Novela completa online: entre el conocimiento y las pasiones

La ciencia es más que un simple conjunto

 de conocimientos: es una manera de pensar

Carl Sagan


 

Capítulo 1


 

 

En la galería externa de la quinta donde se había recluido, el Dr. Fuentes dormitaba tumbado de mala manera en una silla mecedora. Aún llevaba el pijama con el que había salido de la cama. Tenía el cabello alborotado, la barba desprolija, las ojeras como un flan. De su persona entera emanaba un aire de lánguida resignación.

Bruno llegó a la quinta caminando. La tranquera no estaba cerrada. Una vez en la galería, acomodó sin prisa una silla y tomó asiento. Comenzó refiriéndose al clima de la tarde, luego a los pájaros que silbaban en las cercanías; por último, resaltó el carácter del viento, que soplaba con ímpetu inusitado. Los comentarios de Bruno, sin embargo, no tuvieron ninguna trascendencia. El doctor estaba en otra parte. Evitaba tomar la resolución que tenía pendiente.

Bruno desplegó entonces un periódico que había llevado. Lo hizo crujir con fuerza, como anunciando el hallazgo de una noticia destacada. Leyó en voz alta:

—Internan de urgencia a una investigadora que fue hallada en el depósito de un instituto… —Bruno espió a Fuentes por el rabillo del ojo y luego continuó—. La mujer no estaba sola, a su lado había otro científico, un hombre mayor que la acompañaba.

Fuentes se mantuvo en silencio. Apenas pestañeó un par de veces, como si algo de polvillo se le hubiera metido en un ojo.

—Hay una cosa que se me escapa —insistió Bruno—, si ese hombre tuvo algo que ver, entonces, ¿por qué se quedó? ¿Por qué no salió del cuarto? ¿Por qué no explica lo que sucedió?

—Suficiente, Bruno —dijo el doctor—. Nos conocemos desde hace poco, pero sé que venís con buena intención. Por eso te recomiendo que mejor te ocupes de otras cosas, de tus tareas del instituto, por ejemplo. Debés tener mucho para estudiar.

—Es verdad. Al igual que usted.

—No. yo no.

—Sí. Usted también. Lo estamos esperando.

—No. En mi caso, yo ya lo he dado todo. Usted tiene el doctorado por delante, no debe dilapidar su tiempo. Debe concentrarse. Dudo que acaso entienda lo básico.

—¿A qué se refiere?

—Al cáncer, por supuesto. ¿Entiende, realmente, de qué se trata esa enfermedad?

Bruno miró al doctor como si le estuviera hablando de algo evidente.

—¿Ah sí?! —Fuentes se incorporó con algo de energía—. Entonces le pregunto: ¿con qué fin existe el cáncer? ¿Para qué? ¿Por qué? Vamos. Digame.

—En general —respondió Bruno—, el consenso afirma que el cáncer existe, en todo caso, como un sinsentido biológico. Eso asume la teoría más aceptada. ¿No es así?

Fuentes lo miró oscilando la cabeza en un gesto de negación:

—¿Acaso un sinsentido biológico puede explicar algo en biología?

—No lo sé, doctor, dígamelo usted.

—Por supuesto que no, no le diré nada. A eso me refiero. Ud. debe pensar. No hay prisa. Pero dedíquese. No deje de profundizar, de indagar, de buscar nuevas perspectivas, nuevas teorías. No deje de preguntarse por qué existe el cáncer, por qué la evolución seleccionaría un mecanismo así.

Algo agitado, Fuentes respiró hondo. Luego desvió la vista hacia las copas de los árboles. El viento soplaba con más fuerza. Un remolino de hojas cruzó el cielo como una bandada de palomas. Bruno miró el césped sin cortar. En buenas condiciones, la quinta debía de ser muy vistosa, pero ahora necesitaba un jardinero con urgencia. La pileta, incluso, parecía un estanque, un ecosistema silvestre, el agua había adquirido un color entre marrón y verdoso, con sapos aquí y allá, y hasta había una silla en el fondo sin que nadie se molestara en sacarla.

Bruno trató de retomar la conversación:

—Todavía no me ha dicho por qué no explica lo que sucedió con su colega, la Dra. Mahler.

—Ya no importa.

—Claro que sí. Debe volver al trabajo. Ya le he dicho que lo estamos esperando. En el instituto, todos preguntan por usted.

—Pues bien, puede decirles que no me esperen. Pienso renunciar —sentenció Fuentes.



 

Capítulo 2


 

A poco de su encuentro con el doctor, Bruno recibió una llamada de Eduardo, el hijo de Fuentes. Ambos ya se habían visto un par de veces en el instituto, en ocasiones en que Eduardo había pasado para conversar con los colegas de su padre, investigadores, becarios y hasta los técnicos de laboratorio.

Fuentes y su hijo, que era adoptivo, llevaban algunos años en veredas opuestas, apenas se hablaban cada tanto, con motivo de alguna ocasión familiar. Eduardo nunca quiso parecerse a su padre, lo que era una actitud cuando menos llamativa, ya que Fuentes había alcanzado un razonable prestigio, tanto a nivel nacional como internacional. Muchos de sus colegas lo consideraban, incluso, como un ejemplo a seguir. Pero Eduardo, sin embargo, nunca lo había visto de ese modo. En su padre convergían varios de los rasgos que él menospreciaba; su padre era metódico, detallista, mesurado. Eduardo, por el contrario, había sido un adolecente holgazán y revoltoso. Al terminar el bachillerato, con magras calificaciones, se negó a estudiar una carrera universitaria. Pasó un año sabático hasta que, por una casualidad, comprendió que poseía un don innato para los negocios. A partir de entonces, y en poco tiempo, amasó una fortuna impensada, inconcebible para cualquiera de su familia. El cambio solo sirvió para aumentar la brecha con su padre. El corte parecía definitivo. Por lo menos, hasta el incidente que había ocurrido poco tiempo atrás, cuando a Fuentes lo hallaron junto a la Dra. Mahler, en un depósito del instituto. Este episodio había repercutido fuerte en la familia. El doctor pidió licencia, tomó distancia de su esposa y se recluyó en una casa quinta. Eduardo, por su parte, comenzó a visitarlo más seguido. Su compromiso fue en aumento, a tal punto, que trató de averiguar por sus medios lo que había pasado realmente. En una oportunidad, Bruno le había anotado su número de teléfono, ofreciéndose a colaborar en lo que estuviera a su alcance. Eduardo había ignorado el gesto, hasta ese día, cuando había encontrado algo en la quinta de su padre, un artículo científico que le llamó la atención.

La reunión tuvo lugar por la tarde, en una librería que pertenecía al hijo de Fuentes. Eduardo llegó puntual, lo que no era su costumbre. Tomaron asiento en dos sillones apartados del bullicio general.

—Apenas vi a mi padre, todavía afectado por lo ocurrido, él me explicó que todo el incidente había tenido que ver con sus últimos intereses. Luego me lo negó rotundamente, pero yo sé que sus investigaciones tuvieron algo que ver. Y da la casualidad que hoy, finalmente, encuentro una publicación científica en su dormitorio, en la quinta. Te pido disculpas por llamarte de este modo, tan imprevisto, pero estoy prácticamente convencido de que este artículo esconde una relación con lo que pasó. ¿Tenés un segundo?

Sin aguardar por una respuesta, Eduardo le alcanzó el trabajo científico a Bruno:

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*(El punto final de control. El cáncer como un mecanismo evolutivo adaptativo)

Mientras Bruno lo estudiaba, Eduardo esbozó sus conjeturas:

—Mirá, siempre fui pésimo en biología. Jamás le presté atención a las enseñanzas de mi padre. Sin embargo, él de momento no se ocuparía con ningún artículo si no fuera verdaderamente crucial. Se ha marchado de casa, planea renunciar, no estaría tomando opciones tan drásticas si no hubiera algo sumamente serio detrás de esto. Por eso te llamé. Yo necesito que alguien me asista con el tema.

Bruno le pidió un segundo para examinar el artículo. Eduardo se reclinó en el sillón, armándose de paciencia. La situación la ameritaba. Fuentes no solo había sido hallado con su colega inconsciente en el depósito. Para complicar la situación, era el único dentro del laboratorio cuando llegó el servicio médico.

Por fin, Bruno comentó:

—El artículo parece interesante, pero el cáncer es un tema cotidiano de tu padre.

Un cliente se aproximó, con pasos desconfiados, al único sillón vacío entre Bruno y Eduardo. Los tres intercambiaron miradas. Finalmente, como si percibiera algo extraño en el aire, el hombre pasó de largo.

Al continuar, el hijo de Fuentes bajó un poco la voz:

—Mirá, un técnico del instituto me contó que aquella tarde escuchó una discusión sobre el cáncer en el cuarto donde los encontraron. Desde joven mi padre se reunía con sus colegas de trabajo y solían discutir sobre esa temática, desde distintas perspectivas; me refiero a puntos de vista que no se enseñan en la facultad. ¿Entendés? Este artículo bien podría estar relacionado con lo que le preocupa. De entenderlo, tal vez comprendamos lo que sucedió, o bien logremos incentivarlo.

Bruno recordó los singulares comentarios de Fuentes. ¿Por qué existe el cáncer? ¿Para qué? El título del artículo sugería que podía tener una relación con esas preguntas. En el conjunto, las especulaciones de Eduardo cobraban cierta lógica.

El hijo de Fuentes se incorporó, con cierta parsimonia:

—Mirá, Bruno, ahora mismo tengo una reunión, pero cuento con tu asistencia. Podría ser fundamental. Te agradezco que hayas venido. Lo que sea que se te ocurra, en relación al artículo, por favor, no dudes en llamarme.



 

Capítulo 3


 

Florencia, otra becaria del instituto fue quien puso al tanto a Bruno de que debía dictar un seminario sobre el cáncer. Ese era un requisito forzoso para los últimos en ingresar al instituto, ya que los obligaba a repasar sus conocimientos al inicio del doctorado.

Mientras Bruno descargaba un artículo científico de internet, para comenzar a preparar el seminario, Florencia le habló desde la puerta del cuarto de computadoras:

—La Dra. Mahler realizó, hace un tiempo largo, una serie de experimentos semejantes a los tuyos. Los datos deben estar en alguno de sus cuadernos. ¿Los buscamos?

Bruno asintió con un ademán moderado. Sabía que las pertenencias de la doctora estaban en el depósito, el cuarto donde la habían descubierto junto a Fuentes. Además iría con Florencia, la becaria que más información debía tener sobre lo ocurrido. Todos en el laboratorio sabían que ella era la predilecta del Dr. Fuentes. Últimamente, con ella y con nadie más compartía el doctor sus opiniones sobre política, sus lecturas recientes o los estrenos de la cartelera del cine, del que era un gran aficionado. A su vez, cuando Florencia tenía una inquietud, la consultaba primero con Fuentes, en lugar de recurrir a su propia directora. De todos los que se habían formado en el laboratorio, Florencia era la única que estaba al corriente de que Fuentes tenía un hijo adoptivo. Y sabía varias confidencias más, merced a su carácter extrovertido y a su empatía natural, que la convertía en el canal donde se desahogaban más de una vez no solo sus compañeros, sino también su propia jefa y hasta la Dra. Mahler. De hecho, y sin ir más lejos, fue durante una catarsis inesperada de la doctora cuando Florencia conoció varios de los secretos más pesados del laboratorio.

Bruno y Florencia transitaron de prisa por el pasillo. El laboratorio, emplazado en el segundo piso del instituto, consistía de una serie de cuartos que daban una vuelta completa, en la forma de un simple rectángulo con un pulmón de aire en el centro. La construcción edilicia con un patio al medio evocaba un colegio antiguo, y de hecho, lo había sido. Tiempo atrás, sobre esas mismas baldosas habían formado fila miles de chicos que, de estar vivos, rondarían ahora los cien años. El pasillo daba un giro completo que conectaba los cuatro costados. Los investigadores habían dispuesto sus oficinas en el flanco norte. En el corredor oeste se ubicaba el baño, la cocina y la sala de computadoras. Al sur estaban los laboratorios, propiamente dichos, y en el último tramo, en el pasillo este, se hallaba un cuarto con animales, otro para lavar materiales y el depósito, adonde ahora se dirigían Bruno y Florencia.

El acceso al cuarto había sido restringido. Florencia revolvió en los bolsillos de su guardapolvo hasta encontrar una vieja llave de bronce. Al abrir la puerta, un vaho cálido los golpeó en el rostro. La falta de ventilación era evidente. Florencia presionó el interruptor y una luz mortecina se expandió por el recinto. En el piso sobresalía una mancha desvaída. No había mucho margen para la especulación: saltaba a la vista que allí había caído la doctora antes o después de quedar inconsciente.

—¡Ey! —lo despabiló Florencia—. Fijate en esos cuadernos, los de ahí arriba.

Florencia señaló con el dedo índice la parte superior de una biblioteca de madera, ubicada enfrente de la puerta. Luego salió; había dejado la pava en el fuego, en la cocina.

Haciendo equilibrio sobre un viejo pupitre, Bruno comenzó a revisar las parvas de cuadernos y anotadores. Recién se detuvo al ver una notita adherida con un clip a un artículo científico:

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Le llamó la atención la hoja adherida con un clip. ¿Qué significaba? Antes de que Bruno lo analizara, alguien abrió la puerta. Debajo del dintel apareció la figura solemne de Matías Bahuer, un becario postdoctoral, de momento el más antiguo, y que todavía se hallaba bajo la dirección del Dr. Fuentes.

—Bajá de ahí, Bruno —dijo Matías, al tiempo que tomaba las hojas sueltas—. ¿Y esto? ¿Dónde lo encontraste?

—En el cuarto de computadoras.

—No te hagás el imbécil. Decime la verdad.

—Ya te dije. Esas hojas estaban en el suelo. ¿Acaso conocés la teoría? ¿El cáncer puede pensarse como una resistencia?

—Depende —Matías lo estudió con aire severo.

En un descuido, Bruno pasó raudamente la vista por la mancha que estaba en el suelo. El gesto ocurrió en apenas un segundo, pero Matías lo notó.

—Puedo imaginar lo que estás pensando. ¿Querés saber que pasó entre Fuentes y la doctora? ¿Acaso pensás que esto tuvo algo que ver?

Matías rompió las hojas en pedacitos, con una sonrisa algo maliciosa.

—No sé —dijo Bruno—. ¿Fue así?

—Lo que pasó quedará entre nosotros, los que conocimos a la doctora en plenitud. Vos entraste hace muy poco. Y en todo caso no te incumbe. ¿O viniste al cuarto solo para eso, para hurgar en el pasado?

Bruno y Matías quedaron a menos de un paso de distancia. Matías estaba convencido de que los ingresantes debían sentir el yugo de los predecesores. Solo así acatarían un orden de jerarquías.

—Decime —insistió Matías—, ¿viniste a indagar en lo que pasó?

Bruno tenía a su compañero tan cerca que lo empujó para sacárselo de encima.

Matías se rio de forma algo forzada.

—¿Y qué querés saber, cómo la golpeó el doctor, o, más bien, qué idea tuvo que ver?

—No le prestes atención, Bruno —dijo Florencia, que volvía de la cocina.

—¿Y vos qué hacés?

—Yo lo traje a Bruno —dijo Florencia—. Estamos buscando unos experimentos que realizó la Dra. Mahler.

—¿Acá? —Matías alzó las cejas.

—Cambiá el tono —se exasperó Bruno. No era la primera vez que tenían un cortocircuito.

—¿No te gusta mi tono? ¿Recién entrás y no te gusta mi tono? —Esta vez fue Matías quien empujó a Bruno—. ¡Salí de este cuarto!

Florencia se puso al medio.

—¿Qué hacés? —le recriminó Matías.

Bruno intentó acercarse, pero Florencia también lo contuvo:

—Vos también la cortás. Vamos todos a tomar un café.

 

 

Continuar capítulo 4

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Segunda parte, “Punto de inflexión”

Capítulo 4


 

 

El viernes Bruno no hizo otra cosa que ocuparse de los artículos que tenía pendientes: el que le había entregado el hijo de Fuentes y el que había hallado en el depósito. Se mantuvo apartado en el laboratorio, a tal punto que Matías empezó a sospechar que había dañado algún equipo del laboratorio. En ese caso, ya lo iba a escuchar. Se lo recriminaría a los gritos por los pasillos. No solía desperdiciar la oportunidad de lucirse a costa de los errores ajenos.

Luego de algunas maniobras de distracción, Bruno se escabulló y salió del instituto. Fue a una biblioteca cercana. Allí logró la concentración que pretendía. Luego llamó a Eduardo, el hijo de Fuentes, y acordó una cita para la tarde.

Eduardo lo recibió en la misma librería de la primera reunión. Al fondo había un bar donde algunos lectores hojeaban sus libros con un café de por medio. Un cliente permanecía absorto en un mural en blanco y negro que decoraba una de las paredes. “Jaque mate en seis” decía el título de la obra, de varios metros de longitud.

—Ese cliente se debate hace tres horas con el problema de ajedrez. Los problemas son como espejos, solía decir mi padre, hace muchos años, cuando todavía se tomaba un tiempo para jugar conmigo. Lo que, por supuesto, no era muy frecuente. A veces, realmente, me sentía un niño fantasma, como si fuera incapaz de verme. Por eso, cuando me decía lo de los espejos, creo que lo decía más por él que por mí, por sus problemas y por lo que vería en su propio espejo. Pero volvamos al asunto que nos atañe, ¿qué te pareció el artículo?

Bruno se explicó con la mayor claridad que pudo:

—Mirá, te soy sincero, nunca había leído algo así. En ese trabajo se postula que el cáncer podría ser un mecanismo modelado por la evolución para optimizar la supervivencia de las especies, es decir, para influir sobre la longevidad, de modo que sea la más apropiada.

—Yo no entiendo mucho, pero si a vos te lo parece, asumo que es interesante. Estamos buscando algo sobre lo que mi padre y la doctora pudieran haber discutido. Yo, por ejemplo, con toda naturalidad me opondría a ese concepto. No me agradaría verlo de ese modo, ¿no te parece?

