Quinta parte, Punto de inflexión

Capítulo 18

 

 

Cuando Bruno llegó a su departamento, a la madrugada del sábado, los murciélagos del árbol de la entrada ya llevaban varias horas revoloteando. Bruno pasó directo a su dormitorio. Se arrojó a la cama sin siquiera desatarse los cordones de las zapatillas. Estaba exhausto. Aun así, no logró conciliar el sueño. Se levantó de mala gana. Cerró las puertas de los dormitorios para no escuchar el envidiable ronquido de sus compañeros. Por fin se acomodó en el estrecho living, con un café recién hecho, dispuesto a continuar con los preparativos del seminario.

Leyó con esfuerzo los apuntes que tenía sobre la relación entre la dieta y el cáncer. Después de subrayar el material, sacó la netbook y trató de tipear las recomendaciones alimentarias para prevenir la enfermedad, del Instituto Nacional del Cáncer de EEUU: empezó con las primeras: 1) Mantener un peso correcto; 2) Variar la dieta; 3) Consumir diariamente frutas y verduras…

Se detuvo en ese punto. Dejó por un momento que se filtraran los recuerdos de esa noche:

Estaba tendido en la cama con Florencia y ella trataba de hacerle cosquillas en los pies. Bruno, sin embargo, de pronto se ponía serio:

—¿Vos tuviste algo que ver con lo que pasó? —le preguntaba Bruno.

—Por supuesto que no.

—¿Y cómo sabés tantos detalles?

—Porque estuve muy cerca de los hechos. Hasta sé algunas cosas que todavía no se conocen.

—¿Qué cosas?

Luego de acomodarse en la cama, Florencia le había contado:

—El día previo escuché a la doctora conversando con Martínez en el depósito. Al percibir un tono de voz elevado, me acerqué. Pude escuchar gran parte de lo que decían, sobre todo la doctora, que hablaba con gritos estridentes. Ella lo exhortaba a Martínez a confesarle algo. ¿Acaso te guardaste un secreto durante todos estos años? ¡Decímelo ahora, no seas cobarde!, decía ella. Pero Martínez trataba de evitar el tema. La doctora entonces le dijo que estaba harta de su esposo, que su matrimonio era una farsa, que nadie hubiera sido capaz de sobrellevar ese martirio como ella. Escuché que Martínez trataba de tranquilizarla —seguía contando Florencia—, pero las palabras de tu director solo servían para enfurecer más a la doctora, que entonces le recriminó su apatía; ¿cómo había escondido sus sentimientos durante tantos años? Toda una vida salvaguardando las apariencias, ¡Qué estupidez! ¿Para qué? Cualquier imprudencia hubiera sido más digna, hasta un arrebato infantil, cualquier cosa, todo hubiera sido más dispensable, todo menos semejante resignación. Martínez de pronto se había quedado mudo. Y la doctora lo instaba a revelarse al menos una vez, quería que le demostrara quién era, de qué era capaz realmente. De todos modos, ella siempre lo había sabido. Desde que eran jóvenes. Era inútil que lo negara. Por fin podía tomar la iniciativa. Ese era el momento. No iba a tener otra oportunidad. ¿Qué estás esperando? ¡Dale imbécil! Escuché que gritaba la doctora. Entonces, hubo un instante de silencio. Yo traté de mirar hacia dentro del cuarto por la cerradura. Creo que se besaron. O, más bien, creo que fue ella quien lo besó. Pero eso duró apenas un segundo. Al rato la doctora soltó una carcajada falsa. Cada vez parecía más fuera de sí. Ahora le decía a Martínez que era un completo inútil, que ni siquiera servía para cumplirle un favor. ¿Para qué se esforzaba tanto? ¿Qué pretendía descubrir? ¿No se daba cuenta de que estaba solo? Y ahora la tenía a ella, en un instante de fragilidad, y ni siquiera era capaz de tomar la iniciativa. ¡Salgamos! Gritó entonces la doctora, enardecida, y poniendo fin a la charla.

—¿Y después? —había preguntado Bruno.

—Después ocurrió lo que ya conocés, al día siguiente.

—No. Pero contame vos.

