Pasiones

Trató de fijar una última imagen en la retina de sus ojos entrados en años. Ojos sabios, hubieran adjetivado sus colegas, que tanto se habían esmerado para subirle el ánimo a lo largo de la jornada. Pero el Dr. Figueredo lo tenía claro, con halagos o sin halagos, su tiempo como director, legalmente, había llegado a su fin. La imagen que tenía enfrente había alcanzado su fecha de vencimiento. Mesadas, equipos, material de vidrio, computadoras, alacenas con reactivos, instalaciones de agua y gas, todo formaba un conjunto que, prácticamente, había visto crecer desde cero. No más experimentos, pensó, mientras encendía la cabina de bioseguridad. Con el brindis de despedida, una de las becarias se había olvidado de agregar medio de cultivo a sus células. Alguien tenía que hacerlo por ella. El Dr. Figueredo era el último en retirarse, ¿cuál era la prisa? En adelante, no debería solicitar nuevos subsidios, rendir informes, asistir a congresos, ni formar recursos humanos. ¿Y dónde habían dejado el medio de cultivo? Siempre lo mismo, a alguien se le daba por ordenar y cambiaba de lugar los reactivos. El doctor buscó en la heladera comunitaria, nada; en la de sueros de los pacientes, nada; quizá simplemente se había terminado. Tendría que descongelar y alicuotar uno nuevo. De haberlo pedido, cualquiera de los más jóvenes se lo hubiera preparado, pero estaba solo, cada uno se había marchado deseándole lo mejor para la nueva etapa, llena de desafíos, le insistieron, tratando de insuflarle ánimos. Con parsimonia, el doctor roció con alcohol la botella del medio de cultivo, un recipiente de plástico con suero fetal bovino, y luego introdujo ambos en una estufa para que se descongelen más rápido. De un freezer extrajo un vial con antibiótico y lo dejó a temperatura ambiente. Luego se reclinó en su sillón giratorio. Miró la ciudad casi a oscuras a través de una de las ventanas del edificio. Anochecía. De forma difusa el cristal le devolvía su imagen. Su cabello y su barba lucían tan blancas como su bata de laboratorio. ¿Y ahora qué? ¿Mañana qué? “Por fin vas a hacer lo que siempre quisiste”, lo felicitó alguien, antes del abrazo final. “Te merecés un descanso”, le había dicho otro. Todas frases hechas, consejos de ocasión. Luego de décadas de amanecer entre matraces, probetas y vasos de precipitado, entre cabinas, estufas y termómetros, frezeers, computadoras y equipos de última generación, el día siguiente, por la mañana, ya no tendría la obligación de salir de su casa. Ni esa mañana ni la próxima, ni la que le seguía, ni la otra, ni la otra. Un sin fin de días hasta el sueño sin imágenes, como solía decirle. Ni si quiera me preparé para mi retiro, sabiendo la fecha, ¿qué puedo pretender de lo otro? Nunca se había tomado el tiempo de meditar al respecto. Al contrario, se jactaba de su interés por los mecanismos de la vida. Las hipótesis habían sido su alimento. Incluso, hasta había tenido la fortuna de demostrar unas cuantas. Al rememorar sus inicios se sentía bastante satisfecho. Pero no exageraba sus logros. En una perspectiva global, sus contribuciones eran mínimas, como las de casi todos, pero las valoraba por su vínculo personal, eran el resultado de su constancia. Y al pensar en estos términos volvía a sentirse joven. En cuanto a su labor, era perfectamente vital. Su presente era óptimo; su lucidez se mantenía intacta. Y, sin embargo, atravesaba su última tarde en el laboratorio.