—Es cierto. Desde un punto de vista humano, la primera opción sería rechazar que la naturaleza opere de ese modo. Pero hay algo más, ayer encontré otro artículo científico en el depósito, con una nota adherida. Tampoco es algo que haya visto antes.

—Entonces todo apunta en la misma dirección —opinó Eduardo—. Algo relacionado con el estudio del cáncer derivó en lo que sea que haya pasado y, en consecuencia, ahora mi padre pretende renunciar. Debe ser muy grave como para que él tire por la borda todo su trabajo y su prestigio. Solo debemos averiguar qué se traían entre manos y entonces tal vez podamos influir en su decisión. ¿A vos te convence?

Eduardo estaba por continuar cuando oyó un alboroto que provenía de la puerta de entrada. Un hombre avanzaba con determinación. El hijo de Fuentes saltó entonces del asiento y se ocultó detrás de los libros de psicología. Desde allí le hizo gestos a Bruno para que lo siga. Alcanzaron la cocina y se ubicaron detrás de una estantería con grandes bandejas de aluminio. Allí, entre tortas y medialunas, Eduardo retomó:

—¿Alcanzaste a verlo?

—Claro. Es mi director de tesis, el Dr. Martínez.

—Efectivamente. Y no sería bueno que te vea acá.

—Seguramente pensaba reunirse con usted —sugirió Bruno.

—Tendrá que ser en otro momento. Además, no me fío de él. No sé si estás al tanto de lo que se comenta en los pasillos del instituto. Muchos están convencidos de que la doctora tuvo un vínculo cercano con quien es ahora tu director.

Bruno carraspeó. También se comentaba algo más: el Dr. Martínez había firmado la planilla de salida del instituto apenas cinco minutos antes de que fueran descubiertos sus colegas en el depósito. Martínez normalmente solía retirarse bastante más tarde. Muchos se preguntaban por qué ese día se había marchado temprano.

—Sinceramente —dijo Eduardo—, debo agradecerte por tu buena predisposición. Es invaluable tener tu aporte, ya que estás en el lugar de los hechos. Si no te parece un exceso, sería vital que le prestés atención. Vos me entendés… por si notás algo que pueda sernos de utilidad.

En ese momento, una de las mozas se asomó por la puerta de la cocina. Le advirtió a Eduardo:

—Ya puede salir.

Eduardo permaneció un rato pensativo. Luego se dirigió a Bruno:

—¿Podemos hablar en confianza?

Bruno lo miró intrigado.

—Mirá, mi padre, la Dra Mahler y Martínez siempre tuvieron un vínculo muy estrecho. A tal punto, que si ha pasado algo grave, resulta difícil que Martínez haya estado completamente ajeno a lo sucedido. Mi padre tal vez, por su amistad, no quiere involucrarlo, pero puede que haya tenido algo que ver, algo que nos sea de ayuda para aclarar lo que pasó.

—Entiendo. Estaré atento.

—Sí, claro. ¿Pero no te interesaría saber un poco más sobre el vínculo que tuvo tu director con la Dra. Mahler? Sé que te estoy pidiendo un favor y estoy dispuesto a recompensarte por ello. Podrías tomarlo como un trabajo, como cualquier otro.

—No —repuso Bruno—. No es un trabajo. Si pensás ofrecerme dinero, no voy a aceptarlo.

Eduardo levantó las cejas.

—¿Pero estás de acuerdo?

—Sí. Contame.

—No. Yo no. Sería mucho más productivo que hables con mi madre. Ella conoce a Martínez desde sus comienzos en el instituto. Ya te he dicho que los tres fueron siempre muy unidos.

Bruno comprendía la postura de Eduardo. La existencia de un vínculo muy estrecho entre Martínez y la Dra. Mahler podía afectar la interpretación de los hechos. Acaso Fuentes lo estuviera cubriendo como a un hermano menor.

Y en algo Eduardo tenía razón: la figura de Martínez no era del todo transparente, los rumores lo vinculaban con la Dra. Mahler y ese día se había retirado inusualmente temprano. Varios lo miraban con desconfianza, como con dificultad para situarlo fuera de la escena.

Eduardo le tendió un papel a Bruno con la dirección de su madre y recalcó:

—Ahora que mi padre se ha recluido en la quinta, mi madre está sola todo el día. Podés pasar cuando quieras.



Capítulo 5


El lunes siguiente, al salir del laboratorio, Bruno visitó a Matilde, la esposa de Fuentes. Pese a que ambos tenían la misma edad, ella estaba mucho más avejentada. Se sostenía el cabello blanco en un rodete severo y usaba un vestido muy largo que solo dejaba a la vista un par de pantuflas de color crema. En sus movimientos no había prisa alguna. Se desplazaba con absoluta parsimonia, “tranquilidad oriental”, pensó Bruno, al recibir el té que ella le había ofrecido.

La casa de Fuentes y Matilde se mantenía ajena al paso del tiempo. Los muebles eran arcaicos, las fotos muy añejas, la gran mayoría, incluso, en blanco y negro. Desde que Fuentes se había recluido en la quinta, Matilde no se molestaba en levantar las persianas. La sala de estar permanecía en penumbras pese a que, afuera, brillaba un sol radiante.

Luego de algunas preguntas de cortesía, Bruno llevó la conversación hacia el tema que más le interesaba:

—¿Recuerda si la Dra. Mahler, en su juventud, tenía buena relación con el Dr. Martínez?

La esposa de Fuentes tomó un par de agujas y se puso a tejer. Los anteojos se le deslizaron cuesta abajo por la nariz.

—Lamentablemente, sí. Cuando conocí a mi esposo, ellos tres eran muy unidos. Pero han pasado ya muchos años.

—¿Cómo era la doctora, cuando usted la conoció?

Matilde dio algunas puntadas antes de responder.

—Era extraña —dijo al fin—. ¿A usted le importa lo que piensan los demás?

—En parte…

—Mire, a la doctora le preocupaba mucho, realmente, pero solo como fuente de inspiración, para hacer todo lo contrario. Ella iba contra la corriente. ¿Cuándo se tiene más visión del paisaje?, solía decir, ¿corriendo una maratón o corriendo solo? Ella se jactaba de tener la vista despejada. Por lo demás, desbordaba de energía, era envidiable, aunque a veces daba la impresión de que ni ella sabía manejarla.

—Y usted, ¿qué pensaba?

—No voy a ser hipócrita, joven, yo siempre me sentí miserable, relegada a un plano inferior. Mi marido trataba de incluirme en las veladas que organizaban, pero jamás lo consiguió. Entre los tres compartían muchísimas horas. Se entendían a la perfección. Siempre me sentí ajena a ese pequeño círculo que los unía. Jamás pertenecí, jamás formé parte del grupo. Y esa impresión aún perdura y me afecta.

—¿No tiene fotos de aquella época?

Matilde se incorporó. Fue hasta una vieja cómoda de madera. De un cajón extrajo un par de fotografías sueltas.

—Me deshice de casi todas —aclaró—. Solo quedan algunas en las que la doctora no salió favorecida.

Bruno había buscado fotos en internet, pero la gran mayoría de las que halló, sino todas, correspondían a los últimos años.

—Esta es la doctora —especificó Matilde, mientras señalaba a una joven de pelo castaño—. Allí era solo una estudiante de doctorado, una becaria más, todavía desconocida en el ámbito académico.

Bruno tomó la fotografía de tonalidades cercanas al sepia. La estudió sin prisa. La imagen que se había formado de la doctora no coincidía con la joven que tenía enfrente, de perfil, con una sonrisa franca y una mirada incisiva. Después de revisar el resto de las fotografías, en las que se veía a la doctora en diferentes situaciones, pero siempre en el centro de la escena, Bruno imaginó que, en aquella época, debía de haber sido una mujer llena de vitalidad, con una actitud avasallante, que terminaba haciendo que todo girara alrededor suyo.

Después de vaciar la taza de té, Bruno se acomodó en el sillón, dispuesto a escuchar la continuación del relato.

—Pero la doctora cambió —retomó Matilde—, con el tiempo, su carácter se volvió agrio. En las reuniones muchas veces los tres terminaban discutiendo. El mal humor surgía abruptamente en aquellos encuentros que se volvieron cada vez más esporádicos. A decir verdad, solo Martínez continuó viniendo a esta casa, todos los martes hasta que ocurrió lo que usted ya sabe. Él se mantuvo fiel a la amistad que los unía. En cambio, ella no. Ella cambió. Empezó a venir cada vez menos. Y después de su casamiento, tomó cada vez más distancia de nosotros. Incluso, dejó el instituto y se fue a la universidad, durante muchos años. Cuando volvió al laboratorio era una persona absolutamente desconocida, malhumorada, violenta, cínica. Puede que su marido haya tenido algo que ver, no lo sé, pero él siempre tuvo una actitud miserable hacia nosotros, siempre nos trató con sorna, nunca nos quiso. Basta decir que una sola vez pisó esta casa y jamás volvió, nunca.

Las campanadas de un reloj de péndulo anunciaron en ese momento las ocho de la noche. Ya se habían extinguido los escasos rayos de luz que antes se filtraban por las rendijas de las persianas. Matilde se puso de pie. Cruzó el comedor para encender un velador. Acomodó los portarretratos. Realizó un movimiento impreciso y uno cayó al piso. El vidrio se hizo añicos.

Bruno se incorporó y le ayudó a juntar los fragmentos. En la foto vio a Eduardo. No estaba de humor, tenía unos pantaloncitos cortos algo subidos sobre el abdomen.

Desde ese lugar se alcanzaba a ver una biblioteca ubicada en la pieza de Matilde. Bruno tuvo una corazonada.

—Veo que son buenos lectores. ¿Qué es lo que más lee su marido?

—Lee de todo, pero tiene cierta predilección por la poesía y las novelas policiales.

—¿Novelas policiales?

—Sí. En realidad —recordó Matilde, con un destello en los ojos—, todos tuvieron un momento de fanatismo: Mi marido, Martínez y la doctora, los tres. Es más, entre ellos solían desafiarse con un ejercicio que, visto ahora, a la distancia, hasta parece bastante desgraciado.

—¿Por qué lo dice?

—Por lo que pasó. Yo nunca participé, pero consistía en leer varias novelas policiales a la vez, una cada uno, y luego, apenas alguien intuía quien era el culpable, lo dejaba registrado en un papel. Luego vencía el que primero daba con la verdad. Ellos apreciaban el costado lógico y racional de ese enfrentamiento. Se apasionaban, como con todo lo que hacían. Y hasta puedo decirle que yo envidiaba esa manera que tenían de hacer las cosas. Era la juventud, supongo, esa sensación de tenerlo todo, inteligencia, pasión y la vida por delante.

—¿Se reunían aquí?

—Así es —Matilde hablaba ahora con un dejo de amargura—. Si se refiere al juego, era una tradición que mantenían, sobre todo, en las noches frías de invierno. Y si se avecinaba un temporal, entonces era todavía mejor. Se congregaban aquí, justamente, ahí donde está usted ahora. Permanecían hasta el amanecer, compenetrados, leyendo con la mayor rapidez posible. ¿Quiere que le cuente quien ganaba?

—Claro.

—Siempre vencía la doctora o mi marido. Martínez, lo recuerdo muy claro, jamás resultó victorioso.

—¿Ni una sola vez?

—Ni una sola. Por eso lo recuerdo. Pensé que, abatido, abandonaría las reuniones, pero no, perseveraba, con un empeño absolutamente inútil. ¿Usted participaría de algo que nunca gana?

—Supongo que sí. ¿Por qué no?

—Estupideces. Cada uno tiene sus límites.

—Y usted, ¿nunca quiso participar?

—No. ¿Para qué? Ya se lo dije. Siempre me sentí ajena a todo lo que los unía; siempre odié las noches frías de invierno.

Matilde fue hasta su cuarto y volvió con otra fotografía en blanco y negro. En esta podía verse a los tres jóvenes en el sillón. Había café y chocolates sobre una mesa ratona. Una joven doctora Mahler tenía un libro entre sus manos. Todo señalaba que se disponían a comenzar uno de esos desafíos. El frío se apreciaba en la ropa: los tres vestían gruesos pulóveres de lana. Fuentes usaba un gorrito. A Martínez el cabello le caía sobre el rostro cubriéndole un ojo. Bruno se sorprendió de la expresión distendida y cómplice de Fuentes y Martínez, a quienes había conocido de grandes, ya doctores, ya afectados por el episodio reciente. Desde el papel, en cambio, lo miraban dos jóvenes ociosos, indiferentes al futuro, en un momento de serena felicidad que la cámara había sabido captar.

Bruno trató de focalizarse nuevamente:

—¿Le molestaría si veo los libros?

Caminaron hasta el dormitorio. Matilde encendió la luz. Había repisas a ambos lados de la cama matrimonial. Bruno las revisó con interés. Sin embargo, recién sobre una mesa de luz encontró lo que buscaba. Allí estaba, como brillando con luz propia, un fotocopia del artículo científico que le había mostrado Eduardo.

Bruno pidió permiso y pasó las hojas del artículo. Varias partes habían sido subrayadas. Quedaba claro que esa publicación era muy importante para Fuentes.

Bruno le preguntó a Matilde:

—¿Desde cuándo está este artículo en la mesa de luz?

—Desde hace mucho. No he tocado nada de sus pertenencias. No sé si sabe, pero mi esposo se ha marchado a nuestra quinta a reflexionar unos días.

Bruno decidió que era momento de retirarse. Caminaron hasta la puerta. Antes de despedirse, Matilde lo detuvo tomándolo de un brazo. Le realizó una última confidencia:

—Mire, si Eduardo confía en usted, yo también lo haré. Hay algo más que acaso le interese saber: aunque la doctora se casó siendo muy joven, ella jamás respetó su matrimonio. Sabe a lo que me refiero…

—¿Tuvo un amante?

—Uno no, varios. No me gusta hablar así, pero es la verdad. Entre ellos, Horacio Larrondo fue el más privilegiado. Creo que Larrondo fue su sostén cuando la doctora dejó de reunirse con nosotros. Si lo ubica, seguramente pueda darle más información que yo.



Capítulo 6


Antes de realizar una nueva visita a Fuentes, Bruno leyó minuciosamente el trabajo científico sobre la teoría biológica del cáncer. Si esos artículos tenían algo que ver con lo ocurrido, debía estar a la altura de poder comentarlos con Fuentes.

Bruno y el doctor tomaron asiento en un banco de madera, bajo la sombra de un pino. Estaban en un rincón de la quinta, al lado de unas hamacas y juegos que habían sido puestos allí de forma anticipada, como a la espera de unos nietos que todavía no habían llegado. Ambos se estudiaron durante un segundo. Para Bruno, el hombre a su lado era muy diferente del que había visto en las fotografías. Pese a la inactividad tenía el rostro cansado, o acaso la fatiga se debía justamente a ella, a la falta de ocupación, la falta de interés en una mente habituada a tener mucho en que pensar

—Doctor —dijo Bruno—, ¿cree que el cáncer podría derivar de un intento de resistencia, del último recurso de un tejido devastado?

—Ya veo —dijo Fuentes—. Leyó el artículo de los Dres. Ruggiero y Bustuoabad[i]. Veo que me ha hecho caso, que está profundizando. Muy bien. ¿Qué opina?

—Entiendo algunas cosas, pero no todo. Por ejemplo, cuando un órgano sufre una agresión química constante, tiene sentido suponer que algunas células se expandan para reemplazar a las dañadas. Según el trabajo, las células del cáncer derivarían, precisamente, de las únicas células capaces de dar la cara, de aquellas que realizarían un último y desesperado intento para salvar a un órgano devastado. Pero el artículo postula una teoría sobre el sentido biológico del cáncer, desde un punto de vista positivo. ¿Usted, está de acuerdo?

—Me reservo la opinión —dijo Fuentes—. Ya le he dicho que este tipo de cosas debe pensarlas por su cuenta, solo así progresará en su capacidad de ir más allá, solo así evitará conformarse con la mera acumulación de conocimientos.

—Lo haré. Pero dígame, al menos, si ustedes coincidían en sus posturas al respecto.

—Bueno, en cierto modo sí, todos teníamos la misma postura.

—¿Entonces estaban de acuerdo?

—No. Solo estábamos de acuerdo en discutirlo todo, en no dar nada por sentado. Y usted debería hacer lo mismo. Además, la realidad es que la Dra. Mahler se divertía generando debates. Estaba en su naturaleza. Y no era fácil discutir con ella. Se lo aseguro.

Fuentes de pronto estiró los brazos con fuerza, como si los hubiera tenido maniatados. Su gesto era promisorio. Parecía la reacción de una persona que sale de un letargo, que pretende despabilarse, como si debajo del manto de tristeza que lo envolvía, el doctor tal vez pudiera conservar, en lo profundo, un último acervo de su esencia, de lo que había sido como persona y como investigador, y desde donde pudiera resurgir acaso alguna vez.

—La realidad es que, exceptuando su producción científica, uno nunca estaba seguro de lo que realmente creía la Dra. Mahler. Mire —continuó Fuentes, algo más sereno—, que yo evite referirme, de momento, a lo que ocurrió aquella tarde, no significa que haya perdido la memoria. Sería muy injusto de mi parte si olvidara o menospreciara las virtudes de la doctora. Ella tiene un carácter espinoso, arduo, intratable, pero a la vez es una persona extraordinaria. Nunca tuvo grises. Con ella, uno jamás podía aburrirse.

—Eso me han dicho —dijo Bruno.

—¿Y no sabe dónde está? —Preguntó Fuentes—. Nadie quiere decírmelo.

Bruno no lo sabía. Nadie lo sabía, en realidad. Había quien decía que estaba encerrada en su casa, también quien afirmaba que se había marchado a vivir al extranjero, pero, en concreto, nadie lo sabía, todas las versiones no eran más que conjeturas.

Permanecieron un instante en silencio. Ahora solo se escuchaba un benteveo cantando en las cercanías.

—A ver —dijo Fuentes al cabo de un rato—. ¿Usted qué piensa, cree que el sistema inmune es perjudicial para el cuerpo?

—Por supuesto que no.

—¿Está seguro? Piénselo bien.

