Tercera parte, Punto de inflexión

Capítulo 11

 

El sueño de toda célula es ser dos células.

Jaques Monod


 

Ese jueves en particular, Bruno llegó temprano y buscó refugio en la biblioteca del instituto. La sala, ubicada en el cuarto piso, contenía colecciones de revistas científicas que luego de la aparición de internet habían dejado de comprarse en papel. Era un buen lugar para Bruno, que tenía urgencia por ordenar sus ideas. Comenzó su análisis por lo primordial: el Dr. Fuentes. ¿Qué podía concluir de sus visitas? En su opinión, el doctor no parecía una persona capaz de perder el control de sus acciones. Pero claro, la Dra. Mahler, por todo lo que había oído de comentarios y visto incluso en el video, era una mujer bastante especial, con un costado capaz de cautivar y otro propenso a sacar de sus casillas a cualquiera. ¿Y qué vínculo mantenían Fuentes y Martínez con la doctora? ¿Qué había ocurrido cuando eran jóvenes? Bruno pensaba que, de alguna manera, el pasado tenía que haber influido en el incidente ocurrido. Y si bien nadie quería hablar del asunto, poco a poco, algunos puntos de la trama comenzaban a salir a la luz, asomando sobre la superficie como el casco de un viejo barco naufragado. Estos hallazgos hacían suponer que podía haber más revelaciones, como la súbita crisis de Martínez, que de pronto dejaba notar que lo ocurrido no le resultaba indiferente.

Además, Matilde le había dicho que los dos estaban encandilados con la doctora, por lo menos, en el cénit de su juventud. La Dra. Mahler había tenido varios amantes; no sería descabellado suponer que uno de sus colegas lo hubiera sido. Tal vez allí se había gestado lo que derivaría luego en el incidente ocurrido poco tiempo atrás. Esto iba de la mano con otro hecho evidente: la buena relación de la doctora con sus colegas había empeorado progresivamente. Martínez atravesaba una crisis y no conseguía ocultarla. Y el estado de Fuentes, por supuesto, era mucho peor, lo cual se correspondía con la situación en que lo habían encontrado.

Bruno recordó entonces que aún le faltaba revisar el cuaderno del depósito.

Luego de pasar las hojas, se detuvo exactamente en el mismo sitio donde había quedado:

novela online cáncer divulgación científica ciencia

¡Otro artículo científico!, se dijo Bruno. Todo coincidía perfectamente con la inquietud del hijo de Fuentes, quien presumía que los estudios de los doctores no eran independientes de lo ocurrido. Ahora acababa de hallar una nueva referencia a otra teoría sobre el cáncer. El nuevo hallazgo, entonces, lo tomaría tan de sorpresa como a él.

Luego de sacar su netbook de la mochila, Bruno aprovechó que la sala contaba con wi-fi. Buscó el artículo en internet. En poco tiempo encontró la publicación de los Doctores Soto y Sonnenschein. El trabajo postulaba una teoría distinta para explicar la generación del cáncer: La teoría de campo de organización de los tejidos[1]. Se basaba en dos premisas. La primera iba de la mano con lo que había leído en la hoja; afirmaba que en su estado innato las células de un cuerpo están programadas para dividirse. Si no lo hacían, era solo porque estaban apretujadas dentro de un tejido. La segunda premisa sostenía que los agentes que causan cáncer actúan precisamente a nivel de los tejidos, afectando la interconexión de las células. De esa manera, la teoría postulaba que el cáncer se genera cuando las células se liberan de sus restricciones en un tejido dañado, de modo que pueden dividirse sin limitaciones de espacio.

Era un punto de vista muy diferente al anterior. En la teoría del sentido biológico del cáncer, las células de un tejido iniciarían su división tratando de realizar un último y desesperado intento para salvar al cuerpo al que pertenecían. El cáncer, en ese caso, surgiría como consecuencia de errores en la ejecución de un programa cuyo fin era ayudar al organismo. En cambio, en el nuevo enfoque, las células recuperaban su estado original, es decir, su libertad para dividirse, para cumplir su “sueño”, como si hubieran estado viviendo encerradas en un cuerpo y terminaran liberándose gracias a daños en los tejidos que las contienen.

