Cuarta Parte, Punto de inflexión

Capítulo 15

Después de la entrevista con su director, Bruno volvió a buscar tranquilidad en la biblioteca del instituto. Encerrado, buscó información sobre psicooncología en internet. Transcurrió así el resto de la jornada. Recién a la tarde salió del laboratorio para reunirse con Eduardo, en un café relativamente cercano al instituto.

Al llegar al bar que buscaba, se detuvo y trató de poner la mente en blanco.

—Llegás justo —lo saludó Eduardo, apenas Bruno se acercó a la mesa—, estaba pensando en algo, ¿no te parece que lo policial y lo científico tienen un parentesco?

Bruno tomó asiento antes de opinar:

—No, no lo creo. A lo sumo un parentesco lejano.

—Pero se siguen pistas, se elaboran hipótesis; en concreto, se investiga lo desconocido…

—Eso es sólo una parte —dijo Bruno—, en los casos policiales se resuelven situaciones concretas; en la ciencia, en cambio, se apunta a aquello que permanece, aquello que existe y que continuará existiendo de manera indefinida.

—Está bien, como quieras, pero hay algo que debo decirte, esta es nuestra última reunión, no he logrado convencer a mi padre de que no renuncie.

La noticia tomó a Bruno por sorpresa.

—Pero no te podés resignar.

—¿Ah sí? ¿Por qué no?

—Hemos progresado. Hablé con Larrondo. Vengo de reunirme con Martínez: tengo novedades importantes.

Eduardo se mostró escéptico:

—¿Por qué lo hacés? ¿Por qué insistís en averiguar lo que sucedió con mi padre?

—Porque está en juego todo su prestigio. ¿No es suficiente?

—Sí, ¡claro! Pero es mi padre, no el tuyo. Vos estás haciendo algo innecesario. ¿Sabés una cosa? Ayer visité la quinta y estaba Florencia, tu compañera. Hay que admitir que es muy bonita. Y simpática. Me pregunto si ella no tendrá algo que ver con tu motivación.

—No —dijo Bruno—. ¿Y sabés algo más? Hoy Martínez me confió que, a la hora del incidente, todos estaban en el laboratorio…

—¿Martínez también?

—Me lo dijo él mismo. Incluso mencionó que vio a tu padre y a la doctora. Según él, nadie se involucra por el aprecio que le tienen.

—¿Le creíste?

—No veo por qué no.

—Sería un dato importante. Pero ya es demasiado tarde.

Bruno omitió el comentario. En cambio, refirió detalles de su encuentro con Larrondo en el hospital.

—¿La doctora perdió un embarazo? —Eduardo se mostraba incrédulo—. ¿Un embarazo de quién? ¿De Martínez?

—No lo sé. Sin embargo, todo indica que el padre hubiera sido un investigador del instituto. Y no es lo único: vos aventuraste que quizá hubiera otra teoría sobre el cáncer. ¿Te acordás?

—¡No me digas que hay otra teoría!

—No, pero tu padre, aparentemente, se había planteado una hipótesis que pretendía refutar.

—¿Cómo lo supiste?

—Me lo dijo Martínez…

—¡Qué increíble! —Eduardo sacó un celular y realizó una llamada. Bruno reconoció el teléfono por una publicidad. Era uno de última generación y de precio exorbitante. El celular tenía una carcasa negra con ribetes dorados. Combinaba de forma ostentosa con el reloj de pulsera de Eduardo. Después de colgar, le pidió a Bruno que continúe.

—Martínez no llegó a explicármelo todo, pero mencionó que tu padre estaba interesado en la relación entre los comportamientos perjudiciales que predisponen al cáncer y estados como la depresión o el sentimiento de soledad. Según Martínez, tu padre estaba cada vez más interesado en la psicología.

Luego de que Bruno le hiciera un resumen de su encuentro con Martínez, ambos quedaron en silencio.

Recién al cabo de unos minutos, Eduardo volvió a tomar la palabra.

—Es una pena. Realmente creo que estábamos cerca de entender lo que pasó.

—Entonces sigamos.

—¿Para qué? Mi padre ya ha decidido renunciar. Mirá, te agradezco sinceramente por tu ayuda, pero no hay nada más que podamos hacer. Para colmo, esto terminó afectándome —Eduardo se incorporó con determinación. Antes de salir, sin embargo, se volvió y le dijo a Bruno—: Y una última cosa, no seas ingenuo, pensá bien lo que hacés con tu compañera.