Bruno sabía que, en algunas ocasiones, el sistema inmune podía atacar a las células del propio cuerpo, en las enfermedades conocidas como autoinmunes, tales como el lupus, la esclerosis múltiple y muchas otras patologías.

—De acuerdo, a veces puede causar un daño.

—Entonces, ¿qué me dice?, ¿es beneficioso o perjudicial?

—Depende.

—Eso mismo. Es una espada de doble filo. Normalmente es un arma de defensa, pero bajo ciertas circunstancias puede volverse en contra de uno mismo. En otras palabras, el sistema inmune es beneficioso, pero también puede convertirse en algo nocivo. ¿No es así? ¿Está de acuerdo?

De a poco, Bruno comenzaba a comprender adónde se dirigía el doctor, quien concluyó:

—Con respecto a la hipótesis del sentido biológico del cáncer, yo entiendo que se refiere a lo siguiente: que la expansión de las células cancerosas podría originarse por una buena causa, el reemplazo de las células dañadas en un órgano devastado. Y que luego, el cáncer sería una consecuencia negativa de la pérdida de control de ese mecanismo bienintencionado, así como las enfermedades autoinmunes se producen por una pérdida de control de las células del sistema inmune. ¿Me sigue?

Bruno notó que la idea era muy diferente a la teoría más aceptada en el ámbito académico: la teoría de las mutaciones, la cual considera al cáncer como un sinsentido biológico, una especie de falla en el sistema, producida en las células por la acumulación al azar y a lo largo del tiempo de mutaciones en genes importantes en la regulación de su ciclo de vida.

—Ya lo ve —siguió el doctor—, ahora ya tiene algo de material para empezar a pensar por usted mismo. ¿Qué sabe sobre los mecanismos del cáncer? ¿Son compatibles con esta interpretación de los hechos? Tal vez esto represente para usted la punta de un ovillo, una base nueva para pensar cómo aproximarse a la enfermedad, cómo dar un paso en una dirección hacia donde nadie haya ido antes.

Bruno ignoraba si esta teoría se relacionaba con el incidente de la doctora, o con el artículo que le había mostrado Eduardo. Decidió arriesgarse:

—Le agradezco doctor, ¿pero acaso esta teoría puede explicar mejor por qué existe el cáncer?

Fuentes, esta vez, guardó silencio. Su ánimo cambió de repente. Tuvo un súbito ataque de tos, una tos ronca y seca, que lo forzó a doblarse sobre sus rodillas. Bruno no llegó a lamentarse. A unos metros vio a Florencia, que se aproximaba abriéndose camino con cierta dificultad por el césped sin cortar.

—¿Qué hacés acá? —Le dijo ella. No venía del laboratorio. Estaba más arreglada. En lugar del jean y la remera de la mañana traía una minifalda blanca y una blusa azul.

—Vengo cada tanto —se justificó Bruno—. ¿Y tú visita, a qué se debe?

—Yo estoy convencida de que él, directamente, no tuvo nada que ver con lo que le pasó a la doctora. ¿No es así doctor?

Una mueca ligera asomó en los labios de Fuentes. Aun así, no podía discernirse si se trataba de una sonrisa de bienvenida o más bien de una queja.

Florencia revolvió en el interior de su cartera. Le alcanzó al doctor una hoja con una poesía. Ella misma solía escribir en sus ratos libres y era habitual que le trajera algún verso. Trataba de despejarlo y parecía que el doctor valoraba el gesto.

Lejos de distenderse, esta vez, Fuentes se puso tenso. De pronto se incorporó y, sin dar explicaciones, se introdujo en las instalaciones de la quinta.

Bruno lo vio marcharse con incredulidad. No pudo evitar preguntarse por el cambio de ánimo del doctor. Pasados unos minutos, resultó evidente que ya no volvería. Florencia y Bruno intercambiaron miradas de interrogación.

—Recién llegás —dijo Bruno—. ¿Tomamos un café, o una cerveza?

[i] Ruggiero, R. A. y Bustuoabad, O.D. (2006). The biological sense of cancer: a hypothesis. Theoretical Biology and Medical Modelling, 3:43.

 



Capítulo 7


 

 

 

El bar al que fueron Bruno y Florencia no era gran cosa. Tenía el aspecto de un bodegón de barrio venido a menos. Una vez que los clientes se marchaban, nadie limpiaba las mesas. Sobre los manteles, con manchas de grasa, quedaban pocillos de café y pequeñas migas de pan. Ambos tomaron asiento junto a una ventana y llamaron al mozo, que se aproximó con dos cartas que dejó sobre la mesa. No tenía otros clientes y permaneció al lado de ellos, con el aspecto de un viejo mayordomo.

Pidieron una cerveza y cuando el mozo fue a ocuparse del pedido, Florencia le preguntó a quemarropa:

—¿A qué se debe tanto interés en Fuentes?

—Todos lo admiran, ¿qué tiene de extraño?

Florencia fue tajante:

—Mentís pésimo.

—Es cierto. Te doy la razón, pero justamente por eso podés confiar en mí.

—¿A vos no te parece raro que Martínez te haya dado una línea de investigación de la doctora, justo ahora?

—No. Explicame.

—Tus experimentos se basan en investigaciones que ella estaba retomando, precisamente, antes del incidente.

—¿Estoy continuando su trabajo?

—¡Claro! Por eso fuimos a ver sus cuadernos. Ella hizo algunos experimentos de joven, antes de irse a la universidad. Pero sé, de buena fuente, que al volver al instituto los había retomado con resultados muy interesantes. Sin embargo, fíjate lo que pasó: Fuentes y la doctora fueron descubiertos en el depósito de una manera muy extraña, él ahora está a punto de renunciar, la doctora desapareció por completo, y, en ese contexto, Martínez no pierde el tiempo y te asigna el tema de la doctora. ¿De verdad no te parece raro?

—¿Vos creés que él tuvo algo que ver?

—No sé. Solo digo que es muy llamativo. ¿Quién puede hacer lo que hizo? ¿Cómo puede ponerte a trabajar, casualmente, en la línea de investigación de la doctora? Algo no cierra.

El mozo volvió con una botella de cerveza helada. Bruno tomó uno de los vasos y lo inclinó con cuidado para servirlo, tratando de que no se formara demasiada espuma. Se lo pasó a Florencia y sirvió el suyo. Después se hamacó hacia atrás. Al volver dejó caer los brazos sobre la mesa. Su mano derecha quedó rozando la mano izquierda de su compañera. Ella no la retiró.

—Todo esto es nuevo para mí —dijo Bruno—. No sabía que vos pensaras que  Martínez podía tener alguna relación.

—No es que él tenga alguna relación, él más bien forma parte de lo que pasó. Él no está afuera, está dentro de esto. Está tan dentro que podría explicarlo todo si quisiera. ¿No vas a creerte eso de que se marchó antes? Acá hay dos cosas innegables: Martínez sabe más de lo que dice, y este episodio le vino muy bien. Él está en la cuerda floja. Mirá, para que te des una idea, cuando yo ingresé al instituto, Martínez era un hombre elegante. Todavía conservaba mucho pelo. En pocos años se quedó calvo. Subió no sé cuántos kilos. Necesita resultados, publicaciones, y esos experimentos de la doctora son lo único que podrían salvarlo. Él siempre estuvo muy por detrás de los logros de Fuentes y la doctora.

—Mirá, yo recién ingreso al instituto. Apenas los conozco.

Florencia lo estudio de arriba abajo. Luego, con paciencia, le realizó un breve resumen de la vida de los doctores. Al finalizar, se retiró y dejó a Bruno sumido en sus propias reflexiones. ¿Qué sabía entonces de los doctores, que fuera de interés?

Fuentes había tenido una infancia normal. Parecía que nada llamaba la atención hasta un percance ocurrido en su adolescencia, cuando rondaba los catorce años. A esa edad, sus padres lo cambiaron de colegio, de un día para el otro. Lo que había ocurrido era una incógnita. Sin embargo, la razón tenía que ver con un incidente en un baño, con una compañera de colegio. Seguramente fue un hecho muy grave, porque a partir de allí, el joven Fuentes se convirtió en un alumno insurrecto, con notas pésimas y amonestaciones constantes. Luego, durante la universidad, el comportamiento del joven Fuentes se asentó. Rápidamente se convirtió en un alumno destacado de la carrera de biología. Al finalizar sus estudios, consiguió una beca doctoral, y con el correr de los años fue ascendiendo, a buen paso, por los peldaños de la carrera de ciencia, hasta alcanzar el máximo escalón en las jerarquías posibles. La vida del Dr. Fuentes parecía haberse deslizado sobre una alfombra roja después de la universidad. Contrajo matrimonio y al poco tiempo adoptó un hijo. Tuvo una conducta intachable y ningún otro percance hasta el episodio ocurrido en el instituto, cuando lo hallaron dentro del depósito junto al cuerpo inconsciente de la Dra. Mahler.

Por su parte, Martínez era el primogénito de un médico de renombre. Su padre tenía muchas expectativas depositadas en él, en quien veía como su sucesor, el responsable de mantener el prestigio del apellido en la arena médica. Pero el joven Martínez había desilusionado a su padre al cambiarse a biología antes de empezar el segundo año de la carrera de Medicina. A diferencia de Fuentes y de la Dra. Mahler, la carrera universitaria le había costado un gran esfuerzo. Cuando sus compañeros interrumpían sus estudios y aprovechaban el tiempo libre, él debía mantenerse sobre los libros. El ascenso por los escalafones de la investigación también le había resultado arduo. Actualmente tenía un cargo modesto. Pero todo lo había conseguido con mucho esfuerzo. Martínez nunca se casó, nunca convivió, no estaba en pareja, no tenía hijos de alguna relación temporal, nada en su vida parecía digno de mención, de modo que eso era lo único que, en definitiva, podía considerarse llamativo.



Capítulo 8


Al día siguiente Bruno entró al laboratorio, buscó su guardapolvo y se puso a trabajar, sin dilaciones. Más tarde, a la hora del almuerzo, se reunió con Martínez. Debía ponerse al corriente con los últimos experimentos. A Bruno el aspecto descuidado de su director no se le pasó por alto. Tenía puesto un jean sucio como el de un mecánico y una camisa arrugada, demasiado corta. Cuando Martínez estiraba los brazos era inevitable que algunos pliegues de su abdomen quedaran a la vista. Y esto, a fin de cuentas, no era lo más extraño, sino una marca violácea que le bordeaba un ojo.

Al finalizar, Bruno fue por el pasillo hasta el cuarto experimental, donde guardaba sus ratones bajo estudio. El lugar no hubiera podido estar en mejores condiciones, el aire acondicionado mantenía una temperatura fresca y constante. Bruno tomó dos jaulas de una repisa y las llevó a uno de los laboratorios. Depositó las jaulas sobre la mesada. Luego buscó un calibre y dejó a su alcance todo lo que pudiera necesitar. Odiaba tener que levantarse para buscar algo en el medio de un experimento.

En eso estaba cuando Matías entró al cuarto de pésimo humor. Se dejó caer en un banquito de madera.

Mientras tanto, Bruno comenzó a chequear los primeros ratones. Se sorprendió: los animales bajo tratamiento mostraban una leve mejoría. Los ensayos parecían disminuir el tamaño tumoral, por lo menos, en su modelo de estudio. Si esto era cierto, y la Dra. Mahler lo había probado antes, Martínez no podía desconocerlo.

Inquieto, Matías se puso a caminar en círculos, como un cuervo con poca paciencia. Simulaba organizar el material de vidrio en las repisas, las drogas de un estante, las pipetas a un costado de la mesada. Pero su objeto de atención, en realidad, eran las manos de su compañero; Matías miraba el pulso de Bruno para ver si estaba nervioso.

—¿Quién golpeó a tu director? —dijo al fin.

—No sé —Bruno tenía la vista fija en los ratones.

—¿Qué?

—Que no sé. Tal vez se golpeó solo.

—¿Un accidente? ¿Eso decís? ¡Vamos!

Florencia pasó por el pasillo. Ambos se distrajeron por un segundo.

—Pobre —dijo Matías—. Mientras ella está a la deriva, su jefa se pasea por todos los congresos posibles.

Bruno procuró no distraerse. Continuó analizando si su tratamiento, efectivamente, reducía el tamaño de cierto tipo de tumores.

—Pero algo más la inquieta… —volvió a insistir Matías, que se había parado cerca de la puerta y cuidaba que Florencia no se acercara por el pasillo—. El incidente de la doctora la afectó demasiado. Y eso que entre ellas mantenían una relación más que difícil. Cuando se cruzaban había que ponerse a resguardo. La verdad, es una pena que no hayas conocido antes a la doctora. Ahora quién sabe si volverá, si es que se repone. Era un diamante en bruto, una joya que no se merecían estos linyeras de la ciencia. Es cierto que al final ya parecía desquiciada, como si la locura hubiera golpeado a su puerta, pero, por lo menos, tenía plena consciencia de su situación. Una tarde, en la que incluso pensé que alucinaba, me dijo: “¡Matías!, ¿sos imbécil o qué? Los conocimientos no van a venir a buscarte; empezá a moverte de una vez por todas. Recién habrás dado el primer paso cuando encuentres cuál es, en realidad, el conocimiento que te falta, el único capaz de movilizarte. Y no te creas que es algo fácil de encontrar, no, todo lo contrario, para cada uno de nosotros, a lo sumo hay un dilema real, suficientemente fuerte como para sacarnos del tedio de la rutina, es algo que se vuelve personal y que solo puede culminar en la forma de una tiránica obsesión. Por eso, si llegás a descubrir lo que realmente te motiva, por favor, no seas tan idiota como hasta ahora, no te guardes nada, sea cuál sea el costo que tengas que pagar, ¿entendés? ¿Entendés?” Ese día, pensé que los ojos iban a salírsele para afuera, pero ella siempre vivió así. Jamás hubiera concebido otro. Y aquí, en este sucucho perdido en el mundo, donde muy pocos se atreven a caminar, ella era la única que corría. Bueno, Fuentes sí era capaz de seguirle el paso —se corrigió Matías—, pero Martínez, en cambio, siempre fue una sombra al lado de ellos. Siempre los envidió. Por eso me pregunto: trabajando codo a codo con Fuentes y la doctora, ¿cómo aceptaba Martínez sus propias limitaciones?

Bruno levantó la vista con la expectativa de que su compañero respondiera a su propia pregunta.

—Lo que pasa es que Martínez niega la realidad —siguió Matías, que no dejaba de mirar hacia el pasillo—, eso es lo que pasa, ¿y querés saber por qué? Porque no la tolera. Es así de simple. Y entonces, lo único que hace es esconder la realidad bajo la alfombra del inconsciente. Se la pasa barre que te barre. O bien no aguantó más y tomó otras medidas. ¿Quién sabe?

Matías se quedó un rato pensativo, luego miró su reloj y se marchó.

A la siesta, Bruno se ocupó con otro experimento. Quería aprovechar que Florencia, por fin, le había hecho una copia de la llave del depósito.

Contrariando sus planes, Matías ingresó primero. ¿Qué hacía en el cuarto? Bruno no lo sabía. Sin embargo, como su compañero siempre permanecía un buen rato, inventó una excusa y salió del laboratorio.



Capítulo 9


—Pasá por acá, Bruno —le dijo Eduardo, mientras abría una puerta diminuta en el centro de una persiana metálica que cubría toda la fachada de un local comercial—. Esto supo ser un videoclub, pero ese negocio ya no tiene futuro. Compré el sitio a precio de regalo; las librerías andan muy bien y pienso poner aquí una nueva sucursal.

Caminaron hacia una pequeña mesa ubicada en la parte de atrás. Una bombita eléctrica, solitaria y desnuda, era lo único que iluminaba el lugar. Del antiguo negocio no había quedado prácticamente nada, los anaqueles estaban vacíos. Solo algunos afiches de clásicos del cine colgaban de las paredes, dejando entrever que allí había habido un videoclub.

Una vez sentados, Eduardo le dijo:

—Tomá asiento, quiero que veas algo.

Bruno ocupó una de las sillas. Eduardo caminó hacia una mesa de televisión que tenía una vieja cassettera VHS. Introdujo un cassette y volvió para ocupar su sitio al lado de Bruno.

En el comienzo de la cinta se veía a tres jóvenes sentados alrededor de una mesa. Más atrás, en un sillón, otra mujer hojeaba una revista con desgano. La escena transcurría sin sobresaltos, hasta que una de las mujeres se incorporaba y tomaba el control de la cámara. Primero se enfocaba ella misma, en primer plano. Comenzaba a narrar con voz de locutora: “Señores, señoras, esta no es una velada cualquiera. ¡No, no, señores! ¡Esta noche se define el mejor!” En ese instante comprendí quiénes eran. La que hablaba era la estudiante de doctorado, Lucía Mahler. Su imagen se correspondía perfectamente con las fotos que Bruno había visto en la casa de Matilde. En aquel momento rondaría los veinticinco años. Luego se hacía a un lado para enfocar a uno de los contendientes: “Tenemos aquí al niño prodigio Martínez, misterioso, enigmático, de pocas palabras… Todavía no ha vencido, pero, ¡quién sabe! ¿Es un tapado? Podría serlo…Piénselo bien, piénselo bien señor cuando haga su apuesta, ¿acaso puede depararnos una gran sorpresa esta noche?” Martínez realizaba un saludo con cierta timidez. Luego la cámara se ocupaba de Fuentes. Se lo notaba más confiado: “Y aquí está él: el fenómeno, el único, el temible, el inclasificable niño Fuentes, sí, sí, sí, señores, un demonio de pantalones cortos, un diablillo con un currículum extraordinario, ¿Qué digo extraordinario? ¡Maravilloso! ¿Será esta su noche épica? ¿Será esta la velada de su consagración? En breve lo sabremos, señores, señoras, ya falta muy poco… ¡no se mueva del televisor!” Aquí Lucía Mahler se tentaba y la cámara comenzaba a sacudirse con sus temblores. Cuando Lucía por fin se recomponía, volvía a mirar a la pantalla, con una expresión fingidamente seria, “¡Ay, ay, ay! ¿Por qué los quiero tanto? ¿Por qué los quiero tanto a estos dos sujetos? Nadie lo sabe, es inexplicable, pero no importa, ¡Eso no impedirá que los derrote esta noche! ¡Y el público está conmigo! ¡Escuchen, escuchen el aliento de la hinchada!” Lucía apoyaba la cámara y agitaba los brazos, como arengando a una platea de espectadores timoratos. “Dale, Lucía, ¡vení de una vez!”, se escuchaba que le decía Fuentes. Ella entonces le guiñaba un ojo a la cámara y la apagaba. Ahí terminaba el video.