Por último, Bruno se daba cuenta de que ambas teorías eran notoriamente distintas a la clásica, la que había aprendido en la facultad, la teoría de las mutaciones. En esta última se asumía que el estado innato de las células es de quietud, de no multiplicarse hasta recibir las señales apropiadas, y que el cáncer se desencadena, justamente, luego de la acumulación de mutaciones en genes que regulan el paso de la quietud a la división de las células. ¿Qué diría Eduardo cuando le comentara esa nueva teoría? ¿Y cuántas había después de todo?

A la hora del almuerzo, Bruno volvió al laboratorio. Lo recorrió dando un giro completo. Florencia había salido. Matías realizaba un experimento. Bruno almorzó solo en la cocina. Mientras lavaba los platos, Martínez ingresó a calentar su comida en el microondas; le informó que Florencia había preguntado varias veces por él. Ella había salido a realizar algunos trámites personales. Martínez insistió en que la llamara, pero Bruno minimizó el asunto. Aprovechó a estudiar y concertó una cita con Eduardo para el día siguiente.



 

Capítulo 12


 

Apenas Bruno salió a la calle, escuchó que le chistaban desde un automóvil aparcado con las balizas puestas. Era un Audi negro con los vidrios polarizados. Cuando el conductor bajó una de las ventanillas, Bruno vio que se trataba de Eduardo, el hijo de Fuentes.

—¡Dale que se larga! —Lo saludó Eduardo, una vez que Bruno cerró la puerta del vehículo—. Hoy hubiera sido un día perfecto para el dueño anterior del videoclub, del local que compré. Pero claro, ahora la gente consigue las películas directamente de internet —explicó Eduardo, mientras arrancaba—. Supongo que me llamaste porque tenés alguna novedad, ¿no es así?

—Ayer luego de nuestra conversación, me crucé con Martínez en el depósito del instituto. Anda con un ojo morado. Apenas reaccionó cuando entré, y luego salió, sin decir palabra, con un aire completamente extraviado.

—¿Qué puede afectarlo?

—No lo sé. Pero en el depósito, ya van dos veces que encuentro comentarios referidos a teorías poco conocidas sobre el cáncer.

—Ya te lo dije… ¿Ahora te estás convenciendo de que eso tiene algo que ver?

Bruno se limitó a mostrarle la última hoja que había sacado del cuaderno de la doctora. Eduardo detuvo el vehículo a un costado y se acomodó para leer la nota. Al finalizarla, se lo quedó mirando con una expresión ambivalente. Era un gesto que estaba a mitad de camino entre la mesura de siempre y el festejo velado de un hallazgo sugestivo.

—¿Qué pasa? —preguntó Bruno.

—¿Qué pasa? Esto me hizo recordar una escena de “El secreto de sus ojos”, la película dirigida por Campanella y basada en un libro de Sacheri. ¿La viste?

Bruno negó con la cabeza.

—¡Mirá que justo! Hoy temprano guardé el afiche. En esa película hay una escena en la que Sandoval, uno de los personajes, hace un comentario muy particular sobre el asesino que buscan: “El tipo puede hacer cualquier cosa para ser distinto, pero hay una cosa que no puede cambiar. Ni él, ni vos, ni yo, nadie. No se puede cambiar de pasión.” —Ante la mirada aprobatoria de Bruno, Eduardo finalizó el parecido que había encontrado—: ¡No se puede cambiar de pasión! ¿Aquí podrá pasar lo mismo? ¿El cáncer no será una prueba de que las células, al fin y al cabo, tampoco pueden cambiar de pasión?

—Exactamente —dijo Bruno—. Estamos hablando del sueño o la pasión de las células por dividirse.

—¿Pero es así?

