Abordando conceptos científicos desde la poesía. El ejemplo de la sencilla y maravillosa Wislawa Szymborska

“La evolución son los cambios graduales que experimentan los seres vivos a lo largo del tiempo”

Charles Darwin.

 

¿Cómo trabaja el cerebro durante el pensamiento racional? ¿Cómo se inspira durante la creación literaria?  La evidencia científica sugiere que no es correcto que el hemisferio izquierdo se ocupe exclusivamente de lo lógico y racional, en tanto que el derecho de lo intuitivo y artístico; ambos hemisferios se complementan para que el cerebro humano de un salto cualitativo, un salto hacia una mente sin encasillamientos, de creatividad prácticamente ilimitada.

¿Pero podría llegarse al punto de entrelazar el arte, como la poesía, con conceptos sumamente racionales, como la teoría de la evolución o el cálculo estadístico?

Wislawa Szymborska fue una poeta cuya obra permite responder afirmativamente al interrogante mencionado. Wislawa nació Kórnik, Polonia, el 2 de julio de 1923. A los ocho años se mudó con su familia a Cracovia, ciudad donde viviría toda su vida. Estudió Literatura Polaca y Sociología en la Universidad de Cracovia. Concedió escasos reportajes y supo mantener su vida privada a buen resguardo. Prefería no hablar de ella misma, de modo que su personalidad solo podía atisbarse a través de sus versos precisos y claros. Ganó merecidamente el premio Nobel de literatura en 1996. Entre sus numerosas virtudes, cabe destacar su capacidad para mostrar que en la mente humana no existen murallas infranqueables a la hora de entrelazar conceptos científicos y literatura, y llegó incluso a transformar en arte desde la biología de la holoturia hasta la amarga tarea de confeccionar un CV. Como ejemplo, nada mejor que sus palabras:

 

 

Discurso en la oficina de objetos perdidos

Perdí unas pocas diosas camino del sur al norte,

también muchos dioses camino de este a oeste.

Un par de estrellas se apagaron para siempre, ábrete, oh cielo.

Una isla, otra se me perdió en el mar.

Ni siquiera sé dónde dejé mis garras,

quién anda con mi piel,

quién habita mi caparazón.

Mis parientes se extinguieron cuando repté a tierra,

y sólo algún pequeño hueso dentro de mí celebra el aniversario.

He saltado fuera de mi piel, desparramado vértebras y piernas,

dejado mis sentidos muchas, muchas veces.

Hace tiempo que he guiñado mi tercer ojo a eso,

chasqueado mis aletas, encogido mis ramas.

Está perdido, se ha ido, está esparcido a los cuatro vientos.

Me sorprendo de cuán poco queda de mí:

un ser individual, por el momento del género humano,

que ayer simplemente perdió un paraguas en un tranvía.


Contribución a la estadística

De cada cien personas,

las que todo los saben mejor:

cincuenta y dos,

las inseguras de cada paso:

casi todo el resto,

las prontas a ayudar,

siempre que no dure mucho:

hasta cuarenta y nueve,

las buenas siempre,

porque no pueden de otra forma:

cuatro, o quizá cinco,

las dispuestas a admirar sin envidia:

dieciocho,

las que viven continuamente angustiadas

por algo o por alguien:

setenta y siete,

las capaces de ser felices:

como mucho, veintitantas,

las inofensivas de una en una,

pero salvajes en grupo:

más de la mitad seguro,

las crueles

cuando las circunstancias obligan:

eso mejor no saberlo

ni siquiera aproximadamente,

las sabias a posteriori:

no muchas más

que las sabias a priori,

las que de la vida no quieren nada más que cosas:

cuarenta,

aunque quisiera equivocarme,

las encorvadas, doloridas

y sin linterna en lo oscuro:

ochenta y tres,

tarde o temprano,

las dignas de compasión:

noventa y nueve,

las mortales:

cien de cien.

Cifra que por ahora no sufre ningún cambio.


Autonomía

 

La holoturia se divide en dos ante el peligro:

suelta un yo a la voracidad del mundo,

con el otro huye.

En el acto se bifurca en fatalidad y salvación,

en multa y premio, en lo que fue y lo que será.

En mitad de su cuerpo se abre un abismo

con bordes al acto convertidos en dos desconocidos.

En un borde, la muerte; en el otro la vida.

Aquí, desesperación; allá, aliento.

Si hay balanza, no se desnivelan los platillos.

Si hay justicia, ¡hela aquí!

Morir lo imprescindible, sin pasarse de la raya.

Y, del resto salvado, rebrotar lo necesario.

También nosotros sabemos dividirnos, es verdad.

Pero sólo en cuerpo y en susurro que se quiebra.

En cuerpo, y en poesía.

La garganta a un lado; al otro, la risa,

ligera y al pronto sofocada.

Aquí, oprimido, el corazón; allá non omnis moriar,

sólo tres palabras, tres plumas al vuelo.

El abismo no nos escinde.

El abismo nos rodea.


Escribiendo el currículum

¿Qué hay que hacer?

Presentar una instancia

y adjuntar el currículum.

Sea cual fuere el tiempo de una vida

el currículum debe ser breve.

Se ruega ser conciso y seleccionar los datos,

convertir paisajes en direcciones

y recuerdos confusos en fechas concretas.

De todos los amores basta con el conyugal,

los hijos: sólo los nacidos.

Importa quién te conoce, no a quiénes conozcas.

Viajes, sólo al extranjero.

Militancia en qué, pero no por qué.

Condecoraciones sin mencionar a qué méritos.

Escribe como si jamás hubieras dialogado contigo mismo

y hubieras impuesto entre tú y tú la debida distancia.

Deja en blanco perros, gatos y pájaros,

bagatelas cargadas de recuerdos, amigos y sueños.

Importa el precio, no el valor.

Interesa el título, no el contenido.

El número del calzado, no hacia dónde va

quien se supone que eres.

Adjuntar una fotografía con la oreja visible:

lo que cuenta es su forma, no lo que oye.

¿Qué oye?

El fragor de las trituradoras de papel.


Baile

Mientras no se sepa aún algo seguro,

pues no nos llegan todavía señales,

mientras la Tierra siga siendo diferente

a los planetas hasta ahora cercanos y lejanos,

mientras no se diga ni se escuche nada

sobre otras hierbas honradas por el viento,

sobre otros árboles ceñidos por coronas,

sobre otros animales comprobados como aquí,

mientras no haya un eco, además del nativo,

que sea capaz de entrecortar palabras,

mientras no haya noticia

de peores o mejores mozarts,

platones o edisones,

mientras nuestros crímenes

puedan rivalizar sólo entre sí,

mientras nuestra bondad

siga sin parecerse a nada

y siendo excepcional hasta en su imperfección,

mientras nuestras cabezas llenas de ilusiones

se consideren las únicas cabezas llenas de ilusiones,

mientras sólo desde la bóveda de nuestras bocas

pueda ponerse un grito en el cielo,

sintámonos huéspedes de este refugio,

distinguidos y extraordinarios,

bailemos al son de la banda local

y hagamos como si éste fuera

el baile de los bailes.

No sé si para otros,

para mí esto es del todo suficiente

para ser feliz e infeliz:

un rincón modesto,

en el que las estrellas dan las buenas noches

y hacia el que parpadean

sin ningún significado.

 

 

 

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