Eduardo, con un aire cargado de nostalgia, se levantó y apagó la televisión. Luego volvió a la silla.

—Una sola vez había visto este video —dijo—, aquí encontré una de estas cassetteras, tan caídas en el olvido como el propio videoclub.

Bruno se había quedado un poco sin palabras.

—Nada mejor que verlos para que te los imagines —siguió el hijo de Fuentes—. ¿Cómo se convirtieron en lo que son hoy en día? Ahora anda cada uno por su lado, Martínez en el instituto, mi padre en la quinta y la doctora vaya a saber dónde está.

—¿Nadie lo sabe?

—Solo su esposo, supongo. Pero continuemos con lo que nos atañe —dijo Eduardo, mientras agitaba en el aire un artículo científico—. Mirá, esta copia de la misma publicación estaba encima del escritorio en la oficina de la Dra. Mahler, en el instituto.

—¡Pero ese cuarto está bajo llave! —advirtió Bruno.

—Así es. Solo tu director, el Dr. Martínez, tiene una copia de la llave de la oficina. Yo conseguí entrar con una excusa. Lo interesante es que esta copia tiene una inscripción por demás llamativa:

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Bruno alzo las cejas. Antes de que pudiera opinar, Eduardo aclaró:

—Afortunadamente, tengo una librería. “La muerte y sus ventajas” es un libro escrito por Marcelino Cereijido y Fanny Blanck-Cereijido. No es un dato menor que Martínez sea el único que tiene la llave de su oficina. ¿No te parece?

—Es cierto, pero yo también una copia en la casa de tus padres.

—¿Cómo puede ser? —Eduardo soltó un chasquido de disgusto.

El Dr. Fuentes conocía sobradamente el trabajo en cuestión. Así, las implicancias del artículo científico, en lugar de aclararse, parecían volverse cada vez más confusas.

Eduardo abrió una puerta lateral que daba a una pequeña cocina. Sirvió dos pocillos de café, volvió y depositó uno a cada lado de la mesa.

—Traté de conseguir el libro “La muerte y sus ventajas” —retomó—, pero está en falta.  ¿Sabés de qué se trata?

—No. No lo conozco. Sin embargo, el título parece ir en la misma línea del artículo que me mostraste primero, el que menciona que el cáncer podría incidir regulando la longevidad de las especies. Es lo único que podría decirte por ahora.

—Tenemos que conseguir ese libro. Estoy convencido de que la discusión que escuchó el técnico de laboratorio tuvo que ver con esto. Mi padre sigue evitando el tema. Solo nos queda comprenderlo por nuestra cuenta y luego tratar de persuadirlo, antes de que sea demasiado tarde.

—Hoy Martínez apareció con un ojo morado —acotó Bruno.

—Interesante. ¿Qué puede haberle pasado?

Bruno se encogió de hombros. Eduardo entonces se incorporó. Caminaron juntos hasta la puerta.

—Una última cosa —dijo Bruno mirando su reloj—. Según tu madre, la doctora nunca fue una esposa leal. Uno de sus amantes habría sido un hombre llamado Horacio Larrondo, quizá nos sirva hablar con él.

—Está bien —Eduardo le tendió la mano—. Veré qué puedo hacer.



Capítulo 10


 

Bruno volvió tarde al laboratorio después del encuentro con Eduardo. Estaba ansioso por entrar al depósito. Florencia, por fin, le había hecho una copia de la llave. Con pasos sigilosos Bruno se aproximó a la puerta. Extrañamente, no estaba cerrada. Cuando ingresó el torso hasta la mitad se llevó una sorpresa. El Dr. Martínez se hallaba en el interior. Llevaba el guardapolvo desprendido y se había sentado en el viejo pupitre, en dirección a la mancha desvaída que señalaba el sitio donde había caído la doctora. No se movía, absorto en sus pensamientos. Por último osciló la cabeza con aire perplejo, como negando lo que había ocurrido.

Bruno vaciló bajo el marco de la puerta. Solo entonces su director pareció despabilarse. Se incorporó y salió con aire extraviado.

Tras cerrar la puerta, Bruno actuó con celeridad. El pupitre le sirvió de sostén. Los cuadernos fueron pasando rápidamente por sus manos, uno detrás de otro, como si fuera un bibliotecario avezado. Recién se detuvo cuando encontró una hoja suelta intercalada a la mitad de un viejo cuaderno. Cuando estaba por revisarla, Florencia ingresó al cuarto. Ella fue directamente hacia él.

—¿Encontraste algo?

—Todavía no.

—¿Qué tenés ahí? ¿Puedo ver? —Florencia tomó el cuaderno. Antes de revisarlo, se quedó un instante estudiando la reacción de Bruno.

Fue solo eso, un segundo, pero bastó para que se esfumara esa distancia prudencial que, habitualmente, se mantiene entre dos personas que no tienen un vínculo familiar o íntimo. Para Bruno, varios detalles surgieron en su máximo esplendor, detalles que parecían aflorar desde un plano antes invisible, un plano normalmente velado, pero que sin embargo estaba ahí, latente, en un nivel accesible únicamente desde la corta distancia. Había allí unas diminutas pecas de Florencia que desde lejos no se notaban; también podía apreciarse la sutil curvatura de sus pestañas, y hasta se veía el fondo de los hoyuelos que se le marcaban cuando reía. Bruno pasó la vista por todo eso y se detuvo, por fin, en los ojos claros de Florencia, dos mandalas mínimos pero exuberantes, que le devolvían la mirada como un espejo.

Bruno nunca supo, realmente, cuánto tiempo estuvo detenido en ese instante de contemplación, cuánto demoraron en zanjar la estrecha distancia que los separaba. Sin embargo, un momento más tarde, todo ocurrió en simultáneo: Bruno retrocedió un paso, Florencia se sentó en el pupitre, y Martínez abrió la puerta.

Antes de que el director de Bruno le explicara lo que necesitaba, Florencia se lo dijo. Martínez le pidió entonces que lo acompañe y abandonaron juntos el cuarto.

Por su parte, Bruno no quiso quedarse solo. También salió, pero, esta vez, aprovechó a llevarse el cuaderno.

 

Continuar  capítulo 11


[1] Ruggiero, R. A. y Bustuoabad, O.D. (2006). The biological sense of cancer: a hypothesis. Theoretical Biology and Medical Modelling, 3:43.

 

Sexta parte, Punto de inflexión

Capítulo 21

El tiempo parecía no haber transcurrido desde la visita anterior de Bruno a la mujer de Fuentes. Después de servir el té, Matilde tomó asiento. Comenzó a tejer con parsimonia mientras aguardaba a que Bruno le explicara el motivo de su nueva visita.

—Usted me dijo que, con el tiempo, las reuniones entre los tres se volvieron cada vez más esporádicas, ¿no es así?

—Así es. Ya le comenté que el esposo de la Dra. Mahler vino una sola vez a esta casa.

—¿Es decir, entonces, que usted no volvió a ver a la doctora?

—No. Recuerde, además, que ella trabajó muchos años en la universidad. Recién ahora volvió al instituto.

—¿Entonces, no habló más con ella? ¿Está completamente segura?

—En realidad… —Matilde vaciló—, ahora que lo menciona, una vez volví a hablar con ella.

—¿Hace mucho?

—Sí. Fue hace muchos años. Ella vino a visitarme en el horario de trabajo de mi marido… —Matilde se quedó callada.

Bruno dejó la taza de té sobre una mesa ratona que tenía enfrente.

—¿Y cuál fue el motivo?

La mujer de Fuentes lo miró por encima de los lentes. Dejó las agujas sobre la mesa. Se alisó la falda de la pollera.

—Me quiso convencer de que mi marido y ella habían tenido algo.

—¿Y usted le creyó?

—¡Por supuesto que no! ¡Faltaría más! Siempre confié en mi marido.

—¿Qué le dijo la doctora?

Matilde miró hacia el suelo sin responder.

—Está bien. No importa. Pero usted no le creyó.

—¡Claro que no! Recién habíamos adoptado a nuestro hijo.

El ruido estridente del timbre hizo que Bruno pegara un salto.

—Es un sonido horrible —se excusó Matilde, poniéndose de pie. Descorrió la mirilla de la puerta.

—Es una chica joven…

Desde el otro lado de la puerta se escuchó que alguien gritaba.

—¡Abrí, Bruno! —gritó Florencia—. Matías sabe que te reuniste con Eduardo; de hecho, mañana mismo piensa contárselo a Martínez, y no creo que le agrade. ¿Qué pensás hacer?

Abrieron. Mientras Florencia se presentaba ante Matilde, Bruno volvió al sillón.

—Siempre supe que entraste al laboratorio con otra finalidad —explicó Florencia—, que no te interesa el doctorado.

—¿Cómo me encontraste?

—El lunes pasado te seguí.

—¿Y por qué te escribió Martínez la otra noche? Vi un mensaje de él en tu celular.

Matilde los miraba alternadamente.

—Lo sabrías, si no te hubieras marchado. Martínez me confirmó que Fuentes está a punto de renunciar, mañana, más precisamente.

Mientras Bruno reflexionaba, Matilde se marchó a la cocina. Florencia aprovechó para aclarar:

—Fuentes no puede haber tenido responsabilidad en lo que pasó. Yo estoy convencida. Incluso, tenía la esperanza de que vos aportaras algo. Por eso te ayudé.

—¿Me ayudaste?

—Claro, yo te llevé al depósito. Quería que encontraras la foto de la doctora embarazada. Hasta te señalé los cuadernos. ¿No te acordás? Como tenés que preparar un seminario sobre el cáncer, agregué artículos científicos sobre teorías poco conocidas para que te llamaran la atención.

—¿Vos agregaste las notas?

—Lo hice para que te detengas en esos lugares y veas la foto. Incluso, te di una copia de la llave. La primera vez entró Matías y te dejaste el cuaderno; la segunda, vi que te lo llevaste. Supongo que habrás encontrado la foto.

—¿Entonces vos sabías de eso?

—Sí. Comprendí que podía ser un dato clave. Ella solo tenía ojos para Fuentes. Ese embarazo era lo que más anhelaba. Me lo contó ella misma, en cuanto notó que yo me había dado cuenta, que sabía su secreto —Florencia hablaba susurrando, cuidándose de que Matilde no la escuchara—. Pero el tiempo se termina. El doctor está devastado. Fue él quien golpeó a Martínez en la quinta. Me lo dijo él mismo.

Bruno caminó por el living, indeciso. Su celular le avisó de la llegada de un mensaje. Era Eduardo. Le refería la última noticia. Fuentes estaba fuera de sí. Un ataque de rabia lo había llevado a destruir el escritorio de su cuarto, en la quinta. Algo se estaba gestando por esas horas.

—Yo lo conozco bien —dijo Florencia—. Te digo que Fuentes no puede haber hecho una cosa así. De Martínez me sorprendería, pero él siempre estuvo embelesado con la doctora, y nunca fue correspondido. Además, te tomó como becario justo en este momento. Tiene varios indicios en su contra.

Al instante, Bruno recibió otro mensaje de texto. Habían internado a Fuentes por una descompensación.

Apenas leyó el mensaje, Bruno se dirigió hacia la salida.

—¿Y ahora qué pasa? —Preguntó Florencia.

—Tengo que ir al instituto.

—¿Ahora?

—Sí.

—Te llevo —dijo ella—. ¿A qué vas?

—No hace falta.

—Dale, no perdamos el tiempo. Tengo el auto en la puerta.

Bruno no rechazó la ayuda. Ya conocía a Florencia lo suficiente como para saber que no lo dejaría marcharse solo. Ambos se despidieron de Matilde, le pidieron su número de teléfono y le prometieron comunicarse si tenían novedades.



 

Capítulo 22


 

Cuando llegaron al instituto, Bruno y Florencia pidieron las llaves y firmaron una planilla de registro. El guardia los observó con curiosidad. Ambos lo conocían y se cuidaron de evitar su mirada maliciosa.

El edificio estaba a oscuras. Con el fin de economizar gastos, muy pocas luces permanecían encendidas. Ingresaron al laboratorio por la cocina. Al atravesar el pasillo los recibió el barullo de los ratones en sus jaulas. Pese a que Bruno ya había entrado de noche, la intensidad del ruido seguía sorprendiéndolo.

Fueron directo al despacho de Martínez. Tras abrirlo, encendieron las luces. Bruno buscó guantes de laboratorio. Se los puso y luego comenzó a retirar uno a uno los cajones del escritorio de Martínez.

—¿Cuándo me vas a decir qué buscamos? —Preguntó Florencia, cruzada de brazos.

Del fondo del último cajón, Bruno sacó una hoja cuadriculada, estaba plegada numerosas veces al punto de quedar reducida a un pequeño rectángulo de papel.

—¡Tiene sangre! —señaló Florencia.

Cuando Bruno extendió la hoja, Florencia ya se había acercado. Leyeron los dos juntos. En un gesto automático ella se tapó la boca con una mano. Tuvieron que sentarse. Florencia recurrió al sillón de Martínez. Bruno rodeó el escritorio hasta la silla que solía usar en las reuniones con su director. Quedaron enfrentados, sumidos en un mutismo absoluto. Recién cuando recuperaron un poco la compostura, Florencia advirtió:

—Salgamos de esta oficina, puede pasar el guardia haciendo la ronda. No sería bueno que nos encuentre acá.

—Da lo mismo —opinó Bruno—, de todas formas, mañana se termina todo. Cuando Matías hable con Martínez, seguro me echa.

—¿Matías? ¡Matías vive en una nube de ego! Y, además, te digo algo, está a punto de dejar el laboratorio.

—¿Se va?

—Sí. Se cambia a una empresa de monitoreo clínico. Se cansó de leer y escribir artículos científicos. Yo solo quería presionarte porque, como te dije, mañana Fuentes piensa iniciar los trámites de la renuncia.

—¿Entonces, Matías no sabe nada?

—¿Qué te acabo de decir? —Florencia volvió los cajones a su lugar—. Además, como Matías deja el laboratorio, no va a asistir al congreso que hay este año. Martínez me dijo que te pregunte si querés reemplazarlo. El hotel está pago.

Bruno levantó las cejas, sorprendido.

—Hoy miré tus ratones —acotó Florencia—, parecen estar algo mejor con el tratamiento que probaste. Es una buena línea para seguir, ¿no te parece?

Bruno guardó la hoja en un folio transparente y luego tomó prestada una mochila en desuso que había en un costado. Mientras Florencia cerraba el despacho de Martínez, Bruno cayó en la cuenta de que llevaba varios días sin revisar sus animales. Caminó por el pasillo en penumbras hasta el cuarto de experimentación. Allí observó las cajas donde mantenía sus animales bajo estudio. Comparó los ratones de manera superficial. Aunque tenía que aguardar un tiempo prudencial para estar seguro, el tratamiento daba la impresión de estar funcionado. Era un buen indicio.

Cuando salieron a la calle, Bruno sacó el celular. Llamó a Eduardo, que aceptó recibirlo si tenía novedades. Florencia se ofreció a llevarlo hasta la casa del hijo de Fuentes. Sin embargo, Bruno prefirió que lo alcanzara hasta la casa de Matías.

El tránsito, como siempre, era caótico. Florencia tuvo que aminorar la marcha. Realizaron gran parte del trayecto en silencio. El rumor del coche apenas se escuchaba. Las luces de la avenida desfilaban a los costados.

De pronto Bruno recordó algo:

—Me dijiste que Fuentes te comentó algo más, poco tiempo antes del incidente con la doctora.

—Cierto. ¿En qué habíamos quedado?

—Quedamos en que Fuentes estaba preocupado acerca de la posibilidad de que el desarrollo inconsciente de enfermedades pudiera estar relacionado con comportamientos nocivos que predisponen al cáncer. Además, me mostraste un libro que describe muchos casos en que la muerte de los individuos que han pasado la edad reproductiva constituye una ventaja para una especie.

—Es verdad. Esto llevó al doctor a continuar indagando en el tema, hasta que, en un punto, se convenció de un detalle crucial: si bien la muerte de los individuos más longevos podría ser ventajoso para una especie, esto en realidad no es así para los seres humanos, ya que seríamos un caso especial.

—¿Justo un caso especial? ¿A qué te referís?

—El Doctor se dio cuenta de que estaba omitiendo algo muy importante —Florencia hizo una pausa antes de aclarar—: Fuentes averiguó que, a diferencia de las demás especies, las mujeres humanas son las únicas que tienen una larga vida después de la menopausia.

—Eso es totalmente nuevo para mí. ¿Ni siquiera las monas viven luego de la menopausia?

—¡Claro! ¿Qué te acabo de decir? Por eso es tan notorio, ninguna otra especie vive demasiado luego de su edad reproductiva. Este hecho sugiere que esa ventana de tiempo no existe por una falla en la aparición de enfermedades asociadas a la vejez, entre ellas el cáncer, sino que se debe a otra causa, a que esos años de vida otorgan una ventaja evolutiva a la especie.

—Es interesante, sin duda, ¿pero hay alguna explicación científica al respecto?

—Se han planteado, por lo menos, dos propuestas para explicar cómo podría haberse seleccionado ese rasgo tan particular. En un enfoque, se ha sugerido la importancia capital de un cambio en la alimentación[i]; en el otro, en base a una teoría conocida como la hipótesis de la abuela[ii], se sostiene que la ayuda de las abuelas en el criado de sus nietos habría sido vital para que las madres pudieran tener más hijos. De este modo, hace 30000 años, el número de abuelos habría aumentado de manera notable, y muy poco tiempo después se habría producido un incremento significativo de las expresiones artísticas, la producción de comida y la creación de herramientas cada vez más sofisticadas[iii]. De lo que se deduce que, en el caso exclusivo de los seres humanos, las personas mayores aportarían múltiples ventajas, como estabilidad a una familia, sabiduría, cultura y arte a la sociedad, entre muchas otras cosas.