—No. Por lo menos, no necesariamente. Por ahora, esta es solo una teoría más. Es cierto que las células que nos componen han evolucionado de otras que antes vivían solas, y que, por ende, su única meta era dividirse. Ese punto es cierto.

—¿Y entonces?

—Entonces tal vez, pero solo tal vez, esa pasión aún podría permanecer intacta, aunque reprimida en el contexto de un tejido. Sin embargo, te aclaro que esta no es la teoría más aceptada por la comunidad científica.

—Entiendo. Sin embargo, si llegara a ser así, ¿los tejidos serían como cárceles para las células?

—Exacto. Eso mismo es lo que sugiere la teoría. El daño en los tejidos permitiría que las células escaparan como fugitivos de una prisión.

Eduardo osciló la cabeza con gesto dubitativo. Permaneció unos instantes en silencio. Bruno miró a través del parabrisas. Las nubes se mecían en el cielo presagiando otro chaparrón.

—¿Y la otra nota? —preguntó Eduardo.

Aunque no lo tenía allí, Bruno también se lo explicó. Estuvieron un rato conversando sobre la teoría del sentido biológico del cáncer, de los doctores Ruggiero y Bustuoabad.

Eduardo arrancó y se incorporó al carril de tránsito rápido. Aunque manejaba a buena velocidad, esto no le impedía seguir conversando:

—¡El cáncer se vuelve, cada vez, un tema más discutible! ¿Cómo puede ser? ¿Cómo puede haber tantas teorías?

—En realidad, lo extraño sería que hubiera una sola. Para la ciencia, no es sencillo abarcar todas las observaciones con una sola teoría.

—Todo lo que quieras. Pero no puede ser.

—¿A dónde estamos yendo? —preguntó Bruno, que no comprendía el camino que había tomado Eduardo.

—A una de las casas del esposo de la Dra. Mahler.

—¿Una de las casas?

—Así es. No tiene un mal pasar, hay que reconocer. Y Quiero mostrarte algo.

—¿Vamos a entrar?

Eduardo lo dirigió una mirada rápida, antes de opinar:

—¿Cómo pueden estas ideas haber terminado en el incidente?

Luego de pasar por el frente de la casa, Eduardo dobló en la esquina y detuvo el coche. La casa estaba protegida por un cerco de rejas negras. Sin embargo, en el sitio donde había aparcado Eduardo se observaba un pequeño orificio, suficiente para que se filtrara una persona delgada.

El hijo de Fuentes pareció dudar sobre lo que estaban por hacer. Comenzó a jugar con un cigarrillo que había descubierto al costado del asiento. Lo pasaba entre sus dedos con movimientos veloces. Saltaba a la vista que no era la primera vez que lo hacía.

Bruno miró el cigarrillo.

—Sí. Ya sé —dijo Eduardo—. Debería dejar de fumar. ¿Qué porcentaje de las muertes por cáncer se debe al cigarrillo?

—Alrededor del treinta por ciento.

Eduardo se quedó pensativo.

—Es un buen dato —dijo—. Ahora vamos a entrar.

—¿De verdad hace falta?

—Vos no te preocupes. Seguime.

Antes de que Bruno respondiera, Eduardo bajó del coche, le abrió la puerta y lo instó a descender. Pasaron por el orificio de la reja y se fueron aproximando a la casa por un costado, al reparo de una hilera de árboles. A lo lejos se veía la garita de seguridad de la entrada. Dos guardias fumaban mientras conversaban.

Eduardo llegó hasta un galpón y trató de deslizar la puerta corrediza.

—La otra vez no estaba tan pesada —comentó.

Bruno miraba hacia ambos lados por si alguien se aproximaba. Se escuchaban perros ladrando a los lejos, pero supuso que estarían encadenados.

—Tranquilo —dijo Eduardo—.

La puerta apenas comenzaba a moverse. El hijo de Fuentes consiguió acomodar la espalda contra el marco, de modo de poder empujar la puerta con todo el cuerpo.

