El whisky costaba 0,0001 sueldos

Usted, joven, por supuesto es sumamente inteligente. Todas las personas menores de treinta años lo son hoy en día. Pero esta no fue siempre la condición habitual y ese será, en todo caso, su desafío en adelante: remontarse a unos cuantos años atrás y ponerse en el lugar de quienes crecimos en otras condiciones, incluso, antes de que los gobiernos lograran reducir notoriamente las desigualdades económicas de los ciudadanos. Ahora, es algo natural, ni a usted ni a nadie le sorprendería, pero en otras épocas, no tan lejanas, cada persona tenía su dinero, y el precio de cada producto o servicio poseía su valor, independientemente de quien fuera el interesado. Nadie se imaginaba que alguna vez el precio de un producto dependería del comprador, que iba a determinarse en base a un porcentaje de su sueldo. Sin embargo, si bien esta maniobra representó una mejora notable, no lo solucionó todo, en absoluto, sino, yo no estaría hoy aquí, conversando con usted y contándole mis problemas. Recuerdo, incluso, que luego del convenio entre los gobiernos, apenas comenzó la transición, yo salía a cenar afuera, por ejemplo, y abonaba una hamburguesa a un valor equivalente al 0,001 por ciento de mi sueldo. De ese modo podía comer afuera de casa tantas veces como lo quisiera, tantas como un multimillonario, en ese sentido estaba igualado con el ricachón, por más que conmigo el restaurant apenas si cubría los costos, y con el porcentaje que le cobraba al magnate, en cambio, salvaba la noche. Pero como le decía, joven, en lo material estábamos equiparados, de a poco la riqueza fue redistribuyéndose, pero en lo intelectual eso no ocurrió, a este hecho apuntaba, nunca hubo un reparto equitativo del capital intelectual o de la inteligencia, y cualquier sujeto concluiría que es mejor así, que en vez de equiparar es mejor generar diversidad. Eso surge del sentido común. No obstante, es evidente que nadie consideró que en esa diversidad hay quien queda en el extremo y se lleva la peor parte. Y hablo con conocimiento de causa, porque debo decirle, joven, que yo era quien estaba tan en el borde que por poco desbarrancaba. No exagero si le confieso que en el reparto de aptitudes individuales no recibí absolutamente nada. En esa diversidad quedé relegado al último eslabón de la cadena, carente de cualquier talento o aptitud. Siempre bregué por mejorar en alguna actividad, pero nunca tuve condiciones, de ninguna índole. ¿Me comprende, joven? Mi vida era como la de un insecto, un parásito inútil que solo dilapida las horas a la espera de una muerte anónima. Podía constatar como el tiempo transcurría cada vez más de prisa para mí, con la conciencia cruel y certera de que mi juventud se agotaba y de que no tenía ninguna alternativa esperanzadora para mi porvenir.

Me casé, pero, como podrá suponer, mi esposa abandonó nuestro hogar en cuanto pudo. Ella evitó ahondar en explicaciones innecesarias, fue benévola si se quiere, pero yo en el fondo siempre supe el motivo, la triste verdad. Y es que mi esposa se aburrió. Ella continuó superándose, mientras que yo permanecí en una meseta eterna. No crecí, no adquirí mayores conocimientos, más experiencia, o, por lo menos, una cultura más amplia. Pero no por no haberlo intentado, la única cita que siempre recuerdo es la de Emile Zola, hay que cultivar el jardín propio, y le juro, joven, que lo intenté, quise ser una persona interesante, usted no se da una idea, me esforcé como ninguno. Pero no había caso, parecía condenado de antemano, predestinado al fracaso más rotundo.

Para colmo, cuando el gobierno autorizó las mejoras genéticas en los en los recién nacidos, mi panorama dejó de ser triste para convertirse en desolador. Todos aseguraban que solo modificaban genes para prevenir enfermedades, como el cáncer, la hipertensión o la diabetes, pero siempre supimos que no era así. Hasta el más ingenuo comprendía que, después de aquellos tratamientos, los engendros salían más inteligentes, más sensibles, más perceptivos. Cuando crecían, uno dialogaba brevemente con alguno de esos monstruitos y se daba cuenta de que tenían más luces que uno. No solo eran jóvenes, también eran más talentosos, más creativos, más simpáticos. En su momento, es cierto, todos nos opusimos con vehemencia a las modificaciones genéticas. Todos aludimos a la moral y a la defensa de la condición humana, pero bastó que uno de esos países poderosos pusiera en práctica los tratamientos, para que el resto no tuviera otra alternativa que implementarlos por obligación, porque un país que no aprobara los protocolos no podría competir jamás con la riqueza genética de los otros. Claro, en ese entonces, nadie notó que iba a generarse una brecha generacional. Usted es muy joven, pero habrá leído que luego los adultos tuvieron serias dificultades para competir con las nuevas generaciones, que venían chequeadas genéticamente. Esos imberbes completaban los estudios universitarios a los quince años; les bastaba darles una sola leída a los libros para acordarse de todo. Por culpa de esa medida de los gobiernos, los cuarentones o mayores quedamos en una situación marginal, pero la gran mayoría contaban con la ventaja de la experiencia y la sabiduría. Lo cual no era mi caso, por cierto, por lo que quedé verdaderamente fuera del sistema, condenado al desempleo y al olvido, y si bien nada me faltaba en lo material, vivía en una situación de aislamiento, de espaldas a la fracción productiva de la sociedad.

