Cuando te escapas de misa para leer las cartas de Bertrand Russell

Aquel domingo por la mañana, el sol se había dignado, por fin, a dar la cara nuevamente. Luego de varios días de chaparrones intensos, el agua anegada comenzaba a descender. Los vecinos del barrio contemplaban el cambio con recelo, necesitaban con urgencia volver a transitar con sus vehículos por las calles. Pero para para mí este era un detalle menor, lo único que me importaba era el terreno baldío de la esquina, nuestro campito, que debía volver a convertirse en el estadio donde se gestaban las proezas y leyendas del barrio. De continuar así, esa mañana fresca y soleada seguramente daría lugar a un nuevo partido. Pero, antes, todos teníamos otra actividad, había misa de catequesis a las ocho y media.

Y ahora estaba allí, en la iglesia, con mi mejor ropa, un pantalón de vestir con doble botamanga y una camisa heredada de mi hermano mayor. Estaba de pie, con las manos entrelazadas detrás de la espalda, ubicado estratégicamente a escasos metros de la salida. Miraba con ojos inocentes las acciones típicas de la misa. Bajo la enorme bóveda de la capilla, los adultos, muchos casados y con hijos, que afuera hacían cosas, a mi juicio, de lo más normales, allí de pronto se comportaban de otra manera. Se ponían de rodillas, murmuraban entre labios, hacían reverencias y repetían de memoria las expresiones del hombre ubicado en el altar, un cura nuevo y muy joven, que apenas pasaría la treintena. Los vecinos de al lado de casa hablaban maravillas del padre, es una gran persona -decían unos-, es un orador brillante, -opinaban otros- y en conjunto debían de tener razón porque la iglesia se llenaba a la hora de la misa, incluso, parecía gestarse una conexión invisible entre los asistentes, una conexión que, sin embargo, no llegaba a contagiarme.

Aunque había recibido varias advertencias de parte de los catequistas, en cuanto vi que se formaba una fila para recibir la ostia, aproveché mi ubicación y gané la salida. El aire fresco de la mañana me dio en la cara y respiré hondo, mientras saltaba los charcos de barro que todavía se resistían a desaparecer de las baldosas rotas.

Llegando al campito revisé un escondite que solía utilizar cada tanto. Verifiqué el estado de un libro que había tomado de la biblioteca de mis padres. La encuadernación comenzaba a ceder y requería un manejo cauteloso. Sentado en el confortable muñón de un árbol repasé el título: “Bertrand Russell responde, selección de su correspondencia”. Se trataba de un pequeño libro, muy simple, donde el gran matemático, escritor y filósofo contestaba a las inquietudes de gente de todo el mundo, con tanta sencillez, que hasta un chico de diez años podía comprender buena parte de su razonamiento.

Lejos del sermón del cura, pasé un rato leyendo en compañía de la naturaleza. Luego cerré el libro y permanecí observando las pequeñas tareas que ocurrían a mi alrededor, una fila de hormigas laboriosas atravesaba el terreno, una araña diminuta tendía su delicada red, un picaflor suspendido en el aire cumplía, solicito, su tarea, sin reparar en la importancia que revestía para las flores el trabajo que estaba llevando a cabo. Dejé la vista en el cielo azul y recordé algunas palabras persuasivas del padre, luego fue el turno de las explicaciones lógicas de Russell. Ambas influencias se sopesaron aquel domingo soleado. Antes de que llegaran los otros chicos del barrio, una postura se impuso de manera contundente. En adelante, jamás cambié de opinión, y eso que nunca conocí a alguien que, al igual que yo, haya repetido un año de catequesis por escaparse de misa.

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