Bruno no lo escuchó. Estaba mirando hacia una cámara de seguridad ubicada en un ángulo.

—No funciona. Ya te dije que no te preocupes.

—Pero escucho pasos —advirtió Bruno.

Efectivamente, alguien se aproximaba tarareando una canción. Bruno y Eduardo pasaron al interior. Cuando trataron de cerrar la puerta notaron que se había atascado. El sonido de la voz se acercaba. Como no tenían tiempo de cerrarla, decidieron pegar la espalda contra la puerta y esperar. El guardia llegó hasta la esquina del galpón, luego giró en redondo y se alejó.

—No tienen un mal pasar —comentó Bruno, mientras soltaba el aire que había estado reteniendo.

Había allí tres automóviles de alta gama, dos Lamborghini y un Porsche.

—Cierto —corroboró Eduardo—, pero esto no es lo que quería mostrarte. Seguime.

Pasaron junto a los coches y se dirigieron a la parte trasera del galpón. Se detuvieron ante una puerta de acero con una ventana de vidrio. A través del cristal podía apreciarse un laboratorio de última tecnología. A simple vista Bruno distinguió freezers, heladeras, tanques de nitrógeno líquido, centrífugas, cabinas de bioseguridad y varios equipos costosos de laboratorio. Sin dejar de mirar hacia el interior del cuarto, Eduardo comentó:

—Fijate lo que hay ahí.

El laboratorio estaba impecable, sumamente pulcro y ordenado. Sobre las mesadas de porcelanato blanco el orden era absoluto, a excepción de una sola cosa: el libro “La muerte y sus ventajas” estaba al lado de una bacha de acero inoxidable, cerca de la puerta.

—La doctora lo tiene. Lástima que no podemos pasar.

Bruno asintió ante la evidencia. Permanecieron un instante mirando hacia el laboratorio, hasta que Eduardo preguntó:

—Ahora, disculpá que te haga esta pregunta, Bruno, pero viendo este laboratorio y todos los que debe haber alrededor del mundo, con todo lo que se investiga, ¿por qué no se halló todavía la famosa cura del cáncer?

—Lo que sucede es que el cáncer, en realidad, es un término que abarca a un conjunto de enfermedades. La característica común es la división descontrolada de las células, ajena a los intereses del cuerpo, pero las características del cáncer y el tratamiento pueden variar mucho según el tipo de célula a partir del cual se genera. Un cáncer de tiroides es prácticamente curable, en cambio, un cáncer de páncreas es mucho más complejo. Eso se debe a que cada tipo celular es único. Sin embargo, gracias al esfuerzo conjunto se han realizado grandes progresos en los últimos años. De hecho, en el promedio ya se cura más de la mitad de las personas con cáncer[2]. Es una mejoría notable. Incluso, hay quienes afirman que el cáncer va camino a transformarse en una enfermedad crónica[3].

Eduardo miró la hora. Recordó entonces que tenía una reunión de negocios impostergable.

Caminaron juntos hasta la puerta. Con extremo cuidado atravesaron el parque y salieron por el orificio de la reja.

—Mirá, Bruno, estoy seguro de que estamos a punto de entender lo que pasó. Soy optimista al respecto. Y una última cosa, conseguí ubicar a Larrondo, el amante de la doctora. El hombre está hecho una piltrafa. Hace tiempo que no sale de un hospital. Si querés, puedo llevarte.

Bruno asintió. Al subir al automóvil se colocó el cinturón de seguridad. Ya conocía la forma de manejar del hijo de Fuentes.



 

Capítulo 13


 

El chico tenía la cabeza completamente pelada y rondaba los diez años. Entró en silencio y se acomodó en un rincón, al costado de una cama de hospital. Era mediodía. Los haces de luz atravesaban la habitación calentando el ambiente. De pronto se escuchó una voz de niña angelical aproximándose por el corredor. Lo llamaba al chico. Al abrirse la puerta el chico la vio: era una niña era hermosa, totalmente calva. Ambos sonrieron al verse. Luego, ella lo tomó de la mano y se lo llevó. Las dos bochitas peladas salieron del cuarto, pero sus risas quedaron repiqueteando todavía un instante en el aire tibio de la habitación.

