Sexta parte, Punto de inflexión

Capítulo 21

El tiempo parecía no haber transcurrido desde la visita anterior de Bruno a la mujer de Fuentes. Después de servir el té, Matilde tomó asiento. Comenzó a tejer con parsimonia mientras aguardaba a que Bruno le explicara el motivo de su nueva visita.

—Usted me dijo que, con el tiempo, las reuniones entre los tres se volvieron cada vez más esporádicas, ¿no es así?

—Así es. Ya le comenté que el esposo de la Dra. Mahler vino una sola vez a esta casa.

—¿Es decir, entonces, que usted no volvió a ver a la doctora?

—No. Recuerde, además, que ella trabajó muchos años en la universidad. Recién ahora volvió al instituto.

—¿Entonces, no habló más con ella? ¿Está completamente segura?

—En realidad… —Matilde vaciló—, ahora que lo menciona, una vez volví a hablar con ella.

—¿Hace mucho?

—Sí. Fue hace muchos años. Ella vino a visitarme en el horario de trabajo de mi marido… —Matilde se quedó callada.

Bruno dejó la taza de té sobre una mesa ratona que tenía enfrente.

—¿Y cuál fue el motivo?

La mujer de Fuentes lo miró por encima de los lentes. Dejó las agujas sobre la mesa. Se alisó la falda de la pollera.

—Me quiso convencer de que mi marido y ella habían tenido algo.

—¿Y usted le creyó?

—¡Por supuesto que no! ¡Faltaría más! Siempre confié en mi marido.

—¿Qué le dijo la doctora?

Matilde miró hacia el suelo sin responder.

—Está bien. No importa. Pero usted no le creyó.

—¡Claro que no! Recién habíamos adoptado a nuestro hijo.

El ruido estridente del timbre hizo que Bruno pegara un salto.

—Es un sonido horrible —se excusó Matilde, poniéndose de pie. Descorrió la mirilla de la puerta.

—Es una chica joven…

Desde el otro lado de la puerta se escuchó que alguien gritaba.

—¡Abrí, Bruno! —gritó Florencia—. Matías sabe que te reuniste con Eduardo; de hecho, mañana mismo piensa contárselo a Martínez, y no creo que le agrade. ¿Qué pensás hacer?

Abrieron. Mientras Florencia se presentaba ante Matilde, Bruno volvió al sillón.

—Siempre supe que entraste al laboratorio con otra finalidad —explicó Florencia—, que no te interesa el doctorado.

—¿Cómo me encontraste?

—El lunes pasado te seguí.

—¿Y por qué te escribió Martínez la otra noche? Vi un mensaje de él en tu celular.

Matilde los miraba alternadamente.

—Lo sabrías, si no te hubieras marchado. Martínez me confirmó que Fuentes está a punto de renunciar, mañana, más precisamente.

Mientras Bruno reflexionaba, Matilde se marchó a la cocina. Florencia aprovechó para aclarar:

—Fuentes no puede haber tenido responsabilidad en lo que pasó. Yo estoy convencida. Incluso, tenía la esperanza de que vos aportaras algo. Por eso te ayudé.

—¿Me ayudaste?

—Claro, yo te llevé al depósito. Quería que encontraras la foto de la doctora embarazada. Hasta te señalé los cuadernos. ¿No te acordás? Como tenés que preparar un seminario sobre el cáncer, agregué artículos científicos sobre teorías poco conocidas para que te llamaran la atención.

—¿Vos agregaste las notas?

—Lo hice para que te detengas en esos lugares y veas la foto. Incluso, te di una copia de la llave. La primera vez entró Matías y te dejaste el cuaderno; la segunda, vi que te lo llevaste. Supongo que habrás encontrado la foto.

—¿Entonces vos sabías de eso?

—Sí. Comprendí que podía ser un dato clave. Ella solo tenía ojos para Fuentes. Ese embarazo era lo que más anhelaba. Me lo contó ella misma, en cuanto notó que yo me había dado cuenta, que sabía su secreto —Florencia hablaba susurrando, cuidándose de que Matilde no la escuchara—. Pero el tiempo se termina. El doctor está devastado. Fue él quien golpeó a Martínez en la quinta. Me lo dijo él mismo.

Bruno caminó por el living, indeciso. Su celular le avisó de la llegada de un mensaje. Era Eduardo. Le refería la última noticia. Fuentes estaba fuera de sí. Un ataque de rabia lo había llevado a destruir el escritorio de su cuarto, en la quinta. Algo se estaba gestando por esas horas.

—Yo lo conozco bien —dijo Florencia—. Te digo que Fuentes no puede haber hecho una cosa así. De Martínez me sorprendería, pero él siempre estuvo embelesado con la doctora, y nunca fue correspondido. Además, te tomó como becario justo en este momento. Tiene varios indicios en su contra.

Al instante, Bruno recibió otro mensaje de texto. Habían internado a Fuentes por una descompensación.

