica en el techo. Un par de cables negros salían de la camioneta y se introducían como serpientes por la puerta del edificio. Bruno fichó su ingreso y esquivó a los periodistas, con el cuidado de quien camina entre pacientes con alguna enfermedad contagiosa.

Entró al laboratorio, buscó su guardapolvo y se puso a trabajar, sin dilaciones. Más tarde, a la hora del almuerzo, se reunió con Martínez. Necesitaba ponerse al corriente con los últimos experimentos. A Bruno el aspecto descuidado de su director no se le pasó por alto. Llevaba un jean sucio como el de un mecánico y una camisa arrugada, demasiado corta. Cuando Martínez estiraba los brazos era inevitable que algunos pliegues de su abdomen quedaran a la vista. Y esto, a fin de cuentas, no era lo más extraño, sino una marca violácea que le bordeaba un ojo.

Al finalizar, Bruno fue por el pasillo hasta el cuarto experimental, donde guardaba sus ratones bajo estudio. El cuarto no hubiera podido estar en mejores condiciones, el aire acondicionado mantenía una temperatura fresca y constante. Bruno tomó dos jaulas de una repisa y las llevó a uno de los laboratorios. Depositó las jaulas sobre la mesada. Luego buscó un calibre y dejó a su alcance todo lo que pudiera necesitar. Odiaba tener que levantarse para buscar algo en el medio de un experimento.

En eso estaba cuando Matías entró al cuarto de pésimo humor. Se dejó caer en un banquito de madera.

Mientras tanto Bruno comenzó a chequear los primeros ratones. Se sorprendió: los animales bajo tratamiento mostraban una leve mejoría. Los ensayos parecían disminuir el tamaño tumoral, por lo menos, en su modelo de estudio. Si esto era cierto, y la Dra. Mahler lo había probado antes, Martínez no podía desconocerlo.

Inquieto, Matías se puso a caminar en círculos, como un cuervo con poca paciencia. Simulaba organizar el material de vidrio en las repisas, las drogas de un estante, las pipetas a un costado de la mesada. Pero su objeto de atención, en realidad, eran las manos de su compañero; Matías miraba el pulso de Bruno para ver si estaba nervioso.

—¿Quién golpeó a tu director? —dijo al fin.

—No sé —Bruno tenía la vista fija en los ratones.

—¿Qué?

—Que no sé. Tal vez se golpeó solo.

—¿Un accidente? ¿Eso decís? ¡Vamos! Esa marca debajo del ojo seguro fue una advertencia, un llamado de atención.

Florencia pasó por el pasillo. Ambos se distrajeron por un segundo.

—Pobre —dijo Matías—. Mientras ella está a la deriva, su jefa se pasea por todos los congresos posibles.

Bruno procuró no distraerse. Continuó analizando si su tratamiento, efectivamente, reducía el tamaño de cierto tipo de tumores.

—Pero algo más la inquieta… —volvió a insistir Matías, que se había parado cerca de la puerta y cuidaba que Florencia no se acercara por el pasillo—. El ataque a la doctora la afectó demasiado. Y eso que entre ellas mantenían una relación explosiva. Cuando se cruzaban había que ponerse a resguardo. La verdad, es una pena que no hayas conocido antes a la doctora. Ahora quién sabe cómo volverá, si es que se repone. Era un diamante en bruto, una joya que no se merecían estos linyeras de la ciencia. Es cierto que ya parecía desquiciada, como si la locura hubiera golpeado a su puerta. Una tarde, en la que incluso pensé que alucinaba, me dijo: “¡Matías!, ¿sos imbécil o qué? Los conocimientos no van a venir a buscarte; empezá a moverte de una buena vez. Recién habrás dado el primer paso cuando encuentres cuál es, en realidad, aquel conocimiento que te falta, aquel capaz de movilizarte. Y no te creas que es algo fácil de encontrar, no, todo lo contrario, para cada uno de nosotros, a lo sumo hay un dilema real, suficientemente poderoso como para obligarnos a hacer ciencia, es algo irracional, intuitivo, ineludible, que se vuelve personal y que solo puede culminar en la forma de una terrible obsesión. Por eso, si llegás a descubrir lo que realmente te motiva, por favor, no seas tan idiota como hasta ahora, no te guardes nada, sea cuál sea el costo que tengas que pagar, ¿entendés? ¿Entendés?” Ese día pensé que los ojos iban a salírsele para afuera, pero ella siempre vivió así. Jamás hubiera concebido otro. Y aquí, en este sucucho perdido en el mundo, donde muy pocos se atreven a caminar, ella era la única que corría. Bueno, Fuentes sí era capaz de seguirle el paso —se corrigió Matías—, pero Martínez, en cambio, siempre fue una sombra al lado de ellos. Siempre los envidió. Por eso me pregunto: trabajando codo a codo con Fuentes y la doctora, ¿cómo aceptaba Martínez sus propias limitaciones?

Bruno levantó la vista con la expectativa de que su compañero respondiera a su propia pregunta.

—Lo que pasa es que Martínez niega la realidad —siguió Matías, que no dejaba de mirar hacia el pasillo—, eso es lo que pasa, ¿y querés saber por qué? Porque no la tolera. Es así de simple. Y entonces, lo único que hace es esconder la realidad bajo la alfombra del inconsciente. Se la pasa barre que te barre. O bien no aguantó más y por eso tomó otras medidas… Quién sabe…

Matías se quedó un rato pensativo, luego miró su reloj y se marchó.

A la siesta, Bruno se ocupó con otro experimento. Quería aprovechar que Florencia, por fin, le había hecho una copia de la llave del depósito.

Contrariando sus planes, Matías ingresó primero. ¿Qué hacía en el cuarto? Bruno no lo sabía. Sin embargo, como su compañero siempre permanecía un buen rato, inventó una excusa y salió del instituto.

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Capítulo 15

Febrero, 2015

Quizás por mi operación, inminente, o porque había recordado o comprendido algo de nuestra época de compañeros, Florencia se mostraba distinta en esta nueva visita.

—Hubiéramos sido buenos amigos —me dijo—. Lástima que antes casi no hablamos entre nosotros.

—¿Quién dijo que yo quería tu amistad?

—¿Qué?

—Solo bromeaba —aclaré—. Pero a mis compañeros no les interesaba tu amistad precisamente. Te lo puedo asegurar.

—¿Ah sí? Contáme.

—No te hagás la que no sabías.

—Contáme —repitió con interés. Evidentemente, una cosa era suponerlo, y otra escucharlo de boca ajena. Ambos sentíamos nostalgia de aquella época. Eso estaba claro, y ese nexo, débil en un principio, comenzaba a fortalecerse.

—Primero estaba el flaco Grandinetti, después José, y también Pedrito.

—¡Estás exagerando! —Florencia se echó hacia atrás en la silla de las visitas. Hizo un gesto vago con la mano, como si no terminara de convencerse.

—Y había más: López y Gorostiaga. ¡Si supieras lo que decía Gorostiaga!

Florencia se río.

—¿Ah sí? ¿Gorostiaga? ¿El sabelotodo?

—Ardía en el infierno, Gorostiaga. No te miento.

Se tentó. De pronto había logrado que se olvidara de Bruno por un instante. Verla así tenía un efecto hipnótico, y, como cualquiera en aquella situación, debí esforzarme para quitarle la vista de encima. Aguardé que terminara su ataque de risa mientras acomodaba las sábanas con exagerada preocupación.

—¿Y vos? —me dijo de pronto.

—¿Yo qué?

— Ya sabés.

—Yo te analizaba. Vos lo dijiste.

—Es verdad. Gracias —me dijo— hacía días que no me reía. Son muchos días sin novedades de Bruno.

Y entonces tuvo lugar un cambio en su ánimo. Volvió a ponerse taciturna. No obstante, aquel preámbulo la llevó a contarme por primera vez cómo había conocido a Bruno: el ingreso bajo la dirección de Martínez, en el peor momento del laboratorio; las disputas con Matías, el becario de Fuentes; y sus propias sospechas, al tiempo que lo iba conociendo. Al principio, con el recaudo apropiado, y luego, desde una distancia demasiado cercana, de límites difusos, de intereses contradictorios.

Habían compartido numerosas horas en situaciones poco convencionales, bajo la influencia del drama acontecido, entre conversaciones de tinte científico, pero que de todas maneras permitían revelar pensamientos personales, que difícilmente podían haber cruzado con otro interlocutor, otra persona capaz de discutir con ellos temas tan poco frecuentes, tan propios del laboratorio, que podían unirlos en un espacio alejado para el resto de sus conocidos, incluso, compartiendo también el gusto por la ciencia.

Sobre aquellas conversaciones, a partir de las indagaciones sobre las ideas de Fuentes, el papel de Martínez y el ataque a la Dra. Mahler, había ido forjándose un vínculo, un lazo invisible, que Florencia, por fin, comenzó a revelarme aquella tarde.

Cuando terminó su relato, se dejó caer exhausta en la silla. Al cabo de unos minutos se incorporó y se marchó. Yo tomé nota cuidadosa de cada detalle. Acaso no volviera a tener otra oportunidad de prestarle mis oídos.

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Capítulo 16

Octubre, 2014

—Pasá por acá —le dijo Eduardo a Bruno, mientras abría una puerta diminuta en el centro de una persiana metálica que cubría toda la fachada de un local comercial—. Esto supo ser un videoclub, pero ese tipo de negocio ya no tiene futuro. Compré el sitio a precio de regalo; nuestras librerías andan muy bien y pienso poner aquí una nueva sucursal.

Caminaron hacia una pequeña mesa ubicada en la parte de atrás. Una bombita eléctrica, solitaria y desnuda, era lo único que iluminaba el lugar. Del antiguo negocio no había quedado prácticamente nada, los anaqueles estaban vacíos. Solo algunos afiches de clásicos del cine colgaban de las paredes, dejando entrever que allí había habido un videoclub.

Una vez sentados, Eduardo se anticipó:

—Mirá… —dijo, mientras agitaba en el aire un artículo científico—. Esta copia estaba encima del escritorio en la oficina de la Dra. Mahler, en el instituto.

—¡Pero ese cuarto está bajo llave! —advirtió Bruno.

—Así es. Solo Lacroze y tu director, el Dr. Martínez, tienen una copia de la llave de la oficina. Yo conseguí entrar con una excusa. Lo interesante es que esta copia tiene una inscripción por demás llamativa:

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Bruno alzo las cejas. Antes de que pudiera opinar, Eduardo continuó:

—Afortunadamente, tengo una librería. “La muerte y sus ventajas” es un libro escrito por Marcelino Cereijido y Fanny Blanck-Cereijido. Lo interesante de esto es que Lacroze y Martínez son los únicos que tienen la llave de su oficina y también suelen visitar la clínica donde está mi padre. ¿Cómo impedir su recuperación? Nada mejor que recordarle un tema perturbador. Por ese motivo le habrán llevado el artículo a la clínica. ¿No te parece?

—No. Mirá lo que encontré en la casa de tus padres.

Bruno le mostró la copia que había visto sobre la mesa de luz en el dormitorio de Matilde.

—¿Cómo puede ser? —Eduardo soltó un chasquido de disgusto.

El Dr. Fuentes conocía el trabajo en cuestión. Así, las implicancias del artículo, en lugar de aclararse, parecían volverse cada vez más confusas.

Eduardo abrió una puerta lateral que daba a una pequeña cocina. Sirvió dos pocillos de café, volvió y depositó uno a cada lado de la mesa.

—“La muerte y sus ventajas” —retomó—, traté de conseguir el libro pero está en falta.  ¿Sabés de qué se trata?

En ese momento se escucharon fuertes golpes en la persiana metálica del comercio. La violencia de los estampidos demostraba la impaciencia de la visita.

—No le prestés atención —dijo Eduardo.

Bruno dirigió una mirada cautelosa hacia la entrada y luego explicó:

—No conozco el libro. Sin embargo, como el artículo científico sugiere que, biológicamente hablando, el cáncer podría existir como un punto de control de la naturaleza para regular la longevidad, parecería que el libro marcha en la misma dirección, por lo menos eso sugiere su título: que para cualquier especie debería tener ventajas el control de la longevidad, biológicamente hablando.

—Entiendo. ¿Pero por qué el artículo apareció en tres lugares distintos? No creo que sea casualidad.

Los golpes en la persiana se escucharon con más fuerza. Daba la impresión de que estaban tratando de levantarla. Eduardo se incorporó. Fue a espiar por las rendijas hacia la calle.

—¡Pero mirá vos! —dijo—. Parece que tenemos visitas…

Bruno se acercó a mirar por su cuenta. De inmediato reconoció de quien se trataba. El rostro que solía ver en los carteles de propaganda política estaba ahora a pocos metros, solo que Lacroze no mostraba la sonrisa que reservaba para las cámaras. El gesto confidente y comprador había sido reemplazado por un rictus amargo e impaciente.

Lacroze aguardaba en el asiento delantero de un mercedes Benz negro, mientras dos de sus guardaespaldas trataban de forzar la entrada del negocio.

Como si lo tuviera sin cuidado, Eduardo le pidió a Bruno que lo acompañara hasta el fondo del negocio. Al llegar al final abrió una puerta que daba a un pequeño depósito, lleno de cajas de películas. Tras atravesar ese espacio, el hijo de Fuentes pasó a un patio de luz donde dejaba dos rottweilers, cada uno de unos 50 kilos. Enseguida los hizo pasar y los llevó hacia el salón principal. Los animales, no bien escucharon los forcejeos en la persiana, corrieron con furia hacia el lugar.

Bruno y Eduardo prefirieron quedarse en el patio de luz, lejos de los ladridos de los animales.

—¿Dónde está la doctora en este momento?

—Nadie lo sabe —dijo Eduardo—. Lacroze no responde preguntas al respecto, pero suponemos que está con él. Ella podría explicar lo que pasó si estuviera en condiciones, pero da la impresión que todos quedaron muy afectados.

—Hoy Martínez apareció con un ojo morado —acotó Bruno.

—Ya lo ves, algo se nos está escapando. Debemos tenerlo enfrente de las narices y no nos damos cuenta. Si entendiera un poco más del tema tal vez lo comprendería. De chico recuerdo que mi padre quería hablarme sobre estas cosas, pero yo lo ignoraba. Estoy convencido de que la discusión que escuchó el técnico de laboratorio tuvo que ver con esto. ¿Pero por qué? Resulta difícil creer que pueda llegarse al punto de la agresión física por una disputa de tipo intelectual. No, acá debe haber algo más.

En ese momento los animales se callaron. El silencio que provenía de la calle dejaba en claro que los guardaespaldas de Lacroze habían cambiado de opinión.

Los perros, babeantes, volvieron y se tendieron satisfechos junto a su dueño.

Bruno y Eduardo caminaron juntos hasta la puerta.

—Una última cosa —dijo Bruno—. Según tu madre, la doctora nunca fue una esposa leal. Uno de sus amantes habría sido un hombre llamado Horacio Larrondo, quizá nos sirva hablar con él.

—Está bien —Eduardo le tendió la mano—. Veré qué puedo hacer.

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Capítulo 17

Febrero, 2015

Ayer tuve que pedirle ayuda a Paula, la enfermera. Le dije que aproxime su rostro al mío, a milímetros de distancia. Necesitaba estudiar sus pupilas, bien de cerca. Ella no colaboró: cruzó los ojos, se puso bizca. Con mucha paciencia conseguí que se quedara quieta. Pero no le duró mucho: “bueno, Mehsen, basta. Tengo cosas que hacer”. “Solo un segundo”, reclamé. Pero no hubo caso. Dio media vuelta y terminó con el asunto.

Al otro día, sin embargo, Paula quiso saber por qué le había pedido ayuda. Entonces le di a leer este fragmento:

“Bruno volvió tarde al laboratorio después del encuentro con Eduardo. Estaba ansioso por entrar al depósito. Florencia, por fin, le había hecho una copia de la llave. Con pasos sigilosos Bruno se aproximó a la puerta. Extrañamente, no estaba cerrada con llave. Cuando ingresó el torso hasta la mitad se llevó una sorpresa. El Dr. Martínez estaba en el interior. Llevaba el guardapolvo desprendido y se había sentado en el viejo pupitre, en dirección a la mancha desvaída que señalaba el sitio donde había caído la doctora. No se movía, absorto en sus pensamientos. Por último osciló la cabeza con aire perplejo, como negando lo que había ocurrido.

Bruno vaciló bajo el marco de la puerta. Solo entonces su director pareció despabilarse. Se incorporó y salió con aire extraviado.