Recuerdo que en los tiempos libres solía sentarme en el banco de la plaza de mi barrio a mirar a las familias que jugaban con sus hijos prodigios. Me acuerdo de haber contemplado muchas veces a esas familias perfectas; no porque me predispusiera mejor, sino porque el tiempo realmente me sobraba y ya no sabía qué hacer con él.

Por eso, cuando desarrollaron el virus de la inteligencia, y todos corrieron a inocularse, hasta yo presumí que estaba salvado. A mí, los demás tratamientos que había disponibles, me tenían sin cuidado. Pero el virus de la inteligencia era una necesidad insoslayable, y una vez que conseguí ahorrar los dos sueldos, que era lo que costaba, corrí a realizarme el tratamiento. Ya sé que ahora a usted le resulta inverosímil, que luego de haber vilipendiado a esas horrendas criaturas, de haber levantado la bandera de la moral, de haberme llenado la boca de palabras en favor de la ética, la familia y las buenas costumbres, que yo mismo quisiera convertirme en un engendro, ya lo sé, usted va a decirme que era una contradicción grosera, y tiene razón, no voy a negárselo, pero el sentimiento de soledad y de humillación eran tan poderosos, que no dudé en realizarme los estudios. ¿Pero adivine qué? Sí, joven, no hace falta que se lo revele, como no podía ocurrir de otra manera, mi constitución resultaba, otra vez más, la peor de todas, y cuando lo analizaba, comprendía que hasta podía habérmelo imaginado, porque era de esperar que el virus de la inteligencia no pudiera infectar a una persona que más bien era el antónimo exacto. Me explicaron que yo tenía varios polimorfismos desafortunados en el ADN, y que eso hacía que el virus no pudiera reconocer a su receptor en las células blanco. ¿Se da cuenta, joven? Estaba condenado a ver como todos se volvían brillantes de la noche a la mañana, hasta un anciano senil se convertía en una persona más lúcida que yo, y eso verdaderamente me desequilibró, por lo que decidí emborracharme hasta perder la conciencia en algún tugurio de mala muerte. Fíjese como sería de malo el whisky en el antro al que acudí, que la medida costaba 0,0001 sueldos. Mi estipendio me alcanzaba para tomar diez mil medidas si lo toleraba, y tenía el firme propósito de alcanzar a beber todos los vasos que pudiera, cuando una mujer, golpeada también por la vida, tuvo el gesto amable de acercarse a beber conmigo. Entre vaso y vaso ella me desgranó su triste historia. Recuerdo que me dijo que la vida consistía en caminar de espaldas hacia un precipicio, que uno siempre sabe que va a pisar el vacío para caer a un abismo, lo único que no sabe, es cuando dará el paso final que lo arroja al precipicio. Me explicó que, de todos modos, eso no era en realidad lo que más la atormentaba, sino saber que estaba caminando sola. Después de su catarsis, yo hice un sucinto resumen de mi vida, y evidentemente la impresioné, porque llegó a sincerarse conmigo: Gastón, la verdad es que no me gustaría tener su ADN. Ahí fue cuando ella concibió la idea; así como se lo refiero, joven, ni siquiera la idea que cambió mi vida pudo ocurrírseme a mí. De pronto, la mujer comenzó a observarme con renovado interés. Ella sola se percató de algo, puedo jurarle que yo no hice nada y que tampoco fue el alcohol. Pero fue asombroso como cambió la atmósfera a nuestro alrededor a partir del momento en que ella formuló la idea. La gente, incluso, se aproximaba, nos escuchaba, nos concedía la atención que nunca antes nos había dispensado.