Apenas leyó el mensaje, Bruno se dirigió hacia la salida.

—¿Y ahora qué pasa? —Preguntó Florencia.

—Tengo que ir al instituto.

—¿Ahora?

—Sí.

—Te llevo —dijo ella—. ¿A qué vas?

—No hace falta.

—Dale, no perdamos el tiempo. Tengo el auto en la puerta.

Bruno no rechazó la ayuda. Ya conocía a Florencia lo suficiente como para saber que no lo dejaría marcharse solo. Ambos se despidieron de Matilde, le pidieron su número de teléfono y le prometieron comunicarse si tenían novedades.



 

Capítulo 22


 

Cuando llegaron al instituto, Bruno y Florencia pidieron las llaves y firmaron una planilla de registro. El guardia los observó con curiosidad. Ambos lo conocían y se cuidaron de evitar su mirada maliciosa.

El edificio estaba a oscuras. Con el fin de economizar gastos, muy pocas luces permanecían encendidas. Ingresaron al laboratorio por la cocina. Al atravesar el pasillo los recibió el barullo de los ratones en sus jaulas. Pese a que Bruno ya había entrado de noche, la intensidad del ruido seguía sorprendiéndolo.

Fueron directo al despacho de Martínez. Tras abrirlo, encendieron las luces. Bruno buscó guantes de laboratorio. Se los puso y luego comenzó a retirar uno a uno los cajones del escritorio de Martínez.

—¿Cuándo me vas a decir qué buscamos? —Preguntó Florencia, cruzada de brazos.

Del fondo del último cajón, Bruno sacó una hoja cuadriculada, estaba plegada numerosas veces al punto de quedar reducida a un pequeño rectángulo de papel.

—¡Tiene sangre! —señaló Florencia.

Cuando Bruno extendió la hoja, Florencia ya se había acercado. Leyeron los dos juntos. En un gesto automático ella se tapó la boca con una mano. Tuvieron que sentarse. Florencia recurrió al sillón de Martínez. Bruno rodeó el escritorio hasta la silla que solía usar en las reuniones con su director. Quedaron enfrentados, sumidos en un mutismo absoluto. Recién cuando recuperaron un poco la compostura, Florencia advirtió:

—Salgamos de esta oficina, puede pasar el guardia haciendo la ronda. No sería bueno que nos encuentre acá.

—Da lo mismo —opinó Bruno—, de todas formas, mañana se termina todo. Cuando Matías hable con Martínez, seguro me echa.

—¿Matías? ¡Matías vive en una nube de ego! Y, además, te digo algo, está a punto de dejar el laboratorio.

—¿Se va?

—Sí. Se cambia a una empresa de monitoreo clínico. Se cansó de leer y escribir artículos científicos. Yo solo quería presionarte porque, como te dije, mañana Fuentes piensa iniciar los trámites de la renuncia.

—¿Entonces, Matías no sabe nada?

—¿Qué te acabo de decir? —Florencia volvió los cajones a su lugar—. Además, como Matías deja el laboratorio, no va a asistir al congreso que hay este año. Martínez me dijo que te pregunte si querés reemplazarlo. El hotel está pago.

Bruno levantó las cejas, sorprendido.

—Hoy miré tus ratones —acotó Florencia—, parecen estar algo mejor con el tratamiento que probaste. Es una buena línea para seguir, ¿no te parece?

Bruno guardó la hoja en un folio transparente y luego tomó prestada una mochila en desuso que había en un costado. Mientras Florencia cerraba el despacho de Martínez, Bruno cayó en la cuenta de que llevaba varios días sin revisar sus animales. Caminó por el pasillo en penumbras hasta el cuarto de experimentación. Allí observó las cajas donde mantenía sus animales bajo estudio. Comparó los ratones de manera superficial. Aunque tenía que aguardar un tiempo prudencial para estar seguro, el tratamiento daba la impresión de estar funcionado. Era un buen indicio.

Cuando salieron a la calle, Bruno sacó el celular. Llamó a Eduardo, que aceptó recibirlo si tenía novedades. Florencia se ofreció a llevarlo hasta la casa del hijo de Fuentes. Sin embargo, Bruno prefirió que lo alcanzara hasta la casa de Matías.

El tránsito, como siempre, era caótico. Florencia tuvo que aminorar la marcha. Realizaron gran parte del trayecto en silencio. El rumor del coche apenas se escuchaba. Las luces de la avenida desfilaban a los costados.

De pronto Bruno recordó algo:

—Me dijiste que Fuentes te comentó algo más, poco tiempo antes del incidente con la doctora.

—Cierto. ¿En qué habíamos quedado?

—Quedamos en que Fuentes estaba preocupado acerca de la posibilidad de que el desarrollo inconsciente de enfermedades pudiera estar relacionado con comportamientos nocivos que predisponen al cáncer. Además, me mostraste un libro que describe muchos casos en que la muerte de los individuos que han pasado la edad reproductiva constituye una ventaja para una especie.