Tras cerrar la puerta, Bruno actuó con celeridad. El pupitre le sirvió de sostén. Los cuadernos fueron pasando rápidamente por sus manos, uno detrás de otro, como si fuera un bibliotecario avezado. Recién se detuvo cuando encontró una hoja suelta intercalada a la mitad de un viejo cuaderno. Cuando estaba por revisarla, Florencia ingresó al cuarto. Ella fue directamente hacia él.

—¿Encontraste algo?

—Todavía no.

—¿Qué tenés ahí? ¿Puedo ver? —Florencia tomó el cuaderno. Antes de revisarlo, se quedó un instante estudiando la reacción de Bruno.

Fue solo eso, un segundo, pero bastó para que se esfumara esa distancia prudencial que, habitualmente, se mantiene entre dos personas que no tienen un vínculo familiar o íntimo. Para Bruno, varios detalles surgieron en su máximo esplendor, detalles que parecían aflorar desde un plano antes invisible, un plano normalmente velado, pero que sin embargo estaba ahí, latente, en un nivel accesible únicamente desde la corta distancia. Había allí unas diminutas pecas de Florencia que desde lejos no se notaban; también podía apreciarse la sutil curvatura de sus pestañas, y hasta se veía el fondo de los hoyuelos que se le marcaban cuando reía. Bruno pasó la vista por todo eso y se detuvo, por fin, en los ojos claros de Florencia, dos mandalas mínimos pero exuberantes, que le devolvían la mirada como un espejo.

Bruno nunca supo, realmente, cuánto tiempo estuvo detenido en ese instante de contemplación, cuánto demoraron en zanjar la estrecha distancia que los separaba. Sin embargo, un momento más tarde, todo ocurrió en simultáneo: Bruno retrocedió un paso, Florencia se sentó en el pupitre, y Martínez abrió la puerta.

Antes de que el director de Bruno le explicara lo que necesitaba, Florencia se lo dijo. Martínez le pidió entonces que lo acompañe y abandonaron juntos el cuarto.

Por su parte, Bruno no quiso quedarse solo. También salió, pero, esta vez, aprovechó a llevarse el cuaderno”.

Continuar  capítulo 18


[1] Ruggiero, R. A. y Bustuoabad, O.D. (2006). The biological sense of cancer: a hypothesis. Theoretical Biology and Medical Modelling, 3:43.

 

Sexta parte, Punto de inflexión

Capítulo 34

 

Octubre, 2014

El tiempo parecía no haber transcurrido desde la visita anterior de Bruno a la mujer de Fuentes. Después de servir el té, Matilde tomó asiento. Comenzó a tejer con parsimonia mientras aguardaba a que Bruno le explicara el motivo de su nueva visita.

—Usted me dijo que, con el tiempo, las reuniones entre los tres se volvieron cada vez más esporádicas, ¿no es así?

—Así es. Ya le comenté que el Dr. Lacroze vino una sola vez a esta casa.

—¿Es decir, entonces, que usted no volvió a ver a la doctora?

—No. Recuerde, además, que ella trabajó muchos años en la universidad. Recién ahora volvió al instituto.

—¿Entonces, no habló más con ella? ¿Está completamente segura?

—En realidad… —Matilde vaciló—, ahora que lo menciona, una vez volví a hablar con ella.

—¿Hace mucho?

—Sí. Fue hace muchos años. Ella vino a visitarme mientras mi marido trabajaba… —Matilde se quedó callada.

Bruno dejó la taza de té sobre una mesa ratona que tenía enfrente.

—¿Y cuál fue el motivo?

La mujer de Fuentes lo miró por encima de los lentes. Dejó las agujas sobre la mesa. Se alisó la falda de la pollera.

—Me quiso convencer de que mi marido y ella habían tenido algo.

—¿Y usted le creyó?

—¡Por supuesto que no! ¡Faltaría más! Siempre confié en mi marido.

—¿Qué le dijo la doctora?

Matilde miró hacia el suelo sin responder.

—Está bien. No importa. Pero usted no le creyó.

—¡Claro que no! Recién habíamos adoptado a nuestro hijo.

El ruido estridente del timbre hizo que Bruno pegara un salto.

—Es un sonido horrible —se excusó Matilde, poniéndose de pie. Descorrió la mirilla de la puerta.

—Es una chica joven…

Desde el otro lado de la puerta se escuchó que alguien gritaba.

—¡Abrí, Bruno! —gritó Florencia—. Matías sabe que te reunís con Eduardo; de hecho, mañana mismo piensa contárselo a Martínez. Vine a avisarte porque solo te queda esta noche, ¿qué pensás hacer?

Abrieron. Mientras Florencia se presentaba ante Matilde, Bruno volvió al sillón.

—Convengamos que no es difícil seguir tus pasos —explicó Florencia—. Siempre supe que entraste al laboratorio con otra finalidad, que no te interesa el doctorado.

—¿Cómo me encontraste?

—El lunes pasado te seguí. Y tampoco era la única, te aviso.

—¿Vos no colaborás con Lacroze? La otra noche vi un mensaje en tu celular.

Matilde los miraba alternadamente.

—Lacroze me tiene harta, quiere saber si Martínez estuvo en el laboratorio cuando atacaron a su esposa. Jamás le contesté. No tengo idea de cómo consiguió mi número. Lacroze se contactó con cada uno de los involucrados porque tiene a Martínez entre ceja y ceja. Está convencido de que perseguía a su mujer. ¿Me crees?

Mientras Bruno reflexionaba, Matilde se marchó a la cocina. Florencia aprovechó para aclarar:

—Además, ya te dije que yo creo que Fuentes es inocente. Tenía la esperanza de que vos aportaras algo. Por eso te ayudé.

—¿Me ayudaste?

—Claro, yo te llevé al depósito. Quería que encontraras la foto de la doctora embarazada. Hasta te señalé los cuadernos. ¿No te acordás? Como tenés que preparar un seminario sobre el cáncer, agregué artículos científicos sobre teorías poco conocidas para que te llamaran la atención.

—¿Vos agregaste las notas?

—Lo hice para que te detengas en esos lugares y veas la foto. Incluso, te di una copia de la llave. La primera vez entró Matías y te dejaste el cuaderno; la segunda, vi que te lo llevaste. Supongo que habrás encontrado la foto.

—¿Entonces vos sabías de eso?

—Sí. Comprendí que era un dato clave. Martínez siempre los envidió. Siempre estuvo obsesionado con la doctora. Sin embargo, él nunca fue correspondido. Ella solo tenía ojos para Fuentes. Ese embarazo era lo que más anhelaba. Esto me lo contó ella misma, en cuanto notó que yo me había dado cuenta, que sabía su secreto —Florencia hablaba susurrando, cuidándose de que Matilde no la escuchara—. Pero el tiempo se termina. El doctor está devastado. Fue él quien golpeó a Martínez en la clínica. Lo vi yo misma. Gracias a la seguridad no pasó a mayores. Seguro que Martínez omitió el asunto porque no le conviene llamar la atención.

Bruno caminó por el living, indeciso. Su celular le avisó de la llegada de un mensaje. Era Eduardo. Le refería la última noticia. Fuentes estaba fuera de sí. Un ataque de rabia lo había llevado a destruir el escritorio de su cuarto, en la clínica. Algo grave se estaba gestando por esas horas. Eduardo lo exhortó a que volviera a su casa con urgencia.

—¡Fuentes está nervioso! —Justificó Florencia—. Te lo dije, es porque Martínez lo visita invariablemente todos los martes. ¡Mañana es martes! Sabe que tendrá visitas.

—Es verdad —acotó Matilde, que volvía de la cocina—, antes del ataque a la doctora venía por aquí todos los martes.

—¿Vos no estabas dentro del laboratorio cuando agredieron a la doctora?

—Sí, pero no tuve nada que ver. Al escuchar los gritos salí a buscar ayuda. Fue horrible. Cuando volví al laboratorio, el piso estaba lleno de curiosos, había gente de todo el instituto. No sospecharás que yo tuve algo que ver, ¿no?

—No.

—¿Y entonces? Dale, decime lo qué pensás.

Intercambiaron miradas.

Matilde volvió a escabullirse hacia la cocina. Bruno se cruzó de brazos.

Yo lo conozco bien —dijo Florencia—. Fuentes es incapaz de una acción de ese tipo.

Permanecieron en silencio, hasta que Bruno recibió otro mensaje de texto.

—¿Y ahora qué pasa? —Preguntó Florencia.

—Fuentes acaba de decir que Martínez estaba en el laboratorio cuando atacaron a la doctora. No se había marchado. Ahora se sabe que mintió.

—Entonces —dijo Florencia, como pensando en voz alta—, todavía es posible que haya sido Martínez…

Matilde comenzó a golpear una olla en la cocina. Florencia fue a calmarla. Después aprovechó a pasar al baño. Por su parte, Bruno permaneció pensativo, caminando de ida y vuelta por el living.

Cuando Florencia volvió, Bruno le dijo:

—Tengo que ir al instituto.

—¿Ahora?

—Sí.

—Te llevo —dijo ella—. ¿A qué vas?

—No te conviene involucrarte.

—Dale, no perdamos el tiempo. Tengo el auto en la puerta.

Bruno no rechazó la ayuda. Ya conocía a Florencia lo suficiente como para saber que no lo dejaría marcharse solo. Ambos se despidieron de Matilde, le pidieron su número de teléfono y le prometieron comunicarse si tenían novedades.


Capítulo 35

Octubre, 2014

Cuando llegaron al instituto, Bruno y Florencia pidieron las llaves y firmaron una planilla de registro. El guardia los observó con curiosidad. Ambos lo conocían y se cuidaron de evitar su mirada maliciosa.

El edificio estaba a oscuras. Con el fin de economizar gastos, muy pocas luces permanecían encendidas. Ingresaron al laboratorio por la cocina. Al atravesar el pasillo los recibió el barullo de los ratones en sus jaulas. Pese a que Bruno ya había entrado de noche, la intensidad del ruido seguía sorprendiéndolo.

Fueron directo al despacho de Martínez. Tras abrirlo, encendieron las luces. Bruno buscó guantes de laboratorio. Se los puso y luego comenzó a retirar uno a uno los cajones del escritorio de Martínez.

—¿Cuándo me vas a decir qué buscamos? —Preguntó Florencia, cruzada de brazos.

Del fondo del último cajón, Bruno sacó una hoja cuadriculada, estaba plegada numerosas veces al punto de quedar reducida a un pequeño rectángulo de papel.

—¡Tiene sangre! —señaló Florencia.

Cuando Bruno extendió la hoja, Florencia ya se había acercado. Leyeron los dos juntos. En un gesto automático ella se tapó la boca con una mano. Tuvieron que sentarse. Florencia recurrió al sillón de Martínez. Bruno rodeó el escritorio hasta la silla que solía usar en las reuniones con su director. Quedaron enfrentados, sumidos en un mutismo absoluto. Recién cuando recuperaron un poco la compostura, Florencia advirtió:

—Salgamos de esta oficina, puede pasar el guardia haciendo la ronda. No sería bueno que nos encuentre acá.

—Da lo mismo —opinó Bruno—, de todas formas, mañana se termina todo. Cuando Matías hable con Martínez, seguro me echa.

—¿Matías? ¡Matías vive en una nube de ego! Y, además, te digo algo, está a punto de dejar el laboratorio.

—¿Se va?

—Sí. Se cambia a una empresa de monitoreo clínico. Se cansó de leer y escribir artículos científicos. Yo solo quería presionarte porque, como te dije, mañana es martes; y los martes Martínez visita a Fuentes.

—¿Entonces, Matías no sabe nada?

—¿Qué te acabo de decir? —Florencia volvió los cajones a su lugar—. Además, como Matías deja el laboratorio, no va a asistir al congreso que hay este año. Martínez me dijo que te pregunte si querés reemplazarlo. El hotel está pago.

Bruno levantó las cejas, sorprendido.

—Hoy miré tus ratones —acotó Florencia—, parecen estar algo mejor con el tratamiento que probaste. Es una buena línea para seguir, ¿no te parece?

Bruno guardó la hoja en un folio transparente y luego tomó prestada una mochila en desuso que había en un costado. Mientras Florencia cerraba el despacho de Martínez, Bruno cayó en la cuenta de que llevaba varios días sin revisar sus animales. Caminó por el pasillo en penumbras hasta el cuarto de experimentación, donde mantenía sus animales bajo estudio. Allí observó las cajas. Comparó los ratones de manera superficial. Aunque tenía que aguardar un tiempo prudencial para estar seguro, el tratamiento daba la impresión de estar funcionado. Era un buen indicio.

Cuando salieron a la calle, Bruno sacó el celular. Llamó a Eduardo, que aceptó recibirlo si tenía novedades. Florencia se ofreció a llevarlo hasta la casa del hijo de Fuentes. Sin embargo, Bruno prefirió que lo alcanzara hasta la casa de Matías.

El tránsito, como siempre, era caótico. Florencia tuvo que aminorar la marcha. Realizaron gran parte del trayecto en silencio. El rumor del coche apenas se escuchaba. Las luces de la avenida desfilaban a los costados.

De pronto Bruno recordó algo:

—Me dijiste que Fuentes te comentó algo más, poco tiempo antes de la agresión a la doctora.

—Cierto. ¿En qué habíamos quedado?

—Quedamos en que Fuentes estaba preocupado por su hipótesis, la posibilidad de que el desarrollo inconsciente de enfermedades pudiera estar relacionado con comportamientos nocivos que predisponen al cáncer. Además, me mostraste un libro que describe muchos casos en que la muerte de los individuos que han pasado la edad reproductiva constituye una ventaja para una especie.

—Es verdad. Esto llevó al doctor a continuar indagando en el tema, hasta que, en un punto, se convenció de un detalle crucial: si bien la muerte de los individuos más longevos podría ser ventajoso para una especie, esto en realidad no es así para los seres humanos, ya que seríamos un caso especial.

—¿Justo un caso especial? ¿A qué te referís?

—El Doctor se dio cuenta de que estaba omitiendo algo muy importante —Florencia hizo una pausa antes de aclarar—: Fuentes averiguó que, a diferencia de las demás especies, las mujeres humanas son las únicas que tienen una larga vida después de la menopausia.

—Eso es totalmente nuevo para mí. ¿Ni siquiera las monas viven luego de la menopausia?

—¡Claro! ¿Qué te acabo de decir? Por eso es tan notorio, ninguna otra especie vive demasiado luego de su edad reproductiva. Este hecho sugiere que esa ventana de tiempo no existe por una falla en la aparición de enfermedades asociadas a la vejez, entre ellas el cáncer, sino que se debe a otra causa, a que esos años de vida otorgan en realidad una ventaja evolutiva a la especie.

—Es interesante, sin duda, ¿pero hay alguna explicación científica al respecto?

—Se han planteado, por lo menos, dos propuestas para explicar cómo podría haberse seleccionado ese rasgo tan particular. En un enfoque, se ha sugerido la importancia capital de un cambio en la alimentación[1]; en el otro, en base a una teoría conocida como la hipótesis de la abuela[2], se sostiene que la ayuda de las abuelas en el criado de sus nietos habría sido vital para que las madres pudieran tener más hijos. De este modo, hace 30000 años, el número de abuelos habría comenzado a aumentar de manera notable, y muy poco tiempo después se habría producido un incremento significativo de las expresiones artísticas, la producción de comida y la creación de herramientas cada vez más sofisticadas[3]. De lo que se deduce que, en el caso exclusivo de los seres humanos, las personas mayores aportarían múltiples ventajas, como estabilidad a una familia, sabiduría, cultura y arte a la sociedad, entre muchas otras cosas.

—Es cierto. Seguí.

—Aunque esas teorías están en discusión, de todas maneras, Fuentes tomó consciencia de un hecho insoslayable: la esperanza de vida de los seres humanos aumentó desde la prehistoria. Este es un dato no menor. Pese al cáncer y a otras enfermedades, el ser humano comenzó a vivir cada vez más, incluso, mucho antes de los avances médicos con los que se cuenta en la actualidad. ¿Te das cuenta de lo que esto podría significar?

—No. Todavía no.

—Para Fuentes y para mí, significa que, de un modo u otro, el ser humano no solo es diferente al resto de las especies en que tiene consciencia: hay algo más: para el ser humano, la muerte de los individuos que han pasado la edad reproductiva ya no constituiría una ventaja. Y esto, en otras palabras, también significaría que los seres humanos no quieren morir. Quieren vivir más y mejor.

—¿Pero, entonces, en que queda lo del desarrollo inconsciente de enfermedades?