 

Capítulo 16


En el camino de regreso al instituto Bruno no tuvo sobresaltos. Apenas traspasó la puerta del laboratorio, Florencia salió de la cocina y lo increpó:

—¿De dónde venís?

—Salí a despejarme. Martínez me preguntó si el desarrollo de enfermedades de un modo inconsciente podría tener ventajas evolutivas. Necesitaba un respiro. ¿Por qué me preguntás?

—Porque Matías y Martínez discutieron. Escuché que te nombraban.

—¿Matías no es un poco bipolar? —Bruno dejó a Florencia hablando a sus espaldas y caminó rumbo al cuarto de las computadoras. Florencia se le adelantó en el pasillo cerrándole el paso. No quedaba nadie en el laboratorio. Ella le soltó:

—Tal vez discutieron, precisamente, por el tema del desarrollo inconsciente de enfermedades y el cáncer. Ese tema le interesaba a Fuentes y no solemos comentarlo con cualquiera. ¿Martínez te dijo algo más?

—Todo se debe al seminario que debo dar —repuso Bruno—. Aunque concretamente no me lo pidió, Martínez tal vez quiere que incluya algo de lo que le interesa a Fuentes.

—No lo creo.

—De todos modos, ahora debo averiguar lo que me consultó Martínez.

Cuando Florencia dudó, Bruno aprovechó para colarse hacia el cuarto de las computadoras.

—Matías tiene acá un libro que pertenece a Fuentes y que te vendría muy bien. Puedo decirte dónde está.

Bruno tomó asiento y miró a Florencia expectante. Ella continuó:

—En el caso de que el desarrollo inconsciente de enfermedades tuviera algún beneficio para una especie, la muerte misma debería tener ventajas, ¿no te parece?

—¿Qué estás diciendo?

—¿Sabés qué? El libro que tiene Matías se llama, precisamente, La muerte y sus ventajas. ¿Te interesa?

Era la pregunta que Bruno esperaba.

—¿Hablás en serio? ¿Es algo científico? —disimuló.

—Sí. Como lo escuchaste —insistió Florencia—. Es un libro de los doctores Marcelino Cereijido y Fanny Blanck-Cereijido. Me debés una cena, y la verdad que te hago precio. Vamos al armario donde Matías guarda sus pertenencias.

Caminaron hasta la puerta del baño. Allí había unos casilleros para guardar pertenencias. El cubículo de Matías parecía cerrado, aunque en realidad no lo estaba, y Florencia extrajo un libro de su interior.

—Yo ya lo leí —informó ella, mientras buscaba un párrafo del libro—. La muerte de aquellos organismos que han pasado la edad reproductiva puede ser una ventaja para una especie. Hay muchísimos ejemplos. Mirá, lee estos fragmentos.

Bruno leyó:

“(…) Hay ciertas especies de arañas que ofrecen un ejemplo extremo de ese apuro que tiene la evolución para sacar de en medio a un organismo en cuanto acaba su proceso reproductivo. Se trata de hembras que, ni bien el macho comienza a eyacular, se les despierta el deseo de nutrirse para generar su prole, y el alimento que tienen más cerca es, justamente, la cabeza del macho (…)”

“(…) Las arañas hembras tampoco dejan pasar mucho tiempo entre procreación y muerte, pues hay ciertas especies que pegotean a su abdomen los huevos fecundados, de modo que en cuanto salen las crías del cascarón, el alimento que encuentran más a mano es justamente la madre (…)” [1].

—Es bastante desagradable —dijo Bruno.

—Tan desagradable como cierto. Por lo tanto —redondeó Florencia—, la muerte de los organismos que han pasado la edad reproductiva puede ser ventajoso para una especie. En ese marco, el desarrollo inconsciente de enfermedades no sería tan ilógico. ¿Qué me decís ahora?

—Me resisto a creerlo.

—Hacés bien. Fuentes también se oponía. Él se interesó en el tema, justamente, porque siempre estuvo del lado de la vida y de la salud. Siempre trabajó para combatir al cáncer. Pero todavía falta algo. Otros conceptos que Fuentes me contó, muy poco tiempo antes de que pase lo de la doctora.

—¿No me lo podés decir ahora?

—No. Tengo hambre y vos tenés una deuda que pagar. Vamos a mi casa.

—¿Y en qué vamos a ir?

—Tengo el auto a la vuelta —dijo Florencia, a la vez que apagaba las pocas luces restantes.