Era el horario de las visitas. Bruno entró al cuarto y, antes de que se presente, el enfermo de la pieza lo anticipó: “Ya sé. Usted viene a preguntarme por la Dra. Mahler, por Lucía. Nadie le dice Lucía, ¿no es cierto?”

Larrondo reconoció de inmediato haber sido amante de la Dra. Mahler. Nada parecía importarle: “Sí, es verdad, Lucía cometió conmigo su primera infidelidad, tuve el privilegio de abrirle esa puerta.”

Larrondo parecía tener un pie en el otro mundo. De haberse desprendido el alma de su cuerpo, allí mismo, como una voluta de vapor, hubiera sido pavoroso, pero no del todo, porque Larrondo tenía el rostro pálido y el cuerpo exangüe, y en cuanto se quedara dormido, bien podía ponérsele una mortaja por error.

Bruno fue al grano y le preguntó si se había enterado del incidente ocurrido en el instituto. Larrondo le respondió: “Claro. No parece, pero uno aquí se entera de todo. Además, no es nada extraño. A Lucía siempre le gustó lo dramático. ¿Sabe una cosa? Ella me visitó después de mucho tiempo, justo un día antes del incidente. Lo recuerdo muy bien, me contó que alguien la detestaba, que podía terminar mal. Sin embargo, ella no se amedrentaba así nomás, ya debe saberlo”. Bruno insistió: “¿Sabe a quién se refería la doctora?” “No. No me lo dijo. Pero hablaba sobre alguien del instituto, de eso estoy seguro”.

Larrondo se recostó en la cama con los brazos cruzados sobre su pecho. Algo ansioso, Bruno continuó preguntando: “¿Sabe si ella tuvo un vínculo con alguien del instituto?”. “¡Por supuesto! Durante muchos años. Lucía incluso perdió un bebé de ese hombre. Eso fue lo que más la afectó. Por eso huyó del instituto. Y nunca más volvió a quedar embarazada.”

—¿Embarazada de quién?

Larrondo no respondió. Se llamó a silencio. Cuando volvió a hablar, minutos más tarde, lo hizo de un modo totalmente diferente, como en un monólogo:

—Horacio Larrondo ya está preparado —había dicho él mismo, hablando en tercera persona. Parecía que empezaba a desentenderse de su vida; la analizaba con la frialdad de un tercero, como repitiendo palabras que ya supiera de memoria:

—Algo tarde, pero Larrondo finalmente entendió lo que pasó. Tuvo tiempo para verlo todo de un modo transparente, cristalino, desde un ángulo distante. Comprendió que el momento cúlmine en su vida fue la tensa relación con Lucía, con la Dra. Mahler. Pero no hubo rencores. Nunca los hubo. En un punto, ella supo que podía controlar a Larrondo, y aquello fue el final, de inmediato lo dejó: es inútil involucrarse con alguien que se puede controlar, le dijo lucía una vez, como justificándose. Y él tuvo que aceptarlo, tuvo que dejarla ir, sabiendo, incluso, que justamente por eso Lucía era algo invaluable para él, porque él nunca pudo tener una última palabra en esa relación. Y así Larrondo se quedó en piel y huesos. Se volvió una sombra, un espectro que solo esperaba por una última cosa. Y ese incidente se lo dejó ver. Ahora que la vida de Lucía ha cambiado por completo, ya ni siquiera ser una sombra tiene sentido. Por eso, Larrondo se dejó ir, se esfumó, sin rencores.



 

 

Capítulo 14

Nada tiene sentido en biología si no es a la luz de la evolución.