—Es cierto. Seguí.

—Aunque esas teorías están en discusión, de todas maneras, Fuentes tomó consciencia de un hecho insoslayable: la esperanza de vida de los seres humanos aumentó desde la prehistoria. Este es un dato no menor. Pese al cáncer y a otras enfermedades, el ser humano comenzó a vivir cada vez más, incluso, mucho antes de los avances médicos con los que se cuenta en la actualidad. ¿Te das cuenta de lo que esto podría significar?

—No. Todavía no.

—Para Fuentes y para mí, significa que, de un modo u otro, el ser humano no solo es diferente al resto de las especies en que tiene consciencia: hay algo más, para el ser humano, la muerte de los individuos que han pasado la edad reproductiva ya no constituiría una ventaja. Y esto, en otras palabras, también significaría que los seres humanos no quieren morir. Quieren vivir más y mejor.

—¿Pero, entonces, en que queda lo del desarrollo inconsciente de enfermedades?

—Por ahora es un tema de estudio. Aunque por estos días el Doctor reniega de pensar en este asunto, lo que yo presumo que concluyó es lo siguiente: durante gran parte de la evolución, para los antepasados del ser humano, la muerte de los individuos que sobrepasaban la edad reproductiva era una ventaja, al igual que para el resto de las especies; por lo tanto, su genética estaba programada como todas, para envejecer y morir, e hipotéticamente, para desarrollar enfermedades a partir de situaciones depresivas o de soledad, que típicamente podían sentir los individuos más longevos, acaso en algún momento de la evolución; todo con la finalidad de que los individuos no superasen demasiado la edad reproductiva. Ese periodo habría durado millones de años, hasta que llegó un punto en el que el Hombre primitivo comenzó a transformar el hábitat para su beneficio, generando cultura, arte, ciencia y tecnología. Fue a partir de ese momento cuando comenzó a vivir más, porque la muerte de los organismos ancianos tiene ventajas en un ámbito hostil, donde hay competencia y escasez de alimentos, pero deja de serlo cuando se alcanza un mayor control del hábitat. Dicho de otro modo, la muerte dejaría de ser una ventaja adaptativa cuando el medio ambiente no impone una competencia que exija ese recurso extremo.

—¿De verdad Fuentes pensó esto? ¿Qué queremos vivir más y mejor?

—¡Efectivamente!

—Pero la última vez que estuve con él me dijo cosas muy distintas.

—Porque el vínculo con la doctora lo dejó muy maltrecho. Colectivamente, todos empujamos para vivir más, pero la genética de cada persona es exclusiva, y únicas son también las circunstancias que a cada uno le toca sobrellevar. De todos modos, al igual que antes, no debe olvidarse que en este aspecto Fuentes aún se maneja en el terreno de las hipótesis. Fíjate en la guantera, ahí hay un esquema que hicimos con el doctor. Allí representamos su última visión sobre el conocimiento que existe en la actualidad.

Bruno revolvió en la gaveta. Finalmente lo encontró:

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—Mirá —empezó Florencia—, el consenso actual indica que el factor más influyente en la predisposición al cáncer es sin dudas el envejecimiento; se requieren muchos años para que se acumulen las mutaciones necesarias en los genes que regulan el ciclo celular y en varios tipos de genes más. Luego, la vejez se correlaciona también con la pérdida de funcionalidad del sistema inmune y del gen p53[i] [ii], lo cual también predispone al cáncer, ya que ambos tienen un rol clave en la restricción del crecimiento tumoral. Por último, las personas al envejecer van modificando los hábitos y el comportamiento, lo cual también puede incidir en la generación de mutaciones aleatorias en genes importantes, a través de, por ejemplo, el tabaco, el alcohol y el tipo de alimentación; todo lo cual explicaría por qué la incidencia del cáncer es máxima en la vejez. Y esto, por supuesto, cuando no hay un determinante genético, como una mutación heredada; o bien, que se esté en presencia de un compuesto químico cancerígeno en el ambiente, lo cual puede llevar a la aparición de un cáncer por accidente en una persona joven.

—¿Y eso del desarrollo de enfermedades de forma inconsciente?

—Eso es lo que está en estudio. Hay bastante evidencia de que una depresión emotiva afecta la función del sistema inmune, lo cual indirectamente permitiría la expansión de células tumorales. Con respecto al comportamiento, en cambio, si bien existe un vínculo implícito con la psique, aquí nadamos en aguas desconocidas, por lo menos, hasta ahora. Eso es lo que Fuentes se proponía estudiar antes de que tuviera lugar el episodio con la doctora.

—De verdad se ha avanzado mucho en la comprensión del cáncer.

—¿Mucho? —Florencia tomó aire antes de continuar—: eso es poco decir, a comienzos del siglo pasado las posibilidades de curación eran nulas. Hoy en día, vos debés saberlo, en promedio ya se cura alrededor de la mitad de las personas con esta enfermedad. No se trata del esfuerzo de unos pocos, son miles los científicos, médicos, enfermeros, técnicos, que están en esta lucha. Para las nuevas generaciones el cáncer no será visto como un tabú, como algo que ni siquiera puede mencionarse, sino que será una enfermedad más entre tantas, que en la mayoría de los casos se curará, y que muchas otras veces se convertirá en algo crónico, de lo cual uno debe cuidarse.

Llegaron entonces a la esquina del departamento de Matías. Florencia buscó un lugar y aparcó el coche. Cuando apagó el motor, el peso del silencio se hizo evidente. La cuadra estaba prácticamente a oscuras. Había un único farol del alumbrado público que funcionaba, pero titilaba con un zumbido que anticipaba el cortocircuito.

—¿Vos le avisás a Matilde? —Preguntó Bruno.

—Sí.

—No vayas a la casa. Llamala por teléfono.

—Sí. Quedate tranquilo —Florencia jugaba con la llave del coche.

Ambos miraban hacia delante, en silencio. Como era previsible, el último foco se rindió. La cuadra entera quedó sumida en la oscuridad.

—Bajo solo —avisó Bruno.

—Está bien. ¿Te espero?

—No. Después tomo un taxi. No te preocupes —Bruno abrió la puerta del coche—, eso sí, no te acuestes temprano.

 

 



 

Capítulo 23


Bruno pagó el taxi que lo había llevado desde la casa de Matías hasta la de Eduardo. Descendió de prisa y tocó el portero eléctrico. Sabía que llegaba con bastante demora. Eduardo abrió la puerta con una mano, mientras sostenía el celular con la otra. Discutía por teléfono. Le hizo gestos a Bruno para que pase y tome asiento en el living.

En vez de sentarse, Bruno prefirió dar una vuelta para familiarizarse con el ambiente. Fue hacia la izquierda y se aproximó a una gran biblioteca de roble que tenía la mayor parte de los libros favoritos de Eduardo.

Mientras Bruno husmeaba los títulos, el hijo de Fuentes terminó la comunicación.

—Mi padre ya está mejor, aunque lo han sedado. Estoy saliendo para la clínica. Si tenés novedades, podés contarme por el camino.

Sin aguardar por una respuesta, Eduardo buscó las llaves del coche y se dirigió hacia la salida. Recién en el interior del Audi, Bruno le comentó:

—Cuando recibí tu mensaje, empecé a entender lo que pasó. La doctora, en algún momento, decidió tomar acciones drásticas.

—¿Acciones drásticas? —Eduardo ni siquiera había encendido el motor—. ¿Te podés explicar mejor?

—Tu intuición no estaba errada. Existía un vínculo entre el tema de investigación de los doctores y lo que sucedió.  Y mucho tuvo que ver el pasado en el desenlace, porque la doctora, claramente perturbada, fue quien desencadenó el incidente. Lo hizo con el fin de poner a tu padre en una situación comprometida, de no retorno. Un punto de inflexión entre el pasado y el futuro.

—¿Martínez no tuvo relación con los hechos?

—No. La doctora se las ingenió para llamar a tu padre al depósito para hablar a solas.

—¿Entonces es así? —Recapacitó Eduardo—, ¿me estás diciendo que mi padre fue el responsable de lo que pasó?

Mientras hablaba, El hijo de Fuentes giró la llave y arrancó el Audi. Los neumáticos chirriaron y en un instante se incorporaron a la parte central de la calzada. En el apuro, Eduardo ni siquiera encendió las luces.

—Esperá. Tu padre no fue el causante —aclaró Bruno—. Intentó persuadir a la doctora para que la situación no pasara a mayores, aunque es evidente que no lo consiguió.

Eduardo aceleró aún más para pasar un semáforo en amarillo. Bruno miró la aguja del velocímetro y comprobó lo que temía, el coche avanzaba a más de sesenta kilómetros por hora. Se colocó el cinturón de seguridad.

—Cuando leí tu mensaje, contándome que tu padre había destruido el escritorio que tiene en la quinta, conjeturé que tal vez lo hacía por asociación con otro escritorio, alguno que tal vez tuviera más importancia, alguno del instituto. Además, recordé que una tarde, cuando Florencia le regaló un papel con una poesía, el doctor cambió de ánimo y se marchó sin leerla. Ambas cosas juntas me llevaron a suponer que tal vez hubiera un papel importante en algún escritorio del laboratorio.

—Interesante asociación. No cabe duda. Ahora bien, vos me decís que mi padre no tuvo que ver con lo que le pasó a la doctora. Supongamos que te lo concedo; de todas maneras, ¿cómo lo pruebo? ¿Te das cuenta? Ese es el problema. ¿Tenés alguna evidencia concreta de tus especulaciones?

Eduardo frenó en un pequeño lugar que quedaba libre en una ochava. Para desconcierto de Bruno, ya habían llegado a la clínica.

Un enfermero estaba esperándolos; abrió la puerta apenas ellos descendieron del vehículo. Eduardo intercambió un par de palabras y los condujeron hasta una sala de espera. Un médico se hallaba en ese momento con el Dr. Fuentes.

—¿Y entonces? Continuá. ¿Tenés alguna prueba de lo que me contás?

—A decir verdad, sí —Bruno extrajo el folio que había guardado en la mochila—. En primer lugar, ella redactó una carta.

—¿Esa hoja es una carta de la doctora?

—Así es. Es una carta de puño y letra de la doctora, revelando la relación que mantuvo con tu padre.

—¡Por favor!, ¿qué estás diciendo? Dejame leerla.

—No hace falta.

—¡Vamos! Es mi padre. Quiero conocer la verdad.

De pronto se oyeron gritos de Fuentes. Eduardo jamás lo había escuchado vociferar en esos términos. Dos enfermeros pasaron corriendo por la sala de espera hacia el consultorio donde se encontraba el doctor.

Eduardo leyó la carta de un tirón. Al llegar al final, la arrojó con bronca sobre una de las sillas de la sala.

Allí la doctora lo revelaba todo. La juventud vital y llena de ilusiones. La ansiedad con que aguardaba los encuentros furtivos con Fuentes, las esperanzas marchitándose de a poco, y, por último, las amargas desilusiones, que se sucedían una y otra vez. Ella incluso había quedado embarazada. Fuentes hubiera sido el padre del bebé que perdió. Lucía Mahler toleró todo con paciencia, durante muchos años. Hasta fue capaz de mantener el secreto. Pero ese bebé fue su límite. Una vida se había perdido. Aquella joven llena de vitalidad se convirtió, de la noche a la mañana, en un ser triste y maltrecho. Abandonó el instituto y se fue a la universidad, con la esperanza de olvidar lo ocurrido. Pasaron los años, años grises en una especie de destierro, atenazada en un matrimonio fracasado. Hasta que, de algún modo, se enteró del súbito interés de Fuentes por la psicología. La tristeza entonces se transformó en odio. De pronto se convenció de que Fuentes se había inspirado en ella al fijar su atención en la psicología. Creyó que su figura derrumbada había alimentado su interés. Ella, no solo no había tenido hijos, sino que había perdido uno. La doctora se había convencido de que Fuentes trataba de aventurarse en un terreno nuevo inspirándose en ella; y eso no iba a dejárselo pasar. A partir de entonces surgieron sus planes de retorno, solo para confrontar con Fuentes. Con la influencia de su esposo lo consiguió; y así cada día de trabajo se volvió un calvario. En el instituto comenzaron a correr rumores de que la Dra. Mahler había perdido la cordura. Los gritos y las discusiones se volvieron habituales. Cada día era peor que el anterior. La doctora se volvió cada vez más agresiva, cada vez más irascible, cada vez más irracional, hasta que la situación derivó en el conocido incidente ocurrido en el depósito.

—Entonces, ya no quedan dudas —dijo Eduardo—. Mi padre, que en realidad me adoptó, hubiera sido el padre biológico del bebé que perdió la doctora.

—Así es. Lo siento —atinó a decir Bruno—. Es increíble como el interés de Fuentes terminó influenciando el desenlace de los hechos. Si la doctora no se hubiera enterado de esos pensamientos, tal vez, jamás hubiera vuelto.

—Entonces, ahora todo cierra —reflexionó Eduardo, en voz alta—. Intentemos imaginar lo que mi padre pudo haber vivido aquella tarde. Primero, la doctora lo lleva al depósito y le realiza todo tipo de reclamos, desde el pasado hasta la fecha. Consciente de su turbación, él intenta salir del depósito, pero ella de algún modo consigue retenerlo. La discusión deriva en el tema de investigación de mi padre, tal como escuchó un técnico de laboratorio. Luego, la situación se desmadra; ella lo insulta y saca esta carta, donde descarga todo el resentimiento acumulado durante años. Mi padre trata de tranquilizarla. No lo consigue. Falla. Forcejean. Ella lo rasguña y lo empuja, y él, tratando de defenderse, la termina golpeando, lo que la deja inconsciente.

—Esperá, aún falta algo.

—¿Qué cosa? Todo resulta claro. Mientras la doctora yace en el suelo, mi padre toma conciencia de que la situación se ha vuelto irreversible. Ya fuera de sí, observa la carta. Comprende que no puede salir a la luz. Para colmo —continúa Eduardo—, Martínez estaba en el laboratorio, como vos bien dijiste. Él, al escuchar los gritos, se aproximó al cuarto. Si algo le faltaba a mi padre, era que Martínez lo hallara en esa escena casi irreal, junto al cuerpo inconsciente de la doctora —Eduardo tomó aire—: entonces, si Martínez efectivamente los vio, no sería extraño que mi padre haya perdido los cabales, y fuera de sí, haya salido para llamar a la ambulancia y esconder la carta. Martínez, absolutamente desconcertado, ni siquiera habría tratado de evaluar la escena, también en estado de conmoción prefirió marcharse de prisa, para no perjudicar a quien aún considera su amigo. Para tener una excusa válida, firma la planilla de salida algunos minutos más temprano de la hora real. Luego de esto mi padre habría vuelto al cuarto para asistir a la doctora, donde lo encontraron los del servicio médico. Y una última cosa —finalizó Eduardo—, es muy probable que Martínez nunca haya visto esta carta. Por eso, y muy a su pesar, debe estar convencido de que mi padre fue el responsable de lo que ocurrió.

—Así es —convino Bruno—, sobre todo, porque escuchó la discusión previa. De hecho, puede que le reprochara su acción en privado. Sé, por Florencia, que fue tu padre quien golpeó a Martínez.

—Entonces, de verdad que todo cierra —resumió Eduardo—. Y no veo cómo podemos convencer a mi padre de que no renuncie.

—Esperá, Eduardo. Esperá. La doctora no cayó desvanecida por la discusión con tu padre —aclaró Bruno.

El hijo de Fuentes lo miró con aire extraño.

—¡Por favor! ¿Cómo qué no? ¿No estuviste de acuerdo en todo lo que dije?

De pronto otro médico pasó con prisa hacia el cuarto de Fuentes. Eduardo quiso seguirlo pero no se lo permitieron. Aguardaron en silencio, caminando de un lado al otro de la sala. Finalmente, un médico les comunicó que Fuentes estaba bien, pero todavía no podían entrar a verlo.

—¡Bueno, explicate de una vez! —dijo Eduardo, cuando el médico se marchó.

—Todas tus conclusiones fueron correctas —reconoció Bruno—, eso es cierto, excepto, por un solo hecho: Fue no golpeó a la doctora.

—¿Qué decís? ¡Acabas de mostrarme la carta con la que ella lo provocó!

—Sí. Pero eso es solo una parte. Vos me interrumpiste.

—¿Entonces quien la golpeó? —Eduardo parecía a punto de perder la paciencia—. ¡Cómo puede ser!

—Todo lo que dijiste es correcto, y, como te mencioné, la doctora escribió la carta con la clara finalidad de confrontar con tu padre.

—Está bien, ¡está bien! Eso ya lo entendí, ¿pero quién la golpeó?

—Matías.

—¿Matías?

—Sí. Luego de la terrible discusión que mantuvieron, y de que ella lo insultara, tu padre consiguió que ella entendiera que no tenía nada que ver con sus pensamientos. Incluso, puede que le haya puesto al corriente sobre su visión final, basada en que el ser humano quiere vivir cada vez más. Cuando ella se calmó, tu padre decidió salir del depósito para poner punto final al asunto. No obstante, Matías, que andaba merodeando, lo vio abandonar el cuarto y entró a ver qué ocurría. Encontró a la doctora desahuciada y en el suelo, la carta que lo revelaba todo. La situación fue demasiado perfecta para él. Ella permanecía de espaldas. El pupitre de madera se ubicaba justo a su alcance. La escena estaba servida. La doctora ni siquiera podría reconocerlo si algo salía mal. Matías se imaginó golpeándola y no pudo contenerse. Fue como un instinto que no alcanzó a reprimir, ¿entendés?

Eduardo se mantenía en silencio. Bruno continuó:

—A Matías, golpearla le llevó apenas un minuto. Salió raudamente del cuarto y del laboratorio. Y luego sí, el resto ocurrió tal como vos resumiste. Tu padre se imaginó que toda su familia se enteraría de sus encuentros furtivos con la doctora, del bebé que perdieron, y para cuando Martínez apareció bajo el dintel de la puerta, Fuentes ya había perdido los cabales. Increíblemente, tu padre no vio a Matías cuando entró al cuarto, por eso desconoce cómo o quién golpeó la doctora, pero le da lo mismo, porque no puede explicar lo que pasó sin mencionar la carta.

