Ciencia, literatura, evolución y el circuito del placer

El circuito del placer del cerebro se ocupa de recompensar con sensaciones placenteras aquellas acciones que son o que podrían ser importantes para la supervivencia de la especie. No existen varios circuitos sino uno solo, todopoderoso, responsable único de la descarga de los mensajeros químicos que detonan la sensación del placer (1).

Escuchar una canción, alcanzar la cima de una montaña, resolver un problema matemático, observar un cuadro, ir de shopping, tener una idea, ingerir comida con altas calorías, apostar, rezar o bailar son todas actividades que provocan señales neuronales que convergen en un pequeño grupo de áreas interconectadas del cerebro llamadas el circuito del placer (1,2).

En el caso particular del arte, los estudios antropológicos sugieren que unos 45000- 35000 años atrás comenzaron a producirse las primeras manifestaciones artísticas tal como las consideramos hoy en día (3). El circuito del placer tuvo que haber recompensado aquellas actividades, que resultaron luego en un beneficio para la supervivencia de la especie.

Por su parte, el origen de la escritura habría tenido lugar más adelante, hace tan solo unos pocos miles de años. En su libro “El cerebro lector” Estanislas Dehaene plantea la paradoja sobre cómo pudo aprender a leer nuestro cerebro sin haber tenido el tiempo necesario para evolucionar una parte específica del órgano para dedicar a la lectura. El autor postula la existencia de un reciclaje de neuronas, es decir que, de manera improvisada, por una influencia cultural, parte del cerebro que estaba destinado a otro fin se dedica a brindar la posibilidad de la lectura(4). Como no puede ser de otra manera, el circuito del placer tuvo y tiene que estar detrás de dicho mecanismo, recompensando con sensaciones placenteras a las actividades relacionadas con la actividad de leer.

La lectura de géneros artísticos es un caso particular. Sobre el modo en que dichos textos generan placer ha mencionado el eminente filósofo, escritor y semiólogo Roland Barthes:

“Desde la antigüedad hasta los intentos de la vanguardia, la literatura se afana por representar algo. ¿Qué? Yo diría brutalmente: lo real(5)”

En este marco, el modo en que la literatura es capaz de activar el circuito del placer, debería estar en gran parte relacionado con la representación, la que tendría una función vital para lograr ese objetivo.

“(…) la capacidad de la mente humana de colocarse en el lugar de personajes figurados, hace que en el cerebro del espectador o del lector se produzcan operaciones de anticipación, participación y simulación que pueden dar lugar a un inmenso placer sensorial, y que en cuanto a su dimensión química y eléctrica no es diferente a otros placeres humanos (2).”

¿Y qué hay con respecto a la ciencia? En un libro de L. Liebenberg se ha postulado que el origen del pensamiento científico podría estar relacionado con el seguimiento de huellas, una actividad que podría contar con alrededor de 100000 años (6).

Según el autor, la interpretación de las pisadas de ñus y de león no estaban basadas solamente en la evidencia de las huellas, sino también en el conocimiento de la conducta animal, lo que llevaba a la reconstrucción de las actividades de los animales utilizando la imaginación y en base a hipótesis creativas. Luego, a medida que se recogía nueva información, las hipótesis podían ser revisadas o sustituidas por otras mejores. Una reconstrucción hipotética de los comportamientos de los animales podía permitir a los rastreadores anticipar y predecir los movimientos del animal.

Una vez más, esta actividad no hubiera podido llevarse a cabo a espaldas del circuito del placer, sino que tendría que haber sido particularmente estimulada por el mismo.

De un modo más que llamativo, podría observarse entonces que, así como las representaciones son vitales para la literatura, también lo serían para la ciencia, ya que las hipótesis se utilizan para construir teorías o modelos, que en realidad no son ni más ni menos que representaciones de la realidad.

“La ciencia involucra hacer observaciones y diseñar experimentos para descubrir si lo imaginado del mundo en nuestra hipótesis se corresponde con el mundo real. Un acto especulativo de la imaginación antecede a cada avance del conocimiento (6)”.

Si bien las representaciones artísticas y científicas son distintas, no necesariamente son incompatibles. De hecho, el primer registro del seguimiento de huellas lo constituyan pinturas rupestres halladas en la cueva “El Castillo”, al noroeste de España, lo cual es una prueba concreta de que nuestros ancestros no tuvieron inconvenientes para cruzar ciencia y arte. Y esta no debió ser la única interacción, los contadores de historias seguramente incluían en sus relatos información relevante sobre la caza y los aprendizajes realizados, para lo cual habrían apelado a metáforas y relaciones cada vez más elaboradas, en un proceso constructivo y transversal al lenguaje(6), todo lo cual habría derivado en última instancia en el desarrollo de la escritura.

 En entradas previas se mencionaron tres dificultades que se presentan, en la actualidad, al intentar unir ciencia y literatura, así como una estrategia posible para cruzarlas. Aunque ambas disciplinas hayan sido separadas en “las dos culturas“, son hermanas desde hace miles de años, son dos maneras de generar representaciones que supieron ser favorecidas por el cerebro y sus circuitos del placer. Tal vez, de buscarse en las raíces, aún deberían hallarse los nexos con los que nuestros ancestros supieron disfrutar conjuntamente en los albores de la ciencia y de las artes, entre pinturas, hipótesis, canciones, metáforas y cuentos alrededor de un fogón.


Referencias

1. David, Linden. 2011. The compass of pleasure, Penguin books, EEUU.

2. Juan Mata. 2016. 10 ideas claves. Animación a la lectura: hacer de la lectura una práctica feliz, trascendente y deseable.  Editorial Grao, España.

3. Dahlia W. Zaidel. 2010. Art and brain: insights from neuropsychology, biology and evolution. J. Anat 216, pp177–183.

4. Stanislas Dehaene. 2014. El cerebro lector. Siglo XXI, Argentina.

5. Barthes, R. 2007. El placer del texto, siglo XXI, Argentina.

6. Louis Liebenberg. 2013. The origin of science. Cybertracker, Sudáfrica.

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