Theodosious Dobzhanskyen


Por la mañana el tiempo se había recompuesto. Un sol radiante dominaba el cielo y el clima fresco invitaba a caminar. Bruno fue a pie hasta el instituto. Ingresó al laboratorio y le llamó la atención no cruzarse con nadie. La desolación era tal que parecía fin de semana. Sin embargo, al llegar a un pasillo vio que todos transitaban de prisa con muestras biológicas en las manos. Matías le explicó que durante la noche un corte de luz había afectado un ala del laboratorio. Estaban redistribuyendo el contenido de los freezers ubicados en el sitio del percance.

Más tarde, con la calma recobrada, Martínez le indicó a Bruno que lo siguiera a su oficina.

—Tomá asiento, Bruno —Martínez señaló una silla con un gesto algo vago—. Siento que te debo una disculpa. Estuve con varios asuntos y puede que te haya descuidado un poco.

Bruno prefirió mantenerse en silencio. En la oficina reinaba el caos.

—¿Escuchaste hablar de la situación que atraviesa el instituto? —retomó Martínez.

—Solo escuché algún comentario —dijo Bruno, carraspeando.

—El Dr. Fuentes es muy querido, por eso nadie habla del tema. La Dra. Mahler, en cambio, siempre dividió las aguas. Su primera etapa en el laboratorio fue brillante; en cambio, a su regreso estaba algo inestable. Sin embargo, vos debes saber que nosotros tres siempre tuvimos una relación excelente. Nos unía un vínculo muy fuerte, de gran camaradería. ¿Sabés una cosa? —Lo sorprendió Martínez, como si quisiera ganar él la confianza de Bruno y no al revés—. El día en que ocurrió el incidente, todos estábamos en el laboratorio. Los becarios estaban y yo también. Y ninguno pudo no haber oído los gritos que provenían del depósito. Sin embargo, como te dije, Fuentes es muy apreciado y nadie quiere involucrarse. Yo mismo los vi, pero en honor a la amistad que mantenemos, sería incapaz de entrometerme. ¿Qué podemos hacer?

Suponiendo que la pregunta de Martínez era retórica, Bruno guardó silencio. Su director, sin embargo, no continuó, cambió de tema, como si súbitamente hubiera tomado conciencia de la importancia de su comentario anterior.

—Y decime una cosa, ¿cómo va tu seminario? ¿Pensás incluir algo sobre el porqué de la existencia del cáncer?

En un gesto automático, Bruno desvió la vista hacia la puerta. Midió la distancia que lo separaba de la salida.

—Incluí los temas tradicionales —respondió—. Ahora estoy abocado a la parte de la carcinogénesis, a la generación del cáncer por mutaciones en genes importantes. A decir verdad, en la facultad nunca se abordaron problemáticas sobre el porqué de la existencia del cáncer.

El Dr. Martínez respiró hondo:

—Mirá, acá hemos pasado infinidad de horas discutiendo sobre las posibles explicaciones. De hecho, las causas de las mutaciones en los genes, precisamente, es lo que llevó al Dr. Fuentes a pensar en por qué existe la enfermedad…

Bruno se enderezó en el asiento. ¿Había oído bien? ¿Acaso Fuentes estaba profundizando en algo por su cuenta?

Martínez continuó:

—¿Pensás clasificar en internos y externos a los agentes que predisponen al desarrollo de un cáncer?

—Sí —respondió Bruno—. Planeo aclarar, unas cuantas veces, que la acumulación de mutaciones en genes críticos es imprescindible para el desarrollo del cáncer[iv]; y, asimismo, pienso explicar que las mutaciones en los genes pueden ser causadas por agentes internos o externos a un organismo. Dentro de los agentes internos incluiré: cambios hormonales, afecciones inmunes y mutaciones heredadas de los padres; y dentro de los externos, resaltaré los siguientes: radiaciones, algunos organismos infecciosos y compuestos químicos, como los del cigarrillo[v].

—Está bien, Bruno —dijo Martínez—. Justamente a eso iba. Es posible pensar que los compuestos químicos del cigarrillo son capaces de causar las mutaciones en genes importantes, pero ¿cómo llega ese humo de cigarrillo a los pulmones? O, mejor dicho, ¿por qué llega?