—Esperá —lo interrumpió Eduardo—. Ahora que lo pienso, ¿vos cómo sabés todo esto?

—Porque acabo de hablar con Matías.

—¿Te lo confesó él mismo? ¿Él mismo? Es increíble.

—Fue Matías quien llamó a la ambulancia. De inmediato se dio cuenta de lo que había hecho.

—Ya no sé qué pensar —dijo Eduardo, con la vista perdida en el corredor—. Sin embargo, todavía no explicaste por qué Matías la golpeó.

—La doctora era brillante. Matías alguna vez me comentó que no entendía cómo Martínez podía aceptar sus propias limitaciones. En realidad, Matías no se refería a Martínez sino a él mismo: él no lo aceptaba. Y dada la situación, no logró contenerse.

—Sí. Pero hay algo que todavía no comprendo —insistió Eduardo—, teniendo la carta que involucra a mi padre, ¿cómo pensaste que otra persona podía haberla golpeado?

—Quedaban algunos cabos por atar. Horacio Larrondo, el amante de la doctora, me confió que ella sabía que alguien la odiaba en el instituto. Ese alguien era Matías. Él la envidiaba profundamente. Era un peso enorme para su soberbia. Recordé también que Matías y Martínez discutieron cuando mi director reveló que todos habían estado en el laboratorio cuando ocurrieron los hechos: Matías no había querido que yo me entere de ese detalle. Además, él solía encerrarse mucho tiempo en el depósito, ahora sabemos que era el único que sabía que existía una carta. Matías también estaba a punto de cambiar de trabajo; lo que tenía mucha más lógica si él poseía algún vínculo con lo que había pasado. En un punto, vislumbré la posibilidad de que tu padre hubiera salido del cuarto y que la puerta quedara abierta. La situación habría quedado, entonces, en una situación con gran potencial. Y, por último, Matías, después de todo, es el único que tiene una personalidad verdaderamente perturbada. Entonces, con esos cabos sueltos, decidí ir a su casa, y tuve la fortuna de hallarlo en estado de crisis.

—Ya veo —dijo Eduardo—. Entonces ahora sí que todo cierra.

Hubo un instante de silencio. Un médico salió de la habitación donde estaba Fuentes y les hizo un gesto con el pulgar hacia arriba. Posiblemente pudieran verlo en unos minutos.

—Todavía hay algo que te falta explicarme —siguió Eduardo, un poco más sereno—. ¿Vas a decirme, alguna vez, a qué se debía tu interés en colaborar con mi padre?

Bruno pareció considerarlo antes de responder:

—Tu padre tuvo un incidente similar, con una compañera, cuando estaba en el colegio, ¿lo sabías?

—Me he enterado, sí, ¿a qué viene eso?

—La realidad es que la chica involucrada siempre supo que tu padre no había hecho nada. A pesar de esto, era solo una niña y no se molestó en aclarar que no había actuado mal. Esa actitud despreocupada, sin embargo, tuvo consecuencias nefastas para tu padre, que se convirtió, de un día para el otro, en el centro de las burlas en el colegio. A tus abuelos no les quedó otro remedio que cambiarlo de escuela. Luego, varios años más tarde, la mujer y tu padre volvieron a encontrarse. Él había conseguido acomodarse en la vida, mientras que a ella le iba pésimo. Había tenido un hijo siendo madre soltera. La echaron del trabajo. Estaba desesperada. En aquel encuentro, y a pesar de la vergüenza, la mujer se atrevió a pedirle auxilio a tu padre, a la persona que ella misma había perjudicado, severamente, poco tiempo atrás. Y aun así él la ayudó, muchísimas veces, sin pedirle nada a cambio, hasta que ella salió a flote, hasta que su hijo creció.

Eduardo se llevó ambas manos a la cabeza, anticipando lo que ya intuía.

—Sí. Como lo imaginás, ese hijo soy yo. Mi madre influyó mucho para que yo estudiara biología, pero, por la vergüenza que sentía, nunca me reveló quién nos ayudaba. Ella recién me contó sobre su vínculo con el Dr. Fuentes cuando se enteró que estaba comprometido con el incidente de un instituto de investigación. Tu padre podía perderlo. Es por eso que yo, sabiendo que tu padre había sido inocente aquella vez, decidí que existían buenas chances de que lo fuera nuevamente. Mi madre quería ayudarlo. Martínez justo necesitaba un becario. Era mi oportunidad para conocer a Fuentes. Tenía, además, la posibilidad de devolverle algo de lo que hizo por nosotros. Recién ahora, después de conocer lo que vivió con la Dra. Mahler, entiendo por qué ayudó tanto a mi madre.

—Apenas puedo creerlo… —dijo Eduardo—. De algún modo, es como si mi padre te hubiera dedicado lo que no pudo darle al hijo que perdió con la doctora. Acaso esto también haya influido en la relación distante que yo tenía con él.

Bruno asintió, en silencio.

—Como sea —siguió Eduardo—, creo que saldaste la deuda con creces.

Eduardo atendió su celular. Habló durante un minuto y luego comentó con aire sorprendido:

—Hay noticias: Matías viene para acá. Piensa hablar con mi padre. Es un alivio, verdaderamente. Por lo que acabamos de pasar recién, esto llegó en el momento justo. ¿Qué pensás hacer? ¿Cómo puedo agradecerte?

—Ya he tenido suficiente recompensa.

—Está bien, como quieras. Vos sabés que yo te agradezco sinceramente por tu ayuda. Y decime una cosa, ahora que todo está resuelto, ¿vas a continuar con tu doctorado?

—En unos días tengo que dar un seminario y en dos semanas viajo a un congreso. Además, los experimentos están dando buenos resultados. Es extraño, pero se derivan de una línea de investigación que inició precisamente la Dra. Mahler. Tengo la posibilidad de continuar con su trabajo. Siento intriga por saber adónde llevarán esos estudios. Tal vez, hasta pueda obtenerse algo útil.

—¿Un avance contra el cáncer?

—Un granito de arena, a lo mejor.

—Es decir que continuarás. ¿Florencia va al congreso?

Bruno sonrió.

—Ya veo —dijo Eduardo, esforzándose por usar un tono neutro.

Un enfermero les hizo señas desde la habitación de Eduardo, ya podían pasar. Sin embargo, a Bruno le pareció más prudente dejar que padre e hijo se vieran a solas. Miró el reloj y salió a la noche. Aunque era la una y media de la mañana, estaba completamente despabilado. Sabía que desde la clínica hasta el departamento de Florencia había solo un par de cuadras. Empezó a caminar con las manos en los bolsillos, con la esperanza de que su compañera le hubiera hecho caso. Tal vez, todavía no se hubiera acostado

Fin

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 Epílogo

Todo lo indicado con citas a lo largo de la novela ha sido publicado en libros o revistas científicas, o bien se ha dado a conocer en entrevistas.

Por el contrario, la asociación causal entre el desarrollo de enfermedades de manera inconsciente y el control de la longevidad en la especie humana ha sido desarrollada en la forma de hipótesis para sustentar la novela. Lo mismo ocurre con respecto a la reflexión del personaje del Dr. Fuentes acerca de que el ser humano quiere vivir más y mejor.

El planteo de hipótesis, en base al conocimiento existente, es una actividad que forma parte de la ciencia. Sin embargo, solo aquellas hipótesis que pueden ser sostenidas por la evidencia pasan a formar parte del conocimiento obtenido por el método científico.  En este sentido, la teoría de las mutaciones cuenta con amplio consenso sobre el mecanismo de generación del cáncer, mientras que las teorías del sentido biológico del cáncer y la teoría de campo de organización de los tejidos permanecen aún en el terreno de las hipótesis.


 

[i] Finch, C.E.; Stanford, C.B. Meat-adaptive genes and the evolution of slower aging in humans. Q Rev Biol. 2004 Mar;79(1):3-50.

[ii] Hawkes, K.; O’Connell, J.F. Blurton Jones, N.G.K., Alvarez, H and Charnov, E.L. (1998). Grandmothering, menopause, and the evolution of human life histories. Proc. Natl. Acad. Sci. USA. Vol. 95, pp. 1336–1339.

[iii] Caspari R. (2011). The evolution of grandparents, Sci am, 305(2):44-9.

[i] Feng, Z.; Hu, W.; Rajagopal, G.; Levine, A.J. (2008). “The tumor suppressor p53: Cancer and aging”. Cell Cycle 7:7, 842-847.

[ii] Hasty, P and Christy, B. A. (2013). “p53 as an intervention target for cancer and aging”. Pathobiol Aging Age Relat Dis. Vol 8;3. URL: http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/24124625

 

 

 

 

 

 

Tercera parte, Punto de inflexión

Capítulo 11

 

Ese jueves en particular, Bruno llegó temprano y buscó refugio en la biblioteca del instituto. La sala, ubicada en el cuarto piso, contenía colecciones de revistas científicas que luego de la aparición de internet habían dejado de comprarse en papel. Era un buen lugar para Bruno, que tenía urgencia por ordenar sus ideas. Comenzó su análisis por lo primordial: el Dr. Fuentes. ¿Qué podía concluir de sus visitas? En su opinión, el doctor no parecía una persona capaz de perder el control de sus acciones. Pero claro, la Dra. Mahler, por todo lo que había escuchado, e incluso visto en el video VHS, era una mujer bastante especial, con un costado capaz de cautivar y otro propenso a sacar de sus casillas a cualquiera. ¿Y qué vínculo mantenían Fuentes y Martínez con la doctora? ¿Qué había ocurrido cuando eran jóvenes? Bruno pensaba que, de alguna manera, el pasado tenía que haber influido en el incidente ocurrido. Y si bien nadie quería hablar del asunto, poco a poco, algunos puntos de la trama comenzaban a salir a la luz, asomando sobre la superficie como el casco de un viejo barco naufragado. Estos hallazgos hacían suponer que podía haber más revelaciones, como la súbita crisis de Martínez, que de pronto dejaba notar que lo ocurrido no le resultaba indiferente.

Además, Matilde le había dicho que los dos estaban embelesados con la doctora, por lo menos, en el cénit de su juventud. La Dra. Mahler había tenido varios amantes; no sería descabellado suponer que uno de sus colegas lo hubiera sido. Tal vez allí se había gestado lo que derivaría luego en el incidente ocurrido poco tiempo atrás. Esto iba de la mano con otro hecho evidente: la buena relación de la doctora con sus colegas había empeorado progresivamente. Martínez atravesaba una crisis y no conseguía ocultarla. Y el estado de Fuentes, por supuesto, era mucho peor, lo cual se correspondía con la situación en que lo habían encontrado.

Bruno recordó entonces que aún le faltaba revisar el cuaderno del depósito.

Luego de pasar las hojas, se detuvo exactamente en el mismo sitio donde había quedado:

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¡Otro artículo científico!, se dijo Bruno. Todo coincidía, perfectamente, con la inquietud del hijo de Fuentes, quien presumía que los estudios de los doctores no eran independientes de lo ocurrido. Ahora acababa de hallar una nueva referencia a otra teoría sobre el cáncer. El nuevo hallazgo, entonces, lo tomaría tan de sorpresa como a él.

Luego de sacar su netbook de la mochila, Bruno aprovechó que la sala contaba con wi-fi. Buscó el artículo en internet. En poco tiempo encontró la publicación de los Doctores Soto y Sonnenschein. El trabajo postulaba una teoría distinta para explicar la generación del cáncer: La teoría de campo de organización de los tejidos[i]. Se basaba en dos premisas. La primera iba de la mano con lo que había leído en la hoja; afirmaba que en su estado innato las células de un cuerpo están programadas para dividirse. Si no lo hacían, era solo porque estaban apretujadas dentro de un tejido. La segunda premisa sostenía que los agentes que causan cáncer actúan precisamente a nivel de los tejidos, afectando la interconexión de las células. De esa manera, la teoría postulaba que el cáncer se genera cuando las células se liberan de sus restricciones en un tejido dañado, de modo que pueden dividirse sin limitaciones de espacio.

Era un punto de vista muy diferente al anterior. En la teoría del sentido biológico del cáncer, las células de un tejido iniciarían su división tratando de realizar un último y desesperado intento para salvar al cuerpo al que pertenecían. El cáncer, en ese caso, surgiría como consecuencia de errores en la ejecución de un programa cuyo fin era ayudar al organismo. En cambio, en el nuevo enfoque, las células recuperaban su estado original, es decir, su libertad para dividirse, para cumplir su “sueño”, como si hubieran estado viviendo encerradas en un cuerpo y terminaran liberándose gracias a daños en los tejidos que las contienen.

Por último, Bruno se daba cuenta de que ambas teorías eran notoriamente distintas a la clásica, la que había aprendido en la facultad, la teoría de las mutaciones. En esta última se asumía que el estado innato de las células es de quietud, de no multiplicarse hasta recibir las señales apropiadas, y que el cáncer se desencadena, justamente, luego de la acumulación de mutaciones en genes que regulan el paso de la quietud a la división de las células. ¿Qué diría Eduardo cuando le comentara esa nueva teoría? ¿Y cuántas había después de todo?

A la hora del almuerzo, Bruno volvió al laboratorio. Lo recorrió dando un giro completo. Florencia había salido. Matías realizaba un experimento. Bruno almorzó solo en la cocina. Mientras lavaba los platos, Martínez ingresó a calentar su comida en el microondas; le informó que Florencia había preguntado varias veces por él. Ella había salido a realizar algunos trámites personales. Martínez insistió en que la llamara, pero Bruno minimizó el asunto. Aprovechó a estudiar y concertó una cita con Eduardo para el día siguiente.

[i] Soto, A.M. y Sonnenschein, C. (2005). Emergentism as a default: Cancer as a problem of tissue organization. J. Biosci. 30(1), 103–118.

 



 

Capítulo 12


 

Apenas Bruno salió a la calle, escuchó que le chistaban desde un automóvil aparcado con las balizas puestas. Era un Audi negro con los vidrios polarizados. Cuando el conductor bajó una de las ventanillas, Bruno vio que se trataba de Eduardo, el hijo de Fuentes.

—¡Dale que se larga! —Lo saludó Eduardo, una vez que Bruno cerró la puerta del vehículo—. Hoy hubiera sido un día perfecto para el dueño anterior del videoclub, del local que compré. Pero claro, ahora la gente consigue las películas directamente de internet —explicó Eduardo, mientras arrancaba—. Supongo que me llamaste porque tenés alguna novedad, ¿no es así?

—Ayer luego de nuestra conversación, me crucé con Martínez en el depósito del instituto. Apenas reaccionó cuando entré, y luego salió, sin decir palabra, con un aire completamente extraviado.

—¿Qué puede afectarlo?

—No lo sé. Pero en el depósito, ya van dos veces que encuentro comentarios referidos a teorías poco conocidas sobre el cáncer.

—Ya te lo dije… ¿Te estás convenciendo de que eso tiene algo que ver?

Bruno se limitó a mostrarle la última hoja que había sacado del cuaderno de la doctora. Eduardo detuvo el vehículo a un costado y se acomodó para leer la nota. Al finalizarla, se lo quedó mirando con una expresión ambivalente. Era un gesto que estaba a mitad de camino entre la mesura de siempre y el festejo velado de un hallazgo sugestivo.

—¿Qué pasa? —preguntó Bruno.

—¿Qué pasa? Esto me hizo recordar una escena de “El secreto de sus ojos”, la película dirigida por Campanella y basada en un libro de Sacheri. ¿La viste?

Bruno negó con la cabeza.

—¡Mirá que justo! Hoy temprano guardé el afiche. En esa película hay una escena en la que Sandoval, uno de los personajes, hace un comentario muy particular sobre el asesino que buscan: “El tipo puede hacer cualquier cosa para ser distinto, pero hay una cosa que no puede cambiar. Ni él, ni vos, ni yo, nadie. No se puede cambiar de pasión.” —Ante la mirada aprobatoria de Bruno, Eduardo finalizó el parecido que había encontrado—: ¡No se puede cambiar de pasión! ¿Aquí podrá pasar lo mismo? ¿El cáncer no será una prueba de que las células, al fin y al cabo, tampoco pueden cambiar de pasión?

—Exactamente —dijo Bruno—. Estamos hablando del sueño o la pasión de las células por dividirse.

—¿Pero es así?

—No. Por lo menos, no necesariamente. Por ahora, esta es solo una teoría más. Es cierto que las células que nos componen han evolucionado de otras que antes vivían solas, y que, por ende, su única meta era dividirse. Ese punto es cierto.

—¿Y entonces?

—Entonces tal vez, pero solo tal vez, esa pasión aún podría permanecer intacta, aunque reprimida en el contexto de un tejido. Sin embargo, te aclaro que esta no es la teoría más aceptada por la comunidad científica.

—Entiendo. Pero si llegara a ser así, ¿los tejidos serían como cárceles para las células?

—Exacto. Eso mismo es lo que sugiere la teoría. El daño en los tejidos permitiría que las células escaparan como fugitivos de una prisión.

Eduardo osciló la cabeza con gesto dubitativo. Permaneció unos instantes en silencio. Bruno miró a través del parabrisas. Las nubes se mecían en el cielo presagiando otro chaparrón.

—¿Y la otra nota? —preguntó Eduardo.

Aunque no lo tenía allí, Bruno también se lo explicó. Estuvieron un rato conversando sobre la teoría del sentido biológico del cáncer, de los doctores Ruggiero y Bustuoabad.

Eduardo arrancó y se incorporó al carril de tránsito rápido. Aunque manejaba a buena velocidad, esto no le impedía seguir conversando:

—¡El cáncer se vuelve, cada vez, un tema más discutible! ¿Cómo puede ser? ¿Cómo puede haber tantas teorías?

—En realidad, lo extraño sería que hubiera una sola. Para la ciencia, no es sencillo abarcar todas las observaciones con una sola teoría.