Capítulo 17

———————————————————————————————————-

El departamento de Florencia parecía excesivo para una sola persona. Bruno recorrió el living subyugado por la decoración.

—¿Vivís sola?

—Sí. Mis padres me regalaron este departamento cuando me recibí.

Era un buen regalo. El living abarcaba unos cincuenta metros cuadrados. Había varios electrodomésticos de última generación.

—Dijiste que me ibas a contar más cosas —Bruno trató de no dispersarse—. Digo, sobre lo que pensaba Fuentes.

Florencia no le contestó; estaba marcando el número de teléfono de una casa de comidas. Después de encargar la cena, aclaró:

—Todo a su debido tiempo.

Bruno caminó hacia la ventana. Abrió los postigos. Estaban en un piso quince y la vista panorámica se extendía sobre gran parte de la ciudad. A lo lejos se dibujaba un camino de lamparitas blancas que correspondía a la pista de aterrizaje del aeropuerto. Un avión con sus luces rojas parpadeantes iniciaba el descenso hacia la pista.

—Vení. Tengo que confesarte algo —Florencia le hizo señas desde el lado opuesto del living.

—¿Qué cosa?

—Es un pequeño secreto.

—¿Y bien?

Florencia se dejó caer sobre un sillón rosa que soltó el aire a la manera de un largo suspiro.

—Sentate.

—No. Dale, decime de una vez.

—Está bien, el año pasado, yo di el seminario sobre el cáncer. Martínez nos pidió que no te lo dijéramos para que vos hicieras la tarea por tu cuenta.

Bruno volvió hacia donde estaba Florencia. Sin embargo, no se sentó.

—Tranquilizate —agregó ella—. Puedo ser de tu ayuda, sobre todo, para el seminario, que no te queda mucho tiempo. Por ejemplo, vos sabés que prevenir el cáncer es fundamental, decime cuáles son las señales de alarma que justifican una inmediata consulta al médico. ¿Las sabés?

Bruno negó con la cabeza. Florencia miró hacia arriba. Después enumeró:

—Señal número uno: nódulos o hinchazón en las mamas u otros lugares del cuerpo; dos: pérdida de sangre no habitual; tres: cambio de color o tamaño en lunares o verrugas; cuatro: ronquera o tos persistente; cinco: cambios en el movimiento intestinal o urinario habituales; seis: llaga o úlcera cuya causa se desconoce o no se cura; siete y último: indigestiones persistentes o dificultad al ingerir alimentos. ¿Tenés algo de esto?

Bruno negó con un gesto. Ella continuó:

—Menos mal. ¿Tenés hijos?

—No.

—¿Seguro que no?

—Sí.

—¿Sobrinos?

—No.

Florencia dudó:

—¿En serio? ¿No tenés familia?

—No. Solo tengo a mi madre. Dale, estabas por decirme las señales de alarma en los chicos.

—Sí, pero no te lo voy a dejar tan fácil. Podés buscarlas en el libro de Daniel Alonso, El desafío del cangrejo[ii], antes de que te vayas te lo doy. En realidad —Florencia se incorporó—, te hice venir porque quiero que me cuentes, de una vez por todas, por qué te interesa tanto lo que le sucedió al doctor.  Podés confiar en mí.

Bruno se preguntó en qué momento Florencia se había aproximado tanto. La habitación era enorme, y, aun así, entre ellos había sólo medio paso de distancia. Pensó que su situación era similar a la de un actor empujado a improvisar en el medio de una escena. Su ingreso al instituto había tenido lugar después del episodio de la doctora. Todos tenían alguna idea de lo que había ocurrido, todos menos él. Bruno necesitaba adaptarse con rapidez sin estar al tanto de como venía el guion. Los pies de Florencia alcanzaron los suyos. El contacto seguramente continuaría subiendo, sobre todo, si él no hacía nada para impedirlo. Aunque claro, ¿qué podía hacer? No estaba dispuesto a revelar su verdadero interés.

Bruno estiró un brazo y alcanzó la llave de luz. En la oscuridad, escucharon el timbre como un sonido lejano. Llegaba la cena que habían encargado. Pero no atendieron.

 

Continuar penúltima parte


 

[1] Blanck-Cereijido, F., Cereijido, M. (1997). La muerte y sus ventajas. Fondo de cultura económica, México.

[ii] Alonso D. F. (2006). El Desafío del Cangrejo, Siglo XXI Editores, Buenos Aires.

 

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