—Por ahora es un tema de estudio. Aunque por estos días el Doctor reniega de pensar en este asunto, lo que yo presumo que concluyó es lo siguiente: durante gran parte de la evolución, para los antepasados del ser humano, la muerte de los individuos que sobrepasaban la edad reproductiva era una ventaja, al igual que para el resto de las especies; por lo tanto, su genética estaba programada como todas, para envejecer y morir, e hipotéticamente, para desarrollar enfermedades a partir de situaciones depresivas o de soledad, que típicamente podían sentir los individuos más longevos, acaso en algún momento de la evolución; todo con la finalidad de que los individuos no superasen demasiado la edad reproductiva. Ese periodo habría durado millones de años, hasta que llegó un punto en el que el Hombre primitivo comenzó a transformar el hábitat para su beneficio, generando cultura, arte, ciencia y tecnología. Fue a partir de ese momento cuando comenzó a vivir más, porque la muerte de los organismos ancianos tiene ventajas en un ámbito hostil, donde hay competencia y escasez de alimentos, pero deja de serlo cuando se alcanza un mayor control del hábitat. Dicho de otro modo, la muerte dejaría de ser una ventaja adaptativa cuando el medio ambiente no impone una competencia que exija ese recurso extremo.

—¿De verdad Fuentes pensó esto? ¿Qué queremos vivir más y mejor?

—¡Efectivamente!

—Pero la última vez que estuve con él me dijo cosas muy distintas.

—Porque el vínculo con la doctora lo dejó muy maltrecho. Colectivamente, todos empujamos para vivir más, pero la genética de cada persona es exclusiva, y únicas son también las circunstancias que a cada uno le toca sobrellevar. De todos modos, al igual que antes, no debe olvidarse que en este aspecto Fuentes aún se maneja en el terreno de las hipótesis. Fíjate en la guantera, ahí hay un esquema que hicimos con el doctor. Allí representamos su última visión sobre el conocimiento que existe en la actualidad.

Bruno revolvió en la gaveta. Finalmente lo encontró:

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—Mirá —empezó Florencia—, el consenso actual indica que el factor más influyente en la predisposición al cáncer es sin dudas el envejecimiento; se requieren muchos años para que se acumulen las mutaciones necesarias en los genes que regulan el ciclo celular y en varios tipos más de genes. Luego, la vejez se correlaciona también con la pérdida de funcionalidad del sistema inmune y del gen p53[4] [5], lo cual también predispone al cáncer, ya que ambos tienen un rol clave en la restricción del crecimiento tumoral. Por último, las personas al envejecer van modificando los hábitos y el comportamiento, lo cual también puede incidir en la generación de mutaciones aleatorias en genes importantes, a través de, por ejemplo, el tabaco, el alcohol y el tipo de alimentación; todo lo cual explicaría por qué la incidencia del cáncer es máxima en la vejez. Y esto, por supuesto, cuando no hay un determinante genético, como una mutación heredada; o bien, que se esté en presencia de un compuesto químico cancerígeno en el ambiente, lo cual puede llevar a la aparición de un cáncer por accidente en una persona joven.

—¿Y eso del desarrollo de enfermedades de forma inconsciente?

—Eso es lo que está en estudio. Hay bastante evidencia de que una depresión emotiva afecta la función del sistema inmune, lo cual indirectamente permitiría la expansión de células tumorales. Con respecto al comportamiento, en cambio, si bien existe un vínculo implícito con la psique, aquí nadamos en aguas desconocidas, por lo menos, por ahora. Eso es lo que Fuentes se proponía estudiar antes de quedar envuelto en el escándalo reciente.

—De verdad se ha avanzado mucho en la comprensión del cáncer.

—¿Mucho? —Florencia tomó aire antes de continuar—: eso es poco decir, a comienzos del siglo pasado las posibilidades de curación eran nulas. Hoy en día, vos debés saberlo, en promedio ya se cura alrededor de la mitad de las personas con esta enfermedad. No es el esfuerzo de unos pocos, son miles los científicos, médicos, enfermeros, técnicos, que están en esta lucha. Para las nuevas generaciones el cáncer no será visto como un tabú, como algo que ni siquiera puede mencionarse, sino que será una enfermedad más entre tantas, que en la mayoría de los casos se curará, y que muchas otras veces se convertirá en algo crónico, de lo cual uno debe cuidarse.

Llegaron entonces a la esquina del departamento de Matías. Florencia buscó un lugar y aparcó el coche. Cuando apagó el motor, el peso del silencio se hizo evidente. La cuadra estaba prácticamente a oscuras. Había un único farol del alumbrado público que funcionaba, pero titilaba con un zumbido que anticipaba el cortocircuito.

—¿Vos le avisás a Matilde? —Preguntó Bruno.

—Sí.

—No vayas a la casa. Llamala por teléfono.

—Sí. Quedate tranquilo —Florencia jugaba con la llave del coche.

Ambos miraban hacia delante, en silencio. Como era previsible, el último foco se rindió. La cuadra entera quedó sumida en la oscuridad.

—Bajo solo —avisó Bruno.

—Está bien. ¿Te espero?

—No. Después tomo un taxi. No te preocupes —Bruno abrió la puerta del coche—, eso sí, no te acuestes temprano.


Capítulo 36

Febrero, 2015

Florencia me había llamado, por fin, a principio del mes, por la tarde. La noté claramente nerviosa, agitada, con un timbre de voz agudo que jamás le había escuchado. Entre frases entrecortadas me preguntó si sabía algo de su compañero, de Bruno, que no había vuelto a llamarla. La verdad era que, al teléfono, Florencia sonaba verdaderamente frágil y angustiada, lo cual era sumamente inusual en ella. Su momento de debilidad me había envalentonado. Quizá no tuviera otra posibilidad para conseguir su ayuda. Le insistí enfáticamente en que no podía quedarse de brazos cruzados, ella más que nadie tenía la obligación de hacer algo por su compañero, por más que él le hubiera ordenado lo contrario. Al menos debía contar el papel que había desempeñado en el esclarecimiento del ataque a la Dra. Mahler. El tiempo era crucial, urgía que nos juntáramos para evaluar alternativas. Ante su silencio, pleno de dudas, llegué a asegurar que yo disponía de algunos contactos en la prensa y que si me aguardaba unos minutos podía hacer algunas llamadas.

Por supuesto, no iba a comunicarme con nadie. Aguardé unos minutos y volví a llamarla. Mentí sin reparos. Solo con mucho esfuerzo la persuadí de que me recibiera en su casa. Una vez que estuvimos sentados a la mesa, en su amplio living, jugué mi única carta, mi as bajo la manga: que yo había estado en el hospital junto con Bruno y con Larrondo. Eso no lo esperaba. La desconcertó que yo supiera que la doctora había perdido un embarazo. Fue todo un triunfo. Esta información la hizo recapacitar, fue el empujón que la llevó a visitarme luego en el hospital. Incluso, una tarde me llevó el cassette VHS, para que conociera a los doctores en su juventud. De ese modo obtuve su ayuda y gran parte de la información que me permitió llevar adelante esta especie de crónica incompleta. Ahora ya le he entregado una copia a Paula para que, si yo no puedo, sea ella quien se encargue de difundirla. Por precaución de lo que pueda sucederme. “No es necesario, quédate tranquilo”, me dijo Paula. “Por las dudas…”, insistí yo.

Dicho esto, los enfermeros vinieron a buscarme, incluso, un poco antes de lo programado. Me pasaron a una camilla y enseguida comencé el trayecto al quirófano.


Capítulo 37

Octubre, 2014

Bruno pagó el taxi que lo había llevado desde la casa de Matías hasta la de Eduardo. Descendió de prisa y tocó el portero eléctrico. Sabía que llegaba con bastante demora. Eduardo abrió la puerta con una mano, mientras sostenía el celular con la otra. Discutía por teléfono. Le hizo gestos a Bruno para que pase y tome asiento en el living.

En vez de sentarse, Bruno prefirió dar una vuelta para familiarizarse con el ambiente. Fue hacia la izquierda y se aproximó a una gran biblioteca de roble que tenía la mayor parte de los libros favoritos de Eduardo.

Mientras Bruno husmeaba los títulos, el hijo de Fuentes terminó la comunicación.

—Sedaron a mi padre. Estoy saliendo para la clínica. Si tenés novedades, podés contarme por el camino.

Sin aguardar por una respuesta, Eduardo buscó las llaves del coche y se dirigió a la salida. Recién en el interior del Audi, Bruno le comentó:

—Cuando recibí tu mensaje, empecé a entender lo que pasó. La doctora, en algún momento, planeó morir en el depósito.

—¿Escuché bien? —Eduardo ni siquiera había encendido el motor—. ¿Podés explicarte mejor?

—Tus hipótesis no estaban erradas. Existía un vínculo entre el tema de investigación de los doctores y lo que sucedió.  Y mucho tuvo que ver el pasado en el desenlace, porque la doctora, claramente perturbada, fue quien planeó la escena, con el fin de poner a tu padre en una situación comprometida, de no retorno. Un punto de inflexión entre el pasado y el futuro.

—¿Martínez no tuvo relación con los hechos?

—No. La doctora se las ingenió para llamar a tu padre al depósito para hablar a solas.

—¿Entonces es así? —Recapacitó Eduardo—, ¿me estás diciendo que mi padre atacó a la doctora?

Mientras hablaba, El hijo de Fuentes giró la llave y arrancó el Audi. Los neumáticos chirriaron y en un instante se incorporaron a la parte central de la calzada. En el apuro, Eduardo ni siquiera encendió las luces.

—Esperá. Tu padre no la agredió —aclaró Bruno—. Intentó persuadirla para que la situación no pasara a mayores, aunque es evidente que no lo consiguió.

Eduardo aceleró aún más para pasar un semáforo en amarillo. Bruno miró la aguja del velocímetro y comprobó lo que temía, el coche avanzaba a más de sesenta kilómetros por hora. Se colocó el cinturón de seguridad.

—Mientras estábamos en la casa de tus padres —explicó Bruno—, y todo sugería que Fuentes era el responsable, Florencia buscó una alternativa. Ella pensó que Martínez podía estar detrás de lo ocurrido, planeándolo con alguna intencionalidad. Esto me dio el pie para pensar que si alguien estaba detrás de lo ocurrido de forma premeditada, era la doctora la que tenía el perfil más propicio para llevar adelante una acción de ese tipo. Ella era la que estaba perdiendo la cordura, la que tiene una personalidad especial: es espontánea, impredecible, capaz de generar una situación de no retorno. Ni tu padre ni Martínez parecían capaces de llegar al punto de la violencia física.  Todo coincidía mejor si la doctora había tenido algún tipo de participación. Además, cómo vos descubriste en la mansión de Lacroze, ella también había revisado el libro de “La muerte y sus ventajas”, poco tiempo atrás. Conocía el tema de investigación de Fuentes. Este no es un dato menor. Pensé que su visita a Larrondo podría haber sido una suerte de despedida, de acuerdo a lo que podría suceder. ¿Me seguís?

Eduardo frenó en un pequeño lugar que quedaba libre en una ochava. Para desconcierto de Bruno, ya habían llegado a la clínica.

Un enfermero estaba esperándolos; abrió la puerta apenas ellos descendieron del vehículo. Eduardo intercambió un par de palabras y los condujeron hasta una sala de espera. Un médico se hallaba en ese momento con el Dr. Fuentes.

—Ya no sé qué pensar —dijo Eduardo, mientras iba y venía cruzado de brazos por la sala—. ¿Y entonces? Continuá.

—Entonces, cuando me contaste que tu padre había destruido el escritorio de esta clínica, recordé que las personas con amnesia pueden tener reacciones exageradas, sobre todo, cuando enfrentan situaciones similares a las que les provocaron el trauma.

—¿Ahora sos psicólogo?

—He pasado muchas horas en internet.

—Está bien, seguí.

—Según Florencia, tu padre sabe que Martínez vendrá mañana, que precisamente es martes. Las últimas veces han discutido de muy mala manera. Ese es el motivo por el cual estaría nervioso. Como esta noche rompió el escritorio de este lugar, conjeturé que debió asociarlo con otro, uno que sí desearía romper, alguno del laboratorio. Además, recordé que una tarde, cuando Florencia le regaló un papel con una poesía, el doctor huyó sin leerla. Supuse, entonces, que un papel importante podía estar oculto en algún escritorio del instituto.

—Una asociación interesante. No cabe duda. Ahora bien, vos me decís que mi padre no atacó a la doctora. Supongamos que te lo concedo; de todas maneras, ¿cómo lo pruebo? ¿Te das cuenta? Ese es el problema. ¿Tenés alguna evidencia concreta de tus especulaciones?

—A decir verdad, sí —Bruno extrajo el folio que había guardado en la mochila—. En primer lugar, ella redactó una carta.

—¿Esa hoja es una carta de la doctora?

—Así es. Es la carta de puño y letra de una persona que considera quitarse la vida.

—¡Por favor, sigo sin entender nada! ¿Entonces, por qué mi padre ocultaría una prueba así?

—Por el contenido de la carta. Y, además, porque cuando tu padre la tuvo en su poder, ya había perdido los cabales. No es necesario que la leas.

—Es mi padre. Quiero conocer la verdad.

De pronto se oyeron gritos de Fuentes. Eduardo jamás lo había escuchado vociferar en esos términos. Dos enfermeros pasaron corriendo por la sala de espera hacia el consultorio donde se encontraba el doctor.

Eduardo leyó la carta de un tirón. Al llegar al final, la arrojó con bronca sobre una de las sillas de la sala.

Allí la doctora lo revelaba todo. La juventud vital y llena de ilusiones. La ansiedad con que aguardaba los encuentros furtivos con Fuentes, las esperanzas marchitándose de a poco, y, por último, las amargas desilusiones, que se sucedían una y otra vez. Ella incluso había quedado embarazada. Fuentes hubiera sido el padre del bebé que perdió. Lucía Mahler toleró todo con paciencia, durante muchos años. Incluso fue capaz de mantener el secreto. Pero ese bebé fue su límite. Una vida se había perdido. Aquella joven llena de vitalidad se convirtió, de la noche a la mañana, en un ser triste y maltrecho. Abandonó el instituto y se fue a la universidad, con la esperanza de olvidar lo ocurrido. Pasaron los años, años grises en una especie de destierro, atenazada en un matrimonio falso y forzado con Lacroze. Hasta que, de algún modo, se enteró del súbito interés de Fuentes por la psicología. La tristeza entonces se transformó en odio. De pronto se convenció de que Fuentes se había inspirado en ella al fijar su atención en la psicología. Creyó que su figura derrumbada había alimentado su interés. Ella, no solo no había tenido hijos, sino que había perdido uno. La doctora se había convencido de que Fuentes trataba de elaborar una nueva teoría inspirándose en ella; y eso no iba a dejárselo pasar. A partir de entonces surgieron sus planes de retorno, solo para confrontar con Fuentes. Con la influencia de Lacroze lo consiguió; y así cada día de trabajo se volvió un calvario. En el instituto comenzaron a correr rumores de que la Dra. Mahler había perdido la cordura. Los gritos y las discusiones se volvieron habituales. Cada día era peor que el anterior. La doctora se volvió cada vez más agresiva, cada vez más irascible, cada vez más irracional, y toda esa violencia acumulada terminó en  el conocido desenlace turbulento.

—Entonces, ya no quedan dudas —dijo Eduardo—. Mi padre, que en realidad me adoptó, hubiera sido el padre biológico del bebé que perdió la doctora.

—Así es. Lo siento —atinó a decir Bruno—. Es increíble como el interés de Fuentes terminó influenciando el desenlace de los hechos. Si la doctora no se hubiera enterado de esos pensamientos, tal vez, jamás hubiera vuelto.

—Entonces, ahora todo cierra —reflexionó Eduardo, en voz alta—. Intentemos imaginar lo que mi padre pudo haber vivido aquella tarde. Primero, la doctora lo lleva al depósito y le realiza todo tipo de reclamos, desde el pasado hasta la fecha. Consciente de su turbación, él intenta salir del depósito, pero ella de algún modo consigue retenerlo. La discusión deriva en el tema de investigación de mi padre, tal como escuchó un técnico de laboratorio. Luego, la situación se desmadra; ella amenaza con quitarse la vida y saca esta carta, donde descarga todo el resentimiento acumulado durante años. Ella explica entonces que va a matarse y que él es el culpable. Mi padre trata de hacerla recapacitar. No lo consigue. Falla. Forcejean. Ella lo rasguña, lo golpea en la frente, luego saca de pronto un cuchillo y se desploma en el piso.

—Esperá, aún falta algo.