—Todo lo que quieras. Pero no puede ser.

—¿A dónde estamos yendo? —preguntó Bruno, que no comprendía el camino que había tomado Eduardo.

—A una de las casas del esposo de la Dra. Mahler.

—¿Una de las casas?

—Así es. No tiene un mal pasar. Y Quiero mostrarte algo.

Luego de pasar por el frente de la casa, Eduardo dobló en la esquina y detuvo el coche. La casa estaba protegida por un cerco de rejas negras. Sin embargo, en el sitio donde había aparcado Eduardo se observaba un pequeño orificio, suficiente para que se filtrara una persona delgada.

El hijo de Fuentes pareció dudar sobre lo que estaban por hacer. Comenzó a jugar con un cigarrillo que había descubierto al costado del asiento. Lo pasaba entre sus dedos con movimientos veloces. Saltaba a la vista que no era la primera vez que lo hacía.

Bruno miró el cigarrillo.

—Sí. Ya sé —dijo Eduardo—. Debería dejar de fumar. ¿Qué porcentaje de las muertes por cáncer se debe al cigarrillo?

—Alrededor del treinta por ciento.

Eduardo se quedó pensativo.

—Es un buen dato —dijo—. Ahora vamos a entrar.

—¿Es necesario?

—Vos no te preocupes. Seguime.

Antes de que Bruno respondiera, Eduardo bajó del coche, le abrió la puerta y lo instó a descender. Pasaron por el orificio de la reja y se fueron aproximando a la casa por un costado, al reparo de una hilera de árboles. A lo lejos se veía la garita de seguridad de la entrada. Dos guardias fumaban mientras conversaban.

Eduardo llegó hasta un galpón y trató de deslizar la puerta corrediza.

—La otra vez no estaba tan pesada —comentó.

Bruno miraba hacia ambos lados por si alguien se aproximaba. Se escuchaban perros ladrando a los lejos. Supuso que estarían encadenados.

—Tranquilo —dijo Eduardo.

La puerta apenas comenzaba a moverse. El hijo de Fuentes consiguió acomodar la espalda contra el marco, de modo de poder empujar la puerta con todo el cuerpo.

A Bruno le preocupaba una cámara de seguridad ubicada en un ángulo.

—No funciona.

—Escucho pasos —advirtió Bruno.

Efectivamente, alguien se aproximaba tarareando una canción. Bruno y Eduardo pasaron al interior. Cuando trataron de cerrar la puerta notaron que se había atascado. El sonido de la voz se acercaba. Como no tenían tiempo de cerrarla, decidieron pegar la espalda contra la pared y esperar. El guardia llegó hasta la esquina del galpón, luego giró en redondo y se alejó.

—No tienen un mal pasar —comentó Bruno, mientras soltaba el aire que había estado reteniendo.

Había allí dos automóviles de alta gama.

—Cierto —corroboró Eduardo—, pero esto no es lo que quería mostrarte. Seguime.

Pasaron junto a los coches y se dirigieron a la parte trasera del galpón. Se detuvieron ante una puerta de acero con una ventana de vidrio. A través del cristal podía apreciarse un laboratorio bien equipado. A simple vista Bruno distinguió freezers, heladeras, tanques de nitrógeno líquido, centrífugas, cabinas de bioseguridad y varios equipos costosos de laboratorio. Sin dejar de mirar hacia el interior del cuarto, Eduardo comentó:

—Fijate lo que hay ahí.

El laboratorio estaba impecable, sumamente pulcro y ordenado. Sobre las mesadas de porcelanato blanco el orden era absoluto, a excepción de una sola cosa: el libro “La muerte y sus ventajas” estaba al lado de una bacha de acero inoxidable, cerca de la puerta.

—La doctora lo tiene. Lástima que no podemos pasar.

Bruno asintió ante la evidencia. Permanecieron un instante mirando hacia el laboratorio, hasta que Eduardo preguntó:

—Ahora, disculpá que te haga esta pregunta, Bruno, pero viendo este laboratorio y pensando en todos los que habrá alrededor del mundo, con todo lo que se investiga, ¿por qué no se halló todavía la famosa cura del cáncer?

—Lo que sucede es que el cáncer, en realidad, es un término que abarca a un conjunto de enfermedades. La característica común es la división descontrolada de las células, ajena a los intereses del cuerpo, pero las características del cáncer y el tratamiento pueden variar mucho según el tipo de célula a partir del cual se genera. Un cáncer de tiroides es prácticamente curable, en cambio, un cáncer de páncreas es mucho más complejo. Eso se debe a que cada tipo celular es único. Sin embargo, gracias al esfuerzo conjunto se han realizado grandes progresos en los últimos años. De hecho, en el promedio ya se cura más de la mitad de las personas con cáncer[i]. Es una mejoría notable. Incluso, hay quienes afirman que el cáncer va camino a transformarse en una enfermedad crónica[ii].

Eduardo miró la hora. Recordó entonces que tenía una reunión de negocios impostergable.

Caminaron juntos hasta la puerta. Con extremo cuidado atravesaron el parque y salieron por el orificio de la reja.

—Mirá, Bruno, estoy seguro de que estamos a punto de entender lo que pasó. Soy optimista al respecto. Y una última cosa, conseguí ubicar a Larrondo, el amante de la doctora. El hombre está hecho una piltrafa. Hace tiempo que no sale de un hospital. Si querés, puedo llevarte.

Bruno asintió. Al subir al automóvil se colocó el cinturón de seguridad. Ya conocía la forma de manejar del hijo de Fuentes.

[i] Siegel, R.; Ma, J.; Zou, Z.; Jemal, A. (2014). Cancer Statistics, 2014, CA CANCER J CLIN; 64:9–29.

 

[ii] Alonso D. F. (2006). El Desafío del Cangrejo, Siglo XXI Editores, Buenos Aires.

 



 

Capítulo 13


 

El chico tenía la cabeza completamente pelada y rondaba los diez años. Entró en silencio y se acomodó en un rincón, al costado de una cama de hospital. Era mediodía. Los haces de luz atravesaban la habitación calentando el ambiente. De pronto se escuchó una voz de niña angelical aproximándose por el corredor. Lo llamaba al chico. Al abrirse la puerta él la vio: era una niña era hermosa, totalmente calva. Ambos sonrieron al verse. Luego, ella lo tomó de la mano y se lo llevó. Las dos bochitas peladas salieron del cuarto, pero sus risas quedaron repiqueteando todavía un instante en el aire tibio de la habitación.

Era el horario de las visitas. Bruno entró al cuarto y, antes de que se presente, el enfermo de la pieza lo anticipó:

—Ya sé. Usted viene a preguntarme por la Dra. Mahler, por Lucía. Nadie le dice Lucía, ¿no es cierto?

Larrondo parecía tener un pie en el otro mundo. De haberse desprendido el alma de su cuerpo, allí mismo, como una voluta de vapor, hubiera sido pavoroso, pero no del todo, porque Larrondo tenía el rostro pálido y el cuerpo exangüe, y en cuanto se quedara dormido, cualquiera podía ponerle una mortaja por error. De inmediato reconoció haber sido amante de la Dra. Mahler. Nada parecía importarle.

Bruno fue al grano y le preguntó si se había enterado del incidente ocurrido en el instituto.

Larrondo le respondió:

—Claro. No parece, pero uno aquí se entera de todo. Además, no es nada extraño. A Lucía siempre le gustó lo dramático. ¿Sabe una cosa? Ella me visitó después de mucho tiempo, justo un día antes del incidente. Lo recuerdo muy bien, me contó que alguien la detestaba, que podía terminar mal. Sin embargo, ella no se amedrentaba así nomás, ya debe saberlo.

—¿Sabe a quién se refería la doctora?

—No. No me lo dijo. Pero hablaba sobre alguien del instituto, de eso estoy seguro.

Larrondo se recostó en la cama con los brazos cruzados sobre su pecho. Algo ansioso, Bruno continuó preguntando:

—¿Ella tuvo un vínculo con alguien del instituto?

—¡Por supuesto! Durante muchos años. Lucía incluso perdió un bebé de ese hombre. Eso fue lo que más la afectó. Por eso huyó del instituto. Y nunca más volvió a quedar embarazada.

—¿Embarazada de quién?

Larrondo no respondió. Se llamó a silencio. Cuando volvió a hablar, minutos más tarde, lo hizo de un modo totalmente diferente, como en un monólogo:

—Horacio Larrondo ya está preparado —dijo hablando en tercera persona. Parecía que empezaba a desentenderse de su vida; la analizaba con la frialdad de un tercero, como repitiendo palabras que ya supiera de memoria—: algo tarde, pero Larrondo finalmente entendió lo que pasó. Tuvo tiempo para verlo todo de un modo transparente, cristalino, desde un ángulo distante. Comprendió que el momento cúlmine en su vida fue la tensa relación con Lucía, con la Dra. Mahler. Pero no hubo rencores. Nunca los hubo. En un punto, ella supo que podía controlar a Larrondo, y aquello fue el final, de inmediato lo dejó: es inútil involucrarse con alguien que se puede controlar, le dijo lucía una vez, como justificándose. Y él tuvo que aceptarlo, tuvo que dejarla ir, sabiendo, incluso, que justamente por eso Lucía era algo invaluable para él, porque él nunca tuvo una última palabra en esa relación. Y así Larrondo se quedó en piel y huesos. Se volvió una sombra, un espectro que solo esperaba por una última cosa. Y ese incidente se lo dejó ver. Ahora que la vida de Lucía ha cambiado por completo, ya ni ser una sombra tiene sentido. Por eso, Larrondo se está dejando ir, va a esfumarse, sin rencores.



 

 

Capítulo 14

Nada tiene sentido en biología si no es a la luz de la evolución.

Theodosious Dobzhanskyen


Por la mañana el tiempo se había recompuesto. Un sol radiante dominaba el cielo y el clima fresco invitaba a caminar. Bruno fue a pie hasta el instituto. Ingresó al laboratorio y le llamó la atención no cruzarse con nadie. La desolación era tal que parecía fin de semana. Sin embargo, al llegar a un pasillo vio que todos transitaban de prisa con muestras biológicas en las manos. Matías le explicó que durante la noche un corte de luz había afectado un ala del laboratorio. Estaban redistribuyendo el contenido de los freezers ubicados en el sitio del percance.

Más tarde, con la calma recobrada, Martínez le indicó a Bruno que lo siguiera a su oficina.

—Tomá asiento, Bruno —Martínez señaló una silla con un gesto algo vago—. Siento que te debo una disculpa. Estuve con varios asuntos y puede que te haya descuidado un poco.

Bruno prefirió mantenerse en silencio. En la oficina reinaba el caos.

—¿Escuchaste hablar de la situación que atraviesa el instituto? —retomó Martínez.

—Solo escuché algún comentario —dijo Bruno, carraspeando.

—El Dr. Fuentes es muy querido, por eso nadie habla del tema. La Dra. Mahler, en cambio, siempre dividió las aguas. Su primera etapa en el laboratorio fue brillante, mientras que a su regreso estaba algo inestable. Sin embargo, vos debes saber que nosotros tres siempre tuvimos una relación excelente. Nos unía un vínculo muy fuerte, de gran camaradería. ¿Sabés una cosa? —Lo sorprendió Martínez, como si quisiera ganar él la confianza de Bruno y no al revés—. El día en que ocurrió el incidente, todos estábamos en el laboratorio. Los becarios estaban y yo también. Y ninguno pudo no haber oído los gritos que provenían del depósito. Pero, como te dije, Fuentes es muy apreciado y nadie quiere involucrarse. Yo mismo los vi, pero en honor a la amistad que mantenemos, sería incapaz de entrometerme. ¿Qué podemos hacer?

Suponiendo que la pregunta de Martínez era retórica, Bruno guardó silencio. Su director, sin embargo, no continuó, cambió de tema, como si súbitamente hubiera tomado conciencia de la importancia de su comentario anterior.

—Y decime una cosa, ¿cómo va tu seminario? ¿Pensás incluir algo sobre el porqué de la existencia del cáncer?

En un gesto automático, Bruno desvió la vista hacia la puerta. Midió la distancia que lo separaba de la salida.

—Incluí los temas tradicionales —respondió—. Ahora estoy abocado a la parte de la carcinogénesis, a la generación del cáncer por mutaciones en genes importantes. A decir verdad, en la facultad nunca se abordaron problemáticas sobre el porqué de la existencia del cáncer.

El Dr. Martínez respiró hondo:

—Mirá, acá hemos pasado infinidad de horas discutiendo sobre las posibles explicaciones. De hecho, las causas de las mutaciones en los genes, precisamente, es lo que llevó al Dr. Fuentes a pensar en por qué existe la enfermedad…

Bruno se enderezó en el asiento. ¿Había oído bien? ¿Acaso Fuentes estaba profundizando en algo por su cuenta?

Martínez continuó:

—¿Pensás clasificar en internos y externos a los agentes que predisponen al desarrollo de un cáncer?

—Sí —respondió Bruno—. Planeo aclarar, unas cuantas veces, que la acumulación de mutaciones en genes críticos es imprescindible para el desarrollo del cáncer[i]; y, asimismo, pienso explicar que las mutaciones en los genes pueden ser causadas por agentes internos o externos a un organismo. Dentro de los agentes internos incluiré: cambios hormonales, afecciones inmunes y mutaciones heredadas de los padres; y dentro de los externos, resaltaré los siguientes: radiaciones, algunos organismos infecciosos y compuestos químicos, como los del cigarrillo[ii].

—Está bien, Bruno —dijo Martínez—. Justamente a eso iba. Es posible pensar que los compuestos químicos del cigarrillo son capaces de causar las mutaciones en genes importantes, pero ¿cómo llega ese humo de cigarrillo a los pulmones? O, mejor dicho, ¿por qué llega?

Bruno no entendió del todo la pregunta. Aguardó la explicación. Por el momento, no tenía idea del rumbo que había emprendido su director, quien prosiguió:

—Aquí es donde Fuentes hizo el salto hacia lo que últimamente más le interesaba…

—¿Él tiene una teoría?

—No —aclaró Martínez—. No es una teoría. En todo caso sería una hipótesis que pretendía refutar. Sin embargo, la Dra. Mahler solía decir, de forma irónica, que Fuentes estaba desarrollando una teoría, porque sabía que eso le molestaba. Pero no nos vayamos por las ramas, lo cierto es que hace un tiempo Fuentes me comentó que quería cambiar, planeaba dar un golpe de timón hacia un nuevo objetivo.

Bruno se acomodó mejor para escuchar a su director:

—Vos sabés que la teoría clásica postula que el cáncer se origina a partir de una sola célula; una célula que se altera por mutaciones en los genes que regulan su ciclo de vida y que luego se divide de manera descontrolada. ¿Pero conocés las teorías de los Dres. Ruggiero y Bustuoabad? ¿O la de Soto y Sonnenscheim?

Bruno asintió, mostrando mesura.

—Muy bien. Ya ves que, para explicar al cáncer, la teoría más aceptada hace hincapié en la célula, mientras que las otras se centran en el tejido en el cual se desarrolla el cáncer.

—Sí —lo interrumpió Bruno, tratando de acotar algo—. De hecho, la interacción de las células tumorales con el microambiente que las rodea es un tema de mucho estudio en la actualidad, ¿no es así? Me refiero a los estudios relacionados con la angiogénesis y la inflamación… [iii]

El comentario de Bruno no era incorrecto. Sin embargo, no era a esto a lo que se refería Martínez, quién retomó:

—Está muy bien lo que decís, Bruno. Pero Fuentes había puesto su interés en otro lado; no en las células, tampoco en el tejido que la rodea: esta vez quería ir más allá, pensaba focalizarse en el individuo en su totalidad. De hecho, cualquiera de las teorías existentes busca explicar cómo se genera el cáncer. En cambio, Fuentes más bien se preguntaba acerca del porqué, por qué existe el cáncer, por qué la evolución lo permite.

Bruno asintió mientras Martínez retomaba:

—En el último tiempo, el interés del doctor se había volcado al plano psicológico. Había comenzado a informarse sobre artículos científicos que mencionan que, por ejemplo, el sentimiento de soledad o la depresión son factores de riesgo para el desarrollo de enfermedades, ya que, por ejemplo, afectan el normal funcionamiento del sistema inmune[iv] [v] [vi] [vii].

Bruno asintió mientras Martínez continuaba:

—Recuerdo que Fuentes, muy preocupado, me preguntó una tarde: “¿Los comportamientos perjudiciales que predisponen al cáncer, como, por ejemplo, fumar o tomar en exceso, podrían tener alguna relación con la depresión y el sentimiento de soledad? ¿Podrían estos, u otros estados emocionales puntuales, favorecer el desarrollo de enfermedades de manera inconsciente?”

Bruno hizo un gesto de negación.

—Te entiendo —dijo Martínez—. En este laboratorio y en muchos más se trabaja para combatir el cáncer. Por eso, Fuentes se resistía a pensar que ciertas situaciones puntuales pudieran llevar a las personas a tener comportamientos nocivos, que tal vez perjudicaran la salud. Él no quería estar de acuerdo. Eso lo llevó a interesarse en el tema. Lo planteó como una hipótesis que pretendía refutar.

—¿Pero una persona podría, inconscientemente, contribuir a enfermarse?

—¡Esa es la pregunta clave! Hay quienes dicen que no, y hay quienes dicen que sí. Por ejemplo, algunos psicooncólogos se preguntan si enfermarse puede ser un objetivo consciente o no del sujeto[viii] [ix].

Bruno supo que debía leer con urgencia sobre psicooncología.

—Por supuesto, también está la postura opuesta —se apresuró a aclarar Martínez, como si no quisiera defender una sola bandera. Tomó uno de los libros desparramados sobre su escritorio y leyó—: “Un estudio serio sobre el papel de la psiquis en el desarrollo de cáncer debería explicar cómo se inducen las mutaciones genéticas en las células, porque ese es el origen comprobado de la enfermedad”[x].

—Ese es el punto de vista tradicional —comentó Bruno.