—Yo estaba fuera del laboratorio cuando comenzaron a escucharse las sirenas arribando al instituto. Todo el mundo se asomó rápidamente al pulmón de aire que está en el centro del edificio. Allí, los rostros contagiaban la sensación de siniestro. Pronto se supo que había pasado algo bastante grave. Eso terminó de enrarecer el aire. El pasillo era un hervidero de gente alborotada. Hasta que alguien gritó: ¡La Dra. Mahler está inconsciente! A esa altura, no quedaba nadie en el instituto que no estuviera frente a la puerta del laboratorio. Nos parecía irreal lo que estaba sucediendo. ¡Fuentes está encerrado con la Dra. Mahler! Exclamó una técnica al borde de la histeria. Y así, de a poco, nos fuimos enterando de varios detalles, como que habían tenido que derribar la puerta para ingresar al depósito. Caminamos hacia dónde se ubica el depósito, de modo que solo una pared nos separaba de Fuentes y de la doctora, que debía yacer en el suelo, del otro de dónde estábamos nosotros.

Con la cabeza de vuelta en lo que estaba escribiendo, Bruno intentó proseguir con la lista de los alimentos recomendados: 4) Consumir alimentos ricos en fibras, tales como cereales y legumbres; 5) Reducir el consumo de grasas; 6) Limitar el consumo de alcohol y, 7) Reducir el consumo de sal y alimentos conservados con nitritos[1].

Bruno se detuvo otra vez, ¿no podría postergar el seminario? Una vez más volvió al recuerdo de esa noche, a una escena ocurrida hacía apenas media hora: mientras se vestía algo nervioso, con la prisa de quien desconoce si puede aparecer alguien de imprevisto, el celular de Florencia había anunciado la llegada de un mensaje. Como su compañera estaba en la cocina, Bruno había aprovechado para revisar quién le escribía. El remitente en la pantalla decía: Martínez. ¿Martínez? ¿A esa hora? Bruno había escuchado entonces pasos que se aproximaban. Dejó el celular de prisa sobre la mesa de luz. Un segundo más tarde, Florencia entró al dormitorio en ropa interior y con una botella de vino espumante. Era la segunda. Tras servir para ambos, se había recostado en la cama con la copa entre las manos.

—¿Ya te vas? —le había dicho.

Bruno volvió a fijar la vista en la pantalla de la computadora. Permaneció unos instantes recorriendo detalles impertinentes; la marca, el modelo, las pequeñas manchas de suciedad en las letras del teclado. Se preguntó cuál podía ser la relación entre Florencia y el Dr. Martínez. Además consideró que si entre ellos se comunicaban, entonces, Matías también podía estar cumpliendo algún rol. A priori, sonaba inconcebible, pero él mismo tenía su interés; que alguien más tuviera un propósito velado no sería más extraño que lo que él estaba llevando a cabo.

Bruno fue al baño para echarse agua en el rostro y en la nuca. Permaneció unos instantes con la cabeza inclinada, con las manos apoyadas en el lavabo. Podía escuchar las gotas de agua fría golpeando periódicamente en la cerámica. Se incorporó y se lavó los dientes. Miró la hora: las tres y cuarto de la mañana.

Restregándose los ojos y la cara, volvió a la mesa. Vio el paquete de cigarrillos de uno de sus compañeros. No lo pensó dos veces. Sacó uno y salió al balcón. Lo encendió mirando en dirección a la calle. Los murciélagos seguían allí. ¿Cuánto tiempo había estado sin fumar? Casi un año, y ahora se llenaba los pulmones de humo. Eduardo le había aconsejado que mantuviera distancia con su compañera; él no le había hecho caso.

Bruno finalizó el cigarrillo. Volvió a sentarse. Leyó otros apuntes y resumió algo más de información. En un intento por despejarse, tomó el cuaderno de la Dra. Mahler. No había vuelto a mirarlo después de su última visita al depósito. Desconcertado, se detuvo a mitad del cuaderno: allí había una foto de la Dra. Mahler, donde mostraba con orgullo un vientre que sobresalía notoriamente sobre el borde del pantalón. De inmediato Bruno asoció la foto al embarazo perdido por la doctora, tal como Larrondo le había mencionado. Era la única posibilidad. Su versión tenía que ser cierta. Ella no tuvo hijos. Esa fue su única oportunidad, y la había perdido. ¿Quién hubiera sido el padre? ¿Un investigador del instituto? Por supuesto. Ese había sido su secreto. Todo cerraba. Todo. Allí residía la clave de lo ocurrido. Por fin lo sabía. No había más que dos posibilidades: Fuentes o Martínez. El padre hubiera sido uno de sus entrañables compañeros de juventud, de aquellas frías veladas de invierno. Los dos estaban obnubilados con aquella estudiante joven de gran personalidad. Aun así, existía una diferencia: uno había avanzado un poco más, sobrepasando sin escrúpulos los límites de la amistad.

Exhausto, Bruno apagó la netbook. Volvió a su cuarto. Puso la alarma de su despertador y luego se acostó, con nulas expectativas de conciliar el sueño.