—¿Qué cosa? Todo resulta claro. Mientras la doctora yace en el suelo, mi padre toma conciencia de que la situación se ha vuelto irreversible. Ya fuera de sí, observa la carta. Comprende que la doctora lo hace responsable de lo ocurrido. Para colmo —continúa Eduardo—, Martínez estaba en el laboratorio, como vos bien dijiste. Él, al escuchar los gritos, se aproximó al cuarto. La puerta todavía no tenía llave. Si algo le faltaba a mi padre, era que Martínez lo hallara en esa escena casi irreal, junto al cuerpo malherido de la doctora —Eduardo tomó aire—: entonces, si Martínez efectivamente los vio, no sería extraño que mi padre haya perdido la cordura, y fuera de sí, haya huido para esconder la carta, inmerso ya en el complejo cuadro de la amnesia que aún lo aqueja. Martínez, absolutamente desconcertado, ni siquiera habría tratado de evaluar la escena, también en estado de conmoción prefirió marcharse de prisa, para no declarar en contra de quien aún considera su amigo. Un gran gesto. Para tener una coartada, firma la planilla de salida algunos minutos más temprano de la hora real. Luego de esto mi padre habría vuelto al cuarto para encerrarse, dejando sangre de la doctora en el picaporte. Y ya bajo una crisis absoluta, habría aferrado el cuchillo, tratando de ayudar a la doctora. Y una última cosa —finalizó Eduardo—, es muy probable que Martínez nunca haya visto esta carta. Por eso, y muy a su pesar, debe estar convencido de que mi padre atacó a la doctora.

—Así es —convino Bruno—. De hecho, puede que le reprochara su acción en privado. Sé, por Florencia, que fue tu padre quien golpeó a Martínez. Ella misma lo vio.

—Entonces, de verdad que todo cierra —resumió Eduardo—. Pero ahora sabemos que la doctora trataba de quitarse la vida. Podemos argumentar, incluso, que mi padre trató de auxiliarla.

—Esperá, Eduardo. Esperá. La doctora no intentó quitarse la vida —aclaró Bruno.

El hijo de Fuentes lo miró con aire extraño.

—¡Por favor! ¿Cómo qué no? ¿No estuviste de acuerdo en todo lo que dije?

De pronto se escuchó el sonido de una ambulancia que se aproximaba a la clínica. Los médicos bajaron una camilla y pasaron corriendo por el mismo camino que los enfermeros habían transitado minutos antes. Fuentes estaba teniendo un infarto.

Eduardo quiso ingresar al cuarto donde intentaban reanimar a su padre, pero lo sacaron por la fuerza. Permanecieron en silencio, caminando de un lado al otro de la sala. Finalmente, un médico les comunicó que Fuentes estaba bien, pero todavía no podían entrar a verlo.

—¡Bueno, explicate de una vez! —dijo Eduardo, cuando el médico se marchó.

—Todas tus conclusiones fueron correctas —reconoció Bruno—, eso es cierto, excepto, por un solo hecho: la doctora no trató de quitarse la vida.

 —¿Qué decís? ¡Acabas de traerme la carta que escribió!

—Sí. Pero esa era solo la primera prueba para demostrar que tu padre no la agredió. Vos me interrumpiste. A pesar de la carta, ella fue atacada.

—¿Entonces sí trataron de matarla? —Eduardo parecía a punto de perder la paciencia—. ¡Cómo puede ser!

—Todo lo que dijiste es correcto, y, como te mencioné, la doctora escribió las notas con la oscura finalidad de amenazar a tu padre con quitarse la vida.

—Está bien, ¡está bien! Supongamos que estás en lo cierto, según tu opinión, ¿quién la atacó?

—Matías.

—¿Matías?

—Sí. Luego de la terrible discusión que mantuvieron, y de que ella lo amenazara, tu padre consiguió que ella entendiera que no tenía nada que ver con sus pensamientos. Incluso, puede que le haya puesto al corriente sobre su visión final, basada en que el ser humano quiere vivir cada vez más. Cuando ella se calmó, tu padre decidió salir del depósito para poner punto final al asunto. No obstante, Matías, que andaba merodeando, lo vio abandonar el cuarto y entró a ver qué ocurría. Encontró a la doctora desahuciada. Matías comprendió que su situación era irrepetible. Ella estaba de espaldas, con un cuchillo en una mano y la carta sobre su suicidio en la otra. La escena estaba servida. La doctora ni siquiera podría reconocerlo. Matías palpó los guantes en su guardapolvo y fue entonces cuando tuvo la idea. Lo único que debía hacer, era ayudarla a cumplir con lo que ella se había propuesto, ¿entendés?

Eduardo se mantenía en silencio. Bruno continuó:

—A Matías, tratar de matarla le llevó apenas un minuto. Salió raudamente del cuarto y del laboratorio, de manera que lo vieran en otros pisos. Creyó que todo le había salido perfecto. Recién más tarde se enteró de que tu padre había tenido la mala idea de volver al depósito. Supo que él, desesperado, había dejado las huellas en el cuchillo. Y luego el resto ocurrió tal como vos resumiste. Tu padre se imaginó que toda su familia se enteraría de sus encuentros furtivos con la doctora, del bebé que perdieron, y para cuando Martínez apareció bajo el dintel de la puerta, ya había perdido los cabales. Increíblemente, tu padre no vio a Matías cuando entró al cuarto en su lugar, por eso cree que la doctora trató efectivamente trató de quitarse la vida.

—Esperá —lo interrumpió Eduardo—. Ahora que lo pienso, ¿vos cómo sabés todo esto?

—Porque acabo de hablar con Matías. Lo visité antes de ir a tu casa.

—¿Te lo confesó él mismo? ¿Él mismo? Es increíble. Entonces lo atormenta la culpa…

—En realidad, no.

—¿No?

—No. A Matías no lo abruma lo que pasó, al fin y al cabo, la doctora no podría reconocerlo y ni siquiera murió. Él está convencido de que trató de ayudar a la doctora, como quien ayuda a un ciego a cruzar una calle. Eso no lo atormenta. Sin embargo, él conoce parte de lo que piensa tu padre acerca de la depresión y el sentimiento de soledad. Por eso, está convencido de que él sí podría quitarse la vida. Es la sensación de culpa inminente lo que le resulta intolerable.

—Ya no sé qué pensar —dijo Eduardo, con la vista perdida en el corredor—. Sin embargo, todavía no explicaste por qué Matías habría tratado de matarla.

—La doctora era brillante. Matías alguna vez me comentó que no entendía cómo Martínez podía aceptar sus propias limitaciones. En realidad, Matías no se refería a Martínez sino a él mismo: él no lo aceptaba. Y dada la situación, no vaciló, entendió que por fin podía deshacerse de la doctora, solo ayudándola a cumplir con lo que ella planeaba.

—Sí. Pero hay algo que todavía no comprendo —insistió Eduardo—, teniendo la carta, ¿cómo pensaste que alguien podía haberla atacado?

—Quedaban algunos cabos por atar. Horacio Larrondo, el amante de la doctora, me confió que ella sabía que alguien la odiaba en el instituto. Ese alguien era Matías. Él la envidiaba profundamente. Era un peso enorme para su soberbia. Recordé también que Matías y Martínez discutieron cuando mi director reveló que todos habían estado en el laboratorio cuando ocurrieron los hechos: Matías no había querido que yo me entere de ese detalle. Además, él solía encerrarse mucho tiempo en el depósito, ahora sabemos que era el único que sabía que tu padre era inocente y que existía una carta. Matías también estaba a punto de cambiar de trabajo; eso tenía mucha más lógica si él tenía alguna relación con lo que había pasado. En un punto, vislumbré la posibilidad de que tu padre hubiera salido del cuarto y que la puerta quedara abierta. La situación habría quedado, entonces, a merced de un agresor. Y, por último, Matías, después de todo, es el único que tiene una personalidad verdaderamente perturbada. Entonces, con esos cabos sueltos, decidí ir a su casa, y tuve la fortuna de hallarlo en estado de crisis.

—Ya veo —dijo Eduardo—. Entonces ahora sí que todo cierra.

Hubo un instante de silencio. Un médico salió de la habitación donde estaba Fuentes y les hizo un gesto con el pulgar hacia arriba. Posiblemente pudieran verlo en unos minutos.

—Todavía hay algo que te falta explicarme —siguió Eduardo, un poco más sereno—. ¿Vas a decirme alguna vez a qué se debía tu interés en colaborar con mi padre?

Bruno pareció considerarlo antes de responder:

—¿Te acordás del incidente que sacaron a colación hace poco, el encierro de tu padre con una compañera de colegio?

—Claro.

—La realidad es que la chica involucrada siempre supo que tu padre era inocente. A pesar de esto, era solo una niña y no se molestó en aclarar que no había sucedido nada grave. Esa actitud despreocupada, sin embargo, tuvo consecuencias nefastas para tu padre, que se convirtió, de un día para el otro, en el centro de las burlas en el colegio. Fue una de las golpizas que recibió la que le dejó la cicatriz en la frente. A tus abuelos no les quedó otro remedio que cambiarlo de colegio. Luego, varios años más tarde, la mujer y tu padre volvieron a encontrarse. Él había conseguido acomodarse en la vida, mientras que a ella le iba pésimo. Había tenido un hijo siendo madre soltera. La echaron del trabajo. Estaba desesperada. En aquel encuentro, y a pesar de la vergüenza, la mujer se atrevió a pedirle auxilio a tu padre, a la persona que ella misma había perjudicado, severamente, poco tiempo atrás. Y aun así él la ayudó, muchísimas veces, sin pedirle nada a cambio, hasta que ella salió a flote, hasta que su hijo creció.

Eduardo se llevó ambas manos a la cabeza, anticipando lo que ya intuía.

—Sí. Como lo imaginás, ese hijo soy yo. Mi madre, por la vergüenza que sentía, nunca me reveló quién nos ayudaba. Ella recién me contó su vínculo con el Dr. Fuentes cuando se hizo público el ataque a la Dra. Mahler. Tu padre iba a perderlo todo. Es por eso que yo, sabiendo que tu padre había sido inocente aquella vez, decidí que existían buenas chances de que lo fuera nuevamente. Mi madre quería ayudarlo. Era mi oportunidad para conocerlo. Tenía, además, la posibilidad de devolverle algo de lo que hizo por nosotros. Recién ahora, después de conocer lo que vivió con la Dra. Mahler, entiendo por qué ayudó tanto a mi madre.

—Apenas puedo creerlo… —dijo Eduardo—. De algún modo, es como si mi padre te hubiera dedicado a vos lo que no pudo darle al hijo que perdió con la doctora. Acaso esto también haya influido en la relación distante que yo tenía con él.

Bruno asintió, en silencio.

—Como sea —siguió Eduardo—, creo que saldaste la deuda con creces.

Eduardo atendió su celular. Habló durante un minuto y luego comentó con aire sorprendido:

—Hay noticias: Matías acaba de declarar en una comisaría. ¡Tenías razón! Tu compañero dijo que mi padre no resistiría mucho tiempo más. Es un alivio, verdaderamente. Por lo que acabamos de pasar recién, esto llegó en el momento justo. ¿Qué pensás hacer? ¿Querés que te mencione para agradecerte de algún modo?

—No. Es mejor así.

—Está bien, como quieras. Vos sabés que yo te agradezco sinceramente por tu ayuda. Y decime una cosa, ahora que todo está resuelto, ¿vas a continuar con tu doctorado?

—En unos días tengo que dar un seminario y en dos semanas viajo a un congreso. Además, los experimentos están dando buenos resultados. Es extraño, pero se derivan de una línea de investigación que inició precisamente la Dra. Mahler. Tengo la posibilidad de continuar con su trabajo. Siento intriga por saber adónde conducirán esos estudios. Tal vez, hasta pueda obtenerse algo útil.

—¿Un avance contra el cáncer?

—Un granito de arena, a lo mejor.

—Es decir que continuarás. ¿Florencia va al congreso?

Bruno sonrió.

—Ya veo —dijo Eduardo, esforzándose por usar un tono neutro.

Un enfermero les hizo señas desde la habitación de Eduardo, ya podían pasar. Sin embargo, a Bruno le pareció más prudente dejar que padre e hijo se vieran a solas. Miró el reloj y salió a la noche. Aunque era la una y media de la mañana, estaba completamente despabilado. Sabía que desde la clínica hasta el departamento de Florencia solo había un par de cuadras. Empezó a caminar con las manos en los bolsillos, con la esperanza de que su compañera le hubiera hecho caso. Tal vez, todavía no se hubiera acostado.


Capítulo 38

Abril, 2015

La sonrisa de Paula fue lo primero que vi. Ella reía, pero yo no conseguía escucharla. Parecía alegre. “¿Qué? ¿Qué?”, farfullé, con gran esfuerzo. En vano traté de que me explicara lo que sucedía. De mi boca solo escapaban sonidos ininteligibles. Con gestos elocuentes, Paula me pidió que me calmara. Terminé haciéndole caso. En algún punto comprendí que todavía me hallaba bajo los efectos de la anestesia. Más adelante Paula me explicó que, aunque la operación había salido bien, se había complicado sobre el final, de modo que estuve más de un mes en coma farmacológico.

  Era demasiado tiempo. Apenas comencé a recuperarme del embotamiento que sentía, le pedí a Paula que me cuente lo sucedido durante mi ausencia. Supe así que Fuentes había dejado la clínica. Según los periódicos, todavía no recordaba lo que había ocurrido el día del ataque a la doctora. Sin embargo, eso ya no era imprescindible. Él no era el agresor. “¿Qué más?”, le pregunté a Paula. El vínculo entre Fuentes y la Dra. Mahler se había filtrado a los medios. Estuvo hablándose varios días del hijo que habían perdido. “¿Y Florencia? ¿Y Bruno?”, pregunté. Paula me contestó que Florencia le había hecho prometer que la llamaría si yo me despertaba. Ahora acababa de hablar con ella. Venía en camino. “Pero decime algo”, insistí: “¿hubo alguna novedad de Bruno?”. “No sé. No puedo decirte nada. Florencia te quiere contar”. Supuse que tenía que haber novedades. Un mes era mucho tiempo. Salté de la cama. Paula añadió algo más de información: “hasta donde sé, Matilde no perdonó al Dr. Fuentes. Él está viviendo en la casa de su hijo. Parece que entre ellos han conseguido restablecer el vínculo. Por su parte, Martínez y Fuentes también han quedado en buenos términos. De la doctora, sin embargo, no se sabe nada, solo que se ha recuperado y podría estar viviendo en otro sitio, lejos de todos, incluso de Lacroze”.

  Desorientado, miré hacia afuera por la ventana del hospital. Estábamos en el tercer piso y solo se veía el techo de una cochera y varias terrazas llenas de trastos y cables inútiles. Me costaba asumir que luego de seguir tan de cerca la trama me hubiera perdido justo el desenlace.

  En eso estaba cuando Florencia traspasó la puerta. Su entrada abrupta me remontó a la época de la facultad, cuando nos parecía que el aire se agitaba ante su llegada. Me dio un abrazo sincero y luego me miró de arriba abajo. “Sabía que te ibas a despertar”, me dijo. Cuando pregunté qué había pasado con su compañero, Florencia demoró un segundo en responder. “Hay novedades”, respondió, mientras Bruno ingresaba al cuarto. Tenía la parte superior de la cabeza cubierta con una venda, caminaba con cierta dificultad, pero, por lo visto, no necesitaba muletas. La mirada de Paula me reveló que ella también se estaba enterando en ese preciso instante. “Apareció hace solo tres días”, explicó Florencia, mientras ayudaba a Bruno a instalarse en el borde de la camilla.

  De pronto sentí que mis piernas no resistían. Tomé asiento en el sillón de las visitas. “Bueno, ¿qué pasó?”, pregunté de nuevo, con impaciencia.

  Florencia tomó una mano de su compañero, como encomiándolo a contarme. Bruno se reclinó sin prisa en el espacio que yo acababa de dejar en la camilla. Recién entonces habló: “Luego del arresto de Matías, me contactaron desde la facultad de medicina. Me dijeron que habían hablado con Eduardo y querían saber si yo podía asistir a un curso de posgrado”. Florencia acotó: “un profesor estaba en problemas, había ocurrido algo inesperado. “¿Un curso de qué?”, quise saber. A lo que Bruno respondió: “un curso de HIV. Si tenés algo de tiempo, entonces puedo contarte”.


Epílogo

Todo lo indicado con citas a lo largo de la novela ha sido publicado en libros o revistas científicas, o bien se ha dado a conocer en entrevistas.

Por el contrario, la relación entre el cáncer, el desarrollo de enfermedades de manera inconsciente y el aumento de la esperanza de vida, ha sido desarrollada con la forma de una hipótesis para sustentar la novela. Por lo tanto, el estudio y la profundización de dichas temáticas queda abierto y sujeto a la interpretación de cada lector/a.


[1] Finch, C.E.; Stanford, C.B. Meat-adaptive genes and the evolution of slower aging in humans. Q Rev Biol. 2004 Mar;79(1):3-50.