Bruno no entendió del todo la pregunta. Aguardó la explicación. Por el momento, no tenía idea del rumbo que había emprendido su director, quien prosiguió:

—Aquí es donde Fuentes hizo el salto hacia lo que últimamente más le interesaba…

—¿Él tiene una teoría?

—No —aclaró Martínez—. No es una teoría. En todo caso sería una hipótesis que pretendía refutar. Sin embargo, la Dra. Mahler solía decir, de forma irónica, que Fuentes estaba desarrollando una teoría, porque sabía que eso le molestaba. Pero no nos vayamos por las ramas, lo cierto es que hace un tiempo Fuentes me comentó que quería cambiar, planeaba dar un golpe de timón hacia un nuevo objetivo.

Bruno se acomodó mejor para escuchar a su director:

—Vos sabés que la teoría clásica postula que el cáncer se origina a partir de una sola célula; una célula que se altera por mutaciones en los genes que regulan su ciclo de vida y que luego se divide de manera descontrolada. ¿Pero conocés las teorías de los Dres. Ruggiero y Bustuoabad? ¿O la de Soto y Sonnenscheim?

Bruno asintió, mostrando mesura.

—Muy bien. Ya ves que, para explicar al cáncer, la teoría más aceptada hace hincapié en la célula, mientras que las otras se centran en el tejido en el cual se desarrolla el cáncer.

—Sí —lo interrumpió Bruno, tratando de acotar algo—. De hecho, la interacción de las células tumorales con el microambiente que las rodea es un tema de mucho estudio en la actualidad, ¿no es así? Me refiero a los estudios relacionados con la angiogénesis y la inflamación… [vi]

El comentario de Bruno no era incorrecto. Sin embargo, no era a esto a lo que se refería Martínez, quién retomó:

—Está muy bien lo que decís, Bruno. Pero Fuentes había puesto su interés en otro lado; no en las células, tampoco en el tejido que la rodea: esta vez quería ir más allá, pensaba focalizarse en el individuo en su totalidad. De hecho, cualquiera de las teorías existentes busca explicar cómo se genera el cáncer. En cambio, Fuentes más bien se preguntaba acerca del porqué, por qué existe el cáncer, por qué la evolución lo permite.

Bruno asintió mientras Martínez retomaba:

—En el último tiempo, el interés del doctor se había volcado al plano psicológico. Había comenzado a informarse sobre artículos científicos que mencionan que, por ejemplo, el sentimiento de soledad o la depresión son factores de riesgo para el desarrollo de enfermedades, ya que, por ejemplo, afectan el normal funcionamiento del sistema inmune[vii] [viii] [ix] [x].

Bruno asintió mientras Martínez continuaba:

—Recuerdo que Fuentes, muy preocupado, me preguntó una tarde: “¿Los comportamientos perjudiciales que predisponen al cáncer, como, por ejemplo, fumar o tomar en exceso, podrían tener alguna relación con la depresión y el sentimiento de soledad? ¿Podrían estos, u otros estados emocionales puntuales, favorecer el desarrollo de enfermedades de manera inconsciente?”

Bruno hizo un gesto de negación.

—Te entiendo —dijo Martínez—. En este laboratorio y en muchos más se trabaja para combatir el cáncer. Por eso, Fuentes se resistía a pensar que ciertas situaciones puntuales pudieran llevar a las personas a tener comportamientos nocivos, que tal vez perjudicaran la salud. Él no quería estar de acuerdo. Eso lo llevó a interesarse en el tema. Lo planteó como una hipótesis que pretendía refutar.

—¿Pero una persona podría, inconscientemente, contribuir a enfermarse?

—¡Esa es la pregunta clave! Hay quienes dicen que no, y hay quienes dicen que sí. Por ejemplo, algunos psicooncólogos se preguntan si enfermarse puede ser un objetivo consciente o no del sujeto[xi] [xii].

Bruno supo que debía leer con urgencia sobre psicooncología.

