El riesgo de la felicidad

Ahora que todos han franqueado por última vez los sórdidos muros de mi prisión, compungidos pero libres, he vuelto a reflexionar sobre los extraños hechos que me tuvieron como protagonista, de modo involuntario y muy a mi pesar. Con la inevitable amargura de saber que toda acción que emprenda a esta altura no cambiará el curso de los acontecimientos, me dispuse a dejar una constancia objetiva por escrito.

El gobernador visitó mi laboratorio un sábado por la tarde, sin previo aviso. En primer término, quiso informarse en profundidad sobre el estado general de mis investigaciones; luego, una vez en confianza, me espoleó para conocer mi postura sobre el desarrollo científico de su gestión. Ambos estuvimos de acuerdo en que la sociedad estaba retornando a comportamientos primitivos; coincidimos en que esta severa involución debía ser una de las tantas consecuencias del grave deterioro del planeta. A título personal, llegó a confiarme que pretendía abolir varias de las medidas del gobierno anterior, incluyendo la polémica ley del Talión. Por último, el gobernador me reveló su interés por el novedoso prototipo que yo estaba desarrollando en secreto. Fue entonces cuando me informó el motivo real de su visita: estaba resuelto a participar como voluntario en las pruebas iniciales de la máquina. Desconcertado por su propuesta, argumenté que el modelo experimental aún no estaba listo: faltaban optimizar los protocolos de seguridad, por lo menos, antes de iniciar las pruebas concretas en voluntarios. El gobernador, sin embargo, no atendió razones. En un arrebato de sinceridad, me confió que lo abrumaba la ausencia de su difunta esposa. Estaba convencido de que su martirio solo podría paliarse con el auxilio de las nuevas tecnologías. Quería revivir, al menos, uno de los instantes vitales que habían compartido. Acorralado por su insistencia, lo introduje someramente a los mecanismos que emplea el dispositivo, sobre lo cual ya me he explayado en reiteradas oportunidades, y que, por lo tanto, no abordaré en profundidad en esta instancia. Para el caso, bastará mencionar que la máquina es capaz de identificar redes neuronales implicadas en recuerdos puntuales. Luego, tras suministrar pequeños impulsos eléctricos a voluntarios en estado de reposo, la máquina es capaz de reconstruir una vivencia particular, con las mismas emociones que experimentó el sujeto cuando el recuerdo fue generado.

Para identificar un hecho concreto es imprescindible la colaboración del voluntario, el cual debe aportar descripciones de objetos y detalles relevantes, ya que mientras el sujeto rememora es cuando la máquina logra identificar las redes neuronales que almacenan la información. Una vez que el dispositivo recolectó un número suficiente de circuitos, el equipo rastrea el resto de las conexiones, lo que le permite construir un mapa tridimensional con todos los patrones involucrados.

El gobernador, en aquella instancia, me encomendó la búsqueda de un atardecer en particular, cuando sorprendió a su mujer con un ramo de flores amarillas, de esas que ya se extinguieron hace un par de años. Agregó, además, detalles relativos a una escapada que realizaron en automóvil a las afueras de la ciudad, a una zona arbolada donde todavía corría un hilo de agua pura. En aquel día, contra las luces del crepúsculo, ella le había dejado percibir que no era inalcanzable, como hasta entonces le había parecido. A la hora de aportar detalles, el gobernador se explayó sobre la sonrisa franca y el brillo de los ojos grises de quien se volvería su mujer. Luego, describió con minuciosidad el cuerpo joven y firme y el vestido liviano que llevaba aquel atardecer, muy apropiado para los días calurosos que se vivían. Con ese caudal de información establecimos un mapa perfecto, donde brillaba con fluorescencia el fino entramado de las redes neuronales asociadas al recuerdo.

Almacenamos toda la información en la máquina y, antes de proceder, forcé al gobernador a firmar una declaración en la que aceptaba los riesgos del procedimiento. Incluso, quedó asentada mi postura negativa con respecto a su proceder. La nota me libraba de toda responsabilidad en el que caso de que surgiera un imponderable. Finalizado este trámite, el gobernador se reclinó en el sofá de la máquina para que le colocara los electrodos en las posiciones requeridas. Le informé que estaría en el recinto durante todo el trance y que anularía la operación en el caso de que surgiera algún desperfecto. El gobernador cerró los ojos mientras la máquina comenzaba a suministrarle pequeños impulsos eléctricos. Constaté que, durante el primer ensayo, el aparato funcionó a la perfección, sin que hubiera ninguna falla técnica.

Transcurrido un cuarto de hora, el gobernador comenzó a estremecerse de un modo alarmante. Temí que estuviera convulsionando. Al instante, el aparato detectó que acababan de superarse los umbrales de ciertos metabolitos y detuvo las señales. El gobernador se incorporó entonces con los ojos como diques rebalsados. Me exhortó a repetir la experiencia; arguyó que necesitaba vivenciarla una vez más. Dijo que la sensación había sido tan real que no pudo evitar emocionarse. Prometió apoyarme en mis investigaciones porque el prototipo verdaderamente funcionaba. Puede sanar cualquier vida -me dijo-, con tal de que tenga un recuerdo feliz al cual acudir en caso de extrema necesidad.

Pese a su halago, yo me opuse a repetir la experiencia. Los riesgos habían sido evidentes. El gobernador, sin embargo, no se dejó persuadir, estaba desencajado y fuera de sí. Consentí, por fin, con la condición insoslayable de que se tratara realmente de la última vez, al menos, por ese día. Conectamos nuevamente los electrodos y sucedieron exactamente los mismos eventos que en la primera oportunidad. No obstante, cuando el gobernador se incorporó, volvió a ordenarme que lo conectara una vez más, despreciaba los riesgos porque ya había tolerado dos pruebas consecutivas. En ese punto me mostré inflexible. Los eventos entre el primer y el segundo ensayo habían sido semejantes, pero habían ocurrido a mayor velocidad. Era un indicio de mal pronóstico. Discutimos acaloradamente. Lo último que recuerdo, es que el gobernador se abalanzó sobre mi persona enarbolando una lámpara de escritorio.

Cuando me despertaron los guardaespaldas del gobernador, él aún continuaba recostado en el sillón. Tenía el cuerpo relajado y una expresión de paz le iluminaba el rostro. Había muerto como él lo quiso, junto a su amada. Aunque no me informaron oficialmente sobre los motivos de su muerte, yo lo sabía con certeza. Bastaba con observar la expresión de serena felicidad con la que se había marchado. Su organismo no había resistido los niveles de metabolitos producidos por tal estado.

Ya he insistido numerosas veces que los guardaespaldas destruyeron la carta que me libraba de cualquier responsabilidad. El tribunal, no obstante, se ha empeñado en desacreditarme de todas las maneras posibles. He escuchado que prenderán fuego al prototipo que desarrollé, como si la máquina tuviera acaso alguna responsabilidad. Espero que lo mediten con más calma. Por mi parte, lamento profundamente la muerte del gobernador, no solo por su pérdida, sino también porque no llegó a abolir la polémica ley del Talión, por la cual he sido condenado a tener su mismo destino. Ahora solo me queda un consuelo, saber que por fin podré revivir mi propio recuerdo, una y otra vez, al igual que el gobernador, cuando en un par de horas vengan por mí para aplicarme todo el rigor de la ley.

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Bibliografía

No se empleó. Cuento, con un toque de ciencia ficción.

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