—Es verdad. Esto llevó al doctor a continuar indagando en el tema, hasta que, en un punto, se convenció de un detalle crucial: si bien la muerte de los individuos más longevos podría ser ventajoso para una especie, esto en realidad no es así para los seres humanos, ya que seríamos un caso especial.

—¿Justo un caso especial? ¿A qué te referís?

—El Doctor se dio cuenta de que estaba omitiendo algo muy importante —Florencia hizo una pausa antes de aclarar—: Fuentes averiguó que, a diferencia de las demás especies, las mujeres humanas son las únicas que tienen una larga vida después de la menopausia.

—Eso es totalmente nuevo para mí. ¿Ni siquiera las monas viven luego de la menopausia?

—¡Claro! ¿Qué te acabo de decir? Por eso es tan notorio, ninguna otra especie vive demasiado luego de su edad reproductiva. Este hecho sugiere que esa ventana de tiempo no existe por una falla en la aparición de enfermedades asociadas a la vejez, entre ellas el cáncer, sino que se debe a otra causa, a que esos años de vida otorgan una ventaja evolutiva a la especie.

—Es interesante, sin duda, ¿pero hay alguna explicación científica al respecto?

—Se han planteado, por lo menos, dos propuestas para explicar cómo podría haberse seleccionado ese rasgo tan particular. En un enfoque, se ha sugerido la importancia capital de un cambio en la alimentación[i]; en el otro, en base a una teoría conocida como la hipótesis de la abuela[ii], se sostiene que la ayuda de las abuelas en el criado de sus nietos habría sido vital para que las madres pudieran tener más hijos. De este modo, hace 30000 años, el número de abuelos habría aumentado de manera notable, y muy poco tiempo después se habría producido un incremento significativo de las expresiones artísticas, la producción de comida y la creación de herramientas cada vez más sofisticadas[iii]. De lo que se deduce que, en el caso exclusivo de los seres humanos, las personas mayores aportarían múltiples ventajas, como estabilidad a una familia, sabiduría, cultura y arte a la sociedad, entre muchas otras cosas.

—Es cierto. Seguí.

—Aunque esas teorías están en discusión, de todas maneras, Fuentes tomó consciencia de un hecho insoslayable: la esperanza de vida de los seres humanos aumentó desde la prehistoria. Este es un dato no menor. Pese al cáncer y a otras enfermedades, el ser humano comenzó a vivir cada vez más, incluso, mucho antes de los avances médicos con los que se cuenta en la actualidad. ¿Te das cuenta de lo que esto podría significar?

—No. Todavía no.

—Para Fuentes y para mí, significa que, de un modo u otro, el ser humano no solo es diferente al resto de las especies en que tiene consciencia: hay algo más, para el ser humano, la muerte de los individuos que han pasado la edad reproductiva ya no constituiría una ventaja. Y esto, en otras palabras, también significaría que los seres humanos no quieren morir. Quieren vivir más y mejor.

—¿Pero, entonces, en que queda lo del desarrollo inconsciente de enfermedades?

—Por ahora es un tema de estudio. Aunque por estos días el Doctor reniega de pensar en este asunto, lo que yo presumo que concluyó es lo siguiente: durante gran parte de la evolución, para los antepasados del ser humano, la muerte de los individuos que sobrepasaban la edad reproductiva era una ventaja, al igual que para el resto de las especies; por lo tanto, su genética estaba programada como todas, para envejecer y morir, e hipotéticamente, para desarrollar enfermedades a partir de situaciones depresivas o de soledad, que típicamente podían sentir los individuos más longevos, acaso en algún momento de la evolución; todo con la finalidad de que los individuos no superasen demasiado la edad reproductiva. Ese periodo habría durado millones de años, hasta que llegó un punto en el que el Hombre primitivo comenzó a transformar el hábitat para su beneficio, generando cultura, arte, ciencia y tecnología. Fue a partir de ese momento cuando comenzó a vivir más, porque la muerte de los organismos ancianos tiene ventajas en un ámbito hostil, donde hay competencia y escasez de alimentos, pero deja de serlo cuando se alcanza un mayor control del hábitat. Dicho de otro modo, la muerte dejaría de ser una ventaja adaptativa cuando el medio ambiente no impone una competencia que exija ese recurso extremo.

—¿De verdad Fuentes pensó esto? ¿Qué queremos vivir más y mejor?

—¡Efectivamente!

—Pero la última vez que estuve con él me dijo cosas muy distintas.

—Porque el vínculo con la doctora lo dejó muy maltrecho. Colectivamente, todos empujamos para vivir más, pero la genética de cada persona es exclusiva, y únicas son también las circunstancias que a cada uno le toca sobrellevar. De todos modos, al igual que antes, no debe olvidarse que en este aspecto Fuentes aún se maneja en el terreno de las hipótesis. Fíjate en la guantera, ahí hay un esquema que hicimos con el doctor. Allí representamos su última visión sobre el conocimiento que existe en la actualidad.