El Dr. Figueredo se levantó del sillón, recogió el medio de cultivo, el suero, el antibiótico y se acomodó en la cabina de bioseguridad, donde preparó cinco alícuotas de cincuenta mililitros de medio de cultivo completo. Cuando estaba por descartar la última pipeta Pasteur que había empleado, algo lo distrajo. Volcó uno de los recipientes. El líquido anaranjado se desparramó sobre el piso de la cabina. Pero el doctor no reaccionó, acababa de captar un pensamiento inusual.  Se detuvo en un acto reflejo. Con el tiempo, había aprendido a reconocer esas singularidades, camufladas en la multitud de reflexiones anodinas que iban y venían por su cabeza. Ahora estaba completamente seguro, algo distinto andaba por ahí, en el paisaje etéreo de su mente. Necesitaba silencio, el medio de cultivo aguardaba desparramado. Por vericuetos indefinibles, el doctor avanzó con cautela, no fuera que perdiera el rastro de su presa. Con paciencia, como desenredando neuronas, fue acercándose a su blanco, hasta que al final tuvo su recompensa, allí estaba, precisamente, en un espacio atemporal y completamente lábil, un pensamiento suspendido al borde del abismo del inconsciente. Ahora sí, requería máxima prudencia. Debía dar un rodeo, buscar el costado más propicio y cerrar vías de escape. Actuaba con pericia, con una mecánica ya conocida, como cuando de pronto intuía una hipótesis, un sendero que salía del camino conocido. Buscaba indicios entre números, palabras, formas y entramados simbólicos. Por fin logró concentrarse por completo. ¿Qué haría en adelante?, se había preguntado, ¿qué sentido tenían esos días que le aguardaban luego del retiro? La imagen de la ciudad a oscuras demostró su relación subliminal. A través de esa ventana ahora visualizaba una larga noche. Y un vacío. Un vacío anónimo. Pero también discernía algo más. En el vidrio no se reflejaba su imagen, sino su esencia. Al fin y al cabo, sus años no lo definían, su trabajo, tampoco, su sueldo, menos. En realidad, su esencia podía reducirse a sus pasiones, porque tenía intereses diversos, pero lo que se dice pasiones, apenas un par, y esto era lo que intuía en el reflejo del cristal, dándole una identidad que lo separaba, de momento, de la oscuridad del otro lado del vidrio. En cuanto las perdiera o las resignara, muy posiblemente, cambiaría de lado.

El Dr. Figueredo había transcurrido, largamente, más de la mitad de su vida. Ahora, llegado el momento, le agradecían por sus servicios y lo invitaban a retirarse. Debía dejar su lugar en la oficina, sus archivos, sus discos rígidos, sus cuadernos, y hasta sus últimos proyectos. Todo. Es cierto. Todo, menos él último acervo que se lo llevaría consigo.

Recién entonces el Dr. Figueredo se apresuró a limpiar la cabina de bioseguridad. Luego abrió la estufa de cultivo y tomó un recipiente de forma rectangular, semejante a una petaca pero de plástico y con la boca algo levantada. Retiró la tapa en el interior de la cabina y le agregó cinco mililitros de medio de cultivo. Con ese simple adicional, las células tenían garantizada su sobrevida, por lo menos, hasta el lunes.

Luego de echar una última mirada, el doctor se puso el abrigo y apagó las luces. Ya no le importaba abandonar el laboratorio. Lo había necesitado para demostrar algunas de sus hipótesis. Pero la comprobación solo le daba una satisfacción pasajera. En realidad, lo que lo mantenía vital, lo que definía su naturaleza, no dependía de las demostraciones, sino de las preguntas. La certeza de su razonamiento se correspondía perfectamente con el repentino aumento de su ritmo cardíaco, otra energía comenzaba a embargarlo, una energía que conocía muy bien. El Dr. Figueredo, recientemente jubilado, salió a la calle con determinación. Ni siquiera reparó en el viento frío que lo golpeó en el rostro. Ahora tenía prisa por volver a su hogar, encender la computadora y aprovechar esa hora flotante que le quedaba antes de la cena. El doctor sabía, perfectamente, que debía atender a sus dos pasiones casi por igual. Para la primera le bastaba con razonar, para la segunda, en cambio, lo único que precisaba era una hoja en blanco.

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