 

Capítulo 19


 

El sábado, Bruno se despertó algo más renovado. Las pocas horas de sueño habían surtido un gran efecto. Pasó toda la mañana poniendo a punto algunas cosas para su seminario. También realizó nuevas búsquedas en internet relacionadas con la psicooncología. Se sorprendió muchísimo con varios de los artículos que leyó. En la universidad, la psicooncología ni siquiera se mencionaba. Y, de pronto, descubría puntos de vista que postulaban que el paciente no solo puede elegir enfermarse de cáncer, como Martínez le había señalado en una de sus reuniones, sino que hasta podía influir en el tipo de cáncer que iba a desarrollar[2].

Llevado de un artículo a otro, y de un sitio de internet al siguiente, se quedó un buen rato leyendo artículos de neuroinmunoendocrinología. Esa especialidad estaba arrojando luz sobre interconexiones en el cuerpo que antes eran absolutamente desconocidas. Ahora había nexos que permitirían explicar, por ejemplo, como una depresión emotiva era capaz de afectar al sistema inmune, y cómo una disminución de las defensas podía favorecer, a su vez, el desarrollo de tumores[3].

Hacia la tarde Bruno se dirigió a tomar el un colectivo de línea. Estaba resuelto a visitar a Fuentes por lo menos una vez más. Al llegar a la quinta, encontró al doctor de pie, sobre el borde de la galería. Fuentes se miraba las palmas de las manos con expresión de incredulidad, como si recién las descubriera.

Iniciaron una lenta caminata hasta el rincón de las hamacas. El doctor rengueaba con cierta dificultad. Bruno comenzó:

—Digame doctor, ¿usted, fumaría si tuviera un tumor en la boca? Y con una enfermedad tan grave, y pudiendo recurrir a los mejores especialistas, ¿dejaría que un médico de dudosa reputación lo atendiera en la cocina de su casa?

—No. Naturalmente que no.

—¿Y si le dijera que una persona muy racional obró así, qué me diría?

—Que es muy posible —repuso el doctor—. De hecho, usted habla de Freud. Veo que se informó acerca de lo que piensa el Dr.  Schavelzon[4]. ¿A dónde quiere llegar?

—¿Pueden desarrollarse enfermedades de modo inconsciente? ¿Puede haberle ocurrido algo semejante al mismo Freud?

Un destello se deslizó por los ojos de Fuentes. Sin embargo, el doctor no respondió. Caminó hasta el banco de madera. Bruno tuvo que apretar el paso para seguirlo. Tenía la impresión de estar muy próximo a revelar lo que había sucedido. Recién cuando tomaron asiento, Fuentes tomó la palabra:

—¿Sabe una cosa? Para Darwin, la evolución selecciona a la especie más apta; sobrevive aquella que tiene una ventaja adaptativa. En cambio, para Freud, los seres vivos no desean otra cosa que volver hacia atrás, hacia un estado inorgánico anterior[5]. ¿Comprende lo que esto significa?

—Sugiere que los estudios de ambos se cruzaron en algún punto.

—¡Significa algo más que eso! Significa que los individuos de la especie más adaptada de Darwin, en realidad, no serían otra cosa que los más fracasados para Freud.

—¿Los individuos más adaptados serían los más fracasados? Eso no puede ser.

—Sí, Bruno, podría ser —el doctor comenzaba a tutearlo, prueba del vínculo que habían establecido en aquellas visitas—. Al final, tal vez nosotros solo somos eso: los que fracasamos en extinguirnos, los perdedores. Y como si esto fuera poco, a diferencia de las demás especies, nosotros podemos tener consciencia de nuestra flagrante derrota.

Bruno se preguntó si el doctor no estaría tomando alguna medicación.

—Según Freud —continuó Fuentes—, la búsqueda del nirvana budista es una prueba contundente de su postura23. Quienes persiguen el nirvana lo hacen porque anhelan volver al Todo. En otras palabras, quieren desandar un camino de miles de millones de años de evolución, para volver hacia atrás, a la paz y el silencio del estado inorgánico primitivo —con un aire que a Bruno le pareció cargado de nostalgia, el doctor finalizó—: quizá haya llegado la hora de que yo también desande mi propio camino.

—¿Qué dice, doctor? Ahora tiene que profundizar en sus últimos intereses. Usted mismo me lo preguntó: ¿por qué existe el cáncer?

—No. No me hagas caso —repuso Fuentes—. Son pavadas.

—¿Sabe una cosa? Pienso hablar al respecto en un seminario que debo dar en el instituto.

—De ninguna manera. ¡No se le ocurra! El cáncer es solo un accidente, un sinsentido biológico y punto.