—Por supuesto, también está la postura opuesta —se apresuró a aclarar Martínez, como si no quisiera defender una sola bandera. Tomó uno de los libros desparramados sobre su escritorio y leyó—: “Un estudio serio sobre el papel de la psiquis en el desarrollo de cáncer debería explicar cómo se inducen las mutaciones genéticas en las células, porque ese es el origen comprobado de la enfermedad”[xiii].

—Ese es el punto de vista tradicional —comentó Bruno.

—Exactamente —dijo Martínez—. Ahora bien, Bruno, vos conocés la importancia que tiene la evolución en el campo de la biología. Por ese motivo, para ahondar en el tema, Fuentes se preguntó, en primer lugar, si podría existir alguna ventaja evolutiva en el hecho de que las personas pudieran ser más susceptibles a enfermarse, por supuesto, solo en algunas situaciones puntuales.

Bruno esperaba la aclaración de su director cuando Matías golpeó a la puerta. Debía tomar una decisión en el medio de un experimento. Antes de seguir, necesitaba discutirlo con Martínez.

—Dale, salí —Matías lo fustigó con la mirada.

—Mañana continuamos, Bruno —Martínez le hizo señas a Matías para que pase—. Además, en una semana tenés que dar el seminario sobre el cáncer. No te olvides de prepararlo. Ya reservé el auditorio para el miércoles que viene a las cuatro de la tarde.


Continuar capítulo 15

 

[1] Soto, A.M. y Sonnenschein, C. (2005). Emergentism as a default: Cancer as a problem of tissue organization. J. Biosci. 30(1), 103–118.

[2] Siegel, R.; Ma, J.; Zou, Z.; Jemal, A. (2014). Cancer Statistics, 2014, CA CANCER J CLIN; 64:9–29.

[3] Alonso D. F. (2006). El Desafío del Cangrejo, Siglo XXI Editores, Buenos Aires.

[iv] Alonso D. F. (2006). El Desafío del Cangrejo, Siglo XXI Editores, Buenos Aires.

[v] Bonfils, R. D. Sharovsky, O. G. (2003). Oncología molecular y celular. Dunken, Buenos Aires.

[vi] Grivennikov, S.I., Greten, F. R., and Karin, M.  (2010). Immunity, Inflammation, and Cancer. Cell; 140(6): 883–899.

[vii] Jaremka, L. M. Fagundesa, C. P., Glasera, R. Bennette, J. M., Malarkeya, W. B. and Kiecolt-Glaser, J. K. (2013). Loneliness Predicts Pain, Depression, and Fatigue: Understanding the Role of Immune Dysregulation. Psychoneuroendocrinology ; 38(8): 1310–1317

[viii] Leonard, B., Maes M. (2012). Mechanistic explanations how cell- mediated immune activation, inflammation and oxidative and nitrosative stress pathways and their sequels and concomitants play a role in the pathophysiology of unipolar depression. Neurosci Biobehav Rev; 36(2):764-85.

[ix] Holt-Lunstad, J., Smith, T.B., Baker, M., Harris, T., Stephenson, D. (2015). Loneliness and social isolation as risk factors for mortality: a meta-analytic review. Perspect Psychol Sci ;10(2):227-37.

[x] Shankar, A., McMunn, A., Banks, J., Steptoe, A. (2011). Loneliness, social isolation, and behavioral and biological health indicators in older adults. Health Psychol; 30(4):377-85.

[xi] Schavelzon, J. (2004). Psicooncología. Principios teóricos y praxis para el siglo XXI. Letra viva, Buenos Aires.

[xii] Schavelzon, J. (2006). A propósito de recidivas y metástasis tumorales. Revista de la Asociación Médica Argentina, 119, (2), 14-19.

[xiii] Alonso D. F. (2006). El Desafío del Cangrejo, Siglo XXI Editores, Buenos Aires.

 

 

 

 

 

Anuncios

One thought on “Tercera parte, Punto de inflexión

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s