[2] Hawkes, K.; O’Connell, J.F. Blurton Jones, N.G.K., Alvarez, H and Charnov, E.L. (1998). Grandmothering, menopause, and the evolution of human life histories. Proc. Natl. Acad. Sci. USA. Vol. 95, pp. 1336–1339.

[3] Caspari R. (2011). The evolution of grandparents, Sci am, 305(2):44-9.

[4] Feng, Z.; Hu, W.; Rajagopal, G.; Levine, A.J. (2008). “The tumor suppressor p53: Cancer and aging”. Cell Cycle 7:7, 842-847.

[5] Hasty, P and Christy, B. A. (2013). “p53 as an intervention target for cancer and aging”. Pathobiol Aging Age Relat Dis. Vol 8;3. URL: http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/24124625

 

Tercera parte, Punto de inflexión

Capítulo 18

 

El sueño de toda célula es ser dos células.

Jaques Monod

 

Octubre, 2014

Ese jueves en particular, Bruno llegó temprano y buscó refugio en la biblioteca del instituto. La sala, ubicada en el cuarto piso, contenía colecciones de revistas científicas que luego de la aparición de internet habían dejado de comprarse en papel. Era un buen lugar para Bruno, que tenía urgencia por ordenar sus ideas. Comenzó su análisis por lo primordial: el Dr. Fuentes. ¿Qué podía concluir de sus visitas? En su opinión, el doctor no parecía una persona agresiva. Pero claro, la Dra. Mahler, por todo lo que había oído, era una mujer bastante especial, con un costado capaz de cautivar y otro propenso a sacar de sus casillas a cualquiera. ¿Y qué vínculo mantenían Fuentes y Martínez con la doctora? ¿Qué había ocurrido cuando eran jóvenes? Bruno pensaba que, de alguna manera, el pasado tenía que haber influido en el desenlace de la historia. Y si bien después del ataque a la doctora, y con la amnesia de Fuentes, las raíces del asunto parecían inaccesibles, ahora, poco a poco, algunos puntos de la trama comenzaban a salir a la luz, y asomaban sobre la superficie como el casco de un viejo barco naufragado. Estos hallazgos hacían suponer que podía haber más revelaciones, como la súbita crisis de Martínez, que de pronto dejaba notar que lo ocurrido no le resultaba indiferente.

Además, Matilde le había dicho que los dos estaban encandilados con la doctora, por lo menos, en el cénit de su juventud. La Dra. Mahler había tenido varios amantes; no sería descabellado suponer que uno de sus colegas lo hubiera sido. Tal vez allí se había encendido la mecha que explotaría varios años más tarde. Esto iba de la mano con otro hecho evidente: la buena relación de la doctora con sus colegas había empeorado progresivamente hasta el desenlace final. Martínez atravesaba una crisis y no conseguía ocultarla. Y el estado de Fuentes, por supuesto, era mucho peor, lo cual se correspondía con la acusación que se cernía sobre él.

Bruno recordó entonces que aún le faltaba revisar el cuaderno del depósito.

Luego de pasar las hojas, se detuvo exactamente en el mismo sitio donde había quedado:

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Bruno recordaba perfectamente la inquietud del hijo de Fuentes, quien presumía que los estudios de los doctores no eran independientes de lo ocurrido. Ahora acababa de hallar una nueva referencia a otra teoría sobre el cáncer. El nuevo hallazgo, entonces, lo tomaría tan de sorpresa como a él.

Luego de sacar su netbook de la mochila, Bruno aprovechó que la sala contaba con wi-fi. Buscó el artículo en internet. En poco tiempo encontró la publicación de los Doctores Soto y Sonnenschein. El trabajo postulaba una teoría distinta para explicar la generación del cáncer: La teoría de campo de organización de los tejidos[1]. Se basaba en dos premisas. La primera iba de la mano con lo que había leído en la hoja; afirmaba que en su estado innato las células de un cuerpo están programadas para dividirse. Si no lo hacían, era solo porque estaban apretujadas dentro de un tejido. La segunda premisa sostenía que los agentes que causan cáncer actúan precisamente a nivel de los tejidos, afectando la interconexión de las células. De esa manera, la teoría postulaba que el cáncer se genera cuando las células se liberan de sus restricciones en un tejido dañado, de modo que pueden dividirse sin limitaciones de espacio.

Era un punto de vista muy diferente al anterior. En la teoría del sentido biológico del cáncer, las células de un tejido iniciarían su división tratando de realizar un último y desesperado intento para salvar al cuerpo al que pertenecían. El cáncer, en ese caso, surgiría como consecuencia de errores en la ejecución de un programa cuyo fin era ayudar al organismo. En cambio, en el nuevo enfoque, las células recuperaban su estado original, es decir, su libertad para dividirse, para cumplir su “sueño”, como si hubieran estado viviendo encerradas en un cuerpo y terminaran liberándose gracias a daños en los tejidos que las contienen.

Por último, Bruno se daba cuenta de que ambas teorías eran notoriamente distintas a la clásica, la que había aprendido en la facultad, la teoría de las mutaciones. En esta última se asumía que el estado innato de las células es de quietud, de no multiplicarse hasta recibir las señales apropiadas, y que el cáncer se desencadena, justamente, luego de la acumulación de mutaciones en genes que regulan el paso de la quietud a la división de las células. ¿Qué diría Eduardo cuando le comentara esa nueva teoría? ¿Y cuántas había después de todo?

A la hora del almuerzo, Bruno volvió al laboratorio. Lo recorrió dando un giro completo. Florencia había salido. Matías realizaba un experimento. Bruno almorzó solo en la cocina. Mientras lavaba los platos, Martínez ingresó a calentar su comida en el microondas; le informó que Florencia había preguntado varias veces por él. Ella había salido a realizar algunos trámites personales. Martínez insistió en que la llamara, pero Bruno minimizó el asunto.

Como Florencia no volvió durante el resto del día, Bruno se comunicó con el hijo de Fuentes y concertó una cita para las cinco de la tarde. Sin embargo, unos minutos antes del horario convenido comenzó a llover a raudales. Bruno recién salió diez minutos más tarde, cuando amainó un poco la tormenta.


Capítulo 19

Octubre, 2014

Apenas Bruno salió a la calle, escuchó que le chistaban desde un automóvil aparcado con las balizas puestas. Era un Audi negro con los vidrios polarizados. Cuando el conductor bajó una de las ventanillas, Bruno vio que se trataba de Eduardo, el hijo de Fuentes.

—¡Dale que se larga! —Lo saludó Eduardo, una vez que Bruno cerró la puerta del vehículo—. Hoy hubiera sido un día perfecto para el dueño anterior del videoclub, del local que compré. Pero claro, ahora la gente consigue las películas directamente de internet —explicó Eduardo, mientras arrancaba—. Supongo que me llamaste porque tenés alguna novedad, ¿no es así?

—Ayer me crucé con Martínez en el cuarto donde agredieron a la doctora. Apenas reaccionó cuando entré, y luego salió, sin decir palabra, con un aire completamente extraviado.

—Tu director apareció hace poco con un ojo morado; ahora se queda absorto en el sitio donde ocurrió el drama. ¿Qué puede afectarlo?

—No lo sé. Pero encontré cosas extrañas en ese cuarto.

—Contame.

—Van dos veces que encuentro comentarios referidos a teorías poco conocidas sobre el cáncer.

—Ya te lo dije… ¿Ahora te estás convenciendo de que eso tiene algo que ver?

Bruno se limitó a mostrarle la última hoja que había sacado del cuaderno de la doctora. Eduardo detuvo el vehículo a un costado y se acomodó para leer la nota. Al finalizarla, se lo quedó mirando con una expresión ambivalente. Era un gesto que estaba a mitad de camino entre la mesura de siempre y el festejo velado de un hallazgo sugestivo.

—¿Qué pasa? —preguntó Bruno.

—¿Qué pasa? Esto me hizo recordar una escena de “El secreto de sus ojos”, la película dirigida por Campanella y basada en un libro de Sacheri. ¿La viste?

Bruno negó con la cabeza.

—¡Mirá que justo! Hoy temprano guardé el afiche. En esa película hay una escena en la que Sandoval, uno de los personajes, hace un comentario muy particular sobre el asesino que buscan: “El tipo puede hacer cualquier cosa para ser distinto, pero hay una cosa que no puede cambiar. Ni él, ni vos, ni yo, nadie. No se puede cambiar de pasión.” —Ante la mirada aprobatoria de Bruno, Eduardo finalizó el parecido que había encontrado—: ¡No se puede cambiar de pasión! ¿Aquí podrá pasar lo mismo? ¿El cáncer no será una prueba de que las células, al fin y al cabo, tampoco pueden cambiar de pasión?

—Exactamente —dijo Bruno—. Estamos hablando del sueño o la pasión de las células por dividirse.

—¿Pero es así?

—No. Por lo menos, no necesariamente. Por ahora, esta es solo una teoría más. Es cierto que las células que nos componen han evolucionado de otras que antes vivían solas, y que, por ende, su única meta era dividirse. Ese punto es cierto.

—¿Y entonces?

—Entonces tal vez, pero solo tal vez, esa pasión aún podría permanecer intacta, aunque reprimida en el contexto de un tejido. Sin embargo, te aclaro que esta no es la teoría más aceptada por la comunidad científica.

—Entiendo. Sin embargo, si llegara a ser así, ¿los tejidos serían como cárceles para las células?

—Exacto. Eso mismo es lo que sugiere la teoría. El daño en los tejidos permitiría que las células escaparan como fugitivos de una prisión.

Eduardo osciló la cabeza con gesto dubitativo. Permaneció unos instantes en silencio. Bruno miró a través del parabrisas. Las nubes se mecían en el cielo presagiando otro chaparrón.

—¿Y no había algo más? —preguntó Eduardo.

Aunque no lo tenía allí, Bruno también se lo explicó. Estuvieron un rato conversando sobre la teoría del sentido biológico del cáncer, de los doctores Ruggiero y Bustuoabad.

Eduardo arrancó y se incorporó al carril de tránsito rápido. Aunque manejaba a buena velocidad, esto no le impedía seguir conversando:

—¡El cáncer se vuelve, cada vez, en un tema más discutible! ¿Cómo puede ser? ¿Cómo puede haber tantas teorías?

—En realidad, lo extraño sería que hubiera una sola. Para la ciencia, no es sencillo abarcar todas las observaciones con una sola teoría.

—Todo lo que quieras. Pero no puede ser.

—¿A dónde estamos yendo? —preguntó Bruno, que no comprendía el camino que había tomado Eduardo.

—A la mansión de Lacroze. Quiero mostrarte algo.

—¿No es riesgoso?

Eduardo lo dirigió una mirada rápida, antes de opinar:

—¿Cómo pueden estas ideas haber terminado en la agresión a la Dra. Mahler?

Luego de pasar por el frente de la casa de Lacroze, Eduardo dobló en la esquina y detuvo el coche. La mansión estaba protegida por un cerco de rejas negras. Sin embargo, en el sitio donde había aparcado Eduardo se observaba un pequeño orificio, suficiente para que se filtrara una persona delgada.

El hijo de Fuentes pareció dudar sobre lo que estaban por hacer. Comenzó a jugar con un cigarrillo que había descubierto al costado del asiento. Lo pasaba entre sus dedos con movimientos veloces. Saltaba a la vista que no era la primera vez que lo hacía.

Bruno miró el cigarrillo.

—Sí. Ya sé —dijo Eduardo—. Debería dejar de fumar. ¿Qué porcentaje de las muertes por cáncer se debe al cigarrillo?

—Alrededor del treinta por ciento.

—¿Sabés una cosa? —dijo Eduardo—, no tenía planeado contarte, pero cuando te llamé para hablar sobre el artículo de la clínica no te dije toda la verdad. No fue solo por mi padre. También tenía otro motivo. ¿Te puedo comentar?

Eduardo hizo una pausa. Bruno le indicó que continuara.

—La hermana de mi madre tiene cáncer. Se lo diagnosticaron hace poco. Ella siempre fue una mujer muy activa, y ahora se deprimió de golpe, de un día para el otro. Se pasa el tiempo encerrada en su casa, no sale por ningún motivo.

Bruno se movió inquieto en el asiento. Se cruzó de brazos antes de responder:

—Me tomás desprevenido. ¿Qué puedo decirte? La psicooncología se ocupa de todo lo que se refiere al paciente como persona. Es un área que desconozco. Buscaré información al respecto. Es un tema delicado que requiere, como quien dice, un capítulo aparte. Prometo averiguarte.

Eduardo se quedó pensativo.

—No obstante —aclaró Bruno—. Tenés que saber un dato fundamental: hoy en día se cura en promedio más de la mitad de las personas con cáncer[2].

—¿Más de la mitad?

—Sí. La estadística se realizó en EEUU, pero estos resultados pronto serán similares en todas partes. La elevada tasa de curación genera buenas expectativas por sí sola.

—Es un buen dato. Ahora vamos a entrar.

—¿Es necesario?

—Vos no te preocupes. Seguime.

Antes de que Bruno respondiera, Eduardo bajó del coche, le abrió la puerta y lo instó a descender. Pasaron por el orificio de la reja y se fueron aproximando a la casa por un costado, al reparo de una hilera de árboles. A lo lejos se veía la garita de seguridad de la entrada y dos guardias que fumaban mientras conversaban.

Eduardo llegó hasta un galpón y trató de deslizar la puerta corrediza.

—La otra vez no estaba tan pesada —comentó.

Bruno miraba hacia ambos lados por si alguien se aproximaba. Se escuchaban perros ladrando, pero supuso que estarían encadenados.

—Tranquilo —dijo Eduardo—. Mientras tanto contame: ¿cuáles son los tratamientos más habituales para el cáncer?

La puerta apenas comenzaba a moverse. El hijo de Fuentes consiguió acomodar la espalda contra el marco, de modo de poder empujar la puerta con todo el cuerpo.

Bruno no lo escuchó. Estaba mirando hacia una cámara de seguridad ubicada en un ángulo.

—No funciona. Ya te dije que no te preocupes. Dale, te hice una pregunta, ¿cuáles son los tratamientos habituales?

—El tratamiento varía —repuso Bruno, lacónicamente.

—¿Varía con qué?

—Con el tipo de cáncer y con el estadio de diseminación al momento del diagnóstico, es decir, si han ocurrido metástasis o no. Y en esto debés saber que un tumor benigno no es un cáncer mientras que un tumor maligno sí, y que las metástasis se producen cuando células del tumor maligno consiguen establecerse en sitios distintos del lugar original. Entonces, si el cáncer está confinado a un solo sitio, el tratamiento principal es la cirugía, con una probabilidad muy alta de curación. Y en caso de ser necesarias, las otras dos herramientas más empleadas son la quimioterapia, que es el uso de medicinas o drogas para tratar el cáncer; y la radioterapia, que utiliza partículas u ondas de alta energía para destruir o dañar a las células cancerosas[3].

—¿Y las terapias pueden combinarse entre sí?

—Así es. Muchas veces se aplica, por ejemplo, cirugía con quimioterapia o radioterapia posterior. De todas formas, en la actualidad también se investiga activamente sobre otras terapias más novedosas[4].

En ese momento oyeron pasos de alguien que tarareaba una canción. Bruno y Eduardo pasaron al interior del galpón. Cuando trataron de cerrar la puerta notaron que se había atascado. El sonido de la voz se aproximaba. Como no tenían tiempo de cerrarla, decidieron pegar la espalda contra la puerta y esperar. El guardia llegó hasta la esquina del galpón, pero por algún motivo giró en redondo y se alejó.

—Impresionante —comentó Bruno, mientras soltaba el aire que había estado reteniendo.

Había allí tres automóviles de alta gama, dos Lamborghini y un Porsche.

—Cierto —corroboró Eduardo—, pero esto no es lo que quería mostrarte. Seguime.

Pasaron junto a los coches y se dirigieron a la parte trasera del galpón. Se detuvieron ante una puerta de acero con una ventana de vidrio. A través del cristal podía apreciarse un laboratorio de última tecnología. A simple vista Bruno distinguió freezers, heladeras, tanques de nitrógeno líquido, centrífugas, cabinas de bioseguridad y varios equipos costosos de laboratorio. Un cartel indicaba: Laboratorio de cáncer experimental. Sin dejar de mirar hacia el interior del cuarto, Eduardo comentó:

—Fijate lo que hay ahí.

El laboratorio estaba impecable, sumamente pulcro y ordenado. Sobre las mesadas de porcelanato blanco el orden era absoluto, a excepción de una sola cosa: el libro “La muerte y sus ventajas” estaba al lado de una bacha de acero inoxidable, cerca de la puerta.

—Parece que leer el libro fue una de las últimas cosas que hizo la Dra. Mahler  —opinó Eduardo.