Bruno revolvió en la gaveta. Finalmente lo encontró:

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—Mirá —empezó Florencia—, el consenso actual indica que el factor más influyente en la predisposición al cáncer es sin dudas el envejecimiento; se requieren muchos años para que se acumulen las mutaciones necesarias en los genes que regulan el ciclo celular y en varios tipos de genes más. Luego, la vejez se correlaciona también con la pérdida de funcionalidad del sistema inmune y del gen p53[i] [ii], lo cual también predispone al cáncer, ya que ambos tienen un rol clave en la restricción del crecimiento tumoral. Por último, las personas al envejecer van modificando los hábitos y el comportamiento, lo cual también puede incidir en la generación de mutaciones aleatorias en genes importantes, a través de, por ejemplo, el tabaco, el alcohol y el tipo de alimentación; todo lo cual explicaría por qué la incidencia del cáncer es máxima en la vejez. Y esto, por supuesto, cuando no hay un determinante genético, como una mutación heredada; o bien, que se esté en presencia de un compuesto químico cancerígeno en el ambiente, lo cual puede llevar a la aparición de un cáncer por accidente en una persona joven.

—¿Y eso del desarrollo de enfermedades de forma inconsciente?

—Eso es lo que está en estudio. Hay bastante evidencia de que una depresión emotiva afecta la función del sistema inmune, lo cual indirectamente permitiría la expansión de células tumorales. Con respecto al comportamiento, en cambio, si bien existe un vínculo implícito con la psique, aquí nadamos en aguas desconocidas, por lo menos, hasta ahora. Eso es lo que Fuentes se proponía estudiar antes de que tuviera lugar el episodio con la doctora.

—De verdad se ha avanzado mucho en la comprensión del cáncer.

—¿Mucho? —Florencia tomó aire antes de continuar—: eso es poco decir, a comienzos del siglo pasado las posibilidades de curación eran nulas. Hoy en día, vos debés saberlo, en promedio ya se cura alrededor de la mitad de las personas con esta enfermedad. No se trata del esfuerzo de unos pocos, son miles los científicos, médicos, enfermeros, técnicos, que están en esta lucha. Para las nuevas generaciones el cáncer no será visto como un tabú, como algo que ni siquiera puede mencionarse, sino que será una enfermedad más entre tantas, que en la mayoría de los casos se curará, y que muchas otras veces se convertirá en algo crónico, de lo cual uno debe cuidarse.

Llegaron entonces a la esquina del departamento de Matías. Florencia buscó un lugar y aparcó el coche. Cuando apagó el motor, el peso del silencio se hizo evidente. La cuadra estaba prácticamente a oscuras. Había un único farol del alumbrado público que funcionaba, pero titilaba con un zumbido que anticipaba el cortocircuito.

—¿Vos le avisás a Matilde? —Preguntó Bruno.

—Sí.

—No vayas a la casa. Llamala por teléfono.

—Sí. Quedate tranquilo —Florencia jugaba con la llave del coche.

Ambos miraban hacia delante, en silencio. Como era previsible, el último foco se rindió. La cuadra entera quedó sumida en la oscuridad.

—Bajo solo —avisó Bruno.

—Está bien. ¿Te espero?

—No. Después tomo un taxi. No te preocupes —Bruno abrió la puerta del coche—, eso sí, no te acuestes temprano.

 

 



 

Capítulo 23


Bruno pagó el taxi que lo había llevado desde la casa de Matías hasta la de Eduardo. Descendió de prisa y tocó el portero eléctrico. Sabía que llegaba con bastante demora. Eduardo abrió la puerta con una mano, mientras sostenía el celular con la otra. Discutía por teléfono. Le hizo gestos a Bruno para que pase y tome asiento en el living.

En vez de sentarse, Bruno prefirió dar una vuelta para familiarizarse con el ambiente. Fue hacia la izquierda y se aproximó a una gran biblioteca de roble que tenía la mayor parte de los libros favoritos de Eduardo.

Mientras Bruno husmeaba los títulos, el hijo de Fuentes terminó la comunicación.

—Mi padre ya está mejor, aunque lo han sedado. Estoy saliendo para la clínica. Si tenés novedades, podés contarme por el camino.

Sin aguardar por una respuesta, Eduardo buscó las llaves del coche y se dirigió hacia la salida. Recién en el interior del Audi, Bruno le comentó:

—Cuando recibí tu mensaje, empecé a entender lo que pasó. La doctora, en algún momento, decidió tomar acciones drásticas.

—¿Acciones drásticas? —Eduardo ni siquiera había encendido el motor—. ¿Te podés explicar mejor?

—Tu intuición no estaba errada. Existía un vínculo entre el tema de investigación de los doctores y lo que sucedió.  Y mucho tuvo que ver el pasado en el desenlace, porque la doctora, claramente perturbada, fue quien desencadenó el incidente. Lo hizo con el fin de poner a tu padre en una situación comprometida, de no retorno. Un punto de inflexión entre el pasado y el futuro.