—Exactamente —dijo Martínez—. Ahora bien, Bruno, vos conocés la importancia que tiene la evolución en el campo de la biología. Por ese motivo, para ahondar en el tema, Fuentes se preguntó, en primer lugar, si podía existir alguna ventaja evolutiva en el hecho de que las personas pudieran ser más susceptibles a enfermarse, por supuesto, solo en algunas situaciones puntuales.

Bruno esperaba la aclaración de su director cuando Matías golpeó a la puerta. Debía tomar una decisión en el medio de un experimento. Antes de seguir, necesitaba discutirlo con Martínez.

—Dale, salí —Matías lo fustigó con la mirada.

—Mañana continuamos, Bruno —Martínez le hizo señas a Matías para que pase—. Además, en una semana tenés que dar el seminario sobre el cáncer. No te olvides de prepararlo. Ya reservé el auditorio para el miércoles que viene a las cuatro de la tarde.

[i] Alonso D. F. (2006). El Desafío del Cangrejo, Siglo XXI Editores, Buenos Aires.

 

[ii] Bonfils, R. D. Sharovsky, O. G. (2003). Oncología molecular y celular. Dunken, Buenos Aires.

 

[iii] Grivennikov, S.I., Greten, F. R., and Karin, M.  (2010). Immunity, Inflammation, and Cancer. Cell; 140(6): 883–899.

 

[iv] Jaremka, L. M. Fagundesa, C. P., Glasera, R. Bennette, J. M., Malarkeya, W. B. and Kiecolt-Glaser, J. K. (2013). Loneliness Predicts Pain, Depression, and Fatigue: Understanding the Role of Immune Dysregulation. Psychoneuroendocrinology ; 38(8): 1310–1317

 

[v] Leonard, B., Maes M. (2012). Mechanistic explanations how cell- mediated immune activation, inflammation and oxidative and nitrosative stress pathways and their sequels and concomitants play a role in the pathophysiology of unipolar depression. Neurosci Biobehav Rev; 36(2):764-85.

 

[vi] Holt-Lunstad, J., Smith, T.B., Baker, M., Harris, T., Stephenson, D. (2015). Loneliness and social isolation as risk factors for mortality: a meta-analytic review. Perspect Psychol Sci ;10(2):227-37.

 

[vii] Shankar, A., McMunn, A., Banks, J., Steptoe, A. (2011). Loneliness, social isolation, and behavioral and biological health indicators in older adults. Health Psychol; 30(4):377-85.

 

[viii] Schavelzon, J. (2004). Psicooncología. Principios teóricos y praxis para el siglo XXI. Letra viva, Buenos Aires.

 

[ix] Schavelzon, J. (2006). A propósito de recidivas y metástasis tumorales. Revista de la Asociación Médica Argentina, 119, (2), 14-19.

 

[x] Alonso D. F. (2006). El Desafío del Cangrejo, Siglo XXI Editores, Buenos Aires.

 


Continuar capítulo 15

 

[1] Soto, A.M. y Sonnenschein, C. (2005). Emergentism as a default: Cancer as a problem of tissue organization. J. Biosci. 30(1), 103–118.

[2] Siegel, R.; Ma, J.; Zou, Z.; Jemal, A. (2014). Cancer Statistics, 2014, CA CANCER J CLIN; 64:9–29.

[3] Alonso D. F. (2006). El Desafío del Cangrejo, Siglo XXI Editores, Buenos Aires.

[iv] Alonso D. F. (2006). El Desafío del Cangrejo, Siglo XXI Editores, Buenos Aires.

[v] Bonfils, R. D. Sharovsky, O. G. (2003). Oncología molecular y celular. Dunken, Buenos Aires.

[vi] Grivennikov, S.I., Greten, F. R., and Karin, M.  (2010). Immunity, Inflammation, and Cancer. Cell; 140(6): 883–899.

[vii] Jaremka, L. M. Fagundesa, C. P., Glasera, R. Bennette, J. M., Malarkeya, W. B. and Kiecolt-Glaser, J. K. (2013). Loneliness Predicts Pain, Depression, and Fatigue: Understanding the Role of Immune Dysregulation. Psychoneuroendocrinology ; 38(8): 1310–1317

[viii] Leonard, B., Maes M. (2012). Mechanistic explanations how cell- mediated immune activation, inflammation and oxidative and nitrosative stress pathways and their sequels and concomitants play a role in the pathophysiology of unipolar depression. Neurosci Biobehav Rev; 36(2):764-85.

[ix] Holt-Lunstad, J., Smith, T.B., Baker, M., Harris, T., Stephenson, D. (2015). Loneliness and social isolation as risk factors for mortality: a meta-analytic review. Perspect Psychol Sci ;10(2):227-37.

[x] Shankar, A., McMunn, A., Banks, J., Steptoe, A. (2011). Loneliness, social isolation, and behavioral and biological health indicators in older adults. Health Psychol; 30(4):377-85.

[xi] Schavelzon, J. (2004). Psicooncología. Principios teóricos y praxis para el siglo XXI. Letra viva, Buenos Aires.

[xii] Schavelzon, J. (2006). A propósito de recidivas y metástasis tumorales. Revista de la Asociación Médica Argentina, 119, (2), 14-19.

[xiii] Alonso D. F. (2006). El Desafío del Cangrejo, Siglo XXI Editores, Buenos Aires.

 

 

 

 

 

Cuarta Parte, Punto de inflexión

Capítulo 15

Después de la entrevista con su director, Bruno volvió a buscar tranquilidad en la biblioteca del instituto. Encerrado, buscó información sobre psicooncología en internet. Transcurrió así el resto de la jornada. Recién a la tarde salió del laboratorio para reunirse con Eduardo, en un café relativamente cercano al instituto.

Al llegar al bar que buscaba, se detuvo y trató de poner la mente en blanco.

—Llegás justo —lo saludó Eduardo, apenas Bruno se acercó a la mesa—, estaba pensando en algo, ¿no te parece que lo policial y lo científico tienen un parentesco?

Bruno tomó asiento antes de opinar:

—No, no lo creo. A lo sumo un parentesco lejano.

—Pero se siguen pistas, se elaboran hipótesis; en concreto, se investiga lo desconocido…

—Eso es sólo una parte —dijo Bruno—, en los casos policiales se resuelven situaciones concretas; en la ciencia, en cambio, se apunta a aquello que permanece, aquello que existe y que continuará existiendo, al menos, durante un buen tiempo.

—Está bien, como quieras, pero hay algo que debo decirte, esta es nuestra última reunión, no he logrado convencer a mi padre de que no renuncie.

La noticia tomó a Bruno por sorpresa.

—Pero no te podés resignar.

—¿Ah sí? ¿Por qué no?

—Hemos progresado. Hablé con Larrondo. Vengo de reunirme con Martínez: tengo novedades importantes.

Eduardo se mostró escéptico:

—¿Por qué lo hacés? ¿Por qué insistís en averiguar lo que sucedió con mi padre?

—Porque está en juego todo su prestigio. ¿No es suficiente?

—Sí, ¡claro! Pero es mi padre, no el tuyo. Vos estás haciendo algo innecesario. ¿Sabés una cosa? Ayer visité la quinta y estaba Florencia, tu compañera. Hay que admitir que es muy bonita. Y simpática. Me pregunto si ella no tendrá algo que ver con tu motivación.

—No —dijo Bruno—. ¿Y sabés algo más? Hoy Martínez me confió que, a la hora del incidente, todos estaban en el laboratorio…

—¿Martínez también?

—Me lo dijo él mismo. Incluso mencionó que vio a tu padre y a la doctora. Según él, nadie se involucra por el aprecio que le tienen.

—¿Le creíste?

—No veo por qué no.

—Sería un dato importante. Pero ya es demasiado tarde.

Bruno omitió el comentario. En cambio, refirió detalles de su encuentro con Larrondo en el hospital.

—¿La doctora perdió un embarazo? —Eduardo se mostraba incrédulo—. ¿Un embarazo de quién? ¿De Martínez?

—No lo sé. Sin embargo, todo indica que el padre hubiera sido un investigador del instituto. Y no es lo único: vos aventuraste que quizá hubiera otra teoría sobre el cáncer. ¿Te acordás?

—¡No me digas que hay otra teoría!

—No, pero tu padre, aparentemente, se había planteado una hipótesis que pretendía refutar.

—¿Cómo lo supiste?

—Me lo dijo Martínez…

—¡Qué increíble! —Eduardo sacó un celular y realizó una llamada. Bruno reconoció el teléfono por una publicidad. Era uno de última generación y de precio exorbitante. Después de colgar, Eduardo le pidió a Bruno que continúe.

—Martínez no llegó a explicármelo todo, pero mencionó que tu padre estaba interesado en la relación entre los comportamientos perjudiciales que predisponen al cáncer y estados como la depresión o el sentimiento de soledad. Según Martínez, tu padre estaba cada vez más interesado en la psicología.

Luego de que Bruno le hiciera un resumen de su encuentro con Martínez, ambos quedaron en silencio.

Recién al cabo de unos minutos, Eduardo volvió a tomar la palabra.

—Es una pena. Realmente creo que estábamos cerca de entender lo que pasó.

—Entonces sigamos.

—¿Para qué? Mi padre ya ha decidido renunciar. Mirá, te agradezco sinceramente por tu ayuda, pero no hay nada más que podamos hacer. Para colmo, esto terminó afectándome —Eduardo se incorporó con determinación. Antes de salir, sin embargo, se volvió y le dijo a Bruno—: Y una última cosa, no seas ingenuo, pensá bien lo que hacés con tu compañera.



 

Capítulo 16


En el camino de regreso al instituto Bruno no tuvo sobresaltos. Apenas traspasó la puerta del laboratorio, Florencia salió de la cocina y lo increpó:

—¿De dónde venís?

—Salí a despejarme. Martínez me preguntó si el desarrollo de enfermedades de un modo inconsciente podría tener ventajas evolutivas. Necesitaba un respiro. ¿Por qué me preguntás?

—Porque Matías y Martínez discutieron. Escuché que te nombraban.

—¿Matías no es un poco bipolar? —Bruno dejó a Florencia hablando a sus espaldas y caminó rumbo al cuarto de las computadoras. Su compañera se le adelantó cerrándole el paso. No quedaba nadie en el laboratorio. Ella le soltó:

—Tal vez discutieron, precisamente, por el tema del desarrollo inconsciente de enfermedades y el cáncer. Ese tema le interesaba a Fuentes y no solemos comentarlo con cualquiera. ¿Martínez te dijo algo más?

—Todo se debe al seminario que debo dar —repuso Bruno—. Aunque concretamente no me lo pidió, Martínez tal vez quiere que incluya algo de lo que le interesa a Fuentes.

—No lo creo.

—De todos modos, ahora debo averiguar lo que me consultó Martínez.

Cuando Florencia dudó, Bruno aprovechó para colarse hacia el cuarto de las computadoras.

—Matías tiene acá un libro que pertenece a Fuentes y que te vendría muy bien. Puedo decirte dónde está.

Bruno tomó asiento y miró a Florencia expectante. Ella continuó:

—En el caso de que el desarrollo inconsciente de enfermedades tuviera algún beneficio para una especie, la muerte misma debería tener ventajas, ¿no te parece?

—¿Qué estás diciendo?

—¿Sabés qué? El libro que tiene Matías se llama, precisamente, La muerte y sus ventajas. ¿Te interesa?

Era la pregunta que Bruno esperaba.

—¿Hablás en serio? ¿Es algo científico? —disimuló.

—Sí. Como lo escuchaste —insistió Florencia—. Es un libro de los doctores Marcelino Cereijido y Fanny Blanck-Cereijido. Me debés una cena, y la verdad que te hago precio. Vamos al armario donde Matías guarda sus pertenencias.

Caminaron hasta la puerta del baño. Allí había unos casilleros para guardar pertenencias. El cubículo de Matías parecía cerrado, aunque en realidad no lo estaba, y Florencia extrajo un libro de su interior.

—Yo ya lo leí —informó ella, mientras buscaba un párrafo del libro—. La muerte de aquellos organismos que han pasado la edad reproductiva puede ser una ventaja para una especie. Hay muchísimos ejemplos. Mirá, lee estos fragmentos.

Bruno leyó:

“(…) Hay ciertas especies de arañas que ofrecen un ejemplo extremo de ese apuro que tiene la evolución para sacar de en medio a un organismo en cuanto acaba su proceso reproductivo. Se trata de hembras que, ni bien el macho comienza a eyacular, se les despierta el deseo de nutrirse para generar su prole, y el alimento que tienen más cerca es, justamente, la cabeza del macho (…)”

“(…) Las arañas hembras tampoco dejan pasar mucho tiempo entre procreación y muerte, pues hay ciertas especies que pegotean a su abdomen los huevos fecundados, de modo que en cuanto salen las crías del cascarón, el alimento que encuentran más a mano es justamente la madre (…)” [i].

 

—Es bastante desagradable —dijo Bruno.

—Tan desagradable como cierto. Por lo tanto —redondeó Florencia—, la muerte de los organismos que han pasado la edad reproductiva puede ser ventajoso para una especie. En ese marco, el desarrollo inconsciente de enfermedades no sería tan ilógico. ¿Qué me decís ahora?

—Me resisto a creerlo.

—Hacés bien. Fuentes también se oponía. Él se interesó en el tema, justamente, porque siempre estuvo del lado de la vida y de la salud. Siempre trabajó para combatir al cáncer. Pero todavía falta algo. Otros conceptos que Fuentes me contó, muy poco tiempo antes de que pase lo de la doctora.

—¿No me lo podés decir ahora?

—No. Tengo hambre y vos tenés una deuda que pagar. Vamos a mi casa.

—¿Y en qué vamos a ir?

—Tengo el auto a la vuelta —dijo Florencia, a la vez que apagaba las pocas luces restantes.

[i] Blanck-Cereijido, F., Cereijido, M. (1997). La muerte y sus ventajas. Fondo de cultura económica, México.

 



Capítulo 17

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El departamento de Florencia parecía excesivo para una sola persona. Bruno recorrió el living subyugado por la decoración.

—¿Vivís sola?

—Sí. Mis padres me regalaron este departamento cuando me recibí.

Era un buen regalo. El living abarcaba unos cincuenta metros cuadrados. Había varios electrodomésticos de última generación.

—Dijiste que me ibas a contar más cosas —Bruno trató de no dispersarse—. Digo, sobre lo que pensaba Fuentes.

Florencia no le contestó; estaba marcando el número de teléfono de una casa de comidas. Después de encargar la cena, aclaró:

—Todo a su debido tiempo.

Bruno caminó hacia la ventana. Abrió los postigos. Estaban en un piso quince y la vista panorámica se extendía sobre gran parte de la ciudad. A lo lejos se dibujaba un camino de lamparitas blancas que correspondía a la pista de aterrizaje del aeropuerto. Un avión con sus luces rojas parpadeantes iniciaba el descenso hacia la pista.

—Vení. Tengo que confesarte algo —Florencia le hizo señas desde el lado opuesto del living.

—¿Qué cosa?

—Es un pequeño secreto.

—¿Y bien?

Florencia se dejó caer sobre un sillón rosa que soltó el aire a la manera de un largo suspiro.

—Sentate.

—No. Dale, decime de una vez.

—Está bien, el año pasado, yo di el seminario sobre el cáncer. Martínez nos pidió que no te lo dijéramos para que vos hicieras la tarea por tu cuenta.

Bruno volvió hacia donde estaba Florencia. Sin embargo, no se sentó.

—Tranquilizate —agregó ella—. Puedo ser de tu ayuda, sobre todo, para el seminario, que no te queda mucho tiempo. Por ejemplo, vos sabés que prevenir el cáncer es fundamental, decime cuáles son las señales de alarma que justifican una inmediata consulta al médico. ¿Las sabés?

Bruno negó con la cabeza. Florencia miró hacia arriba. Después enumeró:

—Señal número uno: nódulos o hinchazón en las mamas u otros lugares del cuerpo; dos: pérdida de sangre no habitual; tres: cambio de color o tamaño en lunares o verrugas; cuatro: ronquera o tos persistente; cinco: cambios en el movimiento intestinal o urinario habituales; seis: llaga o úlcera cuya causa se desconoce o no se cura; siete y último: indigestiones persistentes o dificultad al ingerir alimentos. ¿Tenés algo de esto?

Bruno negó con un gesto. Ella continuó:

—Menos mal. ¿Tenés hijos?

—No.

—¿Seguro que no?

—Sí.

—¿Sobrinos?

—No.

Florencia dudó:

—¿En serio? ¿No tenés familia?

—No. Solo tengo a mi madre. Dale, estabas por decirme las señales de alarma en los chicos.

—Sí, pero no te lo voy a dejar tan fácil. Podés buscarlas en el libro de Daniel Alonso, El desafío del cangrejo[i], antes de que te vayas te lo doy. En realidad —Florencia se incorporó—, te hice venir porque quiero que me cuentes, de una vez por todas, por qué te interesa qué le sucedió al doctor.  Podés confiar en mí.

Bruno se preguntó en qué momento Florencia se había aproximado tanto. La habitación era enorme, y, aun así, entre ellos había sólo medio paso de distancia. Pensó que su situación era similar a la de un actor empujado a improvisar en el medio de una escena. Su ingreso al instituto había tenido lugar después del episodio de la doctora. Todos tenían alguna idea de lo que había ocurrido, todos menos él. Bruno necesitaba adaptarse con rapidez sin estar al tanto de como venía el guion. Los pies de Florencia alcanzaron los suyos. El contacto seguramente continuaría subiendo, sobre todo, si él no hacía nada para impedirlo. Aunque claro, ¿qué podía hacer? No estaba dispuesto a revelar su verdadero interés.

Bruno estiró un brazo y alcanzó la llave de luz. En la oscuridad, escucharon el timbre como un sonido lejano. Llegaba la cena que habían encargado. Pero no atendieron.

[i] Alonso D. F. (2006). El Desafío del Cangrejo, Siglo XXI Editores, Buenos Aires.

 

Continuar penúltima parte


 

[1] Blanck-Cereijido, F., Cereijido, M. (1997). La muerte y sus ventajas. Fondo de cultura económica, México.

[ii] Alonso D. F. (2006). El Desafío del Cangrejo, Siglo XXI Editores, Buenos Aires.