Bruno asintió ante la evidencia. Permanecieron un instante mirando hacia el laboratorio, hasta que Eduardo preguntó:

—Ahora, disculpá que te haga esta pregunta, Bruno, pero con todo lo que se investiga, ¿por qué no se halló todavía la famosa cura del cáncer?

—Lo que sucede es que el cáncer, en realidad, es un término que abarca a un conjunto de enfermedades. La característica común es la división descontrolada de las células, ajena a los intereses del cuerpo, pero las características del cáncer y el tratamiento pueden variar mucho según el tipo de célula a partir del cual se genera. Un cáncer de tiroides es prácticamente curable, en cambio, un cáncer de páncreas es mucho más complejo. Eso se debe a que cada tipo celular es único.

—Ya veo. Este laboratorio debe ser uno más entre miles.

—Efectivamente. Y gracias al esfuerzo conjunto se han realizado grandes progresos en los últimos años. Como te mencioné, en el promedio ya se cura más de la mitad de las personas con cáncer. Es una mejoría notable. Incluso, hay quienes afirman que el cáncer va camino a transformarse en una enfermedad crónica[5].

—Sin embargo, aun así, cuesta hablar del cáncer.

—Es cierto. Pero como todo, esto cambiará también alguna vez.

Eduardo recordó entonces que tenía una reunión de negocios impostergable.

Caminaron juntos hasta la puerta. Con extremo cuidado atravesaron el parque y salieron por el orificio de la reja.

—Mirá, Bruno, estoy seguro de que estamos a punto de entender lo que pasó. Soy optimista al respecto. Podés llamarme cuando quieras. Y una última cosa, conseguí ubicar a Larrondo, el amante de la doctora. El hombre está hecho una piltrafa. Hace tiempo que no sale de un hospital. Si querés, puedo llevarte.

Bruno asintió. Ingresó al automóvil y se colocó el cinturón de seguridad. Ya conocía la forma de manejar del hijo de Fuentes.


Capítulo 20

Octubre, 2014

El chico tenía la cabeza completamente pelada y rondaba los diez años. Entró en silencio y se acomodó a un costado de mi cama, en la habitación del hospital. Era mediodía. Los haces de luz atravesaban la habitación calentando el ambiente. De pronto escuché una voz de niña angelical aproximándose por el corredor. Lo llamaba al chico. Al abrirse la puerta la vi: era una niña era hermosa, totalmente calva. Ambos sonrieron al verse. Luego, ella lo tomó de la mano y se lo llevó. Las dos bochitas peladas salieron del cuarto, pero sus risas quedaron repiqueteando todavía un instante en el aire tibio de la habitación.

El hombre de la cama de al lado se giró hacia mí. Era piel y hueso. Hasta ese momento, no me había dirigido la palabra. “¿Usted vio lo que yo vi?, me preguntó, con aire incrédulo. “Sí”, respondí, sentándome en la cama. Mi compañero de pieza insistió: “¿Pero está seguro de que vio lo mismo?” Asentí otra vez. Entonces me miró con un destello en los ojos. “Se salvarán. El chico se llama Esteban. La niña se llama Clara. En unos días estarán pensando en cosas normales, en cosas de su edad. Se lo aseguro. Pronto estarán tomando helado en alguna plaza de barrio.”

Era el horario de las visitas. Bruno entró a la habitación interrumpiendo nuestra charla. Antes de que se presente, el hombre lo anticipó: “Ya sé. Usted viene a preguntarme por la Dra. Mahler, por Lucía. Nadie le dice Lucía, ¿no es cierto?”

Larrondo reconoció de inmediato haber sido amante de la Dra. Mahler. Nada parecía importarle: “Sí, es verdad, Lucía cometió conmigo su primera infidelidad, tuve el privilegio de abrirle esa puerta.”

Mi compañero de habitación parecía tener un pie en el otro mundo. Estaba demacrado. De haberse desprendido allí mismo el alma de su cuerpo, como una voluta de vapor, nos habría sorprendido, pero no del todo, porque Larrondo tenía el rostro pálido y el cuerpo exangüe, y en cuanto se quedara dormido, cualquiera podía ponerle una mortaja por error.

Yo busqué una posición más cómoda en la cama. Bruno le preguntó si tenía alguna idea sobre lo ocurrido en el instituto. Larrondo le respondió: “A Lucía siempre le gustó el peligro. Siente una atracción por lo dramático. ¿Sabe una cosa? Ella me visitó después de mucho tiempo, justo un día antes de que la atacaran. Lo recuerdo muy bien, me contó que alguien la detestaba, que podía terminar mal. Sin embargo, ella no se amedrentaba así nomás, ya debe saberlo”. Bruno insistió: “¿Sabe a quién se refería la doctora?” “No. No me lo dijo. Pero hablaba sobre alguien del instituto, de eso estoy seguro”.

Larrondo se recostó en la cama con los brazos cruzados sobre su pecho. Algo ansioso, Bruno continuó preguntando: “¿Sabe si ella tuvo un vínculo con alguien del instituto?”. “¡Por supuesto! Durante muchos años. Lucía incluso perdió un bebé de ese hombre. Eso fue lo que más la afectó. Por eso huyó del instituto. Y nunca más volvió a quedar embarazada.” Esto último Horacio lo dijo ya muy bajito, apenas en un susurro. Después, cerró los ojos y nos ignoró.

Con Bruno intercambiamos un par de palabras. Me presenté: “Martín Mehsen”, le dije. “Bruno Gastaldi”, repuso él, tendiéndome la mano. Se marchó y me dejó intrigado. En los periódicos no se comentaba nada del plano sentimental de la doctora. Menos aún que hubiera tenido un amante. Y ahora esa persona acababa de recibir una visita ansiosa por hurgar en el pasado. Algo estaba sucediendo. Por si acaso, apunté todo en la libretita de tapas duras que venía utilizando.


Capítulo 21

Nada tiene sentido en biología si no es a la luz de la evolución.

Theodosious Dobzhanskyen

Octubre, 2014

Por la mañana el tiempo se había recompuesto. Un sol radiante dominaba el cielo y el clima fresco invitaba a caminar. Bruno fue a pie hasta el instituto. Ingresó al laboratorio y le llamó la atención no cruzarse con nadie. La desolación era tal que parecía fin de semana. Sin embargo, al llegar a un pasillo vio que todos transitaban de prisa con muestras biológicas en las manos. Matías le explicó que durante la noche un corte de luz había afectado un ala del laboratorio. Estaban redistribuyendo el contenido de los freezers ubicados en el sitio del percance.

Más tarde, con la calma recobrada, Martínez le indicó a Bruno que lo siguiera a su oficina.

—Tome asiento, Gastaldi —Martínez señaló una silla con un gesto algo vago—. Siento que debo disculparme con usted. Estuve con varios asuntos y puede que lo haya descuidado un poco.

Bruno prefirió mantenerse en silencio. En la oficina reinaba el caos.

—¿Escuchó hablar de la situación que atraviesa el instituto? —retomó Martínez.

—Solo escuché algún comentario —dijo Bruno, carraspeando.

—El Dr. Fuentes es muy querido, por eso nadie habla del tema. La Dra. Mahler, en cambio, siempre dividió las aguas. Su primera etapa en el laboratorio fue brillante; en cambio, a su regreso estaba algo inestable. Sin embargo, usted debe saber que nosotros siempre tuvimos una relación excelente. Nos unía un vínculo muy fuerte, de gran camaradería. ¿Sabe una cosa? —Lo sorprendió Martínez, como si quisiera ganar él la confianza de Bruno y no al revés—. El día en que la atacaron, todos estábamos en el laboratorio. Los becarios estaban y yo también. Y ninguno pudo no haber oído los gritos que provenían del depósito. Sin embargo, como le mencioné, Fuentes es muy apreciado y nadie quiere declarar en su contra. Las circunstancias permitieron que todos tengamos una excusa para desentendernos de semejante responsabilidad. Yo mismo los vi, pero en honor a la amistad que mantenemos, sería incapaz de entrometerme. En nuestro lugar, usted, ¿qué hubiera hecho?

Suponiendo que la pregunta de Martínez era retórica, Bruno guardó silencio. Su director, sin embargo, no continuó, cambió de tema, como si súbitamente hubiera tomado conciencia de los riesgos que podía acarrear su comentario anterior.

—Y dígame una cosa, ¿cómo va su seminario? ¿Piensa incluir algo sobre el porqué de la existencia del cáncer?

En un gesto automático, Bruno desvió la vista hacia la puerta. Midió la distancia que lo separaba de la salida.

—Incluí los temas tradicionales —respondió—. Ahora estoy abocado a la parte de la generación del cáncer, la carcinogénesis. A decir verdad, en la facultad nunca se abordaron problemáticas sobre el porqué de la existencia del cáncer.

El Dr. Martínez respiró hondo:

—Mire, aquí hemos pasado infinidad de horas discutiendo sobre las posibles explicaciones. De hecho, las causas de las mutaciones en los genes es lo que llevó al Dr. Fuentes a pensar en por qué existe la enfermedad…

Bruno se enderezó en el asiento. ¿Había oído bien? ¿Acaso Fuentes estaba profundizando en algo por su cuenta?

Martínez continuó:

—¿Piensa clasificar en internos y externos a los agentes que predisponen al desarrollo de un cáncer?

—Sí —respondió Bruno—. Planeo aclarar, unas cuantas veces, que la acumulación de mutaciones en genes críticos es imprescindible para el desarrollo del cáncer[vi]; y, asimismo, pienso explicar que las mutaciones en los genes pueden ser causadas por agentes internos o externos a un organismo. Dentro de los agentes internos incluiré: cambios hormonales, afecciones inmunes y mutaciones heredadas de los padres; y dentro de los externos, resaltaré los siguientes: radiaciones, algunos organismos infecciosos y compuestos químicos, como los del cigarrillo[vii].

—Está bien, Bruno —dijo Martínez, que comenzaba a tutearlo—. Justamente a eso iba. Es posible pensar que los compuestos químicos del cigarrillo son capaces de causar las mutaciones en genes importantes, pero ¿cómo llega ese humo de cigarrillo a los pulmones? O, mejor dicho, ¿por qué llega?

Bruno no entendió del todo la pregunta. Aguardó la explicación. Por el momento, no tenía idea del rumbo que había emprendido su director, quien prosiguió:

—Aquí es donde Fuentes hizo el salto hacia lo que más le interesaba últimamente…

—¿Él tiene una teoría?

—No —aclaró Martínez—. No es una teoría. En todo caso sería una hipótesis que pretendía refutar. Sin embargo, la Dra. Mahler solía decir, de forma irónica, que Fuentes estaba desarrollando una teoría, porque sabía que eso le molestaba. Pero no nos vayamos por las ramas, lo cierto es que hace un tiempo Fuentes me comentó que quería cambiar, planeaba dar un golpe de timón hacia un nuevo objetivo.

El celular de Bruno sonó avisando que tenía un mensaje. Era Eduardo, lo cual era muy extraño. Por un lado, porque rara vez le había enviado un mensaje; por el otro, por el contenido del mismo: te están siguiendo, no hagas nada raro. Bruno trató de enfocarse solo en la conversación. Evidentemente, la ausencia de los doctores con los cuales solía discutir esas ideas llevó a Martínez a buscar en él, en Bruno, un reemplazante. Guardó rápidamente el celular y se acomodó para escuchar a su director:

—Vos sabés, Bruno, que la teoría clásica postula que el cáncer se origina a partir de una sola célula; una célula que se altera por mutaciones en los genes que regulan su ciclo de vida y que luego se divide de manera descontrolada. ¿Pero conocés las teorías de los Dres. Ruggiero y Bustuoabad? ¿O la de Soto y Sonnenscheim?

Bruno asintió.

—Muy bien. Ya ves que, para explicar al cáncer, la teoría más aceptada hace hincapié en la célula, mientras que las otras se centran en el tejido en el cual se desarrolla el cáncer.

—Sí —lo interrumpió Bruno, tratando de acotar algo—. De hecho, la interacción de las células tumorales con el microambiente que las rodea es un tema de mucho estudio en la actualidad, ¿no es así? Me refiero a los estudios relacionados con la angiogénesis y la inflamación… [viii]

El comentario de Bruno no era incorrecto. La angiogénesis es un proceso que permite la generación de nuevos capilares sanguíneos, los cuales son imprescindibles para el crecimiento tumoral[ix]. Por ese motivo muchas terapias actuales están centradas en combatir el cáncer cortando su suministro sanguíneo y reduciendo la angiogénesis. Por otra parte, la inflamación es un proceso fisiológico normal necesario para enfrentar ciertas patologías, cuyo efecto puede volverse nocivo para el propio organismo, si no se resuelve y se mantiene en el tiempo[x], como si fuera una herida que nunca terminara de cicatrizar. Sin embargo, no era a esto a lo que se refería Martínez, quién retomó:

—Está muy bien lo que decís, Bruno. Pero Fuentes había puesto su interés en otro lado; no en las células, tampoco en el tejido que la rodea: esta vez quería ir más allá, pensaba focalizarse en el individuo en su totalidad. De hecho, cualquiera de las teorías existentes busca explicar cómo se genera el cáncer. En cambio, Fuentes más bien se preguntaba acerca del porqué, por qué existe el cáncer, por qué la evolución lo permite.

Bruno asintió mientras Martínez retomaba:

—En el último tiempo, el interés del doctor se había volcado al plano psicológico. Había comenzado a informarse sobre artículos científicos que mencionan que, por ejemplo, el sentimiento de soledad o la depresión son factores de riesgo para el desarrollo de enfermedades, ya que, por ejemplo, afectan el normal funcionamiento del sistema inmune[xi] [xii] [xiii] [xiv].

Bruno asintió mientras Martínez continuaba:

—Recuerdo que Fuentes, muy preocupado, me preguntó una tarde: “¿Los comportamientos perjudiciales que predisponen al cáncer, como, por ejemplo, fumar o tomar en exceso, podrían tener alguna relación con la depresión y el sentimiento de soledad? ¿Podrían estos, u otros estados emocionales puntuales, favorecer el desarrollo de enfermedades de manera inconsciente?”

Bruno hizo un gesto de negación.

—Te entiendo —dijo Martínez—. En este laboratorio y en muchos más se trabaja para combatir el cáncer. Por eso, Fuentes se resistía a pensar que ciertas situaciones puntuales pudieran llevar a las personas a tener comportamientos nocivos, que tal vez perjudicaran la salud. Él no quería estar de acuerdo. Eso lo llevó a interesarse en el tema. Lo planteó como una hipótesis que pretendía refutar.

—¿Pero una persona podría, inconscientemente, contribuir a enfermarse?

—¡Esa es la pregunta clave! Hay quienes dicen que no, y hay quienes dicen que sí. Por ejemplo, algunos psicooncólogos se preguntan si enfermarse puede ser un objetivo consciente o no del sujeto[xv] [xvi].

Bruno supo que debía leer con urgencia sobre psicooncología.

—Por supuesto, también está la postura opuesta —se apresuró a aclarar Martínez, como si no quisiera defender una sola bandera. Tomó uno de los libros desparramados sobre su escritorio y leyó—: “Un estudio serio sobre el papel de la psiquis en el desarrollo de cáncer debería explicar cómo se inducen las mutaciones genéticas en las células, porque ese es el origen comprobado de la enfermedad”[xvii].

—Ese es el punto de vista tradicional —comentó Bruno.

—Exactamente —dijo Martínez—. Ahora bien, Bruno, vos conocés la importancia que tiene la evolución en el campo de la biología. Por ese motivo, para ahondar en el tema, Fuentes se preguntó, en primer lugar, si podría existir alguna ventaja evolutiva en el hecho de que las personas pudieran ser más susceptibles a enfermarse, por supuesto, solo en algunas situaciones puntuales.

Bruno esperaba la aclaración de su director cuando Matías golpeó a la puerta. Debía tomar una decisión en el medio de un experimento. Antes de seguir, necesitaba discutirlo con Martínez.

—Dale, salí. ¿Qué esperás? —Matías lo fustigó con la mirada.

—Mañana continuamos, Bruno —Martínez le hizo señas a Matías para que pase—. Además, en una semana tenés que dar el seminario sobre el cáncer. No te olvides de prepararlo. Ya reservé el auditorio para el miércoles que viene a las cuatro de la tarde.

Continuar capítulo 22


[1] Soto, A.M. y Sonnenschein, C. (2005). Emergentism as a default: Cancer as a problem of tissue organization. J. Biosci. 30(1), 103–118.

[2] Siegel, R.; Ma, J.; Zou, Z.; Jemal, A. (2014). Cancer Statistics, 2014, CA CANCER J CLIN; 64:9–29.

[3] American Cancer Society. (2010). Disponible en http://www.cancer.org/Treatment/TreatmentsandSideEffects/TreatmentTypes.