—Pero doctor, usted mismo me lo preguntó: ¿puede existir un sinsentido biológico en biología?

—¡No! No insista. Me arrepiento de haber pensado lo que pensé.

Bruno aguardó a que el doctor se explayara sobre el tema. Sin embargo, como si hubiera necesitado de una buena respuesta, Fuentes se llamó a silencio.

—No renuncie —le pidió Bruno.

El doctor no respondió. Volvió a mirarse las manos ajadas. Esta vez, sin embargo, las contempló con la fría expresión de quien solo verifica las secuelas que le han dejado los años. Bruno juntó entonces valor y le preguntó a quemarropa:

—¿De quién era el hijo que perdió la doctora?

—El doctor ni siquiera lo miró. Se puso de pie y caminó hacia la galería.



Capítulo 20


 

Cuando el Fuentes se marchó, Bruno se quedó meditando en el banco durante un rato más. ¿Qué sabía hasta el momento? El doctor había comenzado sus estudios en el marco sólido de la teoría de las mutaciones, la postura con más consenso en la comunidad científica, la cual considera que el cáncer se desencadena a partir de una sola célula que acumula mutaciones en genes importantes en su ciclo de vida, de tal modo que pierde el control de sí misma y se divide hasta formar un tumor. Fuentes estaba al tanto de la existencia de otras teorías, como la teoría del sentido biológico del cáncer y la teoría de campo de organización de los tejidos, que daban mayor importancia al microambiente que rodea a las células tumorales. También había leído trabajos que se enfocaban en una visión más amplia de la enfermedad, en una explicación a nivel evolutivo como una forma de favorecer la supervivencia de una especie. Sin embargo, él no se había detenido en esos aspectos, por algún motivo, su interés había derivado en el terreno psicológico como forma de explicar, aunque más no sea preliminarmente, parte de los eventos que luego podrían influenciar conductas, el sistema inmune, y, en último término, alteraciones a nivel molecular. En este marco había decidido emprender un rumbo nuevo, considerando situaciones como la depresión o el sentimiento de soledad. ¿Por qué ese cambio? ¿Era el curso natural de sus intereses o quizá alguna causa de fuerza mayor lo había inclinado en esa dirección?

¿Y qué había de la doctora? Pese a que ella siempre se mostraba dispuesta a debatir, ponía distancia con todo lo relacionado con la psicolooncología, se resguardaba en su sarcasmo, desestimando los intereses de Fuentes como si fueran algo de escaso valor. ¿Por qué tomaba esa postura despojada de toda lógica, una postura que no se correspondía con su inteligencia? ¿Cómo habían influido esos factores en el incidente desafortunado? Habían discutido sobre el cáncer y este no era un dato menor, sino que era el detonante de aquella situación. Por eso el doctor ahora renegaba de sus propios intereses, de todo cuanto le había preocupado. “Solo son pavadas”, había resumido ante Bruno.

Bruno había llegado a un punto álgido en referencia al comportamiento de Fuentes y la doctora. Aunque el doctor no quería hablar sobre lo ocurrido, era evidente que él se sentía responsable, culpaba a sus pensamientos por el drama que atravesaban. Y, sin embargo, la clave no estaba allí, en lo que le sucedía a Fuentes sino a la doctora, esa era la parte que faltaba, la pieza crítica, porque si bien ella evitaba sistemáticamente discutir sobre ese aspecto, esa tarde lo había hecho, se había embarcado en una discusión furibunda sobre el tema, demostrando que ella también tenía su opinión al respecto. ¿Y qué pensaba? Eso era lo que restaba averiguar, porque allí se ocultaba, verdaderamente, la explicación de lo ocurrido. Llegó entonces a su conclusión. Y se apresuró a visitar a Matilde, por segunda y última vez.


Continuar a última parte

 

[1] Divisi, D., Di Tommaso, S., Salvemini, S., Garramone, M., Crisci, R. (2006). Diet and Cancer. Acta Biomed, 77; 118-123.

 

[2] Chiozza, L. (2010). Cáncer: ¿por qué a mí, por qué ahora? 1a ed. -Buenos Aires: Libros del Zorzal.

 

[3] Sirera, R., Sánchez, P. T., Camps, C. (2006). Inmunología, estrés, depresión y cáncer. Psicooncología, 3(1), 35-48.

 

[4] Disponible en: http://www.elsigma.com/entrevistas/entrevista-a-jose-schavelzon/6928.

 

[5] Freud, S. (1920). Más allá del principio del placer. Los textos fundamentales del psicoanálisis (comps.: Anna Freud), Altaya S.A., Barcelona, 1997.

 

 

 

 

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