Ella les explicaba a todos que en esa época de genes de alquiler, en que las mejoras genéticas estaban tan de moda, cualquiera que pretendiera concebir hijos talentosos debía asegurarse de que el ADN de su pequeño no compartiera similitud alguna con el mío. Y usted, estimado, imaginará que en aquel entonces inicié una relación con esa mujer que dio un vuelco a mi vida. Pero no, la verdad es que en aquella difusa madrugada terminamos tan borrachos que perdí la servilleta donde había apuntado su teléfono. Volví al día siguiente, y al siguiente, y luego innumerables veces más, pero siempre en vano. Aunque sí recordé la idea que ella había concebido aquella noche de confidencias. Me asesoré, y resultó que ella estaba en lo cierto, hice secuenciar mi ADN y lo patenté. Y curiosamente, mis secuencias comenzaron a ocupar los primeros lugares entre las más solicitadas en los bancos de datos. Porque hasta el momento había mucha información de genes relacionados con enfermedades, color de ojos, y demás preferencias, pero no abundaba el conocimiento sobre aquellas secuencias capaces de convertir a las personas en mediocres. De la noche a la mañana mi vida dio un giro inesperado. Todas las familias comenzaron a preocuparse por que sus hijos no compartieran secuencias de ADN conmigo, y por tal precaución debían hacerse cargo de un porcentaje de mis derechos. Mi cuenta bancaria creció exponencialmente, la gente comenzó a interesarse en mi experiencia, al principio, con morbosa curiosidad, pero luego con verdadero interés. Me convertí, de pronto, en un pionero de las secuencias inútiles, anodinas, triviales, y terminé transformándome en una personalidad destacada; tanto es así, que en poco tiempo pude comprarme mi propia mansión, no falto a la verdad si le digo que los fines de semana desfilaban frente a mi casa innumerables familias con sus hermosos hijos engendros, y me agradecían con sinceridad, porque, en el fondo, sabían que si yo no hubiera dado a conocer mis secuencias, ellos jamás se hubieran percatado a tiempo; y comprendían que si no fuera por mí, en vez de disfrutar del crecimiento perfecto de sus hijos, hubieran podido sufrir la desidia de criar a un hijo mediocre en esa nueva sociedad que ya rebalsaba de mentes brillantes.

Y fue entonces cuando ocurrió lo del concilio de Ginebra; bueno, en realidad, ya habían pasado muchos años, porque todos los grandes líderes del mundo habían sido manipulados genéticamente, y se percataron de que si las mejoras continuaban de manera indefinida era inevitable que muy pronto los jóvenes los opacaran a ellos también. Por lo tanto, prohibieron las mejoras genéticas arguyendo que eso era el acabóse para la moral y la condición humana, y se justificaron diciendo que las alteraciones realizadas se heredarían para siempre y que ya no eran necesarias nuevas modificaciones. Levantaron miles de esas obras y monumentos que hay por doquier y que representan a un hombre lamentándose por haber arruinado su ADN ancestral, ese que tenían los humanos antes de las manipulaciones genéticas, y con eso dieron por finalizado el asunto. Ese acuerdo representó el fin de mi lucro personal, pero yo ya había amasado una buena fortuna personal. Y, además, para aquella época yo me había convertido en una suerte de fósil viviente, con un ADN desastroso, pero completamente puro, lo cual comenzó a ser como una reliquia. Y entonces volví al bar de los whiskies a 0,0001 sueldos. Sentía deseos de celebrar, porque a pesar de los cambios, yo todavía conservaba algo de valor. Usted no va a creérmelo, pero recién esa noche volví a encontrarla. Sí, a la mujer de la noche que le mencioné, la única mujer que había provocado en una hora la mayor transformación en mi vida. Ella estaba allí, porque supuso que la nueva resolución iba a traerme el recuerdo de la noche que compartimos veinte años atrás. Como se imaginará, yo no podía dar crédito a mis ojos, pero ella me explicó que la vez anterior también había perdido mis datos, y que al día siguiente había tenido que viajar porque no era de la ciudad. Me reveló que había vuelto varias veces más, pero fíjese usted las casualidades, nunca nos habíamos encontrado hasta esa noche, en que ella me recomendó que visite a un profesional de su especialidad, porque, a pesar de todo, y como puede constatar, todavía necesito dialogar con alguien para desahogarme un poco, porque cada tanto me asaltan los viejos fantasmas, sobre todo los domingos, cuando me invade la misma sensación que me embargaba al salir a dar una vuelta por la plaza de mi barrio. Y es por este desasosiego que aún me persigue que he venido a esta consulta inicial.

Y ahora seré todo oídos, joven. Sin embargo, antes de que me adelante su resolución, le ruego que aprecie el costado positivo, y no el negativo como han hecho los diez colegas suyos que visité con anterioridad. Considere que mi problema ya no es tan complicado, ya que, si bien he alcanzado mi temida vejez, al menos ahora sé que hay una buena mujer que está esperándome para cenar, cada vez que salga de su consultorio, si es que después de todo me acepta para hacer terapia con usted.

—————————-

Bibliografía

No se empleó. cuento, con un toque de ciencia ficción.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s