[4] American Cancer Society. (2010). Disponible en http://www.cancer.org/Treatment/TreatmentsandSideEffects/TreatmentTypes.

[5] Alonso D. F. (2006). El Desafío del Cangrejo, Siglo XXI Editores, Buenos Aires.

[vi] Alonso D. F. (2006). El Desafío del Cangrejo, Siglo XXI Editores, Buenos Aires.

[vii] Bonfils, R. D. Sharovsky, O. G. (2003). Oncología molecular y celular. Dunken, Buenos Aires.

[viii] Grivennikov, S.I., Greten, F. R., and Karin, M.  (2010). Immunity, Inflammation, and Cancer. Cell; 140(6): 883–899.

[ix] Hanahan, D. and Weinberg, R. A. (2000) The Hallmarks of Cancer. Cell, vol. 100, no. 1, pp. 57-70.

[x] Grivennikov, S.I., Greten, F. R., and Karin, M.  (2010). Immunity, Inflammation, and Cancer. Cell; 140(6): 883–899.

[xi] Jaremka, L. M. Fagundesa, C. P., Glasera, R. Bennette, J. M., Malarkeya, W. B. and Kiecolt-Glaser, J. K. (2013). Loneliness Predicts Pain, Depression, and Fatigue: Understanding the Role of Immune Dysregulation. Psychoneuroendocrinology ; 38(8): 1310–1317

[xii] Leonard, B., Maes M. (2012). Mechanistic explanations how cell- mediated immune activation, inflammation and oxidative and nitrosative stress pathways and their sequels and concomitants play a role in the pathophysiology of unipolar depression. Neurosci Biobehav Rev; 36(2):764-85.

[xiii] Holt-Lunstad, J., Smith, T.B., Baker, M., Harris, T., Stephenson, D. (2015). Loneliness and social isolation as risk factors for mortality: a meta-analytic review. Perspect Psychol Sci ;10(2):227-37.

[xiv] Shankar, A., McMunn, A., Banks, J., Steptoe, A. (2011). Loneliness, social isolation, and behavioral and biological health indicators in older adults. Health Psychol; 30(4):377-85.

[xv] Schavelzon, J. (2004). Psicooncología. Principios teóricos y praxis para el siglo XXI. Letra viva, Buenos Aires.

[xvi] Schavelzon, J. (2006). A propósito de recidivas y metástasis tumorales. Revista de la Asociación Médica Argentina, 119, (2), 14-19.

[xvii] Alonso D. F. (2006). El Desafío del Cangrejo, Siglo XXI Editores, Buenos Aires.

 

Parte cuarta, Punto de inflexión

Capítulo 22

 

 

Febrero, 2015

Ayer me cambiaron de habitación. Paula vino a controlar que todo estuviera en condiciones. Se quedó un rato conversando. Al final se reclinó en el sillón de las visitas, dejó las sandalias en el suelo y acomodó sus pies sobre mi camilla. Parecía que hubiera tenido un día agotador.

Pese a que yo tenía un brazo inmovilizado por una sonda, el otro lo tenía libre. Traté de hacerle cosquillas en las plantas de los pies. Paula, sin embargo, de pronto se puso seria: “¿Vos, Mehsen, tuviste algo que ver con lo que pasó?”. “Por supuesto que no”, me reí. “¿Y cómo sabés tantos detalles?” “Porque estuve en el instituto el día en que ocurrió”. “¿Qué? —Paula pegó un salto—, ¿Justo ese día?”. “Sí —confirmé—. Pero no te alarmes. No fue justo esa tarde. Trabajé como técnico de laboratorio en el cuarto piso del instituto. Incluso, hasta sé algunas cosas que todavía no se conocen”. Paula volvió a sentarse: “¿Qué cosas?”

Tomé un sorbo de agua. Por primera vez tenía toda su atención. Luego de acomodarme en la cama le expliqué: “El día previo escuché a la doctora conversando con Martínez en la terraza del edificio. Supe que estaban en el techo de mi laboratorio. En ese momento, yo tenía cualquier cantidad de material para esterilizar. Como todos los lunes, no me sobraban las ganas de ponerme a trabajar. Al escuchar voces me acerqué a la ventana. Miré hacia arriba y los vi. Pude escuchar gran parte de lo que decían, sobre todo la doctora, que hablaba con gritos estridentes. Ella lo exhortaba a Martínez a confesarle algo. ¿Acaso te guardaste un secreto durante todos estos años? ¡Decímelo ahora, no seas cobarde!, decía ella. Pero Martínez trataba de evitar el tema. La doctora entonces le dijo que estaba harta de Lacroze, que su matrimonio era una farsa, que nadie hubiera sido capaz de sobrellevar ese martirio como ella. Escuché que Martínez trataba de tranquilizarla. Pero sus palabras solo servían para enfurecer más a la doctora, que entonces le recriminó su apatía; ¿cómo había escondido sus sentimientos durante tantos años? Toda una vida salvaguardando las apariencias, ¡Qué estupidez! ¿Para qué? Cualquier imprudencia hubiera sido más digna, hasta un arrebato hubiera sido más dispensable, todo menos semejante resignación. Martínez de pronto se había quedado mudo. Y la doctora lo instaba a revelarse de una vez por todas, quería que le demostrara quién era, de qué era capaz realmente. De todos modos, ella siempre lo había sabido. Desde que eran jóvenes. Era inútil que lo negara. Por fin podía tomar la iniciativa. Ese era el momento. No iba a tener otra oportunidad. ¿Qué estás esperando? ¡Dale imbécil! Escuché que chillaba la doctora. Entonces hubo un instante de silencio. Yo traté de mirar hacia arriba apoyándome en el alféizar de la ventana, por poco a punto de caerme. Creo que se besaron. O, más bien, creo que fue ella quien lo besó. Pero eso duró apenas un segundo. Al rato la doctora soltó una carcajada inverosímil. Cada vez parecía más fuera de sí. Ahora le decía a Martínez que era un completo inútil, que ni siquiera servía para cumplirle un favor. ¿Para qué se esforzaba tanto? ¿Qué pretendía descubrir? ¿No se daba cuenta de que estaba solo? Y ahora la tenía a ella, en un instante de fragilidad, y ni siquiera era capaz de tomar la iniciativa. ¡Bajemos! Vociferó la doctora, enardecida, y después escuché que se marchaban”.

“¿Y vos qué hiciste?”, me dijo Paula, “decime que también bajaste…”. “Sí. También bajé. Por supuesto. Abandoné todo lo que estaba haciendo y los seguí. Pero cuando entraron al laboratorio dejé de escucharlos. Esa parte me la perdí. Sin embargo, decidí volver al día siguiente”. “¿Y Fuiste?”, preguntó Paula, “¿de verdad estuviste ahí cuando la atacaron?”

Otra enfermera entró a nuestro cuarto haciendo una ronda. Al ver a Paula se retiró.

“Claro que regresé”, retomé, “en el instituto corrían rumores de que la doctora estaba completamente desquiciada. Quería saber qué pasaba”. “Y entonces, ¿qué escuchaste?” “Oí la discusión de Fuentes con la doctora. Yo fui el técnico que declaró que discutieron sobre el cáncer, antes de que aparecieran juntos…”. “¿Vos fuiste el que escuchó esa discusión?” “Sí. Por eso te expliqué lo que pasó el día anterior en la terraza, para que entiendas porqué la tarde fatídica anduve dando vueltas a cada rato por el primer piso. Por supuesto, todo esto no lo declaré. A fin de cuentas, yo solo tenía interés en saber lo que pasaba”.

Paula se había puesto de pie. Caminaba de un lado a otro del cuarto. “¿Y qué hiciste cuando escuchaste la discusión?”, me preguntó. “Esperé un rato, pero fue inútil. No escuché nada. Regresé con decepción al cuarto piso. Pensé que lo peor ya había pasado. Sin embargo, de un momento a otro comenzó a escucharse el ulular de sirenas arribando al instituto. En la desesperación, alguien había llamado hasta a los bomberos. Todo el mundo se asomó al pulmón de aire que está en el centro del edificio. Los más curiosos nos acercamos a merodear. Allí, los rostros de consternación contagiaban, rápidamente, la sensación de siniestro. Pronto se supo que había pasado algo muy grave. Eso terminó de enrarecer el aire. El pasillo era un hervidero de gente alborotada. Hasta que alguien gritó: ¡Quisieron matar a La Dra. Mahler! A esa altura, no quedaba nadie en el instituto que no estuviera frente a la puerta del laboratorio. Nos parecía irreal lo que estaba sucediendo. ¡Fuentes está encerrado con la Dra. Mahler! Exclamó una mujer al borde de la histeria. ¡Fue Fuentes! ¡Fue Fuentes! Acotó otro, y así, de a poco, nos fuimos enterando de varios detalles, como que habían tenido que derribar la puerta para ingresar al depósito. Yo dije que había escuchado gritos. Todos me siguieron. Sabíamos que solo una pared nos separaba de Fuentes y la doctora, que debía yacer en el suelo, del otro lado de la pared, apenas a escasos metros de nosotros. Matías y Florencia salieron acompañados por policías. Se los llevaron a declarar. Alguien preguntó por el Dr. Martínez. Otra persona informó que acababa de marcharse. Creo que nadie, ninguno de los que estuvimos merodeando esa tarde, olvidará lo que vivimos ese día. Aún conservo la imagen del momento en que sacaron a la doctora en una camilla, corriendo hacia la ambulancia”.

Contrariamente a lo que yo esperaba, Paula se llamó a silencio. Abrió los postigos de la ventana y se quedó un rato mirando las terrazas vecinas.


Capítulo 23

Octubre, 2014

Después de la entrevista con su director, Bruno volvió a buscar tranquilidad en la biblioteca del instituto. Encerrado, buscó información sobre psicooncología en internet. Transcurrió así el resto de la jornada. Recién a la tarde salió del laboratorio para reunirse con Eduardo, en un café relativamente cercano al instituto.

Al llegar al bar que buscaba, se detuvo y trató de poner la mente en blanco.

—Llegás justo —lo saludó Eduardo, apenas Bruno se acercó a la mesa—, estaba pensando en algo, ¿no te parece que lo policial y lo científico tienen un parentesco?

Bruno tomó asiento antes de opinar:

—No, no lo creo. A lo sumo un parentesco lejano.

—Pero se siguen pistas, se elaboran hipótesis; en concreto, se investiga lo desconocido…

—Eso es sólo una parte —dijo Bruno—, en los casos policiales se resuelven situaciones concretas; en la ciencia, en cambio, se apunta a aquello que permanece, aquello que existe y que continuará existiendo de manera indefinida.

—Está bien, como quieras, pero decime una cosa, ¿el otro día no te percataste de qué te seguían?

—No.

Eduardo probó un sorbo de café. Miró alrededor, con el gesto de quien está por revelar un secreto bien guardado. Nadie parecía prestarles atención. De todos modos, Eduardo bajó la voz cuando continuó:

—Por un lado, yo te hice seguir.

—¿Vos?

—Por supuesto. No podía enviarte a la casa de mis padres así nomás, por más que haya creído en tu buena intención. Y, evidentemente, alguien más te siguió. Seguro que fue alguien de Lacroze. Lo mejor es que dejemos de vernos.

La noticia tomó a Bruno por sorpresa.

—No estoy de acuerdo.

—No hace falta. La realidad es que tampoco depende de vos. Es una decisión que ya está tomada.

—Pero hemos progresado. Hablé con Larrondo. Vengo de reunirme con Martínez: tengo novedades importantes.

Eduardo se mostró escéptico:

—¿Por qué lo hacés? ¿Por qué insistís en averiguar lo que sucedió con mi padre?

—Podría ser inocente. Está en juego todo su prestigio. ¿No es suficiente?

—Sí, ¡claro! Pero es mi padre, no el tuyo. Vos estás tomando riesgos innecesarios. ¿Sabés una cosa? Ayer visité la clínica y estaba Florencia, tu compañera. Hay que admitir que es muy bonita. Y simpática. Me pregunto si ella no tendrá algo que ver con tu motivación.

—No —dijo Bruno—. ¿Y sabés algo? Hoy Martínez me confió que, a la hora de los hechos, todos estaban en el laboratorio…

—¿Martínez también?

—Me lo dijo él mismo. Incluso mencionó que vio a tu padre y a la doctora. Según él, nadie declara en su contra por el aprecio que le tienen.

—¿Le creíste?

—No veo por qué no.

—Sería un dato importante. Pero aun así debemos interrumpir nuestras reuniones. La situación ha cambiado. ¿No te das cuenta?

Bruno omitió la advertencia. En cambio, refirió detalles de su encuentro con Larrondo en el hospital.

—¿La doctora perdió un embarazo? —Eduardo se mostraba incrédulo—. ¿Un embarazo de quién? ¿De Martínez?

—No lo sé. Sin embargo, todo indica que el padre hubiera sido un investigador del instituto. Y no es lo único: vos aventuraste que quizá hubiera otra teoría sobre el cáncer. ¿Te acordás?

—¡No me digas que hay otra teoría!

—No, pero tu padre, aparentemente, se había planteado una hipótesis que pretendía refutar.

—¿Cómo lo supiste?

—Me lo dijo Martínez…

—¡Qué increíble! —Eduardo sacó un celular y realizó una llamada. Bruno reconoció el teléfono por una publicidad. Era uno de última generación y de precio exorbitante. El celular tenía una carcasa negra con ribetes dorados. Combinaba de forma ostentosa con el reloj de pulsera de Eduardo. Después de colgar, le pidió a Bruno que continúe.

—Martínez no llegó a explicármelo todo, pero mencionó que tu padre estaba interesado en la relación entre los comportamientos perjudiciales que predisponen al cáncer y estados como la depresión o el sentimiento de soledad. Según Martínez, tu padre estaba cada vez más interesado en la psicología.

Luego de que Bruno le hiciera un resumen de su encuentro con Martínez, ambos quedaron en silencio. Por fin, Bruno preguntó:

—¿Cómo está tu tía?

—La operan la semana que viene.

—¿Querés que te comente algo sobre psicooncología?

El hijo de Fuentes comprendió la finalidad de la propuesta. No era una mala idea para descomprimir la tensión anterior. Asintió con un gesto mínimo de cabeza.

—Lo que voy a mencionar —introdujo Bruno—, lo leí en un libro de las doctoras Jimmie Holland y Jane Gooen-Piels, que son pioneras de esta rama de la psicología. Las autoras, además de describir la generación de un estado de estrés como consecuencia del diagnóstico, clasifican en tres fases al período de crisis que le sigue.

Ambos hicieron una pausa para tomar un sorbo de café. Eduardo continuó en silencio y Bruno inició la descripción de las etapas:

—La primera fase es la de negación; el paciente puede tener pensamientos como deben haber mezclado las muestras, que son absolutamente normales. La segunda fase se caracteriza por un gran estrés. En esta etapa la realidad es lentamente aceptada, las personas suelen estar ansiosas y deprimidas, con poca capacidad de concentración, anorexia e insomnio. Tienen grandes dificultades para mantener la rutina. Este período suele durar de una a dos semanas, disminuyendo con el inicio del tratamiento, lo cual normalmente genera esperanza.

—¿Y la tercera? Esa debería ser la etapa que le espera a mi tía.

—Es verdad —coincidió Bruno—. Esa fase representa la adaptación a largo plazo y dura de semanas a meses. El paciente se ajusta al diagnóstico y tratamiento, busca razones de optimismo, vuelve a la rutina normal y a formas de enfrentar la adversidad que le fueron exitosas en el pasado[1].

—Me da tranquilidad saber que esto también ha sido objeto de estudio —dijo Eduardo—. ¿Pero debemos alentarla? ¿Debemos hacer como si no pasara nada?

—Según lo que he leído, para la mayoría, el cáncer genera una crisis existencial y cada persona debe enfrentarla a su modo. Muchos recurren a creencias religiosas o espirituales, porque les dan un significado a los temores de la vida y a la posibilidad de la muerte[2].

—¿Pero no es mejor qué piensen positivamente?

—No. Como te decía, cada individuo desarrolla su propio estilo, que para bien o para mal lo ha llevado a atravesar crisis previas. Mientras que la estrategia del pensamiento positivo funciona para algunos, no lo hace para otros. Por eso, lo importante, para las autoras, es que se respete y se apoye la manera de enfrentar al cáncer de cada persona.

Permanecieron un rato en silencio. Bruno sabía que acababa de referirse a un tema delicado, un tema que merecía el mayor de sus respetos.

Recién al cabo de unos minutos, Eduardo volvió a tomar la palabra.