—¿Martínez no tuvo relación con los hechos?

—No. La doctora se las ingenió para llamar a tu padre al depósito para hablar a solas.

—¿Entonces es así? —Recapacitó Eduardo—, ¿me estás diciendo que mi padre fue el responsable de lo que pasó?

Mientras hablaba, El hijo de Fuentes giró la llave y arrancó el Audi. Los neumáticos chirriaron y en un instante se incorporaron a la parte central de la calzada. En el apuro, Eduardo ni siquiera encendió las luces.

—Esperá. Tu padre no fue el causante —aclaró Bruno—. Intentó persuadir a la doctora para que la situación no pasara a mayores, aunque es evidente que no lo consiguió.

Eduardo aceleró aún más para pasar un semáforo en amarillo. Bruno miró la aguja del velocímetro y comprobó lo que temía, el coche avanzaba a más de sesenta kilómetros por hora. Se colocó el cinturón de seguridad.

—Cuando leí tu mensaje, contándome que tu padre había destruido el escritorio que tiene en la quinta, conjeturé que tal vez lo hacía por asociación con otro escritorio, alguno que tal vez tuviera más importancia, alguno del instituto. Además, recordé que una tarde, cuando Florencia le regaló un papel con una poesía, el doctor cambió de ánimo y se marchó sin leerla. Ambas cosas juntas me llevaron a suponer que tal vez hubiera un papel importante en algún escritorio del laboratorio.

—Interesante asociación. No cabe duda. Ahora bien, vos me decís que mi padre no tuvo que ver con lo que le pasó a la doctora. Supongamos que te lo concedo; de todas maneras, ¿cómo lo pruebo? ¿Te das cuenta? Ese es el problema. ¿Tenés alguna evidencia concreta de tus especulaciones?

Eduardo frenó en un pequeño lugar que quedaba libre en una ochava. Para desconcierto de Bruno, ya habían llegado a la clínica.

Un enfermero estaba esperándolos; abrió la puerta apenas ellos descendieron del vehículo. Eduardo intercambió un par de palabras y los condujeron hasta una sala de espera. Un médico se hallaba en ese momento con el Dr. Fuentes.

—¿Y entonces? Continuá. ¿Tenés alguna prueba de lo que me contás?

—A decir verdad, sí —Bruno extrajo el folio que había guardado en la mochila—. En primer lugar, ella redactó una carta.

—¿Esa hoja es una carta de la doctora?

—Así es. Es una carta de puño y letra de la doctora, revelando la relación que mantuvo con tu padre.

—¡Por favor!, ¿qué estás diciendo? Dejame leerla.

—No hace falta.

—¡Vamos! Es mi padre. Quiero conocer la verdad.

De pronto se oyeron gritos de Fuentes. Eduardo jamás lo había escuchado vociferar en esos términos. Dos enfermeros pasaron corriendo por la sala de espera hacia el consultorio donde se encontraba el doctor.

Eduardo leyó la carta de un tirón. Al llegar al final, la arrojó con bronca sobre una de las sillas de la sala.

Allí la doctora lo revelaba todo. La juventud vital y llena de ilusiones. La ansiedad con que aguardaba los encuentros furtivos con Fuentes, las esperanzas marchitándose de a poco, y, por último, las amargas desilusiones, que se sucedían una y otra vez. Ella incluso había quedado embarazada. Fuentes hubiera sido el padre del bebé que perdió. Lucía Mahler toleró todo con paciencia, durante muchos años. Hasta fue capaz de mantener el secreto. Pero ese bebé fue su límite. Una vida se había perdido. Aquella joven llena de vitalidad se convirtió, de la noche a la mañana, en un ser triste y maltrecho. Abandonó el instituto y se fue a la universidad, con la esperanza de olvidar lo ocurrido. Pasaron los años, años grises en una especie de destierro, atenazada en un matrimonio fracasado. Hasta que, de algún modo, se enteró del súbito interés de Fuentes por la psicología. La tristeza entonces se transformó en odio. De pronto se convenció de que Fuentes se había inspirado en ella al fijar su atención en la psicología. Creyó que su figura derrumbada había alimentado su interés. Ella, no solo no había tenido hijos, sino que había perdido uno. La doctora se había convencido de que Fuentes trataba de aventurarse en un terreno nuevo inspirándose en ella; y eso no iba a dejárselo pasar. A partir de entonces surgieron sus planes de retorno, solo para confrontar con Fuentes. Con la influencia de su esposo lo consiguió; y así cada día de trabajo se volvió un calvario. En el instituto comenzaron a correr rumores de que la Dra. Mahler había perdido la cordura. Los gritos y las discusiones se volvieron habituales. Cada día era peor que el anterior. La doctora se volvió cada vez más agresiva, cada vez más irascible, cada vez más irracional, hasta que la situación derivó en el conocido incidente ocurrido en el depósito.