—Mirá, te agradezco sinceramente por tu interés, pero considerando la gravedad de los hechos que han pasado, y que desconocemos lo que hay detrás, incluyendo el papel de Lacroze en todo esto, creo que lo más prudente es que dejemos de vernos por un tiempo. Te agradezco sinceramente por tu ayuda, pero no vuelvas a llamarme —Eduardo se incorporó con determinación. Antes de salir, sin embargo, se volvió y le dijo a Bruno—: Y una última cosa, no seas ingenuo, pensá bien lo que hacés con tu compañera.


Capítulo 24

Octubre, 2014

Bruno se quedó meditando un buen rato en el bar y después volvió al hospital. Planeaba hablar de nuevo con Larrondo, pero el amante de la doctora ya no estaba en su cama: había muerto en el transcurso de la noche.

Sin proponérmelo, fui yo quien terminó escuchando sus últimas palabras. “Horacio Larrondo ya está preparado”, me había dicho él mismo, hablando en tercera persona. Parecía que empezaba a desentenderse de su vida; la analizaba con la frialdad de un tercero. Me habló en un tono bajo y monocorde, como repitiendo palabras que ya supiera de memoria:

“Algo tarde, pero Larrondo finalmente entendió lo que pasó. Tuvo tiempo para verlo todo de un modo transparente, cristalino, desde un ángulo distante. Comprendió que el momento cúlmine en su vida fue la tensa relación con Lucía, con la Dra. Mahler. Pero no hubo rencores. Nunca los hubo. En un punto, ella supo que podía controlar a Larrondo, y aquello fue el final, de inmediato lo dejó: es inútil involucrarse con alguien que se puede controlar, le dijo lucía una vez, como justificándose. Y él tuvo que aceptarlo, tuvo que dejarla ir, sabiendo, incluso, que justamente por eso Lucía era algo invaluable para él, porque él nunca pudo tener una última palabra en esa relación. Y así Larrondo se quedó en piel y huesos. Se volvió una sombra, un espectro que solo esperaba por una última cosa. Y ese ataque se lo dejó ver. Ahora que la vida de Lucía ha cambiado por completo, ni siquiera ser una sombra tiene sentido. Por eso, Larrondo ya se dejó ir, se esfumó, sin rencores.”

Después de su extraña catarsis nos quedamos en silencio. Recién más tarde aproveché a preguntarle sobre el embarazo que había perdido la doctora. Larrondo esta vez me lo reveló, evitando cualquier tipo de rodeo. Luego resumió: “cuando Lucía quedó embarazada, ella ya se había convertido en la esposa del Dr. Lacroze, pero quería tenerlo igual. Ese bebé era su mayor obsesión, su prioridad absoluta. Sin embargo, el padre del chico la abandonó sin miramientos. Y ella entonces se desmoronó. Yo nunca la había visto así, humillada, como si la hubieran menospreciado. Al final se puso tan mal que lo perdió. Después de eso, ella cambió. Todo cambió. Nunca más volvió a ser la misma”.

Larrondo no quiso continuar hablando. Me dormí intranquilo, con un extraño presentimiento, una oscura premonición. De algún modo, todo lo escuchado me hacía presentir que iba a despertarme solo; y así fue, a la mañana siguiente, la cama de Larrondo apareció pulcra y vacía, con sábanas nuevas. Sábanas nuevas y blancas que aguardaban por otra vida en tránsito.

Cuando Bruno llegó por la tarde, yo hacía rato que estaba solo en el cuarto. Fastidiado por lo ocurrido me preguntó si Larrondo había dicho algo de interés. “En absoluto”, mentí, “no abrió la boca en todo el día”.

Llegó entonces bulla desde el corredor. Salimos a echar un vistazo. Eran los amigos de Esteban, el chico que solía pasar por nuestro cuarto de vez en cuando. Las visitas acababan de conocer a Clara, y Esteban ya estaba arrepentido: los aplausos de sus amigos lo habían dejado rojo; transpiraba pudor a mares tratando de explicar que Clara era solo una amiga. Obviamente, nadie le creía, ninguno de sus amigos, y no paraban de felicitarlo, ni de mofarse. Hasta Clara se había tentado. Todos menos Esteban, que seguía colorado.

Bruno aprovechó a preguntarles si habían visto algo extraño. “Solo a Lacroze y sus guardaespaldas”, dijo Esteban. Sus amigos se sobresaltaron: “¡Lacroze! ¿El de los carteles?”. ¡Sí, Lacroze!”, aseguró Clara. “¿No lo habrán envenenado?”, preguntó uno de los chicos, con inocencia. Esto me sorprendió, porque no había notado nada sospechoso en la muerte de Larrondo. ¿Cuándo tiempo había estado el marido de la doctora? Yo en ningún momento lo vi. Sin embargo, tengo el sueño profundo; bien podrían haberlo ajusticiado con un disparo, a mitad de la noche, que yo igual no hubiera escuchado nada.


Capítulo 25

Octubre, 2014

Apesadumbrado, Bruno volvió a la habitación. Se dejó caer en la silla de las visitas. Yo subí otra vez a mi cama. En un instante, la figura de la muerte descargó todo su misterio en el ambiente. La camilla vacía hizo resurgir la conversación de manera espontánea, como si allí hubiera estado el féretro con el cuerpo de Larrondo, y Bruno y yo lo estuviéramos velando. La distancia entre nosotros se evaporó de inmediato; quedamos unidos en esa confianza efímera que se establece ante una tragedia cercana.

Supe, de ese modo, sobre su infancia triste y solitaria, huérfana de padre, sin otro familiar que su madre. Supe de su perseverancia para salir adelante, pese a las adversidades y a la necesidad de pedirle ayuda a todo aquel que se cruzara en su camino. Había llegado incluso a robar, por medicamentos para su madre, por hambre de varios días, y hasta por frustración, de una niñez demasiado mezquina de afectos.

Estaba por comentar que la falta de familia era algo que teníamos en común, cuando una niña de unos cinco años entró al cuarto. Preguntó por Larrondo. Varias veces lo había visitado. “¿Dónde está Horacio?”, dijo la niña, al tiempo que pasaba una manito por la cama vacía.

A mí se me cerró la garganta. Vi que Bruno se debatía con un dilema semejante. Pero Esteban la había visto entrar. Apareció en nuestro auxilio. “Horacio murió anoche”, dijo, sin inmutarse. “Tenemos que estar contentos, eso es lo que él quería”. La voz de Esteban había sonado distinta, ya de adulto. Costaba creer que fuera el mismo chico que se había ruborizado minutos antes.

La niña y Esteban salieron tomados de la mano. Bruno miró la hora. Tras algunas palabras de cortesía, decidió retirarse.


Capítulo 26

Octubre, 2014

En el camino de regreso al instituto Bruno no tuvo sobresaltos. Dio un paseo para despejarse. La muerte de Larrondo se sumaba a la del agente de seguridad de la clínica.

Apenas traspasó la puerta del laboratorio, Florencia salió de la cocina y lo increpó:

—¿De dónde venís?

—Salí a despejarme. Martínez me preguntó si el desarrollo de enfermedades de un modo inconsciente podría tener ventajas evolutivas. Necesitaba un respiro. ¿Por qué me preguntás?

—Porque Matías y Martínez discutieron. Escuché que te nombraban.

—¿Matías no es un poco bipolar? —Bruno dejó a Florencia hablando a sus espaldas y caminó rumbo al cuarto de las computadoras. Florencia se le adelantó en el pasillo cerrándole el paso. No quedaba nadie en el laboratorio. Ella le soltó:

—Tal vez discutieron, precisamente, por el tema del desarrollo inconsciente de enfermedades y el cáncer. Ese tema le interesaba a Fuentes y no solemos comentarlo con cualquiera. ¿Martínez te dijo algo más?

—Todo se debe al seminario que debo dar —repuso Bruno—. Aunque concretamente no me lo pidió, Martínez tal vez quiere que incluya algo de lo que le interesa a Fuentes.

—No lo creo.

—De todos modos, ahora debo averiguar lo que me consultó Martínez.

Cuando Florencia dudó, Bruno aprovechó para colarse hacia el cuarto de las computadoras.

—Matías tiene acá un libro que pertenece a Fuentes y que te vendría muy bien. Puedo decirte dónde está.

Bruno tomó asiento y miró a Florencia expectante. Ella continuó:

—En el caso de que el desarrollo inconsciente de enfermedades tuviera algún beneficio para una especie, la muerte misma debería tener ventajas, ¿no te parece?

—¿Qué estás diciendo?

—¿Sabés qué? El libro que tiene Matías se llama, precisamente, La muerte y sus ventajas. ¿Te interesa?

Era la pregunta que Bruno esperaba. Por fin podría acceder al libro.

—¿Hablás en serio? ¿Es algo científico? —disimuló.

—Sí. Como lo escuchaste —insistió Florencia—. Es un libro de los doctores Marcelino Cereijido y Fanny Blanck-Cereijido. Me debés una cena, y la verdad que te hago precio. Vamos al armario donde Matías guarda sus pertenencias.

Caminaron hasta la puerta del baño. Allí había unos casilleros para guardar pertenencias. El cubículo de Matías parecía cerrado, aunque en realidad no lo estaba, y Florencia extrajo un libro de su interior.

—Yo ya lo leí —informó ella, mientras buscaba un párrafo del libro—. La muerte de aquellos organismos que han pasado la edad reproductiva puede ser una ventaja para una especie. Hay muchísimos ejemplos. Mirá, lee estos fragmentos.

Bruno leyó:

“(…) Hay ciertas especies de arañas que ofrecen un ejemplo extremo de ese apuro que tiene la evolución para sacar de en medio a un organismo en cuanto acaba su proceso reproductivo. Se trata de hembras que, ni bien el macho comienza a eyacular, se les despierta el deseo de nutrirse para generar su prole, y el alimento que tienen más cerca es, justamente, la cabeza del macho (…)”

“(…) Las arañas hembras tampoco dejan pasar mucho tiempo entre procreación y muerte, pues hay ciertas especies que pegotean a su abdomen los huevos fecundados, de modo que en cuanto salen las crías del cascarón, el alimento que encuentran más a mano es justamente la madre (…)” [3].

—Es bastante desagradable —dijo Bruno.

—Tan desagradable como cierto. Por lo tanto —redondeó Florencia—, la muerte de los organismos que han pasado la edad reproductiva puede ser ventajoso para una especie. En ese marco, el desarrollo inconsciente de enfermedades no sería tan ilógico. ¿Qué me decís ahora?

—Me resisto a creerlo.

—Hacés bien. Fuentes también se oponía. Él se interesó en el tema, justamente, porque siempre estuvo del lado de la vida y de la salud. Siempre trabajó para combatir al cáncer. Pero todavía falta algo. Otros conceptos que Fuentes me contó, muy poco tiempo antes de que pase lo de la doctora.

—¿No me lo podés decir ahora?

—No. Tengo hambre y vos tenés una deuda que pagar. Vamos a mi casa.

—¿Y en qué vamos a ir?

—Tengo el auto a la vuelta —dijo Florencia, a la vez que apagaba las pocas luces restantes.


Capítulo 27

Octubre, 2014

El departamento de Florencia parecía excesivo para una sola persona. Bruno recorrió el living subyugado por la decoración.

—¿Vivís sola?

—Sí. Mis padres me regalaron este departamento cuando me recibí.

Era un buen regalo. El living abarcaba unos cincuenta metros cuadrados. Había varios electrodomésticos de última generación.

—Dijiste que tenías otro libro —Bruno trató de no dispersarse—. ¿Lo puedo ver?

Florencia no le contestó; estaba marcando el número de teléfono de una casa de comidas. Después de encargar la cena, aclaró:

—En realidad, te mentí. No tengo otro libro.

Bruno caminó hacia la ventana. Abrió los postigos. Estaban en un piso quince y la vista panorámica se extendía sobre gran parte de la ciudad. A lo lejos se dibujaba un camino de lamparitas blancas que correspondía a la pista de aterrizaje del aeropuerto. Un avión con sus luces rojas parpadeantes iniciaba el descenso hacia la pista.

—Vení. Tengo que confesarte algo —Florencia le hizo señas desde el lado opuesto del living.

—¿Qué cosa?

—Es un pequeño secreto.

—¿Y bien?

Florencia se dejó caer sobre un sillón rosa que soltó el aire a la manera de un largo suspiro.

—Sentate.

—No. Dale, decime de una vez.

—Está bien, el año pasado, yo di el seminario sobre el cáncer. Martínez nos pidió que no te lo dijéramos para que vos hicieras la tarea por tu cuenta.

Bruno volvió hacia donde estaba Florencia. Sin embargo, no se sentó.

—Tranquilizate —agregó ella—. Puedo ser de tu ayuda, aunque el libro no está acá, tengo buena memoria. Por ejemplo, vos sabés que prevenir el cáncer es fundamental, decime cuáles son las señales de alarma que justifican una inmediata consulta al médico. ¿Las sabés?

Bruno negó con la cabeza. Florencia miró hacia arriba. Después enumeró:

—Señal número uno: nódulos o hinchazón en las mamas u otros lugares del cuerpo; dos: pérdida de sangre no habitual; tres: cambio de color o tamaño en lunares o verrugas; cuatro: ronquera o tos persistente; cinco: cambios en el movimiento intestinal o urinario habituales; seis: llaga o úlcera cuya causa se desconoce o no se cura; siete y último: indigestiones persistentes o dificultad al ingerir alimentos. ¿Tenés algo de esto?

Bruno negó con un gesto. Ella continuó:

—Menos mal. ¿Tenés hijos?

—No.

—¿Seguro que no?

—Sí.

—¿Sobrinos?

—No.

Florencia dudó:

—¿En serio? ¿No tenés familia?

—No. Solo tengo a mi madre. Dale, estabas por decirme las señales de alarma en los chicos.

—Cierto. Aquí van: uno, masa anormal en el abdomen o inflamación; dos: fiebre prolongada, sin causa aparente; tres: palidez, falta de energía y pérdida de peso; cuatro: dolores de cabeza persistentes sin causa clara, a veces con vómitos; cinco: formación de hematomas y sangrado sin causa aparente; seis: pérdida del equilibrio y cambio repentino del comportamiento; siete: hinchazón de la cabeza; ocho y último: brillo blanco en los ojos. Esto lo saqué del libro de Daniel Alonso[4], pero no lo tengo acá.

Como si esa demostración de memoria no fuera gran cosa, ella redondeó:

—En el caso de personas que tienen una historia familiar relacionada con el cáncer, y que por lo tanto pueden tener mayor riesgo de desarrollar la enfermedad, es fundamental asesorarse con un especialista, y muchas veces realizarse controles de vez en cuando es suficiente para prevenir la enfermedad, antes de que se genere un cáncer. ¿Te convencí?

Bruno no respondió.

—Te hice venir porque me preocupa el doctor —Florencia se incorporó—. Su situación podría ser más delicada de lo que pensamos.

Ella se mostraba súbitamente seria.

—Me preocupa que se deje morir. Temo que no resista la presión. Por eso necesito que me ayudes —insistió ella—. Los dos sabemos que vos escondés algo. Podés confiar en mí.

Bruno se preguntó en qué momento Florencia se había aproximado tanto. La habitación era enorme, y, aun así, entre ellos había sólo medio paso de distancia. Pensó que su situación era similar a la de un actor empujado a improvisar en el medio de una escena. Su ingreso al instituto había tenido lugar después del episodio de la doctora. Todos tenían alguna idea de lo que había ocurrido, todos menos él. Bruno necesitaba adaptarse con rapidez sin estar al tanto de como venía el guion. Los pies de Florencia alcanzaron los suyos. El contacto seguramente continuaría subiendo, sobre todo, si él no hacía nada para impedirlo. Aunque claro, ¿qué podía hacer? No estaba dispuesto a revelar su verdadero interés.

Bruno estiró un brazo y alcanzó la llave de luz. En la oscuridad, escucharon el timbre como un sonido lejano. Llegaba la cena que habían encargado. Pero no atendieron.

Continuar penúltima parte


[1] Holland, J. C., Gooen-Piels, J. (2000). Principles of Psycho-Oncology, en: Cancer Medicine. Bast, R.C. Jr., Kufe, D.W., Pollock, R.E., Weichselbaum, R.R., Holland, J.F. Frei, E (comps.). Decker, Canada.

[2] Holland, J. C., Gooen-Piels, J. (2000). Principles of Psycho-Oncology, en: Cancer Medicine. Bast, R.C. Jr., Kufe, D.W., Pollock, R.E., Weichselbaum, R.R., Holland, J.F. Frei, E (comps.). Decker, Canada.

[3] Blanck-Cereijido, F., Cereijido, M. (1997). La muerte y sus ventajas. Fondo de cultura económica, México.

[4] Alonso D. F. (2006). El Desafío del Cangrejo, Siglo XXI Editores, Buenos Aires.