—Entonces, ya no quedan dudas —dijo Eduardo—. Mi padre, que en realidad me adoptó, hubiera sido el padre biológico del bebé que perdió la doctora.

—Así es. Lo siento —atinó a decir Bruno—. Es increíble como el interés de Fuentes terminó influenciando el desenlace de los hechos. Si la doctora no se hubiera enterado de esos pensamientos, tal vez, jamás hubiera vuelto.

—Entonces, ahora todo cierra —reflexionó Eduardo, en voz alta—. Intentemos imaginar lo que mi padre pudo haber vivido aquella tarde. Primero, la doctora lo lleva al depósito y le realiza todo tipo de reclamos, desde el pasado hasta la fecha. Consciente de su turbación, él intenta salir del depósito, pero ella de algún modo consigue retenerlo. La discusión deriva en el tema de investigación de mi padre, tal como escuchó un técnico de laboratorio. Luego, la situación se desmadra; ella lo insulta y saca esta carta, donde descarga todo el resentimiento acumulado durante años. Mi padre trata de tranquilizarla. No lo consigue. Falla. Forcejean. Ella lo rasguña y lo empuja, y él, tratando de defenderse, la termina golpeando, lo que la deja inconsciente.

—Esperá, aún falta algo.

—¿Qué cosa? Todo resulta claro. Mientras la doctora yace en el suelo, mi padre toma conciencia de que la situación se ha vuelto irreversible. Ya fuera de sí, observa la carta. Comprende que no puede salir a la luz. Para colmo —continúa Eduardo—, Martínez estaba en el laboratorio, como vos bien dijiste. Él, al escuchar los gritos, se aproximó al cuarto. Si algo le faltaba a mi padre, era que Martínez lo hallara en esa escena casi irreal, junto al cuerpo inconsciente de la doctora —Eduardo tomó aire—: entonces, si Martínez efectivamente los vio, no sería extraño que mi padre haya perdido los cabales, y fuera de sí, haya salido para llamar a la ambulancia y esconder la carta. Martínez, absolutamente desconcertado, ni siquiera habría tratado de evaluar la escena, también en estado de conmoción prefirió marcharse de prisa, para no perjudicar a quien aún considera su amigo. Para tener una excusa válida, firma la planilla de salida algunos minutos más temprano de la hora real. Luego de esto mi padre habría vuelto al cuarto para asistir a la doctora, donde lo encontraron los del servicio médico. Y una última cosa —finalizó Eduardo—, es muy probable que Martínez nunca haya visto esta carta. Por eso, y muy a su pesar, debe estar convencido de que mi padre fue el responsable de lo que ocurrió.

—Así es —convino Bruno—, sobre todo, porque escuchó la discusión previa. De hecho, puede que le reprochara su acción en privado. Sé, por Florencia, que fue tu padre quien golpeó a Martínez.

—Entonces, de verdad que todo cierra —resumió Eduardo—. Y no veo cómo podemos convencer a mi padre de que no renuncie.

—Esperá, Eduardo. Esperá. La doctora no cayó desvanecida por la discusión con tu padre —aclaró Bruno.

El hijo de Fuentes lo miró con aire extraño.

—¡Por favor! ¿Cómo qué no? ¿No estuviste de acuerdo en todo lo que dije?

De pronto otro médico pasó con prisa hacia el cuarto de Fuentes. Eduardo quiso seguirlo pero no se lo permitieron. Aguardaron en silencio, caminando de un lado al otro de la sala. Finalmente, un médico les comunicó que Fuentes estaba bien, pero todavía no podían entrar a verlo.

—¡Bueno, explicate de una vez! —dijo Eduardo, cuando el médico se marchó.

—Todas tus conclusiones fueron correctas —reconoció Bruno—, eso es cierto, excepto, por un solo hecho: Fue no golpeó a la doctora.

—¿Qué decís? ¡Acabas de mostrarme la carta con la que ella lo provocó!

—Sí. Pero eso es solo una parte. Vos me interrumpiste.

—¿Entonces quien la golpeó? —Eduardo parecía a punto de perder la paciencia—. ¡Cómo puede ser!

—Todo lo que dijiste es correcto, y, como te mencioné, la doctora escribió la carta con la clara finalidad de confrontar con tu padre.

—Está bien, ¡está bien! Eso ya lo entendí, ¿pero quién la golpeó?

—Matías.

—¿Matías?

—Sí. Luego de la terrible discusión que mantuvieron, y de que ella lo insultara, tu padre consiguió que ella entendiera que no tenía nada que ver con sus pensamientos. Incluso, puede que le haya puesto al corriente sobre su visión final, basada en que el ser humano quiere vivir cada vez más. Cuando ella se calmó, tu padre decidió salir del depósito para poner punto final al asunto. No obstante, Matías, que andaba merodeando, lo vio abandonar el cuarto y entró a ver qué ocurría. Encontró a la doctora desahuciada y en el suelo, la carta que lo revelaba todo. La situación fue demasiado perfecta para él. Ella permanecía de espaldas. El pupitre de madera se ubicaba justo a su alcance. La escena estaba servida. La doctora ni siquiera podría reconocerlo si algo salía mal. Matías se imaginó golpeándola y no pudo contenerse. Fue como un instinto que no alcanzó a reprimir, ¿entendés?

Eduardo se mantenía en silencio. Bruno continuó:

—A Matías, golpearla le llevó apenas un minuto. Salió raudamente del cuarto y del laboratorio. Y luego sí, el resto ocurrió tal como vos resumiste. Tu padre se imaginó que toda su familia se enteraría de sus encuentros furtivos con la doctora, del bebé que perdieron, y para cuando Martínez apareció bajo el dintel de la puerta, Fuentes ya había perdido los cabales. Increíblemente, tu padre no vio a Matías cuando entró al cuarto, por eso desconoce cómo o quién golpeó la doctora, pero le da lo mismo, porque no puede explicar lo que pasó sin mencionar la carta.

—Esperá —lo interrumpió Eduardo—. Ahora que lo pienso, ¿vos cómo sabés todo esto?

—Porque acabo de hablar con Matías.

—¿Te lo confesó él mismo? ¿Él mismo? Es increíble.

—Fue Matías quien llamó a la ambulancia. De inmediato se dio cuenta de lo que había hecho.

—Ya no sé qué pensar —dijo Eduardo, con la vista perdida en el corredor—. Sin embargo, todavía no explicaste por qué Matías la golpeó.

—La doctora era brillante. Matías alguna vez me comentó que no entendía cómo Martínez podía aceptar sus propias limitaciones. En realidad, Matías no se refería a Martínez sino a él mismo: él no lo aceptaba. Y dada la situación, no logró contenerse.

—Sí. Pero hay algo que todavía no comprendo —insistió Eduardo—, teniendo la carta que involucra a mi padre, ¿cómo pensaste que otra persona podía haberla golpeado?

—Quedaban algunos cabos por atar. Horacio Larrondo, el amante de la doctora, me confió que ella sabía que alguien la odiaba en el instituto. Ese alguien era Matías. Él la envidiaba profundamente. Era un peso enorme para su soberbia. Recordé también que Matías y Martínez discutieron cuando mi director reveló que todos habían estado en el laboratorio cuando ocurrieron los hechos: Matías no había querido que yo me entere de ese detalle. Además, él solía encerrarse mucho tiempo en el depósito, ahora sabemos que era el único que sabía que existía una carta. Matías también estaba a punto de cambiar de trabajo; lo que tenía mucha más lógica si él poseía algún vínculo con lo que había pasado. En un punto, vislumbré la posibilidad de que tu padre hubiera salido del cuarto y que la puerta quedara abierta. La situación habría quedado, entonces, en una situación con gran potencial. Y, por último, Matías, después de todo, es el único que tiene una personalidad verdaderamente perturbada. Entonces, con esos cabos sueltos, decidí ir a su casa, y tuve la fortuna de hallarlo en estado de crisis.

—Ya veo —dijo Eduardo—. Entonces ahora sí que todo cierra.

Hubo un instante de silencio. Un médico salió de la habitación donde estaba Fuentes y les hizo un gesto con el pulgar hacia arriba. Posiblemente pudieran verlo en unos minutos.

—Todavía hay algo que te falta explicarme —siguió Eduardo, un poco más sereno—. ¿Vas a decirme, alguna vez, a qué se debía tu interés en colaborar con mi padre?

Bruno pareció considerarlo antes de responder:

—Tu padre tuvo un incidente similar, con una compañera, cuando estaba en el colegio, ¿lo sabías?

—Me he enterado, sí, ¿a qué viene eso?

—La realidad es que la chica involucrada siempre supo que tu padre no había hecho nada. A pesar de esto, era solo una niña y no se molestó en aclarar que no había actuado mal. Esa actitud despreocupada, sin embargo, tuvo consecuencias nefastas para tu padre, que se convirtió, de un día para el otro, en el centro de las burlas en el colegio. A tus abuelos no les quedó otro remedio que cambiarlo de escuela. Luego, varios años más tarde, la mujer y tu padre volvieron a encontrarse. Él había conseguido acomodarse en la vida, mientras que a ella le iba pésimo. Había tenido un hijo siendo madre soltera. La echaron del trabajo. Estaba desesperada. En aquel encuentro, y a pesar de la vergüenza, la mujer se atrevió a pedirle auxilio a tu padre, a la persona que ella misma había perjudicado, severamente, poco tiempo atrás. Y aun así él la ayudó, muchísimas veces, sin pedirle nada a cambio, hasta que ella salió a flote, hasta que su hijo creció.

Eduardo se llevó ambas manos a la cabeza, anticipando lo que ya intuía.

—Sí. Como lo imaginás, ese hijo soy yo. Mi madre influyó mucho para que yo estudiara biología, pero, por la vergüenza que sentía, nunca me reveló quién nos ayudaba. Ella recién me contó sobre su vínculo con el Dr. Fuentes cuando se enteró que estaba comprometido con el incidente de un instituto de investigación. Tu padre podía perderlo. Es por eso que yo, sabiendo que tu padre había sido inocente aquella vez, decidí que existían buenas chances de que lo fuera nuevamente. Mi madre quería ayudarlo. Martínez justo necesitaba un becario. Era mi oportunidad para conocer a Fuentes. Tenía, además, la posibilidad de devolverle algo de lo que hizo por nosotros. Recién ahora, después de conocer lo que vivió con la Dra. Mahler, entiendo por qué ayudó tanto a mi madre.

—Apenas puedo creerlo… —dijo Eduardo—. De algún modo, es como si mi padre te hubiera dedicado lo que no pudo darle al hijo que perdió con la doctora. Acaso esto también haya influido en la relación distante que yo tenía con él.

Bruno asintió, en silencio.

—Como sea —siguió Eduardo—, creo que saldaste la deuda con creces.

Eduardo atendió su celular. Habló durante un minuto y luego comentó con aire sorprendido:

—Hay noticias: Matías viene para acá. Piensa hablar con mi padre. Es un alivio, verdaderamente. Por lo que acabamos de pasar recién, esto llegó en el momento justo. ¿Qué pensás hacer? ¿Cómo puedo agradecerte?

—Ya he tenido suficiente recompensa.

—Está bien, como quieras. Vos sabés que yo te agradezco sinceramente por tu ayuda. Y decime una cosa, ahora que todo está resuelto, ¿vas a continuar con tu doctorado?

—En unos días tengo que dar un seminario y en dos semanas viajo a un congreso. Además, los experimentos están dando buenos resultados. Es extraño, pero se derivan de una línea de investigación que inició precisamente la Dra. Mahler. Tengo la posibilidad de continuar con su trabajo. Siento intriga por saber adónde llevarán esos estudios. Tal vez, hasta pueda obtenerse algo útil.

—¿Un avance contra el cáncer?

—Un granito de arena, a lo mejor.

—Es decir que continuarás. ¿Florencia va al congreso?

Bruno sonrió.

—Ya veo —dijo Eduardo, esforzándose por usar un tono neutro.

Un enfermero les hizo señas desde la habitación de Eduardo, ya podían pasar. Sin embargo, a Bruno le pareció más prudente dejar que padre e hijo se vieran a solas. Miró el reloj y salió a la noche. Aunque era la una y media de la mañana, estaba completamente despabilado. Sabía que desde la clínica hasta el departamento de Florencia había solo un par de cuadras. Empezó a caminar con las manos en los bolsillos, con la esperanza de que su compañera le hubiera hecho caso. Tal vez, todavía no se hubiera acostado

Fin

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 Epílogo

Todo lo indicado con citas a lo largo de la novela ha sido publicado en libros o revistas científicas, o bien se ha dado a conocer en entrevistas.

Por el contrario, la asociación causal entre el desarrollo de enfermedades de manera inconsciente y el control de la longevidad en la especie humana ha sido desarrollada en la forma de hipótesis para sustentar la novela. Lo mismo ocurre con respecto a la reflexión del personaje del Dr. Fuentes acerca de que el ser humano quiere vivir más y mejor.

El planteo de hipótesis, en base al conocimiento existente, es una actividad que forma parte de la ciencia. Sin embargo, solo aquellas hipótesis que pueden ser sostenidas por la evidencia pasan a formar parte del conocimiento obtenido por el método científico.  En este sentido, la teoría de las mutaciones cuenta con amplio consenso sobre el mecanismo de generación del cáncer, mientras que las teorías del sentido biológico del cáncer y la teoría de campo de organización de los tejidos permanecen aún en el terreno de las hipótesis.


 

[i] Finch, C.E.; Stanford, C.B. Meat-adaptive genes and the evolution of slower aging in humans. Q Rev Biol. 2004 Mar;79(1):3-50.

[ii] Hawkes, K.; O’Connell, J.F. Blurton Jones, N.G.K., Alvarez, H and Charnov, E.L. (1998). Grandmothering, menopause, and the evolution of human life histories. Proc. Natl. Acad. Sci. USA. Vol. 95, pp. 1336–1339.

[iii] Caspari R. (2011). The evolution of grandparents, Sci am, 305(2):44-9.

[i] Feng, Z.; Hu, W.; Rajagopal, G.; Levine, A.J. (2008). “The tumor suppressor p53: Cancer and aging”. Cell Cycle 7:7, 842-847.

[ii] Hasty, P and Christy, B. A. (2013). “p53 as an intervention target for cancer and aging”. Pathobiol Aging Age Relat Dis. Vol 8;3. URL: http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/24124625

 

 

 

 

 

 

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One thought on “Sexta parte